domingo, 10 de agosto de 2008

Oro en Cipango (24)

...Mantuvimos digna nuestra estampa al paso de la guardia del palacio del Shogun, caballeros éramos y eso pretendíamos seguir siendo. Nuestro capitán aguardaba impaciente en el ala de aquel palacio cedido por nuestro anfitrión. Llevábamos mas de seis horas de retraso. Con un gesto que reflejaba mezcla de asombro y preocupación nos recibió nuestro capitán

- ¿Dónde estábais? Juro por nuestra señora del Rosario que iba a mandar en busca de vuestras mercedes a un escuadrón de estos eternos guardianes de mi aburrida sombra, que siempre nos acompañan por la ciudad y a fe ciega que darían con ambos. Sentémonos ya y hablemos, que tenemos planes por avante.

De esta forma tan directa Don Sebastián nos puso al corriente de la autorización por parte del Shogun de barajar la costa hacia el norte, siempre con la intención oficial de cartografiarla, aunque nos le dispusiéramos otra encomienda mas que era ni mas ni menos que la secreta de encontrar las Islas Rica de Oro y Rica de Plata, nombres tatuados a fuego en nuestro imaginario desde que nos lo relató Don Sebastián a bordo de nuestro navío. En dos días debíamos de zarpar con la marea manteniendo rumbo norte. A bordo llevaríamos con nosotros a un delegado del Shogun llamado Sengoku Ashinkaga, hombre que era capaz de hablar español y nosotros de intentar con él el japonés.

Don Sebastián nos dijo que había una misión mas, que hasta no zarpar no podría revelarnos, confiando en nuestra humana lealtad y bíblica paciencia. Con aquellas breves instrucciones nos quiso despedir hasta la salida hacia Uraga el día siguiente. Mas yo tenía mi decisión clara como meridiano de Cartagena.

- Don Sebastián, hemos de hablarle de algo importante.
- ¿No puede esperar vuestra merced a que amanezca y eso, al parecer tan importante, me lo reveléis mientras nos dirigimos a nuestro barco?
- No, pues lo estimo como algo de lesa importancia. Algo de lo que me hago responsable al ciento, pero deseo este presente Don Miguel en mi confesión para corroborar todo lo que de mi boca escuchéis.
- Me asustáis mi buen Martín. No me digáis que otra fémina ha rondado esa vuestra puerta de extraña y fácil apertura por tal género humano.

Casi sonreí por aquel comentario, tan real y que tanto trajín, dejándome sin doblón al cinto, me acarreó hasta aquellas horas de mi existencia, pero conseguí mantener el rigor en el gesto, encaminando mi ánimo por derecho a relatarle la acción tal y como fue. Durante este, las caras de Don Sebastián pasaron del asombro a la carcajada, del enojo a la compresión y hasta el orgullo en algunos momentos.

- Os agradezco que hayáis tenido el detalle y la bravura de relatarme de primera mano tal asunto, pues que no os quepa duda que nuestro real contador, el pequeño Villarejo, no habríase demorado un tercio de minuto, en cuanto mis reales pisaran la cubierta del San Francisco, en relatarme vuestra, sin embargo, brava acción bien guisada y harto condimentada en pos de su beneficio. Veremos qué se le ocurre ahora, máxime cuando estáis vos por medio de tal danza y es conocido el aprecio que os depara.

Otra carcajada intercaló aquel discurso que, conforme avanzaba, a mis temores mundanos daba visos de victoria sobre la desdicha y el castigo.

- Decís que aquel bruto quedó enterrado y la mujer esta a bordo con los niños. Muy bien me parece esto, dentro del gran desastre que podría haber acontecido en medio de este Japón, mas propio de la España de la Reconquista, exhausto entre caballeros y señores feudales. Nada diremos, que mucha maldad hay entre tantos muros, así cualquiera podría haber matado a ese hombre. Vos, Don Martín os haréis cargo de la mujer y los dos niños; como tutor de ellos os nombro hasta pisar tierras del Rey. Pero os advierto, no quiero ningún roce carnal o tal, que así lo maldiga nuestra Santa Madre Iglesia. Os valoro y os necesito como soldado y marino, dejad la compasión y la sensiblería para otras latitudes y mejores situaciones. Si logramos arribar a Acapulco sanos y salvos vos recibiréis de mi orden la definitiva tutoría ante el virrey; mas en contraria ocasión, os juro que de caballero a chusma de galera pasaréis sin remisión. Ahora dejemos tales zarandajas y tomemos el resuello al lecho que nos dan en este palacio, del que ya hartos tengo mis sentidos, antes de que este maldito sol, que en esta tierra parece salir siempre antes, nos haga partir hacia Uraga.

Nos miramos Don Miguel y un servidos de vos con sentimiento de satisfacción, con el gesto liberador por la recuperación de gaznate ya dado por perdido. Sin saberlo, estaba seguro de la clase de nuestro capitán, sabía serlo. Nos acostamos con la dicha del nuevo día y la nueva jornada a bordo ya de nuestra nave.

Cabalgamos Don Sebastián, Don Miguel, nuestro Padre Ruiz y yo mismo en mudo silencio y al trote; en la jornada siguiente el delegado del Shogun, Ashinkaga, se presentaría a bordo, con lo que pudimos hacer el regreso con el gusto de poder conversar sin extraños, nos costó, pero al final la conversación brotó de nuestras lenguas. Informamos al Padre del lance y sus consecuencias, no dándole este gran importancia. La verdad es que no valoraba en demasía sus almas y por ende sus cuerpos; prometió guardar el secreto. Parecían importarle más las viandas no degustadas, pues se le veía apenado de abandonar aquellas tierras paganas con pocos cristianos que le escucharan en sermón dominical. Y es que vida como aquella no la debió conocer el padre Ruiz, fraile, que si no lo conociera a esta alturas de la expedición, juraría que iba a ser él el que se convirtiese a aquellas religiones paganas si le prometieran semejantes dispendios gastronómicos.





Arribamos sin pena pero con la gloria de sabernos pronto y prestos a partir engolfándonos en mar abierto. Tiempo había pasado y no recordaba aquella visión tan hermosa que era aquel embarcadero donde orgulloso se mecía nuestro navío. El gallardete de nuestro comandante bailaba al son del viento de poniente, como queriendo rendir saludo a su dueño en tierra y dios en la mar. Desde la plancha del barco nos esperaba el contador, ansioso y aparentemente deseoso de hablar con nuestro comandante que, al hilo de todo, nos dedicó un gesto de cómplice que casi desbarata todo el pequeño telón que manteníamos corrido desde nuestra confesión.

- ¡Buen día tenga vuecencia, Señor Capitán! Sea bienvenido a bordo donde le esperábamos todos los hombres como verdadera promisión. Loado sea el Hacedor que nos mantuvo firmes y presentes para presentar a vos su navío presto para bregar mares y barajar costas paganas para nuestro Rey Don Felipe...
- Muy bien, Contador. Ahora dejadnos que quiero ver al nostromo para recibir novedades. A la media lo quiero ver a vos en mi cámara con el estado del San Francisco, vituallas, cordajes, velamen, y dotación. Espero que llevemos aguada para dos meses y provisión para tres como os mandé por Don Miguel.
- A la media allí estaré mi Capitán.

Con una mirada entrecruzada hacia Don Miguel y hacia mí se fue alejando hasta el alcázar de proa, donde dio aviso al nostromo.

Mientras Don Sebastián departía con novedades y daba nuevas órdenes, Don Miguel y yo nos acercamos hasta el sollado donde se encontraba el salazón y nuestros inconfesables invitados...

viernes, 8 de agosto de 2008

Fondeo del Alma


Loco es este pensamiento que inunda vidas ajenas,
loco es este sufrimiento que provoca letras eternas.
Cerrazón del alma a inciertas venturas venideras
por el golpe brusco de las alas contra el viento real.

Calma profunda, escotas al mar,
no hay vela que impulse mi andar
mis pasos deambulan queriendo atracar
en brazos inertes de invisible lugar.

Pájaro en llamas que reanuda su vuelo
alumbrando viejas tierras de gris recuerdo,
dibujando sombras crecientes sin cejar el miedo,
desperezando las alas durmientes de un tiempo olvidado.


¡Lanchón al agua, trincad la maroma al bauprés!
Remeros bogando sin descanso a mover

este alma enfachada por un viento a faltar,
aire que decida lo que es de humano alcanzar.


Nave o alma, costilla o cuaderna que lenta traspasa
el tunel del tiempo pasado sin fecha a la espalda
pues nada supones cuando todo se sabe.
Cuando el alma decide su viento y su nave.

jueves, 7 de agosto de 2008

Oro en Cipango (23)

...Comprobamos que nadie mas había en nuestro derredor, tan solo aquella mujer mas blanca en su tez que todas la japonesas vistas hasta entonces. Sin miramientos por el cadáver nos apuramos, entre culata de arcabuz y filo de katana, para hacerle un hueco en esa tierra tan silenciosa y extraña que añorábamos a fe ciega poner leguas de mar por medio. Sin bendición cristiana o pagana que conociéramos, sin nada mas que el pequeño detalle de poner su arma sobre su cuerpo a modo de salvaguarda y honor, echamos la tierra encima cubriendo ésta con el ramaje suelto que por allí encontramos. La mujer continuaba allí, sus hijos, que así parecían, aferrábanse cada uno a una de sus piernas. Era una imagen propia de Coloso de Rodas oriental, aunque este no tenía visos de imponer como debió hacerlo aquella maravilla antigua de nuestro mar latino.




Nos miramos, el bloqueo comenzaba a empapar nuestros ánimos.

- Miguel, por los truenos de perra borrasca traidora, no podemos dejar a esa mujer aquí. Nos denunciará o acabará por confesar bajo tortura, que bien se da en este lugar. Hemos que llevarlos a bordo del San Francisco.
- Pero, Don Martín. Nuestro capitán...
- Por eso, por Don Sebastián, no podemos hundirle su dura labor de brega diplomática entre tanto rasgado desconfiado que nos toca cruzar desde nuestra arribada. Saquemos a esos infelices de aquí, démosles vida nueva, démonos una oportunidad para no hundir esta misión.

Las cabezas bullían, pura efervescencia propia de una tensión rayana con el miedo a muerte por castigo Real. Sin más, nos abalanzamos sobre ellos como puros corsarios en tierra de moros o moros en tierra de cristianos, que por ambos lares de tal guisa se acometía, y secuestramos aquellas tres vidas bajo nuestras capas y sobre las grupas de nuestros corceles, en esta ocasión no era la intención cobrar rescate sino la rescatar nuestras vidas en franco abatimiento. Como diablos sobre ascuas del cielo cabalgamos de retorno a Uraga.
- Embarcarlos será imposible ahora con la guardia y la marinería aparejando el velamen. Rápido, llevémosles a la posada, tiene un pequeño cobertizo en la parte trasera que nos dejaron para guardar efectos nuestros durante la reparación que ahora esta sin uso.

