jueves, 23 de julio de 2009

Sentirlo


¿Sentirlo? Eso ya es vivirlo.

Venas que sienten quemazón tras el frío
que retorna para dejar marcados fuegos
como rios de lava que se refugian como rescoldos
entre los pliegues provocados por la plena ebullición.

Quizá fuera en Utopía, ese lugar nunca encontrado,
isla de tantas costas rodeadas por el mar de la realidad,
enorme islote mil veces golpeado y otras tantas vilipendiado
por quienes son creyentes por en ello no creer,
o por ser videntes ciegos de lo que nunca vieron.
Tristes almas pobres por negar a Utopia
que alimentan sus vidas con la esperanza de otras
a las que se plantean llegar por la propia resignación.

Entretanto marcamos en la carta rumbos
de viajes ocultos, pausados en la verdadera calma,
a la espera que un terral en suave engolfe las velas,
tensando el aparejo dando arrancada,
zarpando al fin desde el viejo abrigo de la necia realidad.

Dibuja el espejo que cierra tu nave la estela definitiva
Caminos que no has de volver a pisar
mientras mil ventanas se despiden sin aún abrirse
sobre las coloreadas fachadas de tu ciudad
todavía dormidas en la noche real
que allí queda vencida para siempre.




Avanzas, tu roda hinca su filo rasgando mares
ahora convertidos en viscosas razones
que pretenden impedir tu partida.

Al fin, como Penélope logró tejer su viejo encargo,
la razón quedó presa en el odiado último jubón,
mientras el sueño lento brotaba indemne
de entre los monstruos de la razón.

Navegas ya, tus recuerdos te siguen mientras se alejan.
Brillos a proa como huracanes templados te empujan
tirando desde el cabo imaginario que es la pura ensoñación.
Utopía espera millas avante de tu situación
donde el sol erguido mantiene en mayúsculas su altura.

Sigues navegando,
tu brazo al timón,
tu mirada al compás,
tu esperanza crecida tras la partida que ha poco empezó.











Yo, El rey de las Islas Escindidas

miércoles, 22 de julio de 2009

No habrá montaña más alta (16)


… Justificar a ambos lados
- Don Francisco, a pesar de su porte de viejo almirante acabó sentado en una pequeña cinta en otro tiempo de cortantes aristas de piedra que hacía de bordillo ante un portón que se veía trancado desde hacía bastante tiempo. Con la débil luz de un candil que parpadeaba a la vez que temblaba al unísono la mano del criado que lo portaba, Don Francisco leía la carta de su Hija Isabel. La misiva decía algo como esto:



“Padre:
Vos sois lo que más quiero en este mundo en el que me habéis hecho sentir querida y orgullosa de teneros como tal. Mi madre que casi no conocí salvo por vuestras confidencias os tuvo que amar como verdadera flor que espera la salida del sol cada mañana para recoger la fuerza de su calor.



Padre mío, vos sois todo eso que os digo, aunque como sé quien sois y vuestro lugar en la sociedad esta que tantas mentiras aguarda sobre la verdad absoluta, también comprendo que rechacéis de frente con espada al aire y sin temor este golpe que sin desearlo os estoy dando, mas debéis entender que el amor es algo que no entiende de ningún fundamento, como el vendaval que primero suave y tan pronto agreste se cierne contra el débil corazón que no lo espera por ser libre para ser devorado como bajel que, como en tantas viejas historias me relatasteis vos, es engullido sin mas por no prevenir tal contingencia. Diréis que mala hembra soy yo, vuestra hija, por no prever tal hecho, pero ¿se ha de prevenir uno contra la verdad del amor?, ¿acaso la felicidad se construye mediante algún plan preconcebido? ¿O simplemente se encuentra en la siguiente ola tras la última que a su vieja nave casi destruye?



Mi respetado padre, no os aflijáis por esto que ahora os diré, pues no es mi intención traeros mal después de una vida salpicada por tal concepto de forma acechante en cada vuelta del camino. Habéis denunciado a mi amado Juan por el que ya no sabría sonreír si supiera de su mal. Vuestras influencias lo han dejado para que la muerte lenta y dolorosa del banco de una galera o la terrible desaparición encadenado al banco en su naufragio acabe con sus deseos de vida, cosa que lo mismo hará con mi espíritu. Por tal hecho no estoy dispuesta a volver con vos si Juan no es liberado. Os prometo que si garantizáis su vida y le permitís la libertad que vos mismo disfrutáis, volveré por mi propio pie a vuestro lado. En tal caso mi deseo será el que lo aceptéis como vuestro hijo al lado mío o que nos dejéis partir tan lejos como la soberbia de vuestra honra mancillada os permita.



Si tal cosa no sois capaces de disponer no volveréis a saber de mí en lo que nuestras respectivas vidas permitan ser con la venia de nuestro Señor. Tenéis hasta una hora antes del fin de los tres días dispuestos por el alcaide para dar en firme la condena a galeras. Dad vuestra respuesta a María, nuestra cocinera, ella sabrá hacer llegar el mensaje al sitio oportuno.
Padre, pensad en lo que de verdad importa en la vida, que solo es una y a cada instante más cercana al final. Nunca olvidéis que os quiero como a nadie en el mundo.

Vuestra hija.
Isabel de Mallaina y Trujillo
Sevilla, a 2 de Abril de año del Señor de 1669”




Don Francisco quedó inmóvil, tan sólo el flamear del candil simulaba el aspecto de viveza en su piel, pero su mirada perdida, como si tratara de atravesar el sucio pavimento daba a aquél hombre la apariencia de pura catalepsia. La familia de Juan Delgado miraba de forma temerosa la estampa creada de forma tan inusual, alternado con miradas de interrogación hacia mi madre que era la única que conocía el contenido de la carta de Isabel. En esto estaban cuando Don Francisco, como un sonámbulo, sin mediar gesto o palabra alguna, se incorporó y desapareció acompañado por la penumbra de los candiles que portaban sus criados, pequeñas luces irrisorias que lograban distorsionar las alargadas sombras producidas por las pobres antorchas que pretendían iluminar las calles de aquella noche triste. Mi padre quiso saltar y detener la marcha de su antiguo amigo, pero un oportuno tirón en el antebrazo de mi madre lo detuvo. Su mirada le bastó para saber que no debía interrumpir el dolor de Don Francisco.



- Pero Agustín, si así me permite llamarle, ¿Dónde estaba Isabel? Era una niña y no creo que en esta ciudad hubiera en aquellos tiempos, ni creo que en estos tampoco, lugar de refugio para una niña sin que se acabara por saber antes que después.
- Podéis llamarme Agustín si así lo deseáis. Vos habéis estado con mi hermano y sois al fin y al cabo el nexo que tengo con él al que ya quizá no vea hasta dejar este mundo, por lo que para mi sois ya casi como hermana, Doña Maria.



María sonrió de forma suave mientras Agustín Delgado prosiguió con el relato. Sobre el puente de barcas caminaban ya sobre su medianía; el castillo de San Jorge comenzaba ya a ser algo más que un castillo para ser una sombre que empezaba a turbar su alma tras el esfuerzo por recordar lo ocurrido en él medio siglo atrás.


- Mi madre le puso al corriente de todo a mi padre, que entre tanta desgracia creo recordar hasta atisbó alguna sonrisa pues en su sentir fluían los mismos sentimientos que conformaban su forma de ver la vida. Veía el amor de su hijo como el de él mismo sobre su querida Augusta tras el que nada permitió interponer obstáculo. Decidieron esperar al final de los plazos que no llegaban ya ni a las 20 horas. Mientras Isabel, para colmar vuestra ansia de saber su escondite, no fue a esconderse a otro lugar que el que donde vos me encontraron el día de ayer, el Convento de Santa Inés de las Clarisas de San Francisco. Ella siempre fue devota de nuestra Santa y mantenía una relación muy cercana con la congregación tanto por su persona de natural afable y cariñosa, además de por sus donativos a la orden que de recursos le puedo garantizar que nunca hemos estado afortunados.


- Al final Don Francisco se avino a razones o…




- Al principio a razones se avino pero…

viernes, 17 de julio de 2009

No habrá montaña mas alta (15)


- Con la sarna imaginaria que ya un preso del rey porta sin más entre los grilletes del alguacil entró Juan a través de la puerta de hierro de la Cárcel Real, por ella atravesó los corredores hasta quedar en el rancho que se conoce como “Venta” donde quedaban los presos nuevos. No puedo aún imaginar aquél primer golpe real, que la mala vida sin consciencia aún por parte de Juan, le sacudió al verse entre la penumbra de antorchas sin casi lumbre rodeado de rufianes y maestros de la pendencia. Este corazón casi seco aún es capaz de arrugar su pequeña forma al imaginarlo. Pero no estaba lo malo por cumplido, pues al despuntar el día fue mi hermano conducido sin preámbulo o explicación mal dada al sótano, donde tras atravesar la galera vieja fue llevado por la galera nueva hacia el rancho llamado de Crujía donde quedan los futuros galeotes del Rey. Supimos tal cosa horas más tarde pues un escribano de la Cárcel escoltado por dos alguaciles acudió a nuestro hogar roto por tanto dolor sin explicación con un documento firmado por el Alcaide en el que se informaba de tal situación temporal y en la que se conminaba a presentar las alegaciones oportunas antes de tres días para su redención de tal pena por otra, o su confirmación y traslado a la villa de Cartagena en próxima cadena de galeotes. Mi padre no podía entender aquella desdicha y con las mismas acudió a la casa de don Francisco Mallaina. Fuimos con él mi hermano mayor Paulino y yo que nadie pudo impedir que presenciara todo. Tras varios llamados al fin la puerta se abrió, no intermedió criado alguno pues fue Don Francisco el que lo recibió y la conversación con el posible error que tantos años puedan provocar creo que transcurrió en estos derroteros...


