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domingo, 23 de diciembre de 2007

Alejandro (y fin)

...Yo hablaba pero ya no era yo, la carta estaba entre mis manos y simplemente mi voz era la herramienta material con la que Alejandro le hablaba a su hijo perdido hace ya mas de medio siglo. Alejandro estaba allí, tras aquella luz que invadía la habitación como un grito de silencio.

- Mi deuda, Antón, no es aquella promesa que hice al separarnos en aquel muelle abarrotado de gritos, sollozos y dolor. Pasado el Tiempo estoy seguro que tu mismo te habrías dado cuenta que la victoria no estaba en ningún bando. Ganase quien ganase la derrota comenzó al inicio de la guerra. Aquellas horas en las que soñábamos aplastar al terrible enemigo de enfrente acabaron por destruir nuestra generación, por acabar con la tuya, por separarnos para siempre. Mi promesa la luché hasta el fin, caí con dolor, pero con el orgullo de haberlo hecho por ti. Aún luché por sobrevivir varias horas en aquel nido de ametralladoras rebelde, pero fue inútil. Pensé en ti, en tu madre, en lo que había significado tanta furia y orgullo por la lucha de las ideas. El contacto con aquella tierra húmeda por el rocío y mi sangre me abrieron la mente, me demostraron que al final del recorrido solo quedas tu, tu historia y los que amaste. Yo solo me encontré con la tierra por la que creí haber luchado y la sangre propia, pues ya os había perdido. Por eso te quiero dar este paquete que te entregará esta bondadosa persona a la que ya seguía desde que conocí sus andanzas allí, frente a nuestro muelle Churruca, ¿te acuerdas?; en él podrás ver un trozo de tierra en la que dejó de latir mi corazón junto a la bala que lo produjo. Junto a esa bolsita verás tu carta escrita desde Chesterfield aquel febrero del 38 y los anillos de tu madre y mío.





Sin pensarlo mucho, sin saber por qué, le junté las manos sobre el paquete como si creyera que al momento lo abriría. Pudo ser mi emoción, mi estado de nervios pero sentí algo de fuerza en sus dedos. Mire su rostro y las arrugas permanecían aletargadas aunque parecían querer decir algo.

- Antón, tu vida ha pasado por todo lo imaginable, hambre, soledad, pobreza al principio, pero tu corazón nunca estuvo solo, tu hambre sólo fue material, siempre fuiste alguien generoso, alegre y esa forma de ser te trajo el amor y la riqueza de tener lo que todo el mundo sueña y tan pocos alcanzan. Comprendo tu decisión de no tener hijos, tu sufrimiento de pequeño lo justifica. Aún así los tienes, no te has dado cuenta o no has querido hacerlo pero todos esos hombres y mujeres que cada tarde están junto a ti han crecido en tu cariño, han soñado y se han sentido apoyados en ti. Esos son tus hijos, los que te harán inmortal en su recuerdo. Estoy orgulloso de ti y antes de desparecer para siempre de tu vida sólo deseaba que lo supieras, que lo sintieras contado por alguien que tú considerases cercano de verdad. Ahora me iré, no me verás más pues esto sólo ha sido un paréntesis en la nada que me espera al final; la nada que nos espera a todos. Si sales de este trance en que ahora te encuentras intenta hacer todo en la vida real pues el fin llegará inexorable y después no existe mas que el vacío del éter, ese quinto elemento en el que vagamos hasta dejar de sentirnos uno y confundirnos con la vida que continua entre los vivos. Cuando aquí llegues no sufras, pues algo de ti se mezclará entre Amelia y yo y viceversa. Te quiero hijo, y mi orgullo es como la luz de esta habitación, inmenso.

Me levanté, solté delicadamente sus manos y me encaminé hacia la puerta. Al marchar me giré hacia él y me pareció ver que sonreía. Cerré la puerta y me dirigí hacia la salida.

