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viernes, 20 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (y fin)

…La comida trascurrió en calma, en la mesa del capitán y los “primeros” los esfuerzos por hacer grato el retorno a la realidad no lograban fructificar en el ánimo del marino alemán. Después de varios días era la primera comida en la que no era necesario fijar las sillas al suelo y era posible mantener una conversación sin estar pendiente de la cubertería ni objeto no sujeto al barco. Los golpes eran ya los normales en aquellas latitudes, ahora ya solo era cuestión de no toparse con algún submarino de su majestad el Kaiser alemán al que enseñarle los papeles falsos de una carga destinada a sus archienemigos de la pérfida Albión.


Alejandro continuó con sus labores, pues el marino alemán parecía haber asumido la lluvia letal de la verdad entre sus ruinas. La mar gruesa paso a fuerte marejada, algo que para la latitud y la época del año podría sentirse como una encalmada. Poco a poco la tripulación se recogió en su rutina diaria, sus guardias, la vigilancia ante el ocasional enemigo metálico silencioso como verdadero lobo en medio de un bosque del Pirineo, y es que los submarinos alemanes en su ansia de bloqueo al inglés no daban navío por neutral. La cocina trasegaba olores a cada rincón metálico de aquella pequeña aldea sobre el desierto líquido que es la mar durante semanas y meses entre sol, nubes, estrellas, viento, luna y la dura brega contra la siguiente ola.

La guardia del segundo es casi siempre la más tranquila en cualquier buque mercante, pues transcurre entre las 12 y las 16 que son las horas posteriores a la comida y en la que la luz del día tranquiliza y asegura algo más la navegación. Sobre las 14 horas Alejandro con sus labores de marmitón cumplidas y su pensamiento girando a mayor velocidad que las propias emboladas de aquellas tres expansiones que impulsaban al “Gorbea” decidió salir a cubierta para enfriar sus tribulaciones. La escotilla a popa desde la cocina daba salida libre frente a la bodega nº 2, el tiempo había mejorado, aunque el viento y la humedad se clavaban como astillas en los huesos. Los cinco nudos de rumbo noroeste en plena navegación “a la capa” concedían un ritmo suave y cadencioso a los balances del buque. Poco a poco logró subir al castillo de popa y acomodarse entre las maromas de la maquinilla de la maniobra de estribor.

Desde aquella posición, al abrigo del viento, podía contemplar la estela del “Gorbea”, tal que una recta de color blanco que se hubiera pintado sobre montañas respetando su relieve y sentir al mismo tiempo el latir del mercante bajo sus pies, donde sus hermanos vomitaban a paladas el carbón sobre las dos bocas que lo devoraban, mientras de forma mágica convertían el agua en puro vapor como sangre de un corazón que imprime su pulso para impulsar el resto del cuerpo. ¿Habría tomado la decisión correcta cuando abandonó el pueblo? ¿Era esa la vida que soñaba para él y quién con él se arrojara al devenir futuro?

De pronto una mano vigorosa le cogió el hombro. Era el Capitán Imre, su rostro mostraba un aspecto más sosegado; tenía la sien arrugada y la frente plagada de surcos morenos del mismo sol, algo que demostraba que aquellos ojos azules habían visto muchas millas hasta aquél día. Con la seguridad de quién se siente parte de ese mundo se apoyó en la regala que cerraba la popa del “Gorbea” justo frente a Alejandro con una media sonrisa que reconfortó el corazón de Alejandro.

- Muchacho, te llamas…
- Alejandro, Alejandro Idoeta. Soy el marmitón del “Gorbea”…
- Tranquilo, Alejandro, sé quién eres. Eres quién me ha sacado de semejante sima de oscuras premoniciones. Quería darte la gracias personalmente, el mayordomo me ha dicho que habías salido a cubierta así que me ha venido tras tus pasos. Gracias otra vez.
- No hay por qué darlas, capitán.
- ¡Capitán! Qué bien suena eso, pero ya no lo soy. Ya nunca podre decir tal cosa. Abandoné mi nave.
- Capitán… Señor Imre, usted no la abandonó, nosotros lo sacamos contra su voluntad.

Aquél hombre lo miró con gesto condescendiente, pero su gesto cambió y fue ensombreciendo aquellos ojos azules. Un golpe algo más de través de alguna ola retrasada roció su cara de gotas como queriendo disimular las gotas hermanas que brotaban de sus ojos.