Gracias a Don Martín salvamos el primer escollo de aquella jornada de apuros, otra de tantas aunque mis huesos ya estaban cansos de tales apretones sin salida respetable. Mientras Don Miguel se dirigía a bordo de nuestra nave, con el mayor esmero y cuidado intenté hacer ver que éramos hombres de bien, que nuestras intenciones no eran aviesas. En uno de los sacos que aún quedaban en aquel maloliente cobertizo quedaba la galleta que tantas vidas salvó a bordo. Biscote malo, rancio y sin sabor que ofrecí a las dos criaturas y después a su madre a la que por fin pude contemplar rostro. Debían pasar hambre en vida, pues devoraron aquel indefinible alimento como verdaderos náufragos recién embarcados. Fue un golpe de suerte, pues mi tono de voz amable y cálido, o eso parecíame a mi y el continuo aporte de comida logré que trabáramos cierta confianza mutua, para mi ellos no me descubrirían, ni yo les parecía a ellos candidato a dañarlos.

Una hora después, en la que ya alcancé hasta entrener con pequeños juegos malabami vizcaína a los niños, regados estos momentos por sus sonrisas, apareció Don Miguel.

- ¡Ya está organizado! Me ha costado cien escudos y la promesa de otros cien a la llegada a Nueva España, pero tenemos donde esconderlos hasta zarpar y alejarnos millas avante de aquí.
- ¿A quien vais a pagar semejante fortuna, por San Telmo?
- A nuestro contador, Villarejo. No habéis de preocuparos mas de lo que ya estáis, a ese ganforro lo conozco de miles de leguas marinadas a bordo de este navío y de algún otro. Vendería a su madre por la mitad de esa cantidad...
- Y pagaría el doble de esa cantidad por salvar su pellejo, cosa que hará ese malnacido, aquí, en la mar o en la misma corte de nuestro Rey Don Felipe III. ¡Maldito perro ese Villarejo! Ese dinero es vuestra fortuna, mi piloto.
- Mi fortuna es la vida, y el triunfo de la empresa de nuestro Capitán.

No tuve respuesta, su mirada y razones bastaban. Como me fue contando, el contador organizó el pañol de vituallas en salazón de forma que cupiera un estrecho lugar donde pudieran sobrevivir aquellas tres infelices almas. Envió al 1º cocinero de equipaje a por mas salazón a tierra. Con unos ropajes que ocultaban la feminidad de aquella madre, disfrazamos a esta como porteador y a sus dos hijos como salazones en dos fardos sobre varios mas que formaban el porte. Nosotros subimos a bordo mientras veíamos como poleas, pastecas y polipastos elevaban aquella carga humana a cubierta. Que con presteza y aprovechando las maniobras certeras de un prestidigitador del camelo como era Villarejo, nuestro contador, quedó desierta la cubierta del combés.

Llevamos a aquella familia al lugar preparado intentado explicarles que pronto saldríamos de allí y nada habrían de temer bajo nuestra custodia, reto difícil que de seguro no comprendieron. Salíamos Don Miguel y yo hacia cubierta, pero algo me detuvo

- Esperad, vuelvo enseguida.

Me acerqué a ella con el mayor tacto, utilizando el lenguaje de los gestos y las miradas le entregue mi vizcaína con cuidado de que no lo viera Don Miguel. Ella la cogió escondiéndola entre aquellos ropajes de porteador; creo que me sonrió o eso es lo que deseo recordar en estos momentos, en que cualquier brillo nacarado de boca femenina me transporta a paraísos y vergeles que, que me perdone la Santa Madre Iglesia por esto que voy a dejar escrito, dudo que entre tanto hábito, santo, fiscal y hoguera encuentre en nuestro católico cielo prometido.
Como así les escribo, recibí respuesta creo que prometedora y me esfumé raudo pues nos quedaban varias leguas hasta alcanzar nuestro inicial destino que era la hermosa y enorme ciudad de Edu.

No hubo tiempo de charlas, habíamos cruzado nuestro Rubicón particular con la ayuda de un buitre carroñero como testigo. Llegaríamos tarde a Palacio, teníamos que decirlo a nuestro capitán y tenía clara la decisión de hacerlo antes de que rayara el nuevo día con pecho sin coraza y espada envainada...

miércoles, 6 de agosto de 2008

Palabras manoseadas, Palabras recuperadas

Una buena amiga me ha enviado este video de Randy Pausch. He de decir que me ha tocado en mis fibras mas sensibles desde principio a fin. Su sereno discurso sobre lo que significa saber ya con fecha casi fija lo que es cierto desde que uno nace . El saber que las cartas están marcadas y la Muerte tiene tu partida ganada; el saber que solo te queda la opción a jugarlas como forma de espera, la forma en la que describe como hacer ese juego, me parece que por muy manoseadas que estén las palabras honestidad, verdad, perdón, enmienda, tesón, esfuerzo, nunca está de más su reflexión y su reivindicación.

Escucharlo para mi es como mirar a la lumbre en un salon de una pequeña cabaña rodeado por nieves que desean ser perpetuas o al mar sobre el candelero de tu nave mientras no hallas tierra alrededor. Acciones todas, que no cansan a tu mirara y te permiten pensar y vagar por los espacios virtuales de tu conciencia.

Creo que Randy Pausch es algo así como una pequeña hoguera que conviene escuchar y dar al icono de “play” en el you tube para recibir su argumentos, su forma de decirlos y su serena consciencia de la realidad verdadera, algo que a mi parecer no es otra que la relación de nuestro intelecto con los de nuestros semejantes. La comprensión de nuestros “malos humores” para poder respetar los del otro.

No se, creo que basta con escuchar y leer lo que dice en esos diez cortos minutos para saberse capaz de lograr lo que tantas veces se nos pone como meta inalcanzable. Mirar desde fuera nuestro tesoro interior, todos lo tenemos, aunque no de muchas veces terror mostrarlo a quienes nos rodean.



Espero que os “toque” como me lo ha hecho a mi.
http://www.youtube.com/v/hKRgLvmamUY&hl=en&fs=1">

martes, 5 de agosto de 2008

Oro en Cipango (22)

...pasaron meses desde aquel primer encuentro regio, a partir del cual, la vida se convirtió en un regalo permanente. Entre tanto nuestros maestros de a bordo, calafates, cordeleros, el rey de todos ellos, nuestro maestre carpintero, podría decir sin lugar a yerro, que construyeron un navío nuevo. El león rampante bajo el bauprés parecía volver a rugir con aquel baño dorado que lo alumbraba como bravo mascaron, la balconada del comandante era digna de su excelencia el virrey, daba gusto bajar a la cubierta de los cañones de 24 libras y poder sentir aquel perfume a brea, disfrutar en la mirada con el brillo de las cureñas sujetas por los cabos engrasados a cada porta de su correspondiente amura. En aquellas visitas, junto con Don Miguel me sentía como si me encontrase en uno de los apostaderos de nuestra armada a lo largo de los océanos, comporbando la entrega de un hermoso navío que nunca mandaré, aunque a esas alturas de mi vida, seguro estaba de poder gobernar .

Don Miguel, en cuanto comprobó por su mano que las reparaciones navegaban como bergantín con el viento “a un largo”, se unió a nosotros en palacio. Buenas fiestas nos corrimos, fiestas en la que tan solo aportábamos algo de lo que poseíamos en exceso, risas, bailes y un gaznate de amplio paso para beber y comer todo lo que delante se nos presentaba. Hubo un momento en el que hasta nuestro padre Ruiz tuvo un inicio de remordimiento por sentirse presa de la mortal gula; momento al que prestos acudimos como turbonada de poniente para enmendar tal debilidad humana, logramos convencerlo sin mucho esfuerzo con aquella sentencia tan real en todos los tiempos, de que Nuestro Señor es sabio y ya sabrá él cuando cobrarse la deuda contraída, tendremos leguas al este para pagar por ello.

Asó como les escribo, pasaron meses como minutos de gloria en esta holganza y bien estar, entre mujeres, con la venia de nuestro padre, que nos convertían la vida en puro vergel propio de paraísos bíblicos que tomé interés en leer desde aquel momento. Tan solo nuestro comandante departía casi a diario reuniones con el Shogun, ambos intercambiándose a cuentagotas, como bien sabían, información, cartografía, rutas y técnicas novedosas en ambas direcciones.

Fue durante uno de los días en los que Don Miguel y yo regresábamos satisfechos de los progresos en el San Francisco, cuando con la razón de nuestro lado aunque el entendimiento algo trastocado, nos metimos en un lodazal. Perdón, realmente fue mi impulsiva y algo imbuida de relatos hermosos, pero poco versados en la realidad, como el del gran Amadis de Gaula, lo que me llevó a arrastrar conmigo al bueno de Don Miguel

- Don Miguel, tenemos el buque listo para partir el océano en dos sin temor a ola que gallarda arrumbe a proa con aviesas intenciones. Una buena presa de los holandeses apetece cazar con semejante corcel de los mares.
- Tranquilizaos, Don Martín. Nuestro capitán esta al corriente de los avances de las reparaciones y zarparemos en breve hacia el norte.
- ¿Hacia el norte decís? Eso significa la Islas Rica de Oro y Rica de Plata que nos comentó justo antes de avistar esta tierra.
- Así es, aunque deberían estar al sur y no al norte. Parece ser que el shogun nos permite cobrar mas grados de latitud norte con la condición de embarcar sus tropas y acabar de dominar zonas aun rebeldes desde la ultima guerra civil. Me he dado cuenta que aquí lo de pacificar es bastante estricto en el verbo. No dejan piedra sobre piedra, ni hueso sobre piel de los que fueron enemigos. ¿Os habéis percatado de que tan lustroso que todo se aprecia y ve y sin embargo no despierta nada alegría sin ese alcohol rancio con el que nos empapan entre pecho y espalda?. Vos mismo podéis apreciar que no hay rapaza que sonría por estímulo propio o con maravedí enfrente, ni por trato sereno y amable, sino que parece que hácenlo por orden de algún extraño poder.
- Lleváis razón en todo eso, mi piloto. Hay ocasiones en las que la actitud de algunos hombres significarían duelo a muerte en nuestra lejana Europa. Son oscos y en exceso monosílabos.

En esas nos manteníamos, conversando al trote en dirección a palacio cuando vimos a un hombre a caballo blandiendo su katana, mientras una mujer arrodillada intentaba proteger a sus dos pequeños de aquel iracundo personaje. Gritos humanos a los que sin comprender la lengua en que se pronunciaban, entendíanse como claras y angustiosas demandas de clemencia. A estas alturas de la historia en los que mis pacientes lectores de tanta paciencia dispongan y continúen leyendo este relato, ya sabrán la reacción mecánica que tomaron mis adentros y dónde se clavaron mis espuelas. Don Miguel tan solo pudo seguirme

- !Deténgase ahora mismo, por su vida! !Alto en nombre de Dios!

Aquel hombre no esperaba tal arranque de furia de nadie. Estaba claro que se sentía y era dominador de aquellas tierras y las almas que en ella habitaban. Directamente enfiló su arma y su furia ciega de soberbia hacia mi, que decidido ya cargaba contra él al ver su reacción.

- !Dejadme con él, Don Miguel ¡Esta claro que este chino no se aviene a razones!

Mi paciente piloto, me siguió con su espada desenvainada y presto su pistolete a dar un tiro de salvación en caso de peligro mortal, hasta detenerse a menos de diez pies de Burgos del combate. Su katana era sólida y de filo doble, mi espada no era la Tizona, pero un buen acero toledano de abordaje, que no temblaba ante nada tras mi brazo.
Hasta aquella ocasión, había luchado por unos naipes marcados, contra ladrones y bribones de taberna, contra recios indígenas del México de la Nueva España, había abordado navío por la gloria del Rey, pero nunca había combatido por alguien mas débil que nos. En aquel momento sentía profundamente esa fuerza interior que da la razón a la fuerza, cuando la fuerza tiene la razón de los débiles y la justicia. La ceguera de la soberbia prendida de superioridad de aquella especie de señor de las bestias hizo que mi brazo, en aquél momento de justicia, no tuviese el menor titubeo en atravesar mi acero en su corazón.


