Mostrando entradas con la etiqueta Malmö. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Malmö. Mostrar todas las entradas

sábado, 2 de febrero de 2008

Malmö (y final)

...la mar ahora golpeaba de través, a esas alturas ya nadie se ocultaba, habíamos sido descubiertos. La corbeta alemana se mantuvo navegando en círculos respetando de momento las aguas suecas. Quién sabe si sólo esperaba que fueran los mismos suecos los que nos apresaran para entregarnos a ellos sin piedad. No representábamos nada, solo un puñado de judíos que a nadie importaban dirigidos por cinco hombres inexistentes, venidos de otro espacio y tiempo en el que aquellas atrocidades se seguían cometiendo en todo lugar “gracias” a la globalización. Lo que daría esos asesinos por saber que su doctrina resiste disfrazada de tantas cosas, atemperada por cientos de decorados de falsa caridad o solidaridad, que tranquilizan conciencias, pero mantienen a la injusta muerte continuar su caminar escoltada por su eterna compañera la Hipocresía.

- No resistiremos este viento del Oeste con la mar del mismo través, en cualquier momento encallamos.
- Haz lo que puedas, Rianxo, si encallamos que sea en buen lugar para desembarcar.
- ¡Ja! Como si esto fuera un autobús.
La verdad es que era una tontería lo que acababa de decir pero no se me ocurría nada y necesitaba expresar lo que deseaba, expresar lo que deseaba todo el mundo que ya no se ocultaba en cubierta agarrado a cualquier cosa con tal de ver y saltar cuando fuera preciso. De pronto surgió un ruido como el de una puerta enorme sin engrasar que se abría produciendo un chirrido que taladró los corazones de todos, junto con un temblor enorme y la pérdida de velocidad que ya sentenció todas las ilusiones. Habíamos encallado.
No hizo falta dar el aviso a Máquinas con el telégrafo, sentí perfectamente como dejaron de vibrar. José Luis dio orden de abandonarlas. Al poco estábamos en el puente todos.
- Rianxo, ¡vapor al tifón!
Mientras salíamos a cubierta para ver las posibilidades de desembarco el “Alpdrücken” pitaba continuamente pidiendo ayuda a los del puerto de Bovallstrand. No habría más de un cable[1] a tierra firme pero en ese cable esperaba la eterna mar, impaciente por cobrar su eterno tributo en vidas.

Clavería y Francisco desembarcaron en una de las lanchas de salvamento, no fue sencillo largar la embarcación, el pánico y el miedo provocaron intentos de abalanzarse sobre ella, así que tuve que impedir aquello arma en mano. Arrastraron con ellos una maroma del barco y con grandes esfuerzos alcanzaron tierra. Tardaron más de media hora, pero lograron hacer firme el cabo a varias rocas que encontraron, después, a una señal de ellos, comenzamos a pasar uno a uno a los hombres. José Luis había montado una rudimentaria “tirolina” con la que sujetar a cada hombre al cabo y que el paso fuese más rápido y sencillo. Me preguntaba en aquellos momentos intensos del desembarco en los que nada podía hacer, qué es lo que me depararía el futuro. Me encontraba junto con mis compañeros en medio de una vida robada a alguien por alguna razón que escapaba a mi concepto de esta. Afortunadamente, el comienzo de una lluvia intensa mezclada de nieve me sacó de aquel atolladero mental y me devolvió a la situación del momento.
Quedaban ya pocos hombres a bordo, el desembarco estaba siendo un éxito; minutos mas tarde Aaron y Levi se acercaron a José y a mí.
- Esto se acaba, no se lo que nos deparará el futuro a partir de ahora, quizá aunque desembarquemos y continuemos juntos un tiempo, los nazis no permitirán que se sepa de nuestra huida y nos cacen uno a uno hasta matarnos. Solo queremos deciros en representación de todos nuestros hermanos que no tendremos días suficientes en el resto de nuestra vida para daros las gracias por devolvernos la dignidad, la libertad y la consciencia de personas que ya habíamos perdido.

Me esforcé todo lo que pude por respeto a ellos, pero cuando me abrazó rompí a llorar como un colegial el primer día de clase. Primero Leví se subió a la tirolina y seguido a este se enganchó Aaron, detrás íbamos nosotros, Rianxo poco a poco iba soltando del cabo mientras Francisco al otro lado halaba este. De pronto un estruendo me heló el corazón…
- ¡Joaquín, al suelo!
José se echó sobre mí, aún no sabía de dónde vino aquel ruido sordo, rotundo pero no me hizo falta esperar. La explosión destrozó la popa de nuestro barco, el agua comenzó a entrar sin piedad por semejante boquete a “lumbre de agua”. Poco a poco fue escorando a estribor. Había que abandonar el barco, la tirolina de José ya no servía así que nos lanzamos al agua para recorrer los casi 200 metros que nos separaban de la salvación. Fue entonces cuando el destino quiso ser claro, sin titubeos ni posibilidad de elección. El mismo sin encomendarse a nadie decidió que nuestro último hogar sería ahora el definitivo, la escora fue cada vez mayor hasta llegar a un punto en que la gravedad se alió con el agua y cayó encima de nosotros como una losa metálica. No veía nada, solo sé que luchaba contra mi sentencia, buscando un hueco entre el barco que cada vez se hundía mas sin ser capaz de encontrarlo. Me ahogaba, el aire me faltaba, solo llegaba a sentir, a escuchar mi corazón que martilleaba mis heladas sienes a mas de 200 pulsaciones…

- ¡Joaquín! Veinte minutos para la guardia.
Abrí los ojos, la oscuridad invadía el lugar, ¿acaso estaba muerto ya? El continuo y y familiar zumbido de las máquinas del "Almudena" me devolvieron a la realidad. Encendí la pequeña lampara atornillada al mamparo y comprobé que todo habia sido un sueño, una maldita pesadilla. Estaba empapado, corrí a la ducha para no llegar tarde al cambio de guardia. Estaba deseando tomar un cafe caliente con Rianxo. Me duché mecánicamente, comencé a vestirme, "cogere el gorro de lana, el alerón de babor y yo tenemos mucho en que pensar esta guardia y hará frio". Aquella decisión me mató, cogí el gorro, pero no era el gorro, era la gorra de capitan que llevaba en el "Alpdrücken". La doblé y la metí en el bolsillo del pantalón, subí corriendo, atropellado, sudando de nuevo al puente, debía saber de Rianxo.

