viernes, 22 de agosto de 2008

Oro en Cipango (32)

…Aquella lenta evolución, propia de una arribada normal a un puerto amigo, sólo se vio violentada por el cañonazo de aviso desde nuestro bergantín y la correspondiente contestación desde el apostadero confirmando el engaño. Penetramos por entre los dos muelles que en curva hacían de débil tenaza a una mar que, en uno de sus arrebatos, acabaría dejando en el ridículo más patente semejante obra humana. Desde aquellos labios que dibujaban la boca del puerto fabricado en empalizadas de madera, varias mujeres ya gritaban en demanda de sus maridos, aquellos hombres que vieron partir y que ansiaban por saber de su destino. Al frente no se veían naves de ninguna clase, salvo pequeñas lanchas de pesca y ayuda al amarre de los navíos que entraran. Dos enormes tinglados hacían de núcleo portuario desde el que como polluelos sin pluma, múltiples casas y casuchas se arremolinaban a su alrededor. Debían ser esos tinglados los que debían almacenar aquellas hierbas averdosadas, que tanto parecen gustar a los herejes del norte. Té le llaman a tales frutos de la tierra, una bebida que tuve la oportunidad de probar en aquel lugar más tarde, convenciendo a mis entrañas hasta estos días finales de mi vida, que es el café y no aquel agua de color lo que realza mi cansada cabeza y mantiene despierto mi mano sobre la pluma.

Largamos el ferro a unos seis cables frente a aquellos tinglados dominantes sobre el resto de pequeñas casas donde debían vivir aquellas gentes. Arriamos el lanchón en el que embarcamos Don Gustav y yo junto a cuatro remeros por cada banda que nos acercaron al muelle. Allí nos esperaba un hombre algo grueso en sus partes bajas, de corta pierna y con un bigote de enormes proporciones terminado en sendas cocas que atusaba de forma continua. Miró al piloto, me miró a mí, sus gestos demostraban confusión y extrañeza por la situación, faltaba el galeón y sus capitanes y en cambio un hombre desconocido acompañaba a Gustav. Comenzó a preguntar de forma creo rápida y nerviosa en flamenco a Gustav sobre la situación. No esperé más, con un gesto de mi sombrero al aire fue suficiente. Un nuevo cañón de aviso retumbó en la rada, las portas de la cubierta de estribor abiertas al unísono mostrando las bocas de diez cañones mientras desde lejos otro cañón se pudo escuchar como respuesta al nuestro, según lo planeado. Aquel hombre dejó el flamenco y entró al parlamento en nuestra lengua.

- Veo que sois español, Don…
- Martín de Oca, Conde las Islas de Santa Cruz del Mar del Sur, vengo en representación de mi comandante, Don Sebastián Vizcaíno que en breve arribará a este, vuestro apostadero, a bordo de nuestro navío de cincuenta cañones “San Francisco”. Considero que vuestro piloto mayor y ahora comandante del bergantín que en estos momentos os apunta desde la rada, ya os ha puesto en danza sobre la situación. Acabamos de dar un segundo cañón de aviso al que nuestro navío de nombre San Francisco ha respondido. Si en aproximadamente el tiempo en que este reloj de arena que aquí muestro y giro se agote no han rendido la plaza y mis hombres no dan la andanada de aviso, no quedará un edificio en pie y no respondo de la carga de nuestros hombres algo furiosos por vuestro ataque sin sentido en pasadas jornadas más al norte. Si me permitís, os ruego recibáis con hospitalidad a nuestro comandante cuando arribe a vuestro apostadero. Es hombre de buenas maneras con los caballeros corteses, mas implacable con quién la contraria le plantea. Mientras tanto permitidme sugeriros que vayáis ordenando las debidas instrucciones para rendir la plaza; entretanto, mis hombres a bordo de su bergantín desembarcarán para no causar malos entendimientos entre nuestras dos naciones y preservar la paz.

Con otro gesto de mi sombrero, el lanchón que nos trajo a nos, retornó hacia el bergantín, mientras desde este arriaban el segundo y comenzaba el desembarco pacífico que había pactado Don Sebastián con el piloto mayor holandés. A su vez, este hombre explicó a aquel otro, sorprendido y del que aún desconocía su nombre, la situación y las condiciones ya con una mayor calidez receptiva, supe que así era pues sus ojos cobraban el volumen en escala propia a la de su barriga oronda. No perdía ojo a sus gestos, por si algún gesto malintencionado provocaba algún tipo de orden de resistencia, más creo que la fuerza combativa de aquel apostadero había muerto en el combate de las islas. Casi una hora mas tarde pudimos ver el león rampante con su dorado refulgente entrar majestuoso y posar su ferro frente al bergantín. La situación estaba controlada y más parecía todo aquello la recepción de alguna embajada de país amigo.

Nuestros hombres ya tenían todos los cañones de tierra, apuntando al pueblo y se había desarmado a la escasa guarnición que allí se encontraba. Recibimos a Don Sebastián y tras el orondo preboste del apostadero nos encaminamos a su palacio, que no era sino la casa principal del asentamiento, una edificación de dos plantas rodeada de una empalizada con un jardín que veíase luchando de manera agónica por parecerse a un trozo de aquel Flandes en primavera. No hay mucho que relatar entre este momento y nuestra partida, no cometimos atrocidades, ni abusamos de nuestro poder, tan sólo reclamamos lo que con Don Gustav habíamos pactado y que cuestionamos su confirmación a Don Albert Van Driessche, que con tal nombre se presentó. Para ayudar en su tribulación dispusimos de mas de 45 bocas de fuego desde tierra y mar y 200 hombres listos para convencerlo si no acababa de tomar decisión en aquel momento. No llegó la pólvora a ser humo, ni las espadas a correr sangre, se cumplió aquel pacto. Entregamos el bergantín con sus cañones en el fondo de la rada, recogimos provisiones frescas, oro y plata, a dos arrobas en oro y casi los ocho quintales de plata, rechazamos con amabilidad el té que albergaban en sus tinglados y por cortesía de nuestro rey le dejamos una bolsa de doblones de a 8 y a 4 para no permitir que no hubieran de presentarse en medio de la indigencia ante sus aliados japoneses.

Con orden y con la gloria de robar al que antes nos lo quiso hacer a nos, viramos el ancla de un panzudo San Francisco que algo torpón enfiló el rumbo hacia el sur, hacía aguas abiertas antes de enfilar las más de tres mil leguas que nos separaban de nuestro hogar. Perdimos de vista el apostadero, la mar se abría en ciernes frente a nuestras cansadas miradas deseosas de saberse en camino. Gritos de victoria, abrazos entre todos como si Acapulco estuviera a menos de una legua. Era verdad, estaba en sus mentes, estaba en nuestras mentes, reitero su realidad pues en ello creíamos y si la fe nos demuestra que nuestro señor nos ve ahí arriba, esta fe nos demostraba que Acapulco estaba a un roce de nuestras manos.

Entre tanta celebración y expresión de júbilo, aquella mujer, de nombre Ayame, nos observaba sin expresión alguna desde el alcázar de popa, mientras alternaba su mirara con aquella tierra que nunca mas vería…

miércoles, 20 de agosto de 2008

Oro en Cipango (31)

…No hubo elección posible, no existía posible duda; el piloto holandés era consciente de la determinación de Don Sebastián y sólo quedaba salvar la poca honra que quedaba, junto a las vidas de los que seguían en aquel mundo tan alejado de la tierra donde cada uno había nacido. Pero dejemos esto por un momento, la mañana siguiente de aquella escena entre ambos capitanes comprobamos cómo el horror es capaz de manifestarse de las formas más inesperadas para cualquier alma, sea esta del origen que sea. Hacía más de una hora que ese sol sempiterno, siempre adelantado en aquella tierra, donde son su brillo y el susurro del viento sus deidades más profundas aunque las disfrazasen de nombres indescifrables para un sencillo cristiano como el que estas letras les escribe. Como decía el sol ya empezaba a acortar las sombras de los nuevos mástiles del bergantín, cuando un soldado de la guardia que mantenía Don Sebastián en la zona donde se encontraban los botes, el junco y los materiales de reparación como escolta protectora, alcanzó con uno de los lanchones el costado de nuestra nave desbordado en su estado de ansiedad y nerviosismo. A tal hora de la mañana ya prestos nos encontrábamos todos los hombres en camino cada quién de sus tareas de reparación y limpieza, que se mantenían organizadas por nuestro piloto mayor. Razón por la que, antes de que alcanzara la cubierta del San Francisco, ya estábamos Don Sebastián y el que esto escribe esperándole a pie firme sobre esta.

- ¡Capitán! ¡Es horrible! ¡Una masacre, no sé cómo ha podido ocurrir! ¡Una masacre!...

Aquel hombre, blanco como si recién hubiera brotado de la tierra, sus ojos salidos de las órbitas, las manos temblorosas, rojas de sangre desteñida por el contacto con el agua de mar, aquel hombre no era capaz de mas y se derrumbó como un náufrago recién rescatado del proceloso océano. Don Sebastián mandó zafarrancho y prevención para el combate, envió dos lanchones hacia la orilla con la orden de defender aquella cabeza de playa en que ahora se había convertido con pólvora y sangre si eso fuera menester. Aguardamos impaciente a que nuestro cirujano reanimase a aquel soldado de nombre Alonso de Gálvez, verdadero fantasma del que vi días antes arcabuz en mano sobre el aparejo. Al fin llegó el momento de saber por aquel hombre lo que estaba ocurriendo, Gálvez poco a poco volvió en sí.

- Mi capitán, he vivido guerras por nuestro rey, he cortado gaznates, han cortado los de mis hermanos, hemos llorado, sufrido, he visto cadáveres, resisto por costumbre ya ese aroma profundo que la muerte deja a su paso entre tantos combates, pero siempre con una bandera, un grito y una pasión. Que Dios me perdone si todo eso fue pecado y estoy pagando en vida, pero nunca vi a toda esa gente así…
- Así cómo, soldado. ¿Qué gente? Vamos Gálvez, serénese, estáis a salvo. Bebed un poco más de este aguardiente que lograra reposar vuestro ánimo. Continuad, os lo ruego.

Bebió de un sorbo lo que quedaba de la frasca del capitán, tal brebaje le doto de arrestos para seguir.

- Hoy, cuando amaneció deje el puesto donde había pasado la noche con mi compañero Bernardo Gutiérrez y decidí acercarme a la zona donde debían estar los japoneses. Aquella noche no habían encendido hogueras y no se escuchaba alma silbar desde ninguna parte. Teníamos órdenes de usía de no aproximarnos mas de 30 varas de ellos, pero sospechaba algo, creía que había preparado algún ataque, así que previne a Gutiérrez y me encaminé a su zona de la playa. Conforme me fui acercando comprobé que estaban dormidos, algo que dado el carácter de su capitán me extrañaba doblemente, por lo que grité por dos veces sin recibir respuesta alguna. Decidí continuar hasta que mi arcabuz cayó al suelo, no creía lo que veían mis ojos. Todos los hombres se mantenían tumbados con la mirada abierta hacia el cielo, enormes manchas oscuras rodeaban sus cuerpos. Alguien los había degollado sin resistencia, con mi espada desenvainada, me acerqué hasta poder golpear sus pies, todos estaban muertos, desangrados, degollados, pero, ¿por quién? Sólo su capitán estaba armado y unos pasos mas adelante obtuve la respuesta, pues pude comprobar a este cómo claramente se había suicidado con su espada japonesa. ¡Los degolló su capitán! ¡Os juro que lo que cuento es tan cierto como que moriré, mi capitán! ¡Padre, padre, deseo confesar!

