domingo, 26 de abril de 2009

No habra montaña más Alta (5)


…con la tensión de la decisión ya sin posible marcha atrás, pues tras de sí quedaba lo dicho ante Mauro, María a golpe de espuela hacia galopar a la vieja caballería prestada como si de una carga de la aún reciente guerra de Sucesión contra enemigo del rey verdadero se tratase. Mantenía la mirada fija en el camino que la llevaba a Gijón, las manos aferradas al cuero de las riendas y su mente en todo lo que iba a marcar las próximas jornadas, confiaba en la discreción del carpintero de ribera y sabía que aún podría ganar un tiempo antes de salir para siempre de la villa que le dio primera luz.

Atardecía cuando devolvió el animal a su dueño. Daniel esperaba ansioso a su madre mientras Miguel, aún ajeno al intenso momento que flotaba entre los tres hacía barcos con trozos de la leña que aguardaba su trasmutación en lumbre, luz y calor. Empapada por la serena y fina lluvia que nunca deja de caer en aquellas latitudes irrumpió casi a la misma velocidad que había ganado la villa a lomos del caballo.

- ¿Todo bien, Madre?
- Si, Daniel. Tu padre sabía bien con quién hablaba cuando decidía hacerlo. Mauro ha cumplido como esperábamos sin siquiera ser menester demandar nada. Pero hablaremos de todo ello con más tiempo cuando estemos fuera de la influencia de Don Román.
- Madre, preparé algo de sopa y Miguel solo esperaba veros antes de acostarse.
- Miguel, mi pequeño…

Con la misma determinación con la que había devorado la legua a caballo así era la sensibilidad con la que acunó mientras dio alas a los sueños de Miguel para que le guardasen hasta la mañana siguiente. Una hora después, ya sentados en la tosca mesa y con la lumbre en clara agonía por seguir crepitando, Daniel y su madre cenaban con calma la sopa que había hecho éste en ausencia de su madre.

- Hijo, mañana saldrás como cualquier día a la pesca. Mientras, yo me haré con dos caballerías. Para ello Miguel y yo saldremos tras de ti en dirección a Contrueces. En la Casa de Novenas justo al lado de la Iglesia de Santa María los criados del obispo guardan las caballerías del prelado. Hay más de quince caballos que sólo usa su eminencia cuando viene en el verano a disfrutar del clima. Sé que trafican con mil cosas esa gente que hace y deshace de aquella casa durante el resto del año. No pondrán reparos a unos cuantos escudos lustrosos y de lo que inventen ante el obispo será cosa de entre ellos y nuestro Señor.

- Madre, os pueden denunciar y seréis pasto de los corchetes de la Inquisición.
- Daniel, lo que estamos haciendo no tiene marcha atrás. ¿Recuerdas cuantas veces nos contó tu padre la de la quema de naves de Cortés y lo que siginificó en las almas de los que aquello vieron desde la playa? Pues esto es algo así, no hay más que seguir hacia adelante pase lo que pase. Lo que hay a la espalda solo es miseria sobre infierno en tierra. Pero sigamos con el plan de mañana; cuando arribes a tierra ven a casa sin demora pero sin llamar a sospechas de nadie. Mientras yo tendré listo equipaje que será ligero y en cuanto la noche se cierre sobre Gijón cogeremos el camino real a Oviedo para continuar en dirección a Castilla.
- Madre, habremos de hacer las leguas hasta al menos las faldas de las montañas. Son casi 15 leguas y no podremos hacerlas sin descansar, pensad en Miguel que no creo que pueda soportar semejante camino sin descanso.
- Tienes razón y habrá que detenerse con sigilo y precaución. Creo que será preferible en las aldeas más pequeñas que encontremos al final de cada día al principio y en la oscuridad del bosque cuando acometamos la ascensión. Hemos de evitar Oviedo, Mieres y La Pola de Lena. Alcanzaremos la meseta por el Puerto de Pajares por el que transitan menos viajeros, pues los comerciantes utilizana el de Ventana. Me preocupa el deshielo y las lluvias, pero hemos de salir de aquí sin demoras pues mas me quita el sueño Don Román y la reacción ante su presa perdida.
Daniel escuchaba a su madre sorprendido de lo que escuchaba, de la decisión y claridad de las ideas inundabas con su entusiasmo y determinación. Cada frase le hacía sentirse más seguro y feliz. Quizá no alcanzasen Sevilla, ni siquiera la meseta, pero el camino a la meta estaba claro, los ánimos y la moral en lo alto gracias a la mujer que después de la vida le seguía dando cosas tan importantes como esperanza y deseos de continuar entre ilusiones por algo mejor.
Un abrazo eterno y enorme entre madre e hijo sin otro testigo que la lumbre ya convertida en brasas fue lo que siguió a aquella frugal cena de alimeto y de pura gula en ilusión y sentimiento. Se retiraron a descansar, María continuó horas más tarde preparando el liviano equipaje pues el insomnio provocado por la tensión le impedía dar algún respiro a la consciencia. Daniel cayó rendido junto al cuerpo de Miguel que ya rendía sus deseos a Morfeo desde hacía horas.

La hora de levantar alcanzó a María escribiendo cartas a los seres que respetaba de la villa y contornos. Despertó a Daniel con un desayuno especial para su situación, con gestos y miradas sin palabras muchas veces innecesarias se despidieron hasta la arribada de su hijo tras la jornada de pesca. Terminó de escribir la última carta y las envolvió todas en un pequeño hatillo que mandaría enviar Mauro con el lechero que salía en pocos minutos a recoger la leche de las aldeas que unían la Villa con el Cabo de Peñas. Días después sabría el carpintero hacerlas llegar a cada destino sin problema alguno.

- Miguel, hijo son las cuatro de la mañana toca levantarse
El pobre infante no estaba acostumbrado a semejantes horarios y no reaccionó. Fue el olor de la leche caliente y el pan recién hecho lo que le aportó las razones claras y de peso para conectarse con la vida activa y abandonar temporalmente los sueños infinitos. Ya con las primeras luces Maria y Miguel enfilaron sus pasos hacia Contrueces por el pedregroso camino de Ceares. La mañana recién nacida los envolvía en su silencio sólo interrumpido por las hojas de los robles, álamos, abedules que se revolvían al golpe de cada vendaval procedente del viejo recio y tradicional nordeste procedente del Golfo de Vizcaya.