Entré en el puente, faltaban diez minutos para las cuatro de la mañana, el segundo me pasó las novedades a las que no hice demasiado caso, mientras Rianxo que hacía lo propio con el timonel que dejaba la guardia me lanzó varias miradas teñidas de duda, de temor. Cuando nos dejaron solos no fuimos capaces de articular palabra alguna. Con un gesto le dije a Rianxo que iba a calentar café.
- ¡Rianxo! ¡ven!
La carta de aproximación a Kiel estaba sobre el cuarto de derrota, Rianxo llegaba con la Luguer del teniente alemán en las manos...
Que el próximo 27 de enero no sea necesario recordar la liberación de Auschwitz. Que desaparezcan tantos holocaustos rutinarios a lo largo del planeta.

[1] 185 metros

viernes, 1 de febrero de 2008

Malmö (8)

… seguramente el duro temporal que encañonaba el viento por aquel angosto canal ralentizó la marcha del carguero. Quizá, pero también nos ayudó a atravesarlo sin encuentros indeseables, aquel oleaje fue nuestra salvación. Con la amanecida nos plantamos al norte de la Isla en la que descansaba Copenague. Ahora habíamos de pasar desapercibidos en medio del temporal y cruzar el pequeño mar antes de la próxima prueba frente a Goteborg con la punta de la península danesa por el sur que, después de doblada, nos abriría las puertas del Mar del Norte.

Reinaba una dulce paz a bordo que inundaba y anulaba los vaivenes del barco, el zumbido de las máquinas; la paz que resulta de la conciencia limpia, la libertad sentida, el agotamiento por el esfuerzo realizado. Como en las guardias del “Almudena”, a esa hora de la madrugada estábamos Rianxo y yo levantados manteniendo el rumbo. Solo nos quedaba mantener norte siempre hacia la salida de aquel enjambre de islas que taponaban el Báltico con su hermano del Norte.

- ¿Saldremos de esta, Rianxo?
- No lo sé, pero desde luego que si salimos no lo podré olvidar nunca. Ni tampoco volveré a ver una película de guerra. ¡Cuanta basura llevamos dentro de nosotros!
No había mucho mas que añadir, el silencio recordando lo vivido nos invadió como un manto de niebla, quedamos aislados ensimismados cada uno en nuestras vivencias.

Pasaron las horas, todo el mundo seguía oculto y vigilante ante cualquier novedad. La verdad es que la mar no permitía mucho a los potenciales sabuesos y poco a poco fuimos tranquilizando nuestros corazones. Adecuamos la velocidad del buque para poder acometer el paso al Mar del Norte durante la noche, era nuestra única oportunidad. A veces en las horas de espera y de tránsito al siguiente entuerto pensaba en Don Quijote y sus luchas estériles sobre enemigos inexistentes. ¿Sería esta una lucha inexistente? ¿Una ensoñación producto de la ginebra de los pubs de Hull? No lo creía, pues la sangre de los asesinados olía a eso, los lamentos mezclados por el olor a muerte en aquellas terribles bodegas taladraron mis recuerdos como no lo hubiera hecho nunca un sueño. No lo sabía, no podía estar seguro sobre aquella existencia pero sí que lo que hacía no era en ningún caso estéril.

Navegamos en calma a bordo rodeados del duro temporal afuera. Anochecía cuando alcanzábamos las diez millas sobre el largo “embudo” que debíamos atravesar para seguir huyendo. Goteborg nos esperaba a nuestro estribor de momento lejos; según la luz huía nosotros acortábamos distancia sobre la costa sueca para al menos sentir el amparo de sus aguas territoriales. Era todo un riesgo pues en aquella época no se reconocía más de dos o tres millas, por lo que la seguridad contra los nazis la ganábamos a costa del riesgo de encallar con aquel temporal cada vez más grande conforme nos abríamos al Mar del Norte al acecho más al este.
Nuestro plan fue un éxito mientras la noche nos escoltaba. A su relevo por el nuevo día las cosas cambiaron de color.
- Joaquín, me parece que las cosas pintan grises. Mira por el través de babor.
En efecto, una corbeta con bandera alemana nos escoltaba rozando las aguas suecas, rumbos paralelos con sentidos contrarios, vida frente a muerte. No quedaban más de cincuenta millas para que el dueño de la costa cambiase de sueco cuasi libre a noruego ocupado.

- A esta marcha no nos quedan más de seis horas para echar todo por la borda. Hay que hacer algo. Rianxo mantén la línea de costa, voy a avisar a todos para ver que haremos.
Nos reunimos de nuevo en el puente y en poco tiempo todos estábamos al corriente de la situación.
- No tenemos muchas salidas a proa, solo se me ocurre encallar el barco en algún lugar y escapar a tierra. Lo siento por todos…
- Si me disculpan de nuevo, conozco la costa y hay una pequeña isla por estas latitudes, si no recuerdo mal se llamaba Hallö. Quizá sea una posibilidad atracar.
- Aaron, gracias por tu idea. Te doy la razón en parte, hay que desembarcar pero no en una isla, pues perderíamos las posibilidades de escapar, debemos hacerlo en tierra firme. Como por ejemplo... ¡Aquí!
Mi dedo se posó sobre un pequeño brazo de mar que bañaba el puerto de Bovallstrand. Nos jugaríamos el barco y nuestras vidas libres en enfilar aquella pequeña entrada. Después quedaríamos en manos del gobierno Sueco lo que no nos daba grandes esperanzas, pero era lo que había y fue lo que acordamos. Mientras nosotros preparábamos la maniobra de aproximación, Aaron y Leví fueron a informar a todos sus compañeros de desdicha.

Aquella corbeta no se separaba de nuestro rumbo. Llegó la hora, había que virar 90º a estribor y abrir el vapor de todas las calderas del mundo. Desplacé el telégrafo de máquinas hasta señalar avante toda. La respuesta desde abajo fue inmediata, comenzamos a sentir como el viejo carguero recuperaba de nuevo aquel hálito de vida. La corbeta hizo sonar el tifón[1], me imagino su furia al perder una pieza que parecía tan sencilla de cazar.

