martes, 8 de diciembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (41)


…El Comandante de la Furiosa embarcó tras su estancia en la urca donde había entregado la carta de Daniel a su madre que la leyó con intensidad mientras el teniente Grifol entregaba al hermano de Daniel un pequeño regalo, que al verlo el desenvuelto le hizo arrugar el ceño mínimamente. Era un trozo de imán de los que se empleaban para recargar el magnetismo de la aguja de marear. Tras el inicial enfado, pues era aquella una pieza vital de un navío y comprobar que  sólo era un pequeño trozo se abalanzó sobre los ojos de Miguel contándole primero para lo que servía y la importancia de aquél tesoro, para después seguir contándole las proezas de su hermano como artillero del Estrella del Mar al principio y piloto de la Furiosa después. Sus ojos, abiertos de tal manera que podrían ser capaces de captar el movimiento de planetas aún no descubiertos, le demostraron que en esa familia había espíritu puro de mar y brea capaz de calafatear el navío de los sueños que facultan a la realidad propia para poder hacerse a la mar.


La respuesta de María fue afirmativa y con ella el Teniente Grifol se despidió con destino a su corbeta donde preparar las maniobras de aguada y acopio de materiales para las reparaciones pendientes. Estaba seguro que su segundo Artime lo esperaba como esposa a marido que retrasa su arribo cuando el sol ya hacía horas de su retiro. Con la seguridad de los logrado pisó la cubierta de su  reino.

- ¡Nostromo! Llame a mi cámara primero a Don Francisco y entre usted con él.

- Si, capitán.

Mientras acudía digno a su cámara todo el mundo se detuvo un instante en sus labores para observar tal paso como queriendo descifrar las próximas órdenes y quiénes serían los que arribarían a tierra con el nostromo quien a un pito de su silbato puso de nuevo a todos a sus labores.

- Don Francisco, entréguele al nostromo las necesidades que hemos de lograr en tierra y vos baje a tierra en las dos lanchas para recabar agua y lo que Don Francisco haya estimado necesario. Llévese a nuestros soldados y repártalos entre las lanchas, no podemos permitir deserciones tal y como estamos de dotación. Y ahora, pónganse manos a la obra. ¡Ah! Se me olvidaba deciros que pasado mañana 11 de febrero debemos tener lista la nave para zarpar con la marea del 12. ¡Vamos, que no tenemos mucho tiempo! Y la verdad que tampoco mucho caudal. Mirad Don Francisco  lo que me han entregado desde la almiranta, que sepáis que ha sido gracias a vos y el trabajo de la tripulación por devolver la vida a este amasijo de maderas y jarcia. Nostromo, al salir haga venir al pilotín Daniel Fueyo.

Salió Don Francisco ufano por lo escuchado y con mas bríos por hacer a su corbeta, que así ya la percibía, como la más rápida de aquella flota, mientras el nostromo hacía llegar a Daniel de la banda de estribor donde ayudaba al maestre a asegurar los trincajes de dos cañones que se presentaban inseguros tras un golpe de mar recibido pocas jornadas antes de arribar a Puerto Cabello.

- A las ordenes de vos, Capitán

- Dejad el ceremonial y cerrad la puerta, Daniel

Nervioso, pues sabía que con él venía la respuesta de su madre cerró la puerta y se giró cuasi estático, rígido por los nervios que lo atenazaban. Miguel Grifol lo calmó y con suavidad le pidió que sentara.

- Venga muchacho, que no se diga que tras lo pasado ahora tengas temblores por lo que venga. Toma, echa un trago de este aguardiente, es el mismo  que tomaste de la misma cazoleta antes del combate así que no creo que tu madre se vaya a escandalizar por servírtelo en vaso de vidrio como a paisano. Apunta esto que estas viendo entre tus papeles, pues no creo que vuelvas a ver que un oficial de rango superior sirva a un “piloto de meritaje” en trance de ser guardiamarina

Los ojos se encendieron, las piernas se relajaron y un profuso trago caló por el gaznate de Daniel.

- Tranquilo, Daniel. Antes de nada decirte que tu madre se encuentra bien, fueron ellos los atacados y apresados por los piratas pero nadie de tu familia resultó herido. Habrás de explicarme el motivo de robar magnetita para tu hermano, algo que se castiga con severas penas a bordo de nave del rey. Pero bueno dejemos eso para cuando seas alférez y te debas a reglamento. Tu madre demostró de qué está hecha y te dio su bendición. Me pidió que te dejara bajar a tierra en Cartagena para despedirte de ella y de tu hermano cosa a la que accedí. Por todo esto y a partir de ahora quedas a bajo mi responsabilidad hasta que arribemos a Cádiz e ingreses para formarte como lo hice yo. Acaba tu trago y vuelve al trabajo en el que estabas mientras me dedico a este ingrato trabajo de papeles y caudales que debería hacer un contador de los que tantas veces maldecimos a bordo y que tan bien me vendría para llevar a buen fin los pocos caudales de que disponemos.

No le dio tiempo al aguardiente a evaporarse en el eufórico ambiente de aquella cámara cuando tras beberlo de un trago y con las “gracias por todo, capitán” casi escupidas por la prisa que da la emoción incontenida salió por la puerta dispuesto a dejar el barco mejor que si fuera el segundo Artime.

El día 11 llegó y todos los navíos de la flota confirmaron su apresto para partir en la mañana del 12 de febrero. La Furiosa llevaba orden de partir tras la Tenaz abriendo la ruta hacía Cartagena aprovechando su mayor velocidad y aprendiendo  así el nuevo oficio que en verdad tendrían como naves de “aviso” y patrulleras en la Armada de Barlovento donde seguramente quedarían asignadas tras el  veredicto del tribunal de presas. El viaje fue tranquilo y sin contratiempos, podemos decir que como única alteración en la navegación de la corta travesía fue la unión de dos pinazas mercantes que saliendo de Santa Marta se unieron al convoy en busca de protección ante los sempiternos piratas.

Por fin, al rayar el sol en su punto máximo del día 17 de febrero del año de nuestro Señor de 1723 Punta Canoa fue dejando a la vista la imponente presencia de una de las ciudades más importantes de la que España podía sentirse con orgullo parte de su creación. De nombre púnico y de tal carácter se erigía orgullosa entre la playa de Boquilla, pasando por Bocagrande, cegada al paso de naves y terminando en Bocachica por donde cualquier navío de buena o mala ley habría de pasar ante los castillos de San José y San Luis dispuestos ambos a destruirse destruyendo al que osara penetrar en su bahía interior como verdadero mar de tranquilidad, algo que hombres con el orgullo ciego y el desprecio por quien enfrente combatía tuvieron que pagar sin retraso en su cobro…



domingo, 6 de diciembre de 2009

Vientos que sopláis



Vientos que sopláis donde mi alma respira,

regalo caprichoso de los viejos dioses irredentos

de mil formas nombrados por el hombre imaginario,

superados en todo por la tormenta y su origen incierto

que sin desear hacen de su piel un inesperado sudario.



Odre que roto los devuelve al cielo donde pacientes aguardan.

Frio o dulce, Boreal o Céfiro, nombres que así dan fe a quien la busca

por creer saber desde su origen el color invisible de sus calmas

mientras ellos amenazan sus galernas y tú preparas tus cuadernas

agitado por verte acabado ante la recia e inminente borrasca.



Gregal y Maestral como hermanos escoltando al Septentrión

observan a poniente y levante enfrentados por la estima de Poseidón

mientras  la mano y el alma se aferran a la escota y la fe que calma.






Viejo odre por hombres rasgado,

Vieja humana ignorancia de su pobre importancia

Para siempre sufrida por lograr embocar el camino adecuado.

sábado, 5 de diciembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (40)



…Con la mañana del 9 de febrero comenzó la actividad en toda la flota fondeada, había que hacer aguada y los habitantes de Puerto Cabello esperaban con ansia aquella inesperada lluvia de escudos reales a cambio de provisión y algún pertrecho con que rematar determinadas reparaciones, alegrando así una vida que trascurría por aquellos años en un lento y exasperante ascenso tras el abandono que los últimos Austrias habían protagonizado en las vidas  de los que en aquél hemisferio  vivían olvidados por mil y una inútiles guerras en medio de fangos y humedales congelados de Flandes siempre a mayor honra del rey, su orgullo y la de la santa religión. Ahora la nueva dinastía había comprendido que era este otro hemisferio el que de verdad tenía que ver con su destino y a él se metió de lleno con verdadero acierto.


Como digo la actividad fue cada vez mayor en los navíos, aunque hasta finalizar el consejo de guerra en la Almiranta no se daría permiso para botar los esquifes y lanchones a la rada para hacer el acopio de provisión. Dos horas antes Daniel ya en pie esperaba a Miguel Grifol con la carta en su mano que en silencio y sin preámbulos innecesarios entregó a su ahora capitán.