Habían los tres alcanzado el mismo puente de Barcas y el sacristán la invitó a cruzar éste con él mientras intentaba reproducir aquella conversación



- Don Francisco, ha de creer vuestra merced en mi sinceridad cuando le juro por mi familia que desconozco el mal que ha hecho mi hijo Juan sobre vuestra vida o hacienda. Le suplico me abra los ojos a la verdad que me atormenta en esta espera inexplicable pues a mi hijo se lo llevan de galeote. ¡Sabéis vos que tal cosa es la pura muerte en vida! Os lo ruego mi respetado almirante, por nuestra amistad de años, os pido me expliquéis la razón de este terrible momento.


- ¡Basta, Don José! Nada tengo contra vos que sé de qué madera es vuestra persona mas no parece que vuestro hijo haya heredado tal señorío de vuestra merced. Ese gañán ha osado mancillar la honra de esta familia teniendo relación no sé hasta que punto de humillante propósito con mi hija Isabel. No sólo eso, sino que valiéndose de puros sortilegios propios de varón que a encantar hembras y beneficiarse de tal indigna forma se dedica, tengo a mi pequeña perdida en locuras falsas de amor por vuestro malnacido vástago. Quiera Dios que nada de lo que pueda arrepentirse haya sucedido entre ambos pues os prometo que en tal caso no llegará vuestro hijo a galera del Rey.
- Don Francisco, entiendo ahora vuestra furia y os ruego recapacitéis ante la situación de mi hijo que seguro nada más es cosa de juegos y chanzas de jóvenes en plena efervescencia y agitación. Vos habéis sido joven y sabéis como yo que ese gas que parece reventar bolsa que ose contenerlo al fin pierde el fuelle y retorna al éter de la pura racionalidad. Liberadle y os prometo que pagará su castigo tan lejos como puedan estar las islas Filipinas en la otra orilla del mar del Sur. Nunca más volveréis a saber de él.

José Delgado quedó en silencio, arrodillado con la mirada fija en la de su hasta aquél momento amigo Francisco Mallaina. Las palabras de José habían calado en el alma de aquél padre atormentado por la deshonra y humillación de su apellido.


- Decís que aún faltan tres días para que la condena se haga firme. Dos días necesitan mi mujer y las matronas para concluir si esto tiene remedio, en cuyo caso nada más deseo que desaparezca de aquí para siempre, mas si no hay remedio las galeras serán su destino. Vive Dios que tal cosa será. Ahora, Don Juan, marchad y esperadme frente a la Cárcel pasadas dos noches que allí le prometo dar contestación.

Con la derrota igualmente clavada del pecho, aunque esperanzado por la posibilidad de librar a Juan de las galeras se dejó llevar por mi hermano Paulino hasta la casa donde esperaba el resto de la familia entre novenas y llantos por mi hermano.


- Don Agustín aún no nos ha hablado casi de Isabel. ¿Dónde estaba ella?
- Calmaos señora que todo a su tiempo vendrá sin otra dilación, más me veo obligado a contaros los hechos como los tengo en mi dolorida memoria. Como os contaba regresamos a nuestro hogar donde la espera se hizo terrible. Mi padre enfermó de pena y angustia mientras mi señora madre, Doña Augusta, se refugió entre novenas y rosarios sin querer aceptar el destino de su hijo Agustín. Son pobres las imágenes que tengo de aquellos días en la casa pues mi hermano Paulino me mantuvo cuanto pudo disperso entre los muelles por los que ahora paseamos observando galeones, urcas, barcas y las terribles galeras que atormentaban en aquellos momentos a Juan desde la cárcel, despidiendo aquel hediondo perfume a putrefacción humana. Lo que ocurrió el día en que habían pactado Don Francisco y mi padre no puedo deciros de primera mano lo que fue, mas tengo algo que a vos, Inés de León, que lo habéis demandado os complacerá pues apareció en nuestra casa Isabel de forma inesperada y con total sorpresa. Yo tan sólo pude observar como entregaba una carta a mi madre con la angustia temblándole en las manos y los gestos de desaprobación por parte de mi madre sin éxito. Después se acerco a mí y me abrazó como si de su propio hijo se tratara entre lloros y lágrimas que quedaron sobre mi piel empapada por tal mezcla de agua y sal.


- ¿Qué decía aquella carta?
- Después de despedirse de mí salió apresuradamente y tan sólo pude escuchar el golpe de cascos al trote alejándose hacía el sur de la ciudad. Mi madre nerviosa como nunca la había visto mandó a mi hermano Paulino llamar a mi padre que partió precipitado hacía la calle Sierpes donde la renegrida cárcel está. Mientras, en la entrada de la cárcel Don Francisco iba a comunicar su fatal decisión a mi padre cuando la interrupción de mi hermano Paulino los hizo acudir de inmediato a nuestra casa acompañados de dos alguaciles del Alcaide en prevención de lo que desconocían encontrar. Fue allí donde mi madre Augusta le entregó la carta a Don Francisco que a cada renglón su ira superaba el color que la producía en el rostro…

miércoles, 15 de julio de 2009

No habrá montaña más alta... (14)

…El nuevo día llegó al fin, aquél 15 de octubre del año del Señor de 1722 lucía un puro color otoñal de corte gris entre nubes que reflejaban tal tono sobre el tácito fluir de la corriente del río. El día corrió rápido entre cuentas, cálculos, reuniones, idas y venidas de los mercaderes entre cada alojamiento respectivo. La tarde para todos al fin llegó y las tres mujeres acordaron dejar con Francisca a Miguel y Daniel mientras María e Inés irían a ver al sacristán. No sabían qué nuevas les depararía su conversación, quizá Doña Isabel o como él la llamó, la hermana Piedad, aún estuviera viva a pesar de los años transcurridos, o qué fue lo que sucedió entre la separación de Juan Delgado y el devenir de tantos días hasta alcanzar los actuales. Caminaron en silencio, cada una con sus propios temores golpeando pensamientos como el puro pálpito del corazón sobre las sienes. Inés con la angustia del retorno a Beteta donde nada esperaba, tan sólo la marca de una promesa rota hecha a si misma que la dejaría marcada hasta el fin de sus días; por el otro lado estab María con el deseo ferviente de cumplir y volver a sentir a Juan Delgado a través de su hermano Agustín.


Llegaron al rio tras callejear entre el gentío de todo tipo de pelajes respirando el aire manchado por los olores propios de la brea que exhalaban las atarazanas a pleno rendimiento en la orilla opuesta de Triana y el que brotaba desde los desperdicios en diferentes grados de putrefacción de tantos navíos abarloado entre sí que esperaban carga hacía no se sabe que otros países o descargaban mercancía con la que justificar sus quillas ocultas al sol. El puente quedaba algo más arriba del punto en el que alcanzaron el rio y así encaminaron sus pasos hacía él. Agustín Delgado los esperaba apoyado sobre una roca de redondeadas formas desde la que observaba absorto el paso de carruajes y personas hacía Triana o Sevilla. Parecía imaginar las personas que sobre ella había hecho lo mismo quizá despidiendo a alguien o esperando que ese alguien retornase al fin tras una indefinible travesía a través de la mar y el tiempo que tantas veces lo mismo son.

- Buenas tardes tengáis vos, Don Agustín
- ¡Alabado sea Dios, habéis venido!
- ¿Por qué habríamos de faltar a nuestra cita después de tanto buscar por Doña Isabel?
- Tenéis razón, pero es que todo me resulta tan poco real todo esta situación que esta noche me cuestionaba si vuestra visita de ayer fue la simple resulta de un sueño creado por mi propia digestión, que últimamente profeso más de lo que debiera el pecado de la gula.
- Pues buena demostración de que somos reales es que nos permita descansar sobre la piedra y nos cuente como prometió acerca de Doña Isabel de Mallaina y Trujillo, que perdido un poco el juicio con la espera nos tiene desde que lo encontramos a vos el día de ayer.
- ¡Inés! Un poco de respeto al señor sacristán. Perdone vuestra merced a Doña Inés a la que a veces la pasión le hace perder las formas. Cuando desee puede relatarnos su historia que nosotras le escucharemos de a pie.

Una sonrisa torció las arrugas del viejo sacristán que sin pensarlo un solo instante les cedió el pétreo banco.