- ¡A la mierda con ellos, malditos! Ahora cuidado con las corrientes y con el temporal que se ha pasado al otro bando.

El “Alpdrücken”, como un sonámbulo en plena noche invernal avanzaba dando bandazos, a cada vuelta de la hélice las rocas parecían mas cerca, casi se percibía el olor del agua echa pedazos al estallar sobre ellas. Alemanes a popa, escollos y muerte a los costados y una mínima esperanza a proa...



[1] Nombre que se da a la sirena del buque

jueves, 31 de enero de 2008

Malmö (7)

...
Amanecía con el mismo sol débil del día anterior por la amura de estribor. Creo que nadie consiguió conciliar las pocas horas de sueño que nos permitimos después de tomar una decisión sobre qué hacer ahora. Los pobres hombres que como verdaderas “cosas” iban en las bodegas 2 y 1 aún no eran conscientes de su situación. Decidimos que por la seguridad de ellos y la nuestra no liberarlos hasta que fuera de día.


El momento fue inolvidable, aún se me contrae la boca del estómago al recordarlo. Rianxo y yo bajamos a la bodega nº1. Cuando conseguimos abrir la compuerta el hedor era insoportable. Siendo como eran muchos mas que nosotros dos no optaron por enfrentarse, incluso se apartaban en la medida que podían con las miradas dirigidas al plan de la bodega. Me subí sobre los hombros de Rianxo conteniendo las ganas de vomitar por aquel calor hediondo y les comunique su liberación.

- Mi nombre es Joaquín, aunque no lo creáis soy el capitán de este barco. Hace unas horas hemos reducido y eliminado a los soldados que os custodiaban y sois libres. Necesito que alguien de vosotros se haga responsable de vosotros para poder organizar todo este lío en el que estamos, para repartir la poca comida que hay, curar como sea a los enfermos y... despedir a los que ya no vivan. Por favor, creedme, la situación ha cambiado, sois libres, pero seguimos en medio de una mar infestada de nazis y con pocas posibilidades de huida.

Hubo un silencio, largo y terrible, solo interrumpido por los quejidos lastimeros de hombres que ya no recibían, ya no sentían nada mas que el dolor previo a su propia descomposición como seres vivos. No sabía que hacer y decir más.
- ...¡pero somos libres! ¡Libres!
Un grito de júbilo hizo que el vómito aquel de olor a humanidad en descomposición, cambiase por un momento a el fresco olor de la libertad sentida.

De la misma forma, esta vez ayudado por los mismos liberados, lo hicimos en la bodega nº2. Por cada una se presentaron dos, digamos “responsables”, con los que organizamos el reparto de comida, las curas de urgencia y fuimos entregando al gélido mar los cuerpos de los que no llegarían a saber que murieron libres. Había que plantear el siguiente paso. Con Francisco en la Sala de Máquinas nos reunimos todos en el puente añadiendo a Levi y Aaron por parte de los judíos.

- Bueno, empecemos con esto; la situación es complicada y hay que decidirse por algo. El Báltico este en el que navegamos es un mar alemán. Si no me equivoco los suecos son los únicos que no están en guerra o invadidos por ellos. Una posibilidad es desembarcar en Malmö y confiar en sus autoridades, aunque seguramente, en cuanto se enteren los alemanes querrán recuperarnos. Otra es atravesar el estrecho hasta salir al mar del Norte de noche. No se me ocurren muchas ideas más.
Las caras eran de preocupación, José, como siempre tenía las cosas claras
- Vamos a ver. Los nazis estos si nos cogen no darán cuartel. Para mi está claro que lo suyo sería atravesar de noche el estrecho y salir a mar abierto. Mas vale el intento y su posible fracaso, que fracaso sin el intento. Malmö y todos los puertos suecos estarán controlados de una u otra manera por los nazis. En dos días más extrañarán nuestro retraso a Kiel, así que habrá que dar madera a este trasto y partir la mar hasta triunfar. Y si perdemos, aún somos unos cuantos que venderemos caro nuestro pellejo.

Todo el mundo sonrió al mismo tiempo, estaba claro que lo que nos estaba contando José era una de esas películas bélicas de tarde de sábado que tantas veces se inventaba de tanto verlas, desde luego no se parecía a nuestra situación y posibilidades. Aún así no solo no desechamos la propuesta nadie de los que allí estábamos, sino que nos pusimos todos manos a la obra como resortes tensados por sus manos en forma de voz. De un salto me acerqué a la mesa de cartas y me traje a todos de una señal sobre la carta de la salida del Báltico.
- La cosa pinta fea. O pasamos frente a Copenague por el este o barajando la península danesa por el oeste. No hay muchas opciones.
- Perdonad mi atrevimiento, en mi opinión será mejor la salida al oeste, pues es una zona menos vigilada por los alemanes al no hacer frontera con Suecia.
Era Aarón, unos de los condenados, mas tarde nos contó que había sido marino hasta que le echaron de su barco por ser judío. No había realmente argumentos contra aquella opinión así que decidimos ponernos en marcha con el plan. José ayudado por algunos voluntarios liberados puso al viejo carguero por encima de sus posibilidades. Había carbón suficiente para alcanzar Inglaterra si les dejaban. Su mirada alternaba entre las temperaturas de los cojinetes en el cigüeñal y el manómetro de la presión en la caldera. Mientras en el puente habíamos puesto rumbo Norte Noroeste. El buque hacía los diez nudos golpeando violentamente aquel mar agreste y huraño con nosotros. Convinimos en que la gente se mantuviera oculta ante cualquier patrulla o barco cercano que pudiera delatarnos.

Sali al alerón de babor, necesitaba sentir el empuje de viento salvaje y helado, bañar mi rostro con los rociones a cada golpe del barco al caer sobre la siguiente ola desde el vacio que dejaba la anterior. Todo aquello hacía que me sintiera purificado, como si necesitara redimir mis manos manchadas de sangre y mi alma de humano hermano de tales criminales convencidos. Poco a poco volví a sentir alegría dentro de mí, la lucha del “Alpdrücken” era ahora la lucha del bien contra el mal y nosotros luchábamos con él; no sé de quién fue la idea de llevarnos a aquel infierno pero se lo agradezco.

