martes, 7 de octubre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas (4)

Pasaron una larga noche de vigilia, la vista perdida en la negra oscuridad a la que sólo interrumpían los destellos de múltimples hogueras, desde donde alcanzaba el olor a cadáveres en crepitación. Don Diego, y Tello sobre el almenar y don Guzmán en el débil adarve que servía de primer valladar, fundían sus esfuerzos sobre los caídos ánimos de sus soldados. Todos aquellos hombres, despojos de lo que horas antes eran bravos soldados aspirantes a la victoria definitiva, contaban los tiempos que restaban hasta el implacable retorno de astro rey.



Pocos momentos antes de que estos ocurriera, don Guzmán se había despedido de su hijo como nunca en los tiempos que Tello recordaba. Eran sus últimos momentos, donde todo lo que no se ha dicho se ha de decir, donde los reproches se hacen invisibles al mirar de unos ojos que ya nada ven más que lo que de verdad aman.

- Hijo mío, parece quen es este nuestro final, sobre esta tierra que nos vio nacer. He dado orden de que tu quedes en el almenar con Don Diego para así defender este castillo cuando aquí quedemos sin cara que presentar. Quizá nos veamos mañana a esta hora frente a nuestro Señor, quizá demos las cuentas de nuestras vidas juntos. Se asi es el designo incierto que nos aguarda, estoy seguro que el Áltísimo nos permitirá mantener nuestras almas unidas también en su reino.
- Padre…
- Calma Tello, quizá la luz divina de alas a nuestros brazos y al menos uno de nosotros salga de este trance con vida. Pido a Dios que seas tu en tal caso. Si asi sucediese, prométeme que volverás a Villavicencio y te presentarás a tu madre, Doña Sancha. Di a mi esposa lo que mi embrutecido ser por tanta batalla no fue capaz de pronunciar en vida. Dile que la amé tanto como pudieron mis deseos, que la sentí cerca cuando las piernas flaqueaban ante la carga de la caballería enemiga, que sólo el recuerdo de su sonrisa amamantándote mientras Berengaria corría entre sus vestidos me dio alas para llegar hasta esta escala de mi vida, donde creo que mis piernas no me darán para subir a la alejada almena que divisa la vida.
Tello lloraba quedamente, mientras Don Guzmán continuaba aquella confesión de amor ante un hijo al que las piernas le arrodillaron sobre la cada vez mayor estatura de su padre.
- Tello, has de ir a Burgos a visitar a tu hermana Berengaria. Entrégale cien maravedís de oro para misas y ruegos por mi alma, que buena falta tendré allí donde mis presentimientos me llevan. Recuerda, Tello, no olvides nunca que eres hijo de la tierra de Castilla, tierra y reino de hombres libres, donde no hay más siervo que quien ose enfrentarse a nuestro señor Don Alfonso. Cabalga orgulloso y muere con tu espada siempre apuntado al frente de tus deseos.
- Padre, os juro por mi honor que cumpliré con presteza vuestros deseos si logro salir con vida de este trance al que no daré la espalda. No olvidaré jamás vuestro sacrificio por todos. ¡Dadme un abrazo, padre! ¡Un abrazo!
Erguido de nuevo Tello, se abrazaron, se hicieron daño por tanto amor que desbordaba semejante situación. Era una despedida real de dos almas que sólo el cielo las volvería a juntar. Don Tello, que así gusto de llamarle en estos momentos, caminó lentamente hasta alcanzar el acceso a las murallas que conformaban el almenar del castillo de Alarcos. Mientras, su padre observaba con orgullo a su hijo, que tenía en aquel hombre, ya derecho, su razón primera para defender hasta su ultimo hálito la posición sobre aquel ruinoso adarve.
Como decía varias líneas más arriba, la madrugada pasaba, era noche de verano pero los sudores eran debidos a la tensa espera por la amanecida. Y llegó. La prima hora estaba allí, la calma con ella. Pero aquello solo fue un ensueño que falseó la visión, allí estaban, sus huestes en línea de ataque, tras de ellos sus caballeros, andaluces y tuaregs iban en esta ocasión con el Califa Al Mansur al frente. A la distancia justa del alcance de un arquero se detuvieron., Al Mansur junto con dos capitanes suyos se adelantaron enarbolando la bandera de parlamento, a lo que la respuesta fue el sonido del portón abriéndose por el que Don Diego avanzó solo hacía su general victorioso.
- Ala es grande, castellano. Mi nombre es Al Mansur, Califa y general de los victoriosos ejércitos de Ala, quien en su infinita misericordia os conmina a la rendición. Si así aceptáis no seréis encadenados, se os respetará la vida y podréis ser intercambiados por hombres de igual talla que vuestros derrotados hermanos se llevaron a Toledo.
- ¿Y mis peones? ¿Qué les espera a sus vidas?

- La misma que a los nuestros en vuestras manos, la esclavitud.

- Mi respetado jeque Al Mansur. No acepto tales condiciones. Lucharemos hasta el fin de nuestras vidas y que Dios tenga piedad de vuestras perdidas almas.


- Asi sea, pues. No quedará piedra sobre piedra, ni hueso sobre piel cristiana. Que Alá sea con vos. Pero antes de despedirme de un hombre tan valiente desearía saber su nombre.


- Don Diego Lopez de Haro, Señor de Vizcaya y brazo de mi señor Don Alfonso VIII de Castilla.


- Pues bien Señor, lamento conoceros en tal situación y solo queda la justicia de Dios, que sabrá dar a quién lo merezca. ¡Por Ala!


Al galope los almohades volvieron a sus posiciones, mientras Don Diego se incorporó a su puesto defensivo sobre las almenas.
No quedaba ya más que la verdad de la muerte sin tapujos. Gritos de euforia de los peones almohades que se lanzaron en tromba sobre el adarve bajo una lluvia de flechas que los masacraban sin piedad…

lunes, 6 de octubre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas (3)

Cada mesnada, cada señor organizó a sus hombres en las guardias necesarias para su nocturna protección. Como caballeros y señores de tantas guerras de Dios, sentían que la batalla se ganaría al amanecer del nuevo día. Más, antes que como caballeros, en algunas almas se opta por la victoria al precio que sea y esto fue nuestra pérdida. Tales acciones ya son algo que, varios siglos después de la infausta batalla que les narro, se vive y lamenta en mayor medida, baste hablar con los soldados britanos y su poco honroso proceder en tantos combates librados por nuestro señor Don Felipe allende nuestras fronteras imperiales, en este siglo ya del XVI. Pero continúo con la épica de tal combate.

El califa ordenó armar a los hombres según el plan previsto el día anterior. Sobre la medianoche, con la nocturna traición de una luna que apenas crecía encaminaron de forma ordenada y en calma silenciosa hasta plantarse frente a los cristianos en la raya del puro amanecer, la guardia del campamento cristiano no tuvo ojos para tanto sobresalto. Fue Don Ordoño García de Roa quién avisado por la guardia, alcanzó el primero la loma desde donde se podían presenciar las huestes musulmanas en perfecto orden de combate. Sus cientos de banderas al viento en espera para la justa de Dios era un espectáculo que amedrentaría a quién no se sintiera seguro de su razón.

La alarma se dio como si el fin de la nada comenzara por aquella llanura. Nuestros ejércitos se armaron de forma rápida, sin un verdadero orden de marcha. Caballerías, bagajes mal ajustados, armas apuradas a la cota de malla de forma perentoria. Aún así Don Alfonso pudo arengar a las mesnadas, los gritos de júbilo mezclados entre gestos de sorpresa precedieron a la furia de saberse superiores en número y razones. El ejercito cristiano manteniendo el código de honor ante un reto marchaba hacía el combate. Don Diego, con Don Guzmán y nuestro Tello mantienen la vanguardia, tras de si los alféreces de cada mesnada con sus banderas señalando el lugar del encuentro final.
¡Por Castilla! ¡Por el Rey! ¡Adelante!
Una vanguardia con mas de quinientos caballeros con cinco mil peones al grito unísono del combate ciego cargaron contra las tropas musulmanas que se desplegaron en perfecto orden para recibir semejante ataque. Una lluvia de flechas diezmaron a los primeros castellanos, mas estos continuaban en su carga mortal mientras los infieles permanecían estáticos con su estructura de robusto valladar humano. El choque llegó al fin, las espadas de recio acero probaron el dúctil pero afilado acero del islam. El empuje de los cristianos comenzó a abrir brechas sobre la vanguardia infiel. Relinchos que se confundían entre los gritos de hombres que todo daban pues todo podrían perder.

Don Diego como cuña de acero abrióse paso hasta llegar a una de las banderas del jeque, pero aquello fue a lo que la mano del Dios verdadero pudo alcanzar. Ahí fue cuando el Califa, con el valor que tiene los que en verdad son señores de hombres apareció con sus segundos hasta hacer llegar la razón de la lucha avoz en grito. Sus soldados lo vieron, la situación tornóse en furia árabe, el otrora empuje cristiano se tornó a resistencia mortal. El empuje almohade se convirtió en oleada de un mar encrespado, furioso y sin derecho a cuartel. Don Alfonso, mantenido hasta ese instante en segunda línea de combate, se lanzó a uña de caballo para entrar a combatir junto a sus magnates, a sus peones. Las espadas se tornaron en manos sobre manos enemigas, pies sobre cabezas agonizantes, furia y ceguera sangrienta sobre mas sangre. Don Alfonso, con la furia de la derrota en ciernes inesperada, se arrojó al combate sobre alfanje moro que frente a él se plantara. La situación tornóse de gris a negra cuando el sol, testigo impasible de aquella carnicería despuntaba en su cenit. El séquito del Rey suplicó y consiguió convencer a Don Alfonso de la retirada hacía Toledo.