Intentando pasar desapercibidos como peregrinos al salir de los límites de la villa se vistieron con trapos y mantos más propios de tal vida con muchas leguas en sus andares. Así acercaron sus miedos al portón de la casa de Novenas donde con dinero y la buena mano de María dos caballos le fueron entregados. Más de mitad del dinero que tenía para todo el viaje que aún no había comenzado había quedado en las manos de aquella gente, pura deshonra y oprobio de lo que tanto postulan cuando llega la hora del diezmo ante el obispo.


María cambió el camino de entrada a la Villa y en dos horas había llegado con los caballos a su casa cerca de la capilla de San Bernardo. Una vez bien seguros en la planta baja de su casa continuó con su proceder normal hasta que llegara Daniel de la dura jornada de pesca. En todo aquél tiempo de idas y venidas María le relató a Miguel en el lenguaje más propio del infante lo que harían esa noche, algo que el niño se tomó como una gran aventura de las que sus cortos recuerdos le llevaban a los cuentos de su padre algún día de mal tiempo en el que quedaba en casa con ellos.

La tarde se hacía larga embutida en la ansiosa espera por partir…

miércoles, 22 de abril de 2009

Un Cuento para San Jorge, una rosa para Vos

Es esta una historia en la que otros personajes otros eran los partícipes desde centurias rebasadas cruelmente por el dios Cronos. Quizá la música que siempre me ayuda interponiendo su neblina invisible entre lo que pugna por ser real y lo que en verdad se merece convertir en digna realidad haya ayudado a cambiar el espacio y el tiempo junto a los personajes, no lo sabré nunca. No me entretengo y comienzo este pequeño cuento relato.

No puedo aún definir el momento en que tales hechos acontecieron, pero si relatar que grandes males para el sueño y la razón ocurrieron en semejantes fechas. Extraños vericuetos de la fortuna trajeron así al mismo tiempo el mal a la tierra que pisamos aunque fuera por el poco tiempo que dura el velatorio, pues los sueños entre su disertos conformados por la tinta dieron alas a sus respectivas inmortalidades.

En esta historia, que los sueños permitieron a este mortal ver desde un enorme estrado de madrea y metal apoyado sobre las nubes que se mantenía sobre el lugar, ocurrieron las cosas tal y como pretendo repetir. Otro sentido será el que vuestras mercedes den a lo que lean que no seré yo quien les obligue a tener fe en su significado si a mi mismo tantas veces me acaba por faltar.

La nube me llevaba unas veces sobre un lago de medianas medidas, pues si salvásemos la zona pantanosa repleta de juncos y vegetación más propia del trópico que del desierto circundante, el agua libre no formaría un cuadrado algo amorfo de dos por tres kilómetros, otras veces era capaz de acercarme a una colina donde se apelotonaban las casas como en una loca carrera por alcanzar un enorme castillo de orgullosas torres que lo conformaban en un hexágono alrededor de la imponente torre del homenaje, precioso trabajo de arquitectura cerrada en su parte más elevada por una cúpula dorada sobre la que las gotas de agua robadas a las nubes enviaban destellos al confín del condado que suponía era señor quien en tal castillo morase.




Con un poder que nadie me había mostrado, pero que brotaba de alguna parte me vi trasportado al salón del trono del aquél conde. Un hombre en actitud sollozante intentaba mantener su dignidad al parecer perdida. Con mis nuevos poderes acerqué mis oídos a la conversación que parecía mantener tal compungido conde con el otro personaje más bien salido de las crónicas del mismo rey Arturo y su mago Merlín.
- Excelencia, no turbéis mas vuestro ánimo. Comprendo que habéis de ser ejemplar como cabeza de vuestro condado que sois, mas el pueblo sabrá comprender vuestro sufrimiento y salvará a vuestra hija.

El conde lo miró con incredulidad
- Vos que habéis sido elevado a tal rango por Realidad, ministra que dirige mi gobierno, decís tal cosa sin encogeros la conciencia. Soy su señor, debo dar muestra de tal cosa o o perderé su confianza.
- Perdón Excelencia, a veces olvido quien es mi mentora. Es la admiración por vos lo que me hace perder la verdadera razón de mi cargo.
- No importa. Ahora llamad a mi hija
El consejero del conde se acercó al camarlengo que se encontraba en una prudente distancia de aquellos dos hombres y de forma suave pero determinante le ordenó ir en busca de Imaginación, la hija única e insustituible del Conde.

Pocos minutos después, un brillo a duras penas constreñido entre el encorsetado vestido de Imaginación deslumbró a todos los que esperaban en la gran estancia central del castillo, la chimenea parecía dejar de crepitar y reducirse a pequeñas brasas sobre las que se escondían las llamas por no atreverse a competir contra semejante fuerza de luz vital.
- Imaginación, luz de mi alma, espíritu liberto que hasta hoy has sido el flujo de mi sangre, el ritmo claro en los pálpitos de este corazón que de jovial pasará a anciano por los designios y el trato al que me vi obligado cientos de años atrás con el fiero dragón del lago. Ha llegado la hora de entregaros a su poder de interminable apetito. Bien sabía que esto podría pasar cuando acepté el trato con el viejo dragón de infecto nombre, más nunca pude asimilar que llegaría el momento de entregarte a ti, Imaginación, hija de mis deseos a la maldita Rutina, dragón de aviesos deseos y letales efectos.
- Padre, no seáis vos como los que nunca vieron la verdad de la felicidad. Cumpliré los designios de Realidad que esto predijo sin nadie escuchar; mientras esto sucede utilizad lo que habéis aprendido de mi y un reflejo de mi logrará abatiros de vuestra pérdida. Imaginad un salvador, un brazo que cercene esa cabeza y todo volverá como se fue. Padre…

Imaginación abrazó al conde y en pocos minutos después de la despedida la comitiva se alejó a través del desértico paisaje que separaba la colina de la laguna donde Rutina esperaba con la calma de quien se sabe vencedor. Mientras, el conde tratando de sobreponerse intentó seguir el consejo de su ya perdida hija cuando una voz de trazos robustos a la vez que femeninos le interrumpió

- Sabías que esto sucedería, nada se puede mantener si no se pelea por ello.
- ¡Déjame, Realidad! ¡Qué sabes tú de lo que significaba Imaginación para mi vida!
- Imaginación era la sal de tu vida y sería la de cualquiera que deseara escapar de esta montaña rodeada de desiertos que significa tu vida. Imaginación es lo que debes salvar y ella te dio la clave, solo has de seguir sus pasos.
Con la dignidad que su cargo le otorgaba Realidad abandonó el salón principal para subir a su atalaya como tantas veces, desde donde poder comprobar la equivalencia de lo que pensaba con lo que veía. El conde apoyado en el pétreo marco de la ventana ojival que daba en la dirección del lago comenzó a esforzarse por imaginar, tal y como le dijo su hija…
De pronto una polvareda avisaba de uno o varios jinetes al galope que se aproximaban al castillo. Poco tiempo después era un jinete que sin detenerse acabó por presentarse ante el conde en el patio de armas.