La noche fue entrando por nuestra popa según divisábamos las dos orillas del estrecho paso hacia la libertad, hasta el momento no nos habíamos cruzado con nadie…


miércoles, 30 de enero de 2008

Malmö (6)


... Ya libres de las dos orillas enfilamos con rumbo Este Nordeste hacia el mar abierto. El teniente me pidió el sobre con las instrucciones. Lo saqué del cajón en la mesa de cartas del cuarto de derrota donde lo había metido. Intenté que no percibiera el temblor de mis dedos al entregárselo. Sin pausa lo abrió y fue leyendo el documento de una sola hoja. No esperaba nada, pero deseaba ver sus gestos. Nada, ni sonrisas, ni gestos de desacuerdo, acabó su lectura y me lo pasó a mí. Como podéis imaginar, también entendía perfectamente el alemán, así que acabé de leerlo con desesperación a cada línea que pasaba. No me sorprendió aquello que ordenaba, así que intenté sobreponerme y comencé a dar las órdenes oportunas.

- Rianxo, nuevo rumbo 58º Este hasta nuevo aviso. Si me disculpa me retiraré un momento a mi camarote.

En cuanto me alejé del puente, bajé lo más rápido que permitían mis piernas hasta alcanzar el control de la Sala de Máquinas. José Luis, que llevaba allí encerrado casi desde que zarpamos se sorprendió al verme aparecer sin previo aviso.
- ¡José! ¡Ven, vamos fuera donde no nos vean!. ¡Necesito hablar contigo!

Me hizo un gesto claro, como todos los que se hacen allí abajo, sorteando así el muro de silencio en que uno acaba viviendo, sitiado por el ensordecedor ruido producido por máquinas y motores sin alma pero con vida. Lo seguí hasta un tambucho que daba a la aleta de babor. Había una pequeña plataforma que debía servir para meter piezas de repuesto directamente desde el muelle, “estos germanos piensan en todo” pensé.
- ¡Joaquín! Qué pasa, estas sudando como un pollo. Anda, respira un poco de la brisa que aquí no nos molestará ningún nazi de esos.
José me conocía, ya eran años navegando juntos, creo que había pasado mas tiempo con él que con mi mujer. Me senté, cerrando los ojos, sintiendo la brisa, el pequeño vaivén que llevaba la popa siempre a expensas de la sempiterna proa y sus manías, el sonido continuo del agua batida por la hélice y las burbujas del vapor rompiendo al emerger después de cavitar en esta. Por un momento olvidé donde estaba, había vuelto al “Almudena”, a su rutina diaria de guardias, a todo lo que parecía haberse perdido, olvidado para siempre. Desperté sin haber dormido y le conté todo a mi amigo.
- ¡¿Tenemos que lanzar vivos a esos hombre con una bola atada a sus tobillos?!. Están locos, Joaquín. Por mis cojones que me tiro yo antes que permitirlo. Son cinco soldados y el estirado ese del teniente. Hay que hacer algo. ¿Dónde dices que es el punto donde hay que arrojarlos?
- En la posición 54º 54´37´´ N 13º 22´05´´E, a unas cien millas de aquí. Creo que mañana por la mañana alcanzaremos el punto señalado.
- Pues esta noche nos los cargamos, y no me hables de que están armados porque tenemos aquí abajo suficientes cuchillos para los gaznates esos tan blancos.
Ese era José Luis, no le importaba las dificultades si creía en lo que hacía, tenía ese pequeño matiz de fanatismo que nos había salvado tantas veces en medio de un buen temporal. Busqué a Clavería y organizamos el plan para la noche mientras Rianxo mantenía el timón en el puente . Había una cosa clara, moriríamos con ellos en el peor de los casos, bueno siempre que todo no fuera una broma macabra del destino y ya lo estuviésemos sin saberlo.

Me relevó Clavería a las dos de la mañana en el puente. El tiempo se puso de nuestro lado con un temporal creciente que vapuleaba el viejo carguero de forma continua. Matar a los dos soldados que dormían en la toldilla de popa después de su turno de guardia fue fácil. Los dejamos a la vista del puente tumbados, sujetos por detrás para que todo aparentase normalidad. Quedaba acabar con los tres soldados que se mantenían a cubierto entre las cubiertas 2 y 3 en medio de la eslora.
Sin dilación, sin pensar lo que estábamos haciendo, aprovechamos la pésima luz que proyectaban las dos luminarias colgantes de los alerones y la protección del temporal. Francisco y José por babor, Rianxo y yo por estribor nos quedamos a pocos palmos de sus botas. Ellos no estaban para prestar mucha atención porque bastante tenían con acordarse de la familia de su teniente entre cada encapillada. No veían nada y nada iban a ver ya si de nosotros dependiera.

Como convenimos antes de llegar a ese punto, que con el primer cabeceo de la proa contra la ola nos apoyaríamos su impulso para acabar con los tres. En mi banda sólo había uno y fue casi instantáneo, por babor eran dos contra dos. Se produjo una lucha a muerte con el último que consiguió disparar al aire antes de caer a las heladas aguas del Báltico.

Clavería, tenso por la situación no perdía ojo a nuestros cuerpos en cubierta mientras vigilaba de reojo al teniente que dormitaba sobre la silla del capitán. El disparo fue como un resorte en el culo del alemán que lo puso firmes; antes de que desenfundara la Luger Clavería ya lo había tirado al suelo. Sus brazos, acostumbrados a las ásperas y pesadas maromas de cubierta, no tuvieron piedad de aquel fino cuello de asesino con uniforme. Su vida se esfumaba cuando de un golpe los cuatro hombres manchados de sangre y agua entraban en el puente.

- ¡Arrojadlo al mar con los demás!¡Lo conseguimos!
Nadie se abrazó para celebrarlo, habíamos matado a seis hombres. Dos días antes discutíamos por el futuro del planeta y las matanzas en Kenia, cuarenta y ocho horas después aún llevábamos las manos de sangre desteñida por el agua salada.

- Si, Joaquín, pero ahora, qué. Vamos en un barco alemán repleto de víctimas en medio de un mar nazi.

