lunes, 19 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (116)


…Trascurrieron los tres días  en febril actividad a bordo de la “Minerva”. Materiales  que  manaban sin limitación  por orden del Almirante desde los buques de aprovisionamiento dieron al palo de mesana una nueva vestimenta  para su jarcia firme tan dañada tras el combate. Los estays de  mesana y sobremesana que lo afirmaban al palo mayor y las burdas de perico que mas parecían suspiros  del hilo divino  con que tejer nubes fueron   renovados, por su opuesta a proa la jarcia del botalón de foque  bien aferrada y nueva  dejó asegurada  aquella parte también dañada;  del velamen se recuperó la lona que  con seguridad se  podría contar para  aferrar y engolfar  el soplo de  los eternos monarcas  de los vientos reales. Aún así   se ganaron como lona de respeto gavia y velacho bajo  y un juego de petifoque, foque y contrafoque que   se ofrecieron y  sin dudar se aceptaron  por el maestro velero. Pintura, carpintería y  demás oficios devolvieron a la “Minerva” su orgulloso  aspecto, el de quien se ofrece como verdadero  lebrel de los mares. Nave donde cualquier marino desea verter sus miedos sobre olas  y vientos hasta derrotar horizonte y tras  su victoria, largar el ferro  vestido con la arrogancia de la juventud derramada por sus líneas puras de mar  como  el puro placer de sentirse parte del Todo.

El atardecer del cuatro de febrero de 1733 vio doblar el cabo de Agujas la corbeta “Santa Olaya”  tras tres singladuras  de  búsqueda. La reunión en  el navío “Princesa”  fue convocada  dos horas después donde,  además del Capitán Fueyo y el Teniente Cefontes, acudió el capitán de infantería Manuel Torralba con el que conformarían el quinteto  junto a Don Blas de Lezo. Las informaciones tanto  del Teniente Cefontes con lo que pudo avistar sin correr riesgos, como de los informadores  que  desde tiempo atrás ya contaba la corona a sueldo entre los propios  hombres del bey fueron coincidentes.

-          Bien, caballeros, al parecer  ese navío donde se guarda el Bey parece  abrigarse   sobre la fortaleza de Mostagán.  Creo que no hacen falta más  argumentos para  alistar las tres naves y poner proa hacia  ese lugar al este del cabo de Agujas.
-           Con el debido respeto, almirante. No es una fortaleza, sino dos, están bien armadas y si le sumamos los treinta cañones de la banda  con que se defienda desde el navío  el ataque no será una acción sencilla. Además nuestras fuerzas de tierra   habrían de recorrer más de  11 leguas en territorio hostil y  no llegaríamos a tiempo y en forma  prudente para dar una carga que   debilitase  el flanco de la mar en vuestra ayuda. Lo siento Almirante, creo que  la Real Armada deberá  combatir en solitario por ese trofeo. Créame que lo lamento…
-          ¡Don Manuel! Nada se acaba por saber tal cosa, que en nuestra España de las acciones navales de su propia armada tampoco se sabe, mas  eso no es  menester para que  nos batamos a sangre y fuego por  nuestro reino y nuestro rey. Mantened a raya al moro y si es posible ganad leguas al este mientras nosotros nos hacemos con el  navío, con el Bey y  con lo que guarde entre sus cuadernas. Caballeros, al alba   sobre el cabo de Agujas. Vos, teniente, abriréis   la estela al capitán Fueyo y a mi “Princesa”.  Una vez a su barlovento   plantearemos  el ataque. ¡Por  el Rey, por España y por la Real Armada!

Aquél brindis cerró la reunión. No hubo ágape  y todo el mundo  retornó a sus puestos con las órdenes claras. La mañana del 4 de febrero  la caza  daría comienzo sobre el orgullo del bey de Argel, y sobre él mismo si es que aún se encontrase allí...



-          ¡Arriba y clara!

Con aquella voz dada con  rotundidad  desde la proa, la “Minerva” aferraba  aparejo y velamen para  cazar el viento al rumbo marcado por la “Santa Olaya”,  mientras a popa de su estela los 70 cañones del “Princesa” poco a poco ganaban velocidad con el aplomo de alguien que se sabe grande y por ello  de mayor enjundia en el viento a cazar. La pequeña escuadra en permanente zafarrancho de combate dobló el Cabo de Agujas donde la bahía se abría en carnes  dejando a  unas 25 millas  la  ciudad fortificada de Mostagán en puro rumbo este.  El viento  del nordeste, puro gregal cargado de agua no dejaba a las claras más que una opción.

-          ¡Capitán, orden de la capitana!

  Las señales  no admitían duda, navegar de bolina  frente al gregal cargado de agua para ganar barlovento frente a las dos fortalezas  para llevar algo de ventaja frente a sus cañones  sobre tierra firme.

-          ¡Timonel, dos cuartas a babor!  ¡Proa con  la “Santa Olaya”! ¡Pegados a su culo, por las barbas del  bey  antes de que  se las arranquemos! ¡La mitad del aguardiente a bordo por sacarle un cable a esa corbeta!

Entre la lluvia que los ocultaba de las fortalezas, aprovechaba el capitán Fueyo para  dar  rienda suelta a las ganas de  sentir el vigor de la unión sin sangre de por medio y qué mejor acicate y  solución para tal cosa que competir con  un  propio como la  “Santa Olaya”. Nave ligera más que su fragata, pero con menos trapo con el que atrapar fuerza divina en forma de viento. Desde la corbeta no faltó un segundo en el que se diera orden de largar trapo en cuanto la proa de la “Minerva” comenzaba a hocicar por  ajustarse al viento en pura ceñida cargando masteleros y mastelerillos donde los hubiera  por poner. Dos rectas de espuma hirviente  parecían querer ascender  de la propia mar tras dejar que  sendos  codastes como cuchillos a popa las  trazaran. La mar en  pequeñas flechas vestidas de rociones se clavaban sobre las pieles de  ambas tripulaciones por tratar de detenerlos en su afán de ganar  una proa contra la del  otro. La serenidad y limpieza de la fragata que parecía decidida a cortar el océano en dos mitades contrastaba con la  corbeta que como cabra de mar salvaje  saltaba sobre cada ola    para  enfundarse de mar hasta volver a despejar su cubierta  vomitando  mares en sus  disimulados imbornales. Desde el ”Princesa” una sonrisa  se dibujaba    en el rostro de Don Blas, mientras su único ojo taladraba la inesperada regata a través de su largomira.

