jueves, 2 de julio de 2009

Entre Silencios y Musas

Andan mis Musas perdidas, no pasan a verme por más que las extraño. Y es que tan celosas son de sus siervos que cuando estos abandonan su obligada reverencia, desamparan sin más sus sueños conscientes a la espera de que con el tiempo en claro avance infinito, cautivo y derrotado enarboles bandera blanca de segura rendición por no saber qué mundos vivir, qué nuevas estancias descubrir, qué caminos hollar por la ausencia de tales eternas bellezas sin miedo a la vejez.





Busco las Musas que sé andan cerca, pues bien conscientes son ellas que nunca las abandoné, que es esta vida tan necia que obliga a emplear mis gastadas neuronas en tareas que por claras y prácticas hacen difuso el tiempo de su finalización. Vaya contradicción pensará más de uno, mas no es otra la razón que las cosas claras acaban siempre disfrazadas de complicadas fórmulas de ejecución humana. En realidad es para mí algo obvio por la práctica que lo que es claro “per se” acaba por ser inhumano, pues pierde lo que de afable tienen las pautas y los pasos para llegar a su consecución y se queda en la frialdad de lo simple y fácil en el que no cabe nada mas que lo directo y letal.




Solo pido a mis Musas que comprendan que soy verdadero esclavo de sus aires, de sus suspiros imaginados, de sus miradas justo antes de perder la consciencia y rendir cuentas a Morfeo, que me siento siervo de cada golpe de luz que llega sin avisar y hace que sea en tal instante capaz de ceder todo mi Reino por un papel y un lápiz, pues nada hay que mas odien mis señoras las Musas que a la pura memoria a la que desprecian por ser vulgar herramienta que tantas veces anula el sueño consciente. Pruebe quien lo desease a guardar algo producto de la inspiración en la memoria y le garantizo que varias horas mas tarde habrá desaparecido sin despedirse mas que con una nota de texto sin par que diría algo como esto: “desprecio por desprecio, no apuntaste cuando brotó, apunta ahora que lo tuviste y ya nunca volverá”.




Brote intenso como ola que rompes sin previo aviso
contra el oxidado costado metálico de mi armazón,
batiendo mi estructura, deteniendo mi corazón
por el segundo eterno que dura la mirada de quien quiso.

Luz que impetuosa derribas la puerta de la obcecación
deslumbrando el éter oscuro como la lava derrite el hielo,
cristal de agua que ufano se planta segura ante la luz de tu cielo
desapareciendo arrasado por el ímpetu dorado de ti, bendita inspiración.


A vuestros pies rindo mis ánimos, pues nada soy sin vuestro aliento silente pero infinito para quien pretende imaginar sin más.

lunes, 29 de junio de 2009

Cuando Vuelva...


Hace unos días con la segura promesa de jornadas de pura canícula entre las pieles de los que poblamos este hemisferio norte, en la TV me sorprendió un anuncio de una cerveza muy bebida en España. Realmente me llegó a tocar corazón y alma si por ahí aun resisten. Volví sin esfuerzo a un gran periodo vivido en tiempos que por pasados los tengo presentes en cada duda que se me cruza frente a mi rumbo, algunas veces aquella vida me da la solución, en cambio en otras tan sólo me demuestra que es uno el que decide con las armas que le ha dado la experiencia, la actitud de sus gestos y acciones, los impulsos ante el estímulo y las ganas por acertar.



Se pueden ver a un grupo de almas que añoran lo que otros disfrutan sin darle un valor exacto en su magnificencia. Una simple película de “las malas” un aburrido sábado frente al televisor, una cola larga de espera para sacar la entrada del cine, la visita del “pesado” de tu compañero de trabajo para “no sé qué” de unos documentos que hay que entregar en el despacho del inoportuno de tu jefe al día siguiente. La reunión familiar aburrida como casi todas que penden de la rutina y la buena fe de que se reúne frente a ti.

B/T Arteaga, Mi "hogar" entre 1992 y 1993


Cuántas veces navegabas contra un temporal tozudo y necio, que no cejaba en su agresiva planta frente al “Arteaga” al que hacías luchar para lograr entrar desde el Océano al Caribe entre el estrecho paso de las islas Montserrat y Guadalupe intentando no “rayar" el costado de petrolero entre ellas, o los bandazos casi topetazos sufridos de costado a costado a bordo del “Sea Dragon” en plena época de lluvias intentando cruzar el Golfo de Bengala rumbo a Singapur rezando para que todos los contenedores llegasen intactos, aunque lo que dentro llevasen fuese ya puré de algo que seguramente no valdría la pena en el mercado. Sufrías con todos rezando para que abriese Poseidón brazos y piernas y que como el viejo coloso de Rodas nos diese paso libre hacia el destino marcado en la carta.



Pensabas durante muchos momentos en las gentes que a más de cinco mil millas estarían durmiendo o aburriéndose en sus vidas tan insulsas para ellos, pero que darías quizá una parte de tus sueños por poder tenerlas; te imaginabas cómo cuando arribases a casa, al bajar de la escalerilla del avión tras los momentos del recibimiento pasarías a ser ese ser que pasea mientras los demás trabajan, estudian, cocinan, mostrando tu faceta de hombre con dinero y sin obligaciones. Tardes de tertulia en la que poco a poco ibas tomando la decisión de contar poco y sobre todo que lo que relatases fuera del agrado de los escuchantes, pues sino la soledad del mando de tu propia vida a bordo se uniría a la producida por la incomprensión desde la visión “terrícola” de tus historias.



Y así tus sueños a bordo acaban por ser más reales allí que muchas veces cuando las yemas de tus dedos perciben su proximidad en tierra. Paseas por las calles, los muelles de tu ciudad, observas la gente dándote cuenta que los deseos se cumplen pocas veces y casi siempre quedan reducidos a esa cerveza que comenta el último hombre del anuncio.



Aún así, es aquella una vida que una vez vivida ya nunca se puede borrar de la historia de tu vida, una presencia interna que ni por asomo osa uno abandonar ante la primera bocanada de tierra que sin agua no es más que arena. Grabados a fuego llevarás ya los códigos de conducta, los amores y odios, las vidas compartidas… mejor, los sueños compartidos ante una botella de algún vino, licor o esencia que haga brotar el color de la sonrisa cuando la mar da permiso para tal cosa.



Cuando ese veneno te ha entrado quizá una cerveza calme su adicción pero no es más que el placer de saber que has vuelto, de sentir que hay quién te quiere cuando la saboreas, pero con la consciencia de que para lo bueno y para lo mano tu sitio estará siempre allí... aunque creas que nunca vayas a volver.








viernes, 26 de junio de 2009

El hombre que no se movía.



Aquel hombre no se movía, no podía hacerlo pues no brotaban los estímulos con la fuerza propia para mover sus piernas. Miraba alrededor, buscaba las caras, los cuerpos, intentaba oír para después escuchar las voces que no lograba encontrar. Con el recelo de quizá no volver a incorporarse dejo que sus rótulas flexionaran las bloqueadas piernas y sobre la esquina de ladrillo que dibujaba el cruce de la vieja calle tantas veces recorrida en otros tiempos se dejó caer sobre la acera.


Tras una hora a la que persiguió otra comprobó que su sino podría no ser otro que la lenta muerte en soledad. Sentía la pérdida en su interior sin encontrar el por qué en el exterior. Nada comprendía cuando en la realidad estaba plagada su vida de gentío atravesado desde que el mismo locutor que cada mañana le daba la entrada al mundo real y hasta que el otro también conocido le arrullaba desde la cómoda donde brotaba su voz hasta hacerle regresar a la virtualidad del sueño en el que sus realidades se mostraban desnudas.

Pero el movimiento que deseaba su ánimo no se traducía, el cielo azul como el añil del arbusto recién obtenido parecía alegrar su triste sueño material sin refrescar al de onírica seña. Cada instante relativo era un punto de valor infinito en el espacio y tiempo del sufrimiento que acumulaba por no moverse. Sabía que la vida real era tan real como mísera sin el verdadero batir de la imaginación reflejada entre sueños convertidos en proyectos por los que latir; sabía que nada podría valer su ya viejo músculo sin los que había conocido y sin mas extrañaba por no sentirlos cerca.
Pero una voz quizá imaginada, quizá un susurro llegado como interferencia hertziana, quizá por su propio grito inconsciente entre tanto retorcimiento vano por irreal, quizá porque así debía de ser esa voz entró hasta el interior y con dificultad al principio pero con la rapidez que da la franqueza de un corazón limpio la nave comenzó a andar. Un poco de espuma al principio, pura estela después. Los corazones nunca se habían marchado, los sueños reales existían pues si eran reales era porque se habían cumplido. La neblina producida por la propia tristeza sin explicación había detenido el navío que portaba su corazón, neblina que había trasformado arrugas de sonrisa en arrugas de desazón.