Mientras Gálvez, lloroso confesaba sus pecados ante el Padre Ruiz, encaminamos nuestros pasos hacia la playa. Todo lo que Gálvez había relatado era cierto. Las moscas invadían ya aquella espeluznante estampa de ciega fe. Comprobé que aún se podía ser más fanático que nuestros vicarios del Santo Oficio.

- Alférez Sebastián, entierre a estos hombres lo antes que pueda. Dudo que necesiten bendición cristiana allá donde parece que decidieron ir. ¡Vámonos de aquí cuanto antes! ¡El resto de los hombres duro con el bergantín! ¡Sacad todo lo que pueda valernos del junco y quemadlo!

Enterramos aquellos cuerpos, que no por estar muertos sino por la forma de haberlo hecho, algo que nuestra cultura no estaba acostumbrada, hizo que nos costará más que nunca dar sepultura. Pasaron dos jornadas más en aquella playa ya de ingrata estancia y el bergantín ya era de nuevo, su proa parecía esperar con ansia las millas de mar avante que volvía a tener como promesa del viento. Casi sin despedida viramos el ferro, tan solo una cruz en lo alto de la colina como reseña de nuestro paso por aquellas dos islas de contraste entre victoria y dolor.

Fueron tres singladuras de constante viento y sin contratiempo alguno hasta casi alcanzar el sur de la gran isla Japonesa. Don Gustav nos indicó dónde se encontraba su base comercial y las defensas que mantenían en aquella isla que parecía llamarse Hirado. A media jornada de arribada fondeamos protegidos del canal de acceso y el posible avistamiento por parte de los que allí se encontrasen. Tocamos a silencio y zafarrancho, establecimos guardias sobre lanchón para avistar un posible navío holandés que aproximase sin previsión. Mientras, desde nuestra recogida rada, a la que bautizamos con el nombre de Bahía del San Felipe en honor a nuestro Rey, nos reunimos para preparar la entrada sin sobresaltos a la factoría comercial holandesa. No podíamos fallar en este soñado último esfuerzo antes de enfilar nuestro deseado Acapulco.


Amanecía en la rada, después de recibir las novedades de nuestros dos lanchones de observación, nuestro comandante dispuso el zafarrancho de forma general, mechas prestas en las baterías, mosquetes, arcabuces, todo dispuesto para un ataque en toda regla desde el San Francisco que zarpaba con varias millas mas a popa fuera de la vista del objetivo mientras el Bergantín se aproximaba al lugar con cien hombres armados bajo la cubierta, junto a los cañones así también listos para abrir portas y hacer fuego; sobre el alcázar de popa acompañábamos a Don Gustav, mi buen Sebastián y el que esto relata que tensos acercábamos cada vez más a sus muelles…

lunes, 18 de agosto de 2008

Oro en Cipango (30)

…Recogimos los heridos y hundimos los restos calcinados de los dos juncos, encaminando nuestras proas hacia aquél escondite, aquella pequeña bahía entre esas dos islas a las que bautizamos al fin, como Rica de Oro y Rica de Plata. Con el alba logramos hacer fondo ferro a las tres naves. El junco estaba en muy buen estado por lo que más tarde decidimos vararlo en una lengua de arena sobre la playa para evitar su pérdida por aquellos hombres deseosos de escapar. El bergantín, en cambio, era un despojo aún flotante, al parecer seguro, pero sin mástiles con los que alimentar la nave de viento. Enterramos a los muertos en número de más de 200 almas que ya no verían aquel amanecer como mortales; en esta tesitura el padre Ruiz lideró una ceremonia sin la sempiterna e impuesta “verdadera religión” para todas aquellas almas, tuvo la clase y la grandeza, que yo siempre sospeche adolecía tanto como desmedía el perímetro de cintura, de respetar a cada creencia su postrer despido. Una vez puestas las almas en caminos, creo de similares destinos, aunque distintas veredas de tránsito, nos dispusimos a organizar lo que quedaba en condiciones de marear. Habían muerto los capitanes holandeses y tan sólo quedaba un piloto de su tripulación en pie, con el que nos reunimos en la cámara del capitán, no sin antes ofrecerle ropas y tiempo de adecentar su presencia.

- Sed bienvenidos a nuestro navío de nombre San Francisco. Mi nombre es Don Sebastián Vizcaíno, Capitán de esta expedición y encomendado de su majestad el rey Don Felipe III para estas tierras y mares.
- Gracias os doy por vuestra acogida tras la dura batalla que os reconozco llevada con ingenio y bravura. Mi nombre es Don Gustav Werth, piloto mayor del bergantín Nordlingen, navío comercial armado para esta ocasión, funesta en su colofón a nuestras armas.

Su gesto abatido, demacrado y falto de brillo, era el puro reflejo de toda la dotación de aquél bergantín que se preguntaba qué hacía allí, por qué habían seguido a aquel galeón. Conversamos todos, nos ayudamos sin retardo, pues la batalla había acabado y con ella nuestra fuerza contra ellos. Nos habíamos convertido en ayuda y compañía única, que así es este espíritu loco del hombre, unas veces matas a tu enemigo y al segundo le salvas de su destrucción. Aun pasados 65 años de mi vida no logro entender este sentido de la vida, aunque ya la doy por vencida a mis sentidos, que seguro entenderán cuando cruce este Rubicón, que no es otro que la visita de la Muerte y su afilada guadaña.

Después de aquella reunión dispusimos la reparación del bergantín mediante aparejos de fortuna, que buenos maestres carpinteros había en ambas naciones para lograrlo y madera en aquellas islas para conseguirlo. Los japoneses que estaban allí, cada vez resultaban más molestos y los problemas crecían, pues ellos no habían sido más que amigos de los dos y por tanto enemigos de ambos. Su destino empezaba a ser gris, por lo que nos avenimos a parlamentar con ellos que siempre se guardaban de nosotros a varias yardas al otro lado de la playa. Fue la conversación pausada y de un extraño sosiego, ayudados por los holandeses y aquel pequeño, que me seguía todas partes con un creciente y prodigioso dominio del español que me tenía al tanto de todo lo que se cocinaba entre ellos, nos entendimos y nos dijeron que, a cambio de que les dejáramos en aquella parte de la isla ellos cumplirían su obligación de mantenerse pacíficos como prisioneros de batalla. Creímos en su palabra como caballeros, que todos los que allí estábamos nos considerábamos y le permitimos portar sus armas a aquél capitán de furiosa mirada a pesar de la terrible derrota sufrida.


Con los japoneses controlados bajo la palabra de su capitán encaminamos nuestros pasos a la orilla frente a los dos navíos, lugar de frenética actividad en aquellos momentos con un palo casi listo para aparejar al bergantín como trinquete, que haría compañía al mayor que ya cimbreaba enhiesto apuntando al cielo del Japón. Junto a los carpinteros, calafates y cordeleros que no precisaban intérpretes para sus labores, el piloto holandés observaba con cierto orgullo el renacer de su ahora bergantín.

- Nada hay que no tenga remedio, Don Gustav. Buena labor hacemos juntos, lástima que tantas religiones, reinos y chanzas de corte nos hagan combatir.
- ¡Buenos días capitán! Buenos días a todos. Razón albergáis en vuestra reflexión, mas no es de nosotros la misión de dirigir el mundo, sino las naves que nuestros amos dispongan.
- Os devuelvo razón sin peros. Es grande la mar y su permiso temporal hacia nuestras míseras cascaras de nuez. Un lugar donde no reinan reyes sino hombres como nosotros, donde la vida se ve directa, se siente cerca del abismo, donde se sabe quién merece ser rey y dónde reside el respeto que uno se gana. Pero dejemos esta interesante charla aquí, os propongo un refrigerio a bordo de nuestro navío para continuarla a la sombra de nuestra cámara con un buen aguardiente entre las manos.

De esta manera nos encaminamos a bordo de un lanchón hacia el San Francisco donde abarloamos junto a la escala, para plantarnos Don Sebastián, Don Gustav, Nuestro Piloto y su igual Don Gustav en la cámara de nuestro capitán. Brillaba el sol, aquellas islas no eran las buscadas, pero fueron de cierto al fin las que nos dieran la vida y el orgullo de la misión cumplida. Corrió el aguardiente, las palabras manaban como agua de manantial de primavera, Don Sebastián enfiló por derecho hacía el holandés con lo que su mente llevaba rondando desde que amaneció y había conseguido quitar el problema de los japoneses de forma temporal.

- Don Gustav, ahora que bien nos encontramos, a gusto y sin malos sentimientos, debo proponerle a vos, como capitán de sus hombres en este trance, una solución que nos beneficie a ambos.

Quedamos en silencio todos, esperando el final de aquella propuesta que aún no habíamos oído

- Os escucho, capitán.
- Bien, como decía, ambos deseamos lo mejor para nuestros hombres, para nuestros reinos y que la vida sea benigna con nuestro futuro. Por esto se me ocurren dos posibilidades que creo que no tiene duda en la elección por parte de vos.

Silencio reinante interrumpido tan sólo por el aguardiente escanciado en los vasos de ambos capitanes de la mano de Don Sebastián.

- Mi propuesta es que vos nos llevéis a vuestro apostadero más al sur. Allí nos mostraréis y entregaréis todas las cartas de navegación que dispongáis, el oro y la plata que pueda nuestro navío cargar y por semejante generosidad de parte de vuestras mercedes, os dejaremos en tal apostadero con vuestro reparado bergantín. Eso sí, sus cañones y los que dispongáis en el puerto habrán de ser clavados por nuestros hombres. Considero una propuesta justa. Os dejamos lo más importante, que no son otra cosa que vuestras vidas, haciendas y navío con qué retornar a vuestra tierra holandesa. Mi palabra de caballero, de español y de hermano en la mar como vos es mi garantía.
- Entiendo que la segunda propuesta no es recomendable para nuestras armas. ¿Me equivoco?

Don Sebastián se levantó descubriendo el cañón sobre la cureña en la aleta de babor que era testigo de aquella conversación dentro de la cámara.


- Mi respetado Gustav, mi palabra también empeño en que arrasaré vuestro apostadero sin dejar alma sobre tierra en caso de que optéis por la segunda. Ahora creo que es vuestra la elección…

domingo, 17 de agosto de 2008

Oro en Cipango (29)

...silencio, tensión, pequeñas señales para mantener el rumbo; podía sentir que hasta la nave acallaba sus golpes sobre la mar en esos momentos algo revuelta. Arcabuces apuntando por igual a bergantín y galeón, cañones de caza prestos a las arboladuras, marineros cada cual a su escota con un ojo al viento y otro al gesto del nostromo. Garfios de abordaje prestos, de segunda opción que no era esa nuestra baza. Mientras los juncos, mas a proa de aquel dúo holandés ganaban leguas al viento y la mar en pos de nuestra vista, alejándose así del declarado por nos como zona del combate. Mi Sebastián sobre la cofa de la mayor mantenía firme el ánimo de sus hombres, apostados en cada verga y juanete, minutos antes nos habíamos dado un abrazo como el que tantas veces nos pareció el último y que por la gracia Divina no lo fue. Mi puesto estaba en la segunda andana, con los cañones de 24 libras. A mi señal batirían cada borda enemiga sin piedad quedando prestos a disparar una segunda en caso de necesidad.

Nos acercábamos, diez cables y sin novedad, cinco, cuatro cables, ya podíamos oler sus fragancias a pólvora, brea y sudor. Un cable, sus voces, en ese flamenco que tanto he oído relatar por algún soldado venido a la nueva España, las teníamos como amantes susurrando en nuestras orejas ya. La distancia entre ambos había decrecido un cable, con lo que nuestras posibilidades en cumplirse la sorpresa eran perfectas. Su propia precaución sería su muerte certera.