- Hijo, vosotros salvasteis mi vida pero yo había muerto por el miedo hacia varias horas. La muerte de mi compañero Erich, el jefe de máquinas, con quién compartí toda una vida, contemplar su gesto inanimado bajo la chumacera destrozada por la explosión me bloqueó. Nada me importaba ya en aquellos momentos. Los hombres al principio me miraban esperando una orden, pero no fui capaz de articular palabra. Subí al puente y me rendí sobre la rueda del timón. Solo deseaba que una ola me tragase. Los hombres decidieron tomar la iniciativa y os encontraron. Por más que vuestro capitán intentó convencerme no quise aceptar vuestro remolque, ya nada me importaba salvo descansar al fin con mi hermano Erich bajo las aguas del Golfo. Ahora que veo las cosas dentro de mi propia consciencia, que las siento como hombre y marino que soy deseo que sea la tierra quien me trague en alguna mísera esquina donde purgar este pecado en el que caí. Algo a lo que nunca le concedí importancia, que no es otra cosa que desfallecer en el verdadero momento de tu vida, cuando has de decidir lo que de verdad importa ante ti y ante tus semejantes con los que compartes las horas del día y la noche y están a tu merced.

Alejandro lo escuchaba como el alumno frente al catedrático de la mayor universidad del mundo que es la pura Vida.

- Estas últimas horas te he sentido cerca de mi pobre existencia y entre tanto dolor por perder lo más querido después de las vidas de mis hombres quisiera dar por lo menos fe de lo que he aprendido en tantos años de vida en la mar. Alejandro, por lo que he sentido en tu presencia eres hombre decidido y a pesar de las dudas que intentan vencer tu coraza aún frágil estoy seguro que te protegerá de lo que te espera. Con tu decisión si continúas en esta forma de vida me juego la poca vida que pretendo a que partirás mares y llevarás muchas vidas, tantas como desees. Se siempre tan leal y cumplidor como lo has sido ante mí y el final de cada singladura te será favorable siempre, pase lo que pase. Cuando la vida te apure como esa ola que parece insalvable piensa que si la afrontas con calma y aplomo la salvarás sobre ella misma. No te rindas como yo lo hice y nunca perderás lo que más deseas. Recuerda, hijo, hagas lo que hagas, empeñes lo que empeñes mantén tu ánimo y pasión por la supervivencia, te salvarás y salvarás a quién contigo se amarre.

Quedó en silencio mientras miraba la ola que desde la amura de estribor recorría el costado hasta dejarse caer otra vez a su madre salada sobre la aleta de la misma banda. Alejandro se acercó a él y sin atreverse a abrazarlo le tendió la mano; el Capitán del “Fremont” con las lágrimas sin disimulo en pugna contra las gotas advenedizas de los rociones sobre su mismo rostro lo abrazó con la fuerza de un oso. Aquella vivencia marcaría a Alejandro para siempre.


La hora de la cena estaba próxima, había que trabajar. La marcha del “Gorbea-Mendi” aumentaba gracias a la mejoría del tiempo y Cardiff se presentaba más próximo… con el permiso de los sumergibles que acechaban cualquier parte de aquél Golfo de Vizcaya.





Tarjeta de identificación de Alejandro en 1916 a bordo del "Plencia" en el Reino Unido

Esta vieja historia como bien dice el título es un cuento real. Una vida contada en capítulos que los ansiosos oídos de un niño con 10 años escuchaban junto con otras mas. Mi abuelo de nombre Alejandro, marino, pastor, contrabandista, soldado, empresario, cocinero, pero sobre todo marino, tantas veces como miradas mantuvo frente a la vida.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (4)

…El último en subir a bordo fue como no podía ser de otra forma Don Pedro. Con el bote asegurado en el pescante de babor, Don Ramón comenzó la maniobra de alejamiento de aquel lugar de ejecución sumaria. Realmente el buque no partía de muelle alguno, ni siquiera desde la cubierta se recogía maroma alguna recién liberada del noray en el muelle. El “Gorbea” comenzó a vibrar de forma más tozuda en su interno corazón de metal y vapor mientras desde fuera la mar enfurecida multiplicaba sus golpes de amura barriendo en cada encapillada la solitaria cubierta invadida de la sal y agua vencida ya por el metal de humana forja.

- ¡Alejandro, muchacho! ¡Cuida del herido y procura lo que necesite como hicimos contigo! ¡Quedas liberado de tus responsabilidades!
Con aquella orden Don Pedro subió raudo al puente para tomar el mando de su guardia. Don Ramón con la seriedad propia de un hombre hecho ya a su circunstancia de pequeña deidad sobre la nave destilaba el amargor de ver la desgracia que a nadie que de la mar viva pueda soportar ni siquiera observar. El “Fremont” como un pelele manoseado sin piedad ni descanso por las manadas de olas que acudían en grupos de forma cobarde, cada vez bandeaba de forma más lenta sus costados. Como si de un hermano se tratase, el “Gorbea” no lograba despegarse de aquél espectáculo mortal, era como si esperase la mano de Don Ramón y detrás de esta el cabo de la vida para su hermano de metal.




