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jueves, 28 de junio de 2007

El Desquite (y fin)

.... Los gritos de Helios retumbaron en todo el contorno, la isla pareció moverse entre los sargazos, un extraño remolino precedió la figura de Eolo, el rey de los vientos. Una figura enorme, sus formas empezaban de forma imprecisa desde la parte inferior para ir perfilando la forma humana acabada en su corona real.
- Aquí estoy. ¿Quién me llama?
- Soy yo, Helios estrella del firmamento.
- Y a qué se debe tu visita, no estas alumbrando como así debería de ser. Algo grave sucede. Cuéntame que desde aquí te escucho.
Helios empezó a contarle su enorme problema. Le recordó los favores que le hizo cuando era incapaz de apaciguar los vientos del Este y del Oeste en esa guerra que se traían entre ellos. Algo que casi lo hace desaparecer...
- Por eso Eolo te pido ayuda, no se, quizás algo similar a lo que le diste a Ulises. Aquella bolsa con los vientos sería útil, aunque es necesario desintegrar todo aquello.
- Mucho pides, aunque a nada podría negarme. Al fin y al cabo tu eres la fuente de mi fuerza y te lo debo.
- Gracias, majestad.
- No me las des. ¡Toma!, aquí tienes dos sacos muy especiales. El de color rojo deberás abrirlo sobre las masa de nubes antes de que te hayan reconocido en la próxima alborada. Con ella los descompondrás en pequeñas moléculas de su propio veneno. Una vez logrado abrirás la bolsa azul. No te extrañe al ver que nada salga. Deberás abrirla lo máximo posible. Dentro viven las moléculas malditas del penoso final. Mi padre las maldijo para siempre y, por su orgullo y soberbia las obligó a devorar cualquier veneno mortal. Después de que todo hubiera sido devorado lánzala lejos y ella volverá a mi para continuar su pena en otra encomienda que se le antoje al mal.
Helios atento a todo, por una vez recibió algo de otro. Con una mirada de agradecimiento entre ambos se despidieron. Eolo no contento con eso, mando preparar sus alas para estar cerca de la contienda. No podía dejar solo a Helios.
En el pueblo la gente después de escuchar al anciano por fin se dieron cuenta de su estupidez, de errónea valoración de la cosas ahora que estaban a punto de perderlas. Aquel anciano de aquella extinta tribu les dio las alas, los motivos por los que no repetir su historia.
- ¡Vayamos a la ciudad!. ¡Paralicemos las fábricas!
- Estoy de acuerdo, pero. ¿Y de qué viviremos?
El anciano entró en aquella respuesta antes del que ya se lanzaba contra las fábricas
- Viviréis de las fabricas, del campo de todo pero olvidad lo que no sirva para vuestra propia felicidad. Justo esa que lleváis buscando desde que el tiempo es tiempo fuera, esa que donde esta es vuestro interior. Encontrad el camino hacia ese interior y os sobrará la mayoría de lo que compráis, gastáis, añoráis de forma ansiosa.
Todos callaron y escucharon, con una mirada de respeto hacía él y aún si haber entendido totalmente aquello salieron para la ciudad a detener aquella contaminación.
En aquellos momentos Helios llegó de su viaje. Sin más, paso de nuevo a su forma eterna de disco incandescente. La luz como un flash fotográfico deslumbró a los humanos que cayeron al suelo. La Luna que preparaba su festín victorioso se puso en guardia.
- ¡Nubes, a mi!. ¡ Frente a él!. ¡Rodeadle y asfixiarle hasta su muerte.

Antes de que esto sucediese, Helios abrió el saco rojo donde todos los vientos aprisionados allí soplaron en tromba contra la masa de nubes. Como la lanza de un caballero en una justa el viento en forma de cuña rasgó aquellas nubes como si de un pañuelo se tratasen. Los vientos del sur se separaron para hacer jirones a las nubes mas apartadas, mientras, los de este, mas traicioneros que los demás, formaron un vórtice por detrás para disolver sin piedad la en la parte menos defendida. Los vientos del norte y oeste, los mas fuertes, formando varias puntas entre si desgajaron todo lo que quedaba mínimamente compacto.
Aquello acabó convirtiéndose en una neblina negruzca desconectada entre si. Era el momento, Helios abrió la bolsa azul. Un grito de dolor nació de la bolsa, esta comenzó a girar como si fuera un tornado, oscureciendo todo a su alrededor. Aquel agujero negro al absorbió todo, la luz era por fin total. Los humanos no salían de su asombro. Fueron reaccionando pero seguían paralizados observando aquella demostración de poderío entre Gigantes.
La pesadilla había terminado. La luna quería desparecer .