¡Estábamos bordas con bordas! La imagen, si de un ángel enviado por nuestro señor fuera el que esto escribe, podría mostrar a tres navíos con el mismo rumbo, dos con sus bocas de fuego, vista de águila y garfios de abordaje sobre el horizonte al que nunca se alcanza, el tercero con mas 150 bocas de fuego de todos los calibres, apuntando a esos dos infelices que nada esperan en su loca persecución. La balconada de popa nuestro navío rayaba la misma del galeón cuando Don Sebastián dio orden de fuego, que repetimos todos desde nuestros puestos con la voz más en grito que nunca supimos forzar. Debían saber que éramos sus enemigos, a los que buscaban que nos éramos los que los habíamos encontrado.

- ¡¡¡Fuegooo!!!

El estruendo fue formidable, varios soldados cayeron desde el aparejo por la enorme vibración de 50 bocas de fuego bramando al mismo tiempo. Dos pitadas claras de nuestro nostromo entre aquel estruendo sirvieron para enfachar el San Francisco, que se detuvo como carro de mulas hocicadas, mientras aquellos dos navíos seguían marcha avante. Gritos de alarma, fuego que alumbraba sus cubiertas rebosantes de aparejos, jarcias y velamen destrozado. Desde nuestro alcazar pudimos observar como sus portas aún sanas abrían y enseñaban los cañones para machacar a un enemigo que creían enfrente. Todo fue una cadena mortal, como la peste que antaño sufrió la vieja Europa, unos dispararon sobre los otros, y estos no quedaron atrás. La confusión dio alas a aquella batalla infernal entre hermanos.

- ¡Preparados para abordar a mi orden! ¡los hombres de las frascas incendiarias atentos a los juncos! ¡Don Miguel cazamos viento y alejemos mil yardas del objetivo!

Con una maniobra limpia salimos del campo de los relámpagos, la sangre y quedamos en conserva, pendientes de los juncos que no tardarían en topar con nosotros. Bajaba del alcázar de popa, de dar cuentas de nuestra artillería a nuestro comandante, cuando vi al pequeño escondido tras la fogonadura de la mayor en la primera andana.

- ¡Hijo, qué diablos haces aquí! ¡ven conmigo!
No pude llevarlo a su cámara pues avistaron dos juncos que se lanzaban en tromba contra nuestra borda de estribor. Llamé a uno de los pajes que baldeaba con arena la cubierta de artillería, arena que secara la sangre que riega las cubiertas durante el combate.
- ¡Chaval, este niño ha de ver la luz del día, juro que de eso dependerá que tu también la veas! ¡Defiéndelo con tu sangre hasta el fin!

Así quedó el niño con otro no mas mayor que él, entre varios sacos de arena protegidos de las balas, mas no del puro horror de la guerra a bordo de un navío de su majestad.

- ¡Baterías de proa, apunten a su junco!¡baterías de popa al suyo! No disparen hasta que se acerquen y a mi orden! ¡Mechas listas!

Desde las batayolas los arcabuces esperaban de igual forma su turno de disparo, mientras los chuzos de abordaje y sables de filo doble temblaban a la espalda sedientos de sangre. Tensa espera que fue interrumpida por una tremenda explosión. Luz deslumbrante como fuego purificador, que permitió ver las caras de los japoneses, las nuestras, las de todos con el reflejo del horror que inundaba a todo el que corazón tuviera. El galeón holandés había estallado, arrasando la arboladura del bergantín en su golpe de viento. No dio tiempo para contemplar semejante desastre, los juncos estaban ya a tiro de arcabuz.

- ¡¡¡Fuegooo!!!

Veinte cañones arrasaron el velamen y las cubiertas de aquellos juncos que nunca hubieran imaginado aquella devastación. A la andanada le siguieron las frascas incendiarias que convirtieron aquellos barcos en teas, sin otro sino que el de alumbrar el desastre. Mientras la masacre se cumplía corrí al lugar donde había dejado al paje junto al niño entre sacos de arena. Allí estaban aturdidos y con la mirada seca por la falta ya de lágrimas con que alimentarla. En menos de una recarga de cañón puse al niño en brazos de su madre, que se abalanzó sobre él como alma perseguida por el Diablo.

Quedaba el tercer junco pero su capitán, aterrado como sus hombres, se aprestó a rendir su embarcación. El bergantín rendido ya, accedió a que subiéramos una comitiva desde nuestro serení, una vez a bordo le conminamos a dar uso del junco para la recogida de los heridos. Nuestra victoria había sido perfecta, tanto como lo es la Muerte. ¡Maldigo a estas latitudes de mi vida la perfección de tantas guerras, que solo lo son en muerte y destrucción!
Dejamos a bordo un destacamento junto con marinería suficiente para hacer firme el remolque del bergantín, apresamos al capitán del junco y llevamos a todos a nuestro navío. No hubo muertos en nuestro lado, tan solo seis soldados malheridos de huesos por la caída en la primera y espectacular andanada sobre ambos navíos holandeses. Los cuerpos inertes flotaban golpeando los costados de las embarcaciones aún a flote, otros gritaba pidiendo auxilio en japonés, flamenco o incluso español, nos dispusimos a ello era obligación de alma humana tal acción…

sábado, 16 de agosto de 2008

Oro en Cipango (28)

…tuvimos tiempo, es cierto, pero no con el que nuestros planes contaban. Los dos juncos, una vez franco el estrecho y enfilando proa al sur convinieron con nosotros en dar avante con media jornada aproximada de distancia a nuestro navío. Algo que desearía cualquier comandante de navío, disponer a modo de fragatas aquellas especie de bergantines de observación para protección de su flota, en este caso del San Francisco. Aún así, nuestro capitán, precavido como el que mas, no quedó durmiente a la espera de promesas de avisos.

- Nostromo, pite zafarrancho y prevención para el combate. Todo a presto salvo las portas de los cañones.
- A sus órdenes, mi capitán.

Navegamos de tal guisa dos singladuras sin novedad alguna. Un buen viento del Este nos empujaba de un través alegre, aquella marcha nos deleitaba con la sonora cantinela de la mar tajada por nuestra quilla, limpia y deseosa de volar sobre ella. No podíamos descansar con la misma soltura que en navegación normal, pero fue algo que asumimos como prevención ante la posible respuesta del Shogun o quizá de aquel lugarteniente mancillado en su “honra”. De nuestros invitados, ya miembros de tripulación con asiento en el libro al uso, nada decirles, más que los niños eran la delicia de todos los hombres, no había nadie que no les hubiera regalado algo hecho por sus propias manos para su juego; la mujer, de la que para entonces ya conocía su nombre, algo que sonaba tal que Ayame Sidehara, sólo les diré que se mantenía serena, segura y con una dignidad que crecía en cada milla recorrida. Casi siempre se la veía apoyada sobre el alcázar de popa, observando a sus hijos, observando la costa de su país desde aquel lugar doblemente extraño por ser navío y extranjero; cada día iba pareciendo en su rostro serle más agradable y de buen recibo la estancia en nuestro navío. Durante las comidas no conseguimos verla sentada en la mesa del capitán, tan solo logramos que se sentara en un taburete cercano aunque siempre separada junto a sus hijos. Lo entendimos como timidez o miedo almacenado después de todo lo pasado que nosotros vimos y lo que nunca pudimos ver. Mi relación como tutor y responsable se reducía a intentar ser amable y abrirle el paso a cualquier zona del navío donde tuviere permiso para acceder. Sus hijos eran ya mas cercanos a uno y poco a poco me iba entendiendo con ellos. Era un forma de ir acercando más mi persona a ese mundo tan aislado y diferente al nuestro, y es que los niños son niños en cualquier parte de este mundo tan cruel a veces también con ellos.

Dos jornadas pasaron sin novedad, como les relataba varios renglones atrás; fue al atardecer de la tercera cuando avistamos las velas de uno de los juncos cazando al límite sus extrañas las empaladas. Parecía que la sospecha se convirtió en confirmación.


- ¡Vela por la proa!¡ Parece uno de los juncos, capitán!

Me subí a la cofa del trinquete para confirmar aquel avistamiento de nuestro vigía y mi largomira confirmó aquella alarma. Era uno de aquellos juncos, al que seguía el segundo a pocos cables de este. Quedaban cuatro o cinco horas para que el manto de estrellas borrase cualquier silueta que no fuera sensible al brillo de una estrella o el reflejo de la luna en cuarto menguante, por lo que apretamos también el andar de nuestro navío para trabar lengua con aquellos aliados temporales, antes de que arribara la noche y salir de dudas acerca de aquella imagen que no presentaba buen augurio.

Con nuestro aumento en la velocidad y su premura conseguimos tomar contacto. Con rapidez, lanzaron al agua una de su pequeñas canoas y conseguimos entender que se acercaban varias embarcaciones armadas, no estábamos seguros de su nacionalidad, aunque sí de sus intenciones de batalla. Conseguimos también comprender que llevaban soldados a bordo y que ellos nos dejaban allí, retornando a su tierra donde podrían defenderse. Agradecimos su aviso, teníamos la noche como seguro de vida y eso nos daba tiempo de preparar ataque, defensa o huida hacia el oeste, que no teníamos clara la reacción correcta. Antes de marchar nos indicaron hacia norte las pequeñas islas que habíamos dejado por el través de estribor, donde poder ocultarnos y dejar paso libre a aquellos navíos desconocidos, pero armados y con claras intenciones belicosas. Don Sebastián optó por esto último, así que maniobramos al efecto enfilando las dos pequeñas islas que habíamos dejado a nuestro estribor dos millas mas a popa.

Silencio a bordo, la luz aún era intensa y nada veían nuestros vigías ahora apostados en el palo de mesana. Mientras, las islas se aproximaban y las tomamos por el pequeño canal que las separaba. Con una señal de agradecimiento desde la borda nos despedimos de aquellos dos juncos que rasgaban la mar como navaja sobre tela de fina seda por arribara tierra segura.


- ¡Don Miguel, sondando cada minuto! ¡No quiero dejar aquí mis huesos! ¡Don Martín, vos, con nuestro alférez mantengan prestos a la dotación! ¡Nostromo, quiero listo el serení, en cuanto hagamos ferro a cubierto con el alférez varios hombres de descubierta al punto mas alto de la isla que da al este!
Creo que fue el santo que a popa lleva su nombre nuestra nave, el que intercedió por todos logrando hacer fondo ferro entre un brazo de rocas y una lengua de tierra poblada por una densa vegetación. Se tocó a silencio de nuevo, bajo pena capital y quedamos todos pendientes de la arribada del serení con nuestro valientes a la orilla. Fue dejarlos en esta y volver a por un destacamento de otros diez hombres que dejar de puesto intermedio en la orilla, entre mi Sebastián y el navío.

Mantuvimos la tensión hasta por fin saber de cierto que del sur navegaban en nuestra busca un galeón junto a un bergantín armado holandés y tres juncos armados. Anochecía cuando todos nuestros hombres ya se encontraban a bordo sanos y salvos, había que tomar una decisión sobre aquella escuadra que pasaría muy cerca de nosotros.

- ¡Caballeros, a mi cámara!¡Consejo de guerra!
Nos reunimos allí Don Miguel, mi buen Sebastián, el nostromo y yo mismo. Había que decidirse por una acción.

- Caballeros, por lo que nos informa nuestro alférez, se aproxima una flotilla con intención de arrasar con nosotros. Un galeón con, al menos, 30 cañones y un bergantín armado, con estos dos hijos de los pantanos navegan tres juncos rápidos y armados, pero sobre todo con dotación suficiente para el abordaje. Hay que decidirse por atacar ahora o ser perseguidos después cuando descubran el engaño de estas islas. Nuestros cincuenta cañones y trescientos hombres prestos es una garantía ante los holandeses, que por solo nuestra presencia ya tendrán el miedo en sus cogotes de herejes, pero desconozco la respuesta de los japoneses en combate.


