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miércoles, 17 de febrero de 2016

25 de Agosto de 1948. ¿Pudo haber sido así?




Rayaba la meridiana  sobre la marea en la que balanceaba  sus cuadernas el balandro de nombre “Saltillo”. Amadrinaba entre  el maderamen ya más de 16 años  con guerra civil incluida y casi pérdida en ese derroche de odio y destrucción. Orgulloso algunos atrás en la Britania imperial entre  balandros de porte homenajeando a sus reyes britanos antes de su casi destrucción, o navegando a la capa en los primeros destellos oscuros de la dictadura del  superviviente golpista  a sus hermanos de casta de  crimen y religión.
El verano comenzaba a agonizar en el norte de esa España oscura y casi impenetrable a letras y culturas que no fueran la del fiero Dios, los brazos en alto y el silencio a la discrepancia. La última demora del timonel sobre la carta lo posicionaba frente a las costas de San Sebastián. Cinco millas  al través del Monte Higueldo a vista clara. Aquel balance venía dado por una mar tendida de poco más de metro y medio. Se llevaba bien gracias a que entre cada vaivén y cabeceo, un trago de  vino desde la bota compartida hacia de sedante ante la cada vez más tensa espera.

-      -   ¡Patrón, barco a dos cuartas a babor!



Todos  a bordo lo esperaban. Una chimenea oculta tras el penacho de humo negro daba aviso de que el “Hernán Cortés” se  aproximaba de forma rauda  a dejar morir su arrancada a dos millas del balandro. Dos millas  a popa, el “Azor”, viejo yate  de origen alemán que poco le quedaría de lustros de orgullosos porte por ser sustituido por el nuevo “Azor” a punto de botarse en el Ferrol un año después, aproximaba sus amuras al “Saltillo”. Después, de “Azor” pasaría a ser conocido como “Azorin”, que todo pierde su galanura frente a las comparaciones ante la nueva savia, sea de hierro o piel, cuando esta se desea ver.

-         - Ya lo tenemos aquí, Ignacio. Ice la señal de bienvenida.

La respuesta pronto se cuadró  junto al gallardete de  almirante que portaba el yate. Los preparativos ya estaba alistados y la tripulación de Don Juan presta cada uno a su cometido quedo la espera. Media hora después en una lancha galana,  el  rey sin corona enfundado en elegante traje subió a bordo del “Azor”. Don Juan y Don Jaime, rey sin corona y su hermano fueron recibidos por quien mandaba con puño de hierro y   fuerza de plomo una España encerrada. 



Trato cortés y educado al ciento, mar suave mientras el cañonero “Hernán Cortes” mantenía la escolta en atenta vigilancia. El futuro de nuestra sociedad se iba a enhebrar sobre aquella cubierta, un futuro que podemos decir ahora como presente real. Dos personajes que se necesitaban, uno para atesorar su continuidad y la de su macabro proyecto, el del otro el de su dinastía, denostada desde el comienzo del siglo XIX;  vieja familia soberana en sus propios vicios y menor sangre.

Se trataba de salvar el rancio abolengo aportando un posible futuro abierto a la modernidad que en cada golpe de luz que trataba de atisbar entre nubes negras de mitras, caciquismo y atraso secular, era apagada como si de frágil candela ante  vuelco de balde de agua pantanosa, pero igual de efectiva en su  acción sofocante.

 Tras la comida, abundante y deliciosa la conversación trascendente daba su comienzo letal.

-         - Excelencia, entiendo sus intenciones para dotar a nuestra patria de una sucesión coherente con sus pretensiones, pero considero que es mi derecho legítimo el trono de España. No puedo aceptar entregarle a mi hijo para su formación en sus reglas.

-          - Don Juan, no se ande con detalles que no son al caso. Tanto usted como su hijo garantizan la línea de la familia real legítima que deben regir los destinos de nuestra patria. Mas vuestra alteza, si me lo permite, no cuadra con los destinos de la Nueva España que tratamos de llevar a su fin. No admitiré nunca a quien habla de  bastardos sentidos basados una democracia caduca que solo ha traído bajo sus antepasados regios la más absoluta de las desgracias. Qué decir de su anglofilia, país en clara decadencia.