- ¡Perdón, Sr. Arceniaga!
Me detuve y observé que un médico se acercaba a mí.
- Me han dicho que es usted familia y quisiera informarle de la situación de Antón. La enfermedad sigue su curso, pero creemos que de esta se salvará, poco a poco se está recuperando, seguramente mañana le quitaremos la sedación y en breve podrá volver a la residencia. De todas formas, debido a su edad y a la enfermedad todo se puede ir al traste en cualquier momento.
Le agradecí su información y le mentí diciéndole que me alojaba en el Hotel Carlton, habitación 123, para cualquier emergencia. Me alejé en dirección a la salida cuando me crucé con una anciana que lentamente, arrastrando sus pies, caminaba hacia la habitación de Antón. Mientras me sonreía la escuche decir, “adiós, Josu”, incluso creí escuchar “gracias”; enseguida las enfermeras fueron hacia ella, la saludaron y la acompañaron hasta él.

Sonreí. Aquella mujer leería mi carta y cogería el paquete.
Aquella mujer seguro que amaba a Antón.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Alejandro (5)

... la mañana de aquel sábado no era tan fría como esperaba, estaba nublado completamente, chispeaba esa fina lluvia tan molesta. Cogí mi sobre y el paquete y me encaminé hacia la calle. Begoña me dio un abrazo, se quedó en casa con los niños aunque, por su cara, estoy seguro que daría medio brazo por estar allí conmigo. Desde mi domicilio hasta el hospital necesitaba coger el metro, por lo que eso me permitió volver a leer la carta esta vez solo y sin las pequeñas interrupciones de mis pequeños. Me preguntaba la excusa que daría a las enfermeras para visitar a un enfermo grave del que no tengo relación alguna, nunca había entrado en un hospital para visitar enfermo alguno, mis padres gozaban de buena salud y hasta el momento la salud de mis seres queridos iba de la mano de la buena suerte.

La entrada de aquel hospital siempre impresionaba. En la época en que vivimos estamos acostumbrados a hospitales de planta nueva, edificios modernos y en permanente reforma; este hospital ya tenía mas de cien años, su distribución en pabellones al estilo del XIX, con sus ladrillos rojos por todas partes hacía que te sintieras en otra época, como si de pronto al atravesar portalón del pabellón de entrada te sumergieses en finales del 18. Los coches, ambulancias aparcados junto a cada salida de pabellón, mis propias ropas y los uniformes de las enfermeras me convencían de que eso no había ocurrido.
El pabellón de agudos se encontraba en el centro de aquella enorme superficie hospitalaria intercalada de jardines sencillos pero extremadamente verdes. Era sábado, temprano, eso tenía la ventaja de la poca gente en el centro, pero la desventaja de poder ser visto mas fácilmente. Entré al pabellón y después de varias preguntas me encaminé hasta el control de enfermería donde se encontraba Antón. Me presenté como un amigo de la familia que había llegado sin avisar desde Cádiz en el tren de Madrid de esta misma mañana. En aquel momento la enfermera que se encontraba en el control no me hizo mucho caso; por lo que pude observar estaba terminando los tratamientos matutinos y no me debió ver “muy malas pintas”, así que me dejó pasar.

- Antón esta en la habitación 215, Sr...
- Imanol, Imanol Arceniaga
- Muy bien, procure no alterar su estado, esta sedado, después pasaremos a hacerle la habitación y las curas.
- Muy bien, gracias enfermera.

