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lunes, 3 de diciembre de 2007

El Hielo del "San telmo" (y fin)

...Nevaba, los gestos en cada uno de los semblantes eran algo que nunca podré llegar a definir en modo alguno. Tuve que dejar en tierra a mi alférez Domingo Matallana como responsable del destacamento, tal y como me lo había indicado el Brigadier Porlier. Domingo era un hombre bregado en situaciones límite y aquella era la madre de todas ellas. Domingo y yo nos salvamos mutuamente la vida varias veces combatiendo al francés y eso nos llegó a unir como hermanos; no puedo expresar fielmente lo que me corrió por el cuerpo al abrazar por última vez a Domingo, nadie se atreverá a decir frente a mi que el temblor de mi cuerpo era debido al frío, pues ardía, quemaba de maldita impotencia, las lágrimas que brotaron de mis ojos eran tan intensas que ese maldito frío no fue capaz de solidificarlas en mi piel, confundiéndose entre la tierra salvaje que dibujaba la orilla sobre la que varaba la “Esperanza”, disueltas allí para siempre.

La “Resolución” zarpó la primera empujada por aquellos hombres como los condenados en una especie de burla del destino. Seguido a ellos con un cable de distancia zarpamos nosotros de la misma forma. Yo, como si de un Caronte a la inversa, tenía la sensación de que los quedaban para siempre en el Hades eran ellos y no la tripulación que iba conmigo a bordo. La derrota trazada era alcanzar las Malvinas, la isla Aurora o alguna costa del sur del continente Americano, pero siempre rumbo al Atlántico. En el caso de que las condiciones de la mar y el viento nos separasen, cada una tomaría sus rumbos sin esperar por la otra, otra vez la salvaje regla de este gélido mundo helado.

Los brazos al viento, los corazones de uno y otro lado de aquella brecha helados por el temor. Aquella partición no llevaría a nada o sería el triunfo absoluto. Decidí no sentir nada mas que rabia por alcanzar la meta, un último vistazo y no volver a verlos hasta no arribar con navío y
pertrechos. “¡Triunfo o muerte!”, pensé, pero al mirar a mis hombres sentí que me observaban y gritaron como uno solo. “¡¡¡Triunfo!!!”. La moral era lo que hacia falta y la teníamos.
El viento comenzó a bramar por aquel pequeño y escarpado paso hacía mar abierto, desde lo alto de las dos paredes que franqueaban ese estrecho montones de pingüinos nos gritaban como avisando, como queriendo detenernos.


- ¡Remad!, ¡Fuerte!. ¡Hay que vencer a la maldita corriente!
Además del viento que luchaba contra nosotros entrando entre aquellos riscos como si hubiese algún fuelle detrás, una corriente de dos o tres nudos nos quería arrumbar contra los acantilados. Con mucho esfuerzo, casi exhaustos, salimos a mar abierto, la otra lancha ya había largado el aparejo y enfilaba el rumbo prefijado. Nosotros comenzábamos a realizar aquello mientras podíamos ver la poca entidad que representábamos ante aquel mar que nunca sonreía. La “Resolución” escalaba las olas tragando agua y desaparecía al bajar por aquellas pendientes hacia el mismo infierno. Las posibilidades se reducían conforme nos adentrábamos en el océano.

Habían pasado ya dos días, terribles y sin cuartel, perdimos a nuestra hermana la noche anterior, manteniendo el rumbo norte conseguíamos los dos nudos, casi tres aunque hacíamos agua por todas partes y debíamos recoger trapo para no hundirnos. La mañana del cuarto día divisamos tierra. Fue un regalo del cielo y enfilamos nuestra proa hacía aquel lugar, necesitábamos reparar. Conseguimos acercar nuestra”Esperanza” a aquella inhóspita costa que, al menos, se hallaba resguardada de los vientos. No encontramos un lugar seguro donde varar por lo que continuamos barajando la costa, la lancha era un puro coladero de agua y antes de anochecer ordené embarrancar en las rocas. Arribamos a tierra, descargamos todo lo que era salvable pero todos sabíamos que aquel sería nuestro fin. Construimos un pequeño refugio a modo de campamento y organizamos los cometidos de aquella improvisada guarnición sin saber el tiempo que duraríamos allí.