Don Juan no podía escuchar tales agravios, pero era la única vía que ya era conocedor como salida a su aislamiento. 

-          - Excelencia,  no entiendo la cesión en la educación de mi hijo  bajo su protección mas que el camino a la repetición de lo que preconiza como males de la patria. Corrupción de nuestras más altas magistraturas, orden para dar continuidad en la arbitrariedad de los poderes ya repartidos. ¿Volver a los principios de la restauración que mis antepasados aceptaron tras la 1ª República? Donde la invulnerabilidad de las castas destruyo nuestra monarquía y el país por entero. Hemos de aprovechar vuestra situación para abrir el país. Permítame educar a mi hijo en España, con vuestra ayuda y mi peso en la Europa que se alza sobre las ruinas de la guerra podremos ganar otro país.

Una sonrisa entreabierta bajo ese bigote al gusto de la época mostraba a las claras la negativa al logro de aquella  casi súplica ante el todopoderoso general.

-         - Querido Don Juan. Hemos de ser cautos y en verdad más visionarios. Este país no hemos de sacarlo del temor cristiano y  llevarlo a otro temor  basado en  el mensaje falso o verdadero, me importa poco, del caos de la ingobernabilidad al que nos llevó  un régimen  para el que no podemos estar y nunca habremos de estar preparados. La libertad es para otros países, eduquemos a su hijo en alguien afable, capaz de conceder derechos, que los confundan con la libertad y con ello hagamos desparecer esta. La Nación lo agradecerá, le aseguro que los partidos derrotados que ahora quieren asomar su cabeza en el lejano Méjico, o en la Francia vecina se avendrán como ya están avenidos los legales. Dejémosles un periodo de lucha baldía y cuando todo sea claro con su hijo podamos continuar de forma moderna con la vieja forma de ser de nuestro ser, recios y violentos ante los símbolos y de flojera ante la vida diaria. Para que la paz y el control de la sociedad siempre quede en donde nunca debía de haber salido.

 

No había hecho falta tal reunión, si cabe humillante.  Era consciente Don Juan que si su hijo no lo entregara, en aquellos momentos habría otro Borbón que lo fuera por él. Sus aspiraciones a un reinado donde el presidencialismo y la libertad de corte europeo no tenían cabida. La conversación aún se mantuvo más de una hora a popa del azor, el golpista iba a cobrase la presa más importante, que no era nadie más que quien le  sucediera formado por derecho de sucesión marcado por su ideario.

Con las lágrimas retenidas y la sonrisa afianzada en su rictus abandonó el yate para recogerse en el balandro, en otro tiempo bendecido por don Niceto Alcalá Zamora para recorrer los mares del globo. La partida ya estaba ganada de antemano aunque debiera combatirla por honor. 30 años más llevaría y hasta hoy 40 más sin otro que la situación en su esencia cambiara en sus derechos, pero no en sus libertades políticas y sociales más de los que se podría permitir sin cercenarlos en caso de riesgo.



A bordo del “Saltillo”, con la derrota marcada en las manos aferradas sobre la timonera, Don Juan dio orden de izar el velamen y en menos tiempo del que se dieron las señales de despedida desde el “Azor”, el balandro orgulloso ya afeitaba las olas con rumbo oeste  dejando al yate del golpista y su escolta embebido en su propio triunfo sobre la mar tendida.

Acababa de  ingresar en la escuela de náutica de Bilbao ese octubre del 84. Por la tarde nos llevaron al “Saltillo” para practicar sin salir, pues se encontraba en mal estado el balandro debido a un abandono que ya es historia por fortuna. No podía imaginar que en aquél  balandro a punto de restaurarse pudo haber comenzado el estado de las cosas hoy día.

 Aunque quizá nada fue así.