La voz se fue pero sin saberlo ella su esencia quedó en el corazón, el pálpito recuperó resuello, las piernas caminaron al fin, el sueño devolvió su impulso a la razón y el hombre al fin caminó. Esta vez no hizo falta sentir el pitido regular de las seis y media de la mañana, no estaba dormido, el sueño había sido verdadera realidad soportada en pura consciencia que le devolvió la vieja sensación perdida de amistad.


Las risas de los corazones extrañados regresaron y comenzó a caminar mientras recordaba los susurros imaginando las arrugas que sus sonrisas, convertidas a ratos en risas, formarían en sus rostros. El coche ya enfilaba la gastada autopista hacía la capital mientras una canción de "Hombres G" rompía a buen volumen el amanecer y hacían volar los 187 caballos del coche…






Después de mil y pico noches
Sin nada que perder
De estrellas escondidas al anochecer
Me duermo en los colores
Que me han visto crecer
Siento que en mi alma empieza a amanecer
Abro las cortinas
Es un nuevo día
Y me siento bien
Como si todo empezara otra vez
Me siento bien
Me siento bien
Y es que estoy de p... madre
Soy un hombre feliz
Ahora creo que sé por donde quiero ir
El camino más corto
El secreto de vivir
Ahora lo comprendo todo
Ahora sí que sí
Es un nuevo día
Que me da la vida
Y me siento bien
Como si todo empezara otra vez
Me siento bien
Me siento bien
Es como un despertar
De luz especial
Es como un sueño pero real
Me siento bien
Fenomenal
Hoy siento que algo me hace flotar
Como un milagro pero de verdad
Abro las cortinas
Es un nuevo día
Empieza mi vida
Y me siento bien
Como si todo empezará otra vez
Me siento bien
Me siento bien
Es como un despertar
De luz especial
Es como un sueño pero real
Me siento bien
Fenomenal

martes, 23 de junio de 2009

San Juan



Buscando el fondo del mar comencé a navegar
y así rompiendo estelas sin trazar varé en otro mar.
Mas arriba la luna enfurruñada lloraba entre rabia y furor
pues a quien le debe en verdad su luz de nuevo la venció.
Pobre bola que muerta quedó mirando ciega los cielos,
buscando nubes que sin éxito lograba encontrar,
sus mil cráteres tal que ojos ansiosos el ancho cielo escrutaban
por encontrar una brizna del vapor que lo tapase al regresar.

Mientras, millones de puntos en hogueras sin fin
titilaban como estrellas colocadas por una noche al revés.
Gritos, manos, esencias en las jarras que elevaban espíritus,
miradas de amores no conocidos hasta que la chispa brotó
en la hoguera siempre diminuta que prendió en su corazón
de vieja madera que haciendo de pira ante el difunto
destruyó los miedos sin descubrir el por qué y la razón.

El verdadero rey de la luz volverá,
pero ya todo se habrá consumido,
el fuego seguirá ya en infinita combustión
por el amor que la noche de San Juan devolvió
en la que nada ni nadie pudo contra su magia y pasión.





Que los deseos verdaderos de todos se cumplan esta noche

miércoles, 17 de junio de 2009

A Vueltas con Lord Jim

“…¡Nada más fácil que decir: “No tema, no tenga miedo”! Nada más difícil que lograrlo. Me pregunto yo cómo se mata el miedo. ¿Cómo se le atraviesa el corazón de un balazo a un espectro, o se le decapita o se le echan al cuello las manos para ahogarlo? Es empresa que sólo en sueños se acomete, y de la que por bien contentos nos damos cuando salimos de ella cubierta de sudor la frente y temblándonos los miembros. La bala necesaria no ha sido fundida aún, ni forjada la espada, ni ha nacido el hombre que pueda realizarlo; hasta las aladas palabras de la verdad caen a nuestros pies como pedazos de plomo. Necesitaríamos para tan desesperada lucha mágico dardo envenenado, que antes hubiera podido templarse sumergiéndolo en tan sutil mentira que no cabe hallarla en la tierra. ¿Una empresa, señores míos, buena para ser intentada en sueños!...”
(Lord Jim. Joseph Conrad)

En sueños, siempre en sueños, parece la vía perfecta para llegar a lugares donde la lancha de la vida propia no es capaz de remontar la corriente. Varar la quilla durante un tiempo sobre el meandro, tomar el aire de la calma tras el duro esfuerzo sobre los remos y soñar que alcanzas los rápidos río arriba.
Miedos, miedo, temor, palabras malditas que forjan mentiras, dolores, secretos inconfesables para no despertar lo que se mantiene así sin saberlo. Abrir fuego desde la andana a lumbre de agua, que salpique la sal mezclada de agua y con el frescor de la mar cercana abrirse paso entre el humo de la pólvora quemada en el impulso del disparo. Bala de 38 libras que se incruste en el mismo corazón enfrentado, al mismo que temes por su propia respuesta ante tal detonación.


Bala que de bronce o hierro maldito, bala roja como las que los britanos lanzaban ardiendo sobre los nuestros desde la roca en el XVIII ; bala de letal materia que se transforme en la propia piel y materia de quién pretendes, del objeto y meta a alcanzar. Bala con la que destroces al fin el miedo abriendo paso a la libertad de la verdadera felicidad por saberse ya liberado de la vieja cadena del mal que es el puro miedo espectral.




Lord Jim, hombre leal con su propio destino, notario de sus propias acciones buenas y malas, humano tan noble con él mismo como con los demás, exigente con sus hechos como si del último juez se concibiese sin falta de espejo en el que reflejar su propio miedo. Fuego sobre cenizas que nada dirán si nadie pudo contemplar ese fuego vibrante de su espíritu inmortal. Lor Jim, Tuan Jim, verdadero líder mientras se consumía como el propio fuego que representaba ante quienes deslumbrados atizaban su vida para recoger el calor de su decidida razón. Vida eterna, corta en verdad, pero sin final pues no es otra cosa que la vida continua plasmada entre los fracasos y triunfos siempre cara al viento que le pretende a uno desarbolar.


No hizo arrugas la frente de tal personaje pues la muerte aceptada como noble castigo decidido por su entendimiento lo llevó a asumir lo que desde que sus sueños comenzaron a vibrar fuera de la oscura nocturnidad del infante soñador. Ser el héroe humano que acepta el destino que forja sus propias acciones ante la cara real del océano vital, siempre con la mirada limpia, a veces borrosa por las lágrimas, a veces de insultante fuerza por el triunfo de un deseo, pero siempre frente al viento gélido de la pura realidad.





"...Y aquí termina todo. Desaparece él del mundo como envuelto en misteriosa nube, inescrutable en el fondo de su corazón, olvidado, sin el perdón de los que lo rodeaban y excesivamente romántico. ¡Ni en los más exaltados días de sus visiones de muchacho podía él haber imaginado forma alguna de éxito mundanal que más seductora, más extraordinaria le pareciera! Porque bien pudiera ser que en aquel brevísimo momento en que lanzó su orgullosa mirada a la multitud, hubiera él logrado entreverle el rostro a aquella ocasión, a aquella oportunidad que, como novia oriental, había ido, cubierta con espeso velo, a ponerse de su lado..."



(Lord Jim, Joseph Conrad)


lunes, 15 de junio de 2009

No habrá montaña mas alta (11)

…Sevilla los recibió con los rigores atenuados propios de un otoño a la orilla del Guadalquivir; una sensación que permite imaginar a cualquier mente y cuerpo andante entre sus calles, callejones, muros y muelles algo desahogada y sin los sudores casi como `primer humor de la mañana. Fue al llegar cuando una negra nueva les confirmo la pérdida del embarque en la flota de aquél año con la consiguiente pérdida en caudales y futuros proyectos, que si no frustrados, si al menos cuasi olvidados entre la vorágine por tomar la última una decisión por parte de aquella caravana de textiles que había de enfilarlos en rumbo con alguna seguridad.



A María aquél contratiempo le supuso aire en su estrechura imaginaria formada entre los sentimientos de deuda hacia Juan Delgado y las ansias por embarcar hacia destinos donde la incógnita era razón suficiente para superar la esencia impuesta por la realidad. Un hecho fue la de la pérdida de la flota debida en parte por el retraso en arribar a Sevilla y sobre todo por desconocer que hacía ya casi cinco años que las flotas y la Casa de Contratación se habían desplazado a la vecina y sin embargo rival Cádiz. María sólo esperaba que Pedro León y sus intenciones permanecieran firmes entre Sevilla y Cádiz hasta la nueva partida que no llevaría menos de un año. En ese tiempo tenía que encontrar y cumplir los deseos de Juan Delgado como se había prometido a si misma.