Su mirada de asombro es algo que no podré olvidar, aquel eterno segundo en el que la vida se esfuma mientras aún eres consciente de ello, debe de ser esclarecedor de la banalidad de tantas sinrazones vividas. El ruido que hizo al golpear como saco de tierra sobre el suelo me sacó de aquella isla temporal. Quise acercarme a la mujer y los niños y lo que encontré fue a tres cuerpos inmóviles por el terror que sabían les caería en ciernes. Habríamos de tomar una decisión con respecto a ellos y con respecto a aquel energúmeno de ojos rasgados...

viernes, 1 de agosto de 2008

Oro en Cipango (21)

…perdón os pido a vos, mis lectores empedernidos, sufridores de los rigores de la espera. Es mi debilidad sincera, la razón verdadera de tanta demora. Y es que tantos años sobre esta vida no traen sino brasa donde antaño fuera hoguera que furibunda al crepitar devoraba papel y tinta. Mas no os entretengo mas con mis lamentos de anciano y prosigo en mi relato si mis ánimos permiten.

Como les relaté, arribamos a Edu, enorme ciudad de este Oriente desconocido, mi capitán, Don Sebastián, el padre Ruiz y yo mismo escoltados por el lugarteniente del Shogun en aquella región. Costónos bastante rodear la impresionante rada en la que descansaba aquella ciudad de enormes proporciones. Mi mayor deslumbramiento hasta aquella fecha había sido la enorme ciudad de Sevilla, centro y nudo mundial del comercio mundial y la vida terrenal. Esta otra ciudad japonesa doblaba con creces su tamaño, edificios magníficos, cubiertos de oro en esas extrañas formas cuadradas cubiertas de tejados en curva, extrañas para un cristiano viejo como yo. Incluso edificios rectangulares altos con varios tejados unos superpuestos entre otros. Limpieza y orden encontréme en las calles de manera terriblemente absoluta; aquello fue algo que me despertó la prevención ante tal falta de humana suciedad, propia de ciudades, villas y villorrios en cualquier lugar que humano se preciara vivir, al menos en el vasto mundo recorrido por mi humilde persona.

La observancia con un tino más exhaustivo me percató de los rostros casi imposibles de distinguir de los habitantes de la ciudad. Todo el mundo mantenía su mirada hacia el suelo ante nuestro paso, el silencio y orden que percibí en una primera impresión, tornóse en vació y temor por parte de aquellas gentes. Esa sensación tan poco agradable me encogió el alma entre los bastimentos de mis costillares. Siempre temí a los corchetes del Santo Oficio, a la dureza de la justicia Real, pero siempre percibí que ante una jarra de vino y unos amigos las risas brotaban en mi cristiana España. Al fin había encontrado algo que me reconciliaba algo con la dureza de mi país, pues este aparentaba ser por demasía de crueldad extremo.

Avanzábamos por una de las enormes avenidas que, en lenta pero constante pendiente ascendía hacia un enorme edificio a modo de castillo con esas extrañas formas curvas propias de este oriente majestuoso. A medida que la cercanía de sus puertas era mas patente, la concentración de soldados flanqueando nuestro paso se hacia mayor. Al fin alcanzamos la puerta de mas de 20 yardas de altura en dos hojas con colores rojos atravesados de vetas doradas. Con un ruido metálico que retumbó en mis oídos comenzaron lentamente a abrirse éstas, para darnos paso al patio sobre el que presidía un enorme edificio que era la residencia fortificada del Shogun. La guardia humada militar dió paso a un conjunto de 10 estatuas, cinco a cada lado del camino que partía aquel patio en dos también enormes mitades. Diez leones de aspecto furioso bañados en oro que me produjeron mas miedo, que todo el armamento de un tercio viejo español a punto y en prevención de combate frente a mi.


Con un golpe metálico, que ahora puede distinguir proveniente de un enorme disco de metal, nos detuvimos descabalgando tras el lugarteniente que reclamó la presencia a su lado de nuestro Capitán. El Padre Ruiz y yo, como pareja de circunstancias, los seguíamos algo atribulados con los soldados tras de nosostros. Atravesamos varias estancias en las que la altura de sus labrados techos, dibujados de dragones, labrados de escenas de combates a espadas de aquellas tan diferentes a las nuestras, alumbrados de soles nacientes entre vergeles, inundados de mares calmos, continuamos nuestro paso hasta que nos detuvimos frente a la puerta de la que parecía ser la estancia del Shogun. Allí nos pidió el lugarteniente que nos desarmáramos, cosa que hicimos con algo de congoja por dejar lo poco que nos mantenía algo aferrados a esta vida, a veces tan ingrata, pero que no queremos perder ni con aceite hirviendo sobre nuestras cabezas.

Entramos a una enorme estancia, tal que una pequeña villa sobre la que deambulaban multitudes de gentes, hombres y mujeres aparentemente ociosos; esta imagen ya era más familiar, me recordaba a otros lugares, en otras cortes que sin ver conozco. Lugares donde, los bien definidos cortesanos se zafan de los esfuerzos propios de la maldición bíblica, con la humillante actitud de servil postración ante los deseos del poderoso. Fue vernos acceder y paralizarse todo este mundo, abriendo el paso entre nos y el Shogun que nos esperaba sobre aquel trono sin tal mueble, pues estaba sentado sobre cojines de fino terciopelo azul en algo parecido a un altillo sobre el que dominaba la visión de todo. Nos detuvimos a una distancia en la que podíamos verle a él y él a nos. Su lugarteniente hizo las labores de traductor entre nuestro capitán y el Shogun.

- Sed bienvenidos a este nuestro país, donde el sol nace siempre primero por ser designio divino nuestra elección como pueblo elegido.
- Gracias os damos en nombre de nuestro Rey Don Felipe III, dueño de medio mundo y deseoso de afianzar la amistad, ya demostrada por vuestra grandeza hacia nuestro Gobernador de Filipinas Don Rodrigo de Valero en sus vicisitudes durante el tornaviaje a Nueva España. Por ello y con nuestros deseos reiterados de amistad entre coronas, mi rey me encarga os haga entrega de esta carta y este pequeño obsequio que desea nuestra majestad Católica le agrade.



Don Sebastián, con un gesto, hizo acercarse a un soldado que trasladaba un fardo de cuero que le había entregado nuestro capitán para su transporte. De este equipaje extrajo un precioso reloj que el Virrey le había hecho entrega en México. Era precioso, causando expectación en todos los presentes, sobre todo al observar aquellos engranajes de fina factura y su mecánico movimiento.

- Deseamos sea de su agrado este humilde reloj producto de los ingenios y avances, que nuestra sociedad al otro lado del mundo desarrolla y que deseamos compartir con vos, majestad.
- Os agradezco tal presente y os ruego que permanezcáis en mi corte el tiempo necesario hasta la reparación de vuestro navío que me informan de su grave estado para la navegación. Por ello, mi lugarteniente os enseñará vuestros lugares de descanso. Mientras aquí os encontréis, consideraos como hijos del Shogun y por ende con sus mismas prebendas. Ahora me retiro a mi cámara en la que deseo veros a vos, Don Sebastián, al rayar el mediodía para discutir los temas que nos preocupan a ambos tal y como vuestro rey me cuenta en su carta.

Así fue nuestra llegada a aquel majestuoso lugar casi de leyenda para mi. El Padre Ruiz, menos gruñón al percibir próximos los olores de grata pitanza, y yo seguimos a nuestro ahora convertido en chambelán a nuestros aposentos. Mientras, en Uraga, el San Francisco ya estaba varado para su calafateado y reparación de los bajos, con nuestros hombres alojados cerca de él, que al fin y al cabo era nuestro pasaporte de retorno a casa, preciosa palabra, que para mi ya significaba Nueva España.




No sabíamos el tiempo que nos depararía aquella aventura, pero a fe cierta que habríamos de vivirla intensamente, con holandeses o sin ellos…

jueves, 31 de julio de 2008

Oro en Cipango (20)

....una traidora encalmada torno a nuestro navío y a nuestras almas en condenados a ver cercana la meta, para perecer ante ella. Las bombas picaban denodadamente sin ya ser capaces a expulsar tanta agua embarcada. El San Francisco parecía rendirse, ni una brizna de aire, ni una caricia al agua que demostrara avance.

- ¡Don Miguel, arríen el serení y el lanchón y que nuestros hombres remolquen como si fuéramos la ballena mas grande del mundo! ¡No perdamos más tiempo!¡ la vida se nos va entre las vias de agua!




Así fue como logramos, con aquellas últimas fuerzas sacadas de la propia desesperación, arribar a una playa que resultó ser la antesala de la villa japonesa de Uraga. Dios nuestro Señor nos premió con un fondo arenoso, que ayudó a varar con suavidad como bebe sobre cuna real a nuestro sufrido navío. Con premura fuimos trasladando el material pesado a la playa, estableciendo nuestro campamento con la bandera de nuestra España coronando en lo alto de este y en el palo mayor de nuestro navío, para así anunciar nuestro origen a quien por allí se acercara. Establecimos las guardias y desembarcamos los cañones de seis libras de los alcázares para ser capaces de repeler con dignidad un inesperado ataque. Mientras, Don Miguel Rocha con varios marineros reforzaron el navío para no perderlo en un mal golpe de mar, que la mar castiga a quien de ella no se previene.

Don Sebastián, una vez establecido aquel campamento como verdadera cabeza de puente nos llamó a la tienda montada en el centro de este.

- Caballeros, arribamos con la venia de Nuestro Señor. Debemos situarnos en tierra como sea, para alcanzar Kyoto que según don Rodrigo es la capital de este Reino y donde seremos de seguro bien recibidos. Por eso establezco que una vez repuestas las fuerzas por todos estableceremos dos grupos, uno, el mas numeroso, quedará aquí con Sebastián nuestro alférez y Don Miguel para la defensa y cuidado del navío. Con veinte hombres vos, Don Martín, y yo partiremos hacia el interior hasta encontrar poblado en el que den noticia de nuestra arribada y nos den razones de camino hacía la capital.

En eso estábamos cuando una voz de alarma nos sobresaltó.

- ¡Alarma!¡Soldados a caballo desde el interior de la playa!
- ¡Todo el mundo a sus puestos! ¡Mosquetes y cañones en posición de fuego a mi voz!

Don Sebastián, hom,bre decidido en los momentos reales de necesidad, me cogió del brazo y nos encaminamos hacia ellos con un mosquete como mástil con trapo blanco a modo de bandera de parlamento. Antes de encaminarnos hacía aquel grupo de hombres con extraños uniformes, mi capitán cogió un pequeño cofre. Tras nuestro, cien bocas de fuego apuntaban sobre quien parecía una patrulla avisada por algún vigía o lugareño que nos avistó, cosa bastante fácil con la paramenta que seguía a nuestros magullados cuerpos. Como de un sólo grupo se tratase, la patrulla de unos diez hombres, con aquellas bellas armaduras a las que tanto me aficioné después y de la disfruto mi visión aquí en mi hogar postrer de San Diego, se detuvo a veinte yardas de nosotros dos, que lo mismo hicimos. Un sol nos recalentaba las sienes ya de por si hirvientes. Mi capitán abrió lentamente aquel pequeño cofre del que extrajo un pergamino con caracteres orientales y una pequeña medalla de puro oro con símbolos paganos.