El saltillo en Gijón  actualmente

sábado, 23 de febrero de 2008

El Eclipse y su Mirada (y fin)

... Eterna, la sorprendida Luna esperaba escuchar las palabras de aquel extraño caballero de digna estampa. Mientras, la tierra sobre la que nosotros estábamos iba cubriéndola con aquel oscuro manto que, por una vez en el eterno rotar y orbitar de aquella perla del espacio, se negaba completar su designio. Quería alumbrar a ese hombre y escuchar lo que intuía iba a ser importante aquel año 1008 de nuestra era. Con esfuerzo, muy lentamente, el reflejo de aquella luz solar muerta en reflejo lunar se concentró sobre Don Fadrique. Aquel efecto sobrenatural nos sobrecogió a todos, me incluyo también porque cuesta creerlo cuando cosas así te las cuentan sin poder vivirlas, (¡maldita cámara web de fabricación china!). Don Fadrique, como una estatua comenzó a hablar; la espada en horizontal apuntando al pueblo atemorizado por aquella visión fantasmal, que el blanco pálido de la luz hacía que su señor pareciera venido del mismo cielo... o infierno.

- Mirad el filo de mi espada, mellado de batallas libradas en el confín cristiano del sur. Contemplad este filo aún manchado de la sangre de infieles que osaron hollar nuestros santos lugares con su sacrílega religión. No hace ni dos siglos que intentaron matar a nuestros hijo en sus bárbaras razzias contra nos, dignos astures herederos de la Hispania visigoda. Qué significa todo esto diréis, ignorantes labradores...

Don Fadrique hablaba con un timbre de voz diferente, hablaba él, pero algo también hablaba por él. No se a donde quería llegar y estoy seguro que ni la mitad de los que lo escuchaban temerosos entendían nada de aquello. Lo que me sorprendió es aquella Luna que ya hacía mas de media hora desde que su superficie no disminuía frente a nuestro planeta. Don Fadrique seguía con su discurso,

-...Todo tiene un porqué, nuestro Señor nos puso aquí para crecer, para mutiplicarnos, echar raíces y formar una verdadera armonía en la que Él nos guiase hasta el juicio final. Y vosotros creéis, igual que ese fantoche de clérigo mal parido por desconocida rabiza nacida en el mismo infierno, que son los infieles los que traen el mal. Pues eso no es así de simple y llano. Ellos siguen su religión, ellos son poderosos, pero no es gracias a su Dios. Su poder radica en su respeto a los demás y sus ideas, en la lealtad y el duro trabajo por lograr lo mejor para su rey, para sus familias, para su sociedad. No viven temerosos del vecino que denuncie a su hermano por herejía. No dan óbolos al arcipreste para su perdón en la otra vida mientras este disfruta de los pecados que no os permite en esta...

Según estaba escuchando aquello terminé de convencerme que aquello era algo que no estaba diciendo Don Fadrique. Algún trance, algo estaba ocurriendo que se me escapaba. La verdad es que los musulmanes de esa época si que eran todo un ejemplo para ese fanatismo cristiano europeo del momento, justo lo contrario de lo que yo veo y vivo 1000 años después. En fin, no se en que deparará todo esto.

- ...ya está bien de tanta dominación absurda, nobles y clérigos, reyes y condes. Es la hora de que el respeto impere entre nosotros, de que demos cuanto podamos por nuestras familias, nuestro hogares y respetemos a nuestro Señor allá en los cielos, pero que nos respete Él aquí en la tierra. Y si algo tengo claro es que la tolerancia ha de ser para los tolerantes, ¡fanatismo e intolerancia para los intolerantes!