Ambas naves  como si del mismo  poder se sostuvieran mantenían sus bordas  estribor babor respectivamente casi  unidas entre golpes de espuma que   refrescaban los rostros de sus servidores a ratos aferrados a  los aparejos a ratos mirando con vehemencia y cargando los gestos entre obscenos y retadores sobre los de la nave contraria. La “Santa Olaya” luchaba con su levedad volando casi sobre la ola de corto recorrido tratando de  ganar un nudo sobre la serena fragata, pero la verdad  como siempre se  impuso sobre la ilusión y el  mayor  trapo sobre  la “Minerva” dio las alas suficientes para ganar el cable que diera la victoria al tener por el través de la  aldea de Besri. Bien seguro se veía que  ya no quedaría aguardiente  en la Minerva, pues  con la euforia estaba claro que la otra mitad sería para quemar el navío del Bey. Varias horas más tarde  el navío del Almirante   se puso en facha frente a  ellos. No hubo tiempo a  preparar consejo,  ni siquiera a establecer una táctica pues las señales desde la capitana lo dejaban claro.  Bajo la protección de fuego del “Princesa” sobre las dos fortalezas las dos  naves menores   darían el golpe de gracia sobre el  navío argelino. 


Serenas, en este caso con  el gregal sobre  la aleta de estribor y el barlovento dando su pequeña ventaja sobre aquellos  dos “navíos en tierra”  y la sorpresa apoyada en el gregal cargado de nubes y lluvia como arma que bloquease   junto a la primera andanada  la victoria parecía acariciar la tensión de sus corazones…


miércoles, 14 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (115)




Vista de Oran y el Castillo de  Mazalquivir (S XVIII)
…El tambor llamando a zafarrancho despertó a Daniel de su primer  descanso en verdadera calma, seis horas de sueños ya olvidados, reparadoras horas a las que le seguían comprobar el estado de su nave y de  la dotación mientras   desde  la toldilla podría contemplar desde su largomira la batalla que se prometía más al sur frente a Orán.  Rápido, como siempre al  salir del camastro, Daniel se embozó en su uniforme  ya casi perdido su color y con una necesaria entrega al  “pañol grande” para  enfundarse otro de nueva factura cuando arribase al fin a puerto  seguro. La visión de cubierta le alegró la mañana  donde pudo ver a sus hombres con el gesto sereno, tanto tiempo atrás perdido,  y listos en sus puestos a la espera de la orden de su capitán; algo que lo reforzaba más aún en su creencia sobre la condición humana  que es capaz de arrostrar los mayores sacrificios por algo tan simple que es la confianza mutua, la disciplina engarzada al valor que infunde saberse arropado por un buen líder, donde la comprensión de las debilidades da alas a quien las porta que a la postre somos todos en nuestras infinitas versiones humanas.

-          ¡Teniente Antúnez, mantenga la nave en facha y lista   a una llamada  desde la capitana! ¡Anule el zafarrancho y que se pongan todos a  las órdenes de los carpinteros para recuperar el estado de la nave! No es domingo pero  ración de comida y bebida como si lo fuera y doblada. ¡Mantenga atención a la señales de la capitana!
-          ¡A la orden, Capitán!
-          Martín, súbame las tostadas y ese café que nos embarcaron ayer a la toldilla, hoy deseo sentirme como en casa.

Su asistente, Martín de nombre  con desconocido apellido, fue algo que se vio obligado a adoptar cuando el jefe de brigada de la artillería de los cañones de babor casi lo  convierte en metralla tras un error que casi los  vuela a todos en medio de uno  de las  decenas de combates tenidos  durante  el sitio y la espera de refuerzos. No era Martín un hombre con agilidad mental normal, pero desde luego era válido para  las labores  de sencilla ejecución y donde  los cambios no fueran a golpe de cañón.

-          Si, capitán.

Nunca pensó Daniel Fueyo poder  contemplar el  fin del sitio de Orán desde  aquella posición de observador privilegiado.  Los casi 200 cañones de  las bandas amuradas a la costa de los seis navíos  comenzaron a bombardear con  todos sus calibres al alcance de la playa provocando un efecto  devastador, mas por las explosiones y el pavor  sobre los que ahora se veían envueltos entre dos frentes sin saber donde iba a caer la siguiente  bala de cañón que por el daño real sobre sus carnes y armamentos. Tras dos horas de intenso fuego sobre las fuerzas  moras, una señal desde la capitana con la seguida respuesta desde lo alto de las murallas de Orán hizo que las puertas de la ciudad se abrieran como las aguas del mar rojo se cerraron para los ejércitos del faraón, cargando las tropas encerradas tantos meses con la furia del desquite y la ventaja de saberse superiores en ánimo, en fuerza y en sus posibilidades de victoria. Otra señal desde el navío “Princesa” dio orden al desembarco que, bajo la protección casi innecesaria de varios lanchones armados   de infantes que descargaban  su carga de plomo sobre los pocos que trataban de evitar este, se desenvolvió como una pura descarga de pertrechos y hombres sin enemigo. Un enemigo que  comenzó a sentir que el pánico superaba los gritos de sus mandos y  la huida hacia el este pasó de  una retirada en orden a la desbandada por la supervivencia.

La  victoria no llevó mas de seis horas desde la primera andanada sobre la playa hasta que los últimos soldados berberiscos  por dignos cayeron resistiendo encerrados en  una bolsa donde las tropas del Conde Bena Masserano no pudieron alcanzar a detener la furia sangrienta de los  soldados sitiados. Hombres con aspecto humano, pero  en esos momentos  con sus almas  sepultadas sobre la  furia propia del fragor en la batalla, a la que  el odio recargado tras meses sin otra imagen que las  vejaciones y  torturas sobre los hombres que  enviaban de correos o en busca de  alimento y eran capturados por los ahora rodeados, les infundía la sed brutal y sin sentido de la venganza en caliente.

-          ¡Dios mío!  No es esta la guerra por la que  combatimos, Antúnez. Los están destrozando. Me avergüenzo de lo que ven mis ojos.



Un silencio  sobre la cubierta de popa  fue poco a poco alcanzando el alcázar hasta la raíz del bauprés que por suerte  no podía observar tal carnicería sin justificación por parte de quien se considerase  humano.
La furia dio paso a  la celebración tras las debidas operaciones del ejército reforzando en un radio de una legua con todas las lomas y puntos críticos en un contragolpe  susceptibles de ser punta de lanza de nuevo contra Orán. Aún así no deseaba Don Blas de Lezo zarpar a España sin dejar la situación clara y en franquía para quienes allí quedaban   como  bastión hispano frente a la piratería y el turco. Para ello mandó reunir a su estado mayor  para  planificar las próximas semanas los pasos a seguir desde su visión más allá de lo puramente naval.

Tras ello mandó llamar  a los comandantes de la “Minerva” y la “Santa Olaya”. Estos cada uno en su lanchón o esquife, según el tamaño de su nave,  acudieron al “Princesa” para  la reunión con el  Almirante. Por la hora ya entrada en  el atardecer estaban claros que si el humor era bueno tendrían una buena cena que  azuzarse por el gaznate.

De nuevo, como en la anterior ocasión, el Capitán de navío De las Cuevas os recibió a ambos y los condujo a la cámara del Almirante.

-          Buena hora ésta en la que dos jóvenes oficiales me hacen sentir ya viejo. Capitán Fueyo y Teniente Cefontes, tomen asiento y dejen el ceremonial que hace  nada me he pasado entre altos mandos de tierra y mar y me duele este solitario brazo de tanto saludar. ¡Pase!