Quien pudo y como pudo se buscó un lugar donde proteger sus mercaderías, carros y bestias y de forma temporal encontró alojamiento en los hospedajes, pensiones y hasta burdeles algo esponjados que tras la marcha de las flotas habían dejado a Sevilla algo decaída en comparación a la febril actividad de antes de la maldita guerra de Sucesión. Pedro estaba preocupado y sus hermanas aún mas porque lo conocían, sabían de su escasa flexibilidad ante los planes rotos de forma inesperada y temían el tornaviaje a su villa conquense, donde nada les esperaba más que lo vivido y prometido olvidar. Dos semanas después de arribar a Sevilla Pedro, junto con varios mercaderes encaminaron sus pasos a Cádiz para recabar expectativas e información sobre la partida de la flota siguiente. Minetras tanto María y sus hermanas quedaron en la ciudad.



Hacía dos días que habían partido y debían de estar a punto de llegar con las nuevas que darían razón a sus temores mas escondidos frente a las esperanzas que no cejaban de brotar en forma de cantarinas plegarias ante cualquier santo, virgen o convento que muchos eran con los que se topaban en los paseos de las tres mujeres junto a Daniel y Miguel por la ciudad.


- María, no aflijas el ánimo que la Virgen está con nosotros, ella nos llevará de alguna forma a La Habana o donde sea su deseo más allá del océano. Mi hermano no permitirá que su orgullo se postre ante la vileza del dinero.
- Querida Francisca, por algo como eso tuve que salir de noche y sin despedirme de la villa donde nacieron mis hijos. El imperio de la realidad no se apiada de un deseo o una ilusión si sus caminos no bailan parejos.
- Pero no vinimos aquí para enriquecernos sino para alcanzar el sueño del nuevo mundo. Que lo alcancemos con más o menos caudal no será nada más que un mísero, minúsculo detalle que nuestro ánimo, nuestros brazos y la fuerza propia de la fe en lo que creemos compense.
- Nuestro Señor te oiga y nos de valor…

En aquella controversia estaban cuando Inés las interrumpió. Había cruzado la iglesia de San Pedro y el convento de Santa Inés se plantaba frente a sus ojos. María, acompañada por sus casi hermanas en aquella situación habían recorrido la vida religiosa sevillana buscando razón y fe de Isabel de Mallaina y Trujillo siempre con escaso éxito. En verdad cincuenta años después de todo lo sucedido, posiblemente aquella mujer habría muerto y su nombre seguramente fuera otro.



- ¡Dejad vuestras penas hasta que llegue nuestro hermano! ¡Aquí tenemos un monasterio o convento, que ya estoy algo perdida entre tanto monumento a Dios! ¡buen nombre lleva que no es otro que el de Santa Inés! ¡Vamos, preguntemos, quizá sea una señal que abra otras y nos lleven hasta donde nuestra imaginación sueña!

Las esperaba entreabierta la enorme puerta de doble hoja claveteada por semejantes clavos mas propios de romana crucifixión donde un fresco olor a madera sufriendo el trabajo sobre ella las inundó de un frescor que se mezclaba entre el propio de los cirios candentes. Respetuosamente, con el silencio impregnado sobre sus pieles solo interrumpido por los cadenciosos golpes del buril sobre un enorme retablo prometiendo majestuosidad futura detrás del altar, se postraron ante el Áltisimo. Mientras la extraña comitiva de mujeres y niños quedaba sentada orando o simplemente en silencio observando los trabajos que los hermanos Medilla seguían frente a ellos, Inés, decidida como siempre, casi arrastró a María hasta la sacristía de la capilla donde esperaba encontrar al capellán, o al sacristán o alguien al que poder indagar sobre Isabel.


Quizá la Virgen del Rosario o el mismo San Blas mudos observadores desde sus retinas inertes decidieron que había que desenmadejar semejante conjunto de hilos sin prevista solución y con sus poderes o sin ellos un anciano sacristán se presentó dormitando entre la penumbra de la sacristía. Apoyada su cabeza sobre un simple tapiz algo basto que hacía de paramento sobre la mesa de nogal hacíendo esta las veces de duro camastro. Mudas lo observaban como a un niño bajo las inmensas arrugas que terminaban en el vergel de blancos cabellos que acababan ellos entre rizos pequeños. Respiraba suavemente, de forma tan calma como el semblante que asi mismo paz parecía irradiar, María percibió una cierta similitud con Juan pero no le dió tiempo a mas pues Inés, con suavidad aunque decidida sacó al anciano de los sueños quizá aun rebeldes a su vida real.


- Disculpen, señoras. ¿En qué les puedo ayudar? La hora de confesión es por la mañana…
- No venimos a confesar que ya cumplimos el sacramento de buena mañana. Venimos por un asunto personal que desearíamos saber si vuestra persona nos sacaría de las tinieblas sobre las que nos encontramos.
- Pues vuestras mercedes dirán.
- Por lo que vemos es usted ya persona de larga vida consagrada al Señor y que así se la conserve aún muchos años más. Nosotras veníamos buscando a una mujer que hace unos cincuenta años entró a profesar los votos de la religión. Tenemos un encargo de alguien que hace los mismos años debió dejar Sevilla. La caridad que nuestro Señor nos mostró cual teologal virtud nos obliga a cumplir con el último deseo de este señor, hombre bueno y que por desgracia ya no está entre nosotros. De nombre Juan Delgado, con ya más de los 70 años vividos nos pidió desde las lejanas tierras de Asturias que entregásemos unos objetos de incalculable valor humano a una mujer de nombre Isabel de Mallaina y Trujillo…
El semblante del sacristán palideció sin mostrar sorpresa ni tampoco indiferencia

- ¡Isabel… perdón, la madre Piedad!

Inés y María se miraron con la dicha desbordando sus ojos mientras aquél sacristán había desconectado de forma inconsciente y miraba hacía la pared entretejida por los hilos que pintaban las fisuras sobre la cal que humildemente vestía la sacristía como perdido entre medio siglo vuelto a encontrar…






domingo, 14 de junio de 2009

Un Año ya



Junio 08, cuando el espejismo rompió la ilusión
entre las almas perdidas del viejo caserón.
Andar libre, lejos y libre de tanta desesperación
donde las nubes tronaban con reflejos de traición.

Un año en granos de arena del viejo reloj sin vuelta
que explotaron sin tacha al paso de mi casi marchita voz.
Espejismos de ilusión en los que vuestra falta pervive
sin vuelta al viejo caserón unido a la maldita separación
que de carnes y huesos sobreviven leales a mi corazón.

Nobles ánimos de enjuta y diestra resolución
resistentes sin tacha que echo en falta por lo que soy:
uno mas que camina sin pena y con decisión
aunque con el dolor imaginario de quien lo tuvo y lo perdió.

No habrá muerte ni noche oscura que a vos os borren
aunque a veces tal sea el deseo que sienta por quien
entre impotencia y sus desérticos discursos a la verdad aburren.


Ahora sé lo que vale de verdad,
a lo que renuncié por pura libertad
pero que nunca olvidaré por ser esencia de verdad

No se olvida lo que se quiere.
No se olvida a quien se quiere.

viernes, 12 de junio de 2009

El Sueño de la Realidad

“…Pero ¿usted sabe – dijo – cuántas ocasiones me he dejado ya perder, cuántos sueños se me han escapado de todos los que me han salido al paso? – Movió aquí la cabeza con nostálgica expresión-. Se me antoja que bien hermosos hubieran sido algunos, con sólo que yo hubiese puesto los medios para que se realizaran ¿Sabe usted cuántos son? Tal vez ni yo mismo lo sepa…”
(Lord Jim, Joseph Conrad)



¿Cuántas ocasiones han pasado ya por el costado algo herrumbroso de mi nave vital? No las podría contar, aunque sí podría contar cuantas aún las percibo y las huelo como verdaderas puertas, reales puentes hacía un sueño que esperaba ser transformada su virtualidad en puro filón de realidad.


Momento en los que las prisas por alcanzar determinadas metas impuestas por una vida ordenada desde algún lugar recóndito del pensamiento te mantuvieron el rumbo y el andar hacia la senda que debía y parecía ser la correcta.

Realmente aquellos sueños hubieran traído en sus bodegas el premio de la felicidad vestida de calma, de pasión, de seguridad o de aventura; quizá lo hubieran hecho. A veces creo que simplemente esto es otro sueño elegido que de virtual lo trasformó en palpable realidad vivida. Si en el momento de la opción concreta por alcanzar determinado sueño el golpe del timón hubiera sido en su enfilación, entonces la realidad sería aquella y este el sueño perdido con los demás en ese saco a veces de pura nostalgia. Quizá esa desconocida realidad de apariencia prometedora y fantástica tendría también sus dolores y rencores, sus alegrías y honores. Quizá esta realidad convertida en un sueño tendría los visos magníficos del verdadero placer virtual, como lo tienen los recuerdos muchas veces por nuestra protectora costumbre de olvidar el mal sufrido.



