jueves, 8 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (112)


…Con casi 24 horas de  espacio entre la partida de Ginés de La Cuadra a  Madrid la escuadra partió orgullosa hacía su última escala en el puerto de Barcelona. El 23 de octubre  arribó a puerto, donde el  Conde de Bena Masserano inició el embarco de los 5.000 hombres que debían romper el cerco de la fortaleza junto al fuego  de la escuadra. Aun permanecieron por varias semanas en la ciudad hasta  dar por terminada la carga y aprovisionamiento  de material. De nuevo los retrasos en la logística que tan crítico hace cualquier operación  en la que los dos brazos armados del reino han de conjugar esfuerzos dieron al traste con la partida en breve tiempo prolongándose  la estancia  en el puerto de Barcelona mas de los deseos propios del Almirante. Con amargura por saber de la situación de defensores  en tierra y mar se pasaron las fechas  de la natividad hasta que la orden de partida se confirmó al fin. El 9 de enero de 1733 la escuadra al fin parte con los honores recibidos. Sus  rodas  dibujaban bigotes de espuma sobre las amuras mientras sesgaban el eterno Mare Nostrum en bordadas frente a  un viento del sur que,   como señal de  bendición divina  en la futura victoria, roló en pocas horas de este nordeste convirtiendo las estelas  en líneas de recta trazada norte sur verdadero donde esperaban sus compatriotas sitiados.  Habían pasado dos meses desde que el Teniente Cefontes había recibido  el último golpe de cañón sin  cuaderna maestra que  lo protegiera, andanada cargada de bala roja que redujo a cenizas un corazón incapaz de reaccionar ante semejante realidad. Pero como ya dije en anteriores renglones, un castigo por duro que pudiera ser siempre apareja el trapo que ofrece cazar el viento de la superación. Viento esta vez escrito en el mando del bergantín, en la navegación y el combate a los enemigos del Rey.



Viento constante, fresco  que daba alas a la escuadra  deseosa de alcanzar el objetivo como galeotes a boga de ariete.  Tal era el andar de los navíos  que se hizo necesario recoger velas para mantener la navegación en conserva de todo el inmenso convoy.

Era ese mismo viento fresco el que  daba alas a  todo el trapo que podía cargar la "Minerva" de Daniel Fueyo que a fe las llevaba, sacando los 12 nudos  aproada sobre las nueve galeras furiosas que trataban de cercar  por enésima  vez a la fragata que tanto las  hostigaba.

-          ¡Teniente Escolar! ¡A  mi orden  la misma maniobra, esta vez  fuego por babor y hacia el castillo!
-          ¡A la orden! ¡Capitán, corremos el riesgo de que nos cierren el paso si enfilamos el castillo!
-          ¡Lo sé, pero ya no queda mucha munición y no sabemos nada de los nuestros! ¡Demostremos a que sabe la pólvora de un navío del Rey y Dios reparta su suerte!

La apuesta era arriesgada pues los hombres ya estaban agotados. Las dos galeras mayores ya no podían defenderse siquiera por los daños  recibidos y junto con la corbeta como escolta comandada por el teniente Alonso Hierro, navegaban por orden de Daniel Fueyo hacia Alicante y  de esta forma también dieran aviso de la desesperada situación. Sus hombres nada sabían de esto y se aprestaban a descargar la ración diaria de pólvora, metralla y balerío sobre las galeras  del bey. Mientras este reyezuelo  acababa de arribar sobre Orán en su navío de 60 cañones  en la jornada anterior. Afortunadamente no eran los piratas buenos marinos sobre naves de gran porte por lo que Daniel estimaba verse libre de nuevo o morir acabando con el mayor  número de galeras antes de que  los cañones del navío Argelino estuvieran a su alcance.

Pero la suerte es esquiva y caprichosa. Vestida de ocasión,  se presenta sin aviso, como el rayo  que nadie es capaz de cazar y si embargo  tras él  siempre se espera con miedo o expectación el trueno como una consecuencia ya sin luz ni  energía por la que luchar. La maniobra fue la oportuna, el viento fresco del este nordeste daba buena arrancada  a la fragata,  aunque un detalle de suma importancia iba a trastocar la situación, quizá por la larga campaña ya  encima de los hombros de todos, quizá por el abandono que se abalanza sobre uno cuando ese mismo sentimiento se percibe desde los que espera lo contrario. La "Minerva" debía de hacer una virada por redondo con el cambio de viento por su popa y eso conllevaba una virada más larga y con ello el riesgo de verse cazado.

-          ¡¡¡Todo a babor!!!

La virada  fue por redondo y poco a poco redujo la marcha de la fragata mientras el viento trasluchaba  en la popa de amurarse a babor para hacerlo por estribor. Daniel se percató del error cometido segundos antes del resto de su  dotación, pero no quedaba  ya otra que fundir  a muerte hombres, armas y navío.

-          ¡¡¡Fuego!!!

 El estruendo de las bocas de la fragata dieron paso a la intensa humareda que de forma lenta pero bien llevada por el viento del este nordeste fue hacia varias galeras que trataban de apuntar con sus  cañones de caza a proa sobre La Minerva.

-          ¡Atención  los mosquetes! ¡Apunten seguros,  no dejen uno  sobre cubierta!¡Todo el mundo libre de maniobra preparado para repeler el abordaje!

“Vamos, vamos Minerva, dobla hacia el norte por el manto de la Virgen del Rosario” Mordía entre dientes aquellas palabras mientras veía como lentamente cuatro galeras estaban ya a menos de un cable de distancia   a punto de  lanzar todo lo que las aferrase sobre su  odiada pesadilla de los últimos meses, al fin iban a despellejar vivo a su comandante. Una segunda andanada desde la misma amura de babor ya un poco forzada por la virada que poco a poco aproaba hacia el norte dañó poco a las galeras, pero  azuzó como estímulo del puro diablo a los sarracenos a bordo de estas. La Minerva ya cazaba el viento para poder ganar  espacio entre ellas y su popa cuando  más de 20 garfios aferraron la aleta de estribor de esta con tres de las cuatro galeras. El combate no se hizo esperar.