Esta es la historia del fin de mis días como soldado del rey a bordo del “San Telmo”. Hubo que ejecutar a hombres que enloquecieron, otros huyeron de la mano del pánico en noches de silencio trepanador. Hoy 25 de octubre de 1819 acabo de lanzar por el acantilado el cuerpo de mi último compañero, Luis Muñate, artillero de la villa de Luanco, descanse en paz. Me muero y solo deseo a quien encuentre estas líneas escritas con la sinceridad de quien se sabe a las puertas del Altísimo, las envíe a mi familia y una copia a nuestro Rey.

Desde este pequeño cubil que construimos llevo ya 22 días y siento que mis fuerzas mueren con mi pensamiento. Esta mañana, cuando lanzaba a Muñate sobre el acantilado creí avistar una vela de bergantín, pero supuse que era un maldito sueño más. Deseo que mi cuerpo descanse y que esta triste historia sirva para recordarnos a todos los que aquí dejamos el cuerpo. Íbamos a defender algo caduco, que tocaba a su fin, al menos no hemos tenido que matar a ningún hermano para la gloria de injusticia alguna. Me despido en paz.”

Capitán Andrés Murguía.





Ningún hombre de los reales o inventados por mi sobrevivió a semejante prueba. Cien años después, Ernest Shackleton logró con éxito una gesta de similar envergadura permaneciendo mas de un año en aquella "terra incognita" y alcanzando en una pequeña lancha la ayuda para salvar a sus hombres. Era 1914 y la zona ya estaba habitada en las islas por balleneros y cazadores europeos y americanos.

domingo, 2 de diciembre de 2007

El Hielo del "San Telmo" (6)

...brillaban como sendos soles, aunque eso era lo que nos inspiraba, al fin y al cabo era el pasaporte hacia algún lugar donde la vida existiera. Durante las durísimas labores de aquellos tres días los hombres fueron cayendo de forma continuada, mas de la mitad de toda la dotación a salvo había muerto ya o estab en trámites de hacerlo. Al principio intentamos enterrar los cuerpos cristianamente, pero la dureza del terreno y el excesivo número de caídos no lo permitió. Así, la primera misión de uno de las dos lanchas fue terrible, pues consistió en sepultar bajo las insensibles aguas de la bahía a cada hombre que iba cayendo atado a la primera primera piedra que pesara lo suficiente para darle fondo. Lo terrible de la situación, si es que hubiese algo más terrible que otro era que muchos estaban viendo lo que harían con ellos al día siguiente. Las escenas de pánico y desesperación acababan explotando aunque la poca fuerza de los cuerpos las hacían de fácil sofocación.

Llegó el día, las dos lanchas ya estaban listas y en estado de revista, a la primera la llamamos “Resolución” y a la segunda “Esperanza”. Eran muy distintas pues la primera fue una recuperación “in extremis” de la lancha del navío y eso le daba un mejor aspecto y aparentaba mejores condiciones; “Esperanza” ya era una lancha fabricada con los materiales acopiados, sus líneas no llevaban la continuidad de "Resolución" pero en las pruebas resultó tan marinera como su hermana. Llevaban un palo central permitiendo izar una vela cangreja de “mayor” y un foque a proa cada una. La capacidad de transporte no superaba los cien hombres entre los dos. No iba a ser suficiente pues aún quedábamos en pie 295 hombres.

