Mostrando entradas con la etiqueta Nada. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nada. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de agosto de 2007

Nada (10)

Allí estaba, preciosa como en cada instante en que la había mirado desde que la conocí, todavía hace menos de 48 horas. Tenía el toque de la inocencia que da la inseguridad ante lo desconocido. Miraba el periódico de Cádiz como quien mira sin saber leer. Seguía con su mismo traje con el que la conocí. “Hay que cambiar esa ropa, damos mucho el cante”, pensaba para mí. Levantó su cabeza y me descubrió, creo que también descubrió mis ojos y lo que le decían. Me traicionaban hasta ellos. Sonrió cálidamente mientras cerraba el periódico. Noté que su cuerpo se alegraba, no se cómo explicar en que lo percibí, pero lo sentí.
- Ya estoy aquí, ¡puf!, no se como saldrá esto, Patricia, pero tengo una solución. Podrá parecerte algo descabellada aunque entre todo este lío no se notará mucho. Antes de contarte nada vamos a comprar ropa que con esos trapitos que llevas puestos somos como un negro en medio de un monte nevado.
Mientras entramos en la zona de tiendas del barrio le fui contando mi propuesta. Era mi gran oportunidad, algo que desde siempre merodeaba mis pensamientos pero que nunca me hubiese atrevido a realizar de no aparecer ella en mi vida. Le insistí que no tenía que seguirme si no quisiera, le dejaría un dinero para salvar los primeros meses pero que yo estaba decidido.
- No sé como agradecerte tanto esfuerzo. Perdóname si puedes, pero creo que no debo de aprovecharme de ti hasta ese punto. Me siento perdida y sin vuelta atrás.
- Puedes aprovecharte tantas veces como quieras, además esto es para mi la excepción que demuestra que el destino no existe. Hasta ahora he estado perdido, a partir de ahora tengo algo verdadero y no quisiera perderlo, perderte.
Su mirada, vidriosa de nuevo, estaba a punto de elevarme cerca de mis estrellas favoritas. Su sonrisa me devolvía a la libertad perdida. Creo que hasta los moratones estaban desvaneciéndose.
- Gracias, gracias, gracias. ¿Dónde firmo?
- Aquí
Esta vez fui yo el que besó sus labios sellando el pacto de forma lenta y cadenciosa, dulce y silenciosa. Sus brazos me cogieron y el mundo despareció al fin.
El autobús devoraba los kilómetros entre Cádiz y Tarifa a su acostumbrada velocidad, nuestro equipaje estaba en la bandeja encima nuestro, no hubo tiempo para más. Disponíamos de 7000 euros y estaba seguro que Rosario se habría ocupado de que el Cartaginés nos esperase con todos los detalles. Mi mano izquierda acariciaba la de Patricia mientras esta dormía, la vista del Atlántico desde aquella ventana era prometedora. “Tengo que enviar tres bandejas de pasteles al trío aquel de la base y una nota al del coupe que diga, Gilipollas”, gracias a esos cuatro seres desconocidos acababa de conocer el sentido de mi vida.
El Banus, como siempre rebosaba de pieles bronceadas y olor a brea. El camarero no le hizo falta nada mas que escuchar Rosario Maseda y me llevo al Cartaginés. Cuántos recuerdos que ya no eran dolorosos. Ahora entendía a Rosario, ¡ahora si!. Si el amor esta dentro de ti es la generosidad la que le abre el camino y estaba sobrado de aquella.
Tal y como suponía El Cartaginés estaba perfecto.