- Con su venia, capitán. El Alférez Sebastián indica que van el bergantín y galeón a unos 6 cables con bordas paralelas. Podemos posicionar nuestro navío en esta noche de luna menguante entre ellos y dispara a ambos, enfachar el navío dejándoles en combate abierto mientras retornamos a nuestro refugio. Me queda el cabo desparejado de los juncos, pero creo que después de la confusión unas botellas incendiarias sobre sus velas en caso de pasar cerca de ellos con nuestro bordo mas elevado, sería un buen argumento para que nos permitieran apuntar sobre ellos con acierto y mandarlos al infierno. También podríamos quedarnos aquí y plantar cara a la luz del día, pero no me parece muy beneficiosa plantear la jornada de esa manera para nuestras armas.

Todos quedamos en silencio, yo creía en mi maniobra no tanto porque llevara éxito asegurado en cédula real, sino porque era una apuesta, era una aventura y teníamos el coraje y la pólvora para hacer lo que ellos nunca se esperarían. Don Sebastián asintió

- Don Martín, nunca dejaréis de sorprenderme, así lo haremos aunque con alguna objeción que vamos a comentar ya en cubierta. ¡Don Miguel, virando el ancla!

En silencio mortal libramos el ancla, diez hombres a bordo del serení con orden fueron remolcando a nuestro navío hacía la salida norte del aquel pequeño canal entre ambas islas. Mientras, bajé a mi antigua cámara que ahora era de aquella familia perdida para intentar infundir calma y seguridad. La mujer aferraba a sus hijos como polluelos, mientras yo les dejaba esta vez una pistola cargada y un cuchillo. En eso estaba cuando el niño corrió hacia mi abrazándose a mi pierna y espada, que juntas caminaban. Sentí una inyección de valor y un sentimiento de refrescante responsabilidad de lo que era la palabra tutor, que nunca había sentido. Con suavidad lo deposité en los brazos de su madre, que me devolvió una mirada de agradecimiento con la que me fui convencido de la victoria.

Noche casi negra, una escandalosa luna en cuarto menguante nos quería descubrir. Nosotros sabíamos su posición, mientras ellos solo veían proa avante sus amuras, no esperaban nada por su popa. Nuestra ventaja iba aderezada con cincuenta mosquetes sobre las vergas, veinte hombres con las frascas incendiarias prestas a lanzar a los juncos a un grito, los cincuenta cañones cargados y a una voz del artillero, toda la marinería preparada para la maniobra, esto último era lo más sensible al triunfo. Don Sebastián con el sigilo propio de la situación se acercó al Nostromo en el combés desde donde este ordenaba la maniobra a las indicaciones de Don Miguel.


- Nostromo, que corra por toda la dotación. ¡Santiago y cierra, España¡...

jueves, 14 de agosto de 2008

Oro en Cipango (27)

…No eran realmente esquifes al uso, pues tan solo se asemejaban a los nuestros en sus similares inicio y final que las hacían diferentes a cualquier lanchón, por muy real que éste fuera. Lo demás era distinto, disponían de un palo mayor del que cruzaba el velamen al estilo oriental de un junco oriental y dos parejas de remeros en cada embarcación, que cuatro eran en su totalidad.
Desde nuestra nave preparamos el recibimiento con nuestras mejores galas, Don Sebastián se engalanó con los mismos ropajes con los que se presentó al Shogun; Don Miguel, Sebastián y yo hicimos lo que buenamente pudimos, que no estábamos para galas cortesanas. Retiramos a nuestros invitados, hasta poco tiempo secretos, a mi antigua cámara y nos dispusimos a recibir a aquellas gentes que no conocíamos, pero que sabíamos de su decidida voluntad y valentía, consiguiendo mantener a raya a los japoneses del otro lado del estrecho.
Aquella isla o continente, que aún desconocíamos su definición geográfica, era de aspecto glacial como las tierras que relatan más al norte de Flandes, tierras que vive Dios, no acierto a comprender a la humanidad que en ella deshoja los días y las noches entre nieves y ventiscas.

El invierno había ya aflojado su poder unas pocas semanas antes y ya se perfilaba la primavera. Aún así, las cumbres que rodeaban aquella villa se divisaban blancas y poco acogedoras para una supuesta expedición de hombres hechos ya a montañas de agua coronadas por mantos de blanca espuma de sal y agua. Al fin subió la comitiva compuesta por seis aguerridos soldados de similar vestimenta que los vecinos suyos del sur y un hombre de aspecto similar a ellos aunque con mayores brillos y algo más de volumen humano. Mi impresión era la de un pueblo más presto a defenderse que a servirse de lo conquistado. No hablaban nuestra lengua, más con el esfuerzo de Don Miguel, Don Sebastián y el mío propio llegamos a entendernos, que bien saben vuestras mercedes que cuando entre caballeros la meta es el entendimiento, no hay barrera de acero, piedra o religión que lo impida.

Fue grato el encuentro, invitámoles a café y buen aguardiente de nuestro capitán mientras les demostrábamos nuestras intenciones y nuestro origen de mas allá de los mares que ellos imaginaban inexistentes. Comprendimos su enorme acogida, pues nos éramos enemigos acérrimos de los holandeses, como ellos lo eran de japoneses. Ambas naciones se mantenían en armonía y eso hacía que nosotros fuéramos de su agrado. Sus intenciones eran la de mantener su independencia frente al poderoso vecino del sur, la nuestra anular los vínculos comerciales con los holandeses. Hablamos de las tierras existentes mas al norte de aquella posición, a lo que nos indicaron que cada grado mas en aquel rumbo no nos traería mas que averías y frio, mucho frío. Nos permitían seguir, pero no aseguraban que el frío de aquellas latitudes no acompañaba la riqueza que nos buscábamos. Sus fuertes argumentos y su rotunda defensa ante un enemigo del que conocíamos su poder, nos convenció para no seguir aquel rumbo. Intercambiaron presentes, don Sebastián le regaló uno de sus pistolones de abordaje con la culata de plata mientras que desde la parte contraria una caja con perlas de enorme tamaño y belleza llegaron a las manos de nuestro capitán.

No nos permitieron bajar a tierra y nos suministraron toda la provisión en vituallas y aguada que solicitamos. Era claro su deseo a que abandonásemos la rada y los dejáramos libres de nuestra presencia. Después de haberle comentado nuestro capitán la huida en lanchón del delegado del Shogun, este nos previno de su respuesta, que sería segura y al ciento violenta, por lo que le agradecimos su proposición de escoltarnos durante tres singladuras con dos juncos armados como guardia flotante. Así decidimos zarpar sin demora en cuanto las vituallas estuvieran estibadas en conveniencia y nuestra tripulación presta para ello, lo que estimamos en dos días desde aquella entrevista. Con honores de rey despedimos a aquella comitiva, prometiendo ayuda y alianzas futuras con nuestro rey frente al Japón y los Holandeses. Al menos disponíamos de dos jornadas de calma relativa, que de nada había en aquellas lejanas tierras que fiar la vida y hacienda, por lo que mantuvimos la guardia y la brasa encendidas, prestas para varios cañones a cada borda.

Nos dispusimos a cenar, y aprovechar la calma propia de navío a ferro frente a rada de abrigo para hacernos un homenaje entre aguardiente, viandas y buena compañía aquella noche.

- ¡Buen provecho, caballeros! Brindemos por el destino que parece querer devolvernos a lugares más cálidos.
- ¡Salud, capitán! Pero me pregunto si es que nuestras soñadas islas no existen.
- Por lo que hemos visto en toda la costa este del Japón nada había que coincidiese con tal descripción. Más al norte puede que existiera alguna de tal guisa, algo que claro nos dejó el señor de estas tierras que, o el frío o seguramente ellos, nos pondrían los hierros al rojo si se nos ocurriera tal idea. Tenemos un buen barco, a punto, cargado de buenas mercancías, con pólvora y balerío para barrer a una flota, pero sin apostadero que nos sostenga tras la lucha. Hemos de regresar con tales informaciones, con las cartas de navegación conseguidas y dejar a nuestros frailes y religiosos que perseveren en su silenciosa labor de conversión religiosa, que ya habrá tiempo para regresar después nosotros con poderío suficiente para agrandar, más si cabe, nuestra corona.
- Regresar, suena bien esa palabra. Acapulco, México. ¿cómo seguirán aquellas ciudades? Echo de menos mi tierra de Nueva España.
- Nos os atormentéis, Don Martín. Volveréis, como Conde que sois y que para mí nunca dejasteis de serlo. Ahora brindemos de nuevo por el regreso. Un regreso que pasa por barajar la costa oeste de este país y encontrar el apostadero de los holandeses. Desde donde trafican con esas hierbas de gusto agrio que algunos llaman té. De forma personal el shogun me autorizó su ataque, me indicó su apostadero al sur de Uraga y que debía encontrarlo de forma indirecta. Ese shogun es retorcido y no nos quiere a nadie cerca, aunque si nuestro oro. No le culpo, aunque me repugna su doblez. Quizá ahora haya puesto en aviso a esos herejes. ¡Brindemos! ¡Santiago y cierra, España!

Gritamos aquella arenga al unísono como soldados de tercio, infundiéndonos ánimos, que muchas leguas de mar aún tendríamos por la proa del San Francisco antes de arribar a nuestro hogar.

La hora de zarpar llegó inexorable, sin de jar de semejar lenta en su inicio, que a todos nos bullía la sangre por la nostalgia y el deseo de salir ya de aquel lugar. Izamos el ferro largando velamen, varios cables avante nuestro los dos juncos abrían paso en un imaginario camino hacia el sur. Semejaba aquella visión la de un padre lento en su incipiente caminar frente a dos pequeños infantes, que juguetones corrían delante, como celebrando el viaje hacía algún lugar de encanto narrado por ese padre que aún atontado andaba desperezándose.

Horas más tarde ya enfilábamos el sur con nuestro Don Miguel dibujando sin descanso innumerables cartas de navegación, portulanos, lugares de interés, situando aquellas zonas en previsión de un futuro, que la realidad a día de hoy, en este cálido verano de 1634, no parece que sea posible enviar flota alguna. Nuestro rey tiene bastante con pensar en esa tierra pantanosa que tan poco aporta y tantas vidas de todos los bandos se cobra.




Buscábamos el apostadero holandés, sabíamos de su latitud sur y que disponíamos de tiempo para preparar nuestro ataque, o eso creíamos…

martes, 12 de agosto de 2008

Oro en Cipango (26)

... Llegó el domingo, día de Nuestro Señor, en el que rendimos homenaje a su sacrificio por nosotros, día en el que se premia y se castiga las acciones de la tripulación durante la última semana y donde, esta vez, también se hará juicio sumarísimo sobre el contador de nuestro navío, Don Secundino Villarejo, persona de mal fario y peor destino para quién en él osara apoyarse. Tras la ceremonia religiosa y postrer ejecución de los tristemente conocidos de azotes “al cañón”, se dio descanso a toda la dotación menos a los afectados por semejante juicio. Entre ellos estaba nuestro capitán, como supremo juez en representación de su majestad católica, mi persona y la del bueno de Sebastián como testigos, Don Miguel como fiscal acusador, siendo el maestre carpintero Don Gaspar Linares, como hombre mejor formado y por no haber voluntario para ejercer en tal papel. Todo estaba preparado, dos soldados por orden de nuestro alférez Sebastián trajeron esposado al Contador desde el sollado. Antes, habíasele permitido adecentar su presencia con un lavatorio y cambio de ropajes. Don Sebastián, sentado en la mesa de su cámara que hacía de juzgado, flanqueado por Don Miguel y Gaspar Linares ordenó que le liberasen de las cadenas.