- ¡Luna!. ¡Maldita Luna! Solo te digo que no te perdono, que no saldrás de lo que eres y toda la maldición que tienes y que has ganado ahora será la que arrastres hasta el fin de este universo. Un lugar en el que te verás superada en admiración por astros, cometas, meteoros y cualquier cosa que brille. Darás esa luz mortecina que sólo sabes dar y engañarás a pocos. Cada vez a menos. Ahora vete. ¡Que mil cráteres horaden tu ya superficie triste y solitaria!.
El satélite se retiró, aquel día duró casi 48 horas en los que todos pensaron en lo que pudo haber sido y lo que salvaron.
La vida fue de otra forma a partir de entonces. El Desquite no pudo cumplirse.

martes, 26 de junio de 2007

El Desquite (6)

... Helios partió por la senda oculta de los antiguos errantes. Esa que unía la Tierra real con la de los sueños y dioses. Para ello, su inmensa y poderosa figura circular se tornó en la de un humano incandescente, como la de algunos superhéroes que a diario leen los hijos de aquellos habitantes descreídos de la superficie. Los gemelos, desde su inmóvil figura quedaron sorprendidos, nos sabían a qué se refería con eso de la Isla Flotante. Al menos sus miedos disminuyeron al sentir aquella seguridad en quien los había alumbrado, calentado durante tantos años.
El anciano, sentado sobre el borde la fuente del pueblo, continuaba esforzándose en que alguien le hiciera caso. Las gentes al salir de sus casas no concebían lo que se les venía encima. Aquella masa de humo ceniciento con olor fétido les rozaba los ojos haciéndoles llorar. No entendían nada. Por fin alguien se giró sobre el centro de la plaza y vio al antiguo errante
- ¡Mirad!. ¡Allí!. Es el viejo de la otra noche. Parece que quiere decirnos algo.
Rápidamente se acercaron a él. Casi podría decirse que estaban en penumbra. Era como si no hubiese salido el Sol. Al menos la temperatura era aceptable, aunque la humedad y la atmósfera se hacían del todo irrespirables.
- ¡Viejo, cuéntanos que pasa!
- ¡Si!, ¡¿qué es esto?!
- Era lo que ya os dije la otra noche, esto puede ser vuestro fin. Dadme unos minutos y creo que entenderéis lo que sucede.
Todos quedaron expectantes. Desde hacía mas de 70 años nunca había tanta gente dispuesta a escucharle.
- No se si sabéis u os lo creéis, pero esa Luna que tanto adoráis durante las noches de cielo claro siempre ha odiado a nuestro Sol. Nunca pudo soportar el brillo propio de él, su generosidad ante cualquiera que necesitara de luz y calor. Ella que siempre fue alguien mezquino, huidizo, vendiendo siempre cara su imagen, brillando con luz ajena y apagándose tantas veces como el sol saliese en la mañana. Siempre ha sido algo insoportable para ella. Cada eclipse, cada cometa, cada oportunidad que le apareciese por el firmamento, echaba mano de ella para hacer daño a Helios. Él, en cambio siempre la perdonó y brillo también para ella. Como os acabo de decir ella siempre buscaba en el firmamento la solución para acabar con Helios, pero un día miró al suelo y se fijó en vosotros. Ya no le hizo falta más que aliarse, pero no con vosotros sino con vuestra ceguera, vuestra irresponsabilidad y egoísmo.
- Pero, ¿qué es lo que hemos hecho?
- Nada tan sencillo como rendiros a tantas cosas no necesarias, a tanto desperdicio, a tanta energía derrochada. Las chimeneas de la ciudad son como cañones batiéndose en plena batalla, fijaos en lo que nos acaricia las cabezas. Mi tribu, mi cultura desapareció por olvidarse de lo verdaderamente importante. No caigáis en el mismo error.
El silencio la invadió todo, unos a otros se miraron sin saber que decir.
Mientras, Helios tras grandes leguas a través de húmedos pasadizos alcanzó la salida. La isla flotante se divisaba allí sobre aquel mar tupido de sargazos y extraños animales. Desde allí gritó su nombre, al que venía a buscar.
- ¡Dónde estáis, rey de los vientos!. ¡Eolo, os necesito!...

domingo, 24 de junio de 2007

El Desquite (5)