En pocas horas ya enfilábamos hacia La Graciosa. Rosario me había dejado una nota en la derrota del Cartaginés. Descansa en La Graciosa, de allí al Río de la Plata y después...
El mundo éramos ya nosotros y todo lo que encontrásemos a nuestro alrededor. En la isla cambiamos el nombre de nuestro velero por el de “Tarik y Mistral”...

sábado, 25 de agosto de 2007

Nada (9)

... marqué el número de teléfono de Rosario, mi única amiga superviviente como tal en mi azarosa vida.
- Hotel Zahara, ¿en que puedo ayudarle?.
- ¿Rosario?, ¿Rosario Maseda?, ¿eres tu?.
- ¡Aníbal!. ¿¡Vives!?. ..
Comenzamos a hablar recordando el pasado, al menos ella supo apreciar las pocas cosas buenas que tenía uno. Era la directora de un pequeño Hotel Rural cerca de Barbate. Íntegra y leal a sus amigos, yo presumía de serlo aunque no la hubiese llamado o visitado en los últimos 14 meses. Ya había pasado más de un año desde que abandonase aquello brazos cálidos y decididos que me zambulleron en medio de Doñana. Rosario, El Cartaginés y yo, los tres entre las marismas de aquel paraíso. El amor se coló por mis venas, quise mas pero ella lo tenía claro y con otro moratón tuve que abandonar aquella tierra prometida. Sabía que seguía contando con sus sentimientos de alguna forma distinta a la habitual, pero contaba. Le confesé mi situación personal y le pedí un favor muy, muy personal que esperaba no me defraudase, aunque si lo negaba lo comprendería con toda normalidad.
- Aníbal, Aníbal... Siempre igual. Si no fuera porque te quiero como yo sólo sé te colgaba aquí mismo. Cuenta con ello, pero no quiero ningún lío con la policía. Te encontrarás con el Cartaginés en Tarifa. En el bar Banus te darán razón de ello. Mucha suerte y si alguna vez pasas por aquí la cama más grande te estará esperando. Te quiero.
Nunca entendí a las mujeres, ¿me quería?, entonces por qué me largó hace mas de un año. Todavía me escocían los moratones en alguno de los ventrículos. En fin, valía la pena disfrutar de ese sentimiento ya que no había otra opción.
La verdad es que era una apuesta arriesgada pero ilusionante; prometía la libertad mas absoluta pues nadie nos esperaba ya, ella era un cadáver y a mí me faltaría poco para eso. Fui a una sucursal de mi banco y saque prácticamente todo el dinero que tenía. Siete mil euros del último despido. Con eso esperaba poder sobrevivir hasta encontrar algo. Debía cambiar mi nombre, ¡que bien! Eso sería como cambiar de vida también. Me llamaría, uhmm... quizá el nombre de algún héroe del cine, no sabía cuál. Al final lo decidí; me llamaría Tárik como el que dio nombre a la isla donde debía encontrarme con El Cartagines, ese que me daría mi nueva vida.
Fui al bar que estaba enfrente de mi casa donde me esperaba Patricia, tenía que contarle mi plan y proponérselo, los dedos me dolían de mantenerlos cruzados, tenía que decirme que sí...

jueves, 23 de agosto de 2007

Nada (8)