- Gracias Daniel, al salir del consejo abarloaré mi serení al costado del Valvanera para entregar tu carta a tu madre en propia mano. Desde luego que le haré saber de tu actuación durante la batalla y tu valía en el gobierno de la Furiosa. Estoy seguro que se sentirá orgullosa pues verá en ti la semilla de tu padre.

- Gracias Capitán. Esperaré vuestro arribo para saber de ellos, por favor de un abrazo a mi hermano Miguel y si no le causa molestia entréguele este paquete.

- Así lo haré, Daniel. Ahora atento a las órdenes de tu segundo, que Artime no va a parar hasta hacer de nuestra corbeta la mas lustrosa y rápida de toda la flota. ¡Cabo! ¡A la almiranta sin demora!

Con pausada cadencia en el remar los seis marineros dieron la marcha suave al serení para mantener la dignidad necesaria de quien porta a su comandante ante la mirada de sus hermanos fondeados alrededor. Mientras duró el consejo de guerra en todos los navíos la expectación por desembarcar se traducía en miradas y cuellos girados sobre el Estrella del Mar, en todos salvo en la Furiosa, que su segundo Don Francisco Artime tenía claro el objetivo y nadie le iba a cejar en su determinación.

Al fin el consejo dio por terminada sus deliberaciones y cada comandante, maestre o piloto mayor en riguroso orden hizo abarloar su lanchón al costado de la almiranta para retornar a su nave con las instrucciones y el orden establecido en el desembarco para la aguada y el aprovisionamiento. Solo uno de los lanchones, el serení del Comandante de la Furiosa, enmendó su rumbo en demanda de la urca “Virgen de Valvanera”. No se esperaba tal visita desde la toldilla de popa de esta, con lo que su recién ascendido maestre por haber caído a manos de los corsarios en su honrosa defensa el nominal le solicitó nombre e intenciones para aproximar su lanchón al costado de estribor de su nave. Don Miguel una vez en cubierta le rindió explicaciones algo molesto por no considerar tal explicación necesaria siendo el quien se sentía ser, que buena o mala a una persona siempre le cabe  en algún mínimo hueco la débil vanidad. Tras  comunicar las razones  en pocos segundos el Maestre de nombre Domingo Gutierrez le acompañó a la cámara donde se encontraba María.

- ¡Doña Maria, me alegra mucho encontraros sana y con la misma entereza con la que os vi en Cádiz hace ya casi dos meses! Soy…

- ¡Si, os conozco perfectamente, Don Miguel! ¡Le ha ocurrido algo a mi hijo! ¡Dígame lo que sea! ¡¿Esta bien?!

- Tranquilícese señora, su hijo se encuentra sano como una roca y ahí donde vos le ha visto ha sido quien ha gobernado durante la mayor parte de la travesía la corbeta de nombre Furiosa y aactualemnte bajo mi mando desde el duro combate con los piratas. Antes de tal cosa Daniel se comportó como el hombre que ya es en la primera batería del Estrella del Mar en las que se ofreció voluntario. La razón de mi visita no es otra que la de entregaros a vos esta misiva escrita de su propia mano en la que solicita vuestra venia para cumplir un deseo que solo vos  podéis conceder. Si me permitís, mientras hacéis lectura y reflexión sobre tal asunto traedme a vuestro otro hijo Miguel pues traigo un encargo de su hermano para él.

Miguel le entregó la carta y se retiró acompañado por Inés hasta el castillo de proa donde jugaba con la hija de los Bracamonte y varios marineros que se encontrabas fuera de tu turno de guardia. Mientras tanto María comenzó a leer la carta:

“Querida Madre:



No se de vos ni de mi hermano Miguel desde que nos despedimos en Cádiz y en estos momentos solo deseo que os encontréis ambos bien en salud y ánimo, pues tras los momentos vividos frente a los piratas, en que cualquiera de nosotros pudiera haber muerto solo he tenido tiempo para pensar en nosotros y en que nadie tiene derecho a separarnos por la fuerza tras lo que siempre consideraré una verdadera gesta de pura heroicidad por vuestra parte para vos y para con mi hermano y yo. Salir de la soledad impuesta por la muerte de mi padre en Gijón, escapando de las garras de la espuria avaricia y lograr  como parece el sueño de pisar las tierras hispanas en este otro hemisferio no podía verse descompuesto por semejantes desalmados, ni por nadie que tenga sangre y ley humana en las venas. Por eso esta carta también os quiere decir y pedir al mismo tiempo un deseo que los torcidos renglones de nuestro Señor, como  a vos misma tantas veces he escuchado, ha presentado justo en la proa de mi vida. Sabéis que llevo la mar enclaustrada entre las costillas de mi cuerpo, que como obenques de un barco recién botado, las mantienen prestas a la llamada de la navegación. Pues bien, madre, esta ha llegado con el sonido de la voz del teniente Grifol que me ha propuesto continuar a bordo con él hasta hacer el tornaviaje a España donde me avalará con su palabra y los emolumentos de Agustín Delgado, que no duda en que aportará para mi formación como guardiamarina de la Real Armada.



Sé que tal cosa habrá logrado lo que los piratas no consiguieron, mas será esta si a vos a complace, separación natural y por lo que cualquiera en mi edad lucharía, que no lleva otra razón que el progreso de la propia vida. Vos estaréis asentada en Tierra Firme y yo no seré una carga para vuestro inicios, estoy seguro que así mi hermano Miguel progresará con mayores ocasiones de triunfo y más pronto que tarde un oficial de la Real Armada se postrará ante vuestros pies para orgullo de vos y de mi padre que nos estará observando desde su lugar en el cielo de los justos. Por eso os pido vuestro permiso para continuar bajo el mando de Don Miguel Grifol hasta mi ingreso en la academia en España. Estoy seguro que comprenderéis las razones y los sentimientos que me asisten pues vos lleváis también la misma brava mar en vuestra sangre.”



Dios os guarde siempre.


                                                                          Vuestro Hijo



                                                                          Daniel Fueyo
                                                                                   
                                                     Corbeta "Furiosa P", a 1 de febrero de 1723



Entre lágrimas, María Liébana no hacía sino sentir a su difunto marido entre cada renglón y no estaba segura en qué momento sentía felicidad y orgullo por tal cosa y en qué otros la desdicha por otra vida pendiente de la arbitraria mar  que iba a martirizar en sus temores muchos momentos de su existencia. Solo sabía que su repuesta no había de ser otra que la de conceder la venia…


miércoles, 2 de diciembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (39)



…Mares como esos eran con los que soñaban todos los que sobre las tablas de cualquier cubierta manejaban días y noches propias en íntima soledad. De las Damas era su nombre, pues así decían ellos que eran condiciones propias para que una frágil dama pudiera hacerse con la navegación del navío hasta Tierra Firme. Tras el duro combate las jornadas fueron de mares  de suaves marejadas junto a Alisios constantes que permitieron a los sufridos tripulantes de la Furiosa convertir a la corbeta en algo que tal nombre pudiera llevar. Antes de que venciera el plazo dado por el Duque de Grillo la reparaciones principales estaban listas y, aunque el palo de mesana no era tal sino una verga sobrevenida de mástil, la corbeta era capaz ya de dar más nudos que los mercantes escoltados y  su imberbe comandante con el propio orgullo de tal lampiña condición, hasta se permitió comunicar a la Almirante su estado de revista y presta a las órdenes que sean menester. La otra, de nombre Tenaz, a partir de la segunda jornada ya patrullaba el cuadrante mas a popa de la fragata que comandaba Don José Moyano.


Recuperado el andar cansino pero más rápido que el pactado durante las reparaciones, la flota puso rumbo y andar decidido hacia el Caribe.

Casi 2.500 millas hasta Puerto Cabello, un mes entre unas cosas y otras fue trascurriendo en el que Fabian, con la fuerza propia de un campesino acostumbrado al sol y a las duras tierras a las que sacar el brote de la vida que suponía su bienestar, fue recuperando su vitalidad y con ello la felicidad de su esposa y su pequeña. Como recuerdo en su cabeza le quedó una pequeña hendidura donde el golpe había sido más violento sin otras consecuencias, orgullo futuro ante sus nietos por el origen heroico de semejante "muesca". Aquella experiencia unió a los León y a los Bracamonte para siempre. Los unos campesinos con deseos de prosperidad, los otros tejedores en su misma dirección sellaron sin falta de lacre sobre real sello su alianza y llevaron a los León a dirigir sus miradas hacia Cerritos del Cocorote, pequeña villa que pujaba frente a la ciudad de Barquisimeto por ser como ella pues el cacao daba para todos y los que allí vivían deseaban ser sus propios dueños frente a la que ciudad que los deseaba bajo su bastón. Será unos pocos años después del momento en nos vemos cuando el Rey Don Felipe V haga de sus deseos y sus intereses los suyos, dando carta de ciudad con el nombre de San Felipe en honor al mismo rey católico.