Aquel anciano comenzó a descender la montaña con gran dificultad. Sus años le impedían avanzar con suficiente rapidez. El conglomerado aquel de nubes le ganaba la partida y lentamente descendía hacia las cumbreras de las casa en el valle. Hacía más de cincuenta años que el corazón del anciano no palpitaba con aquel frenesí
Faltaba poco para la alborada, Helios se desperezaba de su corto descanso tras la agotadora jornada del día anterior luchando contra el frente aquél de nubes de extraña factura.
- Helios, ¡escúchanos antes de salir!.
El astro fijó su disco sobre ellos aún falto de reflejos
- Buenos días gemelos, contadme,¿hay algo nuevo?.
- Si, no sabemos las razones, pero es seguro que la Luna servil va a por ti.
- Bueno, eso no es una novedad, lleva miles y miles de años intentando fastidiarme, pero todo lo mas que ha conseguido de vez en cuando es taparme durante un corto espacio de tiempo frente a los humanos. ¿Qué me puede hacer más?
- No lo sabemos, de verdad, pero esta noche ordenó a estas extrañas nubes que descendieran aún mas y parece que se reserva el gran ataque mañana.
- ¿Mañana?, ¿Quiénes o de qué están echas esas nubes?
- No parecen vapor, huelen muy mal y tiene un color grisáceo. Los pájaros las evitan.
- ¿Cómo las que evitan en la ciudad?. ¡Claro!, ¡Cómo no me di cuenta!. Son los gases de esas fábricas de la ciudad. Hasta ahora el viento las llevaba, la verdad no se hacia donde, pero me quitaba el problema.
- Pues parece que están uniéndose para formar el escudo definitivo contra ti. Así destruirán la Tierra, y destruyéndola acabará la razón de tu energía y será tu fin. ¡Hay que hacer algo!
Helios quedó pensativo, los minutos corrían y se acercaba la hora de aparecer en lo alto del firmamento.
Mientras, el anciano como pudo consiguió entrar en el pueblo lanzándose sobre la primera casa.
- ¡Abrid, abrid la puerta!.
Después de unos minutos que parecieron eternos, la puerta se entreabrió
- ¿Qué sucede?, ¿quién es usted?. ¡Ah, es el viejo de la otra noche!.
- ¡Hay que avisar a todo el pueblo¡ ¡Un gran peligro se cierne sobre todos nosotros!. ¡Sobre el inmenso mundo!. ¡Debemos actuar!
- ¡Viejo, márchate a dormir la mona a otra esquina!.
Aquel anciano recorrió todo el pueblo sin éxito. A él le importaba menos su futuro pues ya le quedaba poco de éste. Se sentó en la fuente del pueblo buscando una mirada que deseara escucharle; entre tanto comprobaba con cierta tristeza en su interior como las nubes y su extraño olor ceniciento, se acercaban casi hasta ensuciarle sus cabellos.
Helios pensó y pensó hasta que llegó al final de tanto esfuerzo con un plan.
- Gemelos, hoy no saldré, vamos a despistar a la pérfida blanca.
- Pero, ¿qué te propones?
- Saldré hacia la isla que flota
- ¿Isla que flota?, No sabemos que es eso
- Necesito un favor de su dueño, y me debe algunos.
- No os preocupéis estaré aquí antes de la alborada de mañana....

viernes, 22 de junio de 2007

El Desquite (4)