- Diga su nombre y cargo a bordo de este navío.
- Don Secundino Villarejo, contador de la armada de su majestad Don Felipe III para este navío.
Aquel hombre, nada comprendía, hasta hacía una semana había dominado desde su apocopado despacho, con su mirada huidiza y sus dedos de rápido contar todo lo que acontecía en cada navío en el que sirvió. Siempre tuvo entre sus manos la impotencia en el escrito y la contabilidad de cada comandante, que con gran boato embarcaba, pero que nada era en cuanto un número sobre otro se enfrentaba a su coselete de capitán. Temblaba y su hablar de tono casi susurrante era huidizo como la mirada perdida entre el suelo y el borde la mesa del capitán.

- Bien, Señor Villarejo, sus acusaciones son las siguientes, a las que deberá presentar argumentos de su inocencia o asumir la culpabilidad esperando la clemencia divina y la piedad de este jurado. Sus cargos son el de vejación e intento frustrado de forzamiento de mujer a bordo de un navío de su Majestad. ¿Cómo os declaráis?
- Inocente, excelencia. Inocente pues no era eso lo que allí hacía aunque fuere lo que parecía...
- Bien, bien lo veremos en el transcurso del juicio con los testigos. Ahora sentaos y escuchad las diferentes relaciones que cada testigo nos ha entregado para su lectura y posterior reafirmación de inocencia por vuestra parte. Mas tarde y debido a su falta de conocimiento de nuestra lengua haremos comparecer a la mujer a la que se os acusa de agredir. Si aún así nada queda meridianamente claro, procederemos a la comparecencia de los testigos de forma personal.

Aquello hundió a Villarejo, sabíase que estaba hundido, un minuto de perdida lujuria echó al traste lustros de sabia y paciente mecánica en el robo y la manipulación. Se echó al suelo temblando y entre sollozos implorando piedad.

- Os habéis declarado culpable de semejante crimen, en el que no llorasteis, ni distes espacio al ruego, ni piedad frente a dos infantes que perdieron parte de su inocencia. ¿Y ahora lloráis?
- ¡Soldados, lleven a este hombre a su sollado hasta que dictemos condena!

Como vela vieja de navío, arrastrando lo llevaron fuera donde la tripulación expectante lo observaba con el desprecio liberado que daba saberlo hombre extraño ya a ellos, pasto de la justicia del Rey. Aquel domingo, por serlo y por estar a ferro el navío, había tiempo para la murmuración y la imaginación de aquella mujer y sus dos niños que nadie había visto, pero que ya algunos definían como princesa oriental y otros como una prisionera europea liberada por Don Miguel y yo. En eso estaba Don Sebastián precisamente en aquellos mismo momentos, cuando nos dieron venia a mi ahijado Sebastián y a mi persona para entrar en su cámara.

- Don Miguel hemos de presentar a esa mujer y a sus dos hijos ante nuestra tripulación. Hágase cargo con nuestro alférez de sacarles de tal lugar y cédanles la camara de vos y Don Martín para su alojamiento. Después de ejecutar la condena que en breve dictaré la presentaremos a nuestros hombres. Don Martín, ya veis que vais a descansar a partir de ahora entre mi cámara y el raso de cubierta, mas como caballero estoy seguro que esto hará sentiros bien.

- Así habrá de ser. Mas espero atento a su dictamen sobre el destino del contador.
- Antes de la media será ajusticiado con arreglo a las ordenanzas que obran en mi poder.

Llegó la hora media, la tripulación presentaba su estampa seria y posición de firmes sobre el combés hacia proa, momentos antes el reo abatido, con su mirada abandonada en lo perdido, la vida y las riquezas que ya nunca volverían. No lloraba, secos sus ojos de tanto hacerlo, resignada su humanidad a perderse en los infiernos que le esperan. Redoble de tambores, silencio en cubierta, sólo la brisa que revolvía la cabullería haciéndola sonar contra mástiles y vergas, gaviotas con sus gritos que simulaban a las risas del destino posábanse de penol a penol como espectadoras de aquella actuación, mientras la bahía se mantenía pacífica y sin novedad alguna como queriendo no ser molesta en un trance como aquél. El tambor cesó en su rítmico cantar.

- Por la autoridad que me confiere mi cargo de Comandante de esta expedición, por la confianza que su Majestad el Rey católico Don Felipe III, que Dios conserve la vida muchos años, me ha conferido dispongo que Don Secundino Villarejo, español de cuna, contador de la armada en este navío de su Majestad, sea declarado culpable de vejación e intento de forzamiento de mujer a bordo de un navío del Rey. Por ello y siguiendo las ordenanzas de nuestra Armada le condenamos a la orca desde la verga del trinquete hasta su muerte que será certificada por nuestro cirujano Don Cosme Gago. ¡Hágase cumplida la sentencia!
Acompañado por el Padre Ruiz, escoltados por cuatro soldados a modo de guardia de vista, alcanzó el alcázar de proa donde confesó su últimos pecados que pocos serían ya a estas horas finales mientras el maestre cordelero le ajustó aquella maroma a su delgado cuello. El tambor comenzó su golpeteo grave y continuo mientras izaban aquel cuerpo aún vivo. Poco a poco sus estertores dejaron paso a la inerte estampa del cuerpo sin vida, el alma dejo de avivar su oscuro corazón y huyó presa del pánico de quien se sabe condenada a los infiernos.
Desde mi puesto en el alcázar de popa no sentí nada, tan solo asco por nuestra humanidad tan perdida por la codicia, el odio y el maldito rencor. Quizá si mi ahijado hubiera permitido que mi acero acabase en caliente con aquella vida, aún seguiría viendo la muerte como hecho supremo de la justicia de Dios, ahora sólo la veo como algo repugnante que no lleva mas que a más muerte. Ese hombre era reo pero no de tal muerte sino del escarnio y la oportunidad de recuperar su honra y pagar su daño, si no ante quienes hizo su mal, si ante otras personas desconocidas que le ofrecieran su oportunidad para que demostrase a nuestro Señor que algo bueno había en su oscura alma. ¿Seré yo perdonado cuando arribe a las puertas del postrer juicio? No lo sé.

La tripulación se retiraba cada uno a sus quehaceres o a la holganza que propiciaba aquella situación, cuando el tambor comenzó de nuevo a sonar, esta vez con un ritmo de aviso que reunió de nuevo a toda la dotación.

- ¡Tripulación! ¡Soldados! Todos sabéis ya que llevamos mujer embarcada con nosotros y dos infantes, que hijos suyos son. Pues bien, ese secreto ya no lo es y en pocos minutos, Don Miguel os presentará a esas almas, que por atormentadas en este reino pagano las hemos recogido en nuestra cubierta cristiana. Antes de ver mujer en la madre de los dos infantes, ved la verga del trinquete y reflexionad sobre el pecado y sus consecuencias. Sed en extremo caballeros como de todos espero y pronto este negro día de justicia cruel quedará sólo en el recuerdo.

En aquel momento aparecieron bajo el alcázar, subiendo hacia nos, Don Miguel con la mujer y sus hijos. Los tres protagonistas de aquel trance que fueron así presentados ante la dotación entre nuestro Padre Ruiz y nuestro Piloto Mayor. Murmullos y miradas esquivas fue todo hasta que nuestro maestre carpintero se acercó a los niños con pequeños trozos de madera tallados a modo de toscos juguetes. Un primer impulso de protección a la madre fue lo que sucedió, más la infancia en su inocencia es sanadora y benefactora de ánimo, con lo que no pasaron dos vuelos de gaviota cuando ya estaban ambos, niño y niña, jugando sobre la cubierta con la sonrisa de todos los que allí estábamos.

Una detonación desde la costa rompió aquel encantamiento.

- ¡Varios esquifes se aproximan capitán!...


lunes, 11 de agosto de 2008

Oro en Cipango (25)

...Navegábamos barajando aquella costa, en menos de una jornada aquel buen viento nos llevó hasta un cabo que al doblar nos presentó mar por la proa con rumbo norte. Don Miguel con aquella mano propia de pintor de la corte, elaboraba verdaderas obras de arte sobre la cartografía costera. Nuestros largomiras oteaban con ansia la silueta de islas, que imaginábamos manantiales de reflejos dorados por los enormes tesoros que escondían entre sus mantos verdes. Nada aparecía en lontananza, mas nuestra fe se mantenía apuntando por largo como cañón previo al combate. Nuestros invitados llevaban dos días escondidos bajo cubierta y creí llegada la hora de plantear la salida a la vida real de aquellos inocentes, en aquellos momentos no sabría decir si castigados por nosotros en aquel barco extraño o al fin liberados de tanta presión inhumana. Mucho después podría descubrirlo. Ahora habría que sacarlos de aquel ostracismo forzado, existía un problema y era nuestro delegado del Shogun. Aquél hombre no permitiría que un súbdito de su país pisara cubierta de navío extranjero y todo ello no acarrearía mas que problemas graves a nuestra misión. Así me lo dijo mi capitán

- Don Martín, comprendo su humanidad cristiana por darles aire y espacio para su holganza, pero esto podría acarrearnos graves consecuencias ante el delegado del Shogun. De momento los dejaremos en esa especie de celda, alimentados y servidos de la mejor forma posible. Cuando desembarque el delegado las cosas cambiarán.
- Tenéis razón, capitán. Ahora permitidme bajar a comprobar su estado con mi buen Sebastián al que creo merece saber de mi esta situación: Sabéis que es hombre de palabra y de probada lealtad.
- No es gusto para mi que esto se vaya propagando, pero creo que tenéis razón. Id, pues y cuidad de esa pobre familia sacada de estas entrañas que aunque por malas y despiadadas las tengo, son las suyas.

Así me encaminé, primero a buscar a mi ahijado y alférez con rango efectivo de maestre para darle noticia de aquella situación. No fue algo que le extrañara, que ya mi fama era bien perfilada por quién me conociera y con un gesto de resignación cristiana caminó a mi lado hacia el sollado donde se encontraban la mujer y sus dos niños. Los ruidos propios de la navegación, con mar llana pero viento suficiente, no nos permitió en nuestros primeros pasos percibir otros de peor calaña, por lo que, de la misma forma que aquel venturoso estado de la mar, así fuimos hacia el pañol del salazón. Fue ya cercanos a este cuando los golpes se hicieron claros junto a los gritos de los infantes de aquella mujer. A un impulso tiramos la puerta abajo con la estampa mas execrable que mis ojos podrían haber visto de otro semejante mortal.

- ¡Maldito perro! ¡Apartaos miserable! ¡Sacad vuestras sucias manos de esa mujer!
De un puntapié lo lancé sobre el mamparo que separaba el pañol del pasillo de crujía. La espada de Sebastián quedó firme y apuntando la boca de aquel trozo de huesos que se decían humanos. Mientras, me acerqué a socorrer a aquella mujer que se recogía las ropas para taparse sus vergüenzas defendidas a muerte. Pude ver su tez blanca como una luna de enero en mi lejana Villahoz, sólo fue un fugaz segundo al que siguió las voces de unos niños aterrados que se abalanzaron sobre su madre. Intenté decir lo poco que sabían en rudimentario japonés sin conseguir nada, así que la dejé sin mas con sus niños mientras torné mis pasos hacia el otro lado del mundo humano, el que se aprovecha de su postura de poder y fuerza para vejar y humillar al semejante, para hacerse superior robando su luz y su sangre.