- ¿Quién sois vos y a que debemos vuestra llegada?
- Excelencia, permitidme que no os diga mi nombre de momento. Se que habéis entregado a vuestra hija al terrible dragón que os amenaza desde largo tiempo en el lago. Por esto me comprometo a devolveros a vuestra hija, matar al dragón y deciros después mi nombre.
- ¿No pedís nada a cambio?
- Si, la mano de vuestra hija.

El silencio no fue de larga andadura, pues el conde sabía que aquella era su opción.
- Tenéis mi palabra y mi bendición. Vuestra será la mano de mi hija si sana y salva la traéis a mi lado, aunque tras los esponsales os quedaréis para siempre en mis tierras.
- Así será, excelencia. Y como no hay otra manera de alcanzar tal dicha me despido de vos y vuestro pueblo hasta mi vuelta con vuestra hija.
Sin más aquel extraño caballero a lomos de un corcel tan blanco como la nieve partió dejando polvo de arena y deseos de éxito. No era mucha la distancia con el lago, quizá dos leguas, por lo que poco antes de percibir el olor a aguas estancadas de aquél lago al que ningún río alimentaba se encontró con la comitiva que acababa de dejar a la hija del Conde. Sin parase ante ellos apretó las espuelas y entre relinchos y polvo dejó boquiabiertos a éstos.

Rutina esperaba mirando y disfrutando del brillo inagotable que Imaginación desbordaba a pesar de su estado. No había para Rutina triunfo mayor que devorar a Imaginación, había esperado mucho tiempo devorando doncellas del viejo condado sabiendo que al final acabaría por devorar a la hija del Conde; devorar a Imaginación y con ella el castillo y las almas que en él habitaran caería al fin bajo su control.
Pero no todo iba a ser tan sencillo. El caballero, espada en alto, aprovechando el reflejo de la luz que Imaginación no podía evitar irradiar deslumbró a Rutina que nada de esto esperaba, con un salto que cualquier caballo no lograría ni en los sueños del propio Cid Campeador logró clavar la espada en el cuello del dragón, que desbocado por la herida mortal inesperada caía inerme sin poder bufar por la sangre que inundaba su garganta.
Sin un segundo de descanso, ya en tierra con decisión aupó a Imaginación en la grupa del caballo para salir al galope hacia el castillo. El triunfo había sido total, la libertad como viento del desierto entraba a raudales desde las dunas que circundaban aquél escenario. Faltaba cerrar el círculo con el Conde.

A las mismas puertas del castillo el Conde esperaba con ansia colegial la llegada del caballero con su hija. Entre vítores y aplausos la mínima comitiva cubierta del polvo arenoso descabalgó. Imaginación abrazo a su padre que aún no daba crédito a lo que sus ojos percibían.
- Excelencia, como prometí os traigo a vuestra hija y el dragón ya no amenazará más pero aún queda daros mi nombre y el de mi corcel.
- Antes de que lo hagáis mi bendición tenéis y concedida la mano de mi hija si esta tiene a bien amaros.
- Excelencia, os agradezco vuestra palabra. Mi nombre es Amor, el de mi corcel Amistad…
- Lo veis, padre, os lo dije, tan sólo teníais que esforzaros con lo aprendido de mí. Así lo hicisteis y no hubo rutina que sobreviviera a tal determinación.



Imaginación en sus mil formas venció a Rutina, como San Jorge lo hizo con el dragón.

lunes, 20 de abril de 2009

La nave y el sueño arribaron ya...

Hay veces que la emoción turba a la razón, hay otras en las que los nervios le atenazan a uno cegando la visión de otros lugares tan cercanos en ese momento como la propia piel bloquenado hasta su propia imaginación de forma temporal.

Así deben de estar los sentidos del que esto escribe, pues al fin un sueño tan lejano en apariencia como increíble en su consecución ha decidido posarse sobre mi ánimo estos últimos días. He escrito, escribo y escribiré; desde este pequeño balcón forjado de electricidad y argamasado con la imaginación plasmada en mis letras que ha sido, es y espero que siga siendo mi pequeño libro abierto para mi propia ilusión y para lograr repartir un poco de ella sobre quien desee entrar en él.

Pero hoy, 20 de Abril de 2009, es un día muy especial para todo esto que os cuento, un día en el que al fin os puedo mostrar un libro nacido de tantos golpes de estos mismos dedos sobre el sufrido teclado que he podido editar y poner a la venta. Siempre a pesar de las editoriales al uso que, como no podía ser de otra manera, cumplen de forma básica el patrón de “si no tienes padrinos no te bautizas”, o sea que si no estás consagrado o no “rozas” tu vida con partido al uso en el gobierno de la taifa local que te “de un empujón” no te queda más remedio que soñar. Más, como bien dejó escrito uno de los soñadores por excelencia y que desde que mi padre me lo presentó cuando aún los sueños y la realidad comparten los mismos minutos no dejé ya de admirar de forma permanente: "Todos los hombres sueñan, pero no igualmente. Los que sueñan por la noche en los polvorientos rincones de sus mentes despiertan de día para encontrarse con que todo era vanidad; pero los soñadores del día son hombres peligrosos, porque pueden realizar sus sueños con los ojos abiertos, HACERLOS POSIBLES." (Thomas Edward Lawrence)


No me importa si vendo uno, diez o diez mil; esto es algo que este momento de sueño real supera con creces cualquier cifra u éxito similar en una hipotética venta, es algo tan simple y tan magno como el hecho de sentir que algo creado por ti mismo pueda tocarse, que puedas coincidir con sus tapas sobre las manos de alguien desconocido en el mismo tren en el que acudes al trabajo cada día y tu corazón plapite de satisfacción y orgullo por la meta imaginaria convertida en orilla de Nuevo Mundo.