No pasó siquiera una hora con la oscuridad entrando por el este cuando llegó el último golpe, el definitivo; la proa no levantó más su otrora orgulloso mascarón y lentamente, ajeno al oleaje victorioso, la popa fue elevándose sobre la furia de viento y mar. El codaste enseñaba ya la hélice que consiguió reflejar algo del brillo de un sol oculto y en retirada que tuvo el detalle de alumbrar el estertor del “Fremont”. Cada vez más elevado sobre la proa como queriendo demostrar su hidalguía de caballero de la mar se despidió de quienes miraban aquel mensaje perpetuo de lucha y entrega. Un estruendo llegó hasta el Gorbea traído por el viento como un adiós, la crujía dejó de ser una línea, el Fremont se desgarraba mientras su chimenea desaparecía arrastrada por otra ola ebria de protagonismo en medio de aquel festín.
Todos los hombres en silencio miraban aquella estampa. Desde el puente calados hasta los huesos Don Ramón y tras él todos los demás se descubrieron. Don Pedro de manera solemne entre aquella confusión abrió vapor al tifón y un bufido rompió el silencio de cada uno que rezaban como sus padres les habían enseñado por las almas de los que allí quedaban ya sepultados para siempre. Alejandro consiguió reanimar al Capitán Imre que forcejeando se libró de las mantas hasta lanzarse a cubierta. Alejandro como pudo se abalanzó sobre él deteniendo aquella carrera suicida en la misma regala del Gorbea. Fue otro golpe mas sobre el Capitán, seguía vivo frente a su nave de la que solo pudo ver como la popa con el nombre del buque que dejaba la superficie entre burbujas, espuma y remolinos que desaparecerían en minutos de la superficie.
Abatido, derrotado y cautivo de su propia desgracia se dejó llevar hacía el comedor de oficiales donde Alejandro lo acomodó en el butacón de Don Ramón mientras el mayordomo le ofreció un caldo caliente cargado de aguardiente para aliviar de manera artificiosa semejante dolor natural. Estaba agotado después de todo y rindió su ánimo al fin. Con cuidado lo acomodaron en el camarote del práctico con Alejandro siempre a su lado como si de su padre se tratase.

Entre ruidos tan distintos como el run- run de la máquina propulsora o el del viento silbar junto a los estallidos de la mar contra el Gorbea, era un silencio dominador el que rodeaba el largo combate del hombre y el metal contra la naturaleza en estado puro. La noche trascurrió sin más pena ni más gloria que la continuidad de rumbo noroeste intentando capear la situación. Alejandro renunció a despertar al capitán y veló sus sueños tan reales como algunos gritos entre sudores. Fue una larga noche prolija en tensiones, sentimientos de compasión y mucha, mucha reflexión, quizá excesiva para un joven de quince años.

El alba anunciaba el hastío de los dioses que parecían querer anunciar su despedida por el oeste, entre sus divinas manos llevaban la pieza cobrada sin posibilidad de devolución y eso les parecía una buena razón para retirarse hasta la siguiente ocasión. El capitán Imre se despertó agitado sobre las ocho de la mañana, buscaba su camarote, el pupitre donde esperaba la carta de navegación con un ansia y fuerza imposibles de detener. Mientras gritaba Alejandro pidiendo ayuda como pudo lo contuvo hasta que justo al llegar uno de los marineros de guardia aquél alma atormentada cayó la fin en la cuenta de su nueva situación.

Así salieron del camarote para acudir al puente donde Gustav Imre como capitán del Fremont en un español con rudo acento germánico agradeció a todos y en especial a Don Ramón los esfuerzos y riesgos corridos para salvar a su tripulación. Quiso saber cuál era el rumbo y destino del “Gorbea”


- Sr. Imre, llevamos rumbo noroeste , nuestra posición es 46º 41’ N y 5º 27´ W. Arribaremos a Cardiff en Gales si este maldito temporal lo permite y los submarinos del Kaiser tiene a bien hacer la vista gorda a nuestra carga y destino.
- Graciás, capitán. Sabe usted que la bandera de nuestro buque era alemana…
Aquél "era" sonó con desgarro
- Si Don Gustav. No ha de preocuparse, en el caso de que no les permitiese abandonar la Gran Bretaña les ofrezco hacer el viaje de regreso a España a bordo del Gorbea para poder retornar a su país desde el nuestro.
- Muchas gracias por semejante ofrecimiento, en cuanto vea a mi tripulación les comentaré su ofrecimiento y le daré respuesta. ¿Puedo quedarme en el alerón, Capitán?
- ¡Por supuesto! ¡Alejandro, prepara dos cafés bien calientes para dos capitanes de la marina mercante!
Alejandro corrió al oficio a cumplir la orden mientras Don Ramón con su porte digno acompañaba a su colega de semblante abatido y andar cansino.