José Luis tenía razón, no teníamos muchas posibilidades. Había que decidir algo, teníamos toda la noche para ello. Mientras pensábamos y asimilábamos lo que habíamos hecho, mantendríamos el rumbo...


martes, 29 de enero de 2008

Malmö (5)

...
- José, Francisco, bajad ya a la máquina por el amor de dios. Cuantos menos seamos delante de esos hombres, menos errores podremos cometer.
Con rapidez desaparecieron los dos hombres mientras los demás nos quedamos en el puente a la espera de que aquel hombre oscuro y su ayudante entraran en el puente. Los sonidos metálicos y pausados de sus botas contra la escalera oxidada que daba acceso al alerón de estribor dieron vuelta a mi estómago. Si no fuera por la rebelión de mis piernas a causa del pánico creo que ya estaba corriendo a lanzarme por el costado babor contra las frías aguas del puerto.

- ¡Heil Hitler, Capitán Salke!. Coronel Openbach a su disposición.
- ¡Heil Hitler, Coronel!. Si no le importa acompáñeme al cuarto de derrota.

Como pude le llevé al pequeño cuarto de derrota justo a popa del timón que hacía las veces de camastro en navegaciones duras y sin opción de relevo. Me entregó de forma áspera un sobre lacrado con las instrucciones referentes a “la carga”.

- No debe abrir el sobre hasta no encontrarse a más de 10 millas al norte de Kiel. Esta vez la carga es algo más “molesta” y no queremos problemas de última hora. En su viaje les acompañarán para su protección el teniente Günter y cinco hombres de mi escuadrón, aunque no creo que este cargamento les de algún problema, ¡ja!, ¡ja!.
Su risa carente de alegría era un elemento más de la propia burbuja de terror en el que vivía aquel espectro humano. Con la misma se giró y con un gesto de su mano derecha enfundada en cuero me espetó un ¡heil Hitler! sin siquiera detenerse a que le contestara, sabía el miedo que desprendía hacía mi y eso le causaba placer.

Por fin abandonó el puente. Había que ponerse manos a la obra, los camiones ya estaban estacionados con su deprimente carga. Serían unos veinte camiones, todos iguales en cinco filas de cuatro.
- Rianxo, Clavería vamos a cubierta a esperar las indicaciones de los soldados a ver cómo metemos a esa pobre gente. Fortaleza y paciencia, no nos queda más remedio.
Como un ejército derrotado acudimos a recibir a otro cautivo, hundido y con cada mirada igual a la del siguiente, inexistente, perdida en algún lejano lugar abandonado a la fuerza. Sin miramientos, los soldados fueron empujando violentamente a aquellos muertos vivientes hacia las bodegas de nuestro pequeño carguero. Por cierto, perdón por no decir el nombre de tal barco, a popa llevaba escrito “Alpdrücken”, matricula de Rostock, ahora sé lo que significa, en aquel momento solo era eso, un mal sueño.
Su teniente se aproximó a mí para indicarme que permanecería en el puente hasta zarpar. Fue todo un detalle por su parte el no tener aquel sabueso husmeando a nuestras espaldas. Las bodegas uno y dos fueron agolpándose de gentes con una característica que difería de lo que estábamos acostumbrados a ver en documentales y películas. Eran todo o casi todo hombres, jóvenes y mayores pero hombres. La mezcla de los restos de carbón con el calor humano sin posibilidad de renovación del aire hacía de las bocas de las bodegas un cañón que no cesaba de exhalar un vómito de la vergüenza imposible de olvidar jamás como ser humano.

Comencé a hacer señas a los soldados para abrir la bodega nº 3. Se negaron obligando a introducirse los hombres restantes del último camión entre las dos bodegas.
- Esta bodega es para las bolas de acero, Capitán.
- ¿Bolas de acero? ¿Para qué?
- Estos hombres han sido los mas rebeldes en sus campos de trabajo y hemos de dar “ejemplo” para que nadie les siga.
- Pero, ¿qué clase de “ejemplo”? Nadie los verá allí donde vayamos.
- Se equivoca, Capitán. Varios de ellos, los mas “afortunados” volverán para contarlo.

No podía aguantar mas, su sonrisa a medias entre el sadismo y la ignorancia hizo que, con una excusa sobre la maniobra, saliera corriendo al castillo de proa. Allí, junto a las maromas, entre la cabullería vomité mientras lloraba de terror e impotencia por vivir semejante atrocidad. Qué maldito mal sueño nos había metido allí. Me faltaban tan sólo dos semanas para desembarcar en Lisboa, descansar con mi familia y sin embargo me encuentro en medio de la vorágine criminal más grande de la historia de la humanidad. “Resiste, Joaquín, es lo que te queda hasta encontrar el final”, me decía a mí mismo, necesitaba darme fuerza y dar seguridad a los demás.

Cuando volví a cubierta pude ver como Clavería junto a Rianxo hacían las indicaciones al estibador para la estiba de las “bolas” en la bodega nº 3. Me quedé con ellos, de José Luis y Francisco no sabía nada, pero era mejor que continuasen abajo hasta nuevo aviso.

Llegó la hora de zarpar. Con ayuda de un pequeño remolcador fuimos separando la proa lentamente de aquel muelle, tétrico para mi eterno recuerdo. Enfilamos la bocana de Kiel con rumbo inicial Norte hasta alcanzar las millas que permitieran abrir las instrucciones que me entregó el oficial de las SS. La salida de este puerto era larga aunque siempre había sido bella para mi, por ser como un pequeño simulacro de fiordo noruego o de una gran ría gallega. Esta vez no había espacio para la contemplación, solo deseaba que la vieja y oxidad proa de aquel carbonero alcanzase ya mar abierto y abrir la maldita carta, y ya se acercába el momento…

lunes, 28 de enero de 2008

Malmö (4)


…No estábamos a bordo del Spee, aquel buque era más pequeño y, no sé, ¿más clásico?, perdón por no explicarme mejor, pero en aquel momento los instrumentos de a bordo no eran ni de lejos los que yo llegué a manejar cuando comenzaba mis singladuras de imberbe marinero. No había ni siquiera un radar por viejo que fuera. El timón era una mezcla de rueda de madera con ribetes de bronce dorados, inmaculados y brillantes que deslumbraban a aquella hora de la madrugada con el amanecer empujando por el mismo y eterno lugar de nacimiento. Poco más podía encontrar al primer golpe en aquel puente estrecho como un pasillo.