Las frascas incendiarias lanzadas desde la fragata   prendieron, las más afortunadas en  la cubierta de una de ellas mientras los argelinos  ya pisaban cubierta del Rey. Ordenados  los pocos infantes de que disponía la fragata  hacían fuego desde las cofas y las galletas en lo alto de la nave. Mientras el combate cuerpo a cuerpo  ya tiznaba la arena   de cubierta  de rojo sangriento. La derrota estaba asegurada, eran  presa segura sobre las galeras que ya lo rodeaban, a las que las  casi destrozadas por la cercana andanada también se aprestaban a  ganar parte de su botín. Sería una derrota segura para ellos, pero un castigo verdadero para los argelinos, tal cosa estaba en la mente de los que  batían sus aceros  sobre su barco. El espectáculo estaba servido, desde la playa unos y desde la ciudad y el castillo de Mazalquivir los otros se preparaban para presenciar semejante carnicería. Pero caprichosa y esquiva es la fortuna y  no estaba por dejar que todo fuera tan cruel y sencillo.



De pronto las galeras averiadas que se aproximaban a por su parte  comenzaron a virar hacia  la playa y desde las otras se  gritaba sobre la fragata a la vez que cortaban los  cables que la unían a la “Minerva”. Mientras  en el fragor del combate nadie se hacía a aquellos extraños  hechos,  una salva de buena pólvora del Rey se  pudo escuchar  más al norte.  El griterío que todo lo envolvía a bordo no permitía distinguir  cual era de terror y cual el que alcanzaba a llegar con la fuerza de su júbilo desde  Oran y Mazalquivir.

-          ¡¡¡Capitán!!! ¡¡¡Los nuestros, están aquí!!!

Con el  hombro ensangrentado por un  golpe de sable argelino, Daniel se abrazó a su segundo, Jose Antonio Escolar mientras sus hombres acababan con los  que no se habían arrojado a las aguas de la bahía en un ajuste sangriento de cuentas. Aquella mañana inesperada de enero en el que la Fortuna ya todo parecía dictar como final certero,  con el único consuelo del honor y el orgullo de defender lo  se siente, Ella de nuevo en su capricho tuvo a bien demostrar a Daniel Riera lo acertado de seguir hasta el final pues es un hecho que siempre hay una última jugada.

La escuadra de Lezo ya estaba frente  a Orán para las armas españolas…

      

martes, 6 de septiembre de 2011

Soneto a mi Capitán





Vos, mi capitán en tantos sueños
bordados bajo el hilo de mis sábanas
sin temor por el filo de mil dagas britanas
que fingidas vencedoras osen haceros cien y un daños.

Tiempo primigenio abarloado entre naves sin dueños,
amargos y sin velos que  en un bramido largaste sin remisión
al océano del olvido en el que pudran así cada uno en su corazón
donde ropera en mano, a vos mismo ganásteis en orgullo y redaños.

Mi capitán, que la mar y vuestros hombres os guíen
entre islas, islotes, doblones y tesoros como princesas sin tiara
que a vos aborden sin saber que en su corazón ya se dibuja vuestra cara.



¡Viento a un largo! parece gritar una estela hirviente,
mientras a vuestra proa la mar se deja cual dama ausente
que la acariciéis suave y sin esperas, con vos siempre.  





lunes, 5 de septiembre de 2011

No habrá montaña más alta... (111)



…Aquella carta hizo diana en pleno corazón invernado entre las paredes de la mansión de los condes de Monleón. Mª Jesús era consciente de los sentimientos abandonados en El Ferrol, aún suyos, pero hundidos en lo más profundo de los principios que una sociedad hipócrita había logrado ahondar en ella misma. Lo que no podía creer era que en otro corazón igual de humano que el suyo la química del amor hacia ella no se hubiera agotado por el abandono y la frialdad de la despedida. Todo eso la turbaba,  la ansiedad trataba de abrirse paso  entre los brotes de histeria contenida por demostrar al mundo que ella también se sentía así, pero la razón de la sociedad establecida como tal y quizá algo de egoísmo por no perder ni hacer perder a su familia la honra y caudales logrados con el enlace, la retenían tales deseos entre  estais y obenques imaginarios que mantenían  su falsa dignidad como palo mayor de  falso navío.  



Los días se sucedieron en casi el número de cerrar la semana desde que se hubiera celebrado la visita del teniente De la Cuadra. Este veía que los tiempos se  excedían y debía cumplir la promesa hecha al Teniente Cefontes. Sus informaciones   le daban por aprestada la  armada de Lezo en Cádiz y con ello su pronta salida hacia la rada de Alicante, por lo que debía  partir con lo que fuera, en papel,  de voz o como parecía sería vestido del silencio de la decepción hacia Alicante. Tomó la decisión de enviar un mensaje con un porteador de su confianza a la mansión de los Condes de Monleón, en ella le  reiteraba sus ruegos por una respuesta del tipo que fuera, indicando su segura partida  al rayar el sol hacia Alicante con lo que la Providencia haya tenido a bien  encomendar como porte.

El aviso surtió efecto, aunque el Teniente De La Cuadra no supiera lo que dentro mostrasen la palabras escritas disponía de un mensaje para su comandante y eso le tranquilizaba. La mañana del 12 de octubre  de 1732 en  el mismo carruaje en el que se despidió del teniente Cefontes partió, podríamos decir sin temor a equivocarnos, a uña de caballo hacia Alicante.

Mientras, en Cádiz los preparativos habían concluido y una escuadra de seis navios de dos puentes entre los que destacaban el Princesa de setenta cañones, el Real Familia y el León de 60 cañones, junto a 25 embarcaciones  como transportes que albergarían  materiales y pertrechos, en los que además deberían de embarcar  5.000 hombres de infantería al mando del Conde de Bena de Masserano  tras  una escala en Alicante para continuar hacía Barcelona donde completar el apresto de la flota en los hombres  comentados.