¿Cuántos sueños viajan con uno mientras mantienen su identidad de meca inalcanzable de la pura felicidad? Muchos, cientos, de todo tipo; sueños inesperados se que aún llegarán y que unos quedarán como tales mientras el trasunto de algunos los harán realidad posándolos en el suelo de lo práctico y efectivo, de lo mensurable y por tanto adaptados ya con su parte gris. Serán la realidad de ese sueño que permite mantener en sueños nuestras internas realidades, personales e íntimas y que con la debida imaginación nos permitirán navegar, volando entre nubes de grises con la sonrisa de saber que la realidad no es más que tu propia imaginación hecha carne y materia a la que tú serás quien aportes los colores mínimos que suplan e intenten así igualar a los que mantengas guardados en tu propio interior

Seguimos renunciando porque seguimos decidiendo. Seguiremos soñando hasta el final en el que la falta de tales sueños demuestran el verdadero final.
A los que sueñan en verdad y sobre todo despiertos que muchos sois y con vosotros me hago uno mas.

martes, 9 de junio de 2009

I am ready

Vuelven los vientos de las grandes decisiones como huracanes en calma que derrumban cualquier voluntad por recia que ella se considere. Mientras tal piensas así lo escribes sobre la mesa atornillada al suelo de tu camarote desde donde sientes las vibraciones anárquicas que resultan de los 28.000CV de tu navío a plena potencia enfilando la proa desde la popa de tu vida y los golpes sin piedad de los efectos perversos de viento y mar como arbitrio de un dios que se sabe real.










Sigues escribiendo, pero de tus manos no surge lo que deseas; la brega, la pura contienda en semejante temporal que no ceja ni cede el paso al sueño como el viejo Can Cerberus que no permite la salida ni entrada de vivo o muerto en el eterno Hades. El último golpe te convence de que más vale ser junco que roble partido y te acomodas en el viejo catre donde ya durmieron otros antes que tú. Las cuatro de la mañana darán pronto y habrá que seguir plantando la cara a la vida en la consciente guardia que determina la razón por la que la vida continúa erguida ante desiertos de agua y sal.




Calma y tempestad y tras ella la misma calma que precederá a la tormenta; temporal que nunca te dirá si él será el último en el que pelear. Galerna donde puedas encontrar ese segundo maldito donde perdiste la honra que son los pulmones con los que respirar. Donde hacer que el aire viciado sepa su único destino, donde tener el poder de aceptar con sentido al aire digno de tal nombre.

Por qué un instante en el tiempo es capaz de anular una vida, por dar una cuarta a babor en vez de permanecer en el rumbo fijado, cuando un cambio de rumbo a tiempo es la razón de la verdad de un resultado o de la falsedad en el significado vital de todo un esfuerzo. No sabemos nada cuanto más nos adentramos en la mar de los sueños reales, cuantas más singladuras dibujadas en la estela deleble a nuestra popa más razones tenemos para desconocer rumbo, arribada y respuesta ante la señal.




Cuanta más espesa encontremos la niebla mayor será nuestro saber, pues no es otra cosa el paso vital entre los estrechos del nacer y el morir que la soledad del mando sobre nuestro propio navío, sin más velas que nuestros impulsos y mas tripulantes que nuestros deseos pegados al viejo corazón. Sirena, sonda y mucha precaución, que de bajíos repletos encontraremos canales sin tacha en la derrota de nuestro navegar, traidores e invisibles cuchillos pétreos que nos harán zozobrar.

Ahora que la niebla se disipó, ya la mar golpea ruda y sin descanso a un mercante de acero y carbón que ruge partiendo con su roda ola tras ola en el mismo viaje sin límite pero con fin conocido hacía algún punto de la carta invisible que pintamos a cada giro de la hélice necia y fiel hasta el último golpe que habrá de llegar.

No concilias el sueño, los bandazos hacen de tu cuerpo en la noche el un muñeco de trapo en manos de un infante que no sabe ni quiere saber por qué golpea aquella figura pequeña con forma de hombre. Sólo deseas que las quince para las cuatro suene en la campana para acudir a tu puesto consciente y quemar de nuevo tus deseos en medio de la pura vida que es este navegar.




Estoy preparado.

sábado, 30 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta... (10)

…Diez jornadas habían transcurrido desde que Plasencia los dejó más al norte. La villa de Santiponce a una legua escasa de Sevilla daba cobijo a la caravana de mercaderes del textil y la seda que buscaban Sevilla tras casi cien leguas de duro caminar por la meseta sur de la nueva España borbónica. En la cuna de Trajano decidieron recuperar las fuerzas y el resuello de hombres y animales antes de encauzar la entrada a Sevilla.

La guerra hacía pocos años que había terminado, el poderío naval de las Españas estaba resentido por tanto golpe fraterno apoyado de las interesadas amistades de los Francos y Britanos con Austriacos entre ambos. Aún y así el rescoldo incombustible del hemisferio hermano como imán permanente volvía a dar alas a la verdadera razón de reino. Razón que no era otra que la mar y su dominio a pesar de tantas espaldas dadas desde la misma corte. Gracias a gentes como Don Bernardo Tinajero como primigenio puntal y otros que llegarían después se dieron de nuevo alas a los aparejos aún en puro quebranto y de nuevo los mares volvieron a cantar sus versos en el cadencioso verbo castellano por cada uno de los meridianos en los que una brizna de viento osara soplar.


La situación de María y sus dos criaturas, que para ella así los sentía aunque ya ellos se veían como duros bergantes de camino capaces de embestir cualquier situación por brava que fuera, había cambiado gracias a Francisca e Inés. Mediante sus presiones ante Pedro lograron que este los aceptase. Pedro León no era hombre de gran sensibilidad, quizá la vida corrida desde que vieron sus ojos y puedo entenderla no le dio oportunidad de ser de otra forma. El trabajo sin descanso y un padre de dureza implacable eran lo que había forjado su carácter. Con poco tacto se encaró con María, mujer que ante lo dulce así era ella y ante lo frontal de la misma estampa era su respuesta. Aquella entrevista no dio grandes resultados. En realidad eso era lo que parecía pues entre ambos algo surgió como minúscula chispa de fuego. Sin acabar la conversación y con las espaldas dadas, los ojos inexistentes en esta parte humana parecían mantener miradas fijas entre ambos.



Fue la decisión de ambas hermanas lo que aparentemente logró el acuerdo aunque algo inexplicable fuera lo que realmente cerró el trato. Algo que cualquier alma sabe lo que es aunque este narrador no sepa expresarlo con la debida soltura. El pacto quedó cerrado como un contrato hasta tocar tierra americana en donde María sería una criada al servicio de los León incluyendo en este a sus hijos como parte inseparable. El pago quedaba establecido en un escudo de a dos por semana, la manutención y el pasaje hasta la Villa Rica de la Vera Cruz en el Virreinato de Nueva España o tierra católica bajo la soberanía de Su majestad Don Felipe V de España.



Este cambio de la situación propició que el contacto entre María y Pedro León se incrementase pues parte de las labores que sus hermanas tenían como cometido ahora pasaba a ejercerlas ella. Pedro poco a poco, casi de forma imperceptible se acercaba más al carro donde viajaban las tres mujeres. Era esa clase de reacciones que aunque se nieguen, el inconsciente de la voluntad ingobernable que todos llevamos en nuestro interior acaba por doblegar las mas férrea de las decisiones.



No era Santiponce villa de gran porte por lo que acamparon en sus cercanías y así descansaron varios días hasta enfilar Sevilla con decisión el primero de octubre de aquél año de 1722. La legua fue un recorrido parecido al de quien desfila triunfante por el logro de la meta tras el esfuerzo realizado. Silencios solo interrumpidos por muestras de asombro según las siluetas de la catedral, la Torre del Oro, la Giralda y los cada vez más numerosos transeúntes en el trayecto mostraban lo que era una verdadera metrópoli


Y entre las casas que formaban Triana la luz de sus gentes metidos en tantas industrias como oficios y mercados elevaron las sensaciones de María y sus hijos que recordaban los relatos de Juan Delgado a luz de la lumbre días atrás. Casi todo se mantenía como él lo había relatado. Doblando la senda que a Sevilla los llevaba apareció un tumulto de carros, bestias y personas en medio de un griterío aún lejano pero perfectamente audible.


- ¡El puente de Barcas!


El grito de quien comandaba la caravana junto a un gesto de parada hizo que el corazón de María se acelerase de forma inmediata, debía de cumplir su promesa y leer la carta que el “pater” le había entregado con el deseo de que lo hiciera junto al puente que medio siglo antes vio partir a su alma derrotada hacia el norte de la Españas de donde sus huesos ya nunca regresarían jamás.