Don Diego López de Haro, en la vanguardia entendió las señales desde la loma cristiana
- ¡Todos los hombres al castillo! ¡Pecho al moro!
El castillo incompleto de la villa de Alarcos era la salida para dar respiro al Rey en su retirada hacia Toledo. Mientras menos de cien caballeros escoltaban al rey, furioso por semejante derrota y pérdida de tanto valioso paladín en una lucha que ya cuadraba los siglos, Don Diego y sus hombres se retiraban hacia el castillo.
- ¡No, la espalda, no, pecho al moro, por Dios!

El pánico, el terror vuelve ciego a quien se deja invadir por este. Muchos de los peones, de los caballeros, dieron la espalda a las huestes musulmanas, enfervorecidas por la victoria que sentían en sus manos, algo letal pues sus vidas ya solo fueron un mero reparto entre los aceros victoriosos. Aquella escabechina detuvo a los moros por la miseria del saqueo, algo que nadie se libraba de hacer en tales batallas. Esto dio respiro a Don Diego y sus hombres, pudiéndose los que a pecho se mantuvieron, recogerse y presentar cara su vida desde el castillo.
La derrota era ya un hecho, los ejércitos del Califa campaban a sus anchas por los campos de Calatrava, Malagón. Desde el castillo solo quedaba resistir los embates y el ímpetu almohade tras aquella resonante victoria del Islam. Don Diego y Don Guzmán se repartieron lo que había de parapeto defensivo.
- Don Diego, mis hombres y yo reforzaremos el adarve del castillo junto al foso, mientras vos mantenéis la vista y los arqueros de que se dispongan entre las dos almenas. No habéis de preocuparos por nuestras vidas. Esos perros infieles están recogiendo el botín de la sangre de nuestros muertos. Mientras esto hacen, nos alistaremos en las piedras levantadas. Vos mantened el castillo desde las almenas. Si son como espero, les daremos trabajo y acabarán despreciando este pequeño trofeo frente a lo que ya poseen.
- ¡De ninguna manera, no podemos perderos a vos ni a más hombres y el adarve es demasiado débil para sostener la lucha! Moriremos todos juntos por Castilla.
- Haced caso de quien se ha batido ya con ejércitos victoriosos. Alcanzada esta prefieren disfrutar vivos de sus prebendas. Además creo que uno de esos traídores de los Castro está con ellos. Traidor a nos lo fue desde León y ahora lo es con el moro, pero espero que aún su alma sea de cristiano y con la ayuda de Dios quizá abra e ilumine este cielo hoy tan proceloso.
Don Diego miró con orgullo a aquel castellano de honra y valor y con un abrazo metálico rubricó aquella larga conversación en medio de humo, gritos, gemidos y olor a tierra quemada.
- Solo una cosa os demando a vos Don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, y es que si mi muerte se cumple, como así lo supongo, os hagáis valedor de mi hijo Tello. Aquel muchacho que con vos cerró el frente en nuestra retirada. Es fruto de mi sangre y os juro por el honor de los Pérez de Carrión que batirá su acero por vos y por Castilla como lo haré yo hasta mi último suspiro.
Miró Don Diego hacia el almenar donde estaba Tello organizando a los arqueros con maneras ciertas de soldado.
- Os lo prometo, por mi honor y por la vida que me queda. ¡Don Tello, venid, vuestro padre os reclama! Que Dios, nuestro señor os guarde allá donde decida llevaros. ¡Por Castilla!
Se despidieron. Don Diego encaminó sus pasos al almenar a medio construir donde momentos antes Tello mandaba a los arqueros. Tello se cruzó con él, un esbozo de sonrisa pudo Don Diego distinguir entre la cara tiznada de negro por los fuegos y rojo por la sangre mora y cristiana, fruto de la violencia de la guerra entre hombres que se creen dioses por instantes eternos.

domingo, 5 de octubre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas. (2)

Estas memorias que aquí presento, comienzan en los estertores de la primavera del año del Señor de 1195. En tales tiempos el califa almohade Abu Yusuf ibn Yakub había aceptado el guante del nuestro rey Don Alfonso, por lo que, rota la tregua con la cristiandad de la Hispania era un hecho la llamada a la guerra santa en todo el norte de África, base de su inmenso imperio. De todo este acudieron en masa, sudaneses, masmudíes, gomaras, agzases, tuaregs, zenetes, todos unidos por la voz de su califa, como representante de su diabólico dios. Así, como un inmenso y temible ejército, se plantaron en el estrecho que separa la Hispania de la incógnita África.

Don Alfonso VIII, mientras tanto, convocó a sus magnates con sus mesnadas, a las milicias de los concejos y a las órdenes militares que sustentaban los castillos mas avanzados en primera línea frente a los almohades. Allí, en Toledo, junto a su rey, Don Guzmán Pérez de Carrión, como uno de los brazos nobles de Castilla, prestaba éste a la defensa y gloria de Castilla frente al Islam.


Don Guzmán, hombre de estirpe noble, cuyos antecesores ya estuvieron en las cuitas entre los reinos cristianos de don Alfonso VI de León y su hermano Sancho de Castilla, era hombre de importancia estratégica para su rey, pues poseía como tenente el Castillo de Villavicencio en el Infantado, verdadera tierra de luchas entre hermanos cristianos; fornido castillo que Don Alfonso se lo encomendo para su defensa del codicioso rey leonés.
Hombre de pequeña estatura, enjuto pero de nervio de acero como su espada y la armadura que gustaba portar en sus algaras sobre tierras enemigas del Rey. Tuvo un hijo y dos hijas, la mayor Berengaria a la que casó con Don Pedro de Trastierra, caballero de estirpe noble de la casa aragones, su otra su hija, la menor, Urraca que ingresó en el Monasterio de las Huelgas Reales hacía ya cinco años, tan sólo dos después de la fundación del monasterio por su majestad la reina doña Leonor.

Pero Don Guzmán tuvo a su primogénito, Don Tello, y eso le llenó de sueños su vida. Desde que su hijo comenzó a levantar mas altura que la hoja de su espada, este ya no abandonó la grupa de su cabalgadura hasta que le hizo traer un caballo de Al Andalus, aprovechando una de tantas treguas que se daban los reyes para curarse las propias heridas de tantas guerras entre si.
Don Tello heredó la tez clara de su madre Doña Sancha de Nava perfilada en su rostro por su sonrisa siempre apostada para salir en cualquier ocasión desde aquellos prominentes labios, la pequeña nariz de los Nava que se perdía frente a su mirada profunda, directa y sin tapujos a la hora de demostrar su limpieza de corazón. Una densa melena de pelo negro vestía su cabeza como la de su padre, a la que la grasa y el polvo del continuo cabalgar daba un aspecto de hombre ya hecho. Eran ambos un perfecto conjunto que compartían todo con Don Tello siempre a la vera de Don Guzmán, su padre, como si de su alférez se tratase.

Esto así era cuando aconteció el desastre más inesperado de aquellos finales del siglo. Los ejércitos del Califa arañaban leguas hacia el norte y Don Alfonso hacía lo imposible por acumular hombres y pertrechos para acometer lo que creía una victoria definitiva. El 13 de Julio del año del Señor de 1195 el califa decidió recomponer su ejército deteniéndose en la villa deCongosto, lo que le dio a Don Alfonso algo de tiempo para mover a sus mesnadas hacia el sur hasta alcanzar la villa de infausto nombre, la villa de Alarcos.
En Congosto el califa estableció su plan de batalla en el que al mando de uno de sus jeques y en vanguardia los andaluces, árabes, zenetes, agzases y mazmudes iniciarían el ataque contra los castellanos. Mientras, el califa quedaría oculto en un lugar próximo a la batalla con los almohades, los negros y los hombres de su guardia para entrar por sorpresa en el momento oportuno. Con tal estrategia los ejércitos del Islam se pusieron en marcha hasta quedar cercanos a la villa de Alarcos, acampando a la vista unos de otros. Lo mejor de cada reino o imperio estaba allí.
Aquella mañana del 17 de julio Don Guzmán había estado en el consejo del rey para organizar el plan de batalla. De este salió con el privilegio de ir a la diestra de Don Diego López de Haro en vanguardia de las tropas. Como no iba a ser menos, su hijo Don Tello armaría su brazo en el mismo flanco.
Don Guzmán siempre fue hombre parco en palabras, aunque gustoso de compensar estas con gestos que su hijo apreciaba como regalos divinos hacía su persona.
- Tello, ensilla tu caballo, en poco tiempo sonará la llamada del rey para combatir. Don Diego nos espera en vanguardia. Hijo mío solo te pido que seas digno de tu estirpe y defiende con la vida a tu rey, pues con ello lo harás de la cristiandad.
Don Guzmán, enfundado en la cota de malla como su verdadera piel, fundió su enjuto y nervudo cuerpo ya de tacto metálico contra el de su hijo que, a sus 16 años, veíase camino de alcanzar mayor estatura si la vida le daba oportunidad. No hubo lágrimas, solo fuertes sentimientos entre golpes rudos de espalda. Aún Don Guzmán tuvo palabras para su hijo.
- Recuerda que en la batalla tu destino será abatir sarracenos, defender el flanco de Don Diego, y a nuestro señor Don Alfonso, si éste corriera peligro en tu zona de acción. Vive y muere, pero no des un paso atrás sino fuera por orden real. Ahora prepara tus ropas y que Dios sea piadoso con nuestras almas.

Tello deseaba decir a su padre que lo quería, sonreir mientras esto hacía, pero sabía que su padre lo tomaría por flaqueza así que agarró su antebrazo con el de su padre y dijo lo que su respeto y temor filial le permitía.
- Padre, no os defraudaré, os lo prometo.
Con orden y bien armados los ejércitos cristianos presentaron batalla en los llanos de Alarcos frente a las mesnadas del califa. Aquél día estos no presentaron batalla, lo que hizo de aquella jornada un vano ejercicio ante el implacable sol que en aquellas calendas luce en los extremos del sur de la Castilla Novisima. Al declinar el día, los castellanos regresaron agotados por el calor y el peso de las armas que sus cuerpos mantuvieron en posición de combate ante los infieles que como cobardes quedaron ante nuestro Señor por los siglos que quedan hasta el juicio final.