El 18 de octubre Ginés de La Cuadra detuvo su carruaje  en los muelles frente al Bergantín “Santa Olaya” que paciente, aparejado y con el aviso de inminente partida  parecía descansar sobre las tranquilas aguas del puerto alicantino. Tras el permiso concedido  por Don José Cienfuegos,  en aquellos momentos el mando superior del Bergantín y tras lo vivido  a bordo buen amigo, trató de  ver al Comandante.

-          Mi teniente, lamento no poder  complacerle. El comandante esta en un consejo de  oficiales a bordo del “Princesa”. Como ya se habrá percatado la flota de socorro con destino a Orán esta al completo  a falta de tropas y caballerías que parece debemos ir a  Barcelona donde completar el avituallamiento de la escuadra. Será mejor que lo esperéis a bordo hasta que Don Blas  de Lezo disponga. Pero no amilane  el espíritu, pues tengo un aguardiente que debemos eliminar de la carga a bordo antes de zarpar y este será un buen momento mientras me cuenta  cómo se vive entre mansiones y palacetes sin estrecheces y rodeados de damas como sirenas  sobre el barco de Ulises.
-          ¡Sea, mi teniente!

La tarde llegó sin presencia o aviso de  esquife que trajera al comandante con lo que el aguardiente entregó sus hirvientes vapores sin remisión y la comida dio paso a un letargo en los dos hombres mientras la espera se alargaba con la única explicación de que el Almirante hubiese hecho de anfitrión de convite para apaciguar estómagos tras el consejo. Pero el tiempo no se detiene ante vidas, naves y vientos, y la hora de cumplir la misión  a bordo de cada navío llegó y con ello el comandante del “Santa Olaya” a su bergantín.

-          ¡Atención en cubierta! ¡El comandante!

Con aspecto  cansado el Teniente Cefontes recibió los saludos de su tripulación  con Cienfuegos a la cabeza hasta distinguir tras estos a su antiguo teniente De La Cuadra.

-          ¡Ginés!
-          Comandante, es un honor volver a verle. Traigo la respuesta que le prometí y…
-          ¡Está bien, está bien! ¡Vayamos a mi cámara!¡ Cienfuegos, el bergantín listo para zarpar a la señal de la capitana! ¡Aquí tiene las órdenes y nuestra posición en el convoy  rumbo a Barcelona!

Sin esperar el saludo, como bala rasa  hambrienta  por romper el costado de navío enemigo arrastró a
Ginés de la Cuadra a su cámara. Este le relató  el aspecto de su amada, trató de moderar y maquillar la
poca presteza en  recibir la contestación por su parte y evitó relatarle el ultimátum que se vio obligado a
plantearle para lograr  obtener la misiva que le hacía entrega en aquellos momentos.

-          Mi comandante. Os dejo ahora en intimidad de vuestra cámara. Si me lo permitís pasaré a despedirme de los alféreces Arrieta y Mainar y el resto de la dotación. Esperaré por si deseáis enviar respuesta a Madrid. Entiendo que estáis en  situación de inminente partida y antes del anochecer abandonaré la nave para partir mañana con destino a la capital.
-          Muy bien, Ginés. Gracias por tu  esfuerzo y por cumplir tu palabra.

Ginés de la Cuadra salíó a cubierta donde comenzó a despedirse de la dotación mientras contaba con su estilo grandilocuente las bondades y grandezas de la Villa y Corte. Mientras cerraba la puerta de la cámara del comandante un regusto  procedente de su propio instinto le decía que aquella misiva no llevaba nada bueno entre sus renglones, aunque quizá eso fuera lo mejor  que como tantas veces se presenta vestido de  castigo. Pasaron dos horas, la anochecida ya era un hecho, las despedidas habían terminado hacia un buen rato, pero el teniente Cefontes no salía de su cámara.

-          Cienfuegos. ¿Podría avisar al comandante sobre si queda algo pendiente para mí?
-           Desde luego, De la Cuadra.

Unos minutos más tarde con cara de circunstancias se acercó a Ginés.

-          Ginés, no sé que le has dado al comandante, está hecho una mierda. Me ha dicho que te de las gracias por todo y  el permiso para desembarcar. Buen viaje afortunado compañero.
-          Gracias Cienfuegos. Buena suerte os depare Neptuno y que la Virgen del Rosario os guarde a todos. Ya sabéis donde estoy y que podéis contar conmigo.


Una sensación amarga corría por todo el “Santa Olaya”, tan solo una persona sabía el por qué. Mientras, en silencio  el carruaje del futuro Duque de Ribera se alejaba del puerto de Alicante repleto de naves de la Real Armada prestas a devolver el golpe al bey de Argel. Los cañones del “Santa Olaya” por pequeños no iban a ser menos fieros en esta ocasión…


sábado, 3 de septiembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (110) (Volvemos)


… 4 de octubre de 1732. Mientras en  la Villa y Corte  el futuro Conde de Ribera, don Ginés de La Cuadra, se aprestaba en  acicalar su apariencia  y el cochero mantenía a raya a  sus caballerías  a la vera de su residencia, mas al sur entre  vientos  e incertidumbres Daniel Fueyo mantenía  como le era posible  la moral de sus hombres y las de la pequeña escuadra que trataba de  controlar la situación de sus compatriotas  sitiados en la  fortaleza de Mazalquivir y tras la murallas de Orán. Con prudencia, pero sin permitir el descanso un solo día  mantenía  el acoso  aunque al menos fuera con una salva de pólvora y metralla que en nada  dañaba a los  insolentes sarracenos del bey de Argel, pero que  repartía   más cuentas en el rosario de oraciones de los hombres sitiados. Los bastimentos  procedentes de Alicante ayudaron a mantener  las acciones y el solo  sentimiento de saber  que en  España  conocían  la posición  tanto de ellos como exigua fuerza naval, como la de las tropas en tierra les permitía  albergar el ánimo para seguir.