...
Acojonado, no se si por el arranque de furia femenina de Patricia o porque entraba en zona “bélica”, me aproximé a la esquina que debía doblar. “¿qué coño estoy haciendo aquí?, Aníbal, que los moratones te acabarán por cubrir la piel”. Pensaba y pensaba mientras el beso que me dio era el que me conducía como un autómata hacía su domicilio invadido por policías y bomberos.
Doblé por fin la esquina y me aproxime al portal, un policía que protegía la zona me detuvo.
- ¿a dónde va usted?, ¿es vecino del inmueble?
Le conteste con gestos, incapaz de articular palabra mientras me obligó a retirarme.
Atravesé la acera para mezclarme entre el gentío que observaba las operaciones de los bomberos. Unos minutos después la gente comenzó a apuntar hacia la ventana; dos bomberos bajaban entre ellos un cuerpo carbonizado. “¡Debe de ser la chica que vivía allí”, ¿la chica?, no entendía nada. “Si, creo que se llamaba Patricia, pobrecilla, una mujer joven y guapa no merecía un final así”. No me hizo falta mas tiempo perdido allí, la cosa estaba cada vez más fea.
Sin que se notase me fui alejando hasta alcanzar a la Patricia viva. De un golpe de mano la empuje y con una mirada la di todas las respuestas posibles en aquel instante. Cogimos el 25 que justo llegaba a la marquesina más próxima y nos bajamos junto a la parte este de la playa, lo más lejos posible de todo aquello. Ella esperaba mis palabras casi tanto como yo otro beso de aquellos.
Conseguí calmarme, el horizonte siempre ha encalmado mi pensamiento y eso me dio alas para decirle que estaba muerta, se la habían “cargado”. Sus ojos perdieron la profundidad de otros momentos fugaces en los que los topé, temblaban vidriosos. Esta vez fui yo el que se echo sobre sus brazos y la consolé como creo nunca lo había hecho ya fuera persona o animal lo que tuviere entre mis brazos, se quedó muda mientras se aferraba a mi.
- Esto es algo muy serio, y no podemos contar con la policía. Si al menos supieran que no sabes nada...
No contestó, solo descansaba sobre mi pecho, la sentía cerca. Pocos minutos después la cogí de un brazo y la lleve a la orilla, nos descalzamos y sumergimos los pies en las frescas aguas del océano. En la urgencia, la prisa necesaria por tomar decisiones no hay nada como acotar un espacio corto que sabe eterno e interminable para pensar en nada. En mi fuero interno tenía la decisión de los dos tomada y solo hacía falta su "si quiero" y mis pequeños grandes flecos...

martes, 21 de agosto de 2007

Nada (7)

...
- Es toda una aventura, podrías escribir un relato para el verano.
Su cará cambió.

- Bueno, ahora en serio, creo que si lo que dices lo viviste de verdad y no fue una mezcla de varias estupendas copas de algún combinado yankee, hay para mi dos cosas claras.
- Continua, por favor.
- La primera es que esa gente te estará buscando y tarde o temprano localizarán al amigo tuyo ese, ¿es de fiar?.
- Solo es un compañero de trabajo tan sólo como yo.
“Tan sólo como yo, eso suena bien, ya somos tres solos”, pensé para mí entre tanto golpe de sensaciones
- Pues entonces no es de fiar y encontrarán primero la calle, o sea, que al poco tiempo los tendremos en esta casa. La segunda cosa clara es que para saber qué pasa y poder tener algo con qué ir a la policía hay que descubrir todo este embrollo.


Ya me estaba metiendo por enésima vez en los problemas de los que me rodeaban, fueran conocidos o desconocidos. Mis moratones aún no habían remitido y ya estaba “en faena”. La verdad es que esta vez estaba sintiendo algo distinto, eso me daba más miedo pero, como cuando ves la atracción mas peligrosa de un parque temático de esas que hay tantas por el Levante, hasta que no te lanzas no descansas y yo en aquel momento era un kamikaze gritando ¡banzai!.
Salimos juntos, ¡qué bien suena eso!, hacia su domicilio. Patricia vivía en el barrio barroco de la ciudad, donde brilla la pasta. Cogimos el número 12 hasta el mismo centro de la ciudad. No cruzamos ninguna palabra; ella, supongo que metida en sus inminentes problemas, yo, metido en ella. Anduvimos ligeros entre boutiques y supermercados repletos de delicatessen.


- No te apures, Aníbal, estamos ya. Al doblar la esquina es el primer portal que te encuentr...
No terminó la frase, sin tiempo a reaccionar se giró abalanzándose sobre mí. Un apasionado beso que parecía iba a comerme la campanilla me destrozó la cintura; todas las estanterías mentales que había montado meticulosamente en mi cerebro sobre ella y mis posibilidades se derrumbaron como un alud en medio de los Alpes primaverales. Se apretaba a mi empujándome hacia la esquina, al doblarla se despegó de mis labios que la reclamaban a gritos desesperados.