- Don Pedro, si me permitís y como observo que aún quedarán largas horas antes de cruzar el puente me adelantaré unos minutos hacia el puente para cumplir una promesa que juré cumplir.
- No tengáis cuidado; que Francisca e Inés vigilen a vuestro hijos. Pero permitid que os acompañe y guarde mientras cumplís lo prometido, algo que en verdad honra a quien lo hace.

La mirada de Pedro mezcla de la seriedad de un general y el de un fiel mastín por quién parecía sentirse se cruzó con la de otra mezcla de sorpresa y placer encubierto por una agitada búsqueda de la misiva en su equipaje.



Quedaron los niños con sus ya casi tías mientras al principio a caballo y más tarde a pie entre el gentío que deseaban acceder a la ciudad se plantaron en el pequeño malecón que rodeaba la cabeza del puente a este lado del Guadalquivir. Con el puente a su izquierda y el suave sonido del fluir del río María extrajo el sobre abultado que le había entregado Juan Delgado que ya parecía decir:




Querida María:

Cuando esto leas por frente a ti verás la Sevilla de mis recuerdos. En ella fui hombre y sueño vivo de los mayores proyectos que en el alma de un joven puedan caber. Pero como ya sabrás si has leído mi larga historia era aquella una sociedad de almas recelosas de quien deseaba lo imposible y creía en ello. Sociedad de envidiosos "destilantes" de humores como verdadera sangre letal, acusadores ante mi de ser un loco entre tanto cuerdo, de abrir esperanza entre los que ya no esperaban nada más que la misma vida como esta fuera. Pero sobre todo de amar con inocencia y pasión y de ser correspondido por quién destinada estaba a otras regalías en la sociedad donde la clase era la marca y el sello de destino vital de cada quién.

Encontrarás en esta misiva un anillo y un colgante con la imagen de San Telmo y la fecha de 1673, año en el que mi hijo vería como yo lo vi el cielo sevillano, con los nombres Juan e Isabel, su madre, Isabel de Mallaina y Trujillo. Sé que mientras el Castillo de San Jorge, que tan cerca de ti tendrás al leer esta carta, esperaba a mi cuerpo maltrecho para ser rematado, a ella sólo le quedaba tener nuestro hijo y desaparecer de la vida terrenal para pagar su pecado entre las rejas de alguna de las órdenes que daban forma a los edificios más señoriales de la ciudad.


María sólo te pido que sepas de mi amada Isabel y le des cuenta de mi, que encuentres a la criatura que llevará mi sangre y le entregues este colgante mientras le relatas la vida de su padre. Sé que harás lo que en tu voluntad humana y en tu ánimo celestial quepa que es infinito. No me quedan muchos amaneceres más, quizá cuando esto leas mi espíritu te ronde y te ampare; ha sido mi vida un cúmulo de cimas alcanzadas y descubiertas en las que la verdad revelada no es más distinta a la encontrada en el amor sincero que profesé por mi dulce Isabel.


Que el Señor os guarde a ti y a tus hijos y que en el otro lado de este mundo inmenso os devuelva la vida lo que en este os quitó.


Juan Delgado, Santa Cristina de Lena
5 de agosto de 1772.”






Casi sin terminar las últimas letras de la carta del pater unos tenebrosos tambores anunciaban el paso de los condenados que cruzaban su destino desde el castillo de San Jorge al quemadero de San Diego a través del Puente de Barcas. Desde la orilla tan sólo se podáin distinguir la cruz que abría el paso sobre el puente y los ruidos entremezclados de los caballos y las cadenas de bestias y condenados escoltados por otras cuyos hábitos y almas del mismo color portaban. María se derrumbó junto a Pedro con la imagen de Juan Delgado entre aquel espectáculo de injusticia y dolor…

jueves, 28 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta...(9)

…Los meteoros fueron amables y propios de un verano que tornaba a su fin durante la ascensión a la meseta castellana. A partir del coronamiento y conforme se internaban en la extensa llanura la visión se fue ampliando hasta limitar y dibujar una línea de horizonte hermana a la de la propia mar océana que los aguardaba más al sur. El caminar fue calmo y sin sobresaltos, María cedió su yegua a uno de los pastores que a cambio enseñó el arte de su manejo a sus hijos. Mientras, ella se acomodó en uno de los carromatos que avanzaba junto al resto de la expedición camino de mejores temperaturas invernales.




Así pudo leer aquellos legajos que Juan Delgado le regaló como si fuera aquél su deseo postrero. Poco a poco fue conociendo la historia que acabó por llevar al anciano a las tierras cantábricas desde la rica y pujante Sevilla. Una historia de pasiones sin freno, de generosidad al límite de lo humano entre lances por un honor que sin perderlo había desaparecido como vil robo. Encontraron sus ojos en los impulsos ansiosos por devorar la historia las pequeñas motas amoratadas por la tinta disuelta en agua y sal, tal y como le avisó el anciano. En alguna de estas motas lágrimas nuevas de quien ahora las leía decidieron descansar para siempre con las antiguas.


Pasaron los días; León, Zamora y Salamanca se anunciaron, se presentaron y les dejaron sin siquiera darse a conocer, pues la ruta tan solo las rozaba de forma accidental. Más de setenta leguas distaban hasta Sevilla, la velocidad de los pastores era en exceso lenta y en previsión de los tiempos decidieron que se adelantarían en cuanto encontrasen alguna caravana que se dirigiese hacia la ciudad del Guadalquivir. Varias jornadas después la suerte les condujo a la caravana de mercaderes de seda y textiles que apuraban la compra y venta de los mismos en el mercado de Plasencia a unas doce leguas al sur de Salamanca en pleno Camino Real de la Plata.





Hacía ya varias leguas que los pastores habían abandonado el camino para recogerse cada uno en sus tierras de pasto a la espera de la nueva estación en la que repetir de nuevo la senda desandando lo andado. Por respeto y lealtad a Juan Delgado designaron de todos ellos a dos pastores que acompañasen a María y sus hijos hasta que lograsen integrarse en algún grupo que se dirigiera a Sevilla y Plasencia de la Extremadura fue el lugar donde aquello se logró.



No era casualidad que las gentes a las que María se unieran fueran del gremio de los telares y los textiles pues con pastores de ganado lanar como eran sus guías no les era difícil contactar con tales grupos. El grupo era uno de tantos que se beneficiaba del monopolio del comercio con las Indias por parte del reino de España. Una situación que a pesar de los momentos críticos en los que había quedado el reino tras la cruel guerra de Sucesión, mantenía prácticamente un muy elevado porcentaje del comercio textil entre otros gremios más en manos españolas. Tan sólo el contrabando de los britanos y holandeses y el "navío de permiso" concedido de forma legal desde Utrech a los britanos hacían que este volumen no fuera total.




María y sus hijos fueron integrados junto a los carros de un grupo de mercaderes que provenían de las tierras de Cuenca, tierra de textiles, paños, burieles y bordados. Todos eran hombres salvo dos mujeres de una edad pareja a la de la propia María que en buena hermandad la acogieron en su carro mientras Daniel y el pequeño Miguel ya dominaban el arte ecuestre sobre las dos yeguas de porte señorial, propio de quien fuera anterior dueño y alto servidor de Dios en el viejo reino asturiano. Así, los niños con la facilidad que posee la infancia en tales menesteres se hicieron con la aceptación y confianza de los hombres de aquella parte de la caravana. Al fin y al cabo eran los más pequeños de todo el peculiar séquito que caminaba en dirección sur.



Francisca e Inés eran los nombres de las dos mujeres, cuya tez morena como el barniz de maquillaje de un sol recio castellano se concentraba en los ojos de un marrón claro y brillante por la juventud insultante que competía con la propia de María, aunque para ella el sosiego de los golpes vitales sufridos hacia de la tres parecer la mayor. Con el andar, el comer y el compartir lecho alrededor de hogueras nocturnas fue sencillo unirse entre confesiones de respectivas historias en el tránsito desde Plasencia hasta la Mérida romana, árabe y castellana.


- Ahora que hemos alcanzado confianza, pues así lo percibo entre las leguas recorridas a vuestro lado os he de contar algo más de lo que aún no os he confiado y que me atormenta conforme la distancia a nuestro destino se reduce. Mi objetivo, el mío y el de mis dos criaturas no es otro que el de partir a las Indias en busca de lo que se me ha negado en mi propia tierra.
- ¡Dios sea alabado! María, nosotras, junto con nuestro hermano mayor, Pedro, también deseamos arribar al Nuevo Mundo. En Beteta, que tal nombre lleva nuestro pueblo y su comarca, se hace complicado cumplir el sueño de crecer como mercader sin dueño o señor que ahogue tu ilusión. Es nuestro motivo, bueno el de mi hermano y nosotras con él establecer nuestra industria y saber de los paños en la Nueva España o donde nos lo permita el Virrey. Dicen que desde Veracruz es posible encontrar tierras de pasto y cultivo y con ayuda de Dios y de nuestra fe podemos hacer una realidad de un deseo. Pero, ¿qué razón os lleva a temer tal intención?