Mientras ambos hombres contemplaban la superficie de una mar con síntomas de cansancio Alejandro quedó apoyado sobre la regala que cerraba el puente hacia proa, justo al lado del timonel y de Don Pedro que le daba órdenes procurando mantener el rumbo. Pensar era lo que hacía mientras miraba la fina proa que rebanaba cada ola a cada rato más floja en fuerza. De vez en cuando algún roción desde la misma proa al romper le escupía sobre el rostro y lo sacaba del ensimismamiento en el que se bañaba su ser de forma intermitente desde que se toparon con el “Fremont”.



- Alejandro, muchacho. Cuídate de los rociones que vas a enfermar y después de lo pasado sería el colmo de la singladura. Anda, baja a ayudar en la cocina, te haré llamar cuando te necesitemos. Te has portado como un hombre, como un hombre de mar que es lo que se busca entre babor y estribor.
- Gracias, Don Pedro.

Con aquella medalla honorífica de más valor que el oro del mismo rey Don Alfonso bajó tres cubiertas más abajo saltando de dos en dos los estrechos escalones metálicos que lo separaban de su verdadero oficio. Las mas de 300 millas que restaban por la proa serían seguro un desfile triunfal por muchas patatas que debiera pelar…

sábado, 14 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (3)

…faltaban pocas horas para el final de la luz escasa que lograba fugarse tras el reino gris metálico que ocultaba un sol sin poder en aquellos momentos. El Gorbea comenzaba la maniobra de rescate antes de que la oscuridad se aliase con el temporal. Don Ramón decidió arriesgar a una parte de sus hombres para valorar la posibilidad de salvar el buque. Así en el bote de babor, al abrigo de los golpes que llegaban a la amura de estribor, una vez arriado embarcaron ocho marineros junto a Don Pedro. Alejandro se presentó voluntario al lado de Don Pedro y este no se atrevió a negarle el espontáneo impulso, como si una razón moral lo anulase frente a su mirada embarcando con los demás.

- Alejandro, irás de proel. Asegúrate de que el cabo que nos da la vida desde nuestro barco se mantiene limpio y sin problemas y caza el que arrojen desde el otro barco.
- Asó lo haré, Don Pedro.


Como el ratón de barco que ya era se acomodó a proa del bote, a un lado el bichero y al otro un remo más corto por lo que hiciera falta acometer. A una señal del oficial deshicieron las trincas que los unían al pescante en la cubierta principal y los ocho remos comenzaron su duro bregar contra viento y olas para devorar en el menor tiempo posible los menos de dos cables de separación entre ambos buques. Los trajes de agua no eran capaces de mantener a raya los miles de litros que bañaban a aquellos diez héroes que enfilaban el buque en peligro. Mientras bogaban, el viento no conseguía acallar los gritos de Don Pedro para marcar la boga y ser capaces de mantener cada ascenso sobre la loma de agua y sal para seguidamente caer sobre un tobogán que parecía morir en los infiernos abisales del océano.

El pánico es algo tan humano que es capaz de anular cualquier atisbo de tal adjetivo cuando reina sobre almas y mentes. A menos de medio cable de distancia los gritos de socorro se percibían sin ninguna moderación. Un cabo arrojado desde el “Fremont”, que ahora sí se podía leer desde una de sus amuras sirvió para abarloarse con cierta contención a su costado. Desde su cubierta los hombres comenzaban una frenética lucha por el abandono sin orden. Una explosión corta como el disparo de un revolver hizo girar las cabezas a todos los hombres hacía el puente, desde donde un hombre comenzó a gritar en alemán algo que parecía ser órdenes sobre lo que quedaba de lo que había sido su tripulación. Entre tanto Don Pedro, seguido de seis marineros subieron a bordo por una escala de gato. Mientras, Alejandro junto con los dos hombres que quedaban en el bote mantenían este a una distancia prudencial del costado del “Fremont” sin soltar con el bichero la conexión con este.