- Perdona Aníbal, sólo se me ocurrió eso. Mi casa esta atestada de policías.
“¿solo?, ¡Quiero que se te ocurran mas!”, pensé mientras recuperaba la compostura intentado recoger la “estantería mental” hecha añicos en mi cabeza. No te preocupes. Quédate aquí mientras me paso por el portal. A mi no me conocen...

domingo, 19 de agosto de 2007

Nada (6)

...
fue toda una experiencia escucharla, tanto por la historia como por poder mirarla con una excusa que no fuese su belleza mediterránea. Me contó cómo se revolcó en algún despacho de aquella área restringida; cómo aquel conquistador de imponente fachada se trasformó en un instante en conquistador de “impotente pegada”, en cierta manera esperaba que no generalizase. Mientras, continuó contando la forma de enredarse entre tres hombres que pasaron cerca del despacho donde se ocultaba. Hablaban entrecortándose sus respectivos discursos. El inglés de uno era perfectamente atribuible a un yankee, el de los otros dos estaba claro que era traicionado por dos acentos distintos. El uno del mismo Tarifa y el otro, con aquellas “g” tan guturales, la recordaban a sus meses de estudios en El Cairo.
Igual que al gato, la curiosidad la tentó y los siguió por aquellos pasillo prohibidos para los mortales como ella. La discusión hacia que cada momento se parasen y gesticulasen de forma amenazante, sobre todo entre el americano y el árabe. Entraron en una sala a través de una puerta metálica que estaba disimulada como una evacuación de emergencia clausurada. De nuevo el espíritu felino que durante milenios ha pervivido en el interior femenino, quién fuera ese espíritu, dominó a Patricia y suavemente empujó la puerta. Ellos ya no estaban allí, un pasillo en penumbra los ocultaba, pero no a sus voces. Sudando, bastante más y mejor que algunos minutos antes, se acercó al lugar donde se escuchaban aquellas voces. Con mucha lentitud, como el espíritu felino ese que había comentado antes, abrió la puerta y descubrió el pastel aunque no supiera de que estaba hecho. Un montón de pantallas, gente muy nerviosa, la imagen de la Península en la pantalla gigante y un cronómetro en la esquina superior izquierda dando una cuenta atrás en la que pudo leer que quedaban unas 35 horas. ¿Para qué?.

Como por mucho que quieran una gata es una gata y el espíritu felino no debe de ser tan ágil, un ruido la delató. La persecución fue inmediata. Alcanzó la fiesta topándose de bruces con un tal Lorenzo, otro intérprete al que habían invitado y que no paraba de “tirarle los tejos” desde que coincidieron en la base. “¡Esta es la mía!”, pensó mi ya casi musa en aquellos momentos, de un beso en el que había de todo menos pudor se lo llevó hasta aquel coupe. Él, igual que si fuera yo el besado, arrancó sin ver más allá de lo que sentía. La lluvia que les sorprendió al salir del recinto militar cubierto les ayudó a despistar a los soldados de la base. Cuando todo comenzó a tranquilizarse Lorenzo se inclinó para comprobar que el beso anterior había sido cierto. Fue darse cuenta de que había sido utilizado, para dejarla como un regalo de dios enfrente de mi portal.

- Esa es la historia, Aníbal. Un poco increíble como verás.