- ¡Ha llegado al fin vuestra hora! ¡Después de tanta hambre gratuita a bordo, de tantos desprecios y tanto robo de los bienes de nuestro rey, vais a pagar con vuestra vida maldito bastardo!
- ¡Piedad, Don Martín! ¡Os puedo hacer mas rico de lo que podáis imaginar! Cuando arribemos a Acapulco la mitad de mis riquezas serán vuestras y de nuestro alférez. Qué importan esos paganos orientales. Son carne de chusma

No hizó falta mas, mi brazo tensó la musculatura y el acero comenzó su curso mortal hacia aquella garganta blasfema a mis oídos. Una chispa iluminó como rayo divino el pañol, la chispa que produjo el choque de mi acero con el de mi ahijado Sebastián.

- Mi señor Don Martín. Este hombre ha de pagar con la justicia del Rey por la autoridad de nuestro capitán. Merece parlamento y ser ajusticiado delante de sus hermanos.
- Lleváis razón, mi alférez. Mi pasión siempre ha sido la que me ha llevado a procelosas e insondables simas de derrota y depresión. Haremos como decís. Atadlo y encadenadlo, lo dejaremos en la sentina hasta aclarar con nuestro capitán su proceder. Además hemos de dar futuro mejor a estos infelices.

Así encaminamos nuestros pasos a la cámara del capitán después de abandonar aquel despojo humano sobre las húmedas paredes de la sentina, aún seca e intensamente perfumada a brea del Japón.

- ¿Da su permiso, Capitán?
- ¡Adelante! ¿A qué vienen estos remilgos, Don Martín? ¡ Ah, venís con vos, Don Sebastián! Sentaos y bebamos, mientras ese cansino Ashinkaga da sus paseos sobre cubierta, de los que espero no aprenda en exceso.

Contamos de nuevo la situación encontrada y la acción enfrentada, de la que de nuevo Don Sebastián me sorprendió con su sonrisa.
- Vaya, vaya así que además de avaricioso y ladrón, nuestro pequeño contador se deja llevar por la lujuria. Creo que seré el capitán mas envidiado; seré el primer comandante que ajustició a un contador de la armada. Malditos sean semejantes bergantes, liantes de madeja para su beneficio por nuestra poca pericia en sus maléficas virtudes. No conozco quien haya cazado en fiasco a tales personajes, así que bien me viene este ataque de lujuria para hacerle pagar sus robos. Nos vendrán bien sus tesoros de Acapulco, mi compadre Don Martín; tesoros robados al hambre y esfuerzo de nuestros hombres, de seguro habrá para todos y cada uno de los que a bordo estamos. Maestre Sebastián, poned una guardia de custodia al prisionero en el sollado, pan y agua hasta el domingo, en el que procederemos al juicio sumarísimo, después de los oficios y cumplimientos de los ordinarios castigos.

Mi corazón no descansaba, pues el alma que lo rodeaba y que de momento continua en esa situación de cerco a tal músculo en estos momentos, azuzábalo con la imagen de aquel trío de seres que nada sabían. Con la fuerza que se saca desde los fondos del sentimiento seguí adelante, había que mantenerlos en secreto y así continuaría hasta que nos dijera en contrario nuestro capitán.

- ¡Por la amura de babor! ¡Islas sobre cabo!

Fue falso aquel avistamiento, isla vimos, mas ninguna de actividad o población que incitase a desembarcar. Mientras, continuamos nuestro navegar ganando leguas al norte, cartografiando, marcando apostaderos para futuros asentamientos, fueron cinco singladuras hasta la víspera del gran día en el que enjuiciáramos al contador Secundino Villarejo.

Aquél sábado 25 de febrero del año del señor de 1603 encontramos un enorme estrecho entre el Japón conocido por nos y otra isla o continente que podría ser nuestro objetivo. Cruzando el estrecho en la parte no japonesa por orden de nuestro capitán dimos fondo ferro frente a la villa de Hakodate con la negativa furiosa de nuestro lugarteniente y sombra del Shogun, que decidió abandonar el barco. Algo que con gusto facilitamos para trasladarlo al sur a su Japón. Aquello nos daría alas en nuestra intriga y localización de las islas prometidas por nuestra imaginación. Lo despedimos con nuestro lanchón a la vela mientras hacíamos ondear nuestro pabellón imperial sobre la cangreja y el gallardete de comandante en el tope de la mayor.

- ¡Cañón de saludo, Don Miguel!



Un estruendo retumbó en aquella enorme bahía abierta al estrecho mientras quedamos todos a bordo a la espera del juicio al Contador en el día de nuestro Señor y del desembarco en la isla la siguiente jornada si todo nos era favorable...

domingo, 10 de agosto de 2008

Oro en Cipango (24)

...Mantuvimos digna nuestra estampa al paso de la guardia del palacio del Shogun, caballeros éramos y eso pretendíamos seguir siendo. Nuestro capitán aguardaba impaciente en el ala de aquel palacio cedido por nuestro anfitrión. Llevábamos mas de seis horas de retraso. Con un gesto que reflejaba mezcla de asombro y preocupación nos recibió nuestro capitán

- ¿Dónde estábais? Juro por nuestra señora del Rosario que iba a mandar en busca de vuestras mercedes a un escuadrón de estos eternos guardianes de mi aburrida sombra, que siempre nos acompañan por la ciudad y a fe ciega que darían con ambos. Sentémonos ya y hablemos, que tenemos planes por avante.

De esta forma tan directa Don Sebastián nos puso al corriente de la autorización por parte del Shogun de barajar la costa hacia el norte, siempre con la intención oficial de cartografiarla, aunque nos le dispusiéramos otra encomienda mas que era ni mas ni menos que la secreta de encontrar las Islas Rica de Oro y Rica de Plata, nombres tatuados a fuego en nuestro imaginario desde que nos lo relató Don Sebastián a bordo de nuestro navío. En dos días debíamos de zarpar con la marea manteniendo rumbo norte. A bordo llevaríamos con nosotros a un delegado del Shogun llamado Sengoku Ashinkaga, hombre que era capaz de hablar español y nosotros de intentar con él el japonés.

Don Sebastián nos dijo que había una misión mas, que hasta no zarpar no podría revelarnos, confiando en nuestra humana lealtad y bíblica paciencia. Con aquellas breves instrucciones nos quiso despedir hasta la salida hacia Uraga el día siguiente. Mas yo tenía mi decisión clara como meridiano de Cartagena.

- Don Sebastián, hemos de hablarle de algo importante.
- ¿No puede esperar vuestra merced a que amanezca y eso, al parecer tan importante, me lo reveléis mientras nos dirigimos a nuestro barco?
- No, pues lo estimo como algo de lesa importancia. Algo de lo que me hago responsable al ciento, pero deseo este presente Don Miguel en mi confesión para corroborar todo lo que de mi boca escuchéis.
- Me asustáis mi buen Martín. No me digáis que otra fémina ha rondado esa vuestra puerta de extraña y fácil apertura por tal género humano.

Casi sonreí por aquel comentario, tan real y que tanto trajín, dejándome sin doblón al cinto, me acarreó hasta aquellas horas de mi existencia, pero conseguí mantener el rigor en el gesto, encaminando mi ánimo por derecho a relatarle la acción tal y como fue. Durante este, las caras de Don Sebastián pasaron del asombro a la carcajada, del enojo a la compresión y hasta el orgullo en algunos momentos.

- Os agradezco que hayáis tenido el detalle y la bravura de relatarme de primera mano tal asunto, pues que no os quepa duda que nuestro real contador, el pequeño Villarejo, no habríase demorado un tercio de minuto, en cuanto mis reales pisaran la cubierta del San Francisco, en relatarme vuestra, sin embargo, brava acción bien guisada y harto condimentada en pos de su beneficio. Veremos qué se le ocurre ahora, máxime cuando estáis vos por medio de tal danza y es conocido el aprecio que os depara.

Otra carcajada intercaló aquel discurso que, conforme avanzaba, a mis temores mundanos daba visos de victoria sobre la desdicha y el castigo.

- Decís que aquel bruto quedó enterrado y la mujer esta a bordo con los niños. Muy bien me parece esto, dentro del gran desastre que podría haber acontecido en medio de este Japón, mas propio de la España de la Reconquista, exhausto entre caballeros y señores feudales. Nada diremos, que mucha maldad hay entre tantos muros, así cualquiera podría haber matado a ese hombre. Vos, Don Martín os haréis cargo de la mujer y los dos niños; como tutor de ellos os nombro hasta pisar tierras del Rey. Pero os advierto, no quiero ningún roce carnal o tal, que así lo maldiga nuestra Santa Madre Iglesia. Os valoro y os necesito como soldado y marino, dejad la compasión y la sensiblería para otras latitudes y mejores situaciones. Si logramos arribar a Acapulco sanos y salvos vos recibiréis de mi orden la definitiva tutoría ante el virrey; mas en contraria ocasión, os juro que de caballero a chusma de galera pasaréis sin remisión. Ahora dejemos tales zarandajas y tomemos el resuello al lecho que nos dan en este palacio, del que ya hartos tengo mis sentidos, antes de que este maldito sol, que en esta tierra parece salir siempre antes, nos haga partir hacia Uraga.

Nos miramos Don Miguel y un servidos de vos con sentimiento de satisfacción, con el gesto liberador por la recuperación de gaznate ya dado por perdido. Sin saberlo, estaba seguro de la clase de nuestro capitán, sabía serlo. Nos acostamos con la dicha del nuevo día y la nueva jornada a bordo ya de nuestra nave.

Cabalgamos Don Sebastián, Don Miguel, nuestro Padre Ruiz y yo mismo en mudo silencio y al trote; en la jornada siguiente el delegado del Shogun, Ashinkaga, se presentaría a bordo, con lo que pudimos hacer el regreso con el gusto de poder conversar sin extraños, nos costó, pero al final la conversación brotó de nuestras lenguas. Informamos al Padre del lance y sus consecuencias, no dándole este gran importancia. La verdad es que no valoraba en demasía sus almas y por ende sus cuerpos; prometió guardar el secreto. Parecían importarle más las viandas no degustadas, pues se le veía apenado de abandonar aquellas tierras paganas con pocos cristianos que le escucharan en sermón dominical. Y es que vida como aquella no la debió conocer el padre Ruiz, fraile, que si no lo conociera a esta alturas de la expedición, juraría que iba a ser él el que se convirtiese a aquellas religiones paganas si le prometieran semejantes dispendios gastronómicos.





Arribamos sin pena pero con la gloria de sabernos pronto y prestos a partir engolfándonos en mar abierto. Tiempo había pasado y no recordaba aquella visión tan hermosa que era aquel embarcadero donde orgulloso se mecía nuestro navío. El gallardete de nuestro comandante bailaba al son del viento de poniente, como queriendo rendir saludo a su dueño en tierra y dios en la mar. Desde la plancha del barco nos esperaba el contador, ansioso y aparentemente deseoso de hablar con nuestro comandante que, al hilo de todo, nos dedicó un gesto de cómplice que casi desbarata todo el pequeño telón que manteníamos corrido desde nuestra confesión.

- ¡Buen día tenga vuecencia, Señor Capitán! Sea bienvenido a bordo donde le esperábamos todos los hombres como verdadera promisión. Loado sea el Hacedor que nos mantuvo firmes y presentes para presentar a vos su navío presto para bregar mares y barajar costas paganas para nuestro Rey Don Felipe...
- Muy bien, Contador. Ahora dejadnos que quiero ver al nostromo para recibir novedades. A la media lo quiero ver a vos en mi cámara con el estado del San Francisco, vituallas, cordajes, velamen, y dotación. Espero que llevemos aguada para dos meses y provisión para tres como os mandé por Don Miguel.
- A la media allí estaré mi Capitán.

Con una mirada entrecruzada hacia Don Miguel y hacia mí se fue alejando hasta el alcázar de proa, donde dio aviso al nostromo.