... Rodeada de infinitos puntos que tilitaban, la Luna ya con medio cuerpo brillando, dominaba aquella otra mitad superior del mundo a conquistar. Las nubes de aquella mezcla extraña de gases y vapor eran cada vez de mayor volumen, mas espesa, de una densidad y aspecto que parecía permitir que un atribulado humano como los que vivían más bajo pudiera caminar sobre ellas.
¡Escuchad, nubes!, ¡Gases corruptos!, ¡Vapores de aguas estancadas!
Te escuchamos reina y señora de las tinieblas. ¡Háblanos!
De un momento a otro parecía que aquel enorme conglomerado de nubes perfectamente ordenado iba a postrarse ante la Luna. Sólo les faltaba adquirir la forma humana.
La hora ha llegado, como reina de las noches ya estoy cansada de ser la imagen de los humanos. Esa de la que se sirven para ocultarse en sus casas y olvidarme. Ya esta bien de ser sólo el objeto de culto de los enamorados y de algún coleccionista de lo ajeno. Estoy cansada de reflejar la luz de otro, de ese al que llaman Sol, al que adoran y desean sentir su cálida caricia serpentear sobre su piel. Somos poderosos gracias a sus necedades y vamos a obligarles a repudiar a esa estrella maldita. Le obligaremos a darnos su brillo para siempre. Cuento con vuestra fuerza. ¡¿ Estáis dispuestas a seguirme?!
¡¡¡Si!!! – Gritaron al unísono
Entre tanto los dos picos, como habían prometido al anciano Helios, tenían sus grietas abiertas al máximo. En una de ellas aquel viejo hombre de la tribu de los antiguos Errantes escuchaba también.
Hoy, en cuanto amanezca bajaréis vuestra altitud sobre el valle hasta rozar los tejados de las casas más altas. Mientras yo me mantendré a la espera de otro día mas en el que ese Sol maldito acabe por agotarse del todo para atacarlo, eclipsarlo y secuestrarlo.
Los movimientos de las nubes comenzaron a realizarse en función de la indicación de aquella luna. El amanecer estaba a pocos minutos, la luna se marchó un poco antes de lo habitual. Loa picos no podían asimilar lo que sus grietas habían registrado. El anciano Errante abandonó su escondite y lentamente bajó al pueblo. Tenía que avisar a aquellos humanos tan ciegos. No podía permitir que acabaran como acabó su tribu hace casi cien años...

martes, 19 de junio de 2007

El Desquite (3)

... la noche aquella vez se presentaba siniestra, ausente de la brisa calmante que regalaba el descanso a los habitantes del valle. Las ventanas sobraban en sus hogares, muchos de ellos dormían echados sobre los porches de las entradas. Otros charlaban alrededor de alguna linterna para al menos verse las caras, pues ni siquiera la luna les aportaba la luz mortecina que permitía en otras ocasiones distinguirse cuando se encontraban fuera a esas horas.
- Vaya tiempo este tan raro. Dicen que este clima nunca se había presentado por estos lugares.
- Es cierto aún no hemos prendido la hoguera de San Juan y parece que estamos en pleno Trópico al mediodía.
Mientras esto comentaban entre ellos, una silueta definida por la débil luz de aquella linterna improvisada se acercaba, parecía un pequeño enano con dificultad para andar. Cuando estaba a un metro escaso de aquel grupo se detuvo suavemente.
- Si me permitís, puedo deciros que esto no es mas que un aviso de lo que ha de llegar.
- ¿quién eres tu?
Todos se apartaron y la débil luz apuntó directamente al rostro de aquella persona. Era la imagen de un anciano de cuerpo enjuto, barba gris blanca hasta el pecho, su torso desnudo llevaba dibujadas las marcas de la tribu de los Errantes. Aquella gente se decía que existió hasta la llegada de los ambiciosos orientales que poblaron aquellos valles. A pesar de la edad de aquel hombre, su torso arrugado permitía distinguir los hermosos trazos de aquellos tatuajes en rojo púrpura y azul intenso que se cruzaban en formas curvas sobre su abdomen, ascendiendo hasta rodear aquel cuello de mínimo diámetro.
- ¡Es un errante!
- ¡Pero si esa tribu despareció hace ya cien años!
- Os equivocáis. Nos tuvimos que ir de nuestro pequeño mundo por el que vagábamos hasta refugiarnos entre las grietas de los picos sagrados.
- ¡Dejadle, es un viejo loco!
- Os dejaré, pero permitidme avisaros de que os protejáis cuanto antes
- ¿Protegernos?, ¿de qué?
- De vosotros mismos. Olvidad lo que os parezca seguro porque no os servirá de nada. Ved en vuestro interior y buscad la respuesta correcta. Allí la encontraréis y la salvación será un hecho.
En ese instante aquel extraño anciano perteneciente a otras edades y épocas ya pasadas se dio la vuelta y regresó a sus picos sagrados. Aquel grupo quedó en silencio y lentamente volvió a sus hogares pensativos, buscando en aquel cielo plomizo la respuesta y la razón de tanta zozobra sin sentido. La noche avanzaba tanto entre aquellas almas ahora temerosas ahí abajo, como encima de aquella barrera de aspecto infranqueable donde la Luna era la reina y señora. La noche húmeda, asfixiante y claustrofóbica avanzaba lenta pero imparable...

domingo, 17 de junio de 2007

El Desquite (2)