Con los nervios aflorando sin recato ninguno me encamine al final de aquel pasillo, donde el calor propio del hospital hacia que el sudor buscase también salida por cualquier poro de mi piel. Al fin estaba frente a su habitación, 215. Abrí lentamente la puerta, la pequeña ventana oculta tras las cortinas no podía ser la causante de la luminosidad de la habitación. Poco a poco mis ojos se fueron acostumbrando a aquella luz y pude ver a Antón. No era aquel niño de 12 años al que despidieron sus padres en el muelle de Uribitarte entre sangre y destrucción. Era un anciano avejentado más si cabe por aquella enfermedad y postración en una cama de hospital. Lo contemplé intentando ver a Alejandro en su interior, buscando los rasgos de su madre Amelia entre aquel mar de arrugas estancadas. La habitación era simple, su mesilla, sus máquinas pitando regularmente, con sus dibujos virtuales imitando al corazón verdadero que se perdía en su pecho. Un pequeño jarrón del que a duras penas luchaba una rosa marchita por seguir brillando, era lo único no “sanitario” de aquella habitación.
Me acerqué me senté junto la cama. Le cogí la mano, estaba suavemente fría, su piel tenía el tacto semiendurecido por la inactividad. Se la cogí con fuerza, quería transmitirle calor, que supiera de alguna forma que alguien lo estaba acompañando. No sabía si llegaría algún familiar, o que simplemente las enfermeras llegasen a cambiar las sábanas. Así que me decidí a cumplir la misión a la que me había comprometido.

- Antón, Antón Arceniaga. No me conoces por la voz, pues aunque sea yo el que te lo dice, tu padre Alejandro, es otra garganta la que modula mi voz. Estás cerca de rendir cuentas a la conciencia que es la que realmente te las pide al morir. No te apures no temas que la tienes clara y limpia, te lo digo yo desde mi privilegiado lugar. Pero no es eso por lo que vengo a verte antes de que vengas tu a mi. Lo hago porque necesito explicarte tantas cosas, porque tengo una deuda contigo...

viernes, 21 de diciembre de 2007

Alejandro (4)

... - ¿lo sabes?
Alejandro solo obtuvo mi silencio por respuesta. Aún estaba deslumbrado por aquella mezcal de odio, sangre y destrucción, de dolor por aquella familia desgarrada entre tanta guerra inútil. Fuera ya había oscurecido, podían distinguirse las balizas rojas destellando incansables, rojas y verdes, avisando cada una de su riesgo.
- No se adonde quiere ir a parar. Estoy sorprendido e impresionado. Desde luego nunca había estado con un fantasma y menos me imaginaba que me separarse de él el candil de un faro. Soy todo oídos. Creo que de esta me van a encerrar.
Alejandro sonrió mientras se acercaba al cristal del faro que ofrecía la panorámica del puerto dormido después de un duro día de tráfico.
- Josu, lo que necesito es que entregues algo que encontrarás, si así lo aceptas, en el buzón de tu casa a nombre de Antón Arceniaga. Que lo hagas en mano y le expliques lo que te encontrarás en otro sobre a tu nombre junto al primero.
- Entregar, ¿a quién?
- A mi hijo que en estos momentos se debate entre la vida y la muerte en el Hospital de Basurto. El cáncer le ha invadido las entrañas sin remisión, es una derrota segura.
- Cuente usted con ello. Entonces vamos para…
No hubo más tiempo, aquella figura se esfumó de forma leve, sin darme tiempo a terminar de transmitirle mi opinión de lo siguiente que creía nos “tocaba” hacer. Me quedé solo junto al permanente candil que no cejaba de girar sobre su eje. La puerta estaba sin cerrojo por lo que pude salir y encaminarme a casa. Cuando miré el reloj no eran más de las siete. ¡No habían pasado ni 45 minutos desde que el sol se había retirado!. Todo aquello que me estaba sucediendo no podía ser real. Decidí no comentar todo aquello, sería un paseo algo más largo de lo normal.

El banco frente al Puente quedó atrás, apreté el paso, quería llegar a casa, sobre todo deseaba abrir el buzón, ver lo que me había contado el anciano y descubrir que todo había sido una alucinación, maravillosa e inolvidable, pero nada más que eso. Alcancé el portal y con manos temblorosas abrí el buzón. Allí estaban las dos cosas dichas por Alejandro. El paquete para Antón, un sobre de color sepia algo grueso atado en cruz con hilo de embalar, como los antiguos envíos de correos de mi niñez. Pesaba y sonaba algo metálico. A su lado un sobre más actual de color blanco con mis datos perfectamente escritos a mano. Los cogí junto con la propaganda de siempre con las mejores ofertas del hipermercado de la esquina y subí atropelladamente los cuatro pisos que me separaban de mi domicilio.