Porlier, Toledo y yo mismo nos retiramos mientras todo el mundo permanecía ocupado en sus cometidos. El brigadier abrió el fuego.
- Caballeros, no tengo que comentar lo que ya les ronda en la mente. No hay plazas para todos.
- Mi brigadier yo me quedaré con parte de los hombres que mejor se encuentren mientras vos y el capitán marinan las dos lanchas.
El capitán Toledo también se ofreció, tras lo que se produjo un pequeño silencio entre aquel triángulo de almas atormentadas por aquella terrible responsabilidad. Porlier tenía todo decidido ya, como tantas otras veces.
- Gracias a los dos pero las cosas no serán de esta guisa. Seré yo el que permanezca con una guarnición, armas y pertrechos para sobrevivir y ambos marinarán las lanchas. Capitán, usted será el comandante de la “Resolución” y usted Murguía con el segundo y el nostromo marinará la “Esperanza”. No hay discusión al respecto y quiero que antes de media hora hagan sus respectivas tripulaciones, aquí les entrego la lista de hombres que habrán de quedarse conmigo, los demás serán de su total elección.

Nos miramos deseando no haber nacido en aquel momento. Por no sé que estraño desvarío del destino Nuestro señor había decidido que debía decidir a quién dejaría soñar y a quién solo permitiría esperar sin mas. esta vez no madaría a nadie a morir por la Patria, por el Rey, simplemente mandaría a alguien morirse porque sí, porque no tengo posibilidad de darle otra opción. Me armé de valor y le presenté la lista de hombres a Porlier en el tiempo prefijado. Mientras la elaboraba los hombres se mostraban inquietos, temerosos como el que espera recibir alguna mala noticia que en aquella isla seguramente sería peor aún.

Y llegó el momento, las dos lanchas a vela varadas sobre la orilla oscura contemplaban inmóviles el momento. Porlier explicó como mejor supo hacer el plan de acción, les dio esperanzas poniéndose a él mismo como ejemplo de convicción y comenzó a enumerar las dotaciones de las lanchas y de la guarnición. “Resolución” y “Esperanza” esperaban, los cuarenta bramantes estaban tras la loma ya..

sábado, 1 de diciembre de 2007

El Hielo del "San Telmo" (5)

...Desperté helado, no sentía los dedos de las manos. Un marinero, por orden del Brigadier iba dando culatazos de mosquete a todo el mundo para comprobar el estado de cada hombre. Me incorporé como pude sentándome sobre la lona, la tempestad había amainado en aquel inicio del invierno austral, parecía una tregua, un respiro antes de continuar. Estaban amontonando leña procedente de los restos inservibles del navío en tres montones. Minutos después dos de ellos ardían tímidamente, cogiendo al fin lumbre en cuanto todo el mundo se arremolinó a su alrededor permitiendo que la hoguera se avivase. Porlier se acercó a mi
- Andrés, hay ya doce hombres con síntomas de congelación que no creo que duren hasta mañana. Ha amainado el temporal así que vamos a intentar sacar todo lo aprovechable del barco, quizá podamos construir algo para salir o al menos madera, clavos y lo que sea para aguantar mientras podamos.
- Tienes razón creo que lo mejor será mezclar parte de mis hombres con tus marineros. En dos destacamentos. Uno que vaya al navío contigo y el otro que venga conmigo para hacer una descubierta. Debemos encontrar alguna zona mas al abrigo antes de que esto se vuelva a cerrar del todo.
Así quedamos, los hombres que estaban en peor estado los acercamos a la lumbre y nos despedimos en silencio los tres grupos con el pacto de regresar en menos de cuatro horas allí.

Caminábamos en un grupo compacto de 25 hombres, todos conectados a una de las maromas recuperadas del “San Telmo. La visibilidad era óptima, pero lo valoré como necesario para no perder a nadie por desfallecimiento. Subimos una ladera suave que se hizo eterna, aquellas temperaturas bajo cero mil veces nos hacían perder el sentido de la propia respiración, el vaho caía en forma de pequeños copos de hielo, las extremidades se movían de forma automática sin saber si era nuestras o había algún ser mas arriba que las gobernaba como los títeres que tanto disfrute me provocó en mi infancia.
Al fin alcanzamos la loma cayendo al duro suelo sin importar el frío o el riesgo a quedar congelados. La visión desde allí hacia el sur era algo digno de recordar, aquella isla o punta de continente a la que habían arribado tenía una bahía enorme, abrigada tanto a vientos como a mares bravíos. “Al menos allí abajo estaremos mejor y podremos plantear la salvación”, pensé. Decidí no seguir pues la vista daba por definidas las posibilidades.