Don Martín de Oca, el personaje principal de esta novela sin imaginar su futuro lo soñó desde que su razón pudo hacerlo y sin creérselo en semejante realidad soñada se encontró sin mas que por su propia actitud ante la vida. Islas por encontrar, pasiones por abordar, lealtades que probar; la búsqueda del triunfo sobre el filo de la derrota.



Como él, a pesar de tantos árboles que tapaban el bosque yo también soñé tantas veces despierto semejante situación. Es este un momento de la vida que necesito grabarlo cada instante, uno de esos instantes de un segundo, un día o un mes en el que uno cree que no es capaz de saber si su estado es el de la pura consciencia o el de la dulce inconsciencia del sueño a media vela.
(Disponible en www.bubok.com)
Gracias a todos los que desde vuestra ventana cercana o lejana habéis provocado y provocáis sin más mis ansias de contar historias, unas mejores, otras menos, pero siempre historias que lo son cuando salen del mismo sueño real de sentirlas.
GRACIAS

viernes, 10 de abril de 2009

Si Vas a Esparta...

Nada hay como la victoria de la conciencia sobre el miedo y la debilidad ante la decisión.



“Si vas a Esparta, di que cumpliendo la ley hemos caído”


Pero caer quizá solo sea un efecto de la palabras, pues la épica de los sentimientos que algunos trocarán en demagogia hace que tal caída cunda elevada en ejemplo sobre la confianza del hombre en el propio ser humano, devolviendo con creces la aparente derrota como semilla de victoria.




¿Nadie recuerda ya a aquél joven chino frente al tanque de su propio ejército? ¿Dónde estarán él y su familia? ¿En qué pilar de los cimientos del estadio olímpico venerado por el mundo entero descansaran sus heridas silentes? No creo que haya reino de los cielos capaz de dar cabida a semejante voluntad de carne y hueso, pero sí que la hay en nuestros humildes corazones capaces de las mayores gestas frente al Todo que es la vida y la Nada que es la muerte enfrentadas entre si.


Cumpliendo la Ley, la verdadera, la que traspasa fronteras y banderas, la que intimida a dictadores y demócratas de nuevo cuño, ¿Cuántos más habrán caído en bravo silencio? ¿Cuántos más están cayendo ahora quizá a nuestro lado en pequeños combates frente a algún reyezuelo parapetado tras su rictus de jefecillo en otro lado del dintel de la puerta de su despacho con imaginaria figura de trono real?

Cayeron en las Termópilas, Leónidas mordió el polvo con dolor pero quizá también dulzura. Jerjes venció al fin tras la resistencia fiera de los 300 leales a sus principios, Salamina llegó después, la segunda Guerra Médica tornaba casi a su fin en menos de un año tras el sacrificio de las Termópilas. Leónidas en su ya Esparta imaginaria no sabría nunca el resultado de su sacrificio pero, ¿importaba eso? Aquel bravo chino que se plantó ante el tanque no sé yo de su final, aún hoy no vencieron sus motivos ¿y eso importa? Definitivamente, No. Ellos vencieron al miedo y murieron seguro con dolor, pero sin miedo y sin la tortura propia de la contradicción que algunos llaman remordimiento.


Su Ley verdadera sigue vigente, seguirá vigente mientras haya quien crea en la lealtad humana y no canina, en la conciencia humana sin aditivos perversos. Es esa ley la que debemos sacar de nuestro interior y grabar en nuestra bandera de comportamiento. Bandera que en un largo lema pueda decir











LIBERTAD DE SER Y ESTAR






LIBERTAD DE PODER PENSAR Y COMPARTIR TALES DESTELLOS







LIBERTAD DE EQUIVOCAR EL SENTIDO








LIBERTAD DE RECTIFICAR










LIBERTAD

martes, 7 de abril de 2009

No habrá montaña mas alta... (4)

…El rostro de Don Román se abrió entre las propias arrugas que da la sonrisa del objetivo alcanzado aunque fuera aún parcial. Mientras, los ojos de María comenzaban la segunda parte de su plan. De alguna manera que solo una mujer sabe hacer, estos comenzaron a brillar de forma especial mientras la sonrisa completaba el cerco a la débil fortaleza de un castillo forjado en la falsedad.


- Mi respetado padre, vos habéis sido para mi quien ha mantenido mi vida con el aliento de poder avanzar. No sé aún como agradecer tal esfuerzo de caridad y bondad cristiana que habéis demostrado.
- No os apuréis, señora. Estoy seguro que el tiempo nos dará las claves a tal cuestión. Ahora habréis de preparar a vuestro hijo para la salida antes del final del presente mes de abril, que la flota de Nueva España partirá el 2 de junio de Sevilla.
- Así lo haré padre, mas de alguna forma desearía pagar al carpintero la enorme deuda que mantiene mi familia con él y abonar como no podría ser de otra manera una importante donación a nuestra parroquia. Quizá mientras la familia que se llevará a mi amado hijo paga la suma aún desconocida por mi podría vos en su generosa actitud adelantar la cantidad y así saldar por mi semejante castigo que aflige mi ánimo. Yo os lo agradecería de manera apropiada a vuestra posición y así podría también dar a mi hijo un equipaje que aunque humilde fuera decente y acorde al nombre de nuestra familia.


Miradas que fulminan, pensamientos que aturden convicciones hasta llevar la ofensiva aparentemente débil en mortal claudicación por la propia debilidad. Don Román sucumbió a sus deseos que traducían aquellas andanadas sobre sus propias aspiraciones. Sin dudas y con ansia corrió al cepillo de la iglesia, pues débil era pero no tanto como para arriesgar lo suyo propio. Con una mezcla de sonrisa y sensación de falso realengo sobre María le extendió una bolsa repleta de escudos y reales de vellón, que con gesto de sumisión y humildad María recogió mientras se podían escuchar el batir de la mar sobre el muro que protegía la iglesia de San Pedro del mar Cantábrico.

Se despidieron, él con la mirada puesta en el pronto desahogo de sus instintos zafios y sin alma propia de servidor de Dios, ella con la tensión de saber que había que moverse deprisa antes de que se descubriera la treta.