Pero la medianoche del 18 de julio estaba cerca…

sábado, 4 de octubre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas. (1)

Fue hace una semana, quizá diez días, no estoy seguro del tiempo que ha transcurrido desde entonces y es que ha pasado este como mesnada que huye a uña de caballo tras derrota frente a cruel enemigo, algo que se le supone a quien lo es. Caminaba hacía la estación del ferrocarril para llegar a mi casa después de una jornada de un trabajo con sus subidas y bajadas de actividad, cuando vi al subir al andén algo que parecía una bolsa de tela vieja como cuero machacado, desgastado por el tiempo, de la que sobresalían también algo parecido a libros viejos.

No pude reprimir mi pasión sobre lo impreso y encuadernado y me lancé al grito virtual de ¡banzai¡ sobre los raíles a punto de ser sobrepasados por el cercanías de turno. Me hice con la vetusta bolsa, entre miradas asustadas y de desprecio de los que esperaban el mismo tren que yo. Aquello me daba igual, la gente que a uno le rodea en este desierto que es una ciudad superpoblada de humanos conectados a ipod a todo volumen, de manos sujetando periódicos gratuitos de la mañana, de miradas en continua evasión de la realidad, es un un erial que no merece la pena tenerlo en cuenta.
Con puntualidad el cercanías de las 15:20 partió hacía Gijón, yo me acomodé en la parte trasera del último vagón y comencé a manosear aquellos libros apergaminados intentando no dañar sus hojas. Me asusté, parecían incunables que algún ladrón de poca monta había arrojado a la vía, al ver que su hurto no cumplía las expectativas de lo esperado. Supuse que aquello eran libros y legajos de la biblioteca provincial o de algún museo de la capital, así que decidí guardarlos hasta llegar a casa donde podría desentrañar ese misterio que hacia ir cada vez más lento a aquel cercanías hacía su destino.

Por fin subí las escaleras, aún no había nadie en casa así que me desvestí y me puse cómodo intentando que ese momento me transmitiese calma a mi atormentada ansia por hincar el diente a semejante hallazgo. Abrí la mesa de la cocina, sobre su tablero fui sacando aquellos legajos que creí leer en mi latín del bachillerato, “Crónica de Veinte Reyes”, ”Historia de rebús Hispanie sive Historia Gothica”, “Rawd al-Qirtas”. Conté más de diez códices, legajos que en mi ignorancia parecían auténticos; mis nervios comenzaron a dominar sobre mis sensaciones. “Tengo que dar parte a la policía” pensé mientras seguía separando tanto documento milenario.


Todo se detuvo cuando, entre aquellos legajos de un latín y una caligrafía inalcanzables a mi profano entendimiento, apareció un libro encuadernado en tapas blancas como hechas de alguna pasta que indicaban una época mas cercana a la que este atribulado narrador habita. Su estado era bueno y estaba escrito en castellano antiguo entendible de una forma aceptable por mí. Su título decía así “Memoria histórica de la vida y acciones de Don Tello Pérez de Carrión, caballero de Calatrava”. En su página de inicio se databa el libro como impreso en 1587. “Creo que las autoridades podrán esperar un poco más”; eso pensé y ya mis sueños volvieron a mezclarse con la realidad, pues lo que ahora les contaré no sé si lo hizo el tal Don Tello o un servidor al cerrar cada capítulo de aquella existencia, dura, donde la vida o la muerte descansaba en el filo de una espada y en la suerte del que la posee.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Tiempos de Añoranza

Viejos sueños que a mi vuelven, que quieren regresar
eternos deseos que con lujuria los añoran, los quieren añorar.
Tiempos de alisios, tiempos de mares sin explorar
para un alma inquieta y ansiosa de mar.

Sobre un hogar metálico portador de vida y alma mortal
ahíto de ruidos suaves que endulzan el externo bramar,
escuchar susurros que demuestran que está vivo, que sabe respirar
que navega sin arredros en imitar al furioso Eolo en una bocanada letal.

Mis sueños se saben despiertos y sedientos de sal,
de mar mezclada entre hierro oxidado y pintura naval
de lucha y tensión frente a un dios furioso voluble y cruel
que desprecia a quienes lo aman y se sienten parte de él.

Mis sueños siempre despiertos me dicen que todo regresa,
que todo vuelve donde su vida comenzó sin posible elección.
Es esa la ultima razón, la verdadera motivación, el fin de esta turbación.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Hernán, el explorador y los sueños

Una noche de esas en las que el sueño real se negaba a establecerse entre las pupilas y los pensamientos de los que, en ese momento, mirábamos al techo que suponíamos estaba tras la oscuridad y nuestra cama, comencé un cuento que decía algo como esto,

Un explorador algo aburrido, aunque hombre de aspecto audaz, con su salacot que según nos contó, robó a un jefe de tribu allá en las hispanas Filipinas, descubrió que la razón de su aburrimiento en los últimos cien años había sido no hacer caso a su abuelo cuando le contaba que la mejor forma de explorar era siempre la de perderse; así que decidió hacerlo.




Para ello encaminó sus pasos a un bosque enano repleto de setas gigantes, donde le había contado algún hada de aspecto femenino, que se le apareció mientras sesteaba una enorme fabada asturiana, que existía un claro conocido como el “luminoso claro de las seis lunas”. Allí, frente a la orilla del falso mar blanco de hielo ardiente debía descubrir no sabía el qué.

No sabía, pues, lo que buscaba nuestro explorador, cosa realmente importante y machaconamente remarcada en los habituales cursos de “logro de sueños” impartidos por el eminente Capitán Barbosa.

Fue un golpe de suerte, o quizá de muerte cuando la roca que de lo alto de una loma se desprendió lo dejó inconsciente. Su propia consciencia tantas veces soberbia de su conocimiento de lo real y otras inexistente por nadie sabe que motivos, se dio por aludida con el golpe y comenzó a flotar a su alrededor descubriendo que había cambiado de personalidad. Era Hernán, el gran Hernán de Cimavilla, pequeño humano que mantenía aquellos ojos sin descanso, iluminando el claro por encima de las seis lunas.

Fue entonces cuando el explorador descubrió lo que siempre había sospechado, sus incontables andanzas no habían sido sino representaciones reales para lograr el sueño de un niño en el momento de alcanzar ser uno, él y el niño. Con algo de dolor, amargo primero pero con enorme ternura después, tomó una decisión; de cabeza y a pecho descubierto tomó la forma de Hernán liberándose del cuento que descubrió le habían preparado y adoptó la figura de éste hasta imbuirse por completo en él.

Juntos fueron abriéndose paso entre aquel frondoso y enorme bosque de setas hasta desaparecer entre la enorme luz que significa unir los sueños reales de un cuento, con la imaginaria realidad de una vida que es capaz de vivirlos.

Así trascurrió esta historia de Hernán, el explorador y los sueños.
P.C.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Zurich - Solothurn

Almas metálicas que a sus hijos encadenados arrastran.
Rostros desconocidos anunciando historias distintas en cada mirar
mientras un zumbido eléctrico con ánima de acero los acompaña en su andar.

Pequeñas olas humanas que sin pausa cansinas se desplazan
sobre andenes semejando mares de cemento que serenos las acompañan.
Cofres sobre ruedas abandonadas a un dueño de vida normal,
cuya mano tozuda aferra su interno tesoro con el mimo guardado
quizá por manos de suave tacto que nunca dejaron su ser maternal.




El suave andar alejado de ruidosos reactores
que soberbios dejan su tiempo siempre atrás,
acompañan a esta mano a sentir la verdad del viaje


sin percibir la prisa traidora, agazapada y real.


El sol nos mira desde su pausada retirada
manteniendo la eterna sonrisa reluciente,
reflejada en el enorme ventanal, alumbrando esta,
hasta hace un momento, olvidada manera de viajar.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Mi Reino

De la cuaderna maestra, donde la vida se soporta, donde el vivir o morir queda para siempre marcado por el sumo hacedor, aquel carpintero de ribera que me hizo mas al sur de mi reino, lugar desde donde decidió despedirse mar adentro cuando me construyó. De tal cuaderna fluyó el alma, desembarcó tomando la forma de humano cuerpo con el que recorrer mis dominios.

Ningún ruido hacían aquellos invisibles pasos sobre la senda empedrada que separaba un lago de mar salada del propio mar. Aún así, aves, peces, árboles se giraban para postrar sus diversos cuerpos ante su Señor, al fin llegado de su diáspora irredenta por sentirse suya cuando nunca lo debió haber sido.

Lentamente siguió sus pasos que abrían como parto bíblico el camino de las vidas de quienes aún quedaban por llegar. Las huellas, imborrables por invisibles, quedaban sembradas de rudo césped ya eterno en su incipiente brotar, los pinos volvían a saber lo que es dar sombra pues alguien se acodaba a su corteza. El alma, su majestad, continuaba su andar. Al final de aquella senda, cuando su pendiente se inclinase tal que sólo quién de verdad lo deseara pudiera continuar, podría como majestad observar desde mi propia atalaya la verdad de quienes osaran a mis islas acercar.
Islas Escindidas, cinco pequeños fragmentos de tierra que rodean al mar de la incomprensión. Un mar que defiende con ardor a quién se niegue a ser perfecto en el mundo de los que creen que la perfección esta fuera de él. Unas islas en las que solo perdiéndose uno las logrará encontrar; unas Islas en las que sólo olvidando las conveniencias sociales, como la falsedad del domingo en el Oficio de turno, cuando su silueta comenzará uno a sentir a pesar de la molesta niebla ruidosa que las múltiples aves de cuello inmaculado rebosantes de insulsas sonrisas que solo pregonan el conformismo se empeñen en vomitar.
La cumbre quedaba cerca, mas la pendiente cada vez era de mayor inclinación. Su faro, dominador de cientos de millas a la redonda no alumbraba desde que la diáspora inició su reinado. Por fin el alma, el hombre con forma de alma alcanzó la linterna apagada. Sonreí, como sólo un alma con rango de rey puede hacerlo, fue la chispa que surgió de aquel zarpazo de felicidad el fuego que atravesó en su luz miles de millas, tantas como este mar de verdadera incomprensión que sin mas había crecido en mi ausencia.