Con algo de temor y la voz entrecortada acabó por relatar lo que tuvo que pasar en sus últimos meses

- Por esto que os relato, es mi vida casi la del que huye aunque no tenga pecado ni culpa. Es por ello también que no tengo permiso de autoridad alguna para embarcar en navío del rey y me encuentro con el temor por no saber cómo conseguir tal prebenda real.




Nuevos sollozos comenzaban a brotar cuando los brazos femeninos de Francisca e Inés ahuyentaron tales demonios del ánimo. Mientras, las voces de los niños trajeron consigo aire fresco con qué liberar tal atmósfera pobre y de pura asfixia para que las palabras unidas a los verdaderos sentimientos no cayeran en el saco roto de la frustración. Las hermanas sabían que aquello tenía solución y esta se encontraba en su hermano mayor, Pedro, hombre siempre pendiente de la mercancía que una vez María y los niños quedaron embarcados bajo su responsabilidad en Plasencia, los olvidó en los brazos seguros de sus hermanas...

martes, 26 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta... (8)

… La claridad con calma pero sin pausa alguna fue dominando los ya cansinos tonos grises de los cielos que acogotaban el viejo reino de Asturias, dando paso a momentos de verdadera sensación de libertad en un azul que hermanaba el cielo liberado con la mar eterna. La primavera echó el resto y dio ratos de cálidas veladas frente a la chimenea. Mientras, Juan Delgado en una segunda vida regalada por la providencia, les intentaba describir como era la Sevilla grandiosa que él abandonó alrededor del año de 1672. Las miradas de los niños creaban el estímulo perfecto para que el anciano no deseara terminar cada esquina de su historia. Conforme el verano se aproximaba el calor dio el paso franco para disfrutar de cortos paseos desde la cabaña hasta la Capilla de Santa Cristina. Desde el verde promontorio la vista era grandiosa en cualquier dirección. Al sur, un muro de roca parecía crecer a cada mirada lanzada como una amenaza silenciosa contra su determinación. Eran aquellos momentos cuando María perdía su aplomo pensando lo que habría de aguardarle tras la línea quebrada que ocultaba su destino.











Los pastores y las buenas gentes bien enseñadas por el capellán acogieron a la familia con la discreción que siempre demandaba Juan Delgado para todo, pero con la dulce sensación de sentir tal situación como la de un regalo cuasi póstumo para aquel hombre santo para ellos al que todos conocieron con la misma sotana y casi las mismas arrugas, como si hubiera sido siempre parte del viejo paisaje agreste, húmedo y fértil de aquellas tierras. Al fin y al cabo era la persona más vieja de la comarca y la más cargada de bondad.



Agosto entró por derecho tras el mes de julio soleado y vistoso dando paso a las vísperas de una marcha que comenzaba a hacerse por necesaria desgarradora. Hasta entonces nadie había preguntado por ellos ni se habían detectado partidas en su búsqueda. Seguramente Don Román tragaría su dolor y rabia por pecado cometido y con los días de paso darían otro objetivo a semejante gañán de la mentira. De tal manera llegó la fiesta de la Virgen y con ella las despedidas.


- María, hijos míos, el día esta ya aquí. Como veis todo acaba por arribar sin más acción que la pura espera. Mañana habréis de partir hacia vuestro destino; por ello antes del alba os uniréis a los pastores que retornan por las cañadas al sur del viejo reino de León. No habréis de temer mientras con ellos caminéis pues son personas de ley, hermanos míos que me han demostrado en mil y una ocasiones lo que significa la lealtad y el sentido del compromiso. Una vez cerca de la villa de Salamanca os pondrán de camino a Sevilla a través de la Cañada Real de la Plata y continuar así hasta la Sevilla que me vio nacer.


Los tres, casi como uno sólo con sus manos aferradas entre sí a duras penas cerraban el paso a las lágrimas por lo vivido y conocido




- Pater, así lo haremos y con la ayuda de Dios a Sevilla arribaremos sin dilación. Mis hijos y yo, con mi marido que desde la mar nos siente, no sabremos jamás calibrar lo que vos nos habéis dado en estos maravillosos días. Sus relatos de la gallarda Sevilla, sus fiestas, duelos a espada y bullicios a golpe de espuela tras noches de taberna nos ha hecho sentir ya como de tal ciudad en la que vos nacisteis. No sé qué mas os puedo decir salvo daros de nuevo las gracias.


Los tres, cada uno en su tamaño coparon la minúscula corpulencia para fundirse en un abrazo de carne, agua y sal amalgamado todo ello con el puro amor que resulta del franco agradecimiento.


- ¡Basta, basta, por Dios! Vais a lograr lo que no ha conseguido el correr de años, el frio y la soledad. Mis gracias os doy a los tres por hacerme posible revivir mis orígenes y justificar esta extraña espera antes de morir, algo que no comprendían mis entendederas pues no conozco a nadie de mi edad que se mantenga con vida. Ahora se porque nuestro señor tuvo a bien darme algo más de fuerza que a los demás, que todo ha de llevar su porque entre los viejos renglones torcidos de nuestro Señor. Pero volvamos a casa que agosto ya es preludio del frío y hay que dejar todo listo para la partida.


Así en silencio dejaron los soportales de la capilla donde aún quedaba algún romero reacio a terminar el festejo. El andar, aun siendo tan lento como el que iniciaron en los inicios de aquella primavera tenebrosa por los augurios, se sentía sin esfuerzo y en un estado de verdadero trance por los motivos. Ya dentro Juan Delgado se retiró a su pequeño camastro separado de la sala común por un rudo cortinaje de lana basta. Hasta la anochecida el Pater no salió de su pequeño reducto de intimidad. Los niños dormitaban y María se mantenía despierta y pensativa junto al equipaje listo y con la mirada perdida en la hoguera que aún en agosto se hacía necesaria cuando el sol abandonaba el cielo. Con algo de torpeza pero sin ruido Juan Delgado sorprendió a María con un pequeño susto que la sacó de sus tribulaciones frente al reto del siguiente día.


- María, perdón por asustarla, no era esta mi intención.


El pater se sentó junto a ella como tantas veladas ya pasadas


- Mi querida María, has sido como una hija que pude haber tenido y no sé si tendré allí donde vais. Me habéis devuelto a mis viejas raíces, mis viejos sueños que ya tenía olvidados. Sueños que por sentirlos por bien cuando aquí llegue, tan pronto como me fue posible dejé escrito en este viejo rollo de pergaminos que no estoy seguro de su estado y su facilidad para su lectura. No solo se debe a la calidad del pergamino y la tinta que era lo mejor que pude encontrar, también encontrarás trazos de letras difuminadas por algo que no son más que mis propias lágrimas, hasta que se secaron mis ojos de tanto leer para no olvidar.

- Pater…
- Maria, no soy un Pater como tal nombre define al hombre que lo es. Mi vida hasta dejar Sevilla fue la de un joven que quiso hacer trampas al Destino, pero el Destino no se dejó y me castigó con el olvido. Pero no deseo relatar tal historia que es algo triste y larga. Solo te ruego que durante las largas jornadas hasta mi Sevilla leas lo que allí escribí y antes de pasar el puente de Triana abras este sobre, nunca antes. Lo que hagas entonces tan solo será fruto de tu conciencia y para mi será siempre lo justo.

Le entregó los pergaminos enrollados con un cordel y el sobre lacrado. Con suavidad le besó la frente y se retiró a su camastro en silencio. María, muda y agotada por aquella ultima confesión por la conversación se durmió allí mismo con el fuego apurando sus llamas en el último y agónico tocón que ya se agotaba.









El alba abrió las carnes de unos y otros en la despedida. En silencio comenzaron la cabalgada hacia Sevilla. Campomanes y el duro puerto de Pajares asomaban con los primeros rayos del día...

sábado, 23 de mayo de 2009

Cádiz Imaginario



Hace ya vientos que los zapatos abandonaron su andar
retirados por la sincera pérdida del humor que acarrea la mentira
en mañanas que aturden cuando ciega su vista una arenga perecedera
sin vergüenza, de la propia o ajena, todo sea por la plaza tomar.

Sin más espera que la de un puñado de razones cual barniz bastardo
que coloquen su mentira como verdad ambulante ante sus propios reflejos.
Banderas sin lucha y entrega, flameantes sin brillo ni reflejo de sueños,
pues no hay sentido cuando el combate es ya televisado a horario prefijado.