A bordo de la Furiosa la actividad continuó siendo frenética aunque fueron descargando las labores de reparaciones y acopiando la actividad sobre las maniobras de mar y sobre todo guerra. Una semana después en que tanto la tripulación como la nave ya se habían hecho los unos a la otra, maridaje mas santo y necesario que el propio bendecido por nuestro Señor sobre dos almas que se amen, el capitán Grifol comunicó a la Almiranta su intención de hacer pruebas de fuego para la practica en el tiro y  el aumento en la rapidez de carga tras cada salva. Desde la almiranta se concedió permiso y en la segunda y tercera semana ganaron barlovento cada jornada para hacer las prácticas de fuego real para tras estas recogerse al abrigo del navío “Catalán” como así había ordenado el Almirante Don Carlos. Daniel dobló sus guardias en tanto el oficial Artime se vio inmerso en las reparaciones vitales en su importancia, respondiendo de forma sobresaliente a todo lo que surgió en su presencia; algo que le valió el respeto del nostromo que hasta pocos días lo tenía por un innoble criado de oficial, manso como todos y blando para la brega en la mar. Su conocimiento de la “aguja” y familiaridad con los demás instrumentos y su capacidad de reconocer los signos sobre la carta de marear en algunas ocasiones tan rápido como él le abrieron la puerta al respeto de toda la tripulación.

Entre bordadas que tan pronto orzaban proa al viento o trasluchaban para ganar este de una aleta a la otra, las salvas y los gritos de carguen y fuego se hicieron un hueco en la vida de aquel niño que ya era hombre pues soledad, sangre y pólvora aliñadas con agua de mar como compañía dan la hombría a cualquier alma de niño que ose saltar  al vacío de semejante abismo.

- Daniel, hemos dado por babor hace ya varias horas la isla de Tobago y la Margarita nos espera sin demora. ¿Has escrito a tu madre? Has de tener presente que sin  esta no será conmigo con quien volverás a Cádiz para cumplir un sueño que ya sientes como tuyo. Ha de ser Doña María la que de o quite razones a tus deseos.

- Tenéis razón, Capitán. La carta esta ya escrita y la tengo entre mis pertenencias junto al coy donde descanso. Si me permitís al finalizar mi turno de guardia os la entregaré Es mi mayor aspiración alcanzar  esa plaza de Guardiamarina y no será por alguna falta que desde mi se produzca. Capitán ¿a qué distancia nos encontramos de Puerto Cabello, Capitán?
-  A unas cuatrocientas millas, es decir que entre cuatro o cinco días recalaremos en su abrigado puerto. Pero vamos a seguir con nuestros  ejercicios. Vamos Daniel. Antes de que anochezca, calcúlame nuestra posición sobre esta carta suponiendo que…

Poco a poco un lazo se fue tejiendo entre ambos que la travesía dio por revalidada gracias al carácter de ambos y el paralelismo de sus vocaciones. Nunca hubiera imaginado Agustín Delgado lo poco que hizo falta la “dote” que había entregado al teniente Grifol para que tratase adecuadamente a Daniel.

Pasaron los cuatro días y al mediodía del quinto un cañonazo desde la capitana dio aviso del avistamiento de Puerto Cabello. El 8 de febrero del año de nuestro Señor de 1723 la flota largó el ferro entre los brazos de aquella ensenada que parecía querer apoderarse de ellos con avaricia, cerrada por el norte y dando un estrecho pero seguro paso al hueco de lo que podía ser su corazón. Puerto ansiado por britanos y flamencos donde la tradición decía que una nave podía  mannerse con el pelo de un cabello, en los últimos años usado para el contrabando que nuestro rey Don Felipe fortificará pocos años más tarde  y que el empuje de la compañía Guipuzcoana la convertirá en un importante centro económico y naval. Don Carlos, con la calma y el orgullo de haber logrado la arribada decretó consejo de guerra para la siguiente jornada.

Una vez la Furiosa aseguró el ferro al compás taciturno del atardecer, como todas las naves comenzó a bornear hasta presentar su proa al viento en aquél momento  un terral cálido y seco que los recibía desde tierra, mientras las naves con sus proas  atierra por ese mismo efecto parecían postrar reverencia al nuevo continente al que tanto deberá siempre el viejo reino hispano.

La noche cerraba para Daniel una travesía ganada a pulso y con el valor del que todo lo espera y no ceja en conseguirlo…




domingo, 29 de noviembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (38)


…La noche acudió cumplidora tal y como lo llevaba haciendo desde el principio de los tiempos sin que  hasta hoy ningún sol pudiera someterla mientras la flota largaba el trapo oportuno para no dejar atrás a la corbeta “Furiosa P”. Los vientos soplando a bocanadas, unas fuertes y otras suaves y silenciosas permitían en este último caso que alcanzaran las voces y los golpes de martillo a las naves próximas a la corbeta. Mientras, varios cables mas a popa, en la urca Fabián se recuperaba de forma lenta pero constante de su grave herida, quizá mas por su propia fortaleza que por los cuidados toscos aunque esforzados de quienes a su lado se encontraban. Esta razón, pudiera pensar quien esto lea, sea de injusta factura y le doy la razón en su mayor parte, pues nos es más cierto que si salváramos la propia dolencia física de Fabián en la que la divina providencia tendría a bien terciar, es verdad como puño que el cálido abrazo, la compañía y vela del enfermo y el hacer para que tal penitente se sienta querido y arropado es quizá la parte que  así lleven a su todo las razones para que él mismo recoja fuerzas y moral suficiente para encarar la lucha que con mucha probabilidad acabará por vencer. Su esposa, Inés, Pedro León y el barbero Don Guzmán pegados a su vera mezclaban los rezos, las caricias y los paños tibios con los deseos de todos por su recuperación.




Cuatro jornadas eran las que disponía Miguel Grifol para lograr hacer de aquel puro deshecho una nave con aparejo suficiente para al menos dar la velocidad del navío mercante más lento de la flota y en ello estaba. Don Juan Artime eximido de sus labores en el mando directo de la nave azuzaba, instruía y daba golpes diestros sobre los elementos que consideraba que sus calafates y carpinteros no daban el justo remate en la reparación.


Mientras, a popa Miguel Grifol mas pausado en su ánimo por sentir la nave en rumbo y con las referencias del navío “Catalán” como hipotético faro sobre el que corregir posición y rumbo se dirigió a Daniel que en silencio se había mantenido todo el tiempo desde que embarcó apoyado sobre la endeble balaustrada   en pie de forma milagrosa a popa del conjunto que formaban como uno su Teniente y la rueda del timón.


- Daniel, acércate y coge la rueda mientras hablamos sobre los porqués de esta situación tanto mía como tuya.


- Mi teniente… perdón, Capitán. ¿Deseáis que coja el timón?


- Si, Daniel. Se de tu experiencia a bordo de faluchos de pesca en el golfo de Vizcaya y este barco no dista ahora en mucho a lo que tú has pilotado en peores mares. Se de esto y de tus conocimientos en la lectura y escritura además de la formación que tu madre se preocupó por darte en las reglas del cálculo, así que creo que en la situación en la que nos encontramos, con mi piloto Artime en labores puras de carpintero, nostromo, calafate y hasta de bombero serás un buen pilotín. Tu actitud para asumir el puesto de paje de pólvora en la primera batería sacrificando la mansa  y sumisa vida de criado, junto a  tu comportamiento en combate han sido en verdad razones que han certificado a todo lo dicho antes mi decisión para que hagas firme tus reales frente a la rueda del timón.


- Pero, si me permite capitán…


- Habla sin temor, Daniel.


- Quiero decir que agradezco la oportunidad que me brinda. Le prometo que no le fallaré, aunque ha de saber que desconozco en profundidad la navegación de altura pues mi experiencia se reduce a gobernar como vos decís faluchos con la costa a la vista. Necesitaré de vuestra ayuda para definir rumbos correctos y…


- No te preocupes que aprenderás el rudimento a mi lado y si tenemos suerte y Artime nos da trapo firme al que engolfar viento no será más complicado que marcar el rumbo de la capitana hasta arribar en puerto Cabello donde reparar con verdadera seguirada lo que de fortuna logremos.