En la  península  todo estaba en marcha, Don Blas ya estaba trabajando desde el departamento de Cádiz y una escuadra en condiciones  en puro  apresto de emergencia ya  tomaba forma.  En pocos días zarparía hacia Alicante para acometer la rotura del bloqueo y   la liberación de sus compatriotas. El teniente Cefontes  se desdoblaba  en su  sentir hacia el norte de su posición por saber de  lo que  añoraba y le desangraba  a  casi 100 leguas en aquella enfilación y  el  ansía por dar soporte y apoyo a su compañero y amigo  pocas millas más al sur. Pero vayamos al norte donde Ginés de La Cuadra ya  se aproximaba a la mansión de los condes de  Monleón con la misiva que prometió cumplir al teniente en la entrega a la condesa.

El recibimiento tal y como fue  nada tiene que  decir, la frialdad propia de gentes de su propia clase en la que las apariencias lo son todo bajo la coraza de una piel  cuidada y blindada por siglos de poder y dominio de la situación. Un breve recorrido por las recargadas estancias del brillo dorado  seguramente ganado generaciones atrás por los justos servicios a  monarcas que bien   combatieron por su reino, pero que los que lo disfrutaban  en aquellos momentos no se diferenciaban en mínimo ápice de los arribistas de cualquier tiempo y lugar. Al final de aquél  trayecto una puerta de doble hoja  dio paso a un bello jardín que  devolvía la luz sin oros ni candelas titilantes sobre tan noble metal. La condesa, tras la retirada de aquella especie de camarlengo en funciones de escolta se abalanzó de manera contenida sobre el brazo del “insigne” marino en tierra.

-          Sea usted bienvenido a  nuestra casa Teniente de La Cuadra. Por favor, tome asiento mientras  nos  sirven un pequeño refrigerio que calme  un poco  el calor que me produce vuestra presencia  en mis recuerdos.

La condesa parecía haber perdido  sus estribos de nobleza yendo directamente al grano de lo que le carcomía   sin piedad las entrañas.

-          No habéis de preocuparos por mi señor marido, pues está en  palacio al frente de su guardia.

En el tono no supo  Ginés de La Cuadra distinguir si  cruzaba el desdén con el desprecio o se quedaba simplemente en la neutralidad de quien no  hace más que  informar de algo sin relación con ella. Continuó

-          Os he hecho venir hasta aquí, algo que os agradezco  de corazón porque deseo saber del Teniente Cefontes. Es para mí alguien  importante por los lazos que le unió   con mi familia desde que  nos trasladó desde Cartagena hasta Cádiz a bordo del  "Santa Rosa" y el posterior reencuentro en El Ferrol tras una singladura terrible desde La Habana.

Los nervios delataban  su presencia sin temor a  nada en su mirada, las manos, delicadas, en su tensión serían capaces de  fundir una bala de cañón de 36 libras sin esfuerzo.

-          Permitidme agradecer volver a poder veros en vuestra propia casa, estoy seguro que pocas personas  habrán tenido semejante privilegio mi señora. Con vuestro permiso y  con la libertad  que me habéis concedido para expresarme os diré que el comandante de la “Santa Olaya”  se encuentra en perfecto estado  en el puerto de Alicante a la espera de la escuadra que habrá de  acudir en auxilio de nuestros compatriotas sitiados en Orán y  de la pequeña escuadra  al mando del capitán de fragata  Don Daniel Fueyo allí  apostados. Deciros que sabe de vuestra nueva situación como esposa de Don Ramiro  de Marchena y como tal os respeta, aunque no por ello renuncia a sus sentimientos hacia vos por los que  todo lo que no sea mar y guerra ha abandonado. Mi condición de caballero no me permite hablar en este  tono a una dama de  vuestra posición, por lo que os ruego toméis esta carta de Don Segisfredo Cefontes en la que todo os dirá y dejadme pediros una respuesta  a esta que prometí entregar ya sea en mano o de palabra a mi comandante. Por ello os  dejo  con  su misiva y quedo en mi residencia a la espera de ello. A vuestro servicio, condesa.

Con la reverencia debida el teniente De la Cuadra se retiró casi en  puro sigilo, pues ni siquiera el estirado camarlengo de la entrada fue avisado, tal era el ansia de Maria Jesús de Mendoza por saber de su corazón hasta ese momento perdido.

“Mi amada Mª Jesús:

Creí que nunca podría  dirigirme a ti, que todo se había acabado, que entre tus ojos y mis manos ya no existiría la posibilidad de saberse leído, de sentir que podría decir lo que siente este galeote de tu corazón.  No puedo olvidar el pálpito de tu corazón   en mi sien a bordo del “Santa Rosa”, la luz que tus ojos me deslumbraron en aquella escondida casa  a la vera de la ria de El Ferrol, de tus palabras, incluso las que me despidieron. Tu crudeza y frialdad en  decirme que todo había acabado me  dejaron yerma el alma para soñar pero nunca acabaron con  este corazón que sigue  tras el viento de tu ser. No me importa lo que ahora eres, me importa lo que sientes y se lo que sientes por este humilde teniente que todo lo que te podrá dar será siempre un bordada por avante hacia el horizonte aunque sea contra el viento de la realidad.

Todo lo tendrás como verdadera Condesa  a la vera de su majestad, yo te ofrezco la huida, el aturdimiento que significa romper de un golpe con las olas de una mar necia que siempre trata de  golpear por la amura de la razón. Estos tiempos de zozobra  acabarán, liberaremos Orán y  tras ello pediré mi traslado al mar del Sur a la escuadra Virreinal del Perú. Allí nadie nos hará preguntas y la vida será  como los vientos, abierta y libre para los dos. Solo has de  decirlo, solo has de darme un sí. Lo demás te garantizo que será tan sencillo como llevar una fragata a un largo.
Mi sueño, mi luz, mi destino  en ti quedo, por ti espero

A ti, que me das vida y me la puedes quitar,
tú, a quien más deseo y amo.
Tuya soledad ya hecha mía tras horas de fuertes vientos y grandes olas,
dolor solo apaciguado por el miedo,
por el rugir de las olas ya moribundas lanzando un último grito contra las rocas.
Por el viento, por el frío viento
frío viento Gregal que quema mis rostro y alegra mis ojos,
grises, turbios, ocultos por una lágrima que solo el azul del cielo hace brillar.
Mar mía, mar tan grande y sola, soledad compartida, soledad que es ya mi vida,
búsqueda imposible de algo, deseo infinito de todo.
No me dejes mi mar, sigue compartiendo conmigo
Mi soledad…
A ti, mi mar, a ti, mi viento, mi sol, mi azul cielo, Por ti, Mª Jesús.
A ti, mi Vida.
                                                           Teniente Segisfredo Cefontes
                                                           Bergantín Santa Olaya
                                                           25 de septiembre de 1732”…




jueves, 1 de septiembre de 2011

Que nos tome






Así lo haga, valedor del cielo,
rumor verdadero entre el tiempo de pereza
por aferrar una vida cargada y por ello sin fiereza
para demostrarte que no sois vos un camelo.