- No hay que disculparse por tal arrebato más si cuidarse de él que nada bueno trae cuando se le da patente para dominar el mar de la propia voluntad. Como les prometí les voy a contar en la medida que mis reflejos y memoria me traigan de nuevo al bueno de mi hermano Juan y a Isabel, verdaderas luces de esta por momentos oscura historia.



El silencio brotaba desde ambas mujeres levemente barnizado por el suave silbar del viento entre los aparejos navales y las voces y pasos de arrieros y sus carruajes sobre el puente de Barcas.


- No recuerdo bien las fechas de cuando las cosas comenzaron a marcar los destinos de estas dos almas, pero quizá estábamos en las navidades del año 1668. Aquella natividad la misa del Gallo para mí fue una más en la entonces aún mayor Catedral, pues bien mozo era y todo se hace mayor cuanto de más niño lo percibe uno. Pero mi hermano Juan, que me doblaba en la edad, a sus 20 años ya era un zagal de buen porte y mejor presencia. Nuestro padre, Don José Delgado era por aquél entonces escribano de la Casa de Contratación. Su trabajo en la lonja le había granjeado grandes amistades que aún no siendo él de raíces nobles muchos así le trataban por su honradez, lealtad y las múltiples veces que había ayudado a unos y otros cuando la plata no arribaba a tiempo desde las Indias. Así estábamos aquella santa velada la familia completa cuando apareció Doña Isabel del brazo de su viudo padre Don Francisco Mallaina, viejo almirante de escuadra que ejercía el magisterio de mareantes en el Colegio de San Telmo. Don Francisco era gran amigo de mi padre pues este le mantenía siempre al día de las nuevas de las flotas, algo que daba aire fresco a Don Francisco. A su vez Don Francisco ayudó a que mis dos hermanos mayores, Paulino y Fernando, llegaran a ser pilotos mayores en la Carrera de las Indias con grandes logros sobre el océano al principio, aunque este los devorase sin dejar señal en alguna entre las miles de leguas que hay entre España y las Indias. No hizo falta ni esfuerzo para que Juan cayera abatido por la presencia de Isabel, mujer casi niña de 16 años que en aquél momento no podría explicar ni su atuendo ni su porte, pero que andados los días aprovechando el uno y la otra de mi inocencia fuera indirecta escusa también para mi para poder verla. De otra forma difernete que la de mi hermano pero tampoco yo podría olvidar sus ojos de negro azabache cuando se agachaba para darme algún dulce, aún creo poder oler el extraño perfume tan penetrante que me tranquilizaba mientras sentía la mano temblorosa de mi hermano que sujetándome se hacía pasar por hombre derecho en apariencia.


Las campanas ya anunciaban las siete de aquella tarde de otoño mientras el sacristán continuaba su relato, las dos mujeres andaban fijas en su atención, perdidas cada una en sus propias ensoñaciones, la una imaginándose a ella en tal trance, la otra viendo los ojos de Juan tan vivos como cuando le relató sus vivencias leguas más al norte. Agustín Delgado proseguía.

- Varias semanas fueron pasando hasta que los pasos, las cofradías y todo su esplendor de dorados, velas, imágenes y fervor invadieron las calles de esta ciudad, algo que si no lo han vivido les recomiendo que hagan pues no hay en el orbe cristiano lugar donde se sienta el sacrificio de nuestro Señor de forma más intensa. A mi hermano y a Doña Isabel nada les detenía en su sofocante amor que trastocaba hasta las fechas de respeto y dolor. De tal manera las cosa fueron que entre el gentío silente que vivía el viernes santo ellos vivieron su propia resurrección. Las citas con precaución dieron paso a mas citas en la que esta se fue perdiendo y vuestras mercedes podrán imaginar lo que acabó por ocurrir. Alguien de lengua hecha para traer y llevar le fue con el fatal envío a Don Francisco que sin otro envite, pues primero y último fue su impulso, denunció a Juan que fue arrestado por los alguaciles quedando a disposición de la Audiencia de Sevilla en su Cárcel Real. Puedo recordar todavía la presencia en la calle a Don Francisco viendo marchar preso a Juan mientras mi padre lloraba de incomprensión a los pies del viejo almirante en demanda de clemencia sin saber el delito cometido.


Con un gesto el sacristán las invitó a caminar mientras el relato proseguía…

lunes, 13 de julio de 2009

No habra montaña más alta... (13)

…
- ¡Hermano!

Pedro León las esperaba en el pequeño salón que los dueños del hospedaje les habían alquilado junto con tres habitaciones para él, Francisca e Inés y María con sus dos hijos respectivamente; los criados y demás personal que con ellos venía quedaron en dos establos secos cercanos a las cuadras donde mantenían en unos los animales y junto a ellos la mercancía que habían de embarcar cuando ello fuera posible.

El gesto de Pedro León era significativo en su expresión pues las noticias no eran buenas, al menos para él y sus planes establecidos de partida. María era la que más temía el resultado de aquella reunión no por esperada menos sorprendente. Tras la euforia del encuentro con Agustín Delgado, los ánimos en alza dieron paso a la pura expectación por las nuevas de Pedro al mismo tiempo que iban sentándose todos alrededor de la mesa rectangular de madera de algún viejo nogal ya trepanada por la termita. María dio permiso a sus vástagos para escapar de allí y correr a jugar con los criados y los animales.


- Francisca, sírvenos agua fresca que traigo la garganta áspera y seca del viaje! Don José de Guimaraes nos ha traído a uña de caballo, su maldita desconfianza para con su gente nos ha arrastrado de tal manera, pues no quería poner más horas de por medio entre su cargamento y su distinguida avaricia. ¡Que el Señor lo castigue por semejante cabalgada!
Francisca, siempre resuelta a cualquier orden de su hermano mayor, fue con dilección al caño que había en la calle a pocas yardas a por el agua demandada. Mientras, Pedro León comenzó a informar a las mujeres que allí quedaban.

- Como todas sabéis la flota ya partió. Concretamente fue el pasado 7 de agosto al mando de Don Fernando Chacón con 19 navíos hacia Jalapa, Veracruz y Nombre de Dios. Ya dábamos cuenta que no arribaríamos a Sevilla con la suerte de embarcar en la flota, pero sí contábamos con embarcar en la de los galeones. Desde la Casa de Contratación nos informan que hemos de esperar sin fecha cierta su partida pues no hay nave conformada, ni posibilidades de armar tal escuadra debido a la situación del Reino tras tanto descalabro después de la maldita guerra que don Carlos II nos dejó.
- Querido hermano, tal cosa ¿qué significa en tiempo de espera? ¿Os lo dijeron allá en Cádiz?
- Con bastante desprecio se dignaron a escupirnos este documento un escribiente que mas pareciera rey de alguna ínsula imaginaria que botarate chupatintas en el que nos conmina a dar noticia de nuestra carga para la reserva de los espacios y valorar así el volumen de la escuadra. Además de pasar por la Casa de Contratación de forma periódica a recabar nuevas de la formación de flota mercante.

Pedro León les mostró el documento con el desdén propio del que muestra su derrota. Francisca, que hacía rato que se había reincorporado fue directa a su hermano

- Pedro, ¿Qué opinas que habremos de hacer entretanto?
- Francisca, la espera tiene un límite. Nuestros caudales son buenos mas no nos podrán mantener más de cuatro meses aquí, tanto a nosotros como a los criados y las caballerías. De los animales contaba con su venta para reunir más dinero antes de partir y ahora sólo servirán para mantener la espera.
- Don Pedro, no habéis de preocuparos por mis hijos y por mí que nos os causaré carga ni perjuicio alguno.


Pedro León sentía aquellas palabras como puro dardo ardiente en su contrita alma de mercader castellano, nada le causaría más perjuicio y dolor que perder ahora a María a la que su frío corazón había sentido ya como la mujer que debía marcar sus pasos algún día.


- No habéis de preocuparos, María. De una forma u otra vos ya sois parte de este paño que ha de luchar por no serlo de lágrimas. Creo que hemos de pensar en todas las posibilidades y mantener la vista y el oído atento a cualquier información sobre el despacho de flota o asunto parejo. También creo que debemos ir planteando nuestro traslado a la bahía gaditana donde las noticias serán más ágiles en su caza y el clima es más benigno si es que aquí nos debemos de quedar por un tiempo indefinido. Demos estos días espacio para la reflexión y mantengamos la calma y fe en que encontraremos la solución. Ahora os dejo, deseo revisar nuestra mercancía antes de cenar.

Sin más se levantó y con el paso decidido enfiló el mismo camino que antes hicieran los niños, aunque esta vez las razones fueran las de la propia labor de mercader que con un ojo compra y con el otro vigila mientras su mano lo vende. El silencio de su marcha duró poco, pues las tres comenzaron a elucubrar sobre Cádiz, imaginando la espera en algún lugar de la bahía dibujada de mil formas y ninguna real hasta que las divagaciones dieron paso a la hora de cenar y como ello significa, a preparar el condumio de guiso y buen pan por las mujeres.