- ¡Volvemos al punto de salida!. ¡Andando todo el mundo, que nadie se pare un minuto más!
Horas después todo el mundo se encontraba ya al calor de la lumbre que ahora crepitaba de forma intensa gracias a el material para quemar que trajo el destacamento de Porlier.
Despues de anunciar el descubrimiento comenzamos a preparar la expedición, eso si, antes comimos algo templado que dio unas alas mas por la ilusión de lo que ingeríamos que por lo que calentaban por si mismas aquel agua cuasi fresca con trozos de carne dura como las condiciones que nos rodeaban.


Nos costó casi una jornada completa alcanzar la orilla de aquella enorme ensenada donde montamos un campamento que permitiera unas mínimas posibilidades de supervivencia. Aún así, todo era momentáneo, pues la tempestad entraría de nuevo, el invierno austral estaba en su nacimiento, no existía combustible alguno salvo el propio San Telmo que en pocos días no sería mas que una muesca sobre aquel colmillo pétreo que lo desfondó. Había que tomar una decisión rápida, la que fuera pero que diese alas al pensamiento de los hombres. Por eso, una vez establecido el campamento nos reunimos los oficiales del San Telmo y los míos con el Brigadier Porlier.
- Caballeros, no es necesario que les indique la situación crítica en la que nos encontramos. No nos queda mucha madera para sobrevivir, por la comida no hemos de temer pues hay cantidad de lobos marinos, focas, etc. que cazamos con facilidad. Es el frío el que nos matará...

Porlier, que ya tenía en su cabeza lo que todos teníamos también, pues no habia otra solución, continuó.
- La solución única y con alguna posibilidad es aprovechar al máximo el material del “San Telmo” para poder salir de aquí con el máximo numero posible de dotación y encontrar costa cristiana en la que pedir ayuda.


Porlier quedó en silencio escrutando las miradas de todos, buscando el miedo, la inseguridad o la decisión. Lo encontró todo. Ahora me tocaba a mi, que para batallar en tierra estaba preparado.


- Mi Brigadier, en mi opinión, esta vuecencia acertado al ciento. Cada segundo perdido es una posibilidad de salvación menos, por lo que creo deberíamos continuar acopiando todo el material útil del navío y que la maestranza dirija las labores de construcción de esquifes o lanchas válidas para zarpar de inmediato.


Todo el mundo estuvo de acuerdo, se dispusieron la órdenes y dividimos ala dotación en buenas condiciones en constructores, proveedores de alimento y acopiadores de material. Fue una dura labor que al tercer día ya daba sus frutos, al mismo tiempo que la ventaja de que aquellos infames bramantes nos habían dado amenazaba por terminar...

miércoles, 28 de noviembre de 2007

El Hielo del "San Telmo" (4)

... - ¡No esta!. ¡Ha desaparecido!
Las miradas giraron hacía el Capitán y el Brigadier. Estaban perdidos, la fragata se había esfumado o quizá no era visible entre aquel brutal rescoldo resto del paso de las olas y las crestas que seguían creciendo. Los ojos del quien quedaba en pie aferrado a cualquier madero, escota, aparejo sano, taladraban en dirección norte la densa agua pulverizada, la lluvia que golpeaba como duros proyectiles de mosquete, intentando descubrir una imposible salva de aviso, un destello, algo que los mantuviera unidos a la realidad conocida; detrás, a popa solo esperaba la incógnita cubierta de hielos pacientes y seguros de su presa como imanes ante la viruta del hierro frente a un cañón nuevo.
Don Joaquín , el capitán, y Porlier se miraron, no había futuro a proa, la fragata había desparecido sin estar claro que fuese bajo las aguas o huyendo como le permitía el duro temporal.
- ¡Todo el mundo a cubierto!. ¡Nostramo, con el carpintero, o con quién cojones sea, pero intenten un aparejo de fortuna!
- ¡A la orden...!
La mirada del Nostromo era clarificadora, definitoria y totalmente desalentadora. Iba a ser imposible elaborar algo con la suficiente robustez para resistir aquellas embestidas y mucho más difícil ponerlo a “funcionar” entre aquellos bandazos que en cualquier momento pondría al “San Telmo” quilla arriba. El Brigadier, junto con el capitán del navío se refugiaron en un guardamar del combés haciéndome un gesto para que acudiese con ellos.