Caballero efímero es como te sienten los unos
por temer perderte sin en verdad tenerte
mientras cuentan el tiempo sin poder verte
mas eterno serás si lo aceptas pregonan los otros.

Al galope percibo tu piel en sudores hirvientes,
con los ojos cerrados en imágenes silentes
a puro grito de amor que es tu nombre sin tacha.



Tinta, pluma y papel rasgado como verdadera piel,
espada que se imagina al asalto de tu castillo fiel
donde gritas como yo, que nos tome, fiero y sin cuartel.


miércoles, 31 de agosto de 2011

Regresamos...


Regresamos, desde hace varias horas  ya se avistan las costas de la Ciudad Vieja de la Rutina,  por  lejana temporalmente, casi añorada aunque sea por un instante, aunque nunca llegará al segundo. Los vientos parece  remolones a empujar y engolfar las velas de este  navío que por una vez y sin que sirva de precedente desea recalar   entre los muelles y el contradique de semejante puerto, pues desde la soledad de la libertad sin más rumbo que los deseos, algún mensaje cifrado recibido  y decodificado después con una máquina ya descatalogada, parecía hacerle temer que acontecían situaciones extrañas y de calado profundo.


Aun a vista de pájaro de los muelles, diques y faros que delimitan su entrada todo parece normal, casi diría que hasta las grúas no parecen cargar o descargar mercancía alguna.  Largaremos el ferro  en la  zona de fondeo como  ya comenté tras el contradique y  esperaremos a que desde el puerto nos marquen órdenes o al menos nos indiquen destinos, que como escuché a un viejo capitán  cuando su buque  permanecía inmóvil más de una semana sobre las aceitosas aguas de cualquier puerto decía  con voz agria: “tales lugares no son buena cosa… ¡Se pudren los barcos y lo hombres se van al diablo!”.

Parece  esta  derrota un fin de ciclo en tantos aspectos como  puntas dibuja la rosa de los vientos. Quizá sea la rutina como ungüento mágico, hermanastro de aquel viejo Bálsamo de Fierabrás, la que nos permita dar ese salto  desde  ese puerto a los rumbos y destinos que tanto soñamos los que en pocas horas en él recalaremos. Nuevas vidas cargadas de sentido por los sentimientos avistados a lo lejos entre nubes de realidad, nuevos retos por los que,  como tales, transportar a donde  se precie la magistral y  el flete de quien manda, nuevas cuadernas que ya se atisban como realidades al tacto de la yema de estos dedos desengañados entre deseos aun no encontrados.

¡Atención, Máquinas! ¡Media! ¡Preparados para la maniobra! Mil veces ese mando se habrá dado y mil veces se habrá obedecido con el deseo en la mente escrito de la arribada desde la mar del libre deseo para amarrar el buque en la rada del orden por la razón del hombre como excusa. Donde la vida  aferrada al cable seguro del artificio humano nos dará refugio, calor y alimento ocultando con esa neblina falsa la verdadera esencia del alma de agua y sal sobre una cubierta de metal o madera que,  con el dios Sol y sus reyes del Este y del Oeste soplando    cada uno en su latitud, nos permitan sentir que la vida es  ir y venir sin otra razón que la de sentir sin límites mientras lloras o ríes a pleno pulmón, solo a con quien desee lo mismo sin otra explicación.

¡Fondo Ferro! ¡Maquinas Atrás! El metálico golpeteo de cada eslabón y su contrete sobre el escoben como  una boca vomitando argumentos por la que  abandonar mares y  cielos. Un grillete, dos grilletes, para qué mas, con semejante ferro sobre el limo negro de la rada no habrá viento liberador que rompa tal cadena. ¿O sí? Desde este buque aún nada sabemos, quizá mañana pie en tierra descubramos lo que encierra esta ciudad tantas veces visitada,  que siempre en su primer golpe aparece con sorprendente aspecto, pero que acaba por hacer honor a su nombre, dándonos el deseo del embarque y la partida “A órdenes” para después poder enfilar el destino más lejano posible y así continuar   en la navegación del sentir mientras la vida en forma de tiempo trascurre sin miedo ni intención de detenerse por nadie.

Regresamos para recalar y cumplir con lo que  sea oportuno. Solo queda saber  cuál será la carga a transportar  y su destino que nos encomienden desde el puerto…

domingo, 14 de agosto de 2011

La solitudine.

"Cuando uno vuelve a su vocación primera, vuelve a su juventud"

Recuerdos que no se borran son las sensaciones que inundan el corazón  y lo desbordan; un beso, una mirada, un golpe de aire fresco entre la  rutina y la condena simulada que a veces parece la vida. Sin saber por qué,  sonó en  la tele la canción de  los inicios del 90 de Laura Paussini, “La Soledad”, y este corazón a una edad ya un poco rebasada para que tales sones   se agarren a mis sensaciones palpitó con  mezcla de  melancolía y  gusto por los buenos recuerdos. Busqué y busqué hasta encontrar  el lugar  donde  la música se unía con la imagen del recuerdo. Salerno, al sur de Nápoles con la Isla de Capri interponiendo  sus acantilados entre las dos ciudades.