- ¡Hola a todos!, Ya estoy en casa.
Los niños estaban jugando juntos y corrieron a recibirme, Begoña, mi esposa salió en ese momento del baño con la toalla en la cabeza y nos besamos. No podía ocultarle aquello, estaba seguro que me lo iba a notar. Aún así la evité un poco, con la excusa de cambiarme de ropa me fui a mi habitación y me encerré en el baño. Abrí la carta que llevaba mi nombre mientras dejaba sobre el estante contiguo el paquete de Antón Arceniaga. Era larga y la leí con mucho detenimiento tuve que detenerme porque me volvían las imágenes de la batalla, de Amelia, de la guerra. Debió pasar mas tiempo del que estaban acostumbrados mis hijos pues estaban preguntando por mi. Conseguí leerla al fin y salí, había que cumplir que los niños no perdonan. Nos pusimos a jugar hasta que llegó la hora de poner la mesa para la cena. Entre tanto le comenté a Begoña que le contaría algo muy importante después de acostar a los niños. Ella se quedó algo intrigada pero le quité importancia y dimos esa tregua al momento.

Cenamos, acostamos a los niños como tantas veces, remolones ellos y un poco hartos ya después del día pasado nosotros. Nos sentamos en el salón con una copa de coñac para mi y el cointreau que tanto le gustaba a Begoña tomarse los viernes. Le expliqué todo, tal y como lo estoy escribiendo aquí a ella que casi se lo tomaba como una de tantas bromas que solemos hacer Carlos y yo a su mujer y a la mía. Todo cambió cuando le mostré los dos sobres, el de Antón y el mío ya abierto. Lo leyó con avidez solo interrumpida por algún sorbo de su copa. Al terminar, sus ojos delataban
- ¿Qué vas a hacer, Josu?
- Gracias, Begoña por creerme. Ya se que me habías creído, pero gracias de todas formas. Esta claro, mañana me presento en la planta de agudos del Hospital. Tengo que llegar antes de que muera. Si su padre se la jugó frente a un nido de ametralladoras, el control de enfermería de su unidad no puede ser obstáculo.

Begoña me besó cálidamente como ella sabía mientras el sabor dulce y frío del cointreau se mezclaban con el del coñac que acababa de apurar en la copa. Aún le quedaban horas antes de que amaneciese el sábado y encaminara mis pasos a conocer a Antón Arceniaga...

jueves, 20 de diciembre de 2007

Alejandro (3)

... Abrí los ojos, tan solo veía el color oscuro de agua turbia que descargaba de forma perenne la Ría. El estómago lo sentía en la garganta, había escuchado tantas veces esas historias de la Guerra Civil, las separaciones, las muertes en frío de vecinos por una linde del campo, por un rechazo no asumido; verlo, vivirlo fue distinto.
- No tengo palabras, Alejandro.
- Es normal, no te aflijas, eso ya pasó y ahora ya no importa.


El viento amainaba, la lluvia era inminente así que Alejandro me indicó que le siguiera. No sabía la hora que era, ni siquiera el tiempo que llevaba con él, le seguí de forma mecánica hasta el faro antiguo que cerraba el puerto deportivo, en el que entramos sin necesidad de llave, ni apertura de su vieja puerta. Atardecía y, como buen faro, comenzó a girar el candil con su luz un cuarto de hora antes de la retirada del sol. Nos sentamos cada uno en una de las dos desvencijadas sillas que en alguna época sirvieron al farero que servía aquella estación; ahora estaba todo controlado por un software fabricado en China. Solo escuchábamos el ruido mecánico del candil al girar sobre su eje. Miré el reloj.


- No te preocupes, da igual lo que diga tu reloj, llegarás a tu hora con tu familia. Pero, déjame que siga con mi historia...