Yo, El rey de las Islas Escindidas

lunes, 22 de septiembre de 2008

Paz

Paz sobre las dunas que serenas duermen entre sueños ardientes.
Guerra de vientos como reyes de mil corrientes
que poderosos moldean mares y esculpen montañas
sin apenas esfuerzo con simples deseos faltos de vulgares artimañas.

Aire que faltabas entre pulmones que exhaustos agonizaban
como alma de pez sobre cubierta después de morder la trampa mortal.
Aire que alcanzaste a tiempo las ruinas que inexorables avanzaban
sobre una vida que desconocía el valor del lado oculto de quien solo era mal.

Paz entre recuerdos que pugnan por matarse entre guerras
brisa sobre castillos, testigos de viejos asedios que serenos se plantan
fuertes ante andanadas de tiempos marcados entre golpes de reloj.






Guerra ante lo que no se encuentra por insípido e indolente
Guerra que no es tal pues lo insípido no flota sobre la serena mar.
Paz pues, paz serena como quien es premiado con un nuevo andar.





domingo, 21 de septiembre de 2008

Retorno al Reino

El navío casi sin fuerza, sin un deseo real de encaminar sus velas hacia ningún lugar acaba de varar en la playa de la Isla. No hay tripulantes a bordo. Mientras el sol va dejando su estela en oro, en naranja, quizá en rojo, las olas suavemente dan la bienvenida a este navío que se hallaba perdido en la inmensidad de las aguas. Sus besos de sal sobre las cuadernas le recuerdan que es querido, que siempre es deseado sentir el tacto de sus maderas de roble perfumadas de brea ya gastada entre la arena blanda y la mar en calma de sus calas.

Al fin descansó, tras duras singladuras en las que navegó creyendo perdidas sus Islas, las Escindidas. Con tal duro sentir comenzó la quilla a abatir su derrota convirtiéndose tales palabras en terrenales que el viento en su cruel andar repetía sin cesar, “ es la derrota la que te abatirá”.



El sol, sabio disco de infinito rotar, presto a su retorno brilló como si en plena calenda de julio aquel septiembre tornara. Fue así, sol, ánimo y amor lo que al navío el rumbo devolvió su marinero andar, su seguro navegar hacia su reino, hacia sus islas, por un momento de infinito lamento, perdidas y de nuevo encontradas.


Descansa ahora sobre la blanca arena fina tan sólo hollada por las aves, el viento y por fin de nuevo por tu quilla de alma de roble y piel de cobre. Comienza de nuevo tu reino.




sábado, 13 de septiembre de 2008

La razón sitiada por la realidad.

Derrotada fluye tu alma si te enfrentas a la verdad real.
Recoges los trozos en astillas inermes de tal golpe brutal
mientras tu revuelta mente necesita calma para decantar
qué fue del sueño que hizo al hombre pelear.




Giras sobre tus pasos buscando un trípode
donde poder apoyar tu mirada,
donde poder meditar mientras te proteges del duro temporal
que azota sin rebenque tu ánima ya gastada
y en instantes inanimada por una abyecta realidad
obtusa, tozuda, cerril, con el rictus de la fatal eternidad.

Subes decidido apurando el resuello hacia la verde colina.
Ves su silueta enfrentada que sin pausa te domina
como plomo ardiente que se destila al calor del miedo,
así corres empujado por la vida que avanza con denuedo.

Quizá desde esa colina que enfrenta a dos mares hermanos
quizá desde tal lugar la vista ayude a mi mente a razonar
cuantos motivos son los que mueven al hombre a mantener su andar
si sólo ve derrota a cada lado del sendero que dibujan sus pasos.



jueves, 11 de septiembre de 2008

Abrazado a la Tristeza

Es final y es tristeza, es tristeza al final.
Qué importa el momento frente a tales vocablos
voces que solo anuncian la muerte de un tiempo de zozobras
quizá con sus amplias bodegas repletas de triunfos,
quizá con sus pesadas alforjas rebosantes de lágrimas
entre las que pesadamente flotan los icebergs de mil fracasos.

Quizá la muerte sobrevino al sueño cuando este dormido estaba
quizá y solo entonces el final se amancebó con la melancólica tristeza.
Triste sueño traicionado, perdido en su guardia frente a la rutina oxidada

Sueño y no duermo, vivo y respiro, me oxido mientras transpiro,
avivo mi aliento sobre el deseo, empañando miradas cobardes
mientras la vida me mantiene si mantengo con vida el equilibrio
volando entre las nubes que invisibles rodean la luna cuando sufres.
El Fin del mundo esta tan cerca que si me dejo a la tristeza
quizá sus brazos me protejan de su hermano temporal,
otro que no se conoce por otro nombre que el de final.

PC


martes, 9 de septiembre de 2008

Motivos

Motivos son los que mueven mortales vísceras palpitantes,
orbitas sangrantes de ojos que otean incansables
en pos de tesoros imaginados, de destellos soñados
que a veces solo son eso, motivos por los que luchar,
motivos sin reglas basadas en principios razonables
que solo los extraños buscan justificar.


Motivos son los que siempre sobran;
motivos para quedarse quieto,
motivos para robar flores de un jardín municipal
para de rodillas entregar a quién crees tú en verdad amor real,
motivos para abandonar el abrigo de un brazo de pura piel maternal
por un par de brazos que pronto por sus propios motivos te dejarán.

Motivos son los que nos dan la razón de la vida
frente a la muerte de la sinrazón
que fría y paciente, sin motivo aparente,
espera a que deshojes tus finitos amaneceres
creyéndote el elegido de algún dios de humana invención.




Motivos hacen de tu vida un gesto con sentido
Motivos hacen de tu voz un hilo cuando sin previo aviso te dejan
Motivos son los que desesperan cuando ni tú mismo los encuentras
Motivos son los que no existen si has de buscarlos
Motivos, benditos motivos que de lejos vienen tocando el dintel de tu puerta
Benditos son si les abres tu puerta y ante ellos desnudas el corazón
Tuyos serán ya para siempre, cuando siempre solo existe hasta el final.

A mis motivos, de los que uno de ellos eres tú


lunes, 8 de septiembre de 2008

Dulce Sensación


Dulces sensaciones sobre silencios en tiempo alargados
mientras ajenos, nuestros cuerpos juntos caminan pausados
cobijados bajo húmedos tapices de frondosa vegetación
refrescando nuestras pieles de crueles soles sin compasión.


Alcanzas la cota donde el agua golpea empecinada la somera charca,
la observas sin detenerte, sin pensar, sin ver el esfuerzo por resistir sobre la roca
ante una vida que crece, ante un amor que florece
refrescando las almas, alimentando los sueños que la vida mece.


Elevas tu frente, ves espuma, hierba, cielo entre nube,
como misterios insondables del pobre humano y su saber,
el agua rota sobre roca firme es lo único que te deja ver.


Grito, y mis palabras de silencio el aire empapan
que solo el mirar de tu mirar como huracán traducirán
en amor, sueños y corazón, voces silenciosas que hacia ti siempre irán...







...Como el verde musgo, a la buena piel seguro se pegarán

domingo, 7 de septiembre de 2008

Mi Cita de los Domingos

Bajé sin grandes esfuerzos dejándome llevar por la mañana somnolienta de un domingo festivo. El periódico, con su último libro de los Episodios Nacionales, me esperaba en el quiosco donde Luisa con cariño me lo tenía reservado sobre la nevera de los helados. En esta ocasión, en vez de bajar cual autómata, decidí girar y encaminar mis pasos por la calle de arriba, hacia los viejos cañones de la vieja batería, que algún día hace ya más de 200 años defendía nuestro puerto de algún pirata inglés con deseos de venir a incordiar nuestra extraña paz.

Desde la calle, al fondo de esta se podía observar el cabo Torres; su faro había ya dejado de tilitar con su mecánico destello en aburridos códigos de luz cada veinte segundos a naves y navíos perdidos en busca de algún refugio seguro. Allí estaban los dos cañones, oxidados, con las cureñas recién pintadas por los servicios municipales, de las que colgaban los carteles explicativos para los curiosos turistas, escasos y huidizos de los chubascos cantábricos anclados ya en este golfo que añora el otoño como época intemporal.

Nadie jugaba en la pequeña cancha, donde sólo hacía falta un balón para darle gusto y diversión a los minutos de libertad entre sueño y labor. La crucé hasta llegar a mi escondite, a mi refugio. Estaba solo, los tres bancos que miraban hacia la mar desde donde uno, de forma segura, podía anular la vista y potenciar el oído estaban vacíos. “Pronto vendrá alguien con el periódico a leer las no verdades que destilan en tinta económica” pensé, así que decidí bajar por unas precarias escaleras, hechas a medias por el cemento y por los golpes de un Poseidón muchas veces enfadado con los humanos, a la parte más alejada, justo debajo de un promontorio de tierra, hierba y rocas. Allí, sobre una cornisa de rocas que hacía de banco y testigo de incontables momentos inolvidables de nocturna y amorosa pasión me senté. No se me pasó por la cabeza preguntara la inmensa roca las últimas novedades de aquella noche de sábado ya cadáver, simplemente me senté sobre su fria y suave piel y cerré los ojos apoyadas mis manos sobre la misma cornisa.