Durante la cena María comenzó a relatarle el conocimiento trabado por Inés y ella misma en el Monasterio de Santa Inés con el hermano de Juan Delgado. De cómo al día siguiente irían a verlo a la margen izquierda del puente de Barcas donde al fin sabrían algo sobre Isabel de Mallaina. Entre risas por la emoción la exultante imaginación de Inés dedujo que seguramente la familia de Isabel fuera alguien de elevada posición que los diera alas hasta la partida de la siguiente flota. Las carcajadas fueron grandes y la felicidad de todos se demostró viva a pesar de las zancadillas que parecían trabar el paso de aquel grupo decidido en su afán por alcanzar las Indias como verdadero cielo en la tierra.

La velada transcurrió entre chanzas hasta que las campanas de la catedral dictaron el momento del descanso. La jornada siguiente prometía la intensidad de lo nuevo y sobre todo deseado…




viernes, 10 de julio de 2009

No habrá montaña mas alta (12)

Hace tiempo relatábamos de esta guisa

... Inés con suavidad aunque decidida sacó al anciano de los sueños quizá aun rebeldes a su vida real.
- Disculpen, señoras. ¿En qué les puedo ayudar? La hora de confesión es por la mañana…
- No venimos a confesar que ya cumplimos el sacramento de buena mañana. Venimos por una asunto personal que desearíamos saber si vuestra persona nos sacaría de las tinieblas sobre las que nos encontramos.
- Pues vuestras mercedes dirán.
- Por lo que vemos es usted ya persona de larga vida consagrada al Señor y que se la conserve aún muchos años más. Nosotras veníamos buscando a una mujer que hace unos cincuenta años entro a profesar los votos de la religión. Tenemos un encargo de alguien que hace los mismos años debió dejar Sevilla. La caridad que nuestro Señor nos mostros cual teologal virtud nos obliga a cumplir con el último deseo de este señor, hombre bueno y que ya no está entre nosotros. De nombre Juan Delgado con ya más de los 70 años vividos nos pidió desde las lejanas tierras de Asturias que entregásemos unos objetos de incalculable valor humano a una mujer de nombre Isabel de Mallaina y Trujillo…
- ¡Isabel… perdón, la madre Piedad!
Inés y María se miraron con la dicha desbordando sus ojos mientras aquél sacristán miraba hacía la pared entretejida por los hilos que pintaban las fisuras sobre la cal que humildemente vestía la sacristía como perdido entre medio siglo vuelto a encontrar…

Y ahora retomamos con la misma felicidad



…- Entonces, ¿conocéis vos a Doña Isabel?

El sacristán con la mirada en claro retorno hacia viejas ensoñaciones como recuerdos que aún por lejanos los sentía perdidos, lentamente cruzó sus miradas con las de Inés quien era la que en verdad estaba resuelta en su actitud, quedando María a la zaga pero sin perder un ápice la tensión por el encuentro inesperado


- Señor sacristán, perdonadme mi atrevimiento si así lo sentís. Nuestros nombres son María Liébana y una humilde servidora de vos que responde al nombre de Inés de León. Doña María tiene su origen en las tierras del reino de las Asturias y yo vengo desde las tierras de Cuenca, en la Vieja y agreste Castilla.
- ¡Asturias! ¡Juan! ¡Contadme! ¿Vuestra merced conoce a Juan, Juan Delgado? Aunque seguramente ese buen hombre habrá muerto hace años pues ya habrá superado los setenta años y en su soledad impuesta dudo que la vida le haya concedido venías en el tiempo para continuar en su seno.



María sonrió y con gusto le relató su relación con Juan sabedora, por su primera expresión y las que siguieron en el relato de cada anécdota vivida por ella en tan pocos meses, que aquél hombre tenía que ver con Juan. Terminó de relatar al sacristán su historia cuando la hora sexta tocaba a su fin, tres vasos de vino dulce sin consagrar mantenían las gargantas húmedas mientras el tiempo pasaba. Los ojos del sacristán entre brillantes y vidriosos como quienes a punto estuvieren a romper a llorar avivaban y anulaban cualquier interrupción posible por parte de María Liébana.



- Disculpadme señor, mas antes de continuar con esta conversación desearíamos conocer la relación que hubo entre vuestra merced y mi respetado Juan Delgado al que dejé con vida en agosto de este mismo año con una misión encomendada por su parte y que prometí cumplir.
- Perdonadme vos por mi falta de consideración Doña María y Doña Inés pues con la emoción había olvidado presentarme. Mi nombre es el de Agustín Delgado y soy el hermano menor de Juan. Cuando este marchó de Sevilla hace ya más de medio siglo tenía yo diez años. El resto de mis ocho hermanos ya han muerto o partieron hacia Ultramar en busca de un nuevo horizonte que aquí ya no encontraban. Sólo quedo yo aquí y los achaques me iban convenciendo que cada día que nacía era un dedo menos en la mano de mi vida. Os prometo por lo más sagrado que daba ya por perdida cualquier nueva que me diese fe de la vida de mi hermano Juan…


El sacristán ya no tenía la tensión en los ojos pues como cascadas después de chaparrón en primavera toda la tensión desaguó sin límites dejándole abatido pero a la vez relajado entre suaves sollozos. La tarde iba cerrando sus pasos en el otoño sevillano y había que regresar a su hospedaje donde de un momento a otro su hermano Pedro les daría otras nuevas que en un sentido u otro mantenían en vilo a la pequeña comunidad de mercaderes ”textiles”, que no sabían que rumbo tomar ante aquella demora en muchos casos inabarcable.


- Don Agustín, es tarde y se hace hora de regresar a nuestro hospedaje temporal, pues era nuestra intención haber embarcado en la Flota que ya zarpó rumbo a las Españas del otro hemisferio y estamos prontas a saber de nuestro futuro con el regreso de nuestro hermano de Cádiz, donde deseaba encontrar respuesta en la Casa de Contratación. Pero deseamos fervientemente vernos con vos mañana mismo donde deseéis, aquí en este santo lugar o en cualquier otro que permita la conversación pues estamos deseosas de saber qué fue de Doña Isabel y poder cumplir la promesa por él puesta en mis manos y que como tal deseo cumplir.
- Marchad pues, si tal cosa os demanda vuestro ánimo. Os prometo que mañana mismo podemos volver a vernos y también empeño mi palabra en que os relataré las vicisitudes, vidas y lo que mi memoria aún mantenga vivo sobre Doña Isabel de Mallaina y Trujillo. Pero creo que será mejor nos encontremos a este lado del Puente de Barcas frente al castillo de San Jorge ya en Triana. Vuestros pequeños seguro que encontrarán entretenimiento entre las piedras y el rio mientras unen las vidas de éstas con el caudal de éste para siempre, como si de pequeños dioses inconscientes de su juego se tratase. Con vuestra presencia han devuelto a este anciano las razones que casi había perdido por mantenerse despierto en medio de esta vida en la que ya los recuerdos forman parte casi absoluta del pasar entre alba y ocaso.





Se despidieron frente al altar en construcción que respiraba inmóvil entre olores a madera tallada y pinturas aun con el frescor de la primera mano recién dada. María e Inés arrancaron alegres y con la excitación propia de haber logrado algo que ya daban por imposible, casi sin resuello las seguían Francisca flanqueada por las manos de Daniel y Miguel que todavía no alcanzaban a comprender cómo después una tarde aburrida sentados en el banco de una iglesia todo podía ser tan excitante…

miércoles, 8 de julio de 2009

El Pirata

Piratas a bordo de pequeñas corbetas, en aquellos mínimos veleros que partían la mar como verdaderos delfines rebosando vida y sal por babor y estribor. Naves de abeto o vulgar pino que nada significarían entre tantos clavados sobre tierra, recibiendo el viento por donde a Eolo le tercie, o como sus enfados decidan golpear, siempre temerosos de que un Helios furioso los seque para que alguna mano inconsciente los haga crepitar




Capitan Kidd



Viejos códigos de hombres de mar que nada esperaban de la tierra mortal, pues en ella a nada podrían aspirar por no ser su clase la que abriese puertas de ningún lugar. Humanos escoltados para algún día ser recogidos por el viejo Holandés que los cuidarán sabedores que ya no habrá tornaviaje a la tozuda y terrestre realidad.


Entre pequeñas gotas, mas hijas del mar que de la misma madre que en gigantesca planta las quiso desterrar, descansan sus maltratados cuerpos ante el grog, el ron, mientras entre sus efluvios embellecerán cualquier vestal que nunca imaginó obtener tal reverencia tras dejar los selectos muros del viejo imperio latino. En otras mismas gotas de igual desprecio por la madre Tierra que Poseidón supo hacer suyas, incalculables tesoros descansan enterrados, recaudados a las enormes y torpes naves de algún rey que nunca pisó la tierra sobre la que decía reinar. Tesoros que desde sus eternos escondrijos marcados en mapas partidos en mil pedazos demostraban que sobra la riqueza cuando campea la libertad.

Piratas que en jaque tuvieron a tanta nación, el miedo clavado mantenían en las atenazadas piernas de tanto preboste cuando del negro pabellón el serviola daba aviso de su posición. Piratas, esclavos tan solo del viento y de su propio corazón, frente a corsarios de patente y servicio al mejor monarca postor.