Mientras Don Sebastián departía con novedades y daba nuevas órdenes, Don Miguel y yo nos acercamos hasta el sollado donde se encontraba el salazón y nuestros inconfesables invitados...

viernes, 8 de agosto de 2008

Fondeo del Alma


Loco es este pensamiento que inunda vidas ajenas,
loco es este sufrimiento que provoca letras eternas.
Cerrazón del alma a inciertas venturas venideras
por el golpe brusco de las alas contra el viento real.

Calma profunda, escotas al mar,
no hay vela que impulse mi andar
mis pasos deambulan queriendo atracar
en brazos inertes de invisible lugar.

Pájaro en llamas que reanuda su vuelo
alumbrando viejas tierras de gris recuerdo,
dibujando sombras crecientes sin cejar el miedo,
desperezando las alas durmientes de un tiempo olvidado.


¡Lanchón al agua, trincad la maroma al bauprés!
Remeros bogando sin descanso a mover

este alma enfachada por un viento a faltar,
aire que decida lo que es de humano alcanzar.


Nave o alma, costilla o cuaderna que lenta traspasa
el tunel del tiempo pasado sin fecha a la espalda
pues nada supones cuando todo se sabe.
Cuando el alma decide su viento y su nave.

jueves, 7 de agosto de 2008

Oro en Cipango (23)

...Comprobamos que nadie mas había en nuestro derredor, tan solo aquella mujer mas blanca en su tez que todas la japonesas vistas hasta entonces. Sin miramientos por el cadáver nos apuramos, entre culata de arcabuz y filo de katana, para hacerle un hueco en esa tierra tan silenciosa y extraña que añorábamos a fe ciega poner leguas de mar por medio. Sin bendición cristiana o pagana que conociéramos, sin nada mas que el pequeño detalle de poner su arma sobre su cuerpo a modo de salvaguarda y honor, echamos la tierra encima cubriendo ésta con el ramaje suelto que por allí encontramos. La mujer continuaba allí, sus hijos, que así parecían, aferrábanse cada uno a una de sus piernas. Era una imagen propia de Coloso de Rodas oriental, aunque este no tenía visos de imponer como debió hacerlo aquella maravilla antigua de nuestro mar latino.




Nos miramos, el bloqueo comenzaba a empapar nuestros ánimos.

- Miguel, por los truenos de perra borrasca traidora, no podemos dejar a esa mujer aquí. Nos denunciará o acabará por confesar bajo tortura, que bien se da en este lugar. Hemos que llevarlos a bordo del San Francisco.
- Pero, Don Martín. Nuestro capitán...
- Por eso, por Don Sebastián, no podemos hundirle su dura labor de brega diplomática entre tanto rasgado desconfiado que nos toca cruzar desde nuestra arribada. Saquemos a esos infelices de aquí, démosles vida nueva, démonos una oportunidad para no hundir esta misión.

Las cabezas bullían, pura efervescencia propia de una tensión rayana con el miedo a muerte por castigo Real. Sin más, nos abalanzamos sobre ellos como puros corsarios en tierra de moros o moros en tierra de cristianos, que por ambos lares de tal guisa se acometía, y secuestramos aquellas tres vidas bajo nuestras capas y sobre las grupas de nuestros corceles, en esta ocasión no era la intención cobrar rescate sino la rescatar nuestras vidas en franco abatimiento. Como diablos sobre ascuas del cielo cabalgamos de retorno a Uraga.
- Embarcarlos será imposible ahora con la guardia y la marinería aparejando el velamen. Rápido, llevémosles a la posada, tiene un pequeño cobertizo en la parte trasera que nos dejaron para guardar efectos nuestros durante la reparación que ahora esta sin uso.

Gracias a Don Martín salvamos el primer escollo de aquella jornada de apuros, otra de tantas aunque mis huesos ya estaban cansos de tales apretones sin salida respetable. Mientras Don Miguel se dirigía a bordo de nuestra nave, con el mayor esmero y cuidado intenté hacer ver que éramos hombres de bien, que nuestras intenciones no eran aviesas. En uno de los sacos que aún quedaban en aquel maloliente cobertizo quedaba la galleta que tantas vidas salvó a bordo. Biscote malo, rancio y sin sabor que ofrecí a las dos criaturas y después a su madre a la que por fin pude contemplar rostro. Debían pasar hambre en vida, pues devoraron aquel indefinible alimento como verdaderos náufragos recién embarcados. Fue un golpe de suerte, pues mi tono de voz amable y cálido, o eso parecíame a mi y el continuo aporte de comida logré que trabáramos cierta confianza mutua, para mi ellos no me descubrirían, ni yo les parecía a ellos candidato a dañarlos.

Una hora después, en la que ya alcancé hasta entrener con pequeños juegos malabami vizcaína a los niños, regados estos momentos por sus sonrisas, apareció Don Miguel.

- ¡Ya está organizado! Me ha costado cien escudos y la promesa de otros cien a la llegada a Nueva España, pero tenemos donde esconderlos hasta zarpar y alejarnos millas avante de aquí.
- ¿A quien vais a pagar semejante fortuna, por San Telmo?
- A nuestro contador, Villarejo. No habéis de preocuparos mas de lo que ya estáis, a ese ganforro lo conozco de miles de leguas marinadas a bordo de este navío y de algún otro. Vendería a su madre por la mitad de esa cantidad...
- Y pagaría el doble de esa cantidad por salvar su pellejo, cosa que hará ese malnacido, aquí, en la mar o en la misma corte de nuestro Rey Don Felipe III. ¡Maldito perro ese Villarejo! Ese dinero es vuestra fortuna, mi piloto.
- Mi fortuna es la vida, y el triunfo de la empresa de nuestro Capitán.

No tuve respuesta, su mirada y razones bastaban. Como me fue contando, el contador organizó el pañol de vituallas en salazón de forma que cupiera un estrecho lugar donde pudieran sobrevivir aquellas tres infelices almas. Envió al 1º cocinero de equipaje a por mas salazón a tierra. Con unos ropajes que ocultaban la feminidad de aquella madre, disfrazamos a esta como porteador y a sus dos hijos como salazones en dos fardos sobre varios mas que formaban el porte. Nosotros subimos a bordo mientras veíamos como poleas, pastecas y polipastos elevaban aquella carga humana a cubierta. Que con presteza y aprovechando las maniobras certeras de un prestidigitador del camelo como era Villarejo, nuestro contador, quedó desierta la cubierta del combés.

Llevamos a aquella familia al lugar preparado intentado explicarles que pronto saldríamos de allí y nada habrían de temer bajo nuestra custodia, reto difícil que de seguro no comprendieron. Salíamos Don Miguel y yo hacia cubierta, pero algo me detuvo

- Esperad, vuelvo enseguida.

Me acerqué a ella con el mayor tacto, utilizando el lenguaje de los gestos y las miradas le entregue mi vizcaína con cuidado de que no lo viera Don Miguel. Ella la cogió escondiéndola entre aquellos ropajes de porteador; creo que me sonrió o eso es lo que deseo recordar en estos momentos, en que cualquier brillo nacarado de boca femenina me transporta a paraísos y vergeles que, que me perdone la Santa Madre Iglesia por esto que voy a dejar escrito, dudo que entre tanto hábito, santo, fiscal y hoguera encuentre en nuestro católico cielo prometido.
Como así les escribo, recibí respuesta creo que prometedora y me esfumé raudo pues nos quedaban varias leguas hasta alcanzar nuestro inicial destino que era la hermosa y enorme ciudad de Edu.

No hubo tiempo de charlas, habíamos cruzado nuestro Rubicón particular con la ayuda de un buitre carroñero como testigo. Llegaríamos tarde a Palacio, teníamos que decirlo a nuestro capitán y tenía clara la decisión de hacerlo antes de que rayara el nuevo día con pecho sin coraza y espada envainada...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Palabras manoseadas, Palabras recuperadas

Una buena amiga me ha enviado este video de Randy Pausch. He de decir que me ha tocado en mis fibras mas sensibles desde principio a fin. Su sereno discurso sobre lo que significa saber ya con fecha casi fija lo que es cierto desde que uno nace . El saber que las cartas están marcadas y la Muerte tiene tu partida ganada; el saber que solo te queda la opción a jugarlas como forma de espera, la forma en la que describe como hacer ese juego, me parece que por muy manoseadas que estén las palabras honestidad, verdad, perdón, enmienda, tesón, esfuerzo, nunca está de más su reflexión y su reivindicación.

Escucharlo para mi es como mirar a la lumbre en un salon de una pequeña cabaña rodeado por nieves que desean ser perpetuas o al mar sobre el candelero de tu nave mientras no hallas tierra alrededor. Acciones todas, que no cansan a tu mirara y te permiten pensar y vagar por los espacios virtuales de tu conciencia.

Creo que Randy Pausch es algo así como una pequeña hoguera que conviene escuchar y dar al icono de “play” en el you tube para recibir su argumentos, su forma de decirlos y su serena consciencia de la realidad verdadera, algo que a mi parecer no es otra que la relación de nuestro intelecto con los de nuestros semejantes. La comprensión de nuestros “malos humores” para poder respetar los del otro.

No se, creo que basta con escuchar y leer lo que dice en esos diez cortos minutos para saberse capaz de lograr lo que tantas veces se nos pone como meta inalcanzable. Mirar desde fuera nuestro tesoro interior, todos lo tenemos, aunque no de muchas veces terror mostrarlo a quienes nos rodean.



Espero que os “toque” como me lo ha hecho a mi.
http://www.youtube.com/v/hKRgLvmamUY&hl=en&fs=1">

martes, 5 de agosto de 2008

Oro en Cipango (22)

...pasaron meses desde aquel primer encuentro regio, a partir del cual, la vida se convirtió en un regalo permanente. Entre tanto nuestros maestros de a bordo, calafates, cordeleros, el rey de todos ellos, nuestro maestre carpintero, podría decir sin lugar a yerro, que construyeron un navío nuevo. El león rampante bajo el bauprés parecía volver a rugir con aquel baño dorado que lo alumbraba como bravo mascaron, la balconada del comandante era digna de su excelencia el virrey, daba gusto bajar a la cubierta de los cañones de 24 libras y poder sentir aquel perfume a brea, disfrutar en la mirada con el brillo de las cureñas sujetas por los cabos engrasados a cada porta de su correspondiente amura. En aquellas visitas, junto con Don Miguel me sentía como si me encontrase en uno de los apostaderos de nuestra armada a lo largo de los océanos, comporbando la entrega de un hermoso navío que nunca mandaré, aunque a esas alturas de mi vida, seguro estaba de poder gobernar .

Don Miguel, en cuanto comprobó por su mano que las reparaciones navegaban como bergantín con el viento “a un largo”, se unió a nosotros en palacio. Buenas fiestas nos corrimos, fiestas en la que tan solo aportábamos algo de lo que poseíamos en exceso, risas, bailes y un gaznate de amplio paso para beber y comer todo lo que delante se nos presentaba. Hubo un momento en el que hasta nuestro padre Ruiz tuvo un inicio de remordimiento por sentirse presa de la mortal gula; momento al que prestos acudimos como turbonada de poniente para enmendar tal debilidad humana, logramos convencerlo sin mucho esfuerzo con aquella sentencia tan real en todos los tiempos, de que Nuestro Señor es sabio y ya sabrá él cuando cobrarse la deuda contraída, tendremos leguas al este para pagar por ello.

Asó como les escribo, pasaron meses como minutos de gloria en esta holganza y bien estar, entre mujeres, con la venia de nuestro padre, que nos convertían la vida en puro vergel propio de paraísos bíblicos que tomé interés en leer desde aquel momento. Tan solo nuestro comandante departía casi a diario reuniones con el Shogun, ambos intercambiándose a cuentagotas, como bien sabían, información, cartografía, rutas y técnicas novedosas en ambas direcciones.