Lo dijo mientras descruzaba sus piernas ocultas tras mi pijama de cuadros azules y blancos que yo no veía sino que transpasaba con la imaginación. Su mirada con forma de interrogación esperaba algo de mi, tenía que contestarle...

sábado, 18 de agosto de 2007

Nada (5)

...
- Si todo y me alegro de que te guste. Puedes comerlo todo, además de subirme la moral no tengo hambre. En cambio me beberé otro trago del verdejo este que va a acabar por alcoholizarme
Una mueca agradable surgió de aquellos labios que parecían preparados para besar en cualquier momento. “¿Quién sabe?, igual de esta surge una relación y mi vida... pero no, dejémoslo estar que ya estoy amoratado de tanto fracaso”. Yo mismo me lo guisaba y comía todo sin preguntar, como siempre.
Dejando un poco de lado mis dotes de Don Juan me enfrasqué en su misteriosa aparición. Esperaba que mis artes culinarias y la ayuda de mi siempre dispuesto amigo Baco me hubieran allanado el camino.
- Fue toda una sorpresa tu aparición. La verdad es que pudiste haberte matado y el compañero de tu coche me da que no te apreciaba mucho porque no se percibían buenas maneras para hacerte bajar del coche.
Ella me miró sin sonreir. Mi ironía estaba dando al traste to aquel despliegue anterior. Mantuvimos la mirada, bueno mas bien fue ella la que me sujetó mis pupilas durante unos interminables cinco segundos. Al final habló.
- Tienes razón aunque no le vea la gracia a tus frases. En fin, creo que te debo una explicación.
“¡Bieeen!, Aníbal, tu primer triunfo con una mujer en veinte meses”. La invité a sentarse en el sofá sobre el que la había desnudado mientras corrí a hacer el café mas aromático y sensual que pudiera salir de mi cafetera italiana marca “Zanzíbar”, la de toda la vida.
- No se por donde empezar. En fin, lo haré por lo mas sencillo. Me llamo Patricia y trabajo como interprete en el centro de control de la base de Rota. Sin querer parecerte muy presuntuosa, además de hablar Inglés, Francés y Alemán, domino el árabe en todas las variantes desde Jordania hasta Marruecos. Mi trabajo tan solo es traducir y traducir conversaciones de radio o internet durante ocho horas. Algo agotador, sobre todo por las cosas tan “interesantes” que tengo que escuchar continuamente.
- Por lo que dices no es que sea muy apasionante, pero sigue. ¿ Algo más para comer con el café?
- No gracias, estoy llena.
Sonreía al decirlo y eso seguramente hacía que mi cara entonteciese en aspecto como un colegial. Y es que tanto brillo dental entre labios rojos como la bandera de la china popular atontarían hasta a Arturo Fernández en sus mejores tiempos.
- La cosa comenzó ayer por la tarde cuando un teniente, Coling Smith, un tío bastante bueno al que le andaba yo rondando, se paró en el centro de información y me invitó a la fiesta que organizaban sus colegas en la dependencias americanas de la base. Pues como te supondrás había que aprovechar la coyuntura, así que allí me fui
“Y la tía no se corta con sus conquistas, y mientras el que suscribe cortándose. Tendré que pedirle docencia”...

viernes, 17 de agosto de 2007

Nada (4)

... “Base Naval de Rota, ¡uhmm!, ahí están los yankees, no me gusta nada esto”. Pensaba qué tendría ella que ver con esa gente. Iba vestida de fiesta y el coche no era de ningún ejército. Me dispuse a preparar algo de comer mientras ella descansaba. Al menos entre tanto agobio y humedad tenía algo en que pensar. Abrí la nevera y parecía el Ártico, mucho hielo pero nada más. Crucé los dedos mientras lentamente abría el congelador; ¡eureka!, lomos gigantes de merluza Pescanova, estaba salvado. Se iba a enterar esa qué clase de cocinero tenía a su disposición. Perejil, aceite de oliva, unas guindillas, el vino blanco que sobró del día anterior, ¡a trabajar!.
Me atreví a poner la radio, después de mover el dial a izquierda y derecha lo dejé en la emisora local de Ondacero, a ver qué estaba pasando con este tiempo.
“... continuará este sombrero de nubes y lluvia durante toda la semana, los técnicos de INM no saben a ciencia cierta a que se debe, toda la provincia esta tapada como si alguien hubiese dibujado la forma de tanta nube gris. Los hosteleros estan pensando en la petición de ayudas urgentes para paliar la inminente crisis y el delegado del gobierno les ha citado...”. Ninguna novedad, todo seguía igual de confuso que cuando se durmió en la tarima horas antes, días antes.