Monstruos pintados como tales, violentos y sedientos de sangre. No más que la que de la misma forma bebían otros con uniforme y reconocido pabellón fuera britano, hispano, francés u holandés, cubiertos con las leyes, la cruz y la mutua aceptación. Mientras, Mary Read, Alonso de Contreras, Edward Teach, Benito Soto, Henry Avery, Anne Bonny, Baba Aruj, William Dampier, Bartolomé Roberts y mil más que quedaron en el recuerdo de quienes no cedieron a nada más que al viento, al combate, al ron y a la pura libertad de la navegación como vida.

¿Cuántos hombres y mujeres murieron bajo su alfanje, su espada o bajo el estruendo de su cañón? ¿Cuántos cayeron muertos miedos al grito de ¡Al abordaje!?

En cambio, ¿Cuántos mas murieron bajo la bota de la conquista de tantas banderas sin remisión? ¿y cuántos más?


La vieja piratería ya solo queda para los libros y las novelas, para las ilusiones y los sueños, a veces buenos, a veces pura pesadilla. Ahora la palabra pirata ha quedado sin su centenario significado, como tantas otras de nuestro léxico, tan sólo les ha quedao el regusto del significado qie le dejaron los que a ellos vencieran. No importa pues siempre nos quedarán los viejos libros y los mismos deseos de libertad únicamente sojuzgada por los eternos elementos fuera del alcance del hombre




Pabellón del temible Capitan Teach (Barbanegra)

EL PIRATA

Ni corbeta, berberisca,


ni galera veneciana,


con mi nave capitana,


se ha podido comparar;


que con su, dorado campo,


entre mil flámulas bellas


iza pabellón de estrellas


más azules que la mar.


Espantado el argelino,


cual buzo de tiburones,


huyó viendo sus cañones,


que treinta por banda son;


ceñido el lunado alfanje,


sin desplegar sus enseñas,


como vil entre las peñas


ocultó su confusión.


Mi bajel busca la lid


si nave turca es llegada,


barre el mar con su andanada,


y suspira el musulmán:


si el vino vedó a los suyos


aquel que llamaron fuerte,


beben agua. Hasta la muerte


los perros del alcorán...


Malta le rinde su cruz


cuando mi bajel asoma;


sus llaves la misma Roma


deponiendo su altivez;


y en frente de mis estrellas,


en medio de airados mares,


el águila de los Zares


recelosa vi una vez…



Juan Arolas (1805-1849)

lunes, 6 de julio de 2009

Tu Puerta a las Estrellas...

Pequeña puerta que abre paso a las viejas estrellas donde la vida se mueve como la que tu vives sin saber a ciencia cierta por qué. Bisagras virtuales son como las siete coordenadas que combinadas te llevan al mundo desconocido que a veces esta en el mismo corazón que palpita en tu interior. Viejos dioses, tradiciones desconocidas, lenguas muertas a punto de nacer por tu poder grabado entre el hambre por conocer y el miedo por ser destruido.


Amores no reconocidos por ser del todo negados en el mismo subconsciente que lo mantiene vivo, por la misma razón de ser ocultado sin éxito. Mientras, tu vida se descompone una y otra vez para volver a componerse en la misma historia que es intentar lo que ya esta alcanzado. Imágenes de personas que como amigos y enemigos se presentan ante ti con la esperanzar de vencerte o aliarse contigo, humanos que viven otras vidas sin haberte esperado nunca y por ello a veces encontrado en ti lo que buscaban y en cambio otras la rabia de ser abordados los hacen reacios a tus deseos.



Viejas religiones tan distintas como idénticas en su objeto se muestran en cada lugar que tu nueva integración como humano te lleva. Chamanes vestidos a la vieja usanza, llamas eternas sobre pebeteros de humana fabricación que algunos pretenden hacer divinos, dioses del mismo tiempo, o del puro viento. Mundos sin dioses que reflejan la frialdad de no tenerlo, la perfección cuasi irreal de tener todo regulado de manera exacta sin opción a la misma posibilidad de variación. Mundos ajenos a nuestra caduca necesidad de divinos amos externos y sin forma que no existen pero que asimismo nos dan la posibilidad de desobedecerlos por la misma razón de su inexistencia.


Vuelves del último viaje y encuentras el mismo mundo cada vez más pequeño pero igual de grande para tu corazón que no termina su pálpito cuando ya busca el siguiente entre miradas, entre libros, entre silencios. No sabes que tu verdadero viaje no tiene más de tres, treinta, trescientos metros… quizá algún kilómetro más, pero que es tu mismo cuerpo con el que puedes ser capaz de llevarte al final de la búsqueda mítica de El Dorado de tu corazón y la vieja veta de oro de la mina del Rey Salomón de tu conciencia.


En realidad lo sabes pero no te atreves y continuas la búsqueda entre mundos que por desconocidos y peligrosos son fáciles de recorrer sin enfrentarte tu mismo contra ti, pues semejante navegación te da la palabras justas para justificar el esfuerzo vano.


Por qué no dejar de ser el anfitrión de tu corazón para sentirlo mientras con él te fusionas. Por qué no renunciar a la vieja historia de “los antiguos”, dejar símbolos de sacrificios, torturas y marchas solemnes ante estandartes con forma de hombre, de sol, de viento, de fuego. Por qué seguir temiendo a lo desconocido y en tantas ocasiones adorado y no compaginar la consciencia de tu vida con la de los demás, saber que eres tú el responsable de tus acciones y que no has de esperar a “otros mundos” humanamente imaginados diluyendo la responsabilidad el que el mal comete y asumiendo la recompensa ideal quien es mortificado en la misma tierra que pisas.



Que nadie dude que la “cosa divina” no es otra cosa que la huida hacia delante de quien no desea ser responsable de lo hecho frente a sus semejantes… Crea lo que crea cada quien.

jueves, 2 de julio de 2009

Entre Silencios y Musas

Andan mis Musas perdidas, no pasan a verme por más que las extraño. Y es que tan celosas son de sus siervos que cuando estos abandonan su obligada reverencia, desamparan sin más sus sueños conscientes a la espera de que con el tiempo en claro avance infinito, cautivo y derrotado enarboles bandera blanca de segura rendición por no saber qué mundos vivir, qué nuevas estancias descubrir, qué caminos hollar por la ausencia de tales eternas bellezas sin miedo a la vejez.





Busco las Musas que sé andan cerca, pues bien conscientes son ellas que nunca las abandoné, que es esta vida tan necia que obliga a emplear mis gastadas neuronas en tareas que por claras y prácticas hacen difuso el tiempo de su finalización. Vaya contradicción pensará más de uno, mas no es otra la razón que las cosas claras acaban siempre disfrazadas de complicadas fórmulas de ejecución humana. En realidad es para mí algo obvio por la práctica que lo que es claro “per se” acaba por ser inhumano, pues pierde lo que de afable tienen las pautas y los pasos para llegar a su consecución y se queda en la frialdad de lo simple y fácil en el que no cabe nada mas que lo directo y letal.




Solo pido a mis Musas que comprendan que soy verdadero esclavo de sus aires, de sus suspiros imaginados, de sus miradas justo antes de perder la consciencia y rendir cuentas a Morfeo, que me siento siervo de cada golpe de luz que llega sin avisar y hace que sea en tal instante capaz de ceder todo mi Reino por un papel y un lápiz, pues nada hay que mas odien mis señoras las Musas que a la pura memoria a la que desprecian por ser vulgar herramienta que tantas veces anula el sueño consciente. Pruebe quien lo desease a guardar algo producto de la inspiración en la memoria y le garantizo que varias horas mas tarde habrá desaparecido sin despedirse mas que con una nota de texto sin par que diría algo como esto: “desprecio por desprecio, no apuntaste cuando brotó, apunta ahora que lo tuviste y ya nunca volverá”.




Brote intenso como ola que rompes sin previo aviso
contra el oxidado costado metálico de mi armazón,
batiendo mi estructura, deteniendo mi corazón
por el segundo eterno que dura la mirada de quien quiso.

Luz que impetuosa derribas la puerta de la obcecación
deslumbrando el éter oscuro como la lava derrite el hielo,
cristal de agua que ufano se planta segura ante la luz de tu cielo
desapareciendo arrasado por el ímpetu dorado de ti, bendita inspiración.


A vuestros pies rindo mis ánimos, pues nada soy sin vuestro aliento silente pero infinito para quien pretende imaginar sin más.

lunes, 29 de junio de 2009

Cuando Vuelva...


Hace unos días con la segura promesa de jornadas de pura canícula entre las pieles de los que poblamos este hemisferio norte, en la TV me sorprendió un anuncio de una cerveza muy bebida en España. Realmente me llegó a tocar corazón y alma si por ahí aun resisten. Volví sin esfuerzo a un gran periodo vivido en tiempos que por pasados los tengo presentes en cada duda que se me cruza frente a mi rumbo, algunas veces aquella vida me da la solución, en cambio en otras tan sólo me demuestra que es uno el que decide con las armas que le ha dado la experiencia, la actitud de sus gestos y acciones, los impulsos ante el estímulo y las ganas por acertar.