Amainaba el temporal de viento aunque las olas aun levantaban los suficientes codos como para encerrar a la pequeña flota en puerto. En casa de los Fueyo y Liébana la actividad era frenética el lunes. Con una caballería prestada por un vecino, Maria dejó a sus hijos en la casa mientras ascendía la cuesta de Albandi en dirección a la villa de Candás donde residía Mauro, su mayor acreedor. Mauro era un hombre ya entrado en años, quizá el armazón que se distinguía en la ribera sobre los puntales de su astillero fuera ya el ultimo barco que brotase de sus manos. A pesar de la deuda pendiente tenía una vida amable por su vieja trayectoria de buen constructor y la falta de hijos la suplía entre los que de madera creaba y la dulzura de su esposa Nieves, dejando así que los granos de arena de su reloj vital fueran dibujando su ya corto palpitar. Con sorpresa por ser María la que allí se plantaba a caballo entre vientos y chubascos la recibió y se llevó de forma apresurada al pequeño tinglado que tenía junto a la grada de su barco en construcción.



- Doña María, cómo vos por aquí. Si es la deuda la que os preocupa no tengáis temor que soy conocedor de…
- Mauro, mi respetado Mauro, no tengo tiempo de vuestra comprensión aunque la valoro como lo que en verdad es por ser de vos de quien viene. Mi llegada aquí y de tal responde a lo que si me permitís os relataré.


María le relató la situación de ahogo que con sus artimañas de falso y rastrero santurrón había ido tejiendo el párroco, un verdadero estratega en la consecución de la carroña tras la muerte de su presa. Mauro sin asombro por conocido Don Román no dejó tal relato de alterar su ánimo. María continuó.

- Mauro, me marcho de Gijón, pero creo que lo haré para siempre. Mis hijos y yo partiremos en cuanto dejemos en paz nuestras deudas y la verdadera, tanto en escudos como en lealtad, la tenemos con vos, Mauro. Gaspar, que en paz descanse, así lo habría deseado y por ello pongo en vuestras manos este documento donde os entrego todo lo que tenemos que no es otra cosa que nuestro hogar cuyo valor excede el valor material del “Nuevo Cristo de las Luces” y nunca compensará la lealtad y confianza puesta por vos en nuestra castigada familia. Por ello cuando resuelvan las autoridades del Rey en nuestra persecución os ruego el último favor de demostrar que tal deuda despareció con tal venta y por tal razón nada nos debe de perseguir. Si logramos nuestro empeño y la fortuna nos alcanza quizá las pequeñas deudas que dejemos pueda entonces devolver en mano y con honor a los que en tal estado mantendré.
- Doña María, gracias no es palabra que merezcáis, sino adelante. Podéis confiar que así será y me encargaré con el dinero que vale tal casa que todas las deudas sean pagadas. Cuidaros de Don Román que no es esa hiena con poder de Dios quien se deje engañar tan fácilmente. Antes de partir esperad que he de entregaros algo que os podrá ayudar en el viaje.


Mauro revolvió entre las herramientas hasta encontrar tres cosas que acercó a las manos de la valiente mujer.


- Tomad, no es mucho lo que os doy pero si puede ser de utilidad: este cuchillo de los que consigo de tarde en tarde que me traigan de la comarca de Taramundi; con él y vuestra mano decidida podréis salir de algún inesperado apuro. Dad este pequeño cofre a Daniel, en él se esconde una brújula que le ayudará a mantener su rumbo ahora que enfilado lo tiene. Dad también este libro a Miguel, bendito rapaz, estoy seguro que con él podrá descubrir las matemáticas y con ella la navegación que de ellas vive.

María lo abrazó inundada por el orgullo sentido sobre sus hijos de boca del viejo carpintero. Con la misma urgencia que llegó partió hacía Gijón donde había que poner en marcha la huida.

- Mauro, os prometo por el honor de nuestra familia que allí donde se establezcan nuestros reales tendréis noticias. Pero si no es en este mundo juro por el Dios al que no le tiembla el pulso por vernos sufrir que en los cielos os veré.

Con el orgullo y la determinación arrastró su ánimo el galopar del caballo. Mauro podía descansar en paz. Entre los tres objetos había trasmitido lo que cualquier padre desearía hacer a su familia. Conocimiento, criterio y poder de decisión.



Dinero en la bolsa, deudas saldadas y deseos de progresar; ya solo aguardaba Sevilla.






sábado, 4 de abril de 2009

No habrá montaña mas alta... (3)

… Pasaron días como años en las sensaciones internas de Maria. Mientras, Daniel continuaba su brega millas al norte de Gijón y el pequeño Miguel poco a poco aprendía las letras y los números de la mano de su madre,entre las miles tareas propias y a otra gente,con más fortuna que su madre hacía para sacar adelante aquella situación de pura extenuación. El viernes la diosa Meteo en conjunción con el sempiterno Poseidón cerraron las puertas a su reino y la pequeña flota pesquera hubo de permanecer abrigada bajo la mirada del cerro gijonés. Daniel volvió al tiempo que Maria y Miguel desayunaban con los primeros albores del día.






- Buenos días, madre. La mar hoy no da respiro. Nos quedamos. Don Mariano me ha dado la mañana de descanso, me dijo que tras la comida he de estar a bordo para ayudar en las reparaciones del aparejo. ¡Miguelin, acaba pronto el desayuno que te llevo al Cabo a buscar piratas!



Miguel se abalanzó sobre el tazón de leche, pueso había otra razón mas apasionante en su vida que se hermano lo llevase a lugares donde pisar la raya que inicia la mar que en aquellos tiempos y aún ahora simbolizan la raya con la imaginación. María terció con seriedad ante aquellas dos almas repletas de ilusión.

- Daniel, deja a tu hermano que antes haga sus ejercicios de lectura y escritura y después podréis iros. Además, necesito hablar contigo mientras tu hermano cumple con sus responsabilidades. Anda ven, vamos a mi habitación mientras tanto.

Miguel y Daniel se miraron con gestos de incomprensión. En silencio Daniel siguió a su madre a la habitación donde cerró tras su entrada la tosca puerta de roble algo descuidada en los últimos tiempos. María le relató a Daniel la situación que él en parte ya conocía pues no en vano había dejado sus estudios por ganar un jornal que aportar a la extrema situación. Fue la realidad final la que lo golpeó de manera contundente y las posibilidades las que lo tumbaron sobre un imaginario campo de combate.