... hacía ya un año que estaba solo, Antón en su última carta de hacía ya mas de seis meses le contó que estaba en un pueblecito cerca de la ciudad de Exeter llamado Chesterfield. Cada vez que leía aquella carta no podía evitar que le brotaran lágrimas de impotencia. Cómo le diría que Amelia, su madre, había muerto en uno de aquellos bombardeos de esa infame guerra. Decidió no decírselo y, en cuanto pudo, se marchó al frente del Ebro, allí era donde creía que sería más útil, al fin y al cabo los oscilantes nacionalistas no le parecían de fiar como así ocurrió unos meses mas tarde. Por lo menos él debía cumplir la palabra dada a su hijo. Eso, o morir en el intento.

De la mano de esta burbuja del tiempo saltamos a la plena batalla del Ebro, ya entrado el otoño por la cantidad de árbol con la hoja perdida. Me encuentro dentro del propio Alejandro, es él quien me lleva al frente. Qué darían algunos historiadores por tener este puesto de observación tan privilegiado. Podía sentir de alguna forma su sentimientos, su miedo, excitación, angustia, rabia, dolor, cansancio, frío, me dejé llevar por la situación tal y como ocurrió y así pretendo contarla.


Estábamos en un pequeño pueblo llamado La Fatarella, al sur del Ebro. La situación se había estabilizado aunque los rebeldes nos estaban ganando la mano hacía varias semanas; aún así luchábamos con decisión y arrojo, realmente no teníamos ya nada que perder, era nuestra única oportunidad. Nuestras órdenes eran mantener la posición hasta la llegada de refuerzos y así poder hacer una ofensiva contra dos zonas fortificadas, con sus sendas ametralladoras y algún elemento de artillería ligera. Comenzaba a enfriar y nos faltaba ropa, en la trinchera nos juntábamos los libres de guardia cuerpo a cuerpo para darnos calor mientras de vez en cuando caía algún mortero o silbaba una bala perdida con ansias de sangre. No era ambiente de victoria lo que se respiraba allí, la desunión comenzaba a entrar por las rendijas de nuestro compañerismo. Sólo nos mantenía a pie firme en la trinchera el que la derrota solo significaría nada mas que la muerte o la persecución y eso era el mejor banderín de enganche para no desertar.

Dos días después al fin llegaron los refuerzos, un diezmado destacamento de tanques, de los cuales sólo cuatro podríamos llamarlos así, el resto eran camiones mal blindados. Llegó la hora al fin. Los preparativos se llevaron con una ansiedad inusual por nuestro capitán, Barrientos. Parecía como si los de enfrente tuvieran alguna deuda con él. La guerra todo lo acaba confundiendo, empiezas queriendo luchar por algo y acabas luchando contra tu vecino de fábrica, de piso, con tu antiguo amigo, en definitiva acabas por moverte contra algo con los peores y mas dañinos deseos.

Amanecía aquel día brumoso de otoño, los tanques marcaban la línea de ataque frontal. A nosotros, la “fiel infantería” nos tocaba hacer la carga junto a ellos a la orden de ataque de nuestro capitán. Este hombre, Barrientos, no superaba los 30 años y parecía que no iba a alcanzarlos. Llevaba el fanatismo propio de esta guerra inyectado en su mirada. Antes del ataque nos se dirigió a nosotros
- ¡Camaradas!, Ha llegado al fin nuestra hora, hay que destruir y exterminar a esos fascistas, son los enemigos del pueblo!. ¡Tenemos que echarlos de aquí hasta que se ahoguen en el Estrecho de un puntapie donde se pudran sus manos opresoras!. ¡Victoria o muerte!.¡Ni un paso atrás!
Mientras nos arengaba de aquella forma tan vulgar y predecible mi interior me decía que aquel podría ser el último día, no teníamos posibilidades con aquellos efectivos. Acaricié mi anillo de compromiso y palpé la última carta de Antón. Mi verdadera derrota se iba a cumplir, pues estaba casi seguro que no saldría vivo de aquel lugar.