Corría el 93, había dejado por deseo propio la gran Naviera del Golfo de Vizcaya donde se ganaba dinero para forrar tres chalets y aún comprar el coche de tus sueños  al día siguiente; la gente allí estaña enferma de dinero y sola, muy sola; sus conversaciones abarcaban  todo el dinero posible y la soledad se palpaba en la inmensidad  del Océano Atlántico entre Angola o el Congo y  la hispana Texas. La decisión estaba echada, había que largarse y buscar donde el viento provocara  la sonrisa que tantas veces me provocaban el  escuchar a mí abuelo Alejandro o a mi tío Imanol de sus días de gloria  a bordo de  mil barcos en los que se podía sentir la vida correr entre sus cuadernas.



Y apareció la nave de nombre  puro de competición automovilística, “Jarama”. Sus chimeneas amarillas iluminadas entrando en la noche del puerto mientras yo,  con la maleta en solitario, lo esperaba en el muelle de Tarragona. Lento, alto y poco marinero se plantó con toda su obra muerta  del costado de  estribor   sin pararse a saludar  mientras la rampa de popa  bajaba hasta  conectar su piel metálica de mar con la tierra vestida de hormigón.  Todo en él se hacía sencillo, los trabajos se  llevaban sin el  “estricto” y “reglado” control del Naviera del Golfo. Las clases a bordo me sorprendieron por su levedad, la sencillez inundaba mi pequeño camarote pegado al comedor de oficiales.

Mientras, en la radio golpeaba Laura Paussini con su “Soledad” y mi alegría junto con aquella sensibilidad de adolescente que  rebosaba semejante canción me hacía sentir bien.  Cargamos los twingo de Renault, los primeros, los llevaríamos a Salerno. Después de travesías oceánicas de 27 días entre el sur de África y los Estados Unidos, Tarragona - Salerno serían dos días por el viejo Mare Nostrum. Pude disfrutar del sol  mientras el estrecho de  Bonifacio quedaba por la popa y la pequeña Isla de Santa Maria por estribor nos abría el paso  a la Italia. En menos de un día entrabamos en Salerno. Me llamaron al puente para ver  la Isla de Capri, los yates que  saludaban a nuestro paso, aquello era lo contrario de lo vivido.

Con la guardia de puerto cubierta, bien vestido y limpio como  bien me enseñó mi madre cogí el taxi  a pie de la escala real  para ir al centro. En la radio sonaba  ”La Solitudine”, me perseguía, me hacía bien, estaba solo y me sentía bien, sin ataduras bajo  el latino sol brillante. Me bajé en el paseo marítimo, la gente paseaba al sol y la tranquilidad me iba invadiendo mientras parecía que todas las  adolescentes que también paseaban  eran Laura Paussini, tenía la canción clavada en la sien y no me dejaba más que sonreír mientras tarareaba su canción. Pasee sin más, nada me hacía falta, llegó la hora y  volví a bordo. El run run de las máquinas sonaban  diferentes, al fin acababa de entender por qué  había que recalar, arribar a puerto como razón  sin par por la que navegar. Hay mil regalos que los que los tienen todos los días no son capaces de saberlo. Pero quien vive   a bordo, cuando las ilusiones de imberbe ya se te han esfumado y solo queda la fascinación por la mar, es  al arribar  a cualquier lugar donde puedas  palpar su  tacto terrestre, cuando recuperas el amor por  la navegación y el deseo de cruzar de nuevo la mar.

Igual que el amarillo estaba el "Jarama" y mas allá Salerno

Hoy escuché por casualidad la Soledad de Laura Paussini  y  regresaron de nuevo  mil recuerdos sepultados entre tierras y censuras autoimpuestas durante muchos años. Me apetecía describirlo y me he permitido ese lujo mientras parece que aun puedo tocar  la pétrea balaustrada que separaba el paseo marítimo de la playa en Salerno.




sábado, 13 de agosto de 2011

Lágrimas de San Lorenzo



Lágrimas que aturden el sueño
entre la brisa leve del terral sereno
nocturno, como mis pensamientos sin veneno
bajo los destellos lánguidos de su cielo.

Agradable tapiz tan verde como oscuro
húmedo, frío que sin poder lo intenta
a este corazón oxidar en herrumbre sin credo
cual buque varado y sin mas olvidado.



Las miro, mientras se desbordan y me inundan
rayando el cristal de mis ojos en infinitos trazos
que son las mismas decisiones en diferentes brazos
bajo el silencio de la felicidad que borra la perenne duda.

Las luces del faro ahora envidioso en su torre
tratan  de rasgar   sobre la mar el oscuro telón,
como tus besos tratan sin tregua  de asaltar mi corazón;
mientras, lloran Las Perseidas por morir sin llegar
igual que  ese barco fondeado frente a la bahía,
metálica estrella de mar que sin color se oxida
esperando recalar al fin en la tierra que ansía
por ser su sino, su destino y de su camino la guía…

No me despertaré   ya de este día,
no lo haré mientras una lágrima en su brillo alado
logre aún llenar de sueños este corazón oxidado.



Cielo de Deva, noche del 13 de Agosto de 2011





miércoles, 10 de agosto de 2011

De regreso...


Regresaba,  la estrella marcaba el rumbo  mientras el azul del cielo no lograba oscurecer su brillo plateado cargado de simbología, demostrando que estaba ahí porque lo deseaba y era libre mientras su halo de cometa me  llenaba de satisfacción por haber partido. El humo del  cigarro puro trataba de quedarse en el interior del coche inútilmente siendo arrastrado por la  rendija  de las ventanas entreabiertas  a un exterior donde ya no sería nada. Quizá fuera el humo que invadía los pulmones asaltando alveolos con el ánimo de llegar al centro de cada  célula, de cada  pensamiento, acariciando la levedad y dejando que todo fuera sereno y fluyera sin estridencias que rompieran la serenidad del trayecto.