El viento fue lo primero en llegar, húmedo y cambiante en su intensidad, sentía su golpe sobre mi piel, sobre mi rostro deseoso de su tacto. Sin pausa un golpe retumbó bajo mis pies, era Poseidón, celoso guardián de su reino, comenzaba de nuevo su eterna labor de reconquista, la pleamar era su objetivo. Aquella ola dejó retazos de su alma flotando volátiles entre los pliegues de luz que entresacaban las nubes grises propias de este otoño inminente. Las sentí chispear sobre mi rostro ciego, diminutos fogonazos de frío que me sacaron una sonrisa y como en alguna película ya clásica dieron con mi consciencia en un hiperespacio que mezclaba espuma, olas, aire, tímida luz solar junto a mi alma en batimiento.
Desconozco los segundos, minutos o siglos que permanecí en aquella dimensión hasta que vibró el móvil dentro de mi pequeña mochila; como en aquella película madre de saga mundial, la nave de mis sueños se detuvo de nuevo en la realidad. “Si, si, vale, quedamos luego, adiós”. Las olas seguían en su batir mecánico pero sensual, el viento soplaba suave mientras me levanté, suspirando, con mi última mirada al profundo océano que me prometía seguir esperando, me despedí hasta el próximo domingo. Luisa me esperaba, el último Episodio Nacional del insigne Don Benito acabaría en los estantes de mi habitación y yo me sentía cargado de sal hasta mi siguiente cita con Ella.






viernes, 5 de septiembre de 2008

1ª Singladura

No corta el mar, sino vuela un velero bergantín
que renace y navega sobre mares de la vieja escuela.
Como corcel resurge furioso ante el viento como espuela;
sobre el que deseo volar, correr, huir de este fortín.

No corta el mar sino que resbala como caricia
de mil sueños sobre refrescante pátina verdosa
de un bronce leve que sobre tu piel se posa
cuando a Helios das paso como cristiana novicia.






Soy bergantín, mas cuando tu fresca risa a mi se aprieta
crecen seguros mis mástiles y me convierto en grácil goleta,
en navío alegre, pintor de níveos bigotes con rotundos arcos
tal que portales de entrada que nos encuentran a ambos.

Quizá desde lejos el viento regale más voces,
quizá nuestros cuerpos naveguen sobre infinitas lunas
entre mareas y olas de fresco verano,
bajo lágrimas que pretenden estrellas parecer
desde un cielo abierto, rotundo y feliz de poder ser

quien presencie un mar, dos amantes y un solo jardín.




miércoles, 3 de septiembre de 2008

El Reto de un Alma



Retos que conviven entre rayos del pensamiento
apostando por encontrar tesoros bajo las dunas.
Derrotas plagadas de lágrimas sobre informes arenas
mientras soles refulgen sobre una alma en pleno abatimiento.

Lento caminar, pesado esfuerzo por llegar a la cima
pico de una duna cambiante, silenciosa y serpenteante
por el ardiente viento que ríe mientras juega indolente,
insensible por ese alma sin manos que la eleven encima.

Noche que no alcanzas, noche que de ti solo espero
un brillo, un refugio, una estrella de maternal arrullo
que sus alas me muestre, que las frote cual murmullo.




Que las escuche y las sienta, que me lleven al fin sin vuelo.
Ved viento y montañosa duna, ambos preso me habéis,
más aunque perdido estoy, libre soy pues aún soñar puedo.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Oro en Cipango (y fin)

... fue una boda la mía con Ayame fuera de lo común sucedido en las Américas hasta el día de hoy. Un hombre como el que esto les ha contado, de la Europa inundada por la pobreza y la lucha por la vida, venido a mas gracias a las oportunidades que Dios y esta bendita tierra tuvieron a bien ofrecerme; por otro lado una mujer del desconocido oriente, el país donde el silencio se roza con el sol que nace primero, donde la rigidez llevada al extremo no se mide por los humanos sentimientos que, sin ella imaginar nunca, se vio arrastrada hasta la orilla extrema de su mismo mar.

Fue gloriosa la celebración, todos fueron grandes y alegres partícipes de mi meta, de lo que creí limite alcanzado en la felicidad; Don Sebastián Vizcaíno, Don Miguel Rocha, hasta el padre Ruiz a pesar de su rencor poco reconocido, mi buen Sebastián que llevó a Ayame a la ceremonia como orgulloso padrino. El verdadero oro lo encontré sin buscarlo en medio de aquel país con el acero, la pasión y la conciencia de hacer lo correcto. Doy gracias a tantos renglones torcidos del Señor, que derecho me trajeron a esta rada, donde mi navío ya descansa en puro desarmo desde este invierno que ya no espera primavera que lo empuje a zarpar.

Pasaron años, mas de treinta hasta este momento en los que ya los relojes sobreviven sin la mínima cuerda que sus manecillas empujen, en los que dejo este pergamino, para que alguien lo lea si tuviera a bien hacerlo. Treinta años en los que sucedieron cosas importantes para nuestro virreinato, para nuestra España, pero ninguna tan importante como la vida compartida con mi amada Ayame, con la que espero pronto reunirme en ese cielo con el que los hombres contamos.

Vivimos desde nuestro feliz casamiento en la villa norteña de nombre San Diego, lugar maravilloso al que arribamos un año después con Don Sebastián, que ese nombre le otorgó por el cambiando el que hasta entonces portaba. Defendí desde aquí las tierras del rey, ayudé a los misioneros que se internaban en los desiertos mas el este. Pero sobre todo viví con Ayame, encontré que los límites no existen, tan solo son excusas mas o menos justificadas por la cobarde alma mundana.

Se que pocos son los amaneceres que me restan a proa del mascarón de mi vida, por eso dejo este epitafio a continuación, que deseo sea esculpido en la lápida donde reposen mis huesos, lugar que no es otro que junto a Ayame, en la loma sur de la Isla de Cuatro Coronados, que bien nombró mi viejo amigo Don Sebastián cuando aquí arribamos y dió este nombre y el de San Diego a esta villa un año después de nuestra aventura.


Resuenan los susurros de un atardecer

que se acerca con su oscura noche detrás.

Años de brega y lucha sin ver su final

por un impulso de avanzar, correr, de amar,

por romper la barrera que define lo posible,

por cazar ese límite como viento desde lona de mar.



Mas no lo vi nunca hasta hoy que el sol detiene su andar

frente a mi arrugada silueta de viejo y gastado capitán.


Ciego por sus rayos, oí Su voz abrir mi corazón al fin:



"Nunca se alcanza el límite
pues este, si allí crees arribar
es porque hay otro a mas andar.

Mas si en verdad llegas,
lo que encuentras
no es otra cosa mas que la Muerte,
pues esa es la verdad del límite.
No lo dudes, ninguno mas.


Camina, no pares de soñar
los límites son sólo excusas
unas de peso, fútiles las mas
por eso no detengas tu caminar"





Pero ya no camino

sé llegada la hora de mi destino

y a ello me someto,

pecados y honras ofrezco


Solo Dios sabe lo que merezco



Don Martín de Oca, Conde de las Islas de Santa Cruz del Mar del Sur



San Diego, Nueva España,
19 de Octubre de 1634

domingo, 31 de agosto de 2008

Oro en Cipango (36)

…con dignos pasos de algo mas que los de un mero prior de navío, nuestro pater, crucifijo delante, avanzó adelantado hasta subir al alcázar de popa. Los demás acompañamos su lento peregrinaje hasta aquél atrio de la nave, como parecía en aquellos momentos. Con un gesto, Don Sebastián dio la orden al nostromo de formar sobre cubierta y frente a nosotros a toda la dotación. Comenzó la ceremonia con las oportunas oraciones, en un latín mas español antiguo que lengua de césares, acompañadas de varias genuflexiones al viento y besos al crucifijo con rictus de iluminación puramente divina. Después, nuestro Padre Ruiz indicó al marinero de guardia en el alcázar que recogiese agua de aquel océano, en esos momentos pacífico como deseando pasar desapercibido en aquellas ceremonias humanas, ritos por los que se toman ciudades al asalto y se acuchillan infantes que desconocen razones y tan solo las sufren. Quizá les parezcan mis letras algo descreídas, a estas latitudes de mi existencia nos son más que el resultado de la dura vida, la magra convivencia con tanto hombre dado de santo, cuyo ejemplo no ha sino demostrado que su halo de santidad viene dado por el poder que le infieren reyes, cañones y maniobras certeras sobre multitud de mentes que ignoran verdades, asombrados por los brillos del oro y superados por la propia y sempiterna ignorancia. Nuestro Señor, que no es de este mundo, estoy seguro que cuando a su puerta mi alma llame, sabrá juzgar con su sabiduría mis palabras, mis acciones y sobre todo pensamientos que son los que mayor libertad ejercen. De ello estoy seguro como de mi muerte y de que todos los que de capa negra o de claro hábito santo se disfrazan, no son mas que útiles de un poder que si es de este mundo, que humano y no divino es.

Con la señal de la cruz dibujada sobre las tres frentes de Ayame, Kazuo y Akemi, el pater comenzó a derramar agua del Océano izada por el marinero, mientras pronunciaba los nombres de cada uno, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La ceremonia terminó poco después con el beso de cada uno a la cruz, esta vez de plata que el padre Ruiz sacó del interior de su raido hábito religioso. Con la dotación por testigos, los documentos fueron firmados por el Pater y nuestro comandante; documentos que certificaban tal conversión, mi rostro con la mirada perdida hacia ese sol con su perpetuo brillo me hizo percibir que su esplendor era aún mayor. Solo era una respuesta a la felicidad interior que llevaban a ver por mis ojos todo con el fulgor propio que se sabe más cerca de su sueño, pero dejemos este en suspenso hasta nuevos aires que no tardarían en llegar.