Se pueden ver a un grupo de almas que añoran lo que otros disfrutan sin darle un valor exacto en su magnificencia. Una simple película de “las malas” un aburrido sábado frente al televisor, una cola larga de espera para sacar la entrada del cine, la visita del “pesado” de tu compañero de trabajo para “no sé qué” de unos documentos que hay que entregar en el despacho del inoportuno de tu jefe al día siguiente. La reunión familiar aburrida como casi todas que penden de la rutina y la buena fe de que se reúne frente a ti.

B/T Arteaga, Mi "hogar" entre 1992 y 1993


Cuántas veces navegabas contra un temporal tozudo y necio, que no cejaba en su agresiva planta frente al “Arteaga” al que hacías luchar para lograr entrar desde el Océano al Caribe entre el estrecho paso de las islas Montserrat y Guadalupe intentando no “rayar" el costado de petrolero entre ellas, o los bandazos casi topetazos sufridos de costado a costado a bordo del “Sea Dragon” en plena época de lluvias intentando cruzar el Golfo de Bengala rumbo a Singapur rezando para que todos los contenedores llegasen intactos, aunque lo que dentro llevasen fuese ya puré de algo que seguramente no valdría la pena en el mercado. Sufrías con todos rezando para que abriese Poseidón brazos y piernas y que como el viejo coloso de Rodas nos diese paso libre hacia el destino marcado en la carta.



Pensabas durante muchos momentos en las gentes que a más de cinco mil millas estarían durmiendo o aburriéndose en sus vidas tan insulsas para ellos, pero que darías quizá una parte de tus sueños por poder tenerlas; te imaginabas cómo cuando arribases a casa, al bajar de la escalerilla del avión tras los momentos del recibimiento pasarías a ser ese ser que pasea mientras los demás trabajan, estudian, cocinan, mostrando tu faceta de hombre con dinero y sin obligaciones. Tardes de tertulia en la que poco a poco ibas tomando la decisión de contar poco y sobre todo que lo que relatases fuera del agrado de los escuchantes, pues sino la soledad del mando de tu propia vida a bordo se uniría a la producida por la incomprensión desde la visión “terrícola” de tus historias.



Y así tus sueños a bordo acaban por ser más reales allí que muchas veces cuando las yemas de tus dedos perciben su proximidad en tierra. Paseas por las calles, los muelles de tu ciudad, observas la gente dándote cuenta que los deseos se cumplen pocas veces y casi siempre quedan reducidos a esa cerveza que comenta el último hombre del anuncio.



Aún así, es aquella una vida que una vez vivida ya nunca se puede borrar de la historia de tu vida, una presencia interna que ni por asomo osa uno abandonar ante la primera bocanada de tierra que sin agua no es más que arena. Grabados a fuego llevarás ya los códigos de conducta, los amores y odios, las vidas compartidas… mejor, los sueños compartidos ante una botella de algún vino, licor o esencia que haga brotar el color de la sonrisa cuando la mar da permiso para tal cosa.



Cuando ese veneno te ha entrado quizá una cerveza calme su adicción pero no es más que el placer de saber que has vuelto, de sentir que hay quién te quiere cuando la saboreas, pero con la consciencia de que para lo bueno y para lo mano tu sitio estará siempre allí... aunque creas que nunca vayas a volver.








viernes, 26 de junio de 2009

El hombre que no se movía.



Aquel hombre no se movía, no podía hacerlo pues no brotaban los estímulos con la fuerza propia para mover sus piernas. Miraba alrededor, buscaba las caras, los cuerpos, intentaba oír para después escuchar las voces que no lograba encontrar. Con el recelo de quizá no volver a incorporarse dejo que sus rótulas flexionaran las bloqueadas piernas y sobre la esquina de ladrillo que dibujaba el cruce de la vieja calle tantas veces recorrida en otros tiempos se dejó caer sobre la acera.


Tras una hora a la que persiguió otra comprobó que su sino podría no ser otro que la lenta muerte en soledad. Sentía la pérdida en su interior sin encontrar el por qué en el exterior. Nada comprendía cuando en la realidad estaba plagada su vida de gentío atravesado desde que el mismo locutor que cada mañana le daba la entrada al mundo real y hasta que el otro también conocido le arrullaba desde la cómoda donde brotaba su voz hasta hacerle regresar a la virtualidad del sueño en el que sus realidades se mostraban desnudas.

Pero el movimiento que deseaba su ánimo no se traducía, el cielo azul como el añil del arbusto recién obtenido parecía alegrar su triste sueño material sin refrescar al de onírica seña. Cada instante relativo era un punto de valor infinito en el espacio y tiempo del sufrimiento que acumulaba por no moverse. Sabía que la vida real era tan real como mísera sin el verdadero batir de la imaginación reflejada entre sueños convertidos en proyectos por los que latir; sabía que nada podría valer su ya viejo músculo sin los que había conocido y sin mas extrañaba por no sentirlos cerca.
Pero una voz quizá imaginada, quizá un susurro llegado como interferencia hertziana, quizá por su propio grito inconsciente entre tanto retorcimiento vano por irreal, quizá porque así debía de ser esa voz entró hasta el interior y con dificultad al principio pero con la rapidez que da la franqueza de un corazón limpio la nave comenzó a andar. Un poco de espuma al principio, pura estela después. Los corazones nunca se habían marchado, los sueños reales existían pues si eran reales era porque se habían cumplido. La neblina producida por la propia tristeza sin explicación había detenido el navío que portaba su corazón, neblina que había trasformado arrugas de sonrisa en arrugas de desazón.

La voz se fue pero sin saberlo ella su esencia quedó en el corazón, el pálpito recuperó resuello, las piernas caminaron al fin, el sueño devolvió su impulso a la razón y el hombre al fin caminó. Esta vez no hizo falta sentir el pitido regular de las seis y media de la mañana, no estaba dormido, el sueño había sido verdadera realidad soportada en pura consciencia que le devolvió la vieja sensación perdida de amistad.


Las risas de los corazones extrañados regresaron y comenzó a caminar mientras recordaba los susurros imaginando las arrugas que sus sonrisas, convertidas a ratos en risas, formarían en sus rostros. El coche ya enfilaba la gastada autopista hacía la capital mientras una canción de "Hombres G" rompía a buen volumen el amanecer y hacían volar los 187 caballos del coche…






Después de mil y pico noches
Sin nada que perder
De estrellas escondidas al anochecer
Me duermo en los colores
Que me han visto crecer
Siento que en mi alma empieza a amanecer
Abro las cortinas
Es un nuevo día
Y me siento bien
Como si todo empezara otra vez
Me siento bien
Me siento bien
Y es que estoy de p... madre
Soy un hombre feliz
Ahora creo que sé por donde quiero ir
El camino más corto
El secreto de vivir
Ahora lo comprendo todo
Ahora sí que sí
Es un nuevo día
Que me da la vida
Y me siento bien
Como si todo empezara otra vez
Me siento bien
Me siento bien
Es como un despertar
De luz especial
Es como un sueño pero real
Me siento bien
Fenomenal
Hoy siento que algo me hace flotar
Como un milagro pero de verdad
Abro las cortinas
Es un nuevo día
Empieza mi vida
Y me siento bien
Como si todo empezará otra vez
Me siento bien
Me siento bien
Es como un despertar
De luz especial
Es como un sueño pero real
Me siento bien
Fenomenal

martes, 23 de junio de 2009

San Juan



Buscando el fondo del mar comencé a navegar
y así rompiendo estelas sin trazar varé en otro mar.
Mas arriba la luna enfurruñada lloraba entre rabia y furor
pues a quien le debe en verdad su luz de nuevo la venció.
Pobre bola que muerta quedó mirando ciega los cielos,
buscando nubes que sin éxito lograba encontrar,
sus mil cráteres tal que ojos ansiosos el ancho cielo escrutaban
por encontrar una brizna del vapor que lo tapase al regresar.

Mientras, millones de puntos en hogueras sin fin
titilaban como estrellas colocadas por una noche al revés.
Gritos, manos, esencias en las jarras que elevaban espíritus,
miradas de amores no conocidos hasta que la chispa brotó
en la hoguera siempre diminuta que prendió en su corazón
de vieja madera que haciendo de pira ante el difunto
destruyó los miedos sin descubrir el por qué y la razón.

El verdadero rey de la luz volverá,
pero ya todo se habrá consumido,
el fuego seguirá ya en infinita combustión
por el amor que la noche de San Juan devolvió
en la que nada ni nadie pudo contra su magia y pasión.