Navegaban de forma suave con el arrullo de los alisios tan solo interrumpido por el golpeteo y las voces de los hombres en cubierta y los cambios de relevos de la marinería en la bomba de achique que mantenía la corbeta a flote, mientras los balazos poco a poco iban cerrándose a base de plomo y madera y con ello las vías de agua.  Miguel Grifol creía haber visto en la mirada de Daniel al acariciar la rueda la suya propia al escalar por la amura y plantar sus pies sobre la cubierta. Llevaba en la sangre la sal en proporción justa para entender lo que no tiene explicación y se decidió.


- Daniel, nos queda más de un mes de navegación para arribar a Tierra Firme si nuestro señor tiene a bien concedernos arribar y creo que deberías pensar esta propuesta que deseo hacerte y que por lo que percibo, tanto tu como el rey en su Real Armada os veréis beneficiados. Como ya he dicho antes, conoces la mar en sus múltiples caras, tus saberes de la letra escrita y los números en sus reglas básicas son correctos, eres hidalgo, que es cosa  necesaria para que la propuesta que te voy a hacer sea posible. Tan solo te haría falta hacer el tornaviaje a España como mandan las ordenanzas y con la ayuda de Don Agustín que allá en Jerez estoy seguro no te negará esto podrías…


- ¡Qué, mi Capitán!


- Formarte como Guardiamarina para llegar a mandar un navío del rey, bueno o lo que se tercie, que ya ves lo que me ha entrado en galones a este que tal cosa te propone.


Era de noche y las caras no eran sino siluetas levemente iluminadas por el farol que alumbraba la brújula junto al timón. Aún y sin aquella suave llama un brillo quizá mayor que el que horas antes exultaba el teniente arrojaban los ojos de Daniel.


- Gracias, Capitán. Nunca creí que este momento llegara a producirse. Siempre creí que si nos fueran las cosas bien a mi familia y a mí en Tierra Firme podría armar un buen pesquero como mi padre y continuar con lo que se dedicaba. Ahora comprendo a mi madre cuando habla tanto de los renglones torcidos del Señor.


- Bien, Daniel. Pero has de saber que si el Señor será quien escriba los renglones torcidos como bien dice tu madre has de saber que la tinta serái siempre tu quien la ponga. Has nombrado a quien has de pedir tal cosa si en verdad lo deseas y por ser imposible desembarcar de aquí hasta no arribar a Cartagena, habrás de escribirle una carta en la que le solicites el permiso para ello. Puerto Cabello será un buen lugar para que se lo haga llegar mientras nos reaprovisionamos. Mientras, y si la situación lo permite te instruiré yo mismo en los rudimentos de la navegación de altura. Ahora mantén la distancia al “Catalán” que marcan las órdenes y hazme llegar cualquier novedad. Voy a comprobar la situación del barco.


- ¡Si, capitán! ¡Manteniendo rumbo y posición!


Grifol bajó a la cubierta mientras sentía  su espalda iluminada por los ojos de Daniel que parecían querer estrecharle en un abrazo imaginario mientras pensaba en su padre y el orgullo que tendría que sentir en aquellos momentos allá donde estuviera…








viernes, 27 de noviembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (37)



…de forma lenta los navíos fueron agrupándose  próximos al núcleo del convoy de los mercantes  que se habían puesto al pairo con esa intención. A menos de media milla a barlovento de éstos, el “Estrella del Mar” así mismo se mantenía  observando cómo  la Urca retornaba escoltada  a cada banda por la fragata  y el navío "Catalán" mientras las dos corbetas apresadas  se mantenían  cercanas a la Almiranta. La más dañada,  que fue la del primer combate con la fragata “Pingüe Volante”, había recuperado el palo mayor  y lucía con un aparejo de fortuna que seguramente sería reforzado si la climatología y la mar tendida daban respiro en las siguientes horas. Su nombre cuando corsaria era el de “Rage” al que nuestro comandante la rebautizó con el nombre provisional de ”Furiosa P”  y a la última en ser apresada, además de la P que llevaría hasta ser valorada y admitida en la lista de buques de la Armada, le cambió su nombre de “Thunder” por el de  “Tenaz P”. Esta  era la que  se encontraba en mejor estado por lo que su  alistamiento  como escolta del convoy no tuvo más inconveniente que el reclutamiento de la tripulación de mar y guerra con que marinar la embarcación con seguridad y potencia militar de garantías ante alguna incursión.




Mientras se trasladaban y repartían a la chusma entre el “Catalán” y la almiranta,  Don Carlos Grillo en consejo de guerra con los comandantes y mandos del “Catalán” y la "Pingue Volante" tomó su decisión  tras el oportuno consenso, que nada es mas importante en una buena dirección que asumir el mando  con la claridad en las ideas, la seguridad en las decisiones y el acopio de voluntades compartiendo  responsabilidades entre quienes han de darlo todo por uno en los momentos  donde la verdad es la señora del presente y la acreedora  en el futuro.

-          Bien, caballeros. Debemos  trasladar  hombres a las corbetas apresadas sin dejar nuestros navíos sin brazos que  los manejen.  Vos,  Don Fernando Arrate, trasbordaréis del “Catalán” y asumiréis el mando de la de nombre “Tenaz” y os  mantendréis cercana a nuestro navío hasta que mediante señales  nos indiquéis vuestra total competencia para  proteger el convoy en que deberñeis ganar barlovento en el cuadrante mas a popa de nuestra fragata. Trasbordará con vos el teniente de fragata don Luis Barreñada con el que  se que   funcionaréis como  máquina bien engrasada.  A la corbeta más dañada que nombramos  “Furiosa” iréis vos, Don Miguel Grifol, como comandante  y con vos irá don Juan Artime que os será útil  en las labores de reparación durante la travesía. Se que os entrego el mando de algo que se parece a un  barco pero que   aún le queda mucho trabajo para  recuperar  tal categoría. Confío en vuestras dotes como mando y en  Don Juan Artime estoy seguro que encontraréis el perfecto segundo  conocedor de las labores que precisa su nave. Don Juan,  hijo y nieto de carpinteros de ribera, hidalgo por derecho real es al mismo tiempo  oficial y verdadero maestro constructor. Mantendrá su posición cercana a la capitana avante del convoy y le respetaremos su andar durante  las próximas cuatro singladuras, después de las cuales si no es capaz de ganar  velocidad le dejaremos a su suerte  esperándole en la ensenada de Puerto Cabello. Eso es todo ¿Algo que añadir, caballeros?

Tras esa última orden nada más  se produjo el saludo de rigor y la aceptación de las órdenes comenzando  las actividades de los trasbordos de marinería a las respectivas corbetas, mientras la chusma ya terminaba su “acomodación” en los pañoles mas profundos de los dos navíos. Era intención de Don Carlos dar cumplido gesto en razón y justicia  sobre los mandos de las corbetas corsarias a la llegada a Puerto Cabello y aún restaban  más de 2500 millas  hasta ese momento.

El teniente de fragata Don Miguel Grifol nunca la había visto más clara y brillante en toda la vida  transcurrida desde que despidió a sus padres  con la vista de olivos y  el olor de los restos de  pólvora quemada  entre borbones y austrias en su Cataluña natal. A sus 25  años iba a mandar una corbeta, aunque fuera un mando provisional seguía siendo su mando hasta arribar a Cartagena. Sería  en su corbeta donde  comenzar a sentirse ese dios menor  a quien todos observarán y de su actitud ante sus hombres y ante lo que a proa se presentase así sería parte de la respuesta dada por ese ser vivo con piel de madera  del que sentirse dueño, padre y  protector.  Con orgullo  encaminó sus pasos al pequeño camarote donde tenía sus cosas mientras se mordía su labio superior y una voz desde dentro le susurraba “avante sea lo que sea”. Una vez todo listo, que no era gran cosa lo que abultaba su petate, se acordó de Daniel que se mantenía  en la primera batería pues el zafarrancho  aun era vigente.
-          ¡Don Juan! ¿Ha determinado ya quienes  son los que trasbordan a la “Furiosa”?
-          Sí, mi teniente. Son varios artilleros de la segunda batería, cuatro infantes de marina con mosquetes y pertrechos propios de su oficio,  treinta marineros entre los que van carpinteros y los calafates del navío. Con dificultad, pero si logramos  afianzar el palo mayor y aparejar algún mástil  que admita de  mesana podremos  disponer de al menos una pequeña cangreja a popa. Me dice el segundo, Don Francisco, que de los que van a bordo de la fragata deben reembarcar la mayor parte de los artilleros a la fragata y sólo dejará a los  que sean de los oficios pertinentes para las reparaciones. Creo que lo lograremos… capitán.