El puerto culminaba y la inminente bajada al 17% amenazaba con ocultar el sol entre las eternas nubes que tan verde hacen el suelo con su gris. Fue un impulso, fue una locura, quizá la bocanada de humo trastocó mis sentidos; de un golpe seco toda la potencia del deseo, todos los sentimientos contradichos, todas las frustraciones mezcladas de  medallas virtuales a modo de triunfos vitales se transfirieron al pedal del acelerador. La potencia del motor, fiel,  rugió con  su ansia por devorar  gasolina  sin  límites abierta por semejante golpe de pie. El viejo edificio en otro tiempo Gran Hotel a la izquierda pareció estremecerse en su  pequeña torre puntiaguda cuando  las cuatro ruedas dejaron de  tocar el asfalto. La caída era libre e inmisericorde sobre el vacío de la libertad recuperada al fin. No había estómago pegado  en la garganta, tan solo un corazón en medio de un pálpito suave mientras acompasadamente los pulmones volvían a recoger  la combustión de aquél cigarro que debería ser el último.

Pero el coche no  acababa de apuntar al  verde fondo.  Mi pie continuaba aprisionando el pedal del acelerador mientras sentía la pasión del motor  gritando su potencia  ya sin control. Al contrario de toda ley descubierta o establecida  mi coche comenzaba a ganar altura, frente al verde  era ahora el gris sempiterno de los cielos del lugar lo que estaba  atravesando en un sinsentido. La oscuridad se  enfrentó a mis ojos mientras los pensamientos  me devolvían  a mil posibilidades sin preferencias por  unas u otras, solo dejarse llevar por lo que  deparase  el siguiente instante. Al fin el gris transformado en negro me devolvió a un lugar conocido  aunque casi olvidado. Una estrecha  carreta asfaltada y mal mantenida golpeaba las ruedas de  mi coche  por  la excesiva velocidad a la que  avanzaba. Levante el pie del acelerador hasta acompasar la velocidad al firme mientras mis ojos se acostumbraban a la nueva situación. Un pequeño pueblo  se presentó en medio de aquella locura irreal, sus c asas rojas de madera casi pegadas a la orilla de una playa pedregosa me obligó a desviarme a la  derecha donde me topé con una grúa enorme de la que colgaba  un objeto de gran tamaño. Desde luego debía ser pesado por el tamaño de las eslingas enganchadas  que lo soportaban. En la grúa venía escrito  en letras grandes  1.000 tons. Paré, no por otra cosa que por que  aquello era un  muelle de madera y mas allá de este no había nada, ni tierra, ni mar. Solo la nada, el vacio, en este caso oscuro y silente al contrario que sobre el que me acababa de lanzar en lo alto del el Puerto.


Ya en esa extraña tierra, repleta de casas de aspecto vacío, bajo un cielo tan vacío como el  mar falso que arrancaba de ese muelle traté de encontrar un sentido a aquello que había desarbolado el  sinsentido del impulso  anterior. Nada había que me explicara dónde, cómo y por qué.  Probé a coger alguna emisora sin éxito, casi seguro de que aquello quizá sería la muerte como nunca se hubiese uno imaginado, pues tal cosa no distaba de tantas realidades vivas  aunque   estas últimas con más luz. Me preguntaba si  esa iba a ser la forma de vida a partir de aquél momento hasta que tras mucho  dilucidar, valorar, sopesar, justificar y observar sólo me quedaba la propia y humana tendencia a curiosear, y lo primero y más claro para ello lo tenía delante de mis narices.

Me acerqué a la inmensa grúa, tan parecida a la de los puertos deportivos, anclada sobre el muelle para  sacar a tierra los veleros  y los yates a reparar. Me imaginé que aquello tan enorme y  envuelto en la lona a la que se aferraban las eslingas sería algún barco, por otro lado  no  estaba claro de que mar podría ser. Me decidí, fui al cuadro eléctrico que  tenía en su base y conecté la grúa. Con cuidado aproximé el enorme “paquete” a besar suavemente el suelo del muelle que   lo mantuviera en esa posición mixta colgado/apoyado para que lo manipulase sin miedo a un giro inesperado. Con una  llave rasgué la  lona  sin gran esfuerzo, lo hice en un lugar donde se apreciaba que al otro lado había  algo de hueco por el que observar.  No me costó mucho agrandar este hasta poder  introducirme. Un poco más tarde me di cuenta que me había dejado la linterna en el coche, con lo que mi  deseo de curiosear  amenazaba con el fracaso. No hizo falta, fue entrar y sellarse la lona para un segundo después alumbrarse  todo como un verdadero grito silencioso que me deslumbró.

No era un barco como imaginaba, no era nada de fábrica humana. La luz deslumbraba cada vez menos, poco a poco la adaptación al medio me permitió distinguir  algo como cables, conexiones que parecía recibir y enviar por los destellos que  emitían. Comencé a caminar  sin rumbo por aquella inmensidad que parecía no tener fin. A veces relámpagos enormes me hacían echarme al suelo, fogonazos que parecían provenir de aquellas conexiones que  saltaban en forma de luz al mismo tiempo. Anduve sin saber la distancia y el tiempo, sin hambre ni sueño. Al final creí llegar al final de  lo que en realidad continuaba pero de otra forma y me detuve. Escuché  voces, sobre todo una que me era familiar aunque no sonaba como siempre. Me asusté pues tras un esfuerzo descubrí mi voz que temblaba a ratos; no podía ser, yo estaba allí pero la voz claramente era la mía aunque distorsionada sin razón que me ayudara a entender el por qué.

Los fogonazos eran cada vez mayores, mi voz temblaba, tartamudeaba,  reñía consigo misma y los fogonazos crecían hasta parecer  fundirlo todo. Comenzaba a entender lo que  a veces gritaba, a veces murmuraba. Palabras y frases que tantas veces había pronunciado para mis adentros y me derrumbé sobre  ese suelo inexistente por el que caminaba. Estaba escuchando mis propios pensamientos,  mil argumentos sobre otras tantas  cosas por las que tomar  partido, decidir, actuar, percibía la propia presión y el  agotamiento  de aquellos cables que ahora podía entender desde fuera estando dentro. Siempre la máquina lista, siempre preparado para la siguiente eventualidad con el plan establecido, la eventualidad valorada; siempre no, los enormes fogonazos de luz como temporales de ánimo  lo demostraban.