El lugarteniente al mando del destacamento descabalgó lentamente sin dejar de mirarnos. Al paso, con la mano derecha firme en aquello que luego supe llamar katana, se aproximó hasta quedar su rostro a menos de un pie del de mi capitán. Era algo mas bajo que Don Sebastián, aunque no creo que eso fuera obstáculo para entablar un duro combate sin definido vencedor. Las miradas de ambos se perdían en las de su oponente como queriéndo conocer el grado de bravura y decisión que residía en su contrario. No entendía a qué esperaba mi capitán. Segundos después con lentitud exasperante Don Sebastián le acercó aquella medalla rectangular a la vista del lugarteniente. No creo en milagros, pero hubiera jurado ante el tormento del Santo Oficio que aquél lo fue. En cuanto distinguió el medallón, sus ojos se agrandaron y como una ballesta de carruaje de forma mecánica se arrodilló ante mi capitán. Mi mano se relajó dejando correr la sangre entre mis dedos, hasta entonces aprisionando la cazoleta de mi espada.

Con un gesto de mi capitán aquel hombre se levanto y con otro las bocas de fuego de los nuestros apuntaron al suelo. En pocos minutos como buenos hispanos, dueños de medio mundo, nos pusimos a compartirlo y nada mejor que un buen café de puchero como inicio. Mientras en esa confraternización danzábamos, el lugarteniente mandó al galope a la mitad de sus hombres hacía la ciudad de Ugara. Las cosas parecían empezar a funcionar.

- Don Sebastián, ¿qué era ese medallón?
- Martín, este medallón me lo entregó el Virrey. Se lo había dado el shogun a Rodrigo de Valero como salvoconducto para cruzar las tierras de Japón en cualquier ocasión que lo necesitara. Esta ha sido una de ellas.
- Gracias al cielo y a Don Rodrigo. Creo que las cosas no pintaban bien.
- Así es, pero no se debe desenvainar acero hasta el último rezo.

Pocas horas después, una comitiva, esta vez de mas realengo en apariencia, apareció desde el norte de la playa. Uno de ellos hablaba nuestra lengua con lo que los gestos y las buenas intenciones en el entendimiento quedaron superadas. Aquel hombre de nombre Yoshimune Lenobu era el general de aquella región y lugarteniente de Tokugawa Leyasu, Shogun del Imperio del Japón.


- Sean bienvenidos a nuestro país, nobles españoles. Mis hombres estan valorando la situación de hermoso navío y en pocos días podrán sacarlo de este lugar para llevarlo a nuestro puerto de Ugara donde repararlo. Si tiene la amabilidad de acompañarnos vos, Don Sebastián, y quienes vos consideréis, tenemos cabalgaduras para vos y vuestros caballeros.

Así fue como Don Sebastián, nuestro renqueante padre Ruiz y yo mismo, tuvimos el privilegio de ser los primeros de aquella expedición en ver aquella ciudad llamada Edu[1]. Villa de enormes y maravillosos edificios que ninguno esperaba encontrar allende poniente de nuestra cristiana civilización. Nuestros hombres quedarían durante las reparaciones en Ugara.

Me van a perdonar, mis pacientes lectores que me detenga en estas líneas, pero mis huesos no perdonan y amenazan con quebrar si no toman descanso. Con la venia de nuestro Señor les prometo acabar de contarles nuestros avatares en este oriente tan olvidado antes de agotar los escasos días en que percibo el arribo a la meta de mi muerte...

[1] Actual Tokyo

martes, 29 de julio de 2008

Oro en Cipango (19)

...Dos meses y medio han pasado ya desde aquella despedida del Mª Victoria, de la compañía de sus prisioneros liberados, Doña Mercedes, su padre y Don Guzmán, aquel hombre que cambió un bergantín y unas duras jornadas en el sollado como reo, por un robusto navío de roble holandés una vez se expropiaran las vituallas, cañones y objetos valiosos, que de seguro pasarían a propiedad de la Corona. En aquella larga travesía atravesamos turbonadas de agua, viento y sal como dura prueba para hombres a los que nada nos quedaba mas que la Divina Providencia y las espaldas de cada uno apoyadas entre sí para sacar avante nuestra nave, que era sacar adelante nuestra propia vida. La situación del San Francisco no era muy buena, embarcábamos cada día mas agua entre las rendijas cada vez mayores en las juntas dañadas por la broma, ese molusco maldito para la madera de nuestro buques. Desde el domingo pasado se habían establecido turnos en la bomba de achique para mantener los niveles en valores seguros para la flotación. Don Sebastián y todos los que marinábamos el navío solo manteníamos la vista en el horizonte rayando el este y los oídos en los partes que el maestre carpintero nos recitaba en cada cambio de guardia sobre el nivel de agua embarcada.

Aquel día ya terminaba, nos disponíamos a dar cuenta de las últimas provisiones con cierto sabor terrenal, aunque desde hacía muchas singladuras en salazón. Pronto habríamos de reducir aquél régimen alimenticio a la maldita galleta que todo navío de su real majestad portaba en sus más inverosímiles pañoles. Digo maldita, pero de divina existencia, pues gracias a semejante duro biscote, gran parte de él con mas de un año a bordo, nos salvó a nos y a tantos marinos de morir de hambre en las grandes encalmadas que nuestro Eolo tenía a bien plantar alrededor de nuestras amuras.

En aquella ocasión, de forma inusual, tan solo nos reunimos alrededor de aquella mesa mi Sebastián, Don Miguel Rocha, Don Sebastián y yo. Mucho me extrañó la ausencia del padre Ruiz que no se perdía ninguna ceremonia en la que sediese oportunidad a ingerir alimento.

- ¿Y nuestro guía espiritual? No podemos empezar sin él.
- Hoy a nuestro Padre Ruiz le he mandado a rezar con la marinería, que falta les hace un poco de caridad cristiana

La forma de decirlo y de mirar no era la propia de otras veces, con lo que me dije que era mejor quedar a la espera “en facha” y ver acontecimientos.

- Don Miguel, ¿cómo tenemos la sentina?
- Picando la bomba de achique sin tregua, de momento sacamos más de lo que embarcamos, pero no durará mucho este cantar. Necesitamos arribar a un apostadero que nos permita reparar la nave o no se logrará la empresa.
- Tenéis razón. Creo que si se mantienen estos húmedos vientos del sur, con ayuda de Dios, arribaremos antes de que las cosas empeoren. Este mediodía calculé la altura al sol y mantenemos una posición bastante aproximada a Monte Rey, que es la guía indicada por los anteriores capitanes que esta ruta ya hicieron, mas desde aquella turbonada de casi seis días que nos obligó a correr el temporal, no tengo una referencia correcta de nuestra longitud. Ese maldito temporal nos corrió tan al oeste como sus malas entrañas le dio a entender. A estas alturas deberíamos ver ya las costas del Japón.

- Recemos para toparnos con ese Japón al que tanto interés tiene nuestro Rey que arribemos con fortuna.
- No lo dudéis, Don Miguel, pues no sólo misión nuestra es mantener y fortalecer nuestras relaciones diplomáticas como pretende nuestra Corona, sino la de establecer lugares donde poder hacer escala nuestras naos desde las Filipinas y mejorar nuestro comercio. Eso con la venia del emperador de aquellas tierras.
- ¿Y si no nos la dispensa?

Don Sebastián se aproximó a un pequeño arcón empotrado en la amura de babor, con parsimonia esperó al clic metálico propio de cerradura bien engrasada para extraer unos documentos que fue hojeando hasta detenerse en unos párrafos concretos

- Si no la dispensa, nuestra misión será convencerle, darle aviso y recomendanción de que es mejor que lo haga. Si me permitís continuar, además de todo esto como verdadera excusa de peso que es nuestro viaje para cumplir con mi labores diplomáticas ante el shogun en aras a conseguir licencia de comercio y apostaderos que beneficien a ambos, nuestro destino también esta escrito en lo que de seguido os leeré. Lo que aquí voy a leer es secreto Real, castigado con muerte al cañón su difusión sin mi autorización, leo la cédula real. “...haviendo de treynta y dos a treynta y cuatro grados dos yslas que llaman Rica de Oro y Rica de Plata a oeste leste de puerto de Mte. Rey casi en un mismo paralelo aunque en gran distancia de longitud y que todos los que an tratado de aquella navegación y la an hecho dizen que ambas son muy a propósito para hazer escala las naos de filipinas y que combiene reconocer y poblar alguna de ellas para este efecto...”

Continuó leyendo, estaba clara nuestra doble misión, la diplomática y comercial por un lado y la de conquista y localización de aquellas islas de gran valor estratégico, de las que todos los rumores hablaban como repletas de enormes riquezas que en ellas debían haber. Había una tercera misión, la que realmente mueve las almas inexpertas, la avaricia.

- Pero aún tenemos más motivos y buena prueba de estos los tuvimos al zarpar de San Blas; nuestro Gobernador de la Filipinas en su entrevista con el segundo Shogun Tokugawa, corroboró la presencia de los holandeses en tratos con ellos. La cuarta parte de esta misión es la de localizar sus factorías y si es posible convencer al Shogun de que los expulse del país, en caso contrario con sus posiciones a buen recaudo, dar aviso al Gobernador de Filipinas para hostigarlas hasta destruirlas desde nuestras Islas mas al Sur. De todas formas no sabemos la situación del Japón después de la marcha de Don Rodrigo de Vivero. Mis órdenes son éstas, unas escritas, otras transcritas a voz al oído por nuestra excelencia en México. Como mis hombres de confianza os las hago saber a estas alturas, en que creo estamos pronto a arribar a sus costas. Hemos de mantener la unión estrecha y los ojos y oídos abiertos al máximo prestos a cumplir lo que nos encomienda nuestro país. Será difícil pero nada hay a proa que pueda con nuestro espíritu bendecido por Nuestro Señor.

Quedamos todos mudos, la empresa era de envergadura y eso nos hacia empequeñecer, teníamos seguramente el mejor navío del Mar del Sur en aquellas latitudes aunque hacía aguas. Teníamos una tripulación ignorante de la verdadera misión a la que habría de informar y dejarla lista para el combate si eso fuera preciso. Los holandeses acechaban ya por aquellas latitudes y eso nos iba obligar a ser cautos. El reto estaba definido, la voluntad de hierro, los sueños de gloria y honor con el dorado del oro esperaban , había que mantenerse a flote y no solo era el San Francisco el que lo necesitaba.

Cada uno se retiró a descansar, menos Miguel Rocha que presentía la llegada y prefirió acompañar a su piloto. La noche fue revuelta por el duro cabeceo del navío y los continuos sueños abonados por negras semblanzas acechantes sin tregua durante la madrugada. No pude mas y poco antes de la amanecida ya me encontraba sobre el alcázar con mi buen Don Miguel. Nos miramos con la tensión tatuada en los ojos. Realmente ninguno pudo dormir, mientras manteníamos nuestras ganas de lanzarnos y correr sobre las aguas, como ya hizo nuestro Señor Jesucristo, en un vano intento por alcanzar lo que se nos antojaba cada vez mas inalcanzable. Mientras, el continuo picar de la bomba de achique, su ritmo agitado simulaba la del propio palpitar de aquél navío con todos nosotros a bordo que luchábamos por resistir y arribar como fuera.