El jamón apareció con  el vino que seguía tan bueno como la última vez.

-          Caballeros, la victoria   ha sido fácil pero no es completa. No pararé hasta dar caza a ese navío con Bey o sin él que perdieron dos  de mis mejores hombres  por entrar al trapo de una galeras  de lo que solo agradezco haber podido liberar a sus galeotes hermanos nuestros. Pero como les decía, he establecido con las fuerzas de tierra abrir más el espacio controlado por nosotros hasta  donde  sea posible por tierra al este, sur y norte que garantice la seguridad de la plaza, pero me  preocupa la existencia de ese navío que con  algunas naves menores o galeras, no me importa su porte, puedan bloquear  o incluso atacarnos cuando dejemos esta  rada la mayor parte de la flota en la que esta vez les incluyo a ustedes con sus naves. Por ello con ayuda del ejército, sus manejos entre confidentes y espías y vuestras dos naves, ágiles y rápidas, además de menor calado que mis navíos podamos entre todos,  y me incluyo con mi barco, dar caza a su símbolo vestido de 60 cañones.

Ambos entre  bocado y sorbo de vino asintieron con la misma convicción.

-          Vuestra merced dirá  nuestra misión, Almirante.
-          Vos, Cefontes partiréis a bordo de su corbeta hacia el este barajando la costa sin correr más riesgos de los necesarios para garantizar su retorno e informarnos cada 48 horas. Mientras  vos, capitán Fueyo  terminará sus labores de reparación y aprovisionamiento para estar listo en otras 48 horas.  Con vuestra información y lo que nos aporten desde tierra partiremos en tres días hacia donde se suponga se oculte es  hijo de  turca malparida… 


lunes, 12 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (114)


…  -     ¡Permiso para subir a bordo!
-          ¡Permiso concedido! ¡Capitán de navío De las Cuevas  a su  disposición!
-          ¡Capitán de Fragata Daniel Fueyo! El almirante me  ha citado en vuestro navío…
-         Si, capitán. Sígame por favor. Es un honor recibir a bordo del “Princesa” a un  héroe como vos, señor. Permítame trasladar nuestro orgullo a vos y a toda su dotación que con tanto sacrificio y peligro por sus vidas han mantenido a raya a  esos endemoniados piratas sarracenos  azuzados por el Turco que Dios nuestro señor lo confunda.
-          Nada que no hubieseis  cumplido vos y cualquier marino bajo la bandera de nuestro Rey Católico.

La cámara era enorme como la de un navío de 70 cañones, este de mayor eslora que los  de su misma clase britanos y de una estructura y diseño  copiado tras su gloriosa captura por los britanos en un combate de tres  contra él, en el que  destrozó uno, hizo huir al otro y tras seis horas de duros combates tuvo que rendir el pabellón su comandante Don Pablo de Agustín Aguirre.   Fueron los britanos quienes se maravillaron del diseño  hispano de nuestro insigne Gaztañeta al que a partir de aquel momento trataron de copiar  en gálibos y  líneas de agua. Como les decía no era la cámara del "Princesa" comparable con la de la "Minerva", aunque los mamparos desmontables y sus respectivos cañones para servir contra el enemigo se presentaban de la misma  manera. Quien no tenía igual, fuera el barco que fuera, era quien portaba su gallardete en el tope del palo mayor. Don Blas de Lezo y Olavarrieta. Con  su  brazo vivo lo estrechó entre su  robusto cuadernal de piel y huesos al bueno de Daniel Fueyo, que  por más que lo sintiera cercano nunca podría  esperar semejante familiaridad  para con él.

-          Mi Capitán de Fragata Fueyo. Bravo  como debe de serlo un  comandante de la Real Armada.  Habéis cumplido  como  se le exige a vuestro mando y  tened por seguro que será  llevado vuestro  servicio a las instancias más altas que este jefe de escuadra pueda hacerlo en cuanto terminemos con  esos malditos hijos de rabiza turca. Os quedaréis a cenar  conmigo  esta noche en la que espero nos relatéis vuestros combates contra  nuestros enemigos a los que daremos con su medicina mañana en cuanto confirmemos la disposición de las tropas  de la ciudad y el castillo. Para ello necesito un informe de situación  de la costa al este y al oeste de  esta posición, no deseo encontrarme con sorpresas  que distraigan a mis naves de su principal objetivo. ¡Pase!

Con   miedo mezclado de respeto el paje de Don Blas, algo entrado en años  para tal fin, les sirvió  buen jamón  cortado con el mejor vino de la bodega del almirante. Daniel casi se olvida de los requerimientos de su superior con aquellos olores  casi olvidados.

-          Pero  qué clase de  jefe puede llegar a ser quien no mantiene a sus hombres  con sus necesidades  cubiertas. ¡Coma, por Dios! Mejor, comamos y bebamos algo  y me vais describiendo la situación que os  demando.
-          Gracias mi comandante.  Comenzaremos por el oeste. Esa zona la conocéis  del anterior desembarco hace medio año. La playa de las Aguadas es un buen lugar para el desembarco pero no para defenderlo por mucho tiempo por lo que no hay allí fuerzas  a excepción de pequeñas patrullas que   tratan de  controlar la retaguardia del castillo; no son amenaza para nuestras fuerzas pues no disponen de flota  salvo algún lanchón  con el que en ningún caso serán amenaza a  cualquier cañón menor de alguna de nuestras unidades de trasporte si llegara el caso. Con permiso.
-          ¡Sírvase, sírvase, capitán! Deme su vaso que le escancie  de este vino  antes de que se nos ponga recio.
-          Gracias. Como le decía, por el oeste no hemos de temer reacción alguna. Por el este la cosa cambia, aunque  salvo el navío que se nos fue dudo que presenten batalla con los que puedan disponer entre el cabo de Agujas y  los puertos que acaban a mas de 200 millas al este con Argel.  Convendría apostar  algunos lanchones armados  al este que pudieran dar aviso de alguna vela o galera que tratase plantar  cara a los nuestros, creo que nada más mi comandante. Por lo demás tened claro que los situados están deseando  salir bajo nuestra cobertura    para devolver lo pasado. Y por gas a fe que lo harán bien.
-          Si algo de todo esto que sucede tengo claro es que así será. Disponemos del código de banderas  y estamos coordinando la batalla de mañana en la que tras nuestro fuego   en el que  los barreremos, serán primero ellos los que  tras el desconcierto y los daños  causados   carguen sin piedad  mientras procedemos al desembarco de los  hombres que comanda  el Conde de Bena Masserano, Don Guido Jacinto, a quien os presentaré en la cena. Ahora adelantadme algo de vuestros  días de comandante de la pequeña división  y  vuestras venturas y desventuras frente a las galeras del Bey. ¡Paje, mas jamón!...