Don Pedro ofreció ayuda al capitán del Buque de nombre Gustav Imre a lo que este le comunico que las calderas habían reventado llevándose por delante a seis de sus hombres y no había posibilidades de poner en marcha la nave. Insistió Don Pedro en darle remolque, intentar salvar la nave y alcanzar el puerto más próximo cuando amainase el duro temporal. Nada servía al Capitán Imre. Le rogó que salvara a sus hombres y le dejara en su barco para descansar al fin con él. Don Pedro con un gesto de incomprensión y derrota mandó el mensaje al “Gorbea” para la recogida de los náufragos y el abandono del buque. Tras recibir la confirmación de la recepción del mensaje procedió a organizar la evacuación con el bote. Mientras se traspasó a la tripulación, el se dedicó a recoger los diarios de a bordo y se atrevió a bajar a la sala de máquinas por si quedase alguien malherido o con vida atrapado entre la maquinaria, el Capitán del “Fremont” una vez consciente de que sus hombres saldrían con vida por lo menos al otro buque se abandonó sobre el timón descubierto en el puente.

Casi dos horas fueron necesarias para trasladar a los hombres al “Gorbea” mientras, a bordo del Fremont los golpes de mar se cebaban sobre aquel moribundo dinosaurio de metal. Olas como manadas de lobos hambrientos y seguros de la pieza disfrutaban haciendo de su agonía un divertimento diabólico. Parecían tener conciencia, era como si hubieran olvidado al “Gorbea” que mantenía la amura de estribor sobre aquellas asesinas de agua y sal; un círculo de blanca espuma cerraba la huida del “Fremont”, las bordas se turnaban para rozar la superficie del agua en cada golpe como si en la siguiente fuera la quilla la que mostrase el resultado de aquella tortura con su dorsal al aire.


No encontró a nadie con vida entre los amasijos de acero y carbón. Con mucha dificultad subió hasta el puente donde un fantasma con el corazón aún humano se dejaba morir sobre la rueda de un timón que no viraría ya nunca más. Esta vez los golpes para darle vida y sacarle del encantamiento que surge de la derrota asumida y la espera del fin no lograron hacerle revivir. El bote había abarloado al “Fremont” por última vez y esta vez fue Alejandro, junto con dos marineros los que alcanzaron la cubierta en busca de Don Pedro. Éste los vio y de un potente silbido los trajo en volandas al puente donde despegaron al Capitán de su barco para llevarlo a salvo. En ese momento revivió, se aferró a la muerte como un loco que renuncia a la cura real. Don Pedro no lo dudó y de un golpe seco y certero le anuló el sentido para sacarlo de allí.

Esta vez la muerte, siempre cercana en los últimos días de navegación, la pudo percibir Alejandro en toda su extensión pero sin ser esta vez él mas candidato que el resto de sus compañeros. Pudo sentir algo que pocos hombres han hecho en toda una vida, sentir sus pasos sobre un suelo metálico que pronto dejaría de ser tal cosa para convertirse en la historia oculta y perdida de quienes sobre él contaron los días para llegar a casa, sobre los que escribieron cartas de amor cargadas de nostalgia por la separación consentida, sentir sus pisadas sobre un suelo en el que almas ilusionadas soñaron alguna vez con el ascenso a un rango mayor en su carrera, suelo metálico de un mundo que desaparecería devorado por la insaciable mar que paciente siempre espera que sus hijastros la alimenten.

Como un drakar funerario, Gustav Imre ocupaba el espacio central del bote tapado por dos trajes de agua. No hacía falta marcar la boga, los hombres lo hacían en silencio solo roto por las explosiones de la espuma sobre el bote en mil gotas de agua. Detrás quedaba el “Fremont” como un infante a punto de ser engullido por la incólume mar océana. Alejandro desde su pequeño castillo de proa observaba la pequeñez del orgullo humano frente a los elementos que forjan la vida de un plantea que en aquél instante percibía como verdadero ser vivo…

miércoles, 11 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (2)

…Lo enorme vencido por lo minúsculo, la derrota asumida convertida en victoria trascendente. Toneladas de agua helada, mezcla de espuma fruto de la violenta pugna por el predominio de sal sobre la masa líquida barrieron el cuerpo mimetizado en la forma de la bita soldada a la cubierta. El oscuro túnel mental producido por el golpe solo le permitió escuchar su nombre por vez primera de boca de un oficial del barco mientras la escotilla sellaba su nexo con la vida. La luz real desapareció, los ojos cerrados abrieron su propia radiación en la que las imágenes se confundían entre sonrisas perdidas sobre el rompeolas al lado del viejo muelle junto a sus primeros pasos sobre la escala real, al mismo tiempo retornaban sensaciones de orgullo mezclado de tensa espera por lo que el cura de la vieja iglesia de La Asunción les había prometido a los que nobles fueran y amenazado a los que rompiesen el pacto con Dios. Esperaba, esperaba…