Vagan los viejos caballeros de lanza en astillero y adarga antigua,
tozudos en su fe pues aún portan los sueños sobre su galgo corredor,
alrededor de paredes derruidas aún dibujantes del castillo del pundonor
abatido por las balas negras vomitadas desde cañones de gris indoloro.

Buscando sin encontrar un bosque oculto siempre por si mismo
mil peones deambulan como olas bravas cuando el viento lo exige
arrumbando su propia fuerza sin dudar en el coma profundo
que es dar alas a quien busca su vuelo como burdo narciso.

Doblé el cabo de Poca Esperanza, mas no arrié mi bandera.
Guardé las lágrimas bajo la vieja carta de nombre vulgar
que en otro tiempo aliento dio a una nación enferma y casi sin vida.
Y así me dormí con un sueño brotando en silencio:
el de un viejo Cádiz imaginario de nuevo resistente y libertario.




… Titulo I
De la nación Española y Los españoles
Capítulo I
De la nación Española

Artículo 2
“La Nación Española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.”...

...ni partido político, ni grupo de comunicación, ni prelado con mitra y/o báculo, ni progre salvador de tu infantil ignorancia, ni de retro que ora por tu alma perdida, ni de cejas con mirada vacía y palabras cada día mas huecas, ni de barba canosa con ex ministro de defensa bajo sus alas como cobarde sin techo, ni de...

(Cadiz, 1812)




miércoles, 20 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta (7)

Deciamos ayer...
- ¿Os encontráis bien, señora?
María tornó su rostro hacia el lugar de donde provenía aquella voz suave y algo envuelta en tos. Un hombre, encorvado y de raída sotana arrastraba su espalda cargada por los años mientras apoyaba sus pasos en un bastón de dura madera de roble. Sus temores pareció borrar aquél hombre de un soplo cuando sus miradas se hicieron visibles en la cercanía. La limpieza de aquello ojos y la paz que su semblante transmitía alcanzó a liberar en aquellos momentos el corazón de María…

...y de tal guisa continuamos

…María se incorporó del apolillado reclinatorio mientras el viejo capellán la seguía con la mirada. El vaho que exhalaban sus bocas se podía adivinar entre la semioscuridad lograda por las tres velas que a duras penas mantenían su terreno frente a la oscuridad recelosa de mostrar los tesoros de aquella capilla milenaria.


Atribulada por la sorpresa de la aparición del “pater”, pero serena al cruzar su mirada con la de él hizo ademán de plantar sus cansadas rodillas frente al encorvado hombre de Dios.

- No lo hagáis, mujer. No os veo en condiciones de poder levantaros después y yo sé lo que eso significa. Prestadme vuestro brazo y acompañad este cuerpo ya rendido a calentar su osamenta ante los rayos que parece van a horadar al fin tanta nube de nieve y hielo.




María cogió su brazo sintiendo la fuerza viva que desprendía el antebrazo nervudo de hueso y piel. Salieron frente al sol que parecía brillar sin fuerza. Daniel jugaba con Miguel mientras las caballerías se daban un festín sobre los prados cercanos a la capilla de Santa Cristina. Se sentaron sin que niños y animales apercibieran su presencia.


- Mujer y dos niños, buenos caballos, todos alejados del Camino Real. Algo me dice que vuestra merced tiene problemas.
María lo miró, su semblante volvió a tranquilizar la ansiedad alimentada por el miedo, pero no se atrevió a pronunciar palabra. Tan sólo bajo la mirada al empedrado suelo que dibujaba el soportal de la capilla. Su ánimo rayaba el límite de aquellas piedras engastadas, no sentía nada y en aquél instante no le importaba casi nada.
- Mi nombre es Juan Delgado, llevo en esta pequeña parroquia más de cincuenta años cuando me trajeron unos vientos malnacidos en algún corazón pobre de amor y espíritu desde la lejana Sevilla donde vieron la luz mis huesos. Por razones que ya no importan me quisieron castigar dejándome en esta bendita tierra sin saber que los castigos no se logran si sólo te cambian de paraíso. Mujer, no os aflijáis mas delante de este anciano. Nada os hará, podéis estar segura y lo que os azuce el alma de tal manera no puede ser tan fuerte como esas dos almas que corren entre risas y relinchos.

María no retuvo mas sus compuertas ante tanto empuje y desbordó la tensión contenida desde que abandonó la villa de Gijón relatándole al “Pater” sus peripecias, sus desgracias y su meta en aquél momento de apariencia inalcanzable.
- María. No me cabe la menor duda que vuestro corazón es noble y leal. Percibo en vos la fiereza y la decisión más propia de varón en estos mundos en los que nos movemos, algo que desde luego se hace necesario si esa meta soñáis alcanzar. Y mi credo, que nuestro señor guarde por siempre, me dice que ese sueño por el vos lucháis ha de ser no sólo por vos sino por esos corazones en crecimiento que os deben llevar como verdaderas alas del propio Dédalo.
- Pero, Padre. ¿Con qué mimbres hemos de lograrlo si lo que nos persigue es la vieja historia humana de la arbitrariedad sobre los semejantes más débiles y del sueño sólo concedido a los elegidos por los poderosos?
- Con los que tú misma recojas bajo la atenta mirada de nuestro Señor. Ahora deja de lamentar esa suerte que no conoces en verdad su verdadero valor y llama a tus hijos. Acompañadme a mi humilde morada muy cerca de aquí donde podréis descansar y recuperar vuestra calma.


En un lento andar el Pater, Maria, sus hijos y las caballerías encaminaron sus pasos hacia la vieja cabaña del capellán.
La vista no era muy reconfortante desde fuera pues mas se parecía a un pequeño refugio de pastores. Se adivinaba una pequeña construcción de madera de recio roble abundante en los alrededores pegada a una enorme roca granítica. Ataron los caballos bajo un roto tendejón al que arrojaron paja fresca con la que entretendrían sus estómagos y entraron al hogar del buen cura. La sorpresa fue total al encontrar un enorme salón con varias estancias hacia el interior de la roca. No costó mucho avivar las brasas de la chimenea mientras, entretanto, los niños ya habían recorrido todos los huecos que dibujaban su interior. Juan Delgado sonrío ante la mirada de sorpresa de María.
- A todo el mundo que por aquí pasa le ocurre lo mismo. Cuando llegué a La Pola de Lena hace ya medio siglo el viejo cura que allí administraba las almas de los lugareños me expulsó a este sitio con la orden de orar por todos tal y como en la orden manuscrita del obispo de Sevilla decía, haciendo la vida propia de los antiguos eremitas que poblaban las tierras de la vieja Castilla mil años atrás para la "forja de mi arrepentimiento y logro de un seguro perdón por mi gran pecado". Esta roca fue el hogar hasta que los años y la muerte de aquel hombre enterraron con él su sentencia. Poco a poco, con la ayuda de las buenas gentes del lugar construí este hogar donde el cobijo es la norma y el calor la medicina. Las gentes me quieren y ayudan, yo hago lo mismo y el actual capellán de La Pola no hace ascos a quien le aligera de los problemas dejándole libre el cepillo y la misa de domingo.
- No sé cómo podré pagar lo que nos ofrecéis, padre. Le prometo que no seremos una carga para vos y en cuanto recuperemos el resuello perdido nos haremos al camino para ganar la Meseta.
- Si sabéis cómo se ha de pagar tal cosa que no es otra que haciendo lo mismo ante quién lo necesitare. Respecto a lo que decís sobre abandonar este lugar, vos y vuestros hijos os quedaréis aquí al menos hasta que abra el verano en ciernes. Hasta que la caravana de esos a quienes casi dejáis vuestro primogénito que de seguro embarcarán en la Flota de La Nueva España dejen el camino libre, pues a vos no os conviene tal encuentro. Valdrá por ello mas disfrutar de un verano en este lugar y partir tras la festividad de nuestra Señora para así lograr embarcar en la Flota de los Galeones que parte hacia Cartagena.


María, abrumada por aquél regalo de alguien que vestía los mismos ropajes que el que había dejado en Gijón se arrojó a los pies del anciano, rompiendo a llorar sin palabras que superasen tal expresión.

- ¡Gracias, padre, gracias!...




lunes, 18 de mayo de 2009

Frente al Cabo de Poca Esperanza...

Frente al Cabo de Poca Esperanza...






Quién dijo de correr cuando no tenías piernas.
Quién lloraba entre gritos silenciosos sobre la infame traición
de fatales mentiras cruzadas por carnes sin magro pudendas.
No fuiste tú, no fui yo, quizá fue él quien rompió el fuego al cañón.

Caños entre veredas de pasos ya por vividos olvidados,
obstáculos que atoran el viejo camino marcado por la costumbre
con el destino del propio desánimo sólo roto por una mano a los dados
que corten de un tajo la costumbre como frágil vida de estambre.