Que los deseos verdaderos de todos se cumplan esta noche

miércoles, 17 de junio de 2009

A Vueltas con Lord Jim

“…¡Nada más fácil que decir: “No tema, no tenga miedo”! Nada más difícil que lograrlo. Me pregunto yo cómo se mata el miedo. ¿Cómo se le atraviesa el corazón de un balazo a un espectro, o se le decapita o se le echan al cuello las manos para ahogarlo? Es empresa que sólo en sueños se acomete, y de la que por bien contentos nos damos cuando salimos de ella cubierta de sudor la frente y temblándonos los miembros. La bala necesaria no ha sido fundida aún, ni forjada la espada, ni ha nacido el hombre que pueda realizarlo; hasta las aladas palabras de la verdad caen a nuestros pies como pedazos de plomo. Necesitaríamos para tan desesperada lucha mágico dardo envenenado, que antes hubiera podido templarse sumergiéndolo en tan sutil mentira que no cabe hallarla en la tierra. ¿Una empresa, señores míos, buena para ser intentada en sueños!...”
(Lord Jim. Joseph Conrad)

En sueños, siempre en sueños, parece la vía perfecta para llegar a lugares donde la lancha de la vida propia no es capaz de remontar la corriente. Varar la quilla durante un tiempo sobre el meandro, tomar el aire de la calma tras el duro esfuerzo sobre los remos y soñar que alcanzas los rápidos río arriba.
Miedos, miedo, temor, palabras malditas que forjan mentiras, dolores, secretos inconfesables para no despertar lo que se mantiene así sin saberlo. Abrir fuego desde la andana a lumbre de agua, que salpique la sal mezclada de agua y con el frescor de la mar cercana abrirse paso entre el humo de la pólvora quemada en el impulso del disparo. Bala de 38 libras que se incruste en el mismo corazón enfrentado, al mismo que temes por su propia respuesta ante tal detonación.


Bala que de bronce o hierro maldito, bala roja como las que los britanos lanzaban ardiendo sobre los nuestros desde la roca en el XVIII ; bala de letal materia que se transforme en la propia piel y materia de quién pretendes, del objeto y meta a alcanzar. Bala con la que destroces al fin el miedo abriendo paso a la libertad de la verdadera felicidad por saberse ya liberado de la vieja cadena del mal que es el puro miedo espectral.




Lord Jim, hombre leal con su propio destino, notario de sus propias acciones buenas y malas, humano tan noble con él mismo como con los demás, exigente con sus hechos como si del último juez se concibiese sin falta de espejo en el que reflejar su propio miedo. Fuego sobre cenizas que nada dirán si nadie pudo contemplar ese fuego vibrante de su espíritu inmortal. Lor Jim, Tuan Jim, verdadero líder mientras se consumía como el propio fuego que representaba ante quienes deslumbrados atizaban su vida para recoger el calor de su decidida razón. Vida eterna, corta en verdad, pero sin final pues no es otra cosa que la vida continua plasmada entre los fracasos y triunfos siempre cara al viento que le pretende a uno desarbolar.


No hizo arrugas la frente de tal personaje pues la muerte aceptada como noble castigo decidido por su entendimiento lo llevó a asumir lo que desde que sus sueños comenzaron a vibrar fuera de la oscura nocturnidad del infante soñador. Ser el héroe humano que acepta el destino que forja sus propias acciones ante la cara real del océano vital, siempre con la mirada limpia, a veces borrosa por las lágrimas, a veces de insultante fuerza por el triunfo de un deseo, pero siempre frente al viento gélido de la pura realidad.





"...Y aquí termina todo. Desaparece él del mundo como envuelto en misteriosa nube, inescrutable en el fondo de su corazón, olvidado, sin el perdón de los que lo rodeaban y excesivamente romántico. ¡Ni en los más exaltados días de sus visiones de muchacho podía él haber imaginado forma alguna de éxito mundanal que más seductora, más extraordinaria le pareciera! Porque bien pudiera ser que en aquel brevísimo momento en que lanzó su orgullosa mirada a la multitud, hubiera él logrado entreverle el rostro a aquella ocasión, a aquella oportunidad que, como novia oriental, había ido, cubierta con espeso velo, a ponerse de su lado..."



(Lord Jim, Joseph Conrad)


lunes, 15 de junio de 2009

No habrá montaña mas alta (11)

…Sevilla los recibió con los rigores atenuados propios de un otoño a la orilla del Guadalquivir; una sensación que permite imaginar a cualquier mente y cuerpo andante entre sus calles, callejones, muros y muelles algo desahogada y sin los sudores casi como `primer humor de la mañana. Fue al llegar cuando una negra nueva les confirmo la pérdida del embarque en la flota de aquél año con la consiguiente pérdida en caudales y futuros proyectos, que si no frustrados, si al menos cuasi olvidados entre la vorágine por tomar la última una decisión por parte de aquella caravana de textiles que había de enfilarlos en rumbo con alguna seguridad.



A María aquél contratiempo le supuso aire en su estrechura imaginaria formada entre los sentimientos de deuda hacia Juan Delgado y las ansias por embarcar hacia destinos donde la incógnita era razón suficiente para superar la esencia impuesta por la realidad. Un hecho fue la de la pérdida de la flota debida en parte por el retraso en arribar a Sevilla y sobre todo por desconocer que hacía ya casi cinco años que las flotas y la Casa de Contratación se habían desplazado a la vecina y sin embargo rival Cádiz. María sólo esperaba que Pedro León y sus intenciones permanecieran firmes entre Sevilla y Cádiz hasta la nueva partida que no llevaría menos de un año. En ese tiempo tenía que encontrar y cumplir los deseos de Juan Delgado como se había prometido a si misma.



Quien pudo y como pudo se buscó un lugar donde proteger sus mercaderías, carros y bestias y de forma temporal encontró alojamiento en los hospedajes, pensiones y hasta burdeles algo esponjados que tras la marcha de las flotas habían dejado a Sevilla algo decaída en comparación a la febril actividad de antes de la maldita guerra de Sucesión. Pedro estaba preocupado y sus hermanas aún mas porque lo conocían, sabían de su escasa flexibilidad ante los planes rotos de forma inesperada y temían el tornaviaje a su villa conquense, donde nada les esperaba más que lo vivido y prometido olvidar. Dos semanas después de arribar a Sevilla Pedro, junto con varios mercaderes encaminaron sus pasos a Cádiz para recabar expectativas e información sobre la partida de la flota siguiente. Minetras tanto María y sus hermanas quedaron en la ciudad.



Hacía dos días que habían partido y debían de estar a punto de llegar con las nuevas que darían razón a sus temores mas escondidos frente a las esperanzas que no cejaban de brotar en forma de cantarinas plegarias ante cualquier santo, virgen o convento que muchos eran con los que se topaban en los paseos de las tres mujeres junto a Daniel y Miguel por la ciudad.


- María, no aflijas el ánimo que la Virgen está con nosotros, ella nos llevará de alguna forma a La Habana o donde sea su deseo más allá del océano. Mi hermano no permitirá que su orgullo se postre ante la vileza del dinero.
- Querida Francisca, por algo como eso tuve que salir de noche y sin despedirme de la villa donde nacieron mis hijos. El imperio de la realidad no se apiada de un deseo o una ilusión si sus caminos no bailan parejos.
- Pero no vinimos aquí para enriquecernos sino para alcanzar el sueño del nuevo mundo. Que lo alcancemos con más o menos caudal no será nada más que un mísero, minúsculo detalle que nuestro ánimo, nuestros brazos y la fuerza propia de la fe en lo que creemos compense.
- Nuestro Señor te oiga y nos de valor…

En aquella controversia estaban cuando Inés las interrumpió. Había cruzado la iglesia de San Pedro y el convento de Santa Inés se plantaba frente a sus ojos. María, acompañada por sus casi hermanas en aquella situación habían recorrido la vida religiosa sevillana buscando razón y fe de Isabel de Mallaina y Trujillo siempre con escaso éxito. En verdad cincuenta años después de todo lo sucedido, posiblemente aquella mujer habría muerto y su nombre seguramente fuera otro.



- ¡Dejad vuestras penas hasta que llegue nuestro hermano! ¡Aquí tenemos un monasterio o convento, que ya estoy algo perdida entre tanto monumento a Dios! ¡buen nombre lleva que no es otro que el de Santa Inés! ¡Vamos, preguntemos, quizá sea una señal que abra otras y nos lleven hasta donde nuestra imaginación sueña!

Las esperaba entreabierta la enorme puerta de doble hoja claveteada por semejantes clavos mas propios de romana crucifixión donde un fresco olor a madera sufriendo el trabajo sobre ella las inundó de un frescor que se mezclaba entre el propio de los cirios candentes. Respetuosamente, con el silencio impregnado sobre sus pieles solo interrumpido por los cadenciosos golpes del buril sobre un enorme retablo prometiendo majestuosidad futura detrás del altar, se postraron ante el Áltisimo. Mientras la extraña comitiva de mujeres y niños quedaba sentada orando o simplemente en silencio observando los trabajos que los hermanos Medilla seguían frente a ellos, Inés, decidida como siempre, casi arrastró a María hasta la sacristía de la capilla donde esperaba encontrar al capellán, o al sacristán o alguien al que poder indagar sobre Isabel.