Me llevé a los niños a su cámara para darles descanso e intentar explicar con mas detalle el significado de aquella ceremonia en su futuro mientras Ayame fue con el Padre Ruiz a confesar sus pecados. Aquella confesión debió ser del todo graciosa pues no veía a los dos muy prestos a entenderse en sus sendos malos japonés y español. Entretanto el viento arreció de fresquito a fresco con lo que nuestro andar se incrementó, los deseos de arribo eran enormes entre todos, Don Miguel procuraba cazar todo el viento que nos mandaba ese Océano ya parte de nuestra piel. Así, a unas dos horas de la arribada de la segura noche un grito nos sacó de nuestros sueños. Era el marinero Alberto Muruve desde el juanete del trinquete, Muruve antes de embarcarse en esta expedición dedicábase a la pesca en las costas próximas a Acapulco, por lo que conocía perfectamente los secretos ocultos de aquella mujer mitad arena, mitad orilla que se ocultaba de nosostros.

- ¡La Roqueta! ¡La Roqueta! ¡A proa, Acapulco!

Como una ballesta nos plantamos todos en la borda de babor cercanos al alcazar de popa. Yo no conocía aquella pequeña isla que cerraba por el noroeste la bahía de Santa Lucía, donde, como verdadera perla del mar del sur, se preparaba para descansar la villa de Acapulco. Mi largomira me decía que aquello era una péquela isla pero a Don Sebastián no, prueba de ello era el brillo de su dentadura mostrada por su sonrisa producto de la satisfacción de saberse en casa al fin.

- Don Miguel, mantengamos el navío a buen recaudo hasta el amanecer en que arribemos con honores a nuestra cristiana tierra. Un cazo de aguardiente para todos y prevención durante la noche.

Así nos mantuvimos hasta la amanecida del siguiente día. Creo que nadie fue capaz de conciliar sueño alguno. Quien no limpiaba sus armas y ropas, estaba pendiente de que el sol tuviera a bien despuntar tras la bahía de nombre Santa Lucía. Intensa espera hasta que con voz serena nuestro capitán dijo lo que todos esperábamos.

- ¡Todos los hombres listos para maniobra de entrada! ¡Artillero, andanada de aviso! ¡Cárguelo bien de pólvora, que sepan que somos un navío del Rey!

Retumbó, no como en tanto combate naval pasado, pero si lo suficiente como para devolvernos después de su eco desde las recónditas tierras mexicanas, el retumbar del cañón desde el bastión defensivo firme sobre la entrada de la bahía. Un grito de júbilo explotó, nos unió como un solo espíritu. Abrazos, lloros, rezos de algunos hombres que un humilde servidor nunca hubiera esperado ver arrodillado sobre cubierta; abrazos con Sebastián, mi ahijado, a quién ya vi hecho un verdadero hombre del rey, un capitán propio de tercio, con Don Miguel Rocha, gran piloto que reflejaba en el vidrio de sus ojos la real necesidad humana del tacto de la tierra por muy hombre de mar que fuera, tantos hombres sin hacer diferencias a sus clases en pleno desahogo, descarga de miedos acumulados durante tantos meses al que el único sentido lo daban su capitán, su navío y el pabellón ondenado sobre este que les recordaba de donde eran. Entre todo aquél maremagnun de sentimientos, como un islote sereno permanecían Ayame, Kazuo y Akemi erguidos y expectantes. Crucé mi mirada sobre la suya, creo que fueron mis botas las que me plantaron frente a sus ojos. No escuchaba nada de aquella batalla de alegría, los empujones no me afectaban y con la lentitud y el aplomo que nunca creí recuperar frente a una mujer, me arrodillé dando un paso al frente con mi pierna derecha apoyando la rodilla de mi pierna izquierda en la cubierta.

- Ayame, no he sido para vos quizá nada más que un carcelero, alguien que os ha arrebatado a golpes de acero de vuestra tierra madre. Mis intenciones nunca fueron otras que vuestro bien aunque de principio tan solo os viera como una extraña oriental. Con el paso de los días, de las jornadas sobre mar y cielo os he sentido cada vez más cercana a mis sentimientos. Vuestros hijos ya ha que los siento como míos y puedo prometeros que guardaré sus vidas con la mía hasta mi último hálito de existencia. Ayame, aceptaré vuestra decisión cual condena si es de rechazo o temporal de felicidad si esta un sí. Deseo con toda mi gastada alma unirme a vos en santo matrimonio, os amo y mi vida hace ya tiempo que es la vuestra, mi futuro puedo asegurar también que será el vuestro. Perdonad mi atrevimiento si os he ofendido, pero como hombre de armas no entiendo otra forma de hacerlo que avante y por derecho.

Quede mirándola, no sabría decir el tiempo que transcurrió en aquella burbuja que dibujábamos con nuestros cuerpos. Ella me sonrió desde su mirada naciente en sus ojos rasgados mientras se acercaba a mi hasta hacer algo que nunca imaginé. Rozamos levemente nuestros labios, sus manos cogieron mis desgastados guantes presionando éstos suavemente, mientras un maravilloso “acepto” provocó en mí la turbación propia de un infante recién hecho hombre. La abracé como hacía tiempo no había hecho, quizá en aquellas Islas de Santa Cruz, quizá Doña Isabel, mi Isabel de Barroto pudo sentir algo así de mis brazos, de mi cuerpo mortal. Nos separamos, ella volvió a su distancia mientras con una mirada me despedí dirigiéndome a mi puesto en el alcázar; Don Sebastián ya largaba órdenes a través de Don Miguel y el nostromo para enfilar correctamente en aquel momento de mi vida la bahía más bella que nunca había conocido.



Arribamos a sus muelles cargados de tesoros, con la cartografía de la mano de Don Miguel que sería de gran utilidad para futuras expediciones, con importantes informes para nuestro Rey, el triunfo en verdad había sido del todo real. La conquista de aquellas tierras quizá fuera en otras jornadas o quizá nunca lo sería, mas eso no era ya nuestro menester. Con la firma del Virrey, desde México, arribó la confirmación de mis títulos, la autorización de matrimonio con mi querida Ayame; mi ahijado fue declarado capitán del rey con su soldada de 40 escudos de oro y, a pesar de no tener hombres bajo su mando aún, se le concedió 25 escudos más de ventaja por su honor y honra en el combate; aquello, en su hogar, al lado de la familia que me lo confió tiempo atrás me recompensó por todos los tragos pasados. No habían mis ojos llorado con aquella intensidad nunca hasta entonces...

sábado, 30 de agosto de 2008

Oro en Cipango (35)

…avistábamos tierra al fin, los errores propios de aquella navegación tan larga hizo que demorásemos la latitud algo más al norte de lo esperado, por lo que hubo que barajar la maravillosa costa de Nueva España desde la bahía de Potosí en demanda
de la esperada bahía de Acapulco; en busca de sus maternales brazos de tierra con ansia de abrigo y protección, como niños en busca de una madre largamente esperada. Faltaban unas 90 millas marinas, distancia que disfrutamos con la visión de aquella línea de costa, adornada de una arena brillante por un sol ya de propia familia. Mi cabeza hervía, quedaba algo más de un día de singladura para largar el ferro frente al Fuerte de San Diego y debía hablar con nuestro Capitán, con mi protector y amigo, Sebastián Vizcaíno.

- ¿Da su permiso, capitán?
- Adelante, adelante mi buen Martín. ¿Qué se os ofrece esta mañana tan serena y con la vista de tierra tan cercana?
- Buenos días, Don Sebastián. Bien decís de la vista que llevamos al costado de babor de nuestro navío. Mis deseos no saben qué otra cosa desear ya que sino arribar sobre Acapulco y pisar tierra cristiana, donde poder pasear y escuchar nuestra lengua entre sonrisas y corteses saludos de sus habitantes. Más mi visita es por otro menester que me trae el alma atribulada.
- No habéis de penar ni un minuto por vuestra pena declarada por el Virrey, pues en mi misiva después de la toma de aquel bergantín holandés, reflejé con orgullo vuestro bravo proceder y mi alta consideración hacia vuestra persona. Por ello estoy seguro que en no muchas jornadas después de nuestro desembarco en Acapulco, recibiréis confirmados vuestros títulos de nobleza y vuestra condición de entera libertad para recorrer y estableceros allá donde deseéis en las tierras de nuestro Rey católico.
- Mi capitán… Sebastián. No es eso lo que ahora me preocupa, son mis protegidos por vuestra decisión, la mujer y los dos niños a los que he tomado cariño. Desearía confesaros secretos que la madre me rogó no diera voz hasta desembarcar en tierra. No entendí tal deseo, pero lo respeté; como vos, estoy acostumbrado a estos caminos del pensamiento y conducta tan diferentes a los nuestros, así que decidí cumplir con ese deseo.

- Hablad, Don Martín, os escucho.

- Como sabéis, nuestro pater, en los primeros días de travesía, no cejaba en su empeño evangelizador sobre Ayame, hasta que ocurrió aquel hecho que nos enfrentó a ambos con la feliz intervención de vos. Ella agradeció mi defensa y me confesó su origen noble, pues era la mujer de aquel energúmeno que Don Miguel y yo descabalgamos para siempre de su vida. Iban a ser ajusticiados en Edu por orden de su marido y padre de los dos niños. La razón no era otra que el haberle desobedecido. Mi asombro se colmó al saber que la razón, no fue otra que la conversión de Ayame y sus dos hijos a nuestra Santa Religión. Si, capitán, no se asombre que ya lo hice yo por ambos aquel día. Quise saber cuál era entonces la razón de su secreto y me relató cómo vio la luz de nuestro Señor de manos de un misionero portugués, que tantos tenemos en aquellas islas sembrando nuevas almas cristianas y labrando de esta forma nuestra futura labor de conquista. Este misionero, desconocedor de la feliz unión de las dos coronas en la cabeza de nuestro rey siempre le previno de los sacerdotes españoles y su fiereza con quienes no eran verdaderos seguidores de la fe. Vos comprenderéis que con semejante idea sobre nuestros sacerdotes, la imagen de un encendido Padre Ruiz, que frente a ella parecía el verdadero Santiago, martillo de moros, ella se inundase de aquel temor y esperase a mayor seguridad. Ya ve que donde hay hábito santo, el miedo reina sin competencia.