Una sonrisa quiso aflorar del rostro del Teniente Grifol ante tal sonido, pero enseguida  el mismo sonido de la palabra lo mantuvo serio
-          Haga llamar al paje de pólvora Daniel Fueyo de la primera batería, lo quiero a bordo conmigo.
-          Si, Capitán.
Así fue como de una voz,  tras recibir la orden pertinente, el cabo de mar de su cañón  le ordenó subir a cubierta. Sorprendido, subió las dos cubiertas que lo separaban del combés donde la luz lo cegó por un momento, mientras una bocanada de aire puro y helado casi lo desmaya. Cuando Miguel Grifol lo vio no pudo reconocerlo. El pañuelo en la cabeza que algún día fuera rojo no se podía distinguir desde su negrura con la de la piel que supuraba un brillante sudor propio de minero  del color del metal de las balas de los cañones que horas antes había embocado en la boca del cañón al que servía.

-          ¡Paje de pólvora, Fueyo! ¡Embarcaréis en la corbeta “Furiosa” a mis órdenes como meritorio de pilotaje! ¡Ahora adecentad vuestra presencia antes de trasbordar a la “Furiosa”¡

Rápido como las balas de cañón cumplió su orden y  se presentó junto al resto de los hombres que serían trasbordados en los esquifes a la “Furiosa”. La mar estaba de buenas, así que era el momento de rematar todas aquellas operaciones antes de que su femenino ánimo, de inestable naturaleza y difícil previsión, estallase en  borrasca o duro temporal, haciendo que lo que pudiera ser   maniobra certera se convirtiese en  seguro desastre entre níveas crestas de agua y sal.

Los alisios continuaban su paciente  resoplar mientras cada  grupo de hombres hacía de su nuevo puesto su hogar y comenzaba a batallar por lograr  la meta encomendada por el Comandante.  Con esfuerzo la corbeta de Daniel  fue ganando la posición indicada por Don Carlos. Con  el aliento de la noche  sobre las nucas de cada  hombre los fanales  trajeron con su titilante luz la calma de la navegación en orden que dos días antes creían haber perdido para siempre. Daniel, al lado del teniente Grifol esperaba alguna razón de aquél cambio mientras  a pesar de la nocturna vela que  pocas opciones daba  a lo que no fuera la pura singladura, parecía en verdad el nombre de la corbeta de puro aciertop pues la  febril actividad casi  sin visión de tal estampa le daban.
 Mientras, el teniente sin  reflejar nada  brillaba de pura satisfacción  al mando de lo que debía de ser  una corbeta y a fe de su ánimo que lo lograría…


lunes, 23 de noviembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (36)

…Navegaba el “Estrella del Mar” con todo el trapo largado, prevenido para el combate inminente que aún no estaba claro en qué manera se iba a producir mientras la fragata ya había entablado combate con el bergantín corsario que pretendía así dar tiempo a su compañera huir con la presa. Aquél iba a ser el último error, pues a ambas les caería más tarde o más temprano la pólvora del Rey. Mientras esto sucedía, en la 1ª batería los servidores de cada cañón ya estaban prestos y listos para la siguiente andanada, mientras los carpinteros y la marinería que a ello había sido designada por el maestre carpintero y el nostromo se dedicaban a tapar los balazos y reparar lo que el fragor del combate había dañado.

- ¡Criado! ¡Mira por la porta, los piratas han cazado a un mercante de los nuestros!. Son ilusos si creen que tal y como les hemos dado hasta ahora van a lograr marcharse de rositas con semejante afrenta. No creo que nuestro comandante lo permita.
- Tal y como hemos combatido, estas en razón, Pulga. Pero no sé si les daremos alcance.
- Mientras lleve a su popa al mercante no podrá aumentar la velocidad y caerá. O lo suelta o caerán los dos.


Desde la porta no se podía distinguir el mercante que se llevaba y todo eran conjeturas aderezadas por las sempiternas apuestas prohibidas a bordo mientras el combate entre fragata y bergantín tan sólo se podía percibir a cada andanada respectiva. En aquella dulce ignorancia Daniel mantenía su ánimo embebido en la tensión del combate pasado y por el que había de llegar. Entretanto en la cubierta de mando, a popa sobre el alcázar, el comandante con Don Francisco, su segundo, observaba el combate de la fragata “Pingue Volante”, cuyo nombre de matrícula en la Real Armada era el “San José”, pero como vieja costumbre marinera, todo navío llevaba su sobrenombre o apellido con el que era conocido entre los servidores de la institución.
Como decía el combate era a cañón entre sus costados respectivos de estribor. La mayor altura de los palos de nuestra fragata daban ventaja a los infantes de marina en diezmar a quienes valorasen desde sus alturas como líderes o comandantes, que entre aquella chusma no se podía distinguir entre el oficial y la marinería. El combate proseguía con una aparente ventaja hacia los nuestros.


- Don Francisco, creo que llegaremos tarde a repartirnos la victoria porque Don Pedro tiene clara la maniobra y creo que tiene al bergantín en el punto justo punto de darle el golpe de gracia a base de garfio y pistolón.

No andaba descaminado Don Carlos, pues una suave andanada con las culebrinas del alcázar de proa dio con los garfios sobre el bergantín.

- Ahí los tiene, capitán. Fieles a su premonición. Ese bergantín es nuestro, que recen lo que sepan a ver si logran tregua en la otra vida porque de esta nada les salva.


En pocos minutos la situación se aclaró con la arriada del pabellón corsario y su nuevo izado bajo el pabellón hispano como formal presa del rey. La suerte estaba echada y había que enfilar hacía la corbeta con el propósito de liberar a la urca. Con las órdenes oportunas desde la almiranta de menor andar que la fragata, se dio orden a esta que pusiera rumbo en demanda del bergantín que restaba, al que ya perseguía el “Catalán” desde hacía algún tiempo. El Estrella del Mar escoltaría a la presa al grueso del convoy para reagrupar de esta manera el total de los navíos al que de momento se agregaban dos naves corsarias, que harían buenos servicios como patrulleros o bajeles ”de aviso” en el Caribe donde los britanos intentaban hacerse con su dominio desde Jamaica.


Mientras tanto, a bordo de la Urca las cosas iban como puro tormento bajo un inclemente temporal, con el miedo manteniendo en pura zozobra a todos los que allí se mantenían con vida. En el abordaje, desigual y del todo cobarde por plantar pólvora y acero sobre civiles escasamente defendidos, el maestre y varios marineros decidieron plantar cara al destino para ir con este al desconocido mar de los muertos donde el viejo holandés esperaba taciturno a recoger almas perdidas flotando entre la misma mar.


La desgracia de aquella violencia no se quedó en la marinería. Fabián Bracamonte, el campesino que embarcó en Santa Cruz se debatía entre la vida y la muerte tras salir en defensa de Inés a la que casi se llevan como trofeo dos piratas que volvían a su bergantín. Un golpe rudo y directo sobre uno hizo que Inés escapara de sus captores, pero con el chuzo de abordaje el otro criminal abrió de un certero golpe la cabeza de Fabián dejándolo medio muerto sobre cubierta. Como pudo, Pedro León con ayuda de otros hombres le trasladaron a la cámara del maestre donde intentaban mantener la herida compuesta y que la pérdida de sangre fuera la mínima. Uno de los pasajeros que habían embarcado en Cádiz era barbero, fue el que con sus manos y un tosco instrumental más propio de sacamuelas que de cirujano naval se arrojó en su salvavción mas con su ardor y buena intención que con puro conocimiento de mínima anatomía, pero la vida esta donde decidey se planta donde dispone con lo que solo quedaba morder el labio superio y dar vante. Al menos su estado de inconsciencia hacía de sustituto al efecto del inexistente láudano y aquél valiente al menos no sufría. Desde la cámara de maestre una pequeña cristalera miraba a popa con lo que los allí presentes podían estar al tanto de su situación.


- ¡Hermano, mirad! ¡El navío que nos protegía nos persigue! ¡No nos abandonan! ¡Gracias Dios Mío!
- ¡Es cierto, Francisca! ¡Y aun mejor, la fragata le está dando alcance y será la que nos salve o nos mate, que de mar y guerra creo que voy ya demasiado sabido!
- Ande, Don Pedro, deje que la Real Armada haga su trabajo y ayúdeme a hacer el mío. Por favor sujete sobre la coronilla con fuerza mientras trato de coser este desafuero contra la propia vida. Doña Francisca, mantenga trapos húmedos y lo más tibios posible.


Don Guzmán Ortiz, viejo barbero y hombre curtido al mismo tiempo por la misma razón echaba el resto de su escaso saber médico sobre la vida de Fabián mientras la primera andanada desde los cañones de caza del “Catalán” retumbaron como sueño de libertad. La persecución continuaba y era una premonición clara que a la velocidad de la urca esta caería sin remedio. El pánico comenzó a bullir entre los almas de los que gobernaban al urca, los tripulantes ahora sometidos comenzaban a presentir su liberación y en sus ojos se podía escuchar el sonido de la vengativa muerte que ya olía a sangre corsaria. La fragata alcanzó al “Catalán” y lo pasó por su costado estribor, en pocos minutos estarían a tiro de mosquete de “Virgen de Valbanera”.