La cena se  convirtió en una continuación de  la velada,  tan solo interrumpida  por  la llegada de informes sobre la situación desde los sitiados y las órdenes oportunas dadas a su estado mayor a bordo del “Princesa” para la  jornada del combate del día siguiente. Tan solo faltaban en aquel espacio limitado de madera por los cuatro costados de unas damas que aliviaran el peso de tanto uniforme y alto mando militar que abarrotaba la cámara, pero  no era el momento ni el lugar donde disponer de semejante bendición a la vista y la conversación. El vino dio paso al aguardiente tan severamente prohibido en la Real Armada y con este al relato de las   decenas de combates y anécdotas  pasadas en la dura misión como comandante de aquella exigua  escuadra. Con mas  mareo de tierra  que de mar  y  la noche   entrando en carnes sobre la mar se despidieron  todos los mandos, no sin que cada uno felicitase a Daniel Fueyo por su actuación en tales condiciones. Como pudo,  entró en su cámara donde una nota de su amigo Segisfredo le decía “te he robado a tu amiga espirituosa, no cuentes con su rescate porque ya es mía”. Ninguno de los dos participaría en el combate pues los suyos  necesitaban descanso y recuperarse de lo vivido y la corbeta del Teniente Cefontes se mantendría en labores de protección del convoy al norte de este mientras se procediera al  desembarco.

-          ¡Arrieta! Al alba y con la señal de la  capitana toque a zafarrancho y prevención para el combate. Aunque no  seamos parte de la fuerza naval  que lo haga estaremos pendientes y atentos a lo que suceda.
-          ¡A la orden, mi capitán!

Como un niño al que le regalaron su primer  juguete, agotado de jugar con él se acostó  en su cámara por primera vez desde hacía muchos meses  para dormir como un lirón lo que  decidiera  la bandera de zafarrancho de  Don Blas de Lezo. “Siempre avante” fueron sus últimos pensamientos… 




sábado, 10 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (113)



…Libre de garfios de abordaje, libre de enemigos, con sólo su sangre  entremezclada en la arena esparcida en cubierta durante el zafarrancho convertida fango y ahora vertida por los imbornales  gracias al  baldeo ordenado por el nostromo, la “Minerva” ganaba  espacio hacia el norte de pura vuelta encontrada con la escuadra  hispana. Esta, con el navío Princesa abriendo la cuña de fuerza  junto al navío “León” les dio paso con  el saludo de toda la dotación en zafarrancho.  Un saludo desde la fragata nunca más deseado en forma de gritos  fue la andanada humana que se disparó sobre el a su lado enorme navío de dos puentes “Princesa”. El almirante con gesto  sereno se aproximó a la balaustrada  en el coronamiento popa por estribor para saludar más abajo a Daniel Fueyo. Este, con  el debido protocolo le devolvió el saludo a duras penas contenido por tantos días de sufrimiento y  fanática tenacidad.


-          ¡Manténgase atento a mi señal para  subir a bordo, Capitán! ¡Por ahora vaya a  la zona del convoy de suministro más al norte y trate de recuperar  a sus hombres con un buen aguardiente, corre de mi cuenta!
-          ¡A la orden, mi comandante!

La escuadra  posicionó sus  unidades  sobre la bahía a vista de los sitiados. Mientras, los argelinos trataban de  reaccionar frente a semejante fuerza naval. Las tropas de tierra no podrían embarcar en las galeras y tan solo tendrían que huir o defenderse del ataque inminente Mientras, el navío del bey que estaba aprestado y listo para  zarpar, pues  la posibilidad de caza de una fragata española horas antes había movilizado a sus hombres,   comenzó a largar trapo y ganar en velocidad con rumbo este nordeste. Con él, las tres galeras que se mantenían  operativas al máximo  comenzaron a darle escolta en  la huida. Dos navíos  enfilaron  su demora para cortar su proa antes de que el navío lograse librar la punta de tierra más este conocida como el Cabo de Agujas y  ganase refugio  entre los traicioneros bajíos resguardados de la costa berberisca, donde se haría casi imposible sacarlo en mucho tiempo gracias a ser terreno controlado por ellos en aquellos momentos. Son estos piratas ágiles en jabeques y  galeras que no en navíos de gran porte y la caza parecía estar servida, pero no contaban los nuestros con las tres galeras y  quienes las  tripulaban. Con la pericia propia de siglos al  furtivo negocio de la piratería en el que la agilidad, la rapidez  sobre enemigos más poderosos los avalaban,  lograron hacer  que los dos navíos perdieran su marcha por  tener que combatirlas antes de  dar alcance a la presa mayor.   Con el sacrificio de las únicas galeras que  aun podrían hacer frente a la flota de Lezo el bey lograba doblar el Cabo de Agujas y librar mar abierto para ganar costas  propias donde defenderse. Los dos navíos regresaron al cerco sobre Orán con sus tres triunfos “menores” y la segura reprobación del almirante por caer en truco tan obvio.

El cerco  quedó blindado   sin solución  posible para las tropas del Bey quienes, mas tarde o más temprano, sabían que  las bocas de la escuadra apostada los barrerían para ser pasto mas tarde de la furia  contenida en los sitiados con ganas de revancha.  Mas al norte a menos de dos millas  el convoy con tropas y bastimentos aguardaba la orden de desembarco. En ese cúmulo algo heterogéneo de  naves de carga se encontraba la corbeta “Santa Olaya” como escolta de protección mientras el grueso de  los buques armados mantenían el cerco sobre la costa.   Todas la nave se encontrabas puestas en facha  a la vista de  cualquier aviso desde la capitana para tomar rumbo determinado. Así se encontraba la “Santa Olaya” mas al norte que las demás embarcaciones cuando tras la popa de una vieja pero enorme carraca apareció la figura fina, perfecta de la Fragata “Minerva”, como  la de una mujer en finos trazos que suavemente se aparece sin siquiera  parecer hacerlo a los ojos de quien  la desea.

-          ¡Capitán! ¡A dos cuartas de proa por babor! ¡La “Minerva”!

El teniente Cefontes  como el rayo sin esperar trueno que lo  hunda confirmó  con su largomira la nave del amigo.  Y sin más  gritó y grito con su sombrero  agitado al viento hasta que  toda su tripulación comenzó a hacer lo mismo. Desde la “Minerva” la respuesta fue una corta virada hacia su posición hasta como los demás ponerse en facha.  Fue el capitán del “Santa Olaya” quien arrió su esquife y a boga de ariete solicitó permiso para subir a bordo. Abrazos y lágrimas después de tanto tiempo  en el que la desesperación de unos por tener que aguardar  al abrigo de la costas españolas y de los otros por no saber de la ayuda que tan cercana parecía estar y tan cara se hacía de ver, casi llega a  separarlos para siempre.