No traté de hacer nada, no  podía hacer nada, tan solo torturarme  hasta que aquel sueño horrible desapareciera y apareciera descansando para siempre al fin en mi coche  sobre la tierra  verde a la que me lancé en lo alto del Puerto, supongo que en un fogonazo de aquellos…
    

lunes, 8 de agosto de 2011

No sabia que la primavera durara un segundo


Un segundo  en el que dar una bordada sin temor al golpe de  vela que lleve por el viento  de babor a estribor la botavara.  Un segundo en el que la estela se dibuja como el arco burbujeante por el que el sentido se torna  de sur a norte, de este a oeste, en silencio  sin demora, en ese segundo que es el tiempo infinito de la decisión clara, sencilla con la que puedes destruir lo que parecía tan firme. Como la estacha del velero firme al pantalán hasta que  la gaza de forma  simple en un segundo se libera de su cornamusa dando  el deseo  al barco por su propio ser sin filásticas, ni almas  firmes de cabos engañosos que  con un motivo por  hilo lo mantiene entre aguas  mansas.



Un segundo en el que  arranca tu alma  sobre montañas de aspecto recio pero ya de túneles horadadas por el mismo espíritu de superación que  hacen lo difícil ya sencillo. Pisar el acelerador o  dar el giro sobre sus propias ruedas, solo un segundo en el que las razones se agolpan en  cuadrillas en  delincuentes armados de filos cortantes dispuestos a matarse  por ganar su  reino en la mente de quien se  afana por saber lo que se ha de  hacer. Mafias en forma de argumentos crecidas por sentimientos, o por viejos recuerdos, quizá por  ambiciones desmedidas o por el deseo de recuperar lo que nunca se tuvo.  Todo en un segundo que se hace eterno cada vez que se plantee en el camino de la decisión  huir del mismo cruce o  cruzarse de nuevo por la misma  etapa que siempre rompe entre  desgarros da igual  los ojos  si las intenciones son las mismas.

Rebelión en ese segundo en el que victorioso acabas por fenecer para caer en el siguiente, en el que la luz de alguna estrella, sin tu saber a pesar de sentirlo, aliada con la cuadrilla de razones derrotada en el segundo anterior vuelve a resurgir atormentándote sin perdón ni piedad. Tratas de golpear tu cabeza, el  lugar donde habita el pensamiento que no se detiene porque tú no lo detienes. Deseas saberte cuerdo y por serlo te sientes mal, maldices lo que deseas por saber que el siguiente segundo será cuando tengas claro el error que ya vislumbras, dejando aún así que tu deseo te lleve a donde tus ojos  ya te avisan del  peligro; y el segundo sin fin te acaba por derrotar  mientras  tus neumáticos dan ese giro empujados por  los casi 200 caballos bramando en forma de V  alegres por tener a donde ir sin rival que  pueda enseñar su trasera mientras la estrella sobre su morro apunta firme hacia el sur.

Un segundo, un minuto, un año que  en su pasar convierte lo increíble en imaginable hasta llegar a ser real como explosión retardada de lo deseado o temido. Pero, qué puede uno hacer con lo que  seguramente nunca pudo haber pensado. Nada, simplemente capear o disfrutar de semejante temporal, resistir sus golpes duros, volar al máximo en las millas corridas  al grito de la satisfacción hasta    la siguiente ola que  en su ascenso frene  tus ánimos, para volverlos a dar velocidad  de nuevo como  el viejo vaivén de la relación entre quien se quiere  sin saber por qué ni cómo.

Un segundo y el cielo es el suelo, húmedo y verde si la lluvia de la felicidad pretende regarlo con su bendición, frío, duro y helado si  el desdén de la  tristeza impuesta hace que la melancolía se transforme directamente en bilis sobre la piel solitaria ávida por recuerdos o nuevas situaciones que nunca podrán regresar. Pero entonces, ¿cuál de los dos cielos durará más? ¿El cielo  que en el suelo es cielo o el cielo hecho infierno en el suelo? Nunca lo sabrás, parecerá que es el infierno  el que más dura, todos lo piensan, pero ese segundo de tiempo será siempre tuyo y su eternidad será mayor cuanto más cerca de tu cielo se encuentre pues nunca lo podrás olvidar.

El segundo que llegará tras el que ya pasó no se siquiera donde me encontrará, pero si hay algo meridianamente claro es que lo hará, llegará y solo deseo que me pille vivo, sobre la mar, en la carretera o con quien  lo quiera compartir sin más, sin estridencias, sin esperanzas, sin  elementos que lo desvirtúen convirtiendo en uno mas de un andamio  junto a otros hermanos como él del tiempo, hipotecados en  alguna locura sin futuro que  no es otra cosa que  buscar el fin sin disfrutar de los medios.


Por un segundo, toda una vida
por una vida, el pálpito de un segundo.



lunes, 1 de agosto de 2011

Tu piel imaginada





Tiemblan los  días que amanecen
cual lluvia indecisa sobre sedienta piel
 de un desierto que se crece  sobre la hiel
amarga del tiempo que sin llegar ya zarpa.

Acuden en bandadas las estrellas sin sus puntas
que dormidas desperezan los gastados sueños
en cada aleteo sin esfuerzo más apagadas
mientras el cazador acecha sereno bajo su luz.

Todo tiembla entre miedos por banderas
flameantes sin tiento por mil y un lamento
cuando silba el viento al llorar por su herida;
corte de la realidad tiznada de sangrante entrega
entre suspiros desbordados sobre la bahía
como delta de río en su caudal de Vida,
arrogante, sereno, resignado y al fin entregado.



Ciega está la noche de tus estrellas
pues la cobardía  ya se vistió de luna llena
falsa, traidora, clandestina ladrona de luz impropia
que otros le otorgaron sin reproche ni espera.

Dónde encontrar tu piel imaginada
sin forma, sin mas que la furia de tu calma
aferrada sobre la quilla de la nave desgobernada
al arbitrio de los caprichosos vientos de zozobra...

...que  es la Nada.