- ¡Adelante, a por ellos!
Los motores de los tanques comenzaron a rugir y a moverse lentamente dejando una humareda negruzca a sus espaldas, algún camión blindado ya quedó enfangado. Mientras, yo como infante, ya estaba de nuevo solo con el fusil y lo que me permitieran correr mis piernas. Aquel nido de ametralladoras que tocaba a los de mi flanco comenzó a vomitar fuego según nos íbamos acercando, me rodeaban los silbidos y los ruidos metálicos de las balas golpeando el blindaje de aquello tanques. Yo gritaba como un energúmeno intentando aplacar mi miedo que quería gritar aún mas. A mi lado un mortero explotó deshaciendo en múltiples pedazos de humanidad sesgada, habían matado al cabo de mi brigada; yo quedé sordo de la explosión mientras corría y corría, adelantándome al blindado hasta que una punzada en mi vientre me paralizó, el ruido del tanque a mi espalda me hizo correr. Pocos segundos después note que me estaba orinando, “no hay tiempo para eso” pensé, seguí corriendo, ya estaban a tiro, comencé a disparar sin tino, lance las dos granadas el tanque cebó su metralla sobre aquellos soldados hasta que un proyectil los destruyó. Caí sobre aquel cañón humeante, no podía mas, los compañeros me alcanzaron y nos fundimos en un abrazo. Ya no salí de aquel abrazo, la hemorragia se había generalizado y morí a las pocas horas en aquel mismo nido de ametralladoras. Al final perdimos la batalla y Barrientos también “se vino” conmigo.



Como de una noria que se soltara de sus pernos, caí de nuevo a la realidad del ruido cadencioso del candil y la calma que irradiaba. Ahí estábamos Alejandro y yo después de aquella terrible batalla.

- ¿Sabes ahora por qué te necesito, Josu?....

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Alejandro (2)

... Comenzamos a pasear acompañados de la Ría en su tramo final, la lentitud propia de su edad y el silencio absoluto que nos rodeaba hacia que pareciésemos flotar en una burbuja aislada del mundo real conocido por mi hasta hacia pocos minutos. La gente que nos cruzaba, los niños jugueteando a nuestro alrededor no nos veían. Si no fuera por el leve olor que todavía desprendía mi polo a la colonia infantil de mis hijos, estaría soñando.

- No te inquietes, no soy un extraterrestre que vaya a abducirte a la vuelta de aquel recodo. Lo primero es presentarme, perdón pero nunca me caractericé por mi exquisita educación, me llamo Alejandro, nací con los albores del siglo pasado, así que ahora tendré..., bueno, qué mas darán unos años más o menos. Soy, bueno, fui marino, hasta que de la forma esperada pero nunca imaginada por mi encontré mi fin lejos de mi salado elemento, pero eso ya te lo contaré mas adelante. Ahora tan solo quiero que me acompañes, que me permitas mostrarte algo de gran importancia para mi, pues si eres como creo que de verdad eres, me ayudarás.

Lo miré mientras me sonreía desde aquel mar de arrugas en calma. No sabía que era lo que estaba pasando, pero la sensación era de una invasión en toda regla de calma, bienestar y una suave ola de ilusión por lo que todo aquello me podría deparar. No puedo asegurarlo, pero creo que mi mirada le devolvió lo que ya esperaba. Continuamos el paseo hablando de lo que nos rodeaba y como era cuando él tenia mi edad. Alcanzamos el extremo del faro que marcaba la entrada en la rada de Santurce, al norte la mar a punto convertir el invierno en realidad, al sur la Ría admitiendo su derrota final.

Soplaba un duro viento noroeste cargado de humedad, pero en aquella burbuja ideal nada nos afectaba. ¿Estaría muerto, quizá?. No, me di cuenta al instante pues, como a todo ser vivo cada cierto tiempo, me entraron ganas de ir al baño. Una vez repuesto de tal incontinencia Alejandro me invitó a sentarme junto a él sobre un petril que sobresalía del rompeolas quedándonos con la vista del puerto y la mar liberta a nuestras espaldas.