- Caballeros, la situación es desastrosa, estos vientos no harán pasar del paralelo 65º. No sabemos lo que nos encontraremos en esas latitudes, eso si antes un trozo de hielo no nos hunde irremisiblemente. Considero que es mas seguro permanecer a bordo que abandonar la nave mientras nos de seguridad . ¿Estamos de acuerdo?. Andrés tu haces casi la mitad de la dotación con tus soldados, es importante que opines. ¿Resistirán tus hombres en el sollado?.

Yo había preparado una carga en medio del fuego continuo de cañones ingleses de una y franceses de otra que nuestros monarcas siempre han sido algo indecisos en sus alianzas, ahora debía planificar lo impredecible en medio de un fragor inhumano, y había que decidir con rapidez y serenidad.

- Porlier, se hará lo que tu dices. Bajaré al sollado para mantener la calma y el ánimo de los hombres. Me quedaré con ellos si no me consideras útil en otro puesto.
- Muy bien es el mejor sitio, vivir o morir, pero con tus hombres. Si se produjese algo en cubierta o fuera necesaria la ayuda de tu destacamento te avisaremos. Mientras, agotaremos las posibilidades de reparar el timón y poner algún aparejo de fortuna. Caballeros, que la Virgen del Carmen nos guíe en tal duro trance.

Nos despedimos con un abrazo como si fuera el último y cada uno se dirigió a su puesto de, me cuesta llamarlo así, “combate”. En el sollado, que mas que sollado aquello era un montón de hombres ateridos de frío y miedo mi presencia sentí que les reconfortó. Intenté ser lo mas tranquilizador en medio de aquellos golpes de mar que hacían que nos fuéramos al suelo a cada momento. Al final tan sólo se me ocurrió que rezáramos el santo rosario; es triste que todas tus esperanzas las deposites en algo intangible y al fin de cuentas arbitrario, pues como dice el Evangelio, “los caminos del Señor son inescrutables”.

Pasaron minutos, horas, no lo puedo concretar pues el tiempo se hacía eterno en la espera por alguna noticia, una lentitud que contrastaba con la velocidad del navío, como alguien que sabe su camino, empujada por esos malditos “cuarenta bramantes” que nunca había conocido pero que había empezado a odiar. En esas estábamos cuando, con un terrible estruendo, algo detuvo a la nave en su anadar lanzandonos a todos unos encima de otros en el sollado, gritos, empujones, mientras un agua helada teñida de sangre comenzó a inundar este.

- ¡¡Todo el mundo fuera!!, ¡¡a cubierta!!
Aquellos soldados nunca se habían visto en aquella refriega, saliendo en fila con el terror empujándoles por aquel tambucho que jamás pareció tan minúsculo. El sollado fue quedando vacío mientras el agua lo inundaba, quedaban dos hombres ya muertos por mezcla de la hipotermia y la pérdida de sangre con sus rostros al fin serenos bajo el agua. Un saliente de algún acantilado había penetrado por el costado de babor como si de un gigante que hubiera hincado su colmillo en la presa. ¡Eso significaba tierra!.

Corrí, corrí lo que mis desgastadas botas me permitían sin resbalar hasta alcanzar la cubierta donde puede sentir el fría aliento del hielo, como si sus fauces ya nos tuvieran a punto de devorar.