- ¡Muchacho, despierta! ¡Luis, traiga más mantas y caldo caliente para este bravo!
Don Pedro, quizá con la culpa de haber sido el portero en aquella escena casi mortal se desvivía por reanimar a Alejandro. Cuando la embestida marina pasó de largo no duró un segundo en el que él mismo junto con dos marineros se lanzaron sobre lo que creían ya los restos mortales de Alejandro. Con presteza desataron la maroma de su cintura y arrastraron el cuerpo aún inconsciente al interior del “Gorbea”. Don Pedro no paraba de golpear con nerviosismo sobre los carrillos del joven resucitado. Al fin los ojos entreabrieron sus párpados, el brillo vital de la juventud permanecía. Los gritos de Don Pedro quedaron grabados en los oídos de todos los que allí estaban para la eternidad.

- ¡A su camastro, no perdáis de vista su estado! ¡Por él saldremos de esta!

Con las mismas, giró sobre sus pasos y rápido como los rayos que golpeaban la atmósfera del Golfo desapareció en dirección al puente junto al capitán. El día de nuevo venció a la madrugada, pero la mar continua en sus trece y su compañero el viento no amainaba. La luz diurna a pesar de la situación estable en lo terrible parecía dar serenidad a los hombres. Al menos podían ver el ejército al que se enfrentaban de cara y quien más o quien menos sabía de aquel tipo de combate. Don Ramón, el capitán, se mantenía en pie a base de cafés y rociones que diluían la cafeína en su tazón metálico salando un elixir al sólo le pedía tensión en sus reflejos. Salvo para comunicarse con la sala de máquinas no se había movido un paso del alerón de babor desde donde se sentía seguro, aunque hubiera momentos en los que el extremo de este acariciase la superficie antes de volver a adrizarse con el resto de la nave. La imagen serena de Don Ramón y el “run – run” de las tres expansiones tragando y escupiendo vapor eran las cuentas del rosario al que rezaban los hombres, viejos y jóvenes sin distingos ni creencias, pues bien dice la tradición que “quién no sabe rezar, métase en la mar”.


Antes de servir la comida del segundo ya estaba Alejandro con el paño en el hombro sirviendo la comida al oficial. Las miradas sobre él habían cambiado, un día antes era un imberbe rapaz que olía a tierra y leche materna, en aquél momento era uno más de ellos, iba ya en su mismo barco y sabían que podían contar con él como tal. Seguía siendo el marmitón, el que pelaba patatas, recogía y limpiaba, pero ya tenía nombre y clase de mar. Antes de las doce en la que comería el resto de la tripulación que no estuviere de guardia un grito interrumpió el desorden ordenado que provoca un temporal a bordo.


- ¡Buque por babor! ¡Pide auxilio!

Como uno, quién no mantenía su guardia se asomó a cubierta por la banda indicada. Un mercante algo más pequeño que el “Gorbea” se distinguía entre los valles y montañas inquietos que trataban de engullirlo. Desde la magistral alguien se afanaba en dar aviso por señales luminosas de la situación y la necesidad de auxilio. La actividad comenzó hervir como el agua de la caldera que vomitaba vapor a la máquina dos cubiertas más abajo. Don Ramón ya había abandonado su sempiterno puesto sobre el alerón y llamaba a Don Manuel el jefe de máquinas para organizar la maniobra. Había que dar caza al hermano antes de que la mar lo devorase por fin.


Media hora más tarde la maniobra estaba lista para iniciarse. Por medio de las misma señales luminosas y la de una bengala que fracasó en su intento de mantenerse en lo alto de aquel infierno celestial se le confirmó la operación de salvamento. Las señales desde el otro buque se redujeron a las de una simple baliza para mantener visible la posición.

La mar tendida golpeaba del noroeste junto al maldito viento, la distancia sería de una milla escasa que era la visibilidad que había en aquellos momentos. Había que darlo todo, sería la milla corrida más larga de las que habría dado el “Gorbea” en su corta vida.

- ¡Maquina, viramos dos cuartas a babor! ¡Mar por estribor sin piedad!