- Madre, no podemos separarnos bajo ninguna razón. Somos los tres un vínculo indestructible por el que nuestro padre murió a pocas millas de esta habitación. Hemos de apurar todas las posibilidades que él mismo nos presente desde donde su alma nos observe.
- Estoy de acuerdo contigo, Daniel. Pero por más que tal cosa llevo haciendo en los últimos doce meses no encuentro ya manera de pagar las deudas y Mauro, el carpintero del "Nuevo Cristo de las Luces" no cederá un día más en su derecho a cobrar las deudas por el barco



Un silencio cubrió la modesta estancia en otros momentos ardiente, llena de risas y ternura. Daniel mantenía la mirada a través de la ventana que dejaba distinguir el horizonte del mar entre las oleadas de agua dulce que baldeaban los vidrios desde el cielo. María lloraba en silencio mientras tanto.


- ¡Basta, Madre! Saldremos de esta, tu eres nuestro capitán, nuestro motivo y faro por el que continuar y eso habremos de hacer. He oído que salen dos flotas a América cada año de boca de nostromo Julián. La flota de La Nueva España debe de salir a primeros de junio y aún saldrá la de Los galeones en septiembre. Madre tenemos que encontrar el permiso y salir de este agujero que se traga hasta a él mismo. Huyamos al otro hemisferio, Julián dice que ha oído que la luz inunda los rincones que aquí los tupen sotanas y mosquetes…
- ¡Daniel! ¡No digas eso nunca más, ni aquí dentro, ni en la peligrosa calle.
- Perdón Madre. Más has de darme la razón, debemos dejar nuestra villa, nuestra tierra y buscar futuros reales dibujados en nuestra fe que será la que nos de vida. Padre lo haría, estoy seguro. Yo he aprendido del arte de marear y puedo aprender mas mientras represento que lo sé, con ello el viaje podría ser menos gravoso para los tres.
El gesto de maría se tornó decidido, la ternura había trastocado su suave tez por la de alguien con un motivo vital y casi sagrado.

- Daniel, tengo que contestar a Don Román que si de esto tuviera noticia nos cortaría las tenues alas que acabamos de dibujar. Mantén esto en puro secreto y mientras preparamos la salida déjame hacer la parte que mas recelo exige, pues de la Santa Madre Iglesia hablamos y sus acólitos por sobremanera.

Pactaron el silencio por método con el pequeño Miguel y la operación ya comenzaba su ejecución. Daniel prepararía pertrechos y acopio de información que sus pocos años aunque ágiles ya en el entendimiento bien recrecido por la miseria como compañera lograría completar. María, mientras tanto encaminaría sus pasos a la boca de un lobo con bonete y ansias de dominio secular.

Así pasó el sábado en el que los malos vientos cargados de hielo del puro norte glacial junto con grises, casi negras, olas golpeaban los acantilados del cerro como baluarte de una ciudad que miraba al mar como fuente de vida y libertad. El domingo llegó y tras la misa Doña María que como tal acudía la sacristía encontró su ánimo con el de Don Román, sotana negra, ojos de avaricia y manos retorcidas por la lujuria débilmente contenida.
- Le esperaba, Doña María. Por favor siéntese y hablemos de los que nos espera por resolver.

La voz del párroco era la de quién se sabía portador de los ases de la baraja. La partida había de comenzar.

- Gracias, padre. He reflexionado sobre nuestra situación y considerado su oferta de enviar a mi hijo con la familia Aller y Suardíaz como la salida a los sufrimientos por los que estamos pasando en mi familia…

martes, 31 de marzo de 2009

No habra montaña mas alta... (2)

…La sacristía quizá fuera el lugar más frío de aquella iglesia. No se encontraba en ella más que el mueble para colgar las escasas casullas pegado a una de las gruesas paredes, en el centro dominaba una mesa tosca de roble a la que le hacían cerco tres sillas de diferentes facturas. Sobre la mesa un crucifijo de plata de mejor acabado que todo lo descrito antes presidía aquella espartana estancia. Don Román la invitó a sentarse mientras el rebuscaba la casulla para los oficios de primera hora de la mañana.

- ¿Y bien Doña María? Usted dirá lo que desea conversar.
María, roja de vergüenza por el trago que sentía que debía pasar ante aquél hombre de doble rasero comenzó sin dilación.
- Padre, mi familia no puede más, con las demoras en los pagos he conseguido juntar algo de dinero gracias a los trabajos que usted en su infinita bondad ha logrado que las gentes me ofrecieran. Hace pocos meses que tuve que sacar a Daniel de las “lecciones” para ganar algo de jornal en lo que creo que puede darle futuro que no es otra cosa que la pesca. Aún así no podré pagar las deudas contraídas por mi difunto marido que en paz descanse y vengo a rogarle ayuda de cualquier tipo ya no para mi persona sino la de mis hijos que merecen un futuro mejor…
No pudo más, la angustia le cerró la voz entre sollozos.
- Doña María, bien se de vuestra situación que tanto me aflige, máxime por haber conocido a Gaspar, fiel entre los fieles, trabajador y hombre emprendedor como falta nos hace en estas Asturias tan faltas de hombres así. He ido analizado las posibilidades y creo que tendría para tus hijos salidas válidas y prometedoras si comparamos la situación que ahora corréis. Vuestro hijo menor, Miguel, creo que sería un buen religioso en cualquiera de las órdenes a las que desde aquí podría recomendar para su ordenación.

Los ojos de María interrumpieron tal ofrenda seguramente cargada de nefando interés por parte de Don Román, pues todo el mundo sabía que aquello era ingresar a su pequeño como esclavo en un mundo donde las clases se multiplicaban por mil.

- Con el debido respeto a vos, padre, creo que Miguel bien puede esperar por tener tal destino…
- Bien, bien pero en verdad que no habéis de encontrar muchas posibilidades donde elegir tal y como se ciernen vuestros destinos, pormto los pagos se harán efectivos y vuestra casa será lo primero que perdáis. Hay otra posibilidad para vuestro hijo Daniel que con sus diez años podría aprovechar. La familia de los Aller y Suardíaz viajarán el mes de Abril hacía Sevilla, pues cumplimentan el despacho del Rey como séquito administrativo del Virrey partiendo con destino a La Habana. Necesitan un criado y qué mejor que alguien conocido y paisano de ellos. Sé que son buena gente y darían una oportunidad en el otro hemisferio a vuestro hijo. La manutención un mínimo sueldo para él y una válida compensación que podríamos compartir la Iglesia y vos por cederle a vuestro hijo.