-          ¡Mi capitán! Estáis más delgado y  ya me superáis en cicatrices.
-          ¡Pues a vos se os  está dibujando una curva que no es propia de  temerario  corsario al servicio de su majestad! ¡Ja, ja! ¡Vamos a mi cámara, teniente! ¡Creo que queda entre tanto desorden algo de orujo  que dejo vuestro teniente De La Cuadra!  ¡Pero antes necesitamos  que alguno de esos mercantes cargados  nos pasen algo de sus ricas mercancías y sobre todo un  cirujano  con menos miedo a los filos  y su corte que el  llevamos a  bordo nos eche una mano, que  aun tenemos  hombres maltrechos!
-          ¡Eso está hecho, Capitán! ¡Martínez avise al  teniente Cienfuegos que se ocupe de tener aquí a nuestro cirujano! ¡Y que  trasladen  comida y vino fresco para nuestros compañeros recuperados!
-          ¡A la orden, Capitán!

Todo volvía a la calma de  lo establecido, mientras se hacía lo humanamente posible por  los últimos tres heridos que quedaban  sobre  las mesas de la cocina de la “Minerva” y los demás disfrutaban de sus primeros tragos de vino sin aguar y fresco, Segisfredo y Daniel se  ponían al día, el uno de sus escaramuzas y jugadas contra el destino que  tenaz siempre acaba por llegar y el otro sus tragos en calma pero con la turbonada en el centro de su corazón.

-          Daniel, creo haber aprendido que no hay nada más fiable que el propio instinto al que dejamos abandonado por la razón unos y otros como yo por el corazón. Es el  mismo instinto que  cuando hueles la tormenta o sientes la inminente vista de tierra el que  debe uno de seguir y mi instinto me dice que entre mujer y ancla  todo  es igual desde las uñas  hasta el arganeo al que  largamos sin pensar el cabo de nuestra nave para sin saberlo fondearla sin derecho a garrear siquiera un poco. ¡Mar por avante y guerra al inglés compañero!
-          De acuerdo en lo último, aunque no  del todo en esa comparación que me cuesta rebatir de alguna forma clara,  estoy seguro que alguna  surgirá  sin arganeo que decida reposar sobre la cubierta sin más. Pero dejemos este tema que no  es hoy  día de ponernos tristes…

Un marinero aporreó la  puerta

-          Capitán, señales de la capitana. El almirante os reclama.
-        Conteste que  parto sin demora. Vos mi Teniente Cefontes podéis continuar abarloado a mi botella  aunque no os durmáis sobre mi camastro no os tenga que  condenar a unos latigazos al cañón.

Navio Princesa en duro combate contra tres navíos britanos (1740)


Con la felicidad de la  serenidad recobrada, las pocas pérdidas humanas sufridas y su fragata de la que soñaba lograr el mando definitivo de boca de su admirado Blas de Lezo partió de pie orgullosos sobre la popa  de su lanchón mientras los seis hombres al remo lo trasportaban a bordo del “Princesa”. Aun quedaba liberar la plaza y seguramente tomarse algún desquite de los sarracenos…


jueves, 8 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (112)


…Con casi 24 horas de  espacio entre la partida de Ginés de La Cuadra a  Madrid la escuadra partió orgullosa hacía su última escala en el puerto de Barcelona. El 23 de octubre  arribó a puerto, donde el  Conde de Bena Masserano inició el embarco de los 5.000 hombres que debían romper el cerco de la fortaleza junto al fuego  de la escuadra. Aun permanecieron por varias semanas en la ciudad hasta  dar por terminada la carga y aprovisionamiento  de material. De nuevo los retrasos en la logística que tan crítico hace cualquier operación  en la que los dos brazos armados del reino han de conjugar esfuerzos dieron al traste con la partida en breve tiempo prolongándose  la estancia  en el puerto de Barcelona mas de los deseos propios del Almirante. Con amargura por saber de la situación de defensores  en tierra y mar se pasaron las fechas  de la natividad hasta que la orden de partida se confirmó al fin. El 9 de enero de 1733 la escuadra al fin parte con los honores recibidos. Sus  rodas  dibujaban bigotes de espuma sobre las amuras mientras sesgaban el eterno Mare Nostrum en bordadas frente a  un viento del sur que,   como señal de  bendición divina  en la futura victoria, roló en pocas horas de este nordeste convirtiendo las estelas  en líneas de recta trazada norte sur verdadero donde esperaban sus compatriotas sitiados.  Habían pasado dos meses desde que el Teniente Cefontes había recibido  el último golpe de cañón sin  cuaderna maestra que  lo protegiera, andanada cargada de bala roja que redujo a cenizas un corazón incapaz de reaccionar ante semejante realidad. Pero como ya dije en anteriores renglones, un castigo por duro que pudiera ser siempre apareja el trapo que ofrece cazar el viento de la superación. Viento esta vez escrito en el mando del bergantín, en la navegación y el combate a los enemigos del Rey.



Viento constante, fresco  que daba alas a la escuadra  deseosa de alcanzar el objetivo como galeotes a boga de ariete.  Tal era el andar de los navíos  que se hizo necesario recoger velas para mantener la navegación en conserva de todo el inmenso convoy.

Era ese mismo viento fresco el que  daba alas a  todo el trapo que podía cargar la "Minerva" de Daniel Fueyo que a fe las llevaba, sacando los 12 nudos  aproada sobre las nueve galeras furiosas que trataban de cercar  por enésima  vez a la fragata que tanto las  hostigaba.

-          ¡Teniente Escolar! ¡A  mi orden  la misma maniobra, esta vez  fuego por babor y hacia el castillo!
-          ¡A la orden! ¡Capitán, corremos el riesgo de que nos cierren el paso si enfilamos el castillo!
-          ¡Lo sé, pero ya no queda mucha munición y no sabemos nada de los nuestros! ¡Demostremos a que sabe la pólvora de un navío del Rey y Dios reparta su suerte!

La apuesta era arriesgada pues los hombres ya estaban agotados. Las dos galeras mayores ya no podían defenderse siquiera por los daños  recibidos y junto con la corbeta como escolta comandada por el teniente Alonso Hierro, navegaban por orden de Daniel Fueyo hacia Alicante y  de esta forma también dieran aviso de la desesperada situación. Sus hombres nada sabían de esto y se aprestaban a descargar la ración diaria de pólvora, metralla y balerío sobre las galeras  del bey. Mientras este reyezuelo  acababa de arribar sobre Orán en su navío de 60 cañones  en la jornada anterior. Afortunadamente no eran los piratas buenos marinos sobre naves de gran porte por lo que Daniel estimaba verse libre de nuevo o morir acabando con el mayor  número de galeras antes de que  los cañones del navío Argelino estuvieran a su alcance.

Pero la suerte es esquiva y caprichosa. Vestida de ocasión,  se presenta sin aviso, como el rayo  que nadie es capaz de cazar y si embargo  tras él  siempre se espera con miedo o expectación el trueno como una consecuencia ya sin luz ni  energía por la que luchar. La maniobra fue la oportuna, el viento fresco del este nordeste daba buena arrancada  a la fragata,  aunque un detalle de suma importancia iba a trastocar la situación, quizá por la larga campaña ya  encima de los hombros de todos, quizá por el abandono que se abalanza sobre uno cuando ese mismo sentimiento se percibe desde los que espera lo contrario. La "Minerva" debía de hacer una virada por redondo con el cambio de viento por su popa y eso conllevaba una virada más larga y con ello el riesgo de verse cazado.