La virada fue sencilla pues los dioses ayudaban al “Gorbea” a tomar ese rumbo, sabedores que podían llevarse dos piezas por el mismo esfuerzo. En aquella enfilada el “Gorbea” cobró mayor arrancada, la mar recibida por la amura de estribor se había convertido en cadenciosos golpes furiosos que maltrataban el costado de estribor con todos los boletos del concurso vital para dejar la nave quilla arriba. Don Ramón confiaba en ganar la milla antes de que saliese el número de su boleto.

La velocidad ganada los puso en menos de treinta minutos a dos cables como había previsto Don Ramón antes de perder la nave.



- ¡Viramos dos cuartas al norte! ¡Media máquina hasta nueva orden!




Los dos buques estaban ahora próximos, el “Gorbea” mantenía su velocidad a la par de la deriva del buque de nombre desconocido. Menos de dos cables permitían observar a los hombres de otro buque enfundados algunos en blancos chalecos salvavidas gritando por sus vidas. Desde el puente que miraba de frente al costado de babor del “Gorbea” las señales dejaban claro que abandonaban el buque y pedía ayudad para embarcarse en el “Gorbea”. Por más de tres veces se les ofreció ayuda para salvar la nave, reparar la avería o incluso aguantar con ellos la galerna y dar remolque hasta el puerto más próximo, la negativa fue toda la respuesta que llegó del capitán del buque. Alejandro, como los demás se mantenía expectante entre todos para actuar a la orden de Don Ramón. Los golpes de mar eran asumibles con gobierno y serenidad en el interior de cada hombre y del buque, pero en un barco a la deriva y con las vías de agua de la desesperación inundando la moral en el fondo de cada alma la respuesta no daba lugar a dudas.



- ¡Don Pedro, prepare el rescate! ¡Atención en máquina!



Cada minuto que pasaba era un metro más de ventaja en la carrera con Poseidón y su ansia por devorar metal humano…

martes, 10 de marzo de 2009

Viejas historias sobre cuentos reales (1)

El aguacero continuaba sin tregua sobre la cubierta del “Gorbea Mendi”. Agua lanzada  desde un cielo negro, profundo, sin estrellas, que arreciaba sin esperas por el resuello de los que cambiaban su guardia a bordo del buque. Desde el suelo líquido la conjunción del viento helado y cargado de los viejos deseos de su hacedor por tumbar lo que se irguiera sobre su reino, con la mar tendida y de paciente cadencia que arrastraba su letal fuerza desde el Gran Sol baqueteaban el “Gorbea” sobre sus costados plagados de remaches forjados entre fuego sudor. La amura de estribor encapillaba quintales de agua mientras los imbornales de cualquier banda de aquel orgulloso mercante se afanaban como verdaderas bocas marinas a librar de semejante masa líquida las cubiertas de éste.

Abril de 1915, en pleno Golfo de Vizcaya cuarenta y tres hombres mantenían los hilos de su existencia tensos a la espera de un destino en el que el filo de la muerte pasara de largo. Las flamantes máquinas de vapor bombeaban el vivo fluido entre sus émbolos de diferentes tamaños. Los más de 100 metros de eslora de metal recién forjado en el corazón del Bilbao naviero e industrial luchaban por mantener entre sus límites las casi 10.000 toneladas que desplazaba en aquél momento. Mares inciertos los de cualquier latitud cuando los elementos se conjuraban en la misma dirección.


Alejandro, con los mismos años que el siglo aún imberbe como el joven que hombre ya se consideraba, pretendía mantener la falsa serenidad que preludia el miedo antes de explosionar como las bombas que en ese instante lo estarían haciendo enfrente de cualquier trinchera entre Bélgica y Luxemburgo. Embarcado por necesidad, huérfano y sin recursos su destino acertó a pasar cerca de su desgracia como no podía ser de otra forma en mitad del muelle de Lequeitio. La guerra dio un vuelco a la economía española, la demanda de materias primas de los contendientes provocó que cualquier nave con posibilidad de flotar fuera objeto de flete. Esto hizo que muchos hombres embarcasen, pero hacían falta más… y allí encontró el destino a Alejandro.


Su gran sueño era ser  el mecánico de aquellos prototipos que a veces llegaban al pueblo, alcanzar la capacidad de descubrir el secreto de su corazón ruidoso y torpe era el deseo de su incipiente juventud. Pero una cosa son los deseos y los sueños que uno recrea en su imaginario y otra es la maldita realidad de miseria y necesidad. Así, aquél hombre se acercó a Alejandro

- ¡Muchacho!
- ¿Es a mí, señor?