Aquella oferta le dolía aunque en menor medida y si la compensación tras el descuento del párroco saldaba sus deudas al menos daría una oportunidad a su otro hijo.

- Padre, os doy las gracias por vuestros encomiables esfuerzos. Si me permitis tras la celebración del domingo os daré respuesta de esa última propuesta cuando sepa si tal compensación salda mis deudas y el dolor de mi hijo por la separación es humanamente asumible por él.

Se despidieron y con la dignidad de quién fue alguien en la villa, María salió de la Iglesia de San Pedro con Miguel de la mano dando pequeños saltos de alegría por el tiempo de juego extra que tuvo aquella mañana de regalo con el monaguillo de Don Román.

Cuando todo esto comenzaba a marcar las vidas a fuego vivo sobre el alma de María la mar mantenía las manos de Daniel entre las redes entretejidas empapado mientras un buen banco de jureles entraba por la borda para dar un golpe de riqueza corta pero gratificante a todos los que luchaban entre las olas del Cantábrico.

- ¡La jornada esta lista! ¡Rumbo a Gijón, sin demora!

La voz del patrón era clara, mientras unos arranchaban el aparejo de pesca, otros estibaban aquel tesoro aún vivo y los restantes enfilaban al proa contra el cerro de Santa Catalina. Daniel estaba orgulloso, no esperaba mucho de la ganancia pero sabía que sería más de lo que había conseguido en las singladuras pasadas. A pesar de la panza repleta de jurel, el pesquero cazaba el viento como fragata cazadora y la protección del Cerro enseguida los obligó a sacar los remos para abarloar el pesquero junto al pequeño cabañón a modo de rula donde sacar la pesca.

Pocas horas después Daniel con el atardecer empuñando la cortina de estrellas que daba carpetazo al día entraba en el hogar donde le esperaban María y su hermano Miguel frente a un fuego sobre el que el caldero hirviendo y oliendo a laurel abría las ganas de comer a un muerto.

- Hola Madre. Hoy ha sido un gran día. Hicimos la pesca del mes. Parecíamos hundir con tanto jurel. Don Mariano me entregó lo pactado y diez escudos.

Con orgullo vació la bolsa con cinco monedas de dos escudos. La efigie de Don Felipe el quinto parecían sonreír en medio de la escena. María orgullosa por él los recogió en silencio y con un gesto los sentó alrededor de la mesa. Aquella noche la sopa sería el preludio de dos jureles frescos y de un sabor que no podrían envidiar la cocina del Palacio Real.

- Daniel, el domingo es el cumpleaños de Miguel y haremos una fiesta especial gracias a tu esfuerzo.

Miguel lo celebró golpeando la cuchara de madera sobre la mesa mientras María besaba a Daniel. Hacía muchos meses que no sentían el calor familiar junto a la sensación de bienestar y aquella era la primera vez desde tanto tiempo. Terminaron de cenar, ella los besó y Daniel se llevó a Miguel a la cama mientras le iba contando contaba el gigantesco tamaño de las olas y la red cargada de jureles contra la que se hizo tantos cortes en las manos. Ella los miraba y se retorcía de dolor al imaginar verlos separados.

¿Qué hacer? ¿Perder la casa, perder la salud sin lograr progresar, aunque uno de los dos fuera? Ella se sentía joven, sus 28 años y la fuerza del maldito destino hasta ahora escrito por los dioses la habían devuelto las ganas de empujar contra todo por sus hijos y por ella. Don Román deseaba sacar el dinero y algo más de ella, pues mujer era y aquello ya presentía desde hacía algún tiempo. Perdido a Daniel quizá salvaría la situación o quizá la miseria golpease con más dureza y no quedase más vida que la leída tras las pupilas del párroco.



“Quedan seis días hasta el domingo en el que habré de dar una respuesta a Don Ramón, son seis y en esos días lograré encontrar la respuesta como digna esposa de Gaspar Fueyo soy”

domingo, 29 de marzo de 2009

60 minutos, ¿De reflexión o de hipocresía?



Llevo una semana entera de trabajo hasta el final de cada día y tras este mi cabeza seguía embebida en las decisiones tomadas, las que se han de tomar y si ambas navegan en la senda de la correcta enfilación. Llega de tal guisa uno al fin de semana sin muchas ganas de escuchar diatribas de “tertulianos” radiofónicos o imágenes de los logros de esta sociedad tan avanzada que permite las eternas injusticias desde las sempiternas manos, aunque con la tecnología más desarrollada para así seguir manteniendo un status de equilibrio entre la miseria y la riqueza sin estridencias en la generalidad.


Quizá en el fondo del mar igual que a cien kilómetros sobre la superficie terrestre todo estos devaneos con la realidad fueran innecesarios como también las pasiones humanas que los producen y será por eso por lo que allí no vivimos sino aquí, sobre Gaia. Hace ya algunos millones de años que este famoso casero nos abrió sus puertas a la vida con un contrato de principio perpetuo, permitiendo el desarrollo de la vida en estado puro. Es esta vida que en su grado sumo de libertad dio por rey de la finca a una especie dotada de capacidades que la llevaron a las cotas nunca antes conocidas de desarrollo técnico para el bien y el mal. Lástima que en tales cotas de desarrollo a este humano la soberbia le llevó a despreciar al dueño de la finca y arrogarse con creer ser la especie elegida por un dios elegido a su imagen y semejanza en algunos, en otros reencarnado en su esencia y así sucesivamente, siempre sin aceptar la vigencia del contrato del verdadero dueño de la finca de nombre Gaia.


Las mentes ahora vigentes quizá no estén concienciadas pero lo que si están es asustadas pues hasta en los templos de gruesas paredes ya se empieza a notar los rigores que la fuerzas de la naturaleza empiezan a plantear. Los avisos ya han comenzado con pequeños toques en los que se atisba levemente que la salvación divina no solventará el contrato de vida eterna en la tierra a los que de verdad están vivos. El veneno de la frase “creced y mutiplicaos” ha calado de tal forma que con su cumplimiento extremo no habrá energía que lo sustente, no habrá alimento que lo sacie, no habrá tierra que permita semejante locura. Sin embargo la prole del inquilino no para de crecer, (gracias Ratzinger y colegas del mismo negocio en distintas versiones), y el dueño de la finca comienza a enfadarse.