-          ¡¡¡Todo a babor!!!

La virada  fue por redondo y poco a poco redujo la marcha de la fragata mientras el viento trasluchaba  en la popa de amurarse a babor para hacerlo por estribor. Daniel se percató del error cometido segundos antes del resto de su  dotación, pero no quedaba  ya otra que fundir  a muerte hombres, armas y navío.

-          ¡¡¡Fuego!!!

 El estruendo de las bocas de la fragata dieron paso a la intensa humareda que de forma lenta pero bien llevada por el viento del este nordeste fue hacia varias galeras que trataban de apuntar con sus  cañones de caza a proa sobre La Minerva.

-          ¡Atención  los mosquetes! ¡Apunten seguros,  no dejen uno  sobre cubierta!¡Todo el mundo libre de maniobra preparado para repeler el abordaje!

“Vamos, vamos Minerva, dobla hacia el norte por el manto de la Virgen del Rosario” Mordía entre dientes aquellas palabras mientras veía como lentamente cuatro galeras estaban ya a menos de un cable de distancia   a punto de  lanzar todo lo que las aferrase sobre su  odiada pesadilla de los últimos meses, al fin iban a despellejar vivo a su comandante. Una segunda andanada desde la misma amura de babor ya un poco forzada por la virada que poco a poco aproaba hacia el norte dañó poco a las galeras, pero  azuzó como estímulo del puro diablo a los sarracenos a bordo de estas. La Minerva ya cazaba el viento para poder ganar  espacio entre ellas y su popa cuando  más de 20 garfios aferraron la aleta de estribor de esta con tres de las cuatro galeras. El combate no se hizo esperar.

Las frascas incendiarias lanzadas desde la fragata   prendieron, las más afortunadas en  la cubierta de una de ellas mientras los argelinos  ya pisaban cubierta del Rey. Ordenados  los pocos infantes de que disponía la fragata  hacían fuego desde las cofas y las galletas en lo alto de la nave. Mientras el combate cuerpo a cuerpo  ya tiznaba la arena   de cubierta  de rojo sangriento. La derrota estaba asegurada, eran  presa segura sobre las galeras que ya lo rodeaban, a las que las  casi destrozadas por la cercana andanada también se aprestaban a  ganar parte de su botín. Sería una derrota segura para ellos, pero un castigo verdadero para los argelinos, tal cosa estaba en la mente de los que  batían sus aceros  sobre su barco. El espectáculo estaba servido, desde la playa unos y desde la ciudad y el castillo de Mazalquivir los otros se preparaban para presenciar semejante carnicería. Pero caprichosa y esquiva es la fortuna y  no estaba por dejar que todo fuera tan cruel y sencillo.



De pronto las galeras averiadas que se aproximaban a por su parte  comenzaron a virar hacia  la playa y desde las otras se  gritaba sobre la fragata a la vez que cortaban los  cables que la unían a la “Minerva”. Mientras  en el fragor del combate nadie se hacía a aquellos extraños  hechos,  una salva de buena pólvora del Rey se  pudo escuchar  más al norte.  El griterío que todo lo envolvía a bordo no permitía distinguir  cual era de terror y cual el que alcanzaba a llegar con la fuerza de su júbilo desde  Oran y Mazalquivir.

-          ¡¡¡Capitán!!! ¡¡¡Los nuestros, están aquí!!!

Con el  hombro ensangrentado por un  golpe de sable argelino, Daniel se abrazó a su segundo, Jose Antonio Escolar mientras sus hombres acababan con los  que no se habían arrojado a las aguas de la bahía en un ajuste sangriento de cuentas. Aquella mañana inesperada de enero en el que la Fortuna ya todo parecía dictar como final certero,  con el único consuelo del honor y el orgullo de defender lo  se siente, Ella de nuevo en su capricho tuvo a bien demostrar a Daniel Riera lo acertado de seguir hasta el final pues es un hecho que siempre hay una última jugada.

La escuadra de Lezo ya estaba frente  a Orán para las armas españolas…

      

martes, 6 de septiembre de 2011

Soneto a mi Capitán





Vos, mi capitán en tantos sueños
bordados bajo el hilo de mis sábanas
sin temor por el filo de mil dagas britanas
que fingidas vencedoras osen haceros cien y un daños.

Tiempo primigenio abarloado entre naves sin dueños,
amargos y sin velos que  en un bramido largaste sin remisión
al océano del olvido en el que pudran así cada uno en su corazón
donde ropera en mano, a vos mismo ganásteis en orgullo y redaños.

Mi capitán, que la mar y vuestros hombres os guíen
entre islas, islotes, doblones y tesoros como princesas sin tiara
que a vos aborden sin saber que en su corazón ya se dibuja vuestra cara.



¡Viento a un largo! parece gritar una estela hirviente,
mientras a vuestra proa la mar se deja cual dama ausente
que la acariciéis suave y sin esperas, con vos siempre.  





lunes, 5 de septiembre de 2011

No habrá montaña más alta... (111)



…Aquella carta hizo diana en pleno corazón invernado entre las paredes de la mansión de los condes de Monleón. Mª Jesús era consciente de los sentimientos abandonados en El Ferrol, aún suyos, pero hundidos en lo más profundo de los principios que una sociedad hipócrita había logrado ahondar en ella misma. Lo que no podía creer era que en otro corazón igual de humano que el suyo la química del amor hacia ella no se hubiera agotado por el abandono y la frialdad de la despedida. Todo eso la turbaba,  la ansiedad trataba de abrirse paso  entre los brotes de histeria contenida por demostrar al mundo que ella también se sentía así, pero la razón de la sociedad establecida como tal y quizá algo de egoísmo por no perder ni hacer perder a su familia la honra y caudales logrados con el enlace, la retenían tales deseos entre  estais y obenques imaginarios que mantenían  su falsa dignidad como palo mayor de  falso navío.  



Los días se sucedieron en casi el número de cerrar la semana desde que se hubiera celebrado la visita del teniente De la Cuadra. Este veía que los tiempos se  excedían y debía cumplir la promesa hecha al Teniente Cefontes. Sus informaciones   le daban por aprestada la  armada de Lezo en Cádiz y con ello su pronta salida hacia la rada de Alicante, por lo que debía  partir con lo que fuera, en papel,  de voz o como parecía sería vestido del silencio de la decepción hacia Alicante. Tomó la decisión de enviar un mensaje con un porteador de su confianza a la mansión de los Condes de Monleón, en ella le  reiteraba sus ruegos por una respuesta del tipo que fuera, indicando su segura partida  al rayar el sol hacia Alicante con lo que la Providencia haya tenido a bien  encomendar como porte.

El aviso surtió efecto, aunque el Teniente De La Cuadra no supiera lo que dentro mostrasen la palabras escritas disponía de un mensaje para su comandante y eso le tranquilizaba. La mañana del 12 de octubre  de 1732 en  el mismo carruaje en el que se despidió del teniente Cefontes partió, podríamos decir sin temor a equivocarnos, a uña de caballo hacia Alicante.