- ¡Andrés, rápido!, ¡ hay que desembarcar lo mas deprisa posible!. ¡Nos hundimos!

Como se pudo en medio de aquella debacle, desembarcamos sobre aquella roca que no era mas que un saliente del hielo liberado por el golpe del difunto “San Telmo”. Muchos quedaron por el camino, despeñándose sobre las olas que las remataban sobre los hielos duros como rocas. Aún así pudimos recuperar material en armas y provisiones, lona de vela y demás artilugios que, sobre todo el carpintero y sus aprendices se afanaron por acopiar.
Encontramos una ladera resguardada de los vientos aunque no de su estruendo y no fue necesario decir a nadie que descansara y durmiera. Por supuesto, después de extender las lonas sobre aquel hielo cristalino no se nos ocurrió establecer guardias de tipo alguno. Caímos todos muertos en vida. La resurrección estaba por venir aunque desconocíamos el paraíso al que habíamos sido enviados...

lunes, 26 de noviembre de 2007

El Hielo del "San Telmo" (3)

... desde la popa del navío podía observar la maniobra de remolque, aquel cable de vida, como el cordón umbilical de un niño en el cuerpo de su madre era toda su esperanza. En esos momentos Desde mi privilegiado puesto de “transporte” podía observar todo de un forma extrañamente lenta. Abstrayéndome de lo demás, sin sentir el agua heladora que empapaba mi uniforme, ni los duros vientos cortando la piel del rostro, parecía un sueño malparido por la infernal madre de satán.
Aferrado a la balaustrada a proa de la rueda del timón contemplaba aquel espectáculo agónico con las dos naves próximas. Desde la “Mariana” comenzaron a botar la lancha del comandante para intentar acercarse al “San Telmo”. Aquello era un suicidio, fue rozar la mar y una masa de agua blanca, casi sólida por el frío, la deshizo en cientos de maderos contra el costado de la fragata. El bramar del vendaval no permitía escuchar los gritos de auxilio de aquellos hombres, aunque eran perfectamente claros y traducibles a la mente y entendimiento de un ser humano que los pudiera observar en tamaño trance. Después del rescate de los naúfragos, nuestro navío había abatido una milla mas al sur. Se podía oler la letal fragancia de los hielos.

La “Mariana” no se dio por vencida y, previa señal de maniobra, puso su aleta de babor al viento, su intención era la de lanzar varios cabos según pasara jugándose sus penoles contra los del “San Telmo”. Desde mi puesto sólo me quedaba aferrar la balaustrada con firmeza y desear que al menos una maroma cayese de nuestra borda.
- ¡La tenemos, Capitán!. ¡La tenemos!
- ¡¡¡Firme!!!

Aquella voz quebró los cielos oscurecidos por el hielo vengador. Hicieron firme el cabo sobre el cabestrante del ancla y, con una señal a la fragata, esta viró a estribor para ganar lentamente barlovento a la incógnita que amenazaba mas al sur. De forma lenta, cabezona, como un bebe que se resiste a pasear con su madre, nuestro navío comenzó a segur su estela imaginaria, pues nada había de aquello entre los dos barcos.
- ¡Hagan firme el cabo y larguen dos más a la Fragata!

Aquella dura situación ya no era igual, las cosas no estaban mejor, navegábamos en un navío sin arboladura en firme, tan sólo quedaba el trinquete a punto de ceder a merced de los vientos, pero al menos una pequeña brizna de vida fluía por aquella maroma. Lo peor estaba por llegar, y llegó, vestido de dos enormes olas que entraron barriendo la cubierta de la fragata, ocultándola de nuestra vista para después engullirnos sin piedad, el estruendo del trinquete sobre cubierta arrastrando aparejos, hombres y todo lo que quedaba por cubierta fue todo lo que vi hasta que, como si de un espectral cuento de terror, la visión resultante me paralizase con mi espalda pegada a la rueda del timón....