Desdichas que se vuelcan quilla arriba sol en ristre
olas que imaginan calvarios donde arriar tu bandera
tinta en gotas rayando el papel con verso triste.

Sueños que se van cuando vuelven tras su enésima derrota
ocultos bajo las luces mudas frente a un silencio rancio y soltero
que a nadie desea, que de nadie procede, pero que a todos agarrota.





...arrié mi bandera.

domingo, 10 de mayo de 2009

Horas Perdidas.

(Crónica de un sentir bajo la común terciana que nos invade)

Eliminar formato de la selección

Es como el sueño en el viejo verano de las noches perdidas
peleando entre luces ciegas plenas de un falso resplandor.
Son las vidas falsas,
como estolas en negro que flamean al ser recordadas
sobre un viento humano por terrible y asimismo trepanador.

Ciega sordera embutida entre su inerte deformidad,
grosero dibujo que solo provoca la desidia de lo nunca comenzado
por ser fruto de vidas anidadas entre mil lazos aprisionados con maldad
por siempre noqueadas entre lamentos sobre lo inacabado.

Vuelven los vientos perpetuos por el recuerdo de su propia melancolía
en fiebres tercianas que retraen la respiración libre de quien la desea;
que aturden miradas mientras renacen viejas frustraciones ya sin salida.


Cierras las ventanas mientras apagas las luces sin conseguirlo bajo tu mente.
Sólo queda aislarse, esconder y esperar a que se detenga la tensa calma,
para así dejar que los fantasmas reales retomen su hogar mas al este.
Para que al fin retornen el Deseo, la Ilusión y la Vida como el verdadero frente
que sin tregua, duda o temor planten de nuevo su bandera vehemente

sobre la bendita torre de tu Alma.







domingo, 3 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta (6)


…Un nordeste de pura primavera hacia volar sobre la mar al pequeño falucho en el que Daniel bregaba junto a sus compañeros de faena por extraer de la red abarrotada los jureles que subastarían en la pequeña rula del muelle cuando arribasen a Gijón. Juan Somoza, el patrón del falucho, concluyó que aquella última izada de jurel copaba la capacidad de su embarcación por lo que ordenó proa a casa. El corazón de Daniel volcó sobre sí mismo, estaba a punto de iniciar la acción más arriesgada desde que su vida consciente en medio de la realidad había comenzado a dar cuenta y registrar cada evento ocurrido.

Con el nordeste por el través de estribor el falucho volaba sobre la mar tendida del noroeste tozuda y fiel como siempre, que de forma cadenciosa golpeaba la madera del casco por las amuras. Faltaban al menos una hora para doblar el cabo de San Lorenzo y no menos de otra más haría falta para completar las escasas dos millas y media entre este y el muelle de Cimadevilla. La fácil navegación permitió a Daniel observar la costa cercana a la ciudad que lo vio nacer. Ese invierno y la primavera vivida hasta entonces habían sido extremadamente lluviosos por lo que la rasa costera parecía un verdadero manto de verde brillante hasta los acantilados, que con su gris claro daban la transición del vegetal terrestre al líquido y saldado elemento.


Doblado el cabo de San Lorenzo, la bahía del mismo nombre mostraba la villa en su extremo derecho hacía la que se distinguían acudir hombres y mujeres desde la desembocadura del rio Piles por el otro lado con sus carros y animales de carga vaminar lentamente sobre la playa que unía ambos extremos. Los cañones defensivos que vigilaban desde el Cerro de Santa Catalina sintió Daniel que saludaron a sus ojos como anunciándole futuros venideros junto a semejantes almas metálicas, sin poder saber en qué lugar del mundo tales bocas de fuego harían compañía a sus impulsos.
- ¡Subasta!

La campana de la rula hacía ya tiempo que sonaba llamando al los comerciantes a esta, pues había pescado recién entrado de la mar. Una vez descargado Juan Somoza dio vía libre a Daniel para que marchara a ayudar a su madre. Daniel con gesto rápido dejó el falucho y echó a correr a través de Cimadevilla, era este el camino más corto para llegar a su hogar en la otra parte de la villa donde tenían su hogar cerca de la capilla de San Bernardo en pleno barrio de Bajodevilla. Casi en lo más alto se detuvo para observar a los que en los últimos meses habían sido sus hermanos de mar. Podía oir sus voces desde su pequeña atalaya al lado de la capilla de San Pedro, el mástil del falucho con su balanceo parecía despedirse también de sus ojos. Daniel se giró y frente a la imagen de la capilla se santiguó y rezó un Padrenuestro como le había enseñado su madre.

El puerto de Gijón en el XVIII



Aquella parada le hizo darse cuenta de forma consciente la verdad de lo que significaba todo, la separación para siempre de todo lo que había significado su vida. Como si de un adulto ya se tratase, Daniel decidió recorrer el camino a su casa de una manera más sosegada como deseando quedarse con cada lugar y cada rostro que cruzara para así guardar en el registro de su memoria sus orígenes, los lugares que estaba a punto de abandonar para siempre. Bajo la mirada severa de la vieja torre del reloj donde se hacinaban los criminales de la villa un escalofrío le recorrió el cuerpo como si se viera pronto dentro por lo que iban a hacer. Corrió, casi sin mirar volvió a santiguarse al pasar al lado de la Iglesia parroquial sobre la muralla que la defendía de los embates de la eterna mar junto a la bahía alumbrando su mirada. El palacio de los Jove Hevia con su piedra desgastada por la misma perenne y paciente mar que todo lo cubría en aquella villa le dio paso a la calle donde vivía.
Con tensión, tribulación, emoción, sentimientos encontrados teniendo enfrente el viejo miedo al fracaso fueron pasando las horas frente a la lumbre, entretenidos a ratos con las preguntas inocentes de Miguel, cuidando y limpiando las dos yeguas que los debían abrir paso a la ansiada libertad que no se avistaba entre las angosturas provocadas por las propias desgracias y por las almas de algun desgraciado que pregonaba lo que tras de su sotana no era capaz de cumplir. Al fin dieron las once de la noche en el campanario de San Pedro.
En el más absoluto sigilo, con la noche traidora como aliada abandonaron la villa a través de los humedales que daban paso al camino real a Oviedo. Cabalgaron sin descanso, Daniel con cuero de varias bolsas para el trasporte de cargas había construido una pequeña mochila a medida del cuerpo de su hermano pequeño, y así lo llevaban a turnos su madre y él. En cuanto vadearon el Rio Cutis pasaron al trote hasta perder por fin sensación virtual de retención sobre su casa. Cabalgaron las cuatro leguas y lograron pasar la capital del viejo reino astur hasta despertarles el alba entre ésta y Mieres.
Así, descansando al abrigo de miradas indiscretas y algún que otro escudo que logró aplacar voces ligeras alcanzaron la vieja capilla de Santa Cristina de Lena. Exhaustos y sin aliento se refugiaron bajo los soportales de madera que sus muros sostenían. Los cielos no traían buen presagio, bolsas de grises abotonados sobre un continuo manto de blanco crudo, todos ellos cargados de agua que aún en nieve se podrían transformar paralizaron sus voluntades y miradas. Mientras tanto, las cabalgaduras recuperaban el resuello sobre la hierba fresca que rodeaba a la capilla casi milenaria.


- Miguel, cuida de tu hermano mientras entro a rezar.


María penetró en el pequeño recinto que se adivinaba entre la penumbra, la humedad interior atenazó sus articulaciones aferrando más, si ello fuera posible, la capa que portaba sobre su agotado cuerpo. Un viejo reclinatorio parecía esperar sus rodillas frente a la imagen de la Virgen y el Cristo. Se arrodilló, aunque fuera mas como si se derrumbara frente a las imágenes divinas con sus ya desgastados colores milenarios rompiendo a llorar en medio de aquel silencio casi sepulcral. Sus ánimos, recios ante su propio futuro, se desmoronaban cuando observaba sus hijos y la ascensión que aguardaba pocas leguas más al sur. ¿Debía continuar o rendirse? Un verdadero dilema en su ánimo paralizaba su voluntad. Entre sollozos buscaba frente a su dios la forma de hallar el camino.
- ¿Os encontráis bien, señora?
María tornó su rostro hacia el lugar de donde provenía aquella voz suave y algo envuelta en tos. Un hombre, encorvado y de raída sotana arrastraba su espalda cargada por los años mientras apoyaba sus pasos en un bastón de dura madera de roble. Sus temores pareció borrar de un soplo cuando sus miradas se hicieron visibles en la cercanía. La limpieza de aquello ojos y la paz que su semblante transmitía alcanzó a liberar en aquellos momentos el corazón de María…

Santa Cristina de Lena