Su grito se me incrustó en los tímpanos. Dejé la cazuela a fuego lento mientras me apresuré hacia mi dormitorio, la luz estaba encendida dejándome verla acurrucada en una esquina tapada hasta los ojos con la sábana. Intenté acercarme con suavidad.
- ¡No se acerque!. ¡Quédese donde está!
Con suaves palabras, la fui convenciendo que estaba a salvo y necesitaba comer algo, luego si lo deseaba podría marcharse.
- ¿Quién eres?, ¿por qué me has ayudado?
- Gracias por tutearme, me llamo Aníbal y te repito que no has de temer nada de mí. Anda, levanta y ven a la cocina que te he preparado algo de comer.
Su mirada se ablandó ligeramente, la crispación había abandonado sus ojos negros y se agarró a mi brazo para levantarse. No sé si fue mi voz y mi esfuerzo por ser amable o el olor que llegaba desde la cocina la que la convenció, pero allí estaba haciéndome sentir el “Arguiñano” de la calle Tormento por unos minutos. Mientras comía le serví varios vasos cortos de la botella de verdejo que me quedaba haciendo lo propio conmigo mismo. El ambiente fue mejorando y es que Baco es todo un as para estas cosas. Su rostro era ya otro. El estómago lleno y el espíritu dopado un poco hacen milagros. Intenté hablar por enésima vez con ella, era el momento


- ¿Cómo te llamas?
- Patricia Menéndez. ¡Oye, esto esta de muerte!. ¿Lo has preparado tu?...










jueves, 16 de agosto de 2007

Nada (3)

... me vestí de forma apresurada con la imagen de la mujer sobre la calzada. Dejé la puerta abierta a mis espaldas ni siquiera esperé por el ascensor y baje de tres en tres las escaleras. Fuera del portal el aspecto del día era mas desolador del que se podía apreciar desde la ventana.
Me acerqué a la mujer y si mediar palabra intenté levantarla asiéndola del brazo derecho. Ella, sin mediar palabra, se resistió lanzándome al suelo inundado. Quise hablar con ella y tratar de hacerla comprender que corría peligro, elevó su cabeza y una mirada de furia me taladró el cerebro.
De pronto dos faros se incorporaron de la esquina tal y como el coupe minutos antes, el sonido atronador de la sirena me permitió percatarme de que estaba cerca y de que no pararía. De un salto y placando a la mujer como un balón de rugby me lancé sobre el auto aparcado justo cuando un manto de agua vomitada por los neumáticos del furgón caía sobre nuestros cuerpos. Su cabeza golpeó la aleta trasera del Ford Taurus que resistía el diluvio quedando sin sentido. Eso me permitió transportarla como si de un saco se tratase hasta el ascensor. Entré en mi domicilio dejando un reguero de agua desde la puerta del ascensor y cerré la puerta de una coz. Lo más suavemente que pude la acosté en el sofá. “ A la mierda el sofá de cuero”, pensé aunque no me duró mucho ese pensamiento; fue contemplar la serenidad de su rostro dormido para dar por buena aquella pérdida.