...Un sopor invadió la noche antaño fresca y reparadora. La humedad del suelo comenzó a evaporarse al subir la temperatura ambiental . Un bochorno, parecido al de ciertos días veraniegos, en las que Eolo con sus manías acarrea vientos húmedos y calidos a la vez se apoderó del valle.
A la mañana siguiente los habitantes del lugar comenzaron sus labores rutinarias. Unos acudían al campo, los más intentaban sacar el ganado de sus respectivos establos, otros con sus vehículos salían hacia la cercana ciudad donde las fabricas comenzaban su imparable producción de múltiples productos, unos más inservibles que otros. Cualquiera de ellos, no importaba el cometido al que se encaminase, arrastraba los pies sobre el suelo. Estaban derrotados antes de comenzar. Nadie había descansado a pesar de dormir. El calor, la intensa humedad hizo todo aquello. El color de la mañana era gris, como el color del pozo ya inservible que alimentaba de agua al pueblo en otros tiempos en los que el agua corriente no llegaba a sus hogares.
Al mirar al firmamento todo lo que se acertaba a ver era un cielo totalmente encapotado, pero el conjunto de nubes que así lo mantenían era como si fuesen una sola, no tenían formas irregulares, diferentes volúmenes. Era todo muy extraño. Como decía, cada uno continuó con sus propias obligaciones.
Mientras, encima de aquellas nubes de formato tan inusual y extraño Helios ya había comenzado a elevarse. Al principio y al ver aquellas nubes, sonrió y como tantas otras veces esperó a que su energía multiplicada por el viento las deshiciese. No pudo ser así que aumentó su intensidad progresivamente. Fue imposible. Al hacer esto Helios no sabía que esa energía nada les hacia a aquellas nubes, pues la dejaban fluir a través de si mismas calentando el valle. Durante todo aquel día Helios por más que se esforzó, no consiguió abrir una minúscula fisura en aquel sólido muro de vapor y gases.
La hora de retirada se acercaba y aquella tarde Helios estaba realmente agotado. Había tratado por todos los medios a su alcance de acabar con aquellas nubes y no lo pudo lograr. Como siempre, sus dos picos le estaban esperando aunque sólo lograba distinguir sus dos cumbres rocosas y escarpadas, todo lo demás se encontraba escondido, disfrazado bajo aquel manto gris.
- ¿Qué es lo que ocurre, Gemelos?
- No lo sabemos, parecen nubes. Quizá mañana Eolo las saque de aquí. De todas formas intentaremos descubrir lo que ocurre a nuestras faldas y abriremos nuestras grietas a todo lo que se produzca de noche y de día. Ahora descansa, te lo has ganado.
- Gracias gemelos. Buenas noches.
Helios se retiro a dormir aunque no estaba seguro de lograrlo....

sábado, 16 de junio de 2007

El Desquite

Helios, cansado ya de la dura jornada laboral lentamente iba recogiéndose entre aquellos dos picos como lo había hecho durante los últimos millones de años. Aquellos picos habían sido sus guardianes del sueño desde siempre, ellos lo habían defendido ante la envidiosa luna que, durante las amargas noches invernales se conjuraba con aquel grupito de nubes que siempre se empeñaban en agolparse en el valle. Nunca lograron de verdad cerrarle el paso a cada alborada. Helios triunfaba siempre, quizá alguna nube mas gallarda que las demás osaba interponerse, pero la fuerza y su calor irradiado hacían de ella un conjunto de jirones en permanente huida.
Aquella noche parecía que se presentaba como tantas otras. La luna en cuarto creciente, como una barriga sin cuerpo, comenzaba a iluminar con su mortecina luz los contornos de los picos. Las nubes no estaban aunque aparecerían pronto. Helios ya cerraba sus ojos, el descanso era merecido.
La noche ya había avanzado lo suficiente y aquella luna traicionera ,con la nocturnidad propia de su ser, dio un giro sobre su reflejo tal y como si quisiera dar alguna señal a algo o alguien. Después volvió sobre su posición correcta. Unos minutos después, sobre la franja este del valle, una línea perfectamente formada de nubes sin formas diferentes, como un solo bloque, se vislumbró acercándose a la luna que las observaba desde su puesto elevado con un brillo malvado, los cráteres que la definían parecían mas nítidos desde la tierra. Algo estaba apunto de suceder.
- Ya estamos aquí, reina, señora de los oscuros mares de la ignorancia. La que a todos embelesa con tu belleza aderezada por el silencio de la noche. A tus órdenes quedamos...
- Bien, ha llegado la hora de nuestro desquite....