- ¡¡¡Tierra!!! ¡¡¡ Por la amura de babor!!! ¡¡¡Tierra!!!







Un lengua de tierra se presentaba, Uraga estaba cerca, descanso y reparación al fin...



Armida esta entrega, si en algo vale, es tuya, que no hay que deprimirse pues siempre hay una orilla mas adelante que seguro nos dejará reposar nuestro atribulado sentimiento.


Un beso

lunes, 28 de julio de 2008

Navega Velero Mio


Navega velero mío, navega surcando cielos
que no son mas que mares de lugares inversos
donde se intercambian los reyes de los vientos
que igualmente soplan inflando la lona sujeta a la escota.
Lona tal que piel que tantos esfuerzos pusiste en reparar
piel que tensa se rasga si el embate vital se luce bravío.

Navega velero mío mientras enfrente no hallas quien
se una en tu latir de brega, de lucha por el sueño a batir
marinando latitudes con el ansia que brota del deseo de tierra divisar
de avistar velero hermano al que a su amura poder amadrinar.

Navega velero mío, navega sin más
pues es la mar tu propia vida
y tu estela lo que sobre ella dibujarás.

No busques más, navega sin más.
Eolo, Poseidón, tu dioses sonríen
Solo ellos saben cuando te recibirán.


“...Navega velero mío, sin temor que...”

sábado, 26 de julio de 2008

A La Rosa

Es la rosa de los vientos símbolo y razón,
es la fuerza y el viento la Ley verdadera
para quien tiene el sueño como bandera,
para quien cree sin esperar de nadie compensación.

Rosa de mil puntas, tantos como rumbos que tomar
donde dirigir deseos, proyectos y miradas
donde sin llanto otras te esperan por sentirse amadas
y de seguro será su rosa la que a ti las hagan apuntar.

Cuida de ella, mímala mientras ella se deja el imán
entre olas y embates del perenne y humano temporal
que solo busca desviar su verdad por romper tu ideal.

Rosa que traes la señal del alma que te lleva
Nada soy sin ti aunque te olvide a veces,
todo soy cuando te sigo, pues a mi alma diriges.





Fuerza y Honor (P.C.)

viernes, 25 de julio de 2008

Oro en Cipango (18)

... Don Sebastián, con dos órdenes claras dispuso los camarotes de Don Miguel Rocha para padre e hija y destinó a su segundo al camarote de aquel rastrero contador de apellido Villarejo. Y es que la miseria sea de camarote o de hambre se transmite del poderoso al débil en su gradual e imperturbable transición de descenso. Nuestro navío era quizá el mayor que habría en aquellas latitudes, si exceptuamos el galeón de la china. Aún así adolecía de las comodidades de un buen galeón de las Indias y, por ello, nuestro capitán puso todo su empeño en mejorar las condiciones de aquellos huéspedes inesperados. Por mi parte la recepción con bendición incluida del Padre Ruiz fue apoteósica, me había convertido en un héroe ante aquellos hombres, muchos de ellos sin otra visión que la que delimitaban las bordas del navío como su universo vital. Lo celebramos con las debidas y obligadas oraciones al Altísimo, mientras desde el antes nombrado Mercurio y ahora rebautizado como María de la Victoria por deseo personal y concesión sin tribulación alguna de Don Sebastián, llegaban los gritos de los cordeleros tentando las escotas nuevas desde las vergas, los golpes metálicos de decenas de martillos sobre clavos que aseguraban tablazones de fortuna sobre boquetes y regalas destrozadas por el combate que predecían una noche larga de duro esfuerzo reparador para aquellos orfebres de la navegación.

Con casi la media noche sobre nuestras cabezas nos sentamos a la mesa del comandante, creo que nadie reparó en abrir sus baúles para vestir las galas pensadas para nuestro deseado desembarco al otro lado del mundo; y es que se respiraba la tensión que irradia una mujer sobre cubierta y eso daba alas al espíritu embrutecido que brota cuando hombres entre sí y la nave es lo que se encuentra en cada singladura. Rematamos las últimas carnes en salazón que aún no estaban en exceso saladas y corrieron bastantes frascas de buen vino del virreinato.
- Contadnos, Don Dionisio. ¿Cuál es motivo de tamaña travesía desde el alto Perú? Según mis noticias no existe relaciones comerciales marítimas entre ambos virreinatos por vía marítima
- Capitán, tenéis razón pues no es otra la razón de mi arribo a estas latitudes que la encomienda del Virrey de aquellas tierras de sur para mi colaboración en el establecimiento de tierras de cultivo. hace dos años se recibieron, con la llegada de colonos nuevos, la impronta de las nuevas técnicas de labor llegadas de la metrópoli. Apoyé éstas con el asentamiento de estos colonos en mis tierras del Perú y se demostraron sus valores. Parece que por esta razón me reclamaron en México.
- Buen olfato tiene nuestro Virrey Don Gonzalo para los negocios y prosperidad del reino. Pero no creáis que sólo lo tiene para los negicios , por ello le ruego que reciba este consejo de mi persona sin ofensa para vos, Don Dionisio: cuídese de mantener mucho tiempo cerca de Don Gonzalo a tal bella hija o no habrá cultivo de mies que frene sus pecaminosos ímpetus.
Nos miramos, miramos a Don Dionisio y a su hija con mirada con diana certera al plato para no mostrar su segura vergüenza y aquel silencio trepanador duró lo justo hasta romperse por las voces indignadas del Padre Ruiz.

- ¡Capitán! ¡Dios le libre de volver a poner tales pecados en boca de su excelencia! Don Gonzalo es hombre cumplidor con nuestra Santa Madre Iglesia, de beato proceder y de una sola mujer.

Las carcajadas inundaron la estancia al escuchar tal encendida defensa del Padre, que no esperó contestación de Don Sebastián, hincando el diente a la última pata de cabrito que sucumbía ante aquella fuerza contra el hambre propia.

- Mis disculpas, Padre. Aún así Don Dionisio, aceptad mi consejo de amigo. ¡Brindemos por la victoria, caballeros!

Fue una velada tardía impropia de un barco en alta mar, pero hizo que sintiéramos liberados los unos de nuestras ataduras, mientras otros festejaron el encuentro y conocimiento real de personas a las que ahora conocieron verdaderamente en combate, donde la sangre, el miedo, el honor, el recuerdo de lo bueno y los temores a lo malo recorren las almas y destruyen los valores que antes férreos aparentaban. Tras aquella velada no dimos lugar al descanso, Don Sebastián, Don Miguel y yo interrogamos a Don Mauricio, hombre al que aquel trato de igual y las mas de tres frascas de vino liberó también, pero de capitán discreto a bravo lenguaraz. Descubrimos el plan de localización de fondeadero discreto, donde crear una base holandesa con la que hostigar a nuestros apostaderos y reforzar de forma progresiva con otros navíos. Le informamos que sería juzgado en la corte del Virrey y que, en caso de conversión a la verdadera religión y renuncia a su pertenencia a los rebeldes orangistas, sería bien recibido entre nuestra sociedad, tanto él como su tripulación. En caso contrario se aplicaría la sentencia dictada en el juicio sumarísimo con presencia del virrey.

Con la amanecida, todos los oficios continuaban su duro trabajo. Comprobamos que el palo mayor estaba enhiesto y aparejado con cables, escotas, cabos y aparejo suficiente. La balconada de popa había sido sellada de una forma un tanto basta, pero segura y el velamen estaba listo para ser izado sobre la jarcia. Requisamos la mitad de los barriles de pólvora y los cañones de menor calibre para armar mejor nuestros alcázares de popa y proa. Balerío, mosquetes y chuzos de abordaje también traspasamos en la misma proporción. Solo quedaba designar guarnición para escoltar a la tripulación que marinase el Mª Victoria hacia Acapulco. En esto último era Don Sebastián ducho y de buen cálculo, por lo que escogió a doce hombres bien compensados al mando de don José de Urquijo quién, como recordarán quienes hayan llegado hasta esos folios, era nuestro maestre de campo. Hombre al que Don Sebastián descubrió en el combate como poco amigo de dejar ver su piel al plomo enemigo y su ánimo a la moral de sus hombres.

- Don José, vos como maestre de campo llevaréis este trofeo a su excelencia el Virrey, seguro estoy de vuestro conocimiento y valor para alcanzar la meta por la que seguro os recompensará su Excelencia.

Aquellas vacías palabras que cualquier hombre de reales principios sabría distinguir como cantos de falsa sirena, unidos al sonido de la palabra “recompensará”, largaron en volandas el trapo del navío mental de Don José, que sonrió con un brillo que me trajo recuerdos despreciables de tiempos que parecían olvidados. Antes de despedir a Don José, nuestro capitán le entregó dos cartas lacradas para su Excelencia el Virrey. La mirada con el brillo propio del regalo al amigo que cruzó conmigo, me convenció que en una de aquellas misivas, iba mi perdón. Mi Sebastián entregó el navío a Don José y retornó a nuestro “San Francisco”. Sin mas, largamos cabos, y con la lentitud propia de aquel viento sin fuerza nos fuimos separando las dos naves.

El viento se mantenía flojo del oeste, con lo que mantuvimos el rumbo que llevábamos al encontrarnos con aquella presa. Mientras el Mª Victoria se alejaba algo mas veloz con el viento acariciando suavemente su popa, como besando espalda de mujer por hombre enamorado. Una andanada de saludo nos hicieron casi a la línea de horizonte, a la que respondimos con orgullo. Cipango nos esperaba, sin mas demora que la aquellos ancianos cascarrabias se propusieran plantando viento y mar ante nuestra proa. Pero a fe que sería nuestro.
El viento roló al fin en media jornada más de navegación y ya con la anochecida nuestro tajamar hacía el rumbo oeste noroeste...


jueves, 24 de julio de 2008

Oro en Cipango (17)

...salimos a cubierta, el olor a pólvora recién descargada por aquellos nueve hombres apostados en el castillo de popa abrasó mis castigados pulmones. Con un grito del holandés, seguido de un disparo contra el cielo estrellado desde uno de mis pistolones, todo el mundo se detuvo. Sin más que dos palabras rotundas y claras en su idioma todas las armas que portaban dieron en cubierta con un seco sonido amortiguado por la madera sobre la que nos encontrábamos.

- ¡Reduzcan a los prisioneros en los sollados hasta que arribe nuestro navío! ¡Téllez, encienda los fanales que aún se mantengan en condiciones y, junto con Marquinez, barajen a través de esta oscuridad hasta encontrar al San Francisco y dar nuevas de nuestra posición a nuestros compatriotas! Don Mauricio, acompáñeme a su antigua cámara, creo que me debe una explicación sobre la presencia de vos y sus hombres en estas latitudes!

Así nos encaminamos al escenario en el que nos batimos en duelo a muerte, Salazar se encontraba liberando a aquellos dos hombres y la dama.