Fue durante uno de los días en los que Don Miguel y yo regresábamos satisfechos de los progresos en el San Francisco, cuando con la razón de nuestro lado aunque el entendimiento algo trastocado, nos metimos en un lodazal. Perdón, realmente fue mi impulsiva y algo imbuida de relatos hermosos, pero poco versados en la realidad, como el del gran Amadis de Gaula, lo que me llevó a arrastrar conmigo al bueno de Don Miguel

- Don Miguel, tenemos el buque listo para partir el océano en dos sin temor a ola que gallarda arrumbe a proa con aviesas intenciones. Una buena presa de los holandeses apetece cazar con semejante corcel de los mares.
- Tranquilizaos, Don Martín. Nuestro capitán esta al corriente de los avances de las reparaciones y zarparemos en breve hacia el norte.
- ¿Hacia el norte decís? Eso significa la Islas Rica de Oro y Rica de Plata que nos comentó justo antes de avistar esta tierra.
- Así es, aunque deberían estar al sur y no al norte. Parece ser que el shogun nos permite cobrar mas grados de latitud norte con la condición de embarcar sus tropas y acabar de dominar zonas aun rebeldes desde la ultima guerra civil. Me he dado cuenta que aquí lo de pacificar es bastante estricto en el verbo. No dejan piedra sobre piedra, ni hueso sobre piel de los que fueron enemigos. ¿Os habéis percatado de que tan lustroso que todo se aprecia y ve y sin embargo no despierta nada alegría sin ese alcohol rancio con el que nos empapan entre pecho y espalda?. Vos mismo podéis apreciar que no hay rapaza que sonría por estímulo propio o con maravedí enfrente, ni por trato sereno y amable, sino que parece que hácenlo por orden de algún extraño poder.
- Lleváis razón en todo eso, mi piloto. Hay ocasiones en las que la actitud de algunos hombres significarían duelo a muerte en nuestra lejana Europa. Son oscos y en exceso monosílabos.

En esas nos manteníamos, conversando al trote en dirección a palacio cuando vimos a un hombre a caballo blandiendo su katana, mientras una mujer arrodillada intentaba proteger a sus dos pequeños de aquel iracundo personaje. Gritos humanos a los que sin comprender la lengua en que se pronunciaban, entendíanse como claras y angustiosas demandas de clemencia. A estas alturas de la historia en los que mis pacientes lectores de tanta paciencia dispongan y continúen leyendo este relato, ya sabrán la reacción mecánica que tomaron mis adentros y dónde se clavaron mis espuelas. Don Miguel tan solo pudo seguirme

- !Deténgase ahora mismo, por su vida! !Alto en nombre de Dios!

Aquel hombre no esperaba tal arranque de furia de nadie. Estaba claro que se sentía y era dominador de aquellas tierras y las almas que en ella habitaban. Directamente enfiló su arma y su furia ciega de soberbia hacia mi, que decidido ya cargaba contra él al ver su reacción.

- !Dejadme con él, Don Miguel ¡Esta claro que este chino no se aviene a razones!

Mi paciente piloto, me siguió con su espada desenvainada y presto su pistolete a dar un tiro de salvación en caso de peligro mortal, hasta detenerse a menos de diez pies de Burgos del combate. Su katana era sólida y de filo doble, mi espada no era la Tizona, pero un buen acero toledano de abordaje, que no temblaba ante nada tras mi brazo.
Hasta aquella ocasión, había luchado por unos naipes marcados, contra ladrones y bribones de taberna, contra recios indígenas del México de la Nueva España, había abordado navío por la gloria del Rey, pero nunca había combatido por alguien mas débil que nos. En aquel momento sentía profundamente esa fuerza interior que da la razón a la fuerza, cuando la fuerza tiene la razón de los débiles y la justicia. La ceguera de la soberbia prendida de superioridad de aquella especie de señor de las bestias hizo que mi brazo, en aquél momento de justicia, no tuviese el menor titubeo en atravesar mi acero en su corazón.


Su mirada de asombro es algo que no podré olvidar, aquel eterno segundo en el que la vida se esfuma mientras aún eres consciente de ello, debe de ser esclarecedor de la banalidad de tantas sinrazones vividas. El ruido que hizo al golpear como saco de tierra sobre el suelo me sacó de aquella isla temporal. Quise acercarme a la mujer y los niños y lo que encontré fue a tres cuerpos inmóviles por el terror que sabían les caería en ciernes. Habríamos de tomar una decisión con respecto a ellos y con respecto a aquel energúmeno de ojos rasgados...

viernes, 1 de agosto de 2008

Oro en Cipango (21)

…perdón os pido a vos, mis lectores empedernidos, sufridores de los rigores de la espera. Es mi debilidad sincera, la razón verdadera de tanta demora. Y es que tantos años sobre esta vida no traen sino brasa donde antaño fuera hoguera que furibunda al crepitar devoraba papel y tinta. Mas no os entretengo mas con mis lamentos de anciano y prosigo en mi relato si mis ánimos permiten.

Como les relaté, arribamos a Edu, enorme ciudad de este Oriente desconocido, mi capitán, Don Sebastián, el padre Ruiz y yo mismo escoltados por el lugarteniente del Shogun en aquella región. Costónos bastante rodear la impresionante rada en la que descansaba aquella ciudad de enormes proporciones. Mi mayor deslumbramiento hasta aquella fecha había sido la enorme ciudad de Sevilla, centro y nudo mundial del comercio mundial y la vida terrenal. Esta otra ciudad japonesa doblaba con creces su tamaño, edificios magníficos, cubiertos de oro en esas extrañas formas cuadradas cubiertas de tejados en curva, extrañas para un cristiano viejo como yo. Incluso edificios rectangulares altos con varios tejados unos superpuestos entre otros. Limpieza y orden encontréme en las calles de manera terriblemente absoluta; aquello fue algo que me despertó la prevención ante tal falta de humana suciedad, propia de ciudades, villas y villorrios en cualquier lugar que humano se preciara vivir, al menos en el vasto mundo recorrido por mi humilde persona.

La observancia con un tino más exhaustivo me percató de los rostros casi imposibles de distinguir de los habitantes de la ciudad. Todo el mundo mantenía su mirada hacia el suelo ante nuestro paso, el silencio y orden que percibí en una primera impresión, tornóse en vació y temor por parte de aquellas gentes. Esa sensación tan poco agradable me encogió el alma entre los bastimentos de mis costillares. Siempre temí a los corchetes del Santo Oficio, a la dureza de la justicia Real, pero siempre percibí que ante una jarra de vino y unos amigos las risas brotaban en mi cristiana España. Al fin había encontrado algo que me reconciliaba algo con la dureza de mi país, pues este aparentaba ser por demasía de crueldad extremo.

Avanzábamos por una de las enormes avenidas que, en lenta pero constante pendiente ascendía hacia un enorme edificio a modo de castillo con esas extrañas formas curvas propias de este oriente majestuoso. A medida que la cercanía de sus puertas era mas patente, la concentración de soldados flanqueando nuestro paso se hacia mayor. Al fin alcanzamos la puerta de mas de 20 yardas de altura en dos hojas con colores rojos atravesados de vetas doradas. Con un ruido metálico que retumbó en mis oídos comenzaron lentamente a abrirse éstas, para darnos paso al patio sobre el que presidía un enorme edificio que era la residencia fortificada del Shogun. La guardia humada militar dió paso a un conjunto de 10 estatuas, cinco a cada lado del camino que partía aquel patio en dos también enormes mitades. Diez leones de aspecto furioso bañados en oro que me produjeron mas miedo, que todo el armamento de un tercio viejo español a punto y en prevención de combate frente a mi.


Con un golpe metálico, que ahora puede distinguir proveniente de un enorme disco de metal, nos detuvimos descabalgando tras el lugarteniente que reclamó la presencia a su lado de nuestro Capitán. El Padre Ruiz y yo, como pareja de circunstancias, los seguíamos algo atribulados con los soldados tras de nosostros. Atravesamos varias estancias en las que la altura de sus labrados techos, dibujados de dragones, labrados de escenas de combates a espadas de aquellas tan diferentes a las nuestras, alumbrados de soles nacientes entre vergeles, inundados de mares calmos, continuamos nuestro paso hasta que nos detuvimos frente a la puerta de la que parecía ser la estancia del Shogun. Allí nos pidió el lugarteniente que nos desarmáramos, cosa que hicimos con algo de congoja por dejar lo poco que nos mantenía algo aferrados a esta vida, a veces tan ingrata, pero que no queremos perder ni con aceite hirviendo sobre nuestras cabezas.

Entramos a una enorme estancia, tal que una pequeña villa sobre la que deambulaban multitudes de gentes, hombres y mujeres aparentemente ociosos; esta imagen ya era más familiar, me recordaba a otros lugares, en otras cortes que sin ver conozco. Lugares donde, los bien definidos cortesanos se zafan de los esfuerzos propios de la maldición bíblica, con la humillante actitud de servil postración ante los deseos del poderoso. Fue vernos acceder y paralizarse todo este mundo, abriendo el paso entre nos y el Shogun que nos esperaba sobre aquel trono sin tal mueble, pues estaba sentado sobre cojines de fino terciopelo azul en algo parecido a un altillo sobre el que dominaba la visión de todo. Nos detuvimos a una distancia en la que podíamos verle a él y él a nos. Su lugarteniente hizo las labores de traductor entre nuestro capitán y el Shogun.

- Sed bienvenidos a este nuestro país, donde el sol nace siempre primero por ser designio divino nuestra elección como pueblo elegido.
- Gracias os damos en nombre de nuestro Rey Don Felipe III, dueño de medio mundo y deseoso de afianzar la amistad, ya demostrada por vuestra grandeza hacia nuestro Gobernador de Filipinas Don Rodrigo de Valero en sus vicisitudes durante el tornaviaje a Nueva España. Por ello y con nuestros deseos reiterados de amistad entre coronas, mi rey me encarga os haga entrega de esta carta y este pequeño obsequio que desea nuestra majestad Católica le agrade.



Don Sebastián, con un gesto, hizo acercarse a un soldado que trasladaba un fardo de cuero que le había entregado nuestro capitán para su transporte. De este equipaje extrajo un precioso reloj que el Virrey le había hecho entrega en México. Era precioso, causando expectación en todos los presentes, sobre todo al observar aquellos engranajes de fina factura y su mecánico movimiento.

- Deseamos sea de su agrado este humilde reloj producto de los ingenios y avances, que nuestra sociedad al otro lado del mundo desarrolla y que deseamos compartir con vos, majestad.
- Os agradezco tal presente y os ruego que permanezcáis en mi corte el tiempo necesario hasta la reparación de vuestro navío que me informan de su grave estado para la navegación. Por ello, mi lugarteniente os enseñará vuestros lugares de descanso. Mientras aquí os encontréis, consideraos como hijos del Shogun y por ende con sus mismas prebendas. Ahora me retiro a mi cámara en la que deseo veros a vos, Don Sebastián, al rayar el mediodía para discutir los temas que nos preocupan a ambos tal y como vuestro rey me cuenta en su carta.

Así fue nuestra llegada a aquel majestuoso lugar casi de leyenda para mi. El Padre Ruiz, menos gruñón al percibir próximos los olores de grata pitanza, y yo seguimos a nuestro ahora convertido en chambelán a nuestros aposentos. Mientras, en Uraga, el San Francisco ya estaba varado para su calafateado y reparación de los bajos, con nuestros hombres alojados cerca de él, que al fin y al cabo era nuestro pasaporte de retorno a casa, preciosa palabra, que para mi ya significaba Nueva España.




No sabíamos el tiempo que nos depararía aquella aventura, pero a fe cierta que habríamos de vivirla intensamente, con holandeses o sin ellos…