Un silencio continuó a su grito con la espada ahora apuntando al cielo. Primero fue uno que simulo un vítor, después dos mas, hasta que el grito unánime se extendió por toda la colina. Los labradores se abrazaban, palmeaban a los soldados. Yo miraba a Don Fadrique y este, por toda seña me lanzó un guiño. De pronto la mirada de la luna dejó de alumbrar a Don Fadrique y su columna cónica de palido marfil se posó en el cuerpo del clérigo que se estaba recuperando del porrazo siempre flanqueado por dos soldados. Giró y apuntó con su espada a aquel miserable barnizado por la falsa religión, en ese momento gritó Don Fadrique

- ¡Pueblo! ¡Ese es uno de vuestros intolerantes! ¡A qué esperáis!
Fue decir eso y todos presa de un delirio de sangre y violencia cebaron en él clérigo año y años de miedos, separaciones, asesinatos por la santa religión. Me acerqué atemorizado a Don Fadrique, pero no me dejó hablar, solo me dijo “ algún día vendrás por aquí y te darás cuentas que nada hay fuera, que todo reside en la fe del hombre”, acabó de decirme esto y me golpeó con la empuñadura de su espada dejándome sin sentido.

Desperté dormido, tumbado en lo profundo de mi sofá con el portátil en modo de "ahorro de energía". Moví el ratón y estaba encendido con la página de Armida Leticia en la pantalla, el eclipse hacía horas que ya había pasado. Días después quise acercarme a las ruinas recientemente encontradas de la fortaleza de Gauzón. Encontré un paisaje cubierto de plásticos, debajo estaban las ruinas de aquel castillo en el que había estado. Dos estudiantes de arqueología de la Universidad de Oviedo estaban trabajando sobre el campo. Oscurecía, así que comencé a caminar hacia el andén para coger el primer tren a Gijón. Mientras regresaba pensativo en el vagón me quedé mirando el monitor de noticias que entretenía a los viajeros durante el trayecto, aparecía la imagen de un político en campaña electoral arengando a sus masas enfervorecidas, insultaban al contrario y parecían capaces de hacer lo que fuera por su líder.

Justo al terminar la conexión pude leer un cartel que decía “motivos para creer”, pensé en las últimas palabras de Don Fadrique y con 1000 años de razones rompí a llorar.


viernes, 22 de febrero de 2008

El Eclipse y su Mirada (3)

... Alcanzamos las primeras rampas de la colina, subíamos escoltados por una guardia de diez soldados armados como para un ataque en toda regla a alguna una aldea reacia a efectuar el pago de sus diezmos y a ajusticiar algunos mansos reacios a entregar el cereal que exigía su señor. La colina estaba poblada por robles y castaños desnudos por la estación, entre el ramaje esquelético podía distinguirse una enorme hoguera en lo alto de la suave loma. Parecía estar viviendo una película de esas oscuras medievales, con piras de herejes chamuscados, voces lastimeras frente a la sempiterna muerte riendo y rondando los caminos. No era una película, era la realidad, este eclipse estaba empezando a no gustarme nada, sobre todo porque no sabía exactamente como volver a mi tiempo, donde al menos tengo claro los peligros y ya estoy acostumbrado a combatirlos si no es posible evitarlos.

Llegamos a la loma mientras aquella Luna ,redonda como un medallón inmaculado, presidía todo el ceremonial, sin saber ella misma que era la invitada principal. La muchedumbre venida de toda la comarca nos abrió paso hasta la zona mas cercana al tosco estrado que los viejos carpinteros del lugar estaban acabando de manera algo chapucera y muy apresurada. El clérigo no paraba de increpar y ordenar a diestro y siniestro con una ansiedad nunca vista. A la derecha de aquel estrado había mandado colocar sobre una roca preeminente la imagen del Cristo crucificado traída desde la misma iglesia de Gauzón. La imagen era un esperpento, si no fuera que por menos de una sonrisa en esos tiempos se quemaba a cualquiera me estaria riendo a carcajada. Descabalgamos de nuestras monturas, el paje de Don Fadrique se llevó los caballos y quedamos todos, hidalgos y siervos, frente a la mirada hirviente del fanático clérigo.