- ¡Arriba todo el mundo! ¡Joder, arriba! ¡ya!

Mientras todos se incorporaban a la vida real o eso es lo que pensaban, yo me mantenía fijo pegado a los cristales del puente. Estábamos atracados en un puerto alemán, hacía poco que había dejado de nevar, nuestro nuevo barco era un pequeño carguero, sucio y negro de haber traido carbón en alguna singladura anterior. Si esto ya era extraño, aún mas era ver que en el puerto, escoltando toda la eslora del barco, había unos cuantos soldados alemanes con uniformes de la II Guerra Mundial.

- ¡Joaquín! Pero de qué vas vestido.

José Luis me miraba extrañado, tenía razón, ni yo mismo me había percatado. Llevaba uniforme de capitán de la marina mercante a la vieja usanza. Pero lo mejor es que él iba de la misma guisa. Creo que iba a volverme loco.
- Mírate tú, José. Vas como los de las películas de guerra que tanto te ríes.
- ¡Joder! ¡Qué está pasando!
- No lo sé, pero vamos a seguir este simulacro de obra de teatro hasta el final. Clavería, tu y yo vamos a salir a cubierta como si fuéramos a comprobar los amarres. Si todo es tan alucinante como parece seguro que hablamos un alemán con acento del mismo Berlin. José, tú y Francisco id a echar un vistazo a la sala de máquinas a ver qué pieza de museo os encontráis. Si no hay novedad no vemos aquí en veinte minutos. Rianxo, atento a todo desde aquí.

Salimos por el costado de estribor, el muelle se veía metro y medio mas abajo, los cascos relucientes de los soldados reflejaban con diferentes ángulos el incipiente amanecer. Hacía frío, pero nos ardía el cuerpo. Nos fuimos acercando a la plancha en la mitad de la eslora del barco y me decidí.
- Clavería, tu tranquilo que voy a comprobar si ya estamos muertos.
Metí mi mano en el bolsillo de la chaqueta, saqué un cigarro al que rasgue la boquilla y me lancé hacia la plancha.
- ¡Capitán!
Creo que nunca había oído que me llamaran así. “Después de todo no esta mal esto de vivir una alucinación”, pensé.
- ¡Soldado! ¿Tiene fuego?

Fueron segundos tan largos como la maniobra de atraque al llegar a casa. Aquel hombre no se giraba. A la segunda intentona se giró y con un gesto de disculpa se aproximó hasta la parte del muelle sobre la que descansaba la plancha. Bajé hasta allí y me jugué por segunda vez el pellejo y el de mis compañeros. Mientras me daba lumbre le pregunté.
- ¿Para cuándo tenemos la carga?
Me miró algo extrañado, “la he cagado”, pensé. Pero al segundo comenzó a reírse.
- ¿La carga? No sabía que ahora llamaban ustedes así a esa escoria. Esos malditos judíos los traerán al mediodía. La carga ¡ja! ¡ja!

Me quede blanco. Gracias a la poca luz que daba aquel sol incipiente no debió darse cuenta. Volví sobre mis pasos con Clavería pegado a mí como un sello, encaminándonos al puente. Allí les conté lo que había hablado con el soldado en perfecto alemán. Llegaron José y Francisco así que tuve que repetirme.
- Me lo creo, Joaquín. Las máquinas son como las que me contaba mi abuelo. Están en perfecto estado y será sencillas de manejar. Pero no entiendo que vamos a hacer con esos judíos en un barco de carbón.
- Pareces un poco atontado esta mañana. Pues haremos lo que hacían en esas películas que te hacen tanta gracia. Llevarlos a alguna parte o simplemente tirarlos al mar. Ya nos lo dirán, estos nazis lo deben de tener todo siempre escrito y tabulado.

Todo nos quedamos mudos después de aquello. Nadie acertaba a pellizcarse para comprobar si realmente estábamos en algún intermedio antes de morir, quizá era esa ya la verdadera muerte o habíamos descubierto un nuevo triángulo de las Bermudas en pleno Mar del Norte. No dio para mucho tiempo tal disquisición, pues comenzaron a llegar camiones cerrados de color gris escoltados por motoristas de las SS. Un mercedes SSKL de los que yo coleccionaba de niño se detuvo en la plancha. Un oficial con su ayudante se acercó al soldado y seguidamente tras el gesto del soldado aquel hombre enfundado en un amenazador color negro se encaminó hacia la plancha…


sábado, 26 de enero de 2008

Malmö (3)

... Aún sorprendidos todos, menos José Luis y su engrasador que hacía años que no trabajaban en una sala de máquinas con tanto brillo y esplendor, comenzamos a preparar la pequeña travesía de unas quince millas de tornaviaje a Hull. Realmente aquello era una lotería para los cinco que íbamos a bordo. Navegar unas cuatro horas si la mar no empeoraba más, entregar el buque y quedar a la espera que la consignataria nos enviase en avión a Bremerhaven, es decir, varios días sin hacer nada por el mismo sueldo.

Todos estaban contentos menos yo, que no cuadraba aquel mensaje en mi lógica, aunque creo que no cuadraría en la de nadie. En eso sonó el teléfono del puente
- ¡Preparados aquí abajo, capitán!
- Menos coñas, José. Arrancamos en cinco minutos. ¿Algún problema en los controles?
- Nada que no se le de bien a un profesional. Anda, dedícate a pilotar y deja lo difícil a los maestros, ¡ja! ¡ja!
La maniobra fue sencilla, no había muelles ni otros buques próximos que sortear. Rianxo iba conmigo, mientras Clavería se mantenía en cubierta ojo avizor por cualquier novedad, “walkie” en mano. El Spee era rápido, dábamos los 16 nudos sin esfuerzo, algo que nunca se me hubiera pasado por la cabeza en nuestro pequeño “Almudena”.

- Joaquín, aquí pasa algo con el servo[1]. No consigo enfilar los 270º.

Comparé la orden desde el timón, el repetidor de la pala del mismo y el rumbo real comprobando que Rianxo estaba en lo cierto. El rumbo era 350º, casi Norte. Llamé a José Luis que, después de comprobar el equipo, me llamó para decir que desde allí todo estaba bien y que iba a subir a comprobar si había algún defecto en la trasmisión de la señal.