El pánico y la moral en alza de los dueños verdaderos de la urca fueron las armas suficientes para reducir a los hombres que uno a uno perdieron la oportunidad de ser capturados por la fragata y así encontrar algún tramo de ley que los mantuviera con vida. No hubo gaznate que no abriera sus poros para exhalar la vida de quien lo portase. Cayó al instante el pabellón maldito mientras izaban con orgullo el de la marina del rey.


Dentro de la cámara del maestre Don Guzmán poco a poco terminaba su milagrosa labor de cirujano y encomendándose a nuestro Señor y a la Virgen de Valbanera terminó la intervención arrodillado ante quién confiaba devolviera la vida a Fabián. Mientras, desde el Catalán como nave capitana se mandó detener la persecución del bergantín. Que supieran más allá del horizonte lo que sucede a quien se enfrenta con nave hispana…


jueves, 19 de noviembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (35)

…Tras el impactante estruendo que nadie podría borrar ya de su memoria, los gritos enardecidos por el pequeño escalón triunfal fueron lentamente confluyendo a la realidad que rodeaba aquella batería. Los pajes se precipitaron raudos y veloces entre el mar de viento interior en que se había convertido el conjunto de cañones desbocados de sus portas por la explosión, los hombres agonizantes manchados de vida con la arena enrojecida por su propia sangre y por las voces de mando sobre los sirvientes de cada cañón, acarreando pólvora y balerío para la recarga de éstos.

Tras la virada hacia el sur sobre la que recibieron la andanada de la primera corbeta que hubiera producido un letal resultado de haber tocado el timón, la almiranta engolfó sus velas ganando en su andar y sobre todo en poder presentar la banda de babor aprestada a la orden de fuego frente a la corbeta que quedaba en disputa al menos en las aguas cercanas. La maniobra corsaria había fracasado al menos parcialmente y con algo de acierto, aunque tardío, la única maniobra que le restaba la acometió.


- ¡Huyen! ¡Están enmendando el rumbo al este!
- ¡No escaparán! ¡Banda de babor a mi orden! ¡¡¡Fuego!!!

La orden se cumplió y otro golpe de pólvora sacudió al Estrella de Mar hacia el costado contrario, tras este la enorme humareda de gris claro que ocultaba el resultado se vio arrastrada por los benditos alisios hacia el sudoeste como si de un telón de corral de comedias tras el entremés diese paso a la siguiente función. El espectáculo era tambien de verdadero impacto visual consistente en un enjambre de palos, cables, escotas, velamen esparcidos, desparramados por cubierta cuando no ya flotando como parte de futuro pecio asi presentaban a la orgullosa corbeta que antes abría las aguas del océano gallarda contra nosotros. Mas parecía un pontón que del desarmo había pasado al abandono, mientras escoraba sin remisión hacia estribor por donde las balas a lumbre de agua había dejado suficientes vías de agua como para ser imposible su salvación. Neptuno desde algún lugar cercano con la propia calma de saberse siempre ganador seguramente esperaba cobrarse a su primer deudor. La suerte de aquella flotilla a modo de escuadra ciega por su propia suficiencia había sido dictada y sus jueces de mar en este caso habían dejado tal dictamen en clara ventaja hacia nuestros barcos, aunque como bien conocían todos en nada daba eso vida y holganza, pues era esto último sobre la previsión y la autocrítica en la propia actuación lo que hace que la balanza sobre el filo de la espada de o quite vida, traiga o aleje la victoria.




Don Carlos tras observar la cruel imagen de aquellos hombres, que tal cosa eran además de enemigos a los que la clara muerte cruel de la mar ya veía penetrando en sus entrañas sin otro recuerdo que el pobre testimonio dejado en alguna taberna de mancebía con una bolsa de doblones entre jarras de vino con las que olvidar que tal momento seguro llegaría, tomó la única decisión en hombre de ley y buenos escrúpulos. A pesar de la urgencia por dar alcance a la flota y apoyo a los que más al sur entablaban combate había de salvar a aquellas almas en el eterno trance de morir.


- ¡Teniente! ¡Situación de la corbeta apresada!


Tras comprobar el estado de la presa e informar a su comandante el rostro de este tornó brillante.

- ¡Capitán! ¡Han aparejado de fortuna la mayor y parecen tener la situación controlada! ¡Se mantienen al pairo en espera de órdenes!
- ¡Pues vaya vos y ordene al gaviero que transmita orden de recogida de los náufragos y se reuna tras ello con el resto de la flota! ¡Segundo!¡Enmendamos a suroeste hacía nuestra flota! ¡Teniente Grifol, baje a las baterías y que tengan listos los cañones para cualquier ocasión que aún no sabemos lo que nos pueden deparar estos perros de piel albina! ¡Informe de heridos!


El teniente se apuró con las órdenes dadas, mientras la corbeta enfilaba lentamente el rumbo hacia los restos de su antigua hermana ya moribunda sobre la que sus hombres peleaban aferrados a la supervivencia. Orgullosa y con leves daños en su popa además de algún boquete a la altura de la 1ª batería, la Almiranta comenzó a ganar en su andar y con creciente valor fue dejando cables de distancia entre el lugar del combate y su propio casco.


La actividad en las baterías seguía siendo frenética aunque más ordenada, los carpinteros ayudados por la tripulación que no estuviera sirviendo al cañón procedieron a tapar los balazos recibidos, mientras los que a estos menesteres no se encontraban limpiaban las cubiertas para después volver a regarla de arena limpia, que avante la proa de su navío hacia otro combate al que enfilaba su roda. El cabo artillero que dirigía al grupo de Daniel fue sustituido por el cabo de mar, que era su natural sustituto en caso de tal gravedad. Desde las entrañas del navío arribaban las voces agonizantes mezcladas entre gritos cargados en el dolor y en demanda de socorro de los heridos.


Por médica anestesia a los afortunados les suministraban láudano, pero a los que no tenían la bellaca “suerte” de caer al inicio de los combates era el mismo aguardiente que antes los emborrachaba el que aturdiera sus sentidos, mientras la única técnica médica aplicable a bordo se presentaba en forma de filo dentado que daba y quitaba vida con el irracional precio de su propia extremidad.


Daniel deseaba saber de su cabo artillero y de otros tantos compañeros que como él cayeron entre astillas y metal. Su deseo era llegarse a ellos, pero la mirada del cabo de mar lo detuvo.


- ¡Chaval! ¡Has combatido bien para ser tu primera batalla, pero esto es un navío del Rey y ese cañón será tu vida hasta que el comandante no te libere! ¡Mantén el espeque donde manda la cureña y espera como los demás!


Daniel se contuvo como su cabo ordenó y mantuvo el espeque sobre la cureña mientras con la mirada perdida parecía observar el cuadro de mar que en puro movimiento se dibujaba entre los cuatro lados de la porta abierta, donde la boca del cañón en su centro hacía de batuta de un concierto de sangre y sal con el ritmo del puro vaivén con las olas como público siempre tenso y atento a la humana función.

El Estrella del Mar daba buena cuenta de la distancia entre él y la flota atacada mientras la corbeta ya recogía y engrilletaba a cada uno de los piratas supervivientes para estibarlos como puros fardos de deshecho en los pañoles de popa hasta ver su destino final. Mientras, en el grueso de la flota la situación no era buena pues otras dos naves, corbeta y bergantín, en un principio protegida su incursión por sus tres hermanas habían mantenido en jaque al otro navío de la flota, que por su escasa movilidad y la protección debida al convoy tan sólo podía realizar maniobra defensivas que siempre redundan en la pérdida de alguna parte del todo a proteger. Así estaba cuando la fragata se aproximaba al convoy para equilibrar la balanza. Con más de una milla por tomar contacto de esta al convoy los piratas ya habían abordado la Urca donde viajaban Miguel, María, Pedro y los demás, llevándola como presa tras el bergantín, mientras la corbeta abandonaba la maniobra de diversión sobre el navío “Catalán” para ir sobre la fragata y proteger su presa. Daniel nada sabía aún de todo aquello…


lunes, 16 de noviembre de 2009

No habrá montaña mas alta...(34)

…La última corbeta de aquella jauría naval, seguramente comandada por la que más a proa se abría paso cortando la mar como cuchillo sobre mantequilla, había caído y era ya presa de los nuestros. Don José aún tendría algún tiempo, en verdad que de oro puro en aquellos momentos, para dedicarse a dominar la presa mientras las otras dos que le adelantaban ahora no tan convencidas se aprestaban a tumbar el Estrella del Mar, aprovechando su mayor rapidez y agilidad en comparación con el navío de 70 cañones, que a pesar de la virada dos cuartas al oeste aún tardaría en ganar arrancada. Debían por ello aprovechar la rapidez y su posición a barlovento de su enemigo para asestarle en donde más le pudiera afectar mientras evitaban cualquier bocanada de fuego sobre si mismas.





