Largamos el ferro a unos seis cables frente a aquellos tinglados dominantes sobre el resto de pequeñas casas donde debían vivir aquellas gentes. Arriamos el lanchón en el que embarcamos Don Gustav y yo junto a cuatro remeros por cada banda que nos acercaron al muelle. Allí nos esperaba un hombre algo grueso en sus partes bajas, de corta pierna y con
- Veo que sois español, Don…
Con otro gesto de mi sombrero, el lanchón que nos trajo a nos, retornó hacia el bergantín, mientras desde este arriaban el segundo y comenzaba el desembarco pacífico que había pactado Don Sebastián con el piloto mayor holandés. A su vez, este hombre explicó a aquel otro, sorprendido y del que aún desconocía su nombre, la situación y las condiciones ya con una mayor calidez receptiva, supe que así era pues sus ojos cobraban el volumen en escala propia a la de su barriga oronda. No perdía ojo a sus gestos, por si algún gesto malintencionado provocaba algún tipo de orden de resistencia, más creo que la fuerza combativa de aquel apostadero había muerto en el combate de las islas. Casi una hora mas tarde pudimos ver el león rampante con su dorado refulgente entrar majestuoso y posar su ferro frente al bergantín. La situación estaba controlada y más parecía todo aquello la recepción de alguna embajada de país amigo.
Nuestros hombres ya tenían todos los cañones de tierra, apuntando al pueblo y se había desarmado a la escasa guarnición que allí se encontraba. Recibimos a Don Sebastián y tras el orondo preboste del apostadero nos encaminamos a su palacio, que no era sino la casa principal del asentamiento, una edificación de dos plantas rodeada de una empalizada con un jardín que veíase luchando de manera agónica por parecerse a un trozo de aquel Flandes en primavera. No hay mucho que relatar entre este momento y nuestra partida, no cometimos atrocidades, ni abusamos de nuestro poder, tan sólo reclamamos lo que con Don Gustav habíamos pactado y que cuestionamos su confirmación a Don Albert Van Driessche, que con tal nombre se presentó. Para ayudar en su tribulación dispusimos de mas de 45 bocas de fuego desde tierra y mar y 200 hombres listos para convencerlo si no acababa de tomar decisión en aquel momento. No llegó la pólvora a ser humo, ni las espadas a correr sangre, se cumplió aquel pacto. Entregamos el bergantín con sus cañones en el fondo de la rada, recogimos provisiones frescas, oro y plata, a dos arrobas en oro y casi los ocho quintales de plata, rechazamos con amabilidad el té que albergaban en sus tinglados y por cortesía de nuestro rey le dejamos una bolsa de doblones de a 8 y a 4 para no permitir que no hubieran de presentarse en medio de la indigencia ante sus aliados japoneses.
Con orden y con la gloria de robar al que antes nos lo quiso hacer a nos, viramos el ancla de un panzudo San Francisco que algo torpón enfiló el rumbo hacia el sur, hacía aguas abiertas antes de enfilar las más de tres mil leguas que nos separaban de nuestro hogar. Perdimos de vista el apostadero, la mar se abría en ciernes frente a nuestras cansadas miradas deseosas de saberse en camino. Gritos de victoria, abrazos entre todos como si Acapulco estuviera a menos de una legua. Era verdad, estaba en sus mentes, estaba en nuestras mentes, reitero su realidad pues en ello creíamos y si la fe nos demuestra que nuestro señor nos ve ahí arriba, esta fe nos demostraba que Acapulco estaba a un roce de nuestras manos.
Entre tanta celebración y expresión de júbilo, aquella mujer, de nombre Ayame, nos observaba sin expresión alguna desde el alcázar de popa, mientras alternaba su mirara con aquella tierra que nunca mas vería…