domingo, 25 de noviembre de 2007

El Hielo del "San Telmo" (2)

Mientras, el "San Telmo" como navío insignia de aquella pequeña flota de transporte de tropas marcaba el rumbo sur suroeste. A su popa, las fragatas "Prueba" y "Mariana" lo seguían, reduciendo su brioso andar para poder mantener la navegación "en conserva". El que parecía no ser capaz de ello era el navío "Alejandro", otro fiasco de esta monarquía y su gobierno. El ex navío ruso hacia aguas por todas partes, como lo que la flota pretendía en las todavía tierras del Rey, sofocar la rebelión.

Andrés observaba la formación, pensando y recordando todo aquello mientras sus soldados salían por turnos del sollado para airearse, 250 hombres, armas y pertrechos incluidos. La navegación fue la propia de aquella travesía, salvo por el obligado tornaviaje del "Alejandro" que hacia mas agua que millas su tajamar. Conforme la latitud aumentaba en su lento navegar hacia el cabo de Hornos el tiempo empeoraba, parecía un aviso de que “allá abajo” los cuarenta bramantes los estaban esperando para demostrarles quiénes eran los verdaderos dueños de aquellas latitudes.

- ¡Mi brigadier, no parece que nuestro Señor desee que doblemos el cabo!. ¡¿No será mejor arribar a Buenos Aires?!.
Murguía temía que la mitad de sus hombres no alcanzasen el Océano Pacífico en aquella situación, pero Porlier tenia claras sus ordenes y por muy duro que fuera aquel temporal doblarían ese maldito cabo.
- !Mi querido Capitán, no habrá en el infierno bramante que amilane a un navío español!. !Ande, acompáñeme a mi camarote y bebamos un poco de ese aguardiente que arriba el pensamiento al corazón!.
Entre golpes de mar alcanzaron el refugio del camarote del Brigadier, Andrés estaba preocupado.
- Rosendo, con el debido respeto que mereces, la mar esta de “noes”, no soy marino pero ya he navegado como trasporte unas cuantas veces y nunca había visto las cosas como ahora.
Andrés conoció a el Brigadier Porlier antes de la invasión napoleónica y se podía permitir esas confianzas.
- Murguía, que no se diga, ¡ qué pasa!,¡¿ que después de aguantar a los jodidos gabachos en Zaragoza, no vas a poder con un temporal frente a las Malvinas?!. Sabes que Joaquín es un gran comandante, arribaremos al Pacífico antes de que vomites la primera papilla. ¡Anda, bebe antes que se derrame el orujo!.
La seguridad de Porlier lo tranquilizó, un poco ayudada también por los tragos del cazalla gaditano embarcado contra las normas, como era habitual.

Mientras la flota arribaba a duras penas al final del Océano Atlántico, el Paso de Drake los esperaba con armas al punto vestido de amenazante blanco. Parecía que su nombre silbaba, bramaba venganza, entre los bufidos violentos de un viento noroeste como queriendo tomar revancha de su derrota en Lisboa doscientos años antes. La suerte estaba echada, mantener la formación fue todo un triunfo hasta aquel día. Desde aquel momento la libertad se impuso obligando a cada navío a sortear las montañas de agua embravecida como sus alas les dejaran. Pronto la fragata “Prueba” desapareció de la vista en aquel horizonte cuyo color era propio de la noche del juicio final. Las turbonadas no daban descanso a la marinería. El poco velamen desplegado entre el bauprés y el trinquete no era mas que una lona desgajada en jirones de alargada tela, ondeando al mismo tiempo presas de un ataque de epilepsia incontrolada, con los temblores violentos en cada hilo y la espuma que le cedía cada golpe de mar.