- ¡Arrodillaos, temerosos de Dios!¡Arrodillaos y orad como si fuera el fin de vuestra miserable existencia!¡Nada queda ya mas que la misericordia divina, que sea nuestro Señor el que se apiade de nuestras negras almas!...
Mientras continuaba su arenga ante el mutismo de toda aquella multitud me permití observar todo mi alrededor. Desde Don Fadrique hasta el paje, todo el mundo bisbiseaba alguna oración en castellano antiguo o latín deformado, que no sabría que era realmente. La Luna, blanca como un circo tapado por nieves perpetuas, comenzaba a perder su perfecta continuidad adquiriendo una incipiente concavidad por uno de sus lados. Un color anaranjado oscuro rodeaba aquella curva inversa.
- ¡Ya está aquí! ¡El anticristo! ¡Miserables pecadores, habéis pecado mortalmente, habéis ofendido a nuestro Dios! ¡Esta es su señal, el fin esta cerca!
Aquel loco continuaba asustando de tal forma que algunas mujeres se desmayaron allí mismo, otros echaron a correr empujados por un pánico que quería adelantarse a ellos mismos en una loca huida. Miré a Don Fadrique, que me devolvió una mirada de incipiente incredulidad mientras pasaba el tiempo y la Luna comenzaba a empequeñecer por nuestra propia sombra planetaria. Ya no pude más.
- Don Fadrique, quizá crea que soy un hereje, pero he leído en algunos libros que sólo es un efecto natural y que como viene se irá. Es sólo el encaje entre los movimientos del Sol y la Luna* sobre nuestro planeta lo que hace que nos encontremos entre ellos durante un momento, eso hace que se perciba tal cosa. Créame, ese hombre va a hacer enloquecer a todo el pueblo.

Don Fadrique sólo necesitaba oir eso, era lo que estaba esperando y le importaba poco el argumento.
- Mire, Don Rodrigo, no entiendo nada de lo que me dice, pero mi corazón tiene clara una cosa, ese hombre es el puro diablo y como tal lo trataré.
A un gesto suyo ocurrió algo que parecía premeditado, sus hombres de forma sigilosa fueron adoptando posiciones en todo el contorno de los sumisos siervos, mientras dos de sus hombres de confianza se apostaron detrás del estrado. La luna ya tenía más de la mitad de su cuerpo manchado de negro con un arco anaranjado, cuando una voz hizo el silencio,
- ¡Ya basta, clérigo!
Las cabezas de todos aquellos sumisos corderos bípedos levantaron sus ojos hacia el Señor Don Fadrique, donde la peculiar luz de la luna herida en aquella noche sin nubes se reflejaba en la cruz de su espada. El clérigo, petrificado por lo inesperado de la orden, justo cuando iba a alcanzar el climax en su arenga destructora, no se dio cuenta de aquellos dos hombres que, en una rápida maniobra ensayada, lo noquearon con una buena porra. Con el energúmeno inconsciente, no sólo mental sino física gracias al golpe, y a buen recaudo tras el estrado, Don Fadrique desenvainó su espada apuntando con ella hacia todos los espantados espectadores.

La luna abandono su letargo relajante que cada eclipse le producía y buscó con su mirada de donde llegaba aquel alboroto que estaba alterando su ceremonia periódica y ancestral. Estaba empezando a interesarse por lo que ahí estaba ocurriendo, aquella mancha negra creciente sobre su torso irregular comenzó a molestarla. Al fin localizó a aquel pequeño grupo y les miró concentrándose en un humano vestido con armadura.
- ¡Pueblo de Gauzón! ¡Ya está bien de supercherías, de cantos fatales!
En ese momento la luz de la mirada lunar se concentró en él; quien no se desmayó, se lanzó de rodillas en el húmedo suelo mientras Don Fadrique hablaba y la Luna escuchaba…

jueves, 21 de febrero de 2008

El Eclipse y su Mirada (2)

... El clérigo la verdad es, que muy valiente y aterrador con los campesinos parecía, pero no deja de mirar bajo hacia la empuñadura de la espada mientras Don Fadrique lo está poniendo “curioso”.
- ¡ Todos mis siervos a sus labores!¡Ya basta de profecías absurdas! ¡A quien vea cuchicheando le mandaré mis perros para que no deje ni las malditas lenguas que algún día tendré que cortaros!¡Fuera!