-Antes de que se digne a relatar sus andanzas por este, ha de quedar meridianamente claro a vuecencia, nuestro Mar del Sur; permítame, Don Mauricio, presentarme a vos y a sus "huéspedes" liberados hoy. Mi nombre es Don Martín de Oca, Conde de las Islas de Santa Cruz del Mar del Sur, al servicio de su Majestad Don Felipe III y de vuestras mercedes si ha menester. Provengo, junto con mis diez hombres del navío "San Francisco" cuyo comandante es Don Sebastián Vizcaíno, encomendado de Su Majestad.

Apenas terminé de hacer aquella somera presentación, cuando se adelantó uno de los dos caballeros, quizá el que menos estampa tenía de ello. Por sus trazas podía adivinar que era un burgués, de esos que, sin título, ni nombre buscábase la vida en aquellas tierras de formas y maneras mercantiles, lejos de las Españas donde dominaban las rancias costumbres en lo tocante al mal concepto del progreso de quién no fuera descendiente de algún abolengo y estirpe noble. Aquél hombré notábase apocado, temeroso y deseoso de ser reconocida su desgracia, que pronto relataría a borbotones por su boca contable, para así recuperar lo que le parecía perdido por un golpe de mal fortuna y un maldito encontronazo con la piratería que tanto abundaba en el otro lado de las Costas de la Nueva España, aunque no fuera moneda habitual a este lado.

- Con vuestro permiso presentaré a vos mi humilde persona y la de mis hermanos en cautiverio a bordo de esta nave, señor Conde. Mi nombre es Don Guzmán de las Heras, comerciante de El Callao en ruta de navegación con telas y café al puerto de Acapulco. En mi travesía, bendecida por nuestro virrey del Perú, acompañábanme dos personas de noble origen que si me permitís con gusto os presentaré. Doña Mercedes de Nápoli y su padre don Dionisio de Nápoli, nobles personas a quienes se me encomendo trasladar a la villa de Acapulco, para luego seguir ellos hasta la capital del Virreinato y contactar con el Virrey de estas tierras norteñas. Hacía allí dirigía mi goleta "Mariana" con la venia de Poseidón, cuando fuimos abordados por este navío disfrazado de mercante. Luchamos mis hombres y yo con el denuedo que brota del miedo y la defensa de lo que de uno es; más fue imposible mantener un lucha tan desigual, nuestro número era menor y nuestra preparación para la lucha no podía igualar a la de hombres de mar y guerra, como son los del Mercurio. Los daños fueron letales en la línea de flotación de nuestra "Mariana" por lo que recuperamos lo que la divina providencia permitió, quedando como prisioneros a bordo de este barco que vos acabáis de liberar...
- ¿Y sus hombres, Don Guzmán?
- Ocho eran al embracar en esta nave y, si no han perecido en la refriega de nuestra liberación, se encuentran en la cubierta inferior en los sollados de proa, lugar donde hasta antes de su providencial aparición nos encontrábamos tambien nosotros.
- ¡Francisco, que le acompañen Rey y O`Groats y liberen a esos hombres de inmediato! Doña Mercedes, Don Dionisio y vos, Don Guzmán, no se aflijan más, en poco tiempo arribará nuestro navío donde podrán descansar y reponerse de tales sufrimientos. A vos, Don Guzmán, en verdad lo considero un hombre de suerte, pues estoy seguro que habrá de haber un justo arreglo que de otra forma no podrá ser, sino el de barco por barco, de tal cosa yo mismo me haré responsable ante mi comandante Don Sebastián. Ahora salgamos al aire de cubierta para respirar limpio y dejemos este lugar tan lúgrube y maltrecho por la pólvora del Rey. Vos, Don Mauricio, tengo vuestra palabra de caballero, por lo que podéis acompañarnos sin sentiros preso de ligaduras.

Salimos a cubierta donde los gritos de júbilo se percibían desde el San Francisco a menos ya de dos cables y en maniobra de amadrinaje a nuestra amura de estribor. Decidí dejar a Don Mauricio para cuando las cosas calmaran en mayor medida y pudiéramos hablar con mayor distensión. La maniobra hasta amadrinarse los dos navíos se hizo rápida y sencilla gracias a una mar calma y ausencia casi total de viento. En cuanto las dos amuras se besaron, un hombretón con verdadera planta de Capitán del Rey nos abordó aferrado a una escota de la mayor para caer sobre la cubierta de nuestra presa. Era mi bueno de Sebastián, que fue verme y, después de comprobar que todos los huesos se encontraban en su lugar, darme un abrazo capaz de descoyuntarlos.

- Calma muchacho, que no hay pólvora ni balerío que sea capaz de acabar con el pellejo de un nacido en las tierras del Cid. Por mucho que la Muerte llame a la puerta de mi alma, no Le daré paso franco, hasta no ver al maestre de campo que se que serás.

- Don Martín, creí que no os volvería a ver. Gracias doy al cielo oscuro como bolsa de ciegos presagios que tal miedo me agarrotó de continuo hasta no distinguir los fanales de vuestra presa.

Nos abrazamos, quise aplacar aquello ánimos en exceso emocionados y le envié ordenar y comprobar la situación militar del navío apresado, nos vendrían bien cañones, pólvora, mosquetes, balerío y tantas cosas mas que de seguro no encontraríamos de tan fácil factura y posesión en aquellas tierras de la China. Don Sebastián arribó sobre el Mercurio, con lo que dejé a mi ahijado en aquella misión mientras me dirigí a nuestro comandante.

- Don Sebastián, aqui os entrego el navío, a flote y sin novedad. Holanda es su procedencia y Don Mauricio de Dillenburg su comandante que presto nos dará sus documentos y misión. Además he de deciros que traemos huéspedes de postín a bordo con la tripulación de la goleta Mariana apresada y hundida por el Mercurio.
- Lo he pasado mal Don Martín, sin dudar de vos, pero he temido por vuestra vida, aunque desde que os conocí supe que érais un verdadero superviviente, algo que cada vez percibo mas necesario en esta nuestra España que se ahoga entre guerras que a nada llevan y solo hacen que agotar nuestros ánimos. Bravo mi señor conde, que así os nombraron y así volveréis. Aquellas últimas palabras me revolvieron el pecho hasta lograr que alma y corazón volvieran a unirse en santa hermandad. El ánimo de Don Sebastiñán, cual ángel redentor se avino a darme lo que mi ceguera habíame arrebatado semanas y mese atrás.




Con toda la documentación del navío que no tuvo tiempo de arrojar Don Mauricio, nos dirigimos al San Francisco mientras, los calafates, cordeleros, carpinteros tanto españoles como holandeses se afanaban por aparejar de fortuna al Mercurio. La mar estaba "de buenas" y había que aprovechar. Quedó Sebastián al mando con veinte hombres de guarnición, mientras nosotros nos encaminábamos a la camara de nuestro comandante a borde del San Francisco. Mi gaznate y el de Don Mauricio iban a sentir en breve el gustoso sabor que deja paso de deliciosas viandas por ellos, algo que horas antes no creían volver a hacerlo nunca más...



lunes, 21 de julio de 2008

Misiva a futuros antiguos monarcas

Tus ojos recorriendo entre miradas sus siluetas eternas
como si desearas a ellas grabar en lo perenne de tu memoria.
Velocidad sobre viento libre que aturde a tantas almas
desnudando con su fuerza sus débiles y falsas capas
con las que disfrazan su escasa fuerza humana y moral.

Al fin encima te detienes mientras el viento tozudo se mantiene.
Verdor frondoso, litoral de blanco tropical centrado su volcán
de vapores y fuegos alternos frente a la continua calma mortal
del ambiente mundano sobre el que rehusan tus islas aunar.

Islas escindidas de continentes rasgados por la falsedad
de una forzada y frondosa luminosidad creada de artificio
por tantos espíritus sin olor ni sabor real pues años ha perdieron su oficio.
Islas escindidas como archipiélago rodeando ese volcán
al que se unen y defienden un reino que monarca espera.

Reino que vive en el interno pecho de quien esto lee
inconsciente de que inmaculado e intacto le aguarda
mientras ávido lector busca, ignora, cree, lucha sin gloria
ignorante de su reino deseado fuera no se encuentra.






Como vano fulgor el volcán derrite su nevada cumbre
para desde dentro despertarlo sin a fe cierta lograrlo
pues el ciego perfecto es el que solo desea el negro ver.



Ve, mira dentro,
sólo así tu búsqueda terminará,
cuando reconozcas tu propio calor
El de tu interno volcán centro y fin de tu Isla de Paz.


Yo, El rey de las Islas Escindidas

sábado, 19 de julio de 2008

Oro en Cipango (16)

...una vez botada la embarcación, uno a uno fueron a ella subiendo los hombres, todos voluntarios para aquella pequeña aventura dentro de la mayor, que no era otra que arribar a Cipango y volver con honor recuperado y el triunfo en el brazo. Fueron voluntarios todos, embarcaron tres artilleros, Juan Marquinez, Iñigo Arruza y Francisco Tellez, los tres de la villa de Bermeo en el Señorío de Vizcaya, los nombro en grupo porque eran como un tridente que a todo acometían juntos. Siendo de madres diferentes su alumbramiento, parecían, sin embargo, haber visto la primera luz de vida desde la misma mujer. Hasta hacer los diez embarcaron marineros duchos en el arte de abordar navíos y ser campeones de boga frente a cualquier ola que se plantara avante, Manuel García, José Rey, Luis Barreñada, Guillermo O’Groats, Carlos Oliveira, Fernando de Salazar y Urbano Mañán. Sus nombres escribo porque merecen ser nombrados tales hombres que sin presión jugáronse tal apuesta contra la muerte por la gloria de alguien que vivía a miles de leguas de este lugar, donde aquel diminuto serení mantenía a flote sus vidas; alguien ignorante, alguien que rey era, ignorante de la sangre que su nombre provocaba.

Uno a uno fueron arriando los remos debidamente forrados de lona para amortiguar los golpes sobre la mar. Nuestro capellán, el padre Ruiz con verdadera humanidad perdonó uno a uno los pecados que de seguro cometieron antes y de seguro cometerán allí donde nos encaminábamos. Sus tacto a pesar de su físico era propio de hombre santo, aunque esto último lo fuera tanto como yo mismo, pero de todos es sabido que un buen aderezo hace que la mitad de tu presencia haga que de tal cosa te definan. Un hábito, aquellas manos dando serenas bendiciones ante una cruz de plata, todo aquello en singular trance de vida o muerte, daban la imagen de un hombre santo en conexión directa con Dios. Seguramente así fue y si no, seguro estoy de saberlo en breve tiempo; ese periodo que resta para arribar al momento en que tenga la oportunidad de ver mi vida recorrida y reparasda junto al máximo juez de todos los hombres.

Como ven, mi buen Sebastián no embarcó, no fue esto por no desearlo él como el que más, sino por mi negativa ante nuestro capitán y su acuerdo a tal negativa. Me abracé a él como si su padre fuera, pues de tal manera me sentí desde que conmigo se vino desde Acapulco.

- Sebastián no es esta tu guerra, serás grande, serás un gran hombre para Su majestad y sobre todo para este reino de Nueva España que necesita de hombres como tú, hombres que sepan distinguir entre la lealtad propia de can y la hombre. Esto no es para ti, debes quedar al lado de nuestro capitán y, en caso de mi muerte, ser lo que yo fui, huyendo de lo que conmigo vino destrozando mi razón. Cree en todo el que de frente se ponga sin mirar su escudo y origen, pero no dejes de mantener el acero aferrado a tu brazo, pues es este el que será tu mas fiel compañero. Ama sin límite y arriesga en ello tu corazón, pero nunca tu razón que será la que te mantenga erguido ante cualquier situación. Hasta pronto mi Alférez.