- Josu, te contaré mi humilde historia, aunque sea para mi la mas importante de este mundo irreal en el que deambulo desde 1938. No te asustes si te ves en medio de lo incomprensible pues te llevare directamente hasta allí.

Dicho y hecho, como si de la varita de un mago que tanto disfrutan mis hijos los sábados en TV me vi trasladado a los tristes y violentos años treinta. Realmente en ese momento no sabía si aquello lo estaba viendo en casa medio dormido en el sofa como tantas tardes de viernes, pero parecía del todo real. Podía ver a un Alejandro joven, rozando la cuarentena, vestido de militar con una mujer a su lado y un chaval que no alcanzaría los doce años. Andaban de forma apresurada hacia el muelle de... parecía el muelle de Uribitarte en el pleno centro del actual Bilbao. Un montón de gente con niños hacían cola en la pasarela de embarque, humo de máquinas de vapor entremezclado de hollín, gritos desgarradores me alcanzaban al oído. De pronto, una sirena lo tapó todo y la gente se puso a correr como buscando un sitio donde protegerse...
...- ¡Corre Amelia, por lo que más quieras!. ¡Corre!
Alejandro corría todo lo que le daba sus piernas, de la mano derecha arrastraba al pobre Antón que estuvo a punto de caer dos veces. Por fin se refugiaron debajo de un vagón de mercancías entre un grupo de hombres aterrorizados.
- ¡Son los nazis!. ¡Cubriros!
Las baterías antiaéreas no consiguieron abatir a ninguno, pero al menos lograron echarlos por esta vez. Recuperados del susto las gentes se fueron aproximando al buque aunque algo había cambiado, el silencio era espectral, ni un sollozo, tan solo se podía oir la voz del sobrecargo dando los nombres de los niños que irían a bordo hacia Inglaterra. El Nombre de Antón Arceniaga sonaría pronto, había que despedirse. Alejandro se puso de cuclillas frente a él.

- Antón, hijo, ya eres un hombre, tu madre y yo estamos orgullosos de ti y sabemos que vas a saber aguantar esta separación temporal. Hijo, te quiero con toda el alma y esa es la razón de que hagamos eso, porque te queremos y esta guerra no es buena para un niño. Volverás, te lo prometo, por todo lo que valga la pena.
La voz le temblaba, estaba a punto de llorar, siempre había soñado con embarcar a su hijo con él, enseñarle sus secretos; la ola a evitar, el viento que debería seguir, la luna que miente, el compañero leal. Ahora lo dejaba a bordo de un barco con nombre extranjero con la sospecha de que quizá no lo volvería a ver más. Era demasiado peso para él, no pudo más, rompió a llorar.
- Padre, no llore. Le propongo algo, un pacto entre soldados. ¿Acepta?
Alejandro lo miró tras sus ojos vidriosos, su cara llena de agua y sal sonrió.
- Dime Antón. ¡ A ver ese pacto!
- Yo dejaré muy arriba a los Arceniaga frente a los Ingleses y usted nos devuelve la libertad a madre y a mi. Esa que dicen que nos quieren quitar los rebeldes.
- ¡Trato hecho Antón!. ¡Un apretón de manos y un abrazo como los paisanos!. ¡Te prometo cumplir y estoy seguro que cumplirás!
Se abrazaron, Amelia lloraba aunque la sensación del amor circundante entre aquellos dos corazones daba a sus lágrimas un regusto agridulce.

Menos de una hora después, lágrimas, llantos, gritos de histeria, todos mezclados entre los largos y graves pitidos del buque que zarpaba ayudado por dos remolcadores hacía Inglaterra...

lunes, 17 de diciembre de 2007

Alejandro (1)


Era ya muy anciano la persona de quien os voy a hablar , quizá ya hubiese cruzado el umbral de la centena. Apoyaba su testa sobre un bastón de color marrón claro cuya punta descansaba en el suelo protegida por una goma negra, como las de tantas mesas de algunas cocinas domésticas. Su rostro se mantenía atento a la evolución del Puente Colgante. Tantas veces lo había visto y sin embargo su contemplación no le aburría. De vez en cuando algún buque de porte mediano o un remolcador con ansias de cazar su presa del día se atravesaba en su mirada. Era en esos momentos cuando sus ojos se iluminaban algo más siguiéndolos con su mirada profunda, hasta que su imagen se mezclaba con la de las grúas del puerto y la bocana algunos cables más allá. Entonces se quedaba absorto en las últimas burbujas que, despistadas, emergían en el lugar en la que minutos antes había flotado una estela orgullosa de su nacimiento.