Desde el Estrella del Mar, su comandante, Don Carlos, no comprendía tal maniobra que se le antojaba suicida frente a su navío que con más temprana que tardía incorporación de la fragata marcaría de forma definitiva su superioridad, eso si no contásemos si fuera posible convertir a la ahora presa como cazadora. “Algo más tienen estos perros entre manos que no consigo descubrir”, pensaba para sí mientras se preparaba para recibir su fuego y devolverlo con la furia de quien se sabe en trance de la propia supervivencia, donde el objeto no es otro que poder matar sin pagar la muerte luego, o al menos que esta no llegase tan pronto como los piratas pretendían. Como un aldabonazo a su propia pregunta la puerta de la respuesta se abrió como melón en postre de buen almuerzo.


- ¡Capitan! ¡Disparo de cañón al Sur de nuestra posición!
- Ya tenemos el porqué de esta maniobra, son más y van a por los mercantes. ¡Mantenemos rumbo y diana con las corbetas! ¡Segundo! ¡Señales a la fragata para en cuanto pueda que parta en ayuda del “Catalán”!

La suerte ya estaba echada, ahora no quedaba más remedio que resolver la situación y largar trapo hacia el convoy, que era al final el sentido de su escolta. Desde que cayó la primera corbeta había trascurrido ya media hora, la distancia era la apropiada para encarar a las otras dos. El Estrella del Mar viró una cuarta más al oeste para ganar velocidad mientras las corbetas se mantenían en rumbo Nor nordeste alineadas para evitar al máximo su superficie como blanco. La velocidad mayor del navío permitió que el rumbo de las corbetas pasara del puro centro del costado de este al de enfilada cortando la popa de nuestro barco. Fue entonces cuando Don Carlos se la jugó.

- ¡Cambio de rumbo! ¡A la polar!

La maniobra como un reloj se tradujo en relinchos de cuadernas, balanceos y pérdida de velocidad, pero Don Carlos había ganado la justa para encarar su costado al de ellos.

- ¡A desarbolar! ¡¡¡Fuego!!!

El estruendo de la andanada desde las dos cubiertas fue demoledor, el mismo navío se escoró a la banda contraria por aquél efecto mientras, una intensa humareda en el propio costado no permitía comprobar los destrozos

- ¡¡¡Todo a babor!!! ¡Virada en redondo!

Mientras la maniobra era ejecutada y poco a poco el navío fue primero presentado la aleta de estribor para dejar la popa y ganar el otro costado el humo despejado permitió comprobar los daños. Fueron justos, pero tampoco letales. La corbeta mas próxima fue la que llevó menos daño por el ángulo contra los cañones mientras que la que le seguía quedó con el trinquete, mientras que la mayor apoyaba sobre la cubierta como una imaginaria línea de crujía mirando a popa y la mesana iba sobre la mar arrastrada por la jarcia a la que se afanaban sus servidores por cortar. Ahora era su turno y cobranza y a fe suya que se la iban a hacer cobrar. La corbeta más sana disponía de los tres palos, aunque llevara algún boquete en la parte más alta de su acostado que no le afectaba para su misión. Daba el navío su popa en el peor momento, tan sólo los dos cañones que se conocía como guardatimones prestarían algo de respuesta ante la inminente andanada. Don Carlos desde la balconada los observaba mientras pedía en mudos gritos a todos los dioses que tenían nómina de mar que dieran un golpe más de viento para proteger su timón o cegar a los que enfrente esperaban la orden de disparo.


Mientras, en la batería más baja, Daniel junto a los demás cargaban y dejaban listo el cañón mientras esperaban lo que todos. Y como todo lo que ha de suceder así acontece, primero fue una detonación menor, para recibir a los pocos segundos varios impactos sobre la popa.

- ¡Nostromo! ¡Traiga al maestre carpintero! ¡Daños y situación del timón!

Ya estaban todos prevenidos de su punto débil y con el grito de júbilo contenido entre los escasos dientes del maestre carpintero este se presento como un rayo en el alcázar.

- ¡Capitán! ¡Timón sin daños, dos agujeros a lumbre de agua que no son nada con buen plomo y madera que los tape!


Mientras viraba la treta algo arriesgada de Don Carlos salió redonda si se permite tal expresión pues ahora ya disponía de velocidad y maniobra.

- ¡Banda de babor! ¡A desarbolar! ¡¡¡Fuego!!!

En la banda de estribor donde Daniel estaba la carga se complicó algo, no en el propio proceso de carga sino por los diferentes balanceos de la nave en el cambio de rumbo que hizo retrasar la colocación de los cañones en sus portas esta vez apuntando a lumbre del agua. Esto dio tiempo a la corbeta más dañada para largar su postrer andanada que quizá fuera la más dañina al estar costado con costado cuando la realizó. Este disparo de muerte, inicialmente dirigido a la arboladura, a causa de las vías de agua producidas, amén de la escora que producía el palo mayor arrojado sobre la cubierta hizo que la andanada fuese a lumbre de agua con lo que la ración de plomo y metralla cambió el destinatario de las batayolas y jarcia, por el de las portas y los costados de la 2ª batería. Un boquete por donde la luz abrasaba fue lo que pudo ver tras el estruendo y los gritos de varios hombres heridos de muerte por las astillas clavadas en mil y un lugares de sus cuerpos mortales. Entre la humareda pudo distinguir la mano del cabo aferrada a él sin saber cómo había llegado hasta allí mientras pedía a gritos la enfermería y al cirujano sin ser consciente de que su pierna izquierda, sin vida ni contacto con él, parecía mirarle entre los arroyos de sangre y arena que mostraban la crudeza de la maldita guerra en todos sus sentidos y percepciones posibles. Un trapo fue lo que le pudo ofrecer a su cabo para que lo mordiera mientras entre varios lo arrastraron hasta la enfermería donde esperar a que entre neptuno y Marte un esbozo de piedad lo devolvieran a la vida. Entretanto, los pocos que quedaron sin descoyuntar apuraron el resto de sus ánimos para devolver tal pago en justa y letal correspondencia.


- ¡Chaval, aquí al espeque y por tus muertos que revienten si no aguantas el tipo, porque seré yo el que te lleve con ellos! ¡Otra bala! ¡Vamos con doble ración para esos malditos!


Daniel atento al espeque, mientras Pulga metía la segunda bala. Brillaba en color negro por el sudor, la pólvora y el puro odio inconfesable e incomprensible hacia quienes no conocía, pero que había ya aprendido a sentir sin otra lección que la que le había marcado esa pequeña porción de vida vivida. Sabía que el puro odio en aquella situación era el medio para el fin que significaba vencer o morir.

- ¡Teniente, listo por esta banda!
- ¡Bien sargento! ¡A mi orden, fuego a lumbre! ¡¡¡Fuego!!!

La explosión fue mucho mayor que la anterior, la pólvora metida redobló la fuerza de cada uno de los cañones con sus 24 libras de metal de toda aquella banda. Antes de que la nube de pólvora disipara la incógnita del resultado, una enorme explosión los envolvió entre todos que, sordos por el estruendo y ciegos por la euforia, celebraron como si la vida y el oro cayese por cascadas en sus bolsas mientras los oficiales intentaban poner orden en la cubierta más parecida al puro infierno que a navío del Rey. La santabárbara había estallado...



sábado, 14 de noviembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (33)

…Daniel, acurrucado entre dos cureñas trataba de dormir en esa situación tan habitual de duermevela constante al que sin darse cuenta ya había acostumbrado su mente y subconsciente, despertó de ese falso letargo como de la misma pesadilla que a un infante lo haría gritar por su padre en cualquier oscura noche. El cañonazo fue a casi milla y media de su posición, pero era tan clara su humana procedencia que fue capaz de activar su consciencia sin gritos, ni golpes como a cada guardia su cabo había de esforzar en hacer. Una ligera llovizna le permitió solamente distinguir a su fragata de proa pues tras la orden del comandante iban ambas “de vuelta encontrada” como quien diría si fuera la situación normal. Su inconsciente al instante lo hizo situarse y presentir que algo peligroso podría acecharlos; de un salto y sin encomendar su alma a nadie se abalanzó sobre los servidores de la banda de babor hasta lograr hacerse sitio sobre una de las portas que permitía observar a la flota y su situación. Uno, dos, tres, cuatro… fue contando cada navío. Estaban todos, pero el “Virgen de Valbanera” iba algo barloventeado con algunos cables más al norte que los demás, esto le llevó a razonar que si algún peligro hubiera sobre ese cuadrantal era la nave de su familia la más expuesta a ello. No pudo reflexionar mas pues de unos recios empellones lo sacaron de la porta sus servidores y casi dueños lanzándolo sin miramientos a su banda opuesta, donde lo recogió con dificultad su compañero Pulga.