Un abrazo de fierro fue lo que sentí mientras percibía el correr de su lágrimas en aquella noche de trances y despedidas sin tiempo de retorno claro. Embarcamos todos y en la oscuridad intensa nos fuimos separando de nuestro navío, perdiendo a la segunda estropada su silueta y su olor a madera y hombre, tan solo se alejaba de forma mas lenta el sonido cada vez mas lejano del Padre Ruiz y sus run run“... el señor es mi pastor y nada me falta, el me...”. En silencio bogaban aquellos hombres a una cadencia propia de boga de combate, sin cómitre ni mas rebenque que sus propios deseos de tomar la amura del Mercurio. Aquel navío, mas bergantín enorme que navío, se percibía cada vez mas próximo, no quedarían mas de dos cables de distancia cuando aquella señal propia de faro alejandrino que de él provenía se extinguió. Seguramente habían logrado apagar el fuego; estimé que no estarían en condiciones de navegar hasta que no se templasen sus ánimos, ya que un incendio a bordo es la situación mas terrible para un hombre de mar. Eolo parecía mantenerse de nuestra parte manteniendo su divina boca cerrada y con tales augurios decidí cortar su popa.

Allí estaba la balconada de popa o, lo que en algún momento pasado debió ser un balconada de dos niveles que ya solo aparentaba la boca desdentada de un monstruo marino, “le dimos duro y bien” pensé al ver tales daños. Sin evitarlo mi diestra se santiguo por las almas de los caídos en aquel embate de hierro y fuego. Redujimos el ritmo, quedando cuatro marineros a los remos y con sigilo y la discreción mas absoluta preparamos el abordaje.

Barreñada, y Oliveira a mi orden quedaron a bordo del serení, uno al remo de popa y el otro con los frascos incediarios listos para la última baza en caso de derrota, los demás me siguieron. Cuchillo en boca, pistolones cruzados a mi espalda, así lentamente subimos por aquella amura de babor poblada de rotos que servían de asidero. Voces que aunque en casi susurros eran marciales, violentas y cargadas de la premura de quien necesita huir ante algo que se viene encima. No sabían que ya estábamos allí. Alcanzaron mis ojos el ras de la cubierta, un enjambre de cabos, lona, velamen sobre la mesana y la mayor abatidas sobre esta. Casi toda la tripulación se hallaba a proa intentando aparejar el dañado trinquete con aparejo de fortuna, era nuestra mejor ocasión de poner pie en cubierta y establecer forma de batir desde el castillo de popa. Con un gesto confirmé el paso casi franco. En pocos segundos los nueve suicidas alcanzamos cubierta, Rey y Mañán se hicieron cargo de los dos infelices que guardaban la cámara del comandante o lo que de ella quedaba, mientras bien pertrechados de balerío y pólvora puse a Manuel García , a O`Groats y los tres vizcaínos apostados y cubiertos entre aparejo y lona del castillo de popa. Fernando Salazar y yo nos dirigimos a la cámara del capitán. Mi sorpresa fue la de encontrar a una dama y dos caballeros, pues así los definí por su vestimenta, amordazados y maniatados. Aquel golpe de visión no me permitió recibir un impacto de espada que gracias a Fernando pudo ser solo un rasguño en mi hombro izquierdo. En aquella penumbra tan sólo pude distinguir a un hombre furioso que defendía lo poco que le quedaba ya, la honra y la vida.
- ¡Si sois caballero en verdad, aceptad este duelo! ¡Con mi vida os cedo lo que queda de mi nave! ¡Con la vuestra nos dejaréis en paz!
- No tenéis ventaja tal, mas por caballero os la doy. ¡En guardia, por Don Felipe!
- ¡Menos no esperaba de vos! ¡por Don Guillermo!

Nos batimos, como verá quien estos pliegos lea, por dos hombres que lejos estaban de aquellas latitudes. Aquel hombre, Don Mauricio Dillenburg, luchaba con ardor y conocimiento de cómo batirse. Dos golpes de acero rasgaron mi peto que aquella semioscuridad entre obstáculos sin conocimiento me hicieron errar en mis movimientos. Los golpes secos acero con acero se mantuvieron minutos largos como singladuras sin viento, el cansancio golpeaba las sienes, el sudor humedecía las manos, un golpe mal calculado clavó mi espada en el palo de mesana que atravesaba la cámara de fogonadura a fogonadura. Intenté sacarla de aquella trampa de madera, pero la fuerza con que la clavé hizo del vital esfuerzo algo imposible. Don Mauricio vio su barco libre, su vida larga de nuevo y enfiló sin más hacía mi pecho sin otro motivo más que nave y vida propia que, al fin y al cabo, es lo que sucede cuando se lucha a muerte, se lucha para evitar la de uno, nunca la matar al otro. No había sido Don Mauricio hombre de batidas en tierra, ni lucha en tercio sobre pantano holandés, tampoco de callejón oscuro con nulas posibilidades de ver la luz; mi vizcaína salió de mi bota para parar aquél golpe mortal y aprovechar tal ímpetu para descabalgar de su mano la espada, que inerte cayó sobre aquella cubierta derrotada mientras él tratabillaba sobre el otro lado.

Mi daga presta marcaba su gaznate, mis pulmones querían salir del pecho y su mirada victoriosa alegría tornóse en dos oscuros pozos de derrota. En ese momento explotó un grito de alarma seguido por una descarga de mis hombres apostados sobre nuestra cámara.
- Mi caballero Holandés, por las vidas que no se han de perder saldremos a cubierta a rendir la nave. Eso o la muerte de sus hombres y la suya después para ser sabedor de su crimen y llegar preparado frente al Altísimo.
- Como vos digáis. Tenéis mi palabra de que detendré su defensa.








Su palabra era para mi suficiente, aflojé mi presión sobre su vida y salimos a cubierta, la victoria era nuestra y nuestro el navío junto al "San Francisco" que sigiloso se presentía...

jueves, 17 de julio de 2008

A Mi Buen Don Martin

Decisiones que encierran valor en su propio devenir,
miedos que nacen ante el mismo umbral de tamaña acción
por ser quien cree ser, quien debe ser sin mayor demora
por sentir su pertenencia a quienes con él compartirían la ultima hora.
Diez almas y un solo corazón, remando al mismo pálpito
Tensión entre tanta sal mezclada de procelosa e inmensa mar.

Silencio, entrecortada la respiración.
Ante el reto, sus hermanos de mar aprietan los dientes
jirones de la propia piel darían por junto a ellos remar
y encontrar la incógnita enemiga por el azar
de un poder que divino se cree, cuando en verdad es terrenal.
Posesiones, tesoros, conquistas como destinos de mar.




¡Larga el garfio, haz la señal!, muerde el filo con pasión
no lo esperan, solo combaten su fuego y terror,
hombres que en otro idioma expresan el mismo dolor
el miedo, los sueños, la venganza, el amor.
Son hombres que diferentes se ven aunque iguales son.

Maldito poder, maldita religión
maldito egoísmo, maldito deseo de posesión.
Maldita ignorancia llave de tanto dolor
hacedora de llanto por la oculta y sempiterna razón
que mueve montañas de mar y olas de tierra:
avaricia, despotismo regio, odio, ciega religión.

Arriesgar para vencer
así lucha el que busca triunfo y gloria.
Arriesgar y convencer
así lucha quién desea unir ilusión con pasión.


miércoles, 16 de julio de 2008

Oro en Cipango (15)

...La noche impasible e inexorable se echaba encima sin poder distinguir pabellón en la mesana de aquel barco. Nuestro navío hacía rumbo sur a la búsqueda de un paso que al fin Eolo nos diera y trabar así millas hacia Cipango. Aquel misterioso navío de menor porte que nuestro “San Francisco” hacía rumbo norte.

- Capitán, no es del arqueo del Navío de la China, ni es esta la época de su arribada a las aguas de Nueva España. Naves de esa clase no dispone Su Majestad en estas latitudes, bergantines y faluchos es posible, pero no un galeón como parece aquella nave. Puede ser alguna expedición en su busca desde Panamá o incluso desde El Callao.
- Tenéis Razón Don Miguel. Pero nos, tenemos la honrosa constumbre ante navío enfrente de mostrar nuestro pabellón y esa insana costumbre de no mostrarlo britana es, que mucho ganan con ellos estos herejes.
- Sea lo que Dios disponga, creo que se hace obligado arribar a su amura para identificar quién es quien comanda la nave.
- Así será. Don Miguel, mantenga zafarrancho y prevención para el combate. Hágalo cumplir sin que se note actividad alguna extraña. La baterías de ambas cubiertas prestas al combate con las portas cerradas. Sebastián vaya con nuestro maestre, Don José y prepare los soldados camuflados entre la batayolas. No quiero reflejos ni metales al viento. Mosquetes listos y en prevención a mi señal. Haga subir a las cofas a varios soldados vestidos de marineros y con los mosquetes prestos. ¡Viramos, piloto! ¡Proa a su aleta de babor! ¡Cañones de caza listos y dispuestos para andanada de aviso! En cuanto la dotación esté dispuesta y en atención Don José y Don Martín conmigo a mi cabina.




Viramos en una violenta trasluchada, tras una momentánea caída en la velocidad comenzamos a ganar nudos corridos, soplaba de través y apuramos la lona hasta hacerla rechinar entre sus hilos por cazar todo el viento que nos pusiera Eolo sobre la amura de babor. Llevábamos el barlovento con nos y eso nos daba ventaja. Dejamos al padre Ruiz perdonando sin medida los pecados de aquellos hombres rudos con el miedo a verse las caras con sus cuitas frente al Sumo Hacedor por una bala de cañón o astilla malparidas, que como veneno mortal se clavasen en la piel y nos reunimos en la cámara del comandante.

- Caballeros, aún no estoy del todo seguro, pero todo me lleva sospechar que ese navío no es trigo limpio. A nuestra maniobra ya debería haber mostrado su pabellón y no se ha dignado. Me extraña que los britanos tengan navíos tan lejos de sus costas con lo que les llevamos dando en sus propias costas, pero poco erraré si no es algún mercante artillado de los Orangistas. Tengo noticias que su marina es poderosa y busca apostaderos donde seguir expandiendo su comercio contra los intereses de nuestra Corona. Por ello, sin despertar mas sospechas que la de ser un navío de la Armada Española que exige su inspección nos aproximaremos a su posición. Don José, sus hombres listos para baquetear la cubierta enemiga de banda a banda y abordaje si hubiere ocasión. Don Martín, vos aprestaos a mantener arriba la moral allá donde decaiga si el combate fuera mayor de lo que esperan las almas que mantenemos alistadas y en prevención para combate. Confío en sus pistolones y el brazo sobre semejante acero.

Un aviso desde cubierta nos interrumpió, separándonos cada uno a nuestros destinos.

- ¡Capitán! !Listos para la andanada de aviso!

A la orden de fuego sonó el primer cañonazo desde la boca de caza de estribor. Pocos segundos después una fina columna de agua despegó del agua a pocas yardas de la proa de aquel navío. Como decía llevábamos el barlovento de nuestra mano y eso nos daba ventaja. Mantuvimos aquél rumbo de colisión con su aleta de babor, ya se podía leer su nombre a popa, “Mercurio”. Aquello no nos sacaba de las dudas, aunque a 300 yardas de distancia estaba claro que no eran españoles.