La verdad es que mucha debe de ser la ignorancia y el miedo que de ella se alimenta para que un solo hombre pueda tratar de esta manera a otros seres humanos...


... Perdón, perdón parece que de un golpe con varias ramas mientras cabalgaba con Don Fadrique hacía el castillo ha debido averiar la cámara. Bueno, os contaré lo que ha ido pasando en sucesivas misivas si no os parece mal. Ya son mas de las ocho de la noche y estamos expectantes por lo que vaya a suceder. Pero antes os relataré lo más fielmente posible lo que ha ocurrido entre la bronca tan cruel de antes y ahora que estamos a punto de subir a la colina de las Tres Gracias. No esta muy lejos de aquí y el clérigo ha convocado a toda la gente de la comarca.

Don Fadrique no soltó una palabra más en un largo periodo de tiempo, supongo que aquel hombre inculto, pero dotado del poder que le daba calzar la vestimenta de la Iglesia por muy raída que fuera, le exasperaba. Le amargaba sobre todo el tener que respetar sus prerrogativas por representar a la poderosa Iglesia. Poco a poco, según aumentaba el tamaño de aquel castillo, fue inundándonos el frescor del olor al musgo que habitaba entre sus piedras. Poco a poco aquello le fue alegrando aquel carcomido espíritu y me volvió a dirigir la palabra mientras fanfarroneaba al mostrarme sus dominios.




A pocas varas del foso, el puente levadizo comenzó a bajar con aquel sonido hueco y mecánico que producía cada eslabón al golpear sobre las enormes poleas interiores que lo sujetaban. Sobre las dos almenas que coronaban la puerta se percibía la excitación por la llegada del señor. Al entrar nos recibieron con la misma muestra de respeto que cuando pasamos por la aldea, aunque de forma mas elegante y pomposa. Desde allí, la torre del homenaje parecía un enorme altar frente a nosotros, debía de tener mas de ocho plantas de las actuales en altura y estaba cubierto de troneras por encima del nivel de las murallas que nos rodeaban.

Minutos después seguí a mi anfitrión hasta el salón principal del castillo en el interior de la torre. Comimos, creo que el mejor lechazo que había probado nunca, los caldos no fueron de gran calidad, pero entraron bien. Mientras, charlamos de muchas cosas aunque el tema de conversación acababa por morir en ese “terrible” eclipse que lo traía por el camino de la amargura. ¿Miedo, quizá? ¿Un hombre con tanto poder local podría tener miedo? Si, era puro miedo a lo desconocido y lo que más le dolor le causaba era que aquel miserable encantador de serpientes, fanático y exaltado, fuera el que se lo causara con aquella facilidad.

- Don Rodrigo, usted que proviene de la dura meseta, del peligroso páramo leonés, seguro que no tiene que soportar a hechiceros disfrazados con ropas de clérigos. Pequeños monstruos que abusan de su poder sobre las mentes del pueblo.
Vacilé antes de contestar. Desde luego el nombre me gustó, Don Rodrigo, pero tenía que estar a la altura.
- Mi respetado señor, están las tierras de nuestro Reino pobladas de falsos profetas frustrados por no haber cumplido la profecía del fin del mundo hace ya ocho años. Creo que El rey, nuestro señor, deberá tomar medidas antes de que acaben mandando tales bestias con piel de santo. Por cierto, habéis de decir a vuestro cocinero que no salga de vuestros dominios no sea que sea capturado.