Muchas tardes me acercaba hasta allí, realmente me encantaba pasear por aquel lugar cuasi sagrado para mi en el que descansaba la antigua escuela en la que forjé mis sueños; podía observar los movimientos del puerto, ese olor mezcla contaminada de barcos, fábricas en desuso, y mar brava que invadía con su sal aquella rada. Los últimos fines de semana siempre me encontraba con aquel anciano al que parecía importarle poco lo que le rodeaba. Era como si esperase algo o como si ya lo hubiera perdido. Una tarde en la que contaba verlo no estaba en "su" banco, sorprendido me fui hasta la taquilla del Puente y pregunté por él al taquillero, Carlos, con el que de vez en cuanto me tomaba un vino por las callejuelas del Puerto Viejo.

- ¿Anciano sentado?. De verdad que no lo he visto nunca ahí. ¿Estás seguro, Josu?
Le juré, prometí y hasta aposté pagar los vinos de todo el año que lo veía allí todos los viernes y sábados.
- Josu, Josu, no bebas tanto, ¡ja,ja!. No he visto a nadie así en los últimos meses. Hay mucho jubilado paseando por el muelle, pero no he visto a un señor tan mayor en el banco de enfrente.
Lo dejé por imposible, me fui a casa a terminar el domingo con su tarde de fútbol y noche premonitoria de un deprimente lunes. Toda la semana me pareció enormemente larga, no parecía llegar ese ansiado viernes en el que todas mis fuerzas deseaban encontrarlo. Me prometí a mí mismo hablar con él si lo encontraba.

Por fin llegó el día, dejé a mi familia en casa entre la algarabía del inminente fin de semana; bici, playa, lectura, lo que fuera. Sentía la sangre correr por mis venas, no conocía a ese hombre de nada, pero algo me decía que tenía que ver conmigo. Creo que en mi primera cita adolescente la sensación fue de temor al fracaso, en esta era sólo ilusión por lo desconocido. Doblé la avenida y comencé a ver los enormes tirantes del Puente que lo aferraban a la tierra de este lado como a un Titán a punto de despegar. Enfrente, la hermosa villa de Portugalete brillante frente a un sol fresco y limpio del noviembre otoñal.
Ya enfilaba el paseo Churruca, ¡si!, ¡allí estaba!. Miré hacia la taquilla donde Carlos despachaba los tickets para el Puente haciendo señas para que comprobase que tenía razón. Fue inútil, había mucha cola, la gente quería volver a casa para comenzar el fin de semana y Carlos no estaba para ver nada mas que la máquina de los billetes.

- Buenas tardes, ¿me puedo sentar?
El anciano me miró esbozando una media sonrisa. En su mirada encontré algo familiar. Con un gesto pausado me señaló el banco. Ya estaba allí, me sentía algo extraño, como si hubiera entrado en una burbuja aislada del exterior. Podía ver el Gran Hotel de Portugalete junto al Puente al otro lado de la Ría. El remolcador regresando a su “nido” a descansar. Podía ver todo, pero no podía escuchar nada. Era como si viera una película muda.

- Hola Josu, supongo que estás sorprendido. No te preocupes, no estás loco. Solo tienes que levantarte, marchar y todo será como antes.
- Perdone mi atrevimiento, yo no le conozco pero usted si que sabe mi nombre. ¿Qué me he perdido?
El anciano sonrió, parecía mas joven.
- No te has perdido nada y puedes encontrarlo todo. Anda, ayúdame y te contaré un poco del porque te he hecho llamar...