Quizá la Virgen del Rosario o el mismo San Blas mudos observadores desde sus retinas inertes decidieron que había que desenmadejar semejante conjunto de hilos sin prevista solución y con sus poderes o sin ellos un anciano sacristán se presentó dormitando entre la penumbra de la sacristía. Apoyada su cabeza sobre un simple tapiz algo basto que hacía de paramento sobre la mesa de nogal hacíendo esta las veces de duro camastro. Mudas lo observaban como a un niño bajo las inmensas arrugas que terminaban en el vergel de blancos cabellos que acababan ellos entre rizos pequeños. Respiraba suavemente, de forma tan calma como el semblante que asi mismo paz parecía irradiar, María percibió una cierta similitud con Juan pero no le dió tiempo a mas pues Inés, con suavidad aunque decidida sacó al anciano de los sueños quizá aun rebeldes a su vida real.


- Disculpen, señoras. ¿En qué les puedo ayudar? La hora de confesión es por la mañana…
- No venimos a confesar que ya cumplimos el sacramento de buena mañana. Venimos por un asunto personal que desearíamos saber si vuestra persona nos sacaría de las tinieblas sobre las que nos encontramos.
- Pues vuestras mercedes dirán.
- Por lo que vemos es usted ya persona de larga vida consagrada al Señor y que así se la conserve aún muchos años más. Nosotras veníamos buscando a una mujer que hace unos cincuenta años entró a profesar los votos de la religión. Tenemos un encargo de alguien que hace los mismos años debió dejar Sevilla. La caridad que nuestro Señor nos mostró cual teologal virtud nos obliga a cumplir con el último deseo de este señor, hombre bueno y que por desgracia ya no está entre nosotros. De nombre Juan Delgado, con ya más de los 70 años vividos nos pidió desde las lejanas tierras de Asturias que entregásemos unos objetos de incalculable valor humano a una mujer de nombre Isabel de Mallaina y Trujillo…
El semblante del sacristán palideció sin mostrar sorpresa ni tampoco indiferencia

- ¡Isabel… perdón, la madre Piedad!

Inés y María se miraron con la dicha desbordando sus ojos mientras aquél sacristán había desconectado de forma inconsciente y miraba hacía la pared entretejida por los hilos que pintaban las fisuras sobre la cal que humildemente vestía la sacristía como perdido entre medio siglo vuelto a encontrar…






domingo, 14 de junio de 2009

Un Año ya



Junio 08, cuando el espejismo rompió la ilusión
entre las almas perdidas del viejo caserón.
Andar libre, lejos y libre de tanta desesperación
donde las nubes tronaban con reflejos de traición.

Un año en granos de arena del viejo reloj sin vuelta
que explotaron sin tacha al paso de mi casi marchita voz.
Espejismos de ilusión en los que vuestra falta pervive
sin vuelta al viejo caserón unido a la maldita separación
que de carnes y huesos sobreviven leales a mi corazón.

Nobles ánimos de enjuta y diestra resolución
resistentes sin tacha que echo en falta por lo que soy:
uno mas que camina sin pena y con decisión
aunque con el dolor imaginario de quien lo tuvo y lo perdió.

No habrá muerte ni noche oscura que a vos os borren
aunque a veces tal sea el deseo que sienta por quien
entre impotencia y sus desérticos discursos a la verdad aburren.


Ahora sé lo que vale de verdad,
a lo que renuncié por pura libertad
pero que nunca olvidaré por ser esencia de verdad

No se olvida lo que se quiere.
No se olvida a quien se quiere.

viernes, 12 de junio de 2009

El Sueño de la Realidad

“…Pero ¿usted sabe – dijo – cuántas ocasiones me he dejado ya perder, cuántos sueños se me han escapado de todos los que me han salido al paso? – Movió aquí la cabeza con nostálgica expresión-. Se me antoja que bien hermosos hubieran sido algunos, con sólo que yo hubiese puesto los medios para que se realizaran ¿Sabe usted cuántos son? Tal vez ni yo mismo lo sepa…”
(Lord Jim, Joseph Conrad)



¿Cuántas ocasiones han pasado ya por el costado algo herrumbroso de mi nave vital? No las podría contar, aunque sí podría contar cuantas aún las percibo y las huelo como verdaderas puertas, reales puentes hacía un sueño que esperaba ser transformada su virtualidad en puro filón de realidad.


Momento en los que las prisas por alcanzar determinadas metas impuestas por una vida ordenada desde algún lugar recóndito del pensamiento te mantuvieron el rumbo y el andar hacia la senda que debía y parecía ser la correcta.

Realmente aquellos sueños hubieran traído en sus bodegas el premio de la felicidad vestida de calma, de pasión, de seguridad o de aventura; quizá lo hubieran hecho. A veces creo que simplemente esto es otro sueño elegido que de virtual lo trasformó en palpable realidad vivida. Si en el momento de la opción concreta por alcanzar determinado sueño el golpe del timón hubiera sido en su enfilación, entonces la realidad sería aquella y este el sueño perdido con los demás en ese saco a veces de pura nostalgia. Quizá esa desconocida realidad de apariencia prometedora y fantástica tendría también sus dolores y rencores, sus alegrías y honores. Quizá esta realidad convertida en un sueño tendría los visos magníficos del verdadero placer virtual, como lo tienen los recuerdos muchas veces por nuestra protectora costumbre de olvidar el mal sufrido.



¿Cuántos sueños viajan con uno mientras mantienen su identidad de meca inalcanzable de la pura felicidad? Muchos, cientos, de todo tipo; sueños inesperados se que aún llegarán y que unos quedarán como tales mientras el trasunto de algunos los harán realidad posándolos en el suelo de lo práctico y efectivo, de lo mensurable y por tanto adaptados ya con su parte gris. Serán la realidad de ese sueño que permite mantener en sueños nuestras internas realidades, personales e íntimas y que con la debida imaginación nos permitirán navegar, volando entre nubes de grises con la sonrisa de saber que la realidad no es más que tu propia imaginación hecha carne y materia a la que tú serás quien aportes los colores mínimos que suplan e intenten así igualar a los que mantengas guardados en tu propio interior

Seguimos renunciando porque seguimos decidiendo. Seguiremos soñando hasta el final en el que la falta de tales sueños demuestran el verdadero final.
A los que sueñan en verdad y sobre todo despiertos que muchos sois y con vosotros me hago uno mas.

martes, 9 de junio de 2009

I am ready

Vuelven los vientos de las grandes decisiones como huracanes en calma que derrumban cualquier voluntad por recia que ella se considere. Mientras tal piensas así lo escribes sobre la mesa atornillada al suelo de tu camarote desde donde sientes las vibraciones anárquicas que resultan de los 28.000CV de tu navío a plena potencia enfilando la proa desde la popa de tu vida y los golpes sin piedad de los efectos perversos de viento y mar como arbitrio de un dios que se sabe real.










Sigues escribiendo, pero de tus manos no surge lo que deseas; la brega, la pura contienda en semejante temporal que no ceja ni cede el paso al sueño como el viejo Can Cerberus que no permite la salida ni entrada de vivo o muerto en el eterno Hades. El último golpe te convence de que más vale ser junco que roble partido y te acomodas en el viejo catre donde ya durmieron otros antes que tú. Las cuatro de la mañana darán pronto y habrá que seguir plantando la cara a la vida en la consciente guardia que determina la razón por la que la vida continúa erguida ante desiertos de agua y sal.




Calma y tempestad y tras ella la misma calma que precederá a la tormenta; temporal que nunca te dirá si él será el último en el que pelear. Galerna donde puedas encontrar ese segundo maldito donde perdiste la honra que son los pulmones con los que respirar. Donde hacer que el aire viciado sepa su único destino, donde tener el poder de aceptar con sentido al aire digno de tal nombre.

Por qué un instante en el tiempo es capaz de anular una vida, por dar una cuarta a babor en vez de permanecer en el rumbo fijado, cuando un cambio de rumbo a tiempo es la razón de la verdad de un resultado o de la falsedad en el significado vital de todo un esfuerzo. No sabemos nada cuanto más nos adentramos en la mar de los sueños reales, cuantas más singladuras dibujadas en la estela deleble a nuestra popa más razones tenemos para desconocer rumbo, arribada y respuesta ante la señal.




Cuanta más espesa encontremos la niebla mayor será nuestro saber, pues no es otra cosa el paso vital entre los estrechos del nacer y el morir que la soledad del mando sobre nuestro propio navío, sin más velas que nuestros impulsos y mas tripulantes que nuestros deseos pegados al viejo corazón. Sirena, sonda y mucha precaución, que de bajíos repletos encontraremos canales sin tacha en la derrota de nuestro navegar, traidores e invisibles cuchillos pétreos que nos harán zozobrar.

Ahora que la niebla se disipó, ya la mar golpea ruda y sin descanso a un mercante de acero y carbón que ruge partiendo con su roda ola tras ola en el mismo viaje sin límite pero con fin conocido hacía algún punto de la carta invisible que pintamos a cada giro de la hélice necia y fiel hasta el último golpe que habrá de llegar.

No concilias el sueño, los bandazos hacen de tu cuerpo en la noche el un muñeco de trapo en manos de un infante que no sabe ni quiere saber por qué golpea aquella figura pequeña con forma de hombre. Sólo deseas que las quince para las cuatro suene en la campana para acudir a tu puesto consciente y quemar de nuevo tus deseos en medio de la pura vida que es este navegar.




Estoy preparado.