El gobierno del San Telmo no existía. Por más que luchaban por mantener al menos un mínimo foque para gobernar cada vez abatían mas y mas al sur. En el sollado la infantería que debía de luchar contra la rebelión miles de millas al norte, luchaba ahora por no sucumbir al pánico a la muerte por aplastamiento en algún bandazo de tantos que sufrían allá abajo.
Varias veces las vergas de la mayor por ambas bandas probaron la sal de aquel paso infernal, cuando aquello sucedía todo el mundo, agarrado adonde fuese, pues era la única forma de afianzarse a la vida, quedaban mudos, expectantes, contando las indefinibles partes de un segundo hasta ver cómo el alma del “San Telmo” permanecía viva y con un lento movimiento volvía a adrizarse de forma momentánea. De pronto un golpe de mar esta vez malencarado y traidor se sintió por la aleta de babor,
- ¡Capitán, el timón, lo hemos perdido!
- ¡Señales, de ayuda!, ¡señales de ayuda a la fragata!

“Mariana”, la fragata que permanecía a la vista en muy poco dio la virada por el viento para aproximarse y larga un cabo. Aquello podía ser el fin de las dos...

sábado, 24 de noviembre de 2007

El Hielo del "San Telmo" (1)

Once de mayo de 1819, un sol de primavera me acompañaba a bordo del “San Telmo”, buque insignia de una exigua flota; desde su cubierta veo alejarse las costas de Cádiz con un destino lejano, apremiante y agónico. Los españoles del otro hemisferio, como los bautizamos en nuestra traicionada Constitución, quieren dejar de serlo y, la verdad, no les quito la razón de su deseo.

Mi señor, Don Fernando VII, al que llamamos “el deseado”, cuando unos luchábamos contra el invasor y otros forjaban aquella carta magna, ha provocado que tal término quede desfasado y contrariado por el ahora de “odiado y temido señor” y, aunque es lealtad lo que debo a la Corona, comprendo y hasta envidio la posible carta de libertad que se abre a los ojos de tanto compatriota allende los mares.

Luchamos por la libertad frente al francés, una nación que nos sangró durante tantas generaciones por no se que parentesco entre holgazanes con corona. Al menos les dimos bien a todos ellos durante la guerra de liberación. Luchamos mientras añorábamos la llegada de su Majestad, ahora sólo nos permiten gritar “¡vivan las caenas!”, maldita sea la tierra y sus caprichosas vueltas.

No traicionaré a mi patria en esta misión, pero en el fondo de mi alma deseo que se cumplan los sueños de libertad de nuestros hermanos, que alcancen el anhelado festín del que ya disfrutan los que pueblan el norte del continente. Quizá en otro giro arbitrario de este mundo mi humilde existencia acabe allí, lejos de ese oscuro reinado anclado sobre restos putrefactos de siglos ya superados por la humanidad.

Andrés Murguía era un capitán del ejercito de Su Majestad. Su fulgurante carrera hasta su actual mando no fue sino "batiéndose el cobre" frente a tanto invasor que no les traía nada bajo su mosquete, un enemigo que solo pretendía llevar lo valioso de su tierra, dejándoles la parte oscura, la conocida por tanta gente de forma interesada. Luchó en los dos sitios de Zaragoza junto a Palafox. En aquel heroico combate, tras tanta muerte y destrucción, le propuso a su general hacerse pasar por el cuando cayeron las ultimas defensas de la ciudad. Era una forma valerosa de continuar teniendo a ese hombre frente al invasor, pero este se negó pues consideraba mas importante estar con sus hombres en todo los momentos, fueran del tipo que fueran, igual que ellos estuvieron con él.

Poco a poco las derrotas fueron menguando frente a las victorias. Perdió la visión de su ojo izquierdo por una esquirla malencarada en la victoria de Arapiles y cuando se levanta, el espejo le recuerda con el dibujo de su cicatriz el sable francés del capitán que se negó a huir en la derrota francesa de Vitoria. Habían pasado ya casi cinco años y solo eran libres de forma nominal. El rey los había traicionado. Y ahora iban a combatir por perpetuar aquello contra sus hermanos del otro hemisferio. Su lealtad no le daba otra opción...