Mientras, en Cádiz los preparativos habían concluido y una escuadra de seis navios de dos puentes entre los que destacaban el Princesa de setenta cañones, el Real Familia y el León de 60 cañones, junto a 25 embarcaciones  como transportes que albergarían  materiales y pertrechos, en los que además deberían de embarcar  5.000 hombres de infantería al mando del Conde de Bena de Masserano  tras  una escala en Alicante para continuar hacía Barcelona donde completar el apresto de la flota en los hombres  comentados.

El 18 de octubre Ginés de La Cuadra detuvo su carruaje  en los muelles frente al Bergantín “Santa Olaya” que paciente, aparejado y con el aviso de inminente partida  parecía descansar sobre las tranquilas aguas del puerto alicantino. Tras el permiso concedido  por Don José Cienfuegos,  en aquellos momentos el mando superior del Bergantín y tras lo vivido  a bordo buen amigo, trató de  ver al Comandante.

-          Mi teniente, lamento no poder  complacerle. El comandante esta en un consejo de  oficiales a bordo del “Princesa”. Como ya se habrá percatado la flota de socorro con destino a Orán esta al completo  a falta de tropas y caballerías que parece debemos ir a  Barcelona donde completar el avituallamiento de la escuadra. Será mejor que lo esperéis a bordo hasta que Don Blas  de Lezo disponga. Pero no amilane  el espíritu, pues tengo un aguardiente que debemos eliminar de la carga a bordo antes de zarpar y este será un buen momento mientras me cuenta  cómo se vive entre mansiones y palacetes sin estrecheces y rodeados de damas como sirenas  sobre el barco de Ulises.
-          ¡Sea, mi teniente!

La tarde llegó sin presencia o aviso de  esquife que trajera al comandante con lo que el aguardiente entregó sus hirvientes vapores sin remisión y la comida dio paso a un letargo en los dos hombres mientras la espera se alargaba con la única explicación de que el Almirante hubiese hecho de anfitrión de convite para apaciguar estómagos tras el consejo. Pero el tiempo no se detiene ante vidas, naves y vientos, y la hora de cumplir la misión  a bordo de cada navío llegó y con ello el comandante del “Santa Olaya” a su bergantín.

-          ¡Atención en cubierta! ¡El comandante!

Con aspecto  cansado el Teniente Cefontes recibió los saludos de su tripulación  con Cienfuegos a la cabeza hasta distinguir tras estos a su antiguo teniente De La Cuadra.

-          ¡Ginés!
-          Comandante, es un honor volver a verle. Traigo la respuesta que le prometí y…
-          ¡Está bien, está bien! ¡Vayamos a mi cámara!¡ Cienfuegos, el bergantín listo para zarpar a la señal de la capitana! ¡Aquí tiene las órdenes y nuestra posición en el convoy  rumbo a Barcelona!

Sin esperar el saludo, como bala rasa  hambrienta  por romper el costado de navío enemigo arrastró a
Ginés de la Cuadra a su cámara. Este le relató  el aspecto de su amada, trató de moderar y maquillar la
poca presteza en  recibir la contestación por su parte y evitó relatarle el ultimátum que se vio obligado a
plantearle para lograr  obtener la misiva que le hacía entrega en aquellos momentos.

-          Mi comandante. Os dejo ahora en intimidad de vuestra cámara. Si me lo permitís pasaré a despedirme de los alféreces Arrieta y Mainar y el resto de la dotación. Esperaré por si deseáis enviar respuesta a Madrid. Entiendo que estáis en  situación de inminente partida y antes del anochecer abandonaré la nave para partir mañana con destino a la capital.
-          Muy bien, Ginés. Gracias por tu  esfuerzo y por cumplir tu palabra.

Ginés de la Cuadra salíó a cubierta donde comenzó a despedirse de la dotación mientras contaba con su estilo grandilocuente las bondades y grandezas de la Villa y Corte. Mientras cerraba la puerta de la cámara del comandante un regusto  procedente de su propio instinto le decía que aquella misiva no llevaba nada bueno entre sus renglones, aunque quizá eso fuera lo mejor  que como tantas veces se presenta vestido de  castigo. Pasaron dos horas, la anochecida ya era un hecho, las despedidas habían terminado hacia un buen rato, pero el teniente Cefontes no salía de su cámara.

-          Cienfuegos. ¿Podría avisar al comandante sobre si queda algo pendiente para mí?
-           Desde luego, De la Cuadra.

Unos minutos más tarde con cara de circunstancias se acercó a Ginés.

-          Ginés, no sé que le has dado al comandante, está hecho una mierda. Me ha dicho que te de las gracias por todo y  el permiso para desembarcar. Buen viaje afortunado compañero.
-          Gracias Cienfuegos. Buena suerte os depare Neptuno y que la Virgen del Rosario os guarde a todos. Ya sabéis donde estoy y que podéis contar conmigo.


Una sensación amarga corría por todo el “Santa Olaya”, tan solo una persona sabía el por qué. Mientras, en silencio  el carruaje del futuro Duque de Ribera se alejaba del puerto de Alicante repleto de naves de la Real Armada prestas a devolver el golpe al bey de Argel. Los cañones del “Santa Olaya” por pequeños no iban a ser menos fieros en esta ocasión…


sábado, 3 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (110) (Volvemos)


… 4 de octubre de 1732. Mientras en  la Villa y Corte  el futuro Conde de Ribera, don Ginés de La Cuadra, se aprestaba en  acicalar su apariencia  y el cochero mantenía a raya a  sus caballerías  a la vera de su residencia, mas al sur entre  vientos  e incertidumbres Daniel Fueyo mantenía  como le era posible  la moral de sus hombres y las de la pequeña escuadra que trataba de  controlar la situación de sus compatriotas  sitiados en la  fortaleza de Mazalquivir y tras la murallas de Orán. Con prudencia, pero sin permitir el descanso un solo día  mantenía  el acoso  aunque al menos fuera con una salva de pólvora y metralla que en nada  dañaba a los  insolentes sarracenos del bey de Argel, pero que  repartía   más cuentas en el rosario de oraciones de los hombres sitiados. Los bastimentos  procedentes de Alicante ayudaron a mantener  las acciones y el solo  sentimiento de saber  que en  España  conocían  la posición  tanto de ellos como exigua fuerza naval, como la de las tropas en tierra les permitía  albergar el ánimo para seguir.


En la  península  todo estaba en marcha, Don Blas ya estaba trabajando desde el departamento de Cádiz y una escuadra en condiciones  en puro  apresto de emergencia ya  tomaba forma.  En pocos días zarparía hacia Alicante para acometer la rotura del bloqueo y   la liberación de sus compatriotas. El teniente Cefontes  se desdoblaba  en su  sentir hacia el norte de su posición por saber de  lo que  añoraba y le desangraba  a  casi 100 leguas en aquella enfilación y  el  ansía por dar soporte y apoyo a su compañero y amigo  pocas millas más al sur. Pero vayamos al norte donde Ginés de La Cuadra ya  se aproximaba a la mansión de los condes de  Monleón con la misiva que prometió cumplir al teniente en la entrega a la condesa.