Una risa aligeró aquella conversación que unos oídos mal ubicados podrían hacer que trajeran consecuencias negativas para Don Fadrique. Nos retiramos a descansar a la espera la “prima vigilia”, como ellos llamaban a la entrada de la noche. A esa hora subiríamos a la colina de las Tres Gracias, así que me eché a descansar para estar lo más despierto posible; iba a ser todo un espectáculo tanto el eclipse, como el escenario que prometía el clérigo entre los temblores de Don Fadrique...

miércoles, 20 de febrero de 2008

El Eclipse y su Mirada (1)

Armida Leticia cuenta en su magnífico Blog que el próximo día 20 tendremos un eclipse total de luna. Según comenta, nosotros los humanos a bordo de este planeta, nos pondremos delante de ella sin dejar que un solo rayo de Helios la acaricie, sin permitir que ella con su desdén habitual nos devuelva las migajas de tanta luz.



Espero que las eternas nubes que se detienen con afición sobre nuestra costa cantábrica tengan a bien esa noche coger otros derroteros, surcar el mar rumbo norte donde no haya nadie que este esperando para verlo y disfrutarlo.

Quisiera imaginarme en otro tiempo aunque en el mismo lugar, por ejemplo viviendo en la alta edad media, allí donde la ignorancia era dueña y señora de casi todos los seres humanos mientras luchaban por sobrevivir entre la gleba, las guerras del señor de turno, las arengas temibles desde un púlpito de madera por un clérigo casi igual de ignorante que ellos, las epidemias crueles e irrespetuosas frente a la edad, frente al sexo, frente al dinero; tantas cosas tan distintas y con algo en común, la muerte al final de sus mantos de miseria. Desde luego me gustaría ser ese señor feudal de viaje por la comarca, invitado por el verdadero señor.

¡Vaya! Parece que lo he conseguido... ¡Si! Estoy en medio de un camino que me suena y delante de mi va otro hombre con aspecto señorial. Esta claro, mi reloj con calendario perpetuo me lo confirma, 20 del 2 de 1008. No os preocupéis, que entre el jubón y la cota de malla he conectado una web cam y os podré ir contando lo que veo en los prolegómenos del fatal suceso que se rumorea va a ocurrir esta noche entre el 20 y el 21 de febrero de 1008.
Hace viento del sureste, una dirección extraña por estos lares según me comenta Don Fadrique, el señor de estas tierras.

- El pueblo esta revuelto, el maldito fraile este que nos dejó caer aquí la Iglesia, mas parece haber llegado del mismo infierno, ¡vive dios! Tiene a todo el pueblo amedrentado con no se que extraño maleficio que llegará esta noche. Todo por culpa de tanto secreto con esto de los astros. Si no fuera por que me los tiene bien mansos, esta mano sería fiel castigo sobre su hueca cabeza.
- ¿Qué contáis, Don Fadrique? ¿De qué maleficio habláis?
Don Fadrique fue contándome aquel “terrible y pavoroso” suceso, algo que no era mas que un eclipse de Luna. No veo yo a este Señor de la Gleba muy pío, pero si parece que sabe lo que no debe y a quién no debe tocar. Mientras, a un trote cansino vamos acercándonos a la aldea de Gauzón. Estamos cerca ya, puedo ver cómo un castillo se yergue orgulloso en la colina que cierra aquel villorrio compuesto de casuchas separadas por callejuelas estrechas, que mas parecen encauzar arroyos de aguas sucias, que servir como nexo de unión entre la ignorante población.

Según pasamos por la callejuela principal las gentes nos hacen reverencias toscas y sin mucho arte si las comparamos con las que uno esta acostumbrado a ver en las películas de Robin Hood. Los niños detienen sus juegos y a lo lejos se puede escuchar los gritos de aquel clérigo fanático. Rehén de sus propios miedos y buen instrumento de la Santa Iglesia si que parece. Don Fadrique con un bufido, quizá un poco harto de tanta profecía y malos augurios tensó las riendas de su cabalgadura y apretó el trote hasta plantarse el junto con el silencio del miedo frente al clérigo y sus amedrentados feligreses; la verdad es que miro a los pasmados feligreses y me da que no saben a quién tener mas miedo a quien temer, si a la mirada crepitante en elfuego religioso o a la mano decidida de su señor Don Fadrique. La voz marcial les quitó de dudas
- ¡Clérigo! ¡Deja ya tu discurso y acércate hasta mi montura!...