- Desde luego, Don Martín. Pero, ¿cómo sabéis que esto es cierto?

- Ella me enseñó el crucifijo de plata repujada que aquél misionero le entregó al bautizarlos. Me habló de nuestra santa religión, de nuestros ritos, me atrevo a decir que sabía más que muchos de nosotros y quizá fuera su tez blanca y su serena expresión, pero si nuestro Señor habría de tocar a alguien con su dedo, creo que a ella fuera a la que tocase.

- Bueno, bueno, Don Martín, usted y sus pasiones. Tan sólo es una mujer a bordo y eso revoluciona la sangre de todo varón embarcado, nada más. En fin, es toda una noticia, así que he de hablar con nuestro pater, aclararle la situación para que confirme lo que vos me contáis. Mientras, necesito saber que rango es el de su familia y habéis de informarle que habrá de pasar un leve, insístale en lo de leve, interrogatorio conmigo y el padre Ruiz. Tenéis vos y vuestra protegida mi palabra que el pater se comportará.

- Don Sebastián, hay algo más. He cumplido, como vos me ordenasteis, en mi comportamiento, manteniendo el decoro y el respeto a ella, a vos y al resto de la dotación. Quizá por ello, quizá por que mi corazón sea blando con los que asi se presentan a mi pecho, pero mi deseo es el de unirme a ella en Santo Matrimonio cuando la venia de nuestro Virrey sea firme. Siento amor verdadero por esos niños y Ayame y creo que este es correspondido.

- Don Martín, os juro que me lleváis de sorpresa en sorpresa. Tras ese bravo corazón que no da respiro a enemigo, clavando aceros y quemando pólvora sobre sus vanguardias, siempre me acabo encontrando a un caso perdido de personaje más propio de las viejas novelas de caballerías. No dudéis de mi regalo de boda, estad seguro que no será otra cosa que mi libro ya envejecido donde se narran las andanzas de Don Amadís de Gaula. En él os veréis a cada capítulo vencido y vencedor, quizá unas veces os haga reir y en otras lloraréis, mas no se parece a otra cosa que a vuestra vida en palabras de viejo castellano. Mi querido, mi respetado Martín de Oca, tendréis mi bendición; ahora marchaos a ver a vuestra amada para indicarle lo que os he dicho.

Acudí a la cámara que tiempo atrás mía había sido, donde permanecían Ayame y sus hijos desde que el anuncio de arribada habíase ya convertido en una confirmación de inminente cumplimiento. Deseaba decirle lo que sentía, aunque por mujer estaba casi seguro que ella sabía lo que no dejaba de martillear las cuadernas de mi corazón. Con la ayuda de Kazuo fui relatando los pasos necesarios para que aquella conversión a nuestra verdadera religión ante los misioneros portugueses, fuera de facto aceptada por las autoridades de nuestro Santo Oficio. Al nombrar al Padre Ruiz su rostro sereno torno a enmudecer su reflejo de calma, era como si hubiera visto a un fantasma. Insistí en la garantía de la presencia de Don Sebastián como representante del Virrey, de su conocida extrema caballerosidad y humanidad para quien de bien se muestra, como ella demostrado tenía después de tan larga travesía. Con gran esfuerzo y, sobre todo, la ilusionante ayuda de Kazuo conseguí que aceptara pasar por tal necesario trago.

Llegó el momento, como tutor de aquellas tres almas tuve derecho a presenciar aquel extraño oficio religioso que dirigía el padre Ruiz. Presidía Don Sebastián y sufrían aquellas tres almas, que nunca hubieran imaginado protagonizar tamaña escena sobre un navío a miles de leguas de su tierra. En aquel acto percibí con claridad un perfecto control de la situación por parte de nuestro capitán. El pater, a cada latinajo vomitado sin pudor y agitado movimiento aferrado al crucifijo siempre acababan sus ojos en busca de aprobación de Don Sebastián. Llegaron las preguntas sobre la fe, a las que Ayame dejó con las bocas abiertas como portas de navío presto a combatir debido a su conocimiento de nuestra fe. Para finalizar, fue ella la que como si hubiera guardado aquella última bala, les cedió al pater una biblia en portugués que guardaba en absoluto secreto, algo que acabó de certificar la veracidad de tal acristianamiento. El padre Ruiz con la palabras atoradas en su garganta consiguió largar en un castellano antiguo a mi parecer, lo que aquí les escribo


- Vistos los hechos que confirman la sumisión de estas tres almas a Dios. Y siendo Dios, que es cumplido y cumplidor de todos los buenos hechos, por la su merced y por la su piedad quiera que los que así cristianos se declaran se apresten a sus mandatos a servicio de Dios y para salvamiento de sus almas y aprovechamiento de sus cuerpos, así como Él sabe, que yo, humilde sacerdote, lo declaro a esa intención.

Alegría era lo que inundaba sin límites mi interior. Salimos a cubierta con la pausada solemnidad del acto que restaba, que no era otro que el bautismo renovado de aquellas almas que pudiera así certificarse en documento oficial….

viernes, 29 de agosto de 2008

Mi Diente se quiere ir


Tengo un diente que se quiere ir
de esta mi boca tan fresca de sonreír.
De tantos nervios hasta el techo salto
y sin querer a todos sobresalto.

¿Cuándo llegará el ratón?
Pérez me cuentan que se llama
y que de noche se acerca a mi almohada,
mientras en sueños viajo en mi nave del mañana.

Mi diente, mi diente, se mueve.
Mi diente se va, pero no acaba de despedir
pues fue aquí donde descubrió el sonreír,
pobre, no sabe si eso hará donde el ratón le lleve.


Me duermo mientras sueño
con piratas, rebeldes y caballeros,
islas que surgen, volcanes que explotan.
Miles de cosas vivo mientras al ratón espero.


martes, 26 de agosto de 2008

Oro en Cipango (34)

…con el paso del tiempo mi relación con el pater fue lentamente recuperándose, aun que creo que el rencor por ser humillado le ensombrecía el alma. La vida continuaba, la navegación ayudaba por su continuo andar de la nave sin contratiempo. Gracias a las provisiones gustosamente “cedidas” por nuestros amigos de fortuna holandeses, dispusimos durante más tiempo de alimentos frescos; así, pasado el mes de travesía matamos el último carnero, cuyo sacrificio nos propició una buena fiesta aquella jornada de navegación. Aquel ultimo ser vivo comestible se cocinó con las hierbas aromáticas que Ayame fue indicando al cocinero. Deseábamos hacer un pequeño homenaje a esa mujer que, poco a poco, con su saber estar entre tanto hombre rudo, sin sentirse su paso entre ellos, fue logrando que aquel navío ganase en comodidad; supo hacer que los olores de los animales vivos se disfrazaran de fragancias a hierbas suaves, consiguió que los bronces del navío, no sólo brillasen sino que cantasen a la mirada con sus indicaciones de limpieza a través de Kazuo. Sus cortas risas, ese torpe andar a bordo junto con las gracias de Akemi y las preguntas a todo el que delante se parase un segundo delante de Kazuo, hacían que la travesía fuese menos monótona, menos ruda. Los hombres no jugaban sus doblones de futuras ganancias o procuraban hacerlo en momentos que su visión no importunara, las peleas, que por tantos motivos de incierta justificación siempre había que acudir a sofocar, casi ya no se producían. Don Sebastián estaba encantado con aquella travesía en extraña calma interior, algo que le permitió redactar una verdadera carta de relación sobre lo pasado y logrado, lo perdido y encontrado, que debía entregar al virrey de forma extensa y con la debida reflexión, algo que en situaciones de normalidad en navío armado fuera del todo imposible.

Se bendijo la comida y todos como un solo hombre nos abalanzamos a saborear el ultimo plato de carne hasta la arribada a Nueva España. Aprovechando el perfecto día de viento y mar, Don Sebastián, Don Miguel, mi ahijado, el Pater y Ayame con sus hijos, comimos sobre el alcázar de popa. El vino aguado en una tercera parte consiguió mantener a la dotación en condiciones aceptables para la navegación, aunque creo que, si algún hijo de las pantanosas tierras de Flandes, o Japonés desviado de su tierra nos encontrase, habría dado buena cuenta de nuestro preciado navío, su dotación y su valiosa carga.


Como les había relatado anteriormente, mis sensaciones al lado de Ayame ganaban en placer por su simple proximidad, sus hijos ya los sentía tan cerca de mi como si los hubiera visto nacer. Era también esto producto de la estrechez de la convivencia a bordo de un navío durante tanto tiempo, aunque hoy, al borde de mi desembarco de este otro navío que ha sido mi vida, puedo decir que en aquellas placenteras sensaciones había algo más. Al finalizar la comida, con mi vaso de plata aferrado en mi mano derecha, valiosos regalo de Don Sebastián, me apoyé sobre la balconada de popa observando el suave andar del San Francisco, la ligera estela que al mirarla me devolvía sus reflejos mezclados del blanco espumosos de la revuleta sal y el oro calmo del rey sol.


Una manita tiró de mis botas, miré hacía abajo imaginando quién era quien así asía el borde mis gastado cuero encontrándo a la pequeña Akemi. Me miraba aferrada al borde de mi bota, mientras con la otra sujetaba un pequeño trozo de madera tallado toscamente con forma de muñeco. Ayame se acercó a mi junto a su particular "lengua", que no era otro que el muchacho, Kazuo.

- Don Martín, mi madre desea saber si puede hablar con vos.

La miré, ella evitó cruzar su mirada con la mía


- Claro que puede hacerlo, Kazuo. Estoy a su disposición.

El niño habló con ella, devolviendo esta una larga parrafada que a duras penas hoy creo que consiguió traducir su hijo.
- Mi madre desea agradeceros todo lo que habéis hecho hasta ahora por ella y por nosotros dos. Desea deciroos que siempre será su sombra de portección, pues le devolvió la vida aquel día frente a nuestro padre, que iba a entregarnos a los jueces por haberle desobedecido.