El recibimiento tal y como fue  nada tiene que  decir, la frialdad propia de gentes de su propia clase en la que las apariencias lo son todo bajo la coraza de una piel  cuidada y blindada por siglos de poder y dominio de la situación. Un breve recorrido por las recargadas estancias del brillo dorado  seguramente ganado generaciones atrás por los justos servicios a  monarcas que bien   combatieron por su reino, pero que los que lo disfrutaban  en aquellos momentos no se diferenciaban en mínimo ápice de los arribistas de cualquier tiempo y lugar. Al final de aquél  trayecto una puerta de doble hoja  dio paso a un bello jardín que  devolvía la luz sin oros ni candelas titilantes sobre tan noble metal. La condesa, tras la retirada de aquella especie de camarlengo en funciones de escolta se abalanzó de manera contenida sobre el brazo del “insigne” marino en tierra.

-          Sea usted bienvenido a  nuestra casa Teniente de La Cuadra. Por favor, tome asiento mientras  nos  sirven un pequeño refrigerio que calme  un poco  el calor que me produce vuestra presencia  en mis recuerdos.

La condesa parecía haber perdido  sus estribos de nobleza yendo directamente al grano de lo que le carcomía   sin piedad las entrañas.

-          No habéis de preocuparos por mi señor marido, pues está en  palacio al frente de su guardia.

En el tono no supo  Ginés de La Cuadra distinguir si  cruzaba el desdén con el desprecio o se quedaba simplemente en la neutralidad de quien no  hace más que  informar de algo sin relación con ella. Continuó

-          Os he hecho venir hasta aquí, algo que os agradezco  de corazón porque deseo saber del Teniente Cefontes. Es para mí alguien  importante por los lazos que le unió   con mi familia desde que  nos trasladó desde Cartagena hasta Cádiz a bordo del  "Santa Rosa" y el posterior reencuentro en El Ferrol tras una singladura terrible desde La Habana.

Los nervios delataban  su presencia sin temor a  nada en su mirada, las manos, delicadas, en su tensión serían capaces de  fundir una bala de cañón de 36 libras sin esfuerzo.

-          Permitidme agradecer volver a poder veros en vuestra propia casa, estoy seguro que pocas personas  habrán tenido semejante privilegio mi señora. Con vuestro permiso y  con la libertad  que me habéis concedido para expresarme os diré que el comandante de la “Santa Olaya”  se encuentra en perfecto estado  en el puerto de Alicante a la espera de la escuadra que habrá de  acudir en auxilio de nuestros compatriotas sitiados en Orán y  de la pequeña escuadra  al mando del capitán de fragata  Don Daniel Fueyo allí  apostados. Deciros que sabe de vuestra nueva situación como esposa de Don Ramiro  de Marchena y como tal os respeta, aunque no por ello renuncia a sus sentimientos hacia vos por los que  todo lo que no sea mar y guerra ha abandonado. Mi condición de caballero no me permite hablar en este  tono a una dama de  vuestra posición, por lo que os ruego toméis esta carta de Don Segisfredo Cefontes en la que todo os dirá y dejadme pediros una respuesta  a esta que prometí entregar ya sea en mano o de palabra a mi comandante. Por ello os  dejo  con  su misiva y quedo en mi residencia a la espera de ello. A vuestro servicio, condesa.

Con la reverencia debida el teniente De la Cuadra se retiró casi en  puro sigilo, pues ni siquiera el estirado camarlengo de la entrada fue avisado, tal era el ansia de Maria Jesús de Mendoza por saber de su corazón hasta ese momento perdido.

“Mi amada Mª Jesús:

Creí que nunca podría  dirigirme a ti, que todo se había acabado, que entre tus ojos y mis manos ya no existiría la posibilidad de saberse leído, de sentir que podría decir lo que siente este galeote de tu corazón.  No puedo olvidar el pálpito de tu corazón   en mi sien a bordo del “Santa Rosa”, la luz que tus ojos me deslumbraron en aquella escondida casa  a la vera de la ria de El Ferrol, de tus palabras, incluso las que me despidieron. Tu crudeza y frialdad en  decirme que todo había acabado me  dejaron yerma el alma para soñar pero nunca acabaron con  este corazón que sigue  tras el viento de tu ser. No me importa lo que ahora eres, me importa lo que sientes y se lo que sientes por este humilde teniente que todo lo que te podrá dar será siempre un bordada por avante hacia el horizonte aunque sea contra el viento de la realidad.

Todo lo tendrás como verdadera Condesa  a la vera de su majestad, yo te ofrezco la huida, el aturdimiento que significa romper de un golpe con las olas de una mar necia que siempre trata de  golpear por la amura de la razón. Estos tiempos de zozobra  acabarán, liberaremos Orán y  tras ello pediré mi traslado al mar del Sur a la escuadra Virreinal del Perú. Allí nadie nos hará preguntas y la vida será  como los vientos, abierta y libre para los dos. Solo has de  decirlo, solo has de darme un sí. Lo demás te garantizo que será tan sencillo como llevar una fragata a un largo.
Mi sueño, mi luz, mi destino  en ti quedo, por ti espero

A ti, que me das vida y me la puedes quitar,
tú, a quien más deseo y amo.
Tuya soledad ya hecha mía tras horas de fuertes vientos y grandes olas,
dolor solo apaciguado por el miedo,
por el rugir de las olas ya moribundas lanzando un último grito contra las rocas.
Por el viento, por el frío viento
frío viento Gregal que quema mis rostro y alegra mis ojos,
grises, turbios, ocultos por una lágrima que solo el azul del cielo hace brillar.
Mar mía, mar tan grande y sola, soledad compartida, soledad que es ya mi vida,
búsqueda imposible de algo, deseo infinito de todo.
No me dejes mi mar, sigue compartiendo conmigo
Mi soledad…
A ti, mi mar, a ti, mi viento, mi sol, mi azul cielo, Por ti, Mª Jesús.
A ti, mi Vida.
                                                           Teniente Segisfredo Cefontes
                                                           Bergantín Santa Olaya
                                                           25 de septiembre de 1732”…




jueves, 1 de septiembre de 2011

Que nos tome






Así lo haga, valedor del cielo,
rumor verdadero entre el tiempo de pereza
por aferrar una vida cargada y por ello sin fiereza
para demostrarte que no sois vos un camelo.

Caballero efímero es como te sienten los unos
por temer perderte sin en verdad tenerte
mientras cuentan el tiempo sin poder verte
mas eterno serás si lo aceptas pregonan los otros.

Al galope percibo tu piel en sudores hirvientes,
con los ojos cerrados en imágenes silentes
a puro grito de amor que es tu nombre sin tacha.



Tinta, pluma y papel rasgado como verdadera piel,
espada que se imagina al asalto de tu castillo fiel
donde gritas como yo, que nos tome, fiero y sin cuartel.