- ¡Don Miguel! Vire cuatro cuartas a babor! ¡Portas arriba! ¡En cuanto nuestro babor de con su popa fuego a mi orden.


Fue ver la portas apuntando a un cielo a punto de brotar en campo de estrellas, lo que obligó a aquel buque de país fantasma a virar en el mismo rumbo que el viento le permitía. Era mas pequeño y ligero lo que le permitiría una mayor maniobrabilidad. Don Sebastián hubo de adelantar la orden o perderíamos el objetivo de barrer sus cubiertas a través de sus balconadas de popa.


- ¡¡¡Fuegooo!!!

Un estruendo retumbó en aquella mar poco acostumbrada a combates de madera y metal. El viejo olor a pólvora quemada me mantuvo consciente ante semejante bocanada de fuego por 25 bocas al mismo tiempo que balanceó a la contra como si una ola golpeara el costado con ímpetu de temporal. La noche entraba, con lo que aquella andanada podría ser la última si lograban apagar los fuegos que se distinguían en su interior. La propia arrancada que llevaba el Mercurio lo puso frente a nosotros en su banda de estribor, con lo que ningún santo de los cielos podría interponerse entre la inminente andanada que nos aprestábamos a recibir con los cañones que les quedaran en uso después de aquella llamarada de fuego, hierro y pólvora que habían recibido desde nuestro lado.



Fueron seis o quizá siete los cañones de la parte mas a proa del buque los que nos dieron algo de su medicina. Dos balazos a “lumbre de agua” y el resto barrieron con poco éxito la cubierta de solitaria arena ansiosa del oportuno baño de sangre que gracias a Dios no llegó. Los carpinteros se aplicaron duro con los tapabalazos y la bomba de achique. La noche se echó, ellos consiguieron apagar los fuegos lo que nos hizo perder el contacto visual con el enemigo. Silencio fue la consigna, tan solo roto por la roda y su tajamar al navegar. No podíamos perderlo y lo que era claro es que intentaría huir, por ser mas pequeño y sobre todo por la gran cantidad de daños producidos por nuestra mortal andanada.

- Don Sebastián, lo perderemos. Deberíamos virar al norte para intentar cortar su proa.
- Tenéis razón Don Martín, aunque seguramente ellos habrán virado al norte y con lo que tengan en pie intentarán poner millas de por medio. Podemos adelantarlo sin saberlo. Don Miguel, de orden de virar norte en silencio.
- Capitán, en una hora el viento caerá, recuerde que todas las noches a la caída del sol moría lentamente este maldito viento del oeste.
- ¡Tenéis razón! No todo está perdido. Mantenemos la consigna de silencio. Pena de muerte bajo la quilla a quién prenda lumbre. Atentos al olfato, vista y oído y que el Señor nos de razón de la lucha.

Así fue, el viento cayó en menos de la hora predicha por Don Miguel y comenzó nuestra espera. De pronto una detonación amortiguada quizá por provenir del interior del buque enemigo nos llevó las lentes de nuestros largomiras hacia nuestra amura de babor. Allí estaba, lo teníamos y ellos no nos habían descubierto. Eso sí, en esta ocasión el poco barlovento era de ellos y cazarlos iba a ser bastante complicado. Lo tuve claro


- Don Sebastián, con el debido respeto, acompañadme a vuestra cabina, debo deciros algo.

La maniobra estaba clara sobre cubierta, así que con un gesto de asentimiento me siguió a su cámara.

- Don Sebastián, tendremos complicado su caza hasta mañana en que el viento del oeste se digne a soplar como estas últimas amanecidas. Quizá para entonces hayan logrado aparejar de fortuna su velamen y hayan puesto suficientes millas para no poder cazarlos. Le propongo algo que creo puede tener éxito.


- Hable Don Martín, tenemos toda la noche por delante.
- Déjeme el serení del combés, con diez hombres alcanzaremos a remo su costado de babor, ellos no esperan un asalto de diez hombres. Reduciremos a su comandante y al resto de los oficiales. El barco será nuestro y sabremos las intenciones de ese barco holandés tan lejos de sus pantanos, esto último lo considero de vital importancia para nuestras costas.
- ¿Y si falláis? Os necesito a bordo, a vos y a diez de mis hombres.
- No fallaremos y para ese caso improbable quedará uno de mis hombres con dos buenas bombas incendiarias para hacer arder el navío mientras vos a bordo del San Francisco lo enfiláis para darle el toque de gracia.

Los ojos de Don Sebastián brillaban, podía percibir su excitación a pesar de la oscuridad impuesta.


- Muy bien, escoja a sus hombres, yo daré la orden de botar el serení y silenciar los remos con la lona que se disponga. Sabía que vos erais quien vuestro rostro decía. ¡Adelante!...

martes, 15 de julio de 2008

Simples Derrotas


Veo una mar océana, limpia, azul como el cielo
o quizá un cielo limpio y azul como la mar.
Veo luz, claridad, exceso de bienestar como el caramelo,
que si mucho tienes tus dientes seguro perderás a no tardar

Suaves sensaciones entre libres brillos de libertad
que añoro compartir sin razones lógicas a buscar,
alegría que deseo contagiar sin saber el rumbo a tomar
pues timón poseo mas mi serviola no divisa vela en verdad.

Vela que vea paralela, derrota será esa la que habré de arrumbar
sin anclas ,sin estachas que hagan a tal vela flamear
pues no deseo ser causa de hacer sentir tal nave a jorrar.


Derrotas simples, derrotas frente al viento que gima en la lona.
Sueños que vuelvan sin tacha a romper la roda de ambos al romper
en la misma lontananza iguales brillos en busca de tanto saber.

domingo, 13 de julio de 2008

Oro en Cipango (14)

…navegamos con rumbo WSW durante dos días sin novedad reseñable a nuestra vista. La vida normalizaba a mayor velocidad conforme el tiempo entre locura y realidad aumentaba al mismo ritmo que la popa del San Francisco largaba leguas o millas, como deben nombrarse a bordo, entre nos y la tierra que dejábamos atrás. Sebastián y yo no teníamos labores propias de marino, aunque en mi caso y después del gran viaje gastado años atrás por aquellas mismas aguas algo más al Sur, mantenía mis conocimientos del arte de marear, de saber llevar la vida de mar sin temblar ante situaciones que en tierra carecen de relevancia y a bordo, por el contrario, suponen verdaderas cuestiones de honra. Esto me hizo en muy poco tiempo ser bien considerado entre la tripulación; siempre, con humildad ante quien lo era también, me ofrecía gustoso aportando mis conocimientos las mas de la veces con éxito, hecho que me granjeó un liderazgo que no sorprendió a Don Sebastián.

Después de aquellas prometedoras dos primeras singladuras a buena marcha y correcto rumbo oeste, un caprichoso Eolo decidió mover sus hilos, quizá por alguna influencia perversa de Eris o quizá la mismísima Hades de salida de su inframundo a veces tedioso; es conocido de ambas el gusto de perturbar la calma de tanto dios aburrido de serlo. El hecho no fue otro que la desaparición de aquel maravilloso soplo, que roló en media jornada a puro Oeste con rachas fuertes. Don Miguel Rocha, como buen piloto mayor y conocedor de la navegación en aquellas latitudes, confirmó con nuestro capitán virar al sur para ganar los vientos mas seguros del galeón de la China. Esto nos obligó a tomar un rumbo paralelo a la costa a la espera de que los vientos tuvieran a bien darnos paso al oeste.

Algo defraudados después de la prometedora partida, nos fuimos a cenar a la cámara del capitán. Solían ser buenas cenas acompañadas del vino y aguardiente del virrey entre Don Sebastián, mi ahijado, nuestro maestre Don José de Urquijo al mando de las tropas de tierra, Don Miguel Rocha y el capellán Don Rodrigo Ruiz algo tragón pero de buen compás en esto de su laxitud para con las prescripciones de la Santa Madre Iglesia. Y es que Don Sebastián tenía buen tino con lo que a su vera embarcaba, era el gran maestre que todo soldado necesitaba para no tener dudas en “jugársela” por él y su proyecto, fuere el que fuere.


Aún la luz luchaba contra la noche vencedora cuando nos sentamos a la mesa de nuestro comandante. Aquella vez tenía la sensación que el padre Ruiz llevaba la hambruna dibujada en el rostro, pues la bendición se redijo a un somero gesto de la Santa Cruz sobre las viandas a las que no perdía su desorbitado ojo.

- Serviros, padre. Que no se hable en Roma que no mantenemos en buen estado la salud espiritual en los navíos de Su Majestad.
- Don Martín, ¿cómo veis vos la situación? Usted ya navegó por estas latitudes y me gustaría saber su opinión sobre este viento tozudo como buey frente a suelo de ciénaga. Don Miguel es ya cansino en su afán por asegurarme que aun necesitamos navegar varios grados mas al sur antes de intentar atacar el rumbo oeste.
- Capitán. Don Martín Rocha es un perro viejo en estas lides. Estoy con él y que dios en su inmensa paciencia tenga a bien darnos buen viento cuanto antes. Aunque siempre tendremos a nuestro padre Ruiz para interceder. ¿Verdad, Padre?


Aquél glotón vestido de capellán no tenía sentidos disponibles para escucharme en tal situación. Su concentración estaba dirigida a aquella pata de cordero regada con verdadera “sangre de Cristo”; bien sabía él que en dos días mas se acabaría los buenos platos de carne fresca y el salazón daría paso a presidir mesas y platos.


- No seáis blasfemo Don Martín, nuestro señor es justo hasta en su castigo. Y vos deberíais saberlo como el que más. Sed pacientes y aprovechad este trozo de costilla que bien puesta está para nuestro gozo.

Nos reímos con aquél hombre que no estaba de sanador de nuestras almas a bordo por su ejemplo cristiano, sino por su poca querencia a esos inquisidores malditos, que tanto escarban donde nada malo hay, hasta que es su propia locura la encuentra males que sólo residen en su oscuro corazón, y corazón digo, pues dudo que posean alma semejantes monstruos tocados de varita divina. Don Miguel, con sus ya gastados cincuenta años entre olas, naufragios, maniobras de ataque y huida frente a enemigos de pelajes diversos, siempre nos amenizaba la sobremesa entre tragos de cazalla con sus historias viejas preñadas de viejas y humanas razones como son la guerra, la aventura, el amor y el odio. Muchas veces he pensado en la vida de clausura, en la vida de monje; muchas veces no la he entendido, pero otras tantas he comprendido lo que significa aislarse del mundo banal, saturado de rencillas, ambiciones, lujurias y demás humanas actitudes, muchas veces y esta era una de ellas, donde compartías un mismo deseo, una misma razón que movía sentimientos mientras el mundo seguía su curso. Un claustro que duraría lo que durase la singladura al Cipango que esperaba mas al oeste.

- ¡¡¡Vela por la amura de babor!!!

Nos levantamos al unísono, sin dar tiempo, Don Sebastián se dirigió a Don Miguel

- Don Miguel, orden de zafarrancho y prevención para el combate. No sabemos qué navío pueda ser lo que avistó nuestro serviola y nunca Dios premió a quien no se previniese.




Ya en cubierta, todos los largomiras cazaban cualquier silueta que rompiese la eterna línea del horizonte que ya se confundía con la anochecida...