- Nada Joaquín, esto está todo correcto, la orden que llega abajo es la correcta y lo mismo aquí arriba. No entiendo nada.
- Yo tampoco, el caso es que vamos con rumbo norte a 16 nudos y sin posibilidad de avisar por radio. Hay que parar.

José Luis bajó para hacer la parada, fue imposible. Cortaron el suministro de combustible, pero aquellas máquinas mantenían sus 80 revoluciones sin ningún atisbo de agotamiento. Me llamó y en menos que el motor dio otras ochenta vueltas estábamos todos, incluido Clavería, en el puente. Las caras de todos eran poemas de distinta métrica, los había de rima consonante y cuadriculada como los de Rianxo y José Luis, o los de libre y asonante como los de los demás. Les conté lo que había visto, justificando mi mutismo a que el mismo Don Mauricio se rió de mi. No sabíamos qué hacer, ni qué decir hasta que a Rianxo se le ocurrió algo de lo más oportuno.

- Clavería, bajemos a la cocina que he visto allí unos buenos vinos y las cámaras estaban repletas. Ya que tenemos la cabeza vacía de ideas, vamos a llenar los estómagos.

Aquél arranque de Rianxo nos tranquilizó un poco a todos. Comimos y bebimos siempre pendientes de algún buque a la vista, a quien hacer señales con la pistola de bengalas. Pero aquel momento no llegaba, mientras, José Luis y Francisco, el engrasador, habían dejado de bajar a la sala de máquinas. De vez en cuando bajaba el segundo a comprobar que todo estaba en orden esperando una parada, pero desistió de hacerlo pues carecía de sentido bajar a comprobar si todo estaba en orden en una máquina que funcionaba sin combustible.

Llegó la noche y ninguno quisimos ir a cualquiera de los camarotes de la tripulación o del pasaje. Con unas mantas encima nos repartimos las horas de guardia y nos echamos a dormir en el mismo puente. Necesitábamos mantenernos juntos, unidos ante lo imposible, lo increíble, lo inexplicable.

Me costó dormir, pero lo hice profundamente. Aquella noche soñé con mi familia mientras disfrutábamos de las últimas vacaciones el año pasado en Huelva. Un golpe ronco y violento me despertó, sacándome de mis sueños reales a la irreal realidad en la que flotábamos. El primer disgusto fue comprobar a Clavería dormido como un niño en la silla del Capitán. Dos tortas sin piedad le fueron suficientes para ponerse firmes creo que sin haber despertado aún. El segundo fue mayor, fue peor, fue ver la raya que su cruce puede hacer que ya no retorne uno nunca mas a la consciencia...




[1] Motor que con las indicaciones desde el puente gobierna el enorme timón de la embarcación

viernes, 25 de enero de 2008

Malmö (2)


...Con el café que había dejado en mi carrera todavía fluyendo por el gaznate de Don Mauricio se percató al fin de la situación y me miró.
- Bueno supongo que estamos en maniobra de aproximación y todo eso.
- Si, en cuanto estemos...
- Si, si, si, me llamas al comedor.
Como siempre hacía con todo el mundo cuando estaba incómodo me dejó con la palabra en la boca, dándome la espalda mientras se encaminaba escaleras abajo a tomar “su medicina” en forma de dos copas de Tio Pepe. Hacía ya años que estaba alcoholizado, aquellas dos copas matutinas de fino andaluz era para el lo que para otros el antidepresivo o similar recetado por el médico.

Después de poner nuestro costado de babor a unos dos cables de aquel extraño buque, Don Mauricio me envió a mí junto a Rianxo y otros dos marineros a inspeccionar la nave. Los compañeros libres de guardia nos seguían con la vista desde la cubierta del “Almudena”, mientras el suave ruido del motorcito de nuestra lancha rompía el silencio entre nosotros durante el tránsito entre los dos barcos.

Empezando por mí, creo poder afirmar que nadie se había encontrado semejante “cosa” flotando a la deriva; quizá algún contenedor, o incluso alguna lancha de pesca con problemas, pero nunca eso.
Nos abarloamos intentando que la mar no rompiese el bote contra su costado. Rianxo largó el cabo enganchando éste en una bita que sobresalía de la cubierta. Me encaramé con no cierta tensión por lo que me iba encontrar y por esa sensación tan familiar en mi, algo que siempre me recorre el cuerpo cada vez que pongo pie en la cubierta de un barco. Es como si percibiera que estoy “pisando” sobre un ser vivo, con su pulso constante, sintiendo sus movimientos independientes de los del lugar desde donde pasé hacía él.

Estaba claro, sin necesidad de más detalles que ver sus cabezadas y su nula vibración procedente de sus entrañas que aquel buque navegaba a la deriva. En aquel momento parecía estar sobre un pelele en manos de algún inquieto bebé, aunque este bebe fuera ni mas ni menos que la mar. Todo se encontraba perfectamente alistado, las bodegas con sus tapas cerradas, la cubierta inmaculada, tan solo inquietada y molestada por la espuma de las encapilladas de una mar que se había dado cuenta que disponía de una presa fácil para devorar; no había rastro de marinero alguno.
- ¡Está desierto!
Los dos marineros, Rianxo y Clavería acababan de subir a bordo, mientras, Castillo se quedó a bordo de la lancha manteniendo a esta a la expectativa un poco alejado del buque.
- Rianxo, Clavería, entrad en las habilitaciones, cocina y demás, yo subiré directamente al puente, nos vemos allí si no hay novedad. Nos hablamos por los “walkies”.
Subí atropelladamente primero, aunque reduciendo el ímpetu conforme mis piernas se quejaban cargadas de razón. Y es que la edad y el poco entrenamiento que concede el pequeño “Almudena”, eran argumentos sobrados para relajar el ascenso de las cuatro cubiertas. La verdad es que todo se encontraba verdaderamente impoluto, la iluminación sin una falta, mamparos como salidos de dique, era como si el barco del que aún no conocíamos su nombre estuviera a punto de ser visitado por el armador.


