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lunes, 17 de octubre de 2016

No lo Hagas



Nada que debas, pero no deseas,
nada que parezca, pero no sea.

No lo hagas. Quizá te duela,
pero después no habrá razón que te consuele.



Espera a verlo, a sentirlo,
sea entonces cuando no permitas perderlo.
Lucha, pelea, disfruta, llora, vive amándolo.



En tu mirada, en tu alma,
pleno será el motivo,
pleno el sentido,
eterna la sonrisa,
y deslumbrante el brillo.

Si no lo sientes, no lo hagas



miércoles, 24 de septiembre de 2008

Mi Reino

De la cuaderna maestra, donde la vida se soporta, donde el vivir o morir queda para siempre marcado por el sumo hacedor, aquel carpintero de ribera que me hizo mas al sur de mi reino, lugar desde donde decidió despedirse mar adentro cuando me construyó. De tal cuaderna fluyó el alma, desembarcó tomando la forma de humano cuerpo con el que recorrer mis dominios.

Ningún ruido hacían aquellos invisibles pasos sobre la senda empedrada que separaba un lago de mar salada del propio mar. Aún así, aves, peces, árboles se giraban para postrar sus diversos cuerpos ante su Señor, al fin llegado de su diáspora irredenta por sentirse suya cuando nunca lo debió haber sido.

Lentamente siguió sus pasos que abrían como parto bíblico el camino de las vidas de quienes aún quedaban por llegar. Las huellas, imborrables por invisibles, quedaban sembradas de rudo césped ya eterno en su incipiente brotar, los pinos volvían a saber lo que es dar sombra pues alguien se acodaba a su corteza. El alma, su majestad, continuaba su andar. Al final de aquella senda, cuando su pendiente se inclinase tal que sólo quién de verdad lo deseara pudiera continuar, podría como majestad observar desde mi propia atalaya la verdad de quienes osaran a mis islas acercar.
Islas Escindidas, cinco pequeños fragmentos de tierra que rodean al mar de la incomprensión. Un mar que defiende con ardor a quién se niegue a ser perfecto en el mundo de los que creen que la perfección esta fuera de él. Unas islas en las que solo perdiéndose uno las logrará encontrar; unas Islas en las que sólo olvidando las conveniencias sociales, como la falsedad del domingo en el Oficio de turno, cuando su silueta comenzará uno a sentir a pesar de la molesta niebla ruidosa que las múltiples aves de cuello inmaculado rebosantes de insulsas sonrisas que solo pregonan el conformismo se empeñen en vomitar.
La cumbre quedaba cerca, mas la pendiente cada vez era de mayor inclinación. Su faro, dominador de cientos de millas a la redonda no alumbraba desde que la diáspora inició su reinado. Por fin el alma, el hombre con forma de alma alcanzó la linterna apagada. Sonreí, como sólo un alma con rango de rey puede hacerlo, fue la chispa que surgió de aquel zarpazo de felicidad el fuego que atravesó en su luz miles de millas, tantas como este mar de verdadera incomprensión que sin mas había crecido en mi ausencia.







Yo, El rey de las Islas Escindidas

domingo, 21 de septiembre de 2008

Retorno al Reino

El navío casi sin fuerza, sin un deseo real de encaminar sus velas hacia ningún lugar acaba de varar en la playa de la Isla. No hay tripulantes a bordo. Mientras el sol va dejando su estela en oro, en naranja, quizá en rojo, las olas suavemente dan la bienvenida a este navío que se hallaba perdido en la inmensidad de las aguas. Sus besos de sal sobre las cuadernas le recuerdan que es querido, que siempre es deseado sentir el tacto de sus maderas de roble perfumadas de brea ya gastada entre la arena blanda y la mar en calma de sus calas.

Al fin descansó, tras duras singladuras en las que navegó creyendo perdidas sus Islas, las Escindidas. Con tal duro sentir comenzó la quilla a abatir su derrota convirtiéndose tales palabras en terrenales que el viento en su cruel andar repetía sin cesar, “ es la derrota la que te abatirá”.



El sol, sabio disco de infinito rotar, presto a su retorno brilló como si en plena calenda de julio aquel septiembre tornara. Fue así, sol, ánimo y amor lo que al navío el rumbo devolvió su marinero andar, su seguro navegar hacia su reino, hacia sus islas, por un momento de infinito lamento, perdidas y de nuevo encontradas.


Descansa ahora sobre la blanca arena fina tan sólo hollada por las aves, el viento y por fin de nuevo por tu quilla de alma de roble y piel de cobre. Comienza de nuevo tu reino.