- ¿Vuestro padre? ¡Dios mío!

Aquel niño me contaba aquello de forma impersonal, como si hablara de un hombre que no conociera. Yo me sentía un sucio criminal delante del juez más absoluto que pueda haber en la tierra, que no es otro que un hijo de padre asesinado ante su culpable. De pronto su madre hizo un gesto y le volvió a enviar una larga parrafada que con un golpe en el hombro obligó a traducir.

- Mi madre dice que no debéis preocuparos, ese hombre no era bueno y su destino era el que recibió de vuestra mano. Un padre que decidió que mataran a su familia por desobedecerlos no debe llamarse de tal manera.
- ¿Cuál fue vuestra falta?¿En qué desobedecisteis a vuestro padre?
- Mi madre renunció a la religión de nuestro padre y el nos condenó a morir según el dictamen del Shogun. Escapamos durante una semana, pero el hambre y su dura persecución hizo que mi madre decidiera suplicarle piedad. Él se negó y cuando vos nos encontrasteis nos llevaba a Edu a ser juzgados.
- Dile a tu madre que lamento lo que habéis sufrido y que le doy mi palabra que, bajo mi protección, podréis vivir con la libertad propia de un súbdito del rey católico. Decidle también que le agradezco su confianza por relatarme tal terrible historia sufrida.

El niño con una serena sonrisa en los labios se giró hacía su madre traduciendo cada cosa que yo había largado desde el fondo de mi garganta. Ella me miró y al fin pude percibir su sonrisa, pequeña, pero sin principio ni fin como debe de ser el sentirse agradecido.

A partir de aquellos momentos nuestra relación fue a más, aunque siempre con el escrupuloso cumplimiento exigido por Don Sebastián. Cierto es que mi cuerpo no demandaba pasión, sino serena compañía, la caricia de aquellos niños me bastaba y las cada vez mas expresiones dichas en español por Ayame, me parecían golpes de de felicidad que superaban a tantos golpes de pasión de tiempos pasados. Isabel, mi verdadero amor, Isabel de Barroto, mantenía su espacio entre los jirones gastados de mi corazón. Creía sentir sus consejos, sus bendiciones hacía aquella relación; quizá el que esto lea le cause mofa, mas no es distinto de quién escucha a los santos, o a La Virgen indicándole el camino a seguir.

Casi dos meses más de navegación nos llevaron a pocas leguas de Nueva España, los secretos que mi corazón albergaba los debía hablar con Don Sebastián. Mi situación, mortal y espiritual ya era también la situación de Ayame, Kazuo y Akemi…

lunes, 25 de agosto de 2008

Oro en Cipango (33)

…Pasamos varias singladuras bañados en cascadas de la euforia propia del saberse de retorno a la cultura conocida, a las costumbres propias que hacen que uno se sienta como horma en zapato de su medida. La normalidad fue poco a poco invadiendo los ánimos de todos, ahora tan sólo había que conducirse de forma serena y marear bien la nave, algo de lo que estábamos verdaderamente preparados.

Esta rutina, sin otro sobresalto que un cambio repentino de viento o la presencia de alguna ballena en deliciosa y cercana visión, fue propiciando una relación con aquellos “extraños” pasajeros cada vez más cercana y familiar a pesar del carácter frío y poco expresivo de su cultura, pero había niños y ellos no saben que es eso de la diferencia hasta que se la enseñamos nos con nuestro ejemplo. Los marineros, en cuanto un momento de holganza se presentaba ante ellos, corrían casi todos hacía los infantes. Realmente aquella oportunidad era algo que alimentaba la vida de ambas partes, a ellos les daba motivos para creer, para sonreír, para saberse buenos en un mundo que solo les ponía armas, órdenes a cumplir y no permitía buenos sentimientos salvo cuando así estaba visto por quienes mandaban. Enseñaban a los niños a hacer nudos, coser las velas, pasaban horas jugando con los pajes en los ratos de holganza de estos.

Algo que en verdad poco me gustó, era la actitud de nuestro padre Ruiz; este de pronto iluminado por una fe redentora, no dejaba a Ayane ni a barlovento ni a sotavento de la nave, intentando realizar en aquellos momentos lo que ni pensó un solo instante en hacer durante los meses que estuvo entre tanto pagano, como él mismo los llamaba. Sin saber una palabra del idioma, cual corsario al abordaje, se lanzaba a impartir los dogmas de nuestra fe cristiana. Aquello importunaba a Ayane. Ella, por medio de su hijo, de nombre Kazuo, que ya dominaba nuestro idioma, iba dándose cuenta de las intenciones del orondo pater, enfureciendo su ánimo pues no era persona de poca formación, por lo que uno iba descubriendo. Al principio de nuestro encuentro y secuestro postrero, pensé que era una sierva de aquél señor al que mi acero dio con su alma en fuga y su cuerpo en tierra. Pero esto no era así, ruego me perdonen pacientes lectores de este humilde relato vital, pero con la venia de vuestras mercedes, este tema creo será mejor relatarlo con más detalle paginas avante.

Como relataba, el Pater llegaba a acosar en exceso a, en aquél momento la imaginaria "esposa" de toda la tripulación; esta actitud la consideraba un servidor de vuestras mercedes, en una elevada medida de cobarde, por ser mujer sola cuando dispuso de un amplio grupo de almas a popa de nuestra nave allá en Japón. Así, una mañana de buen viento dando de través a nuestras velas, con una mar de tantas formas tatuadas sobre su piel como caprichos del viento perfilador sobre ella, quizá pudo ser el gris de alguna de aquellas nubes cargadas de agua que amenazantes nos perseguían, quizá quise adelantarme a la explosión de esa inmensa humedad constreñida entre sus variables formas, quizá nuestro Señor en sus torcidos renglones de buen jugador no aceptase ese tipo de trampas del pater y me empujó a ello. Me interpuse entre su hábito y cruz de madera y Ayame de forma clara y un cierto amenzante al primero.

- ¡Basta, Padre Ruiz! ¡¿No le parece algo excesivo intentar convertir a alguien que no entiende sus vocablos, mitad en español, mitad en latín?! Deteneos y reflexionad que muchas son las leguas que restan y a esta desgraciada mujer mucha vida le aguarda en las cristianas tierras de Nueva España.
- ¡Qué decís, Don Martín! ¡¿Osáis interponeros entre Dios, Nuestro Señor, y estas pobres almas sin credo salvador?! ¡No esperaba tal cosa de vos!
- No digáis insensateces, Pater. De sobra sabéis mis creencias y la sangre vertida por la Verdadera Religión, solo os ruego que reflexionéis sobre vuestra actitud. Esta mujer está sola, no conoce el idioma y no tenéis competencia de moro a pagano que pueda robaros la pieza.
- ¡¡¡Apartaos!!!

No me quedó más remedio que desenvainar; en ello estaba cuando la mano providencial de Don Sebastián con acierto, premura y en tiempo oportuno retuvo aquella acción a la vista de toda la tripulación, que son pocas las varas de manga y eslora de un navío por muy grande que este sea.

- Acompáñenme los dos a mi cámara. ¡Todo el mundo a sus obligaciones! ¡Ya!

Tras nuestro capitán como ganado sumiso nos dirigimos nuestros pasos hacia la cámara de popa. Giré de manera instintiva mi cabeza y allí crucé mi mirada con aquel rostro oriental, en aquel momento golpeado por un sol que se abría paso entre las hasta ahora triunfantes nubes del oculto firmamento. Sentí alcanzarme un primer esbozo de sonrisa.

- Bien, ambos, caballero y sacerdote me deben una explicación. Explicación que no deseo escuchar de semejantes zoquetes. Vos, Don Martín, cuándo aprenderá que la espada es una medicina que se emplea en pequeñas dosis, y vos, Padre Ruiz, ¿acaso la comida de nuestro barco le causa alucinaciones hasta hacerse pasar por San Lorenzo? Si asi fuera, no ha de demorar su confirmación, pues lo dejaré en el sobrejuanete de la mayor para que una buena fogata de San Telmo lo abrase. Don Martín, mantengo mi orden de que seáis vos el tutor de estas tres personas, por lo que cuídese de que no se acerque nadie a ellos sin su consentimiento, y en cuanto a vos, lo quiero en los sollados de proa dando muestras de su profesión de fe. Confiese los pecados de tanto marinero descarriado, flagélese si lo encuentra oportuno por la cristiana arribada de nuestra expedición, pero no se acerque ni por asomo a esos dos niños ni a su madre. Seguramente, serán más tarde o más temprano objeto de la Luz Divina, que los recuperará a la verdadera creencia. Ningún problema mas quiero o desembarcarán ambos con los grilletes del Santo Oficio de camino a Veracruz. Eso es todo y ahora déjenme el resto del día para olvidar esta estúpida escena.

Salimos en silencio, sin mirarnos a la cara, el pater enfiló sus pasos hacía proa mientras yo me apoyé entre las batayolas cercanas al combés en la banda de estribor de la embarcación.
Poco a poco todo fue normalizando, yo me mantuve más cercano a ellos, una situación que me agradaba, los niños, sobre todo Kazuo, aunque también su hermana Akemi, algo más pequeña, alegraban mi corazón ya agotado de vivir tantas situaciones tensas y de verdadera pasión ante algo o alguien. Kazuo se habñia transformado en algo como un pequeño hijo que colmaba las carencias de no tener tal y sin esfuerzo iba ganando espacio al bueno de Sebastián, al que ya solo le quedaba el nombramiento de capitán, pues de facto ya lo era. Estar con ellos daba respiro a mi alma atormentada y creo que ellos sentían en mi algo más que a alguien que los vigilaba y protegía.

Sentía paz y eso era la primera vez que entraba en mí sin tener a mi enemigo inerte en el suelo, separado ya de su alma…