Llegué arriba al fin, era un puente amplio, la luz ya entraba procedente de un sol en plena faena. Supongo que las pulsaciones eran muy fuertes o el silencio ensordecedor de aquel amplio puente hizo que sintiera el puro pálpito de mi sangre golpeando mis sienes. No había nadie. Todo estaba en orden, eso sí, los indicadores de máquinas, el piloto automático, todo estaba desactivado. Busqué la radio pero me fue imposible encontrarla. Mientras lo hacía escuchaba los pasos apresurados de Riaxo y Clavería golpear sobre las escaleras metálicas.

- Nadie Joaquín, no hay nadie. Pero esta todo como si estuviéramos saliendo de dique.
- Ya veo, Rianxo. Bueno todo menos los que te estás comiendo.

Me comuniqué con Don Mauricio, que quedó a la espera de la situación en la Sala de Maquinas a la que bajamos, esta vez desde el montacargas que salía de la cubierta del Jefe.

La respuesta encontrada fue la misma, una máquina de seis cilindros en la que se podía comer en el propio enjaretado, la sala de control con la climatización al punto y los dos auxiliares en marcha generando toda aquella luz y energía para el barco. En el control sólo pude leer varías temperaturas y presiones escritas en un lápiz de trazo grueso. Por fin pude ver el nombre del navío en la pantalla del ordenador del motor, M/T “Spee”. KIEL. Rianxo y Clavería continuaban revisando, tanques de combustible, salas de depuradoras, todos los recovecos que se iban encontrando sin éxito. Comencé a manipular el controlador de la máquina para comprobar el estado y la posibilidad de puesta en marcha. Fue al pinchar con el ratón sobre el icono de “Condiciones de arranque” cuando una pequeña deflagración me sorprendió, quedando la pantalla parpadeando con el texto “Salvadlos, Salvadlos”.


En ese momento entraron los dos marineros sin percatarse de nada más que la expresión de mi cara. Sin preámbulos, sin parar a explicar nada, subimos a cubierta y le explique todo a Don Mauricio a través del “walkie”.

- Vale, vale, Joaquín. Pero aquí el que bebe soy yo. Si el buque está como dices te mando a José Luis y su engrasador y lo lleváis a Hull. Desde aquí comunicaremos el asunto tanto a las autoridades como al armador nuestro. Vete preparando el buque para salir.

Estaba claro que explicar aquello desde un “walkie”, a Don Mauricio no serviría de mucho. Al menos mi amigo José Luis vendría conmigo...

jueves, 24 de enero de 2008

Malmö

Nevaba, las condiciones de la mar no eran tan duras para aquellas fechas posteriores al año nuevo recién disfrutado en los tugurios de Hull. La cubierta desde el puente de mi pequeño barco llevaba un disfraz precioso. Un aparente mullido manto blanco que, de vez en cuando, una ola mal encarada se encargaba de transformar en agua con destino a la inmensa y aún oscura mar mas abajo expectante ante aquel goteo de copos sobre su piel.

Con rumbo Este puro nos alejábamos del puerto inglés de Hull. La maniobra de salida con tanta esclusa y corrientes traidoras había sido agotadora. Habíamos rebasado las doce millas de soberanía y con el barco cargado de coches japoneses construidos en Inglaterra para Alemania, (¡puf! Que lío de países), enfilábamos con prevención decididos a atravesar de Oeste a Este aquel Mar del Norte tan duro a veces. BremenHaven nos esperaba enfrente, como quien dice, sin mucha ansia por vernos de nuevo.

En esta travesía de no mas de tres días, con el cambio de mes me tocó a Rianxo como timonel, no me gustaban sus formas pero era bueno y firme a la rueda y eso era lo que hacía falta en aquel lugar, en aquel tiempo y en mi turno de guardia de 4 a 8 de la mañana. Un turno en el que los cambios de luz dan señales engañosas que un ojo experimentado es capaz de desenmascarar a tiempo.

De un portazo entre con decisión y bastante frío al puente de gobierno.

- ¡Brrrr! Con ese viento y semejante nevada no hay quien pare en el alerón. ¿Un café Rianxo?
- Gracias, Joaquín. Me sentará bien porque he dormido mal esta noche.
- La verdad es que yo también. Supongo que esta mar de través la debe poner aquí Poseidón para que nos olvidemos de los pubs de Hull.
- Y de sus chicas alegres
- Rianxo, Rianxo, que ya no estamos para esos trotes
- Y usted que lo diga, trotes. ¡Ja!, ¡Ja!

Así, mientras hacíamos chistes el aroma del café recién hecho invadió toda la caseta del puente. El tiempo era el mismo desagradable de unos minutos antes, mis huesos seguían igual, calados hasta el tuétano, pero debe haber algo verdaderamente animal propio del instinto, pues la sensación agradable del aroma hizo que despareciera la sensación de frío ya antes de tomarlo. Hablábamos de lo que se habla casi siempre con una taza apoyada en el ventanal frente a proa durante una guardia nocturna; la familia, la última noticia del boletín de Radio Exterior, los días que faltan para llegar a casa y lo que haremos al llegar, algo que casi nunca se cumple. En todo eso estábamos cuando Rianxo, a quien nada se escapaba, se adelantó al Radar.

- ¡Joaquín!¡A babor! Parece un barco con problemas.

Cambié el café por los prismáticos. Rianxo estaba en lo cierto era una barco de poca obra muerta. Parecía un barco de pasaje de esos que navegan por entre el Báltico y el Mar del Norte.
- Rianxo, máquinas en atención, mientras llamaré a José Luís en la sala de máquinas.
- Moderamos José, parece ir a la deriva, no hay señales de la tripulación desde aquí.
- Muy bien mi primero, si es que no hay una guardia que no dejes tranquila. Régimen a veinte vueltas y cambio de FO a DO[1].
Don Mauricio, mi capitán, algo avejentado ya para navegar por estas latitudes entraba por la caseta con su clásico mal gesto mientras se rascaba la barba dura de cuatro días.
- ¡Qué coño pasa Joaquín! Me has jodido el sueño perfecto, en medio del puerto de Mahón con dos hembras a cada lado mientras se enfriaba la paella.
- Mira a babor. Parece que no estuviera nadie a bordo.





[1] Cambio de combustible pesado a ligero para las maniobras