- ¿A dónde te crees que ibas? Aquí cada parcela es de un rey y no se debe entrar en el reino a donde a uno no se le ha invitado.
- Ya lo sé, pero tengo que saber de mi familia que justo va en la Urca que barloventea demasiado. ¿Qué pasa? ¿Por qué hemos virado hacia el norte?
- Parece que tenemos visita. No se distingue nada pero como siempre cuando se sale de nuestras aguas asoman los buitres que quieren parte del botín y da por sentado habrá que defenderlo.
- ¡¿Piratas?!
- Bueno, piratas, corsarios, britanos, ladrones, lo mismo da, el caso es que hemos de poner a punto nuestros cañones. ¡Escucha! ¡Están tocando a zafarrancho y prevención para el combate! ¡A nuestros puestos antes de que nos llamen! ¡Criado! ¡o mejor, Daniel, suerte en tu bautismo de fuego!


Se despidieron cada uno a su grupo de artilleros al que servir pólvora y balerío desde la santabárbara. Los artilleros comenzaron a cargar los cañones, eran estos de la cubierta inferior los de mayor envergadura, sus 24 libras de bala los hacían pesados y difíciles de manejar con lo que entre casi diez hombres por cañón fueron retrasando este para meter el cartucho que ya portaba en sus manos Daniel al que temblaban las manos por semejante golpe de acción inesperada. Era la primera carga, la mejor pues no había que limpiar el ánima ni enfriar el cañón que exige tras andanada de rigor.


- ¡Atento, paje! ¡prepara agua y chorrea de arena la cubierta que no sabemos de quien será la sangre que corra, pero seguro que correrá!


Daniel se hizo con vario sacos de arena que fue esparciendo por el suelo para algo que nunca había visto ni olido, que era la sangre mezclada de arena formando una espesa masa por la que poder caminar sin caer y descoyuntar el cuerpo en medio del combate. Mientras prendían las mechas en los bastones a la manera de hisopos, ajustaban trincas en las cureñas y se jugaban el poco caudal que pensaban ganar en mil apuestas sobre el número de naves, si entrarían a desarbolar, a lumbre de agua o a romper, qué boca acertaría en primer lugar y otras tantas justas con las que dar vida a la tensión que parecía incontenible entre sus costillares. Sobre cubierta y tras la información confirmada desde la fragata Don Carlos tomó la decisión de acometer el combate con su propio navío y la fragata mientras envió las señales pertinentes al “Catalán” para que protegiera a la flota en su marcha ahora sur suroeste con los navíos sin armamento en el centro de la formación.


Tras la reunión, de corta duración pero con la claridad propia y necesaria para un momento de tal magnitud y peligro todos se incorporaron a sus posiciones. Don Francisco, el segundo acudió al alcázar de proa desde donde mantener la caza y dar las indicaciones a tiempo real a los hombres que allí tenían su misión, amén de mantener separadas las dos máximas cabezas de la escuadra para el caso de la muerte de uno de los dos. Portas arriba, mechas dispuestas y presta la pólvora para arrasar a quién se presentara ante sus costados. Repartidos chuzos de abordaje, mosquetes, gubias, dagas y sables cortos para tales combates, recogidas las frascas incendiarias entre los hombres que junto al mosquete prestos también se mantendrían sobre las cofas listos para barrer hombres y velamen del enemigo.

- ¡Dos navíos por la aleta de estribor! ¡tres, capitán, dos corbetas y quizá una fragata pequeña! Rumbo sur virando hacia nosotros.
- ¡Mantenemos rumbo! Demos a esos perros esperanzas mientras ganamos barlovento. ¡Teniente! ¡Situación de nuestra fragata!
- ¡Capitán! ¡En la otra banda de los piratas ganando cables sobre sus cuadernas!



Mientras el “Estrella del Mar” avanzaba de forma lenta hacía ellos en una maniobra en apariencia suicida ante aquellas tres naves que como hienas parecían sonreír desde sus proas ocultas tras la enorme espuma que generaban en su andar hacia el navío ciegas por arrasarlo entre las tres confiadas en su mayor movilidad, entretanto nuestra fragata se con el trapo desplegado al extremo continuaba acercándose a estas por su aleta de estribor.
En las baterías los hombres listos, tensos los ojos fijos su miradas a través de cada porta observando la maniobra en un silencio que permitía escuchar las órdenes de cubierta entre los golpes de mar, alguno de los cuales lograban empapar a los servidores de la cubierta más baja donde Daniel se mantenía expectante con una mezcla de verdadera emoción, miedo y sobre todo deseo de sentir en su piel el bautizo de su primer combate. Casi dos horas después la situación era casi la misma, pero la distancia no superaba ya la milla y media entre unos y otros. Mientras, la fragata estaba ya a punto de dar caza a la corbeta más alejada del navío.

Entre Don Carlos Grillo y Don Pedro Moyano, capitán de la Fragata “Pingüe Volante” la compenetración era la de padre e hijo, pues tenían clara la maniobra desde que cambiaron información y órdenes desde los alcázares de cada uno de ellos casi dos horas antes. Con menos de una milla ya entre el “Estrella de mar”, Don Francisco a proa mando hacer fuego con los dos cañones de caza con la intención de valorar alcance y precisión. Con la segunda andanada desde estas dos bocas la situación se plantó clara y antes de sentir el aliento de las dos corbetas a cada banda la maniobra se aclaró.


- ¡Dos cuartas a babor! ¡Banda de estribor, preparados para hacer fuego a mi orden!

Antes de que las corbetas llegaran a rodear la nave se vieron ambas sobre un flanco rompiendo en parte su plan tan burdamente establecido, que la superioridad mal concebida provoca mortales equivocaciones

- ¡Mira chaval! Ahí los tienes a esos hijos de perra! ¡Démosles a probar la pólvora del rey!

Mientras la fragata tras aquella dura maniobra en círculo desde que se separó del “Estrella del Mar” propia de correo o navío de aviso, alcanzó a la tercera en cuestión que en su soberbia por saberse con la pieza mayor ganada no hizo caso a nuestra fragata; esta, de enfilada desde su estribor hacia su babor barrió la cubierta con sus cañones de 16 libras cargados de clavos, cadenas y todo tipo de metralla. Tras la detonación de los 15 cañones de aquella banda la mesana como árbol ante un leñador decidido comenzó a caer hacia proa llevándose por delante aparejo y jarcia donde tan solo hizo de remate sobre gran parte de la marinería degollada y masacrada por aquella andanada certera. Tras ello los cañones del alcázar de proa dieron con los garfios sobre su popa y el abordaje fue un hecho. Toda la mar océana sabe, desde flamenco a britano, pasando por francés ya fuera corsario, pirata o militar que nadie podría vencer ni contener el abordaje por parte los hombres de un navío del Rey.

- ¡Capitán! ¡La corbeta más retrasada es nuestra!
- ¡Bien! ¡Atención tripulación! ¡Artilleros, primera andanada a desarbolar!

Aún los piratas mantenían su convicción de terminar con el navío al que iban a encontrarse ambos enemigos en sus bandas de estribor. Mientras el pabellón corsario arriaba su orgullo frente a la fragata de don Pedro Moyano la hora de la verdad alcanzaba al Estrella del Mar...



Don Blas de Lezo cazando un navío Britano (Stanhope)

jueves, 12 de noviembre de 2009

Recibes cuanto das.



Abanica con tu mano el vendaval de la rutina
mientras la plomizas cortinas por ello pesadas
ocultan lo que es real sin falta de hadas
con varitas sin vida escondidas bajo su propia pátina.





Vientos sonrientes al entregar sin apenas ofrecer
valores eternos llenando el alma de ambos
por sentirse de innecesarios cielos ahítos y plenos
al compartir necesidades sin mal, que la unión hace crecer.

Mil veces volveré, mil veces volverás
y siempre frente a un espejo te encontrarás
pues cuando se siente no es necesario más.

Amistad, inmensa palabra que su simple sentido aturde
a quien ose su valor tocar sin en verdad catalogar
pues tan solo es una enorme nube difícil de alcanzar.



Para alguien que no sabe ser de otra manera.
Para quién no alberga más que franqueza y lealtad.
Para ti Sé.