La desvestí con mimo y algo de timidez. Su cuerpo era perfecto. Al fin y al cabo no era yo precisamente el dueño de una agencia de modelos y no estaba acostumbrado a esa exuberancia. La vestí con uno de mis pijamas y la acoste en mi cama. Tenía algo de fiebre y la suministre un analgésico con una pastilla para dormir.
Revisé sus pertenencias; ya se, ya se que no está bien, pero nada de lo que estaba ocurriendo estaba en sus parámetros normales así que una acción mas en esa línea no iba a notarse. En su D. N. I. leí Patricia Menéndez de Cué, 35 años. Rebuscando en el bolso, tan sólo encontré una cajetilla de Malrboro con dos cigarrillos y una tarjeta “ P.M.C Servicio de Interpretación. Base Naval de Rota”.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Nada (2)

.. un golpe de mi propia tos carraspeante me despertó del duermevela en el que me encontraba. Mire hacia el mueble de la librería y el reloj con forma de lancha pesquera marcaba las cinco de la tarde. Habían pasado mas de tres horas, el mediodía ya estaba lejos, sin embargo la luz que simulaba entrar por la ventana era de la misma intensidad, la sensación de continuo atardecer invernal desde el amanecer se mantenía pétrea como las viejas murallas de la ciudad.
Me incorporé sudando, no me iba a duchar, era inútil, ni siquiera el agua fría era fría. Un zumo de esos que no son zumo me bastaría. Desde la ventana el paisaje no había cambiado nada. Era como si el tiempo no avanzase desde la última vez que me asomé. Quizá la frecuencia de las sirenas de ambulancias y policías había decrecido. “ Se habrán vuelto majaras ellos también”, pensé.
No distinguí a nadie deambulando, tan sólo algún coche que pasaba deprisa lanzando el agua que inundaba la calzada contra las aceras desiertas. De pronto un Hyundai coupe azul entro derrapando desde la calle que subía y de otro derrape al frenar se detuvo justo debajo de mi ventana.. Sus “limpias” no paraban de escupir el agua a cada lado sin lograr que pudiera distinguir a los viajeros. La puerta del acompañante se abrió en dos tiempos, como si fuera el conductor el que lo hiciera. Unas piernas, largas como la tarde de un domingo en invierno, se asomaron intentando volver, parecía que forcejeaban aquellas dos personas. Al final el cuerpo cayó sobre aquel océano de lluvia y el coupe aceleró violentamente casi golpeando al ladearse el coche del brutal arranque. La mujer se incorporó sentándose sobre aquel río en que se había convertido la calle. Parecía llorar sobre un vestido negro que ya no aceptaba más líquidos. Podrían atropellarla.
Como siempre, hice lo contrario de lo que me decía mi cerebro y me apresuré a bajar...

martes, 14 de agosto de 2007

Nada

La calle, gris de la plomiza lluvia que cae lenta pero continuamente, como si de un manto que quisiera cubrir de forma suave los automóviles que salpican de agua sucia a los viandantes encorvados, escondidos entre gabanes aún más grises mientras esconden sus cabezas bajo negros paraguas de puntas romas.
El aire sofocante; el higrómetro dejó de funcionar hacía ya dos días. La propia humedad había inundado el mecanismo bloqueando agujas y resortes internos. Mi dedo golpeaba el barómetro incesantemente con una ansiedad que iba a terminar por romper el cristal. 762 mm. ¡Mierda!, solo pensaba en el maldito viento que no se hacía presente desde hacía dos semanas. No podía pensar, razonar, juntar alguna letra que me dijera algo a mi mismo. Las cloacas ya rebosaban y los roedores salían de sus entrañas pues ni aquellos oscuros cañones de miseria estaban a salvo del agobio.


Los servicios sanitarios municipales atronaban la ciudad con sus sirenas pues cada poco acudían a los intentos de suicidio, a las muertes súbitas de ancianos, a salvar débiles golpeados por individuos mas fuertes que trataban a sí de desahogar su furia animal. La policía no era capaz de limitar los desmanes de personas normales fuera de sí que desbordaban violencia.
Decidí quedarme en mi casa, vivía en la planta 2º exterior de la calle Tormento en el nº 16. Siempre había hecho chistes con aquél nombre, ahora no tenía gracia.
Medio desnudo echado sobre la tarima del salón, la ventana abierta por la que entraba esa maldita humedad, las sirenas estridentes de tanto desorden.

Todo me daba igual...