- No resistiremos este viento del Oeste con la mar del mismo través, en cualquier momento encallamos.
- Haz lo que puedas, Rianxo, si encallamos que sea en buen lugar para desembarcar.
- ¡Ja! Como si esto fuera un autobús.
La verdad es que era una tontería lo que acababa de decir pero no se me ocurría nada y necesitaba expresar lo que deseaba, expresar lo que deseaba todo el mundo que ya no se ocultaba en cubierta agarrado a cualquier cosa con tal de ver y saltar cuando fuera preciso. De pronto surgió un ruido como el de una puerta enorme sin engrasar que se abría produciendo un chirrido que taladró los corazones de todos, junto con un temblor enorme y la pérdida de velocidad que ya sentenció todas las ilusiones. Habíamos encallado.
- Rianxo, ¡vapor al tifón!
Mientras salíamos a cubierta para ver las posibilidades de desembarco el “Alpdrücken” pitaba continuamente pidiendo ayuda a los del puerto de Bovallstrand. No habría más de un cable[1] a tierra firme pero en ese cable esperaba la eterna mar, impaciente por cobrar su eterno tributo en vidas.
Clavería y Francisco desembarcaron en una de las lanchas de salvamento, no fue sencillo largar la embarcación, el pánico y el miedo provocaron intentos de abalanzarse sobre ella, así que tuve que impedir aquello arma en mano. Arrastraron con ellos una maroma del barco y con grandes esfuerzos alcanzaron tierra. Tardaron más de media hora, pero lograron hacer firme el cabo a varias rocas que encontraron, después, a una señal de ellos, comenzamos a pasar uno a uno a los hombres. José Luis había montado una rudimentaria “tirolina” con la que sujetar a cada hombre al cabo y que el paso fuese más rápido y sencillo. Me preguntaba en aquellos momentos intensos del desembarco en los que nada podía hacer, qué es lo que me depararía el futuro. Me encontraba junto con mis compañeros en medio de una vida robada a alguien por alguna razón que escapaba a mi concepto de esta. Afortunadamente, el comienzo de una lluvia intensa mezclada de nieve me sacó de aquel atolladero mental y me devolvió a la situación del momento.
- Esto se acaba, no se lo que nos deparará el futuro a partir de ahora, quizá aunque desembarquemos y continuemos juntos un tiempo, los nazis no permitirán que se sepa de nuestra huida y nos cacen uno a uno hasta matarnos. Solo queremos deciros en representación de todos nuestros hermanos que no tendremos días suficientes en el resto de nuestra vida para daros las gracias por devolvernos la dignidad, la libertad y la consciencia de personas que ya habíamos perdido.
Me esforcé todo lo que pude por respeto a ellos, pero cuando me abrazó rompí a llorar como un colegial el primer día de clase. Primero Leví se subió a la tirolina y seguido a este se enganchó Aaron, detrás íbamos nosotros, Rianxo poco a poco iba soltando del cabo mientras Francisco al otro lado halaba este. De pronto un estruendo me heló el corazón…
- ¡Joaquín, al suelo!
José se echó sobre mí, aún no sabía de dónde vino aquel ruido sordo, rotundo pero no me hizo falta esperar. La explosión destrozó la popa de nuestro barco, el agua comenzó a entrar sin piedad por semejante boquete a “lumbre de agua”. Poco a poco fue escorando a estribor. Había que abandonar el barco, la tirolina de José ya no servía así que nos lanzamos al agua para recorrer los casi 200 metros que nos separaban de la salvación. Fue entonces cuando el destino quiso ser claro, sin titubeos ni posibilidad de elección. El mismo sin encomendarse a nadie decidió que nuestro último hogar s
- ¡Joaquín! Veinte minutos para la guardia.
Abrí los ojos, la oscuridad invadía el lugar, ¿acaso estaba muerto ya? El continuo y y familiar zumbido de las máquinas del "Almudena" me devolvieron a la realidad. Encendí la pequeña lampara atornillada al mamparo y comprobé que todo habia sido un sueño, una maldita pesadilla. Estaba empapado, corrí a la ducha para no llegar tarde al cambio de guardia. Estaba deseando tomar un cafe caliente con Rianxo. Me duché mecánicamente, comencé a vestirme, "cogere el gorro de lana, el alerón de babor y yo tenemos mucho en que pensar esta guardia y hará frio". Aquella decisión me mató, cogí el gorro, pero no era el gorro, era la gorra de capitan que llevaba en el "Alpdrücken". La doblé y la metí en el bolsillo del pantalón, subí corriendo, atropellado, sudando de nuevo al puente, debía saber de Rianxo.
[1] 185 metros

La respuesta encontrada fue la misma, una máquina de seis cilindros en la que se podía comer en el propio enjaretado, la sala de control con la climatización al punto y los dos auxiliares en marcha generando toda aquella luz y energía para el barco. En el control sólo pude leer varías temperaturas y presiones escritas en un lápiz de trazo grueso. Por fin pude ver el nombre del navío en la pantalla del ordenador del motor, M/T “Spee”. KIEL. Rianxo y Clavería continuaban revisando, tanques de combustible, salas de depuradoras, todos los recovecos que se iban encontrando sin éxito. Comencé a manipular el controlador de la máquina para comprobar el estado y la posibilidad de puesta en marcha. Fue al pinchar con el ratón sobre el icono de “Condiciones de arranque” cuando una pequeña deflagración me sorprendió, quedando la pantalla parpadeando con el texto “Salvadlos, Salvadlos”. 