No era aquél personaje un portento del buen vestir, ni la estampa de hombre de fiar, pero un hombre  vistiendo sombrero en su cabeza, con un reloj de bolsillo con cadena dorada alumbrando el raído chaleco hacía que a cualquiera de los mozos que deambulaban por el muelle de pequeña villa marinera la imagen los deslumbrase.

- ¡Si, tú! ¡Dime! ¿sabes leer?

Con el orgullo de ser un privilegiado entre la miseria cultural circundante en cualquier aldea de la Europa de principios de siglo, Alejandro contestó

- ¡Pues claro, señor!¡ Además sumo y resto sin equivocarme!
- Bien, pásate por la cofradía esta tarde. Quizá tenga algo que te interese…

Y se pasó, de esto hacía ya bastantes meses, ahora era el marmitón del “Gorbea”. Comía caliente, dormía caliente, al final de cada viaje encontraba dinero en su bolsillo, no mucho pero era alguien. No había vuelto a Lequeitio desde que embarcó. De sus padres no se había despedido pues ya no estaban allí, del resto de su familia prometió volver a verlos cuando fuera “alguien”.


Los golpes cada vez eran mayores, cuando no eran los muros líquidos desde el noroeste era el mismo “Gorbea” que castigaba su quilla sobre la mar en caída libre. En el momento que el pantoque plano pretendía hacerse sitio en la masa líquida con todo el peso de las diez mil toneladas, la sensación de que el fin del mundo había llegado se reflejaba en las miradas de los hombres. Nadie dormía, era como si la guardia de aquella noche fuera cosa de toda la tripulación; nadie quería dormir, nadie se atrevía a desafiar al destino faltándole al respeto del miedo y lo esperaban cada uno en su puesto.


De pronto, Don Pedro, el segundo de cubierta, bajó al oficio de la marinería. El rostro desencajado de aquel hombre de tez blanca, sus bigotes en otros momentos bien lustrosos y acicalado miraban ahora al suelo empapados sus rizos de agua y sal, la gorra no era tal sino un paño pegado a la cabeza. Al menos la voz seguía siendo la que debía ser

- ¡Un hombre al castillo de proa! ¡El ancla de babor está a punto de destrincarse!

El silencio se apoderó de todos, nadie deseaba salir de aquella protección de hierro y cristal.

- ¡Maldita sea, un hombre a proa conmigo! ¡Tú, chaval!

Alejandro sintió su dedo clavado en el corazón como el filo de la bayoneta enemiga en medio de alguna trinchera europea. Se levantó y acompañado de los ojos agradecidos de los demás, marineros, padres de familia o simples hombres más útiles que él en otra ocasión se alejó tras la estela de agua que marcaba la cubierta por donde pisaba Don Pedro.


Se puso el traje de agua y se ató una de las maromas; así por lo menos si caía al agua que su cadáver no se perdiese.  Salieron por la escotilla de babor protegidos de los golpes de mar que castigaban la otra banda. Desde el puente alumbraban con dos linternas que más se acercaban a velas entre tanta oscuridad y mar encrespada. No era necesaria tal iluminación pues ambos conocían el recorrido con los ojos cerrados; primero y protegidos mínimamente por la bodega de proa fueron acercándose al castillo de proa. La protección se redujo más tarde a las bitas que jalonaban la cubierta. Al fin lograron alcanzar la escala de babor que les llevó hasta la maquinilla del ancla donde el cepo de esta casi se había salido amenazando con librar ancla y cadena a través del escobén.

Trincaron con varios cáncamos no solo el ancla que peligraba sino también la que no peligraba en la otra banda, el temporal no amainaba y el “Gorbea” a duras penas lograba capear semejante paliza. Mantener arrancada y gobierno era el objetivo, sobrevivir en definitiva a los embates de la furia de los dioses eternos del océano, dueños y señores ahora y siempre de las vidas que sobre su lecho se aventuran a vivir.


Giraron sobre sus pasos, arrastrados sobre cubierta de bita en bita hasta alcanzar de nuevo el pequeño refugio de la bodega de proa, deshacer el camino andado parecía  más sencillo. Don Pedro alcanzó la escotilla el primero mientras Alejandro aun tenía cinco o seis metros hasta alcanzarla. De pronto una sensación de vacío, de caída libre en los estómagos de las cuarenta y tres almas precedió al golpe mortal de la proa contra la raíz de una enorme masa de agua que parecía iba a tragarlos.


- ¡Alejandrooo!

No dio tiempo a más, Don Pedro cerró la escotilla antes de el agua inundara el interior del “Gorbea”. Alejandro trato de fundirse a la bita sobre la que esperaba de un momento a otro el golpe final…