En la parte alta de este imaginario “triplex” terrestre que tenemos en alquiler seguimos dilapidando sin controlar el gasto. Tranquilizamos nuestras conciencias con un reciclaje propio de los setenta en los procesos industriales, (end of pipe). Todos sabemos que esto del reciclaje es la coartada para seguir comprando más y más envuelto en vistosos materiales que luego ya reciclamos. Nadie se ha planteado que reciclar supone generar un depósito donde llevar el residuo, un trasporte que lo lleve a una planta de reciclaje y tratamiento y con el resultante mantener un depósito de residuos ya inertes. ¿Cuánta energía supone eso? Nadie os lo dirá. ¿Cuánta energía de las térmicas de carbón, de la plantas de ciclo combinado de Gas natural, de las nucleares de turno, etc…?


Nadie se queda con las famosas “TRES R”, que además de la última conocida por todos a la perfección que dice “reciclar”, le preceden las de Reducir y Reutilizar. Pero quizá no interese tales vocablos a una economía basada en el consumo reducir este o reutilizar lo que uno dispone en otros usos. Lo interesante es hacer gestos al tendido como lo de los 60 minutos por el mundo con los que tranquilizar la conciencia, algo tan poco imaginativo como resultón, similar a los gestos tan vistos y tan tradicionales de la oración y la esperanza en una fe divina que confía en los dictados de un dios al gusto de cada civilización que nos protegerá del dueño de la finca, pues ya se encargará de castigar de forma individual al que mal se comporte aquí y premiará al bueno allá. Así nos olvidamos del problema real, pues este mundo tan solo es un valle de lágrimas.


¿Qué hacer? A veces creo que nada y las más me conformo estar a bien con mi conciencia, pues creo que no queda mucha salida a nuestra estancia en la tierra. Los saurios dominaron la tierra y desparecieron no sé si bajo un diluvio, por un meteorito o por lo que fuera, nosotros dominamos la tierra, pero creo que Gaia se está hartando y no recibe buenas vibraciones de cambios desde nuestro lado.


Luchar por un mundo más justo es algo complicado porque la justicia aún no es universal. Esto hace que los niveles y puntos de vista de esta sean tan diferentes que uno contempla combates y “justas” por la fe, por la igualdad, por la verdad que no acaba de entender. Vivimos ahora una crisis brutal los de los pisos altos del Triplex, los del sótano siguen sufriendo como sufrían. Aprovechemos la crisis para mirarnos hacia dentro, guardemos en la memoria los miedos a la pérdida de la seguridad económica y laboral para ser cautos, para reducir el consumo y con ello el derroche de la energía que solo acarrea destrucción a futuro; reutilicemos las cosas que nos rodean, intercambiemos entre nosotros el valor humano de nuestras capacidades sin ansia por el lucro.


Es todo tan simple como hacer lo que uno sea capaz de hacer, pero de forma constante y sin aspavientos de un progresismo que raya en el puro lucimiento de lo políticamente correcto o de guitarra y canciones de iglesia dominical. Ánimo y adelante, mirad a vuestro alrededor, hay miles de cosas que podemos esforzarnos por hacer.


Hay otra frase que dice que un grano no hace granero pero ayuda al compañero.

sábado, 28 de marzo de 2009

No habrá montaña mas alta,...(1)

La primavera como un verdadero ejército de luz y frescor, de viento y lluvias refrescantes alcanzó al fin con victoria total sobre el manto de hastío invernal el Gijón que se dibujaba aún pequeño y recogido sobre si en el año de 1722. La guerra de sucesión había terminado hacía casi una década, pero sus huellas se podían leer a lo largo del reino ahora Borbón.


La primavera reinaba ya en aquél hemisferio, pero en la casa de los Fueyo y Liébana el invierno hacía mas de un año que se había instalado con armas y bagajes resistiendo cualquier asedio temporal. Mientras la pequeña ciudad comenzaba a resurgir de sus cenizas mediante la agricultura, la pesca y el leve comercio marítimo con el resto de puertos del Golfo de Vizcaya, en la cabaña de los Fueyo nada había cambiado desde un fatídico 24 de diciembre de 1720 en el que el duro oficio del cabeza de familia Don Gaspar Fueyo y Llamón, patrón del “Nuevo Cristo de las Luces” le hizo perecer junto a sus compañeros de oficio bajo los golpes de viento y mar a pocas millas del cabo de San Lorenzo.



Don Gaspar, recio marino de una vieja estirpe de pescadores había logrado con su esfuerzo y el de su joven familia emprender una nueva vida como armador y patrón de aquella pequeña embarcación, un bajel de un solo palo que aparejaba una vela latina en el palo mayor pudiendo izar un foque al bauprés que orgulloso miraba a proa de su fino casco de madera de roble asturiano. Había empeñado todos los ahorros presentes y futuros y como garantía era suficiente su nombre y palabra. Con semejantes argumentos no hubo carpintero de ribera que se negara a construir la nave.



Como escribía unos renglones más arriba, el 24 de diciembre de 1720 el “Nuevo Cristo de las Luces” trataba de ganar terreno a un temporal propio de la estación invernal. Lluvia y viento arreciaban del oeste contra su proa, la bahía que daba nombre al Cabo de San Lorenzo se podía ver con la luz gris del mediodía en los momentos que patinaban sobre la cresta de una de las infinitas olas que arribaban desde más allá del Cabo de Peñas. Daniel con su hermano Miguel aferrando su manita de niño de cinco años a la de él observaban desde lo alto del cerro de Santa Catalina el desigual combate. Faltaban dos veleros por arribar a casa y uno era el de su padre. María Liébana, su madre, sabía que era inevitable prohibirles subir al Cerro y abandonó el hogar en el que entonces vivían cercano al Palacio de los Jove - Hevia en plena bahía para buscarlos. El temporal arreciaba y una pulmonía, una neumonía o cualquier cosa que terminase en ese terrible sufijo sobre cualquier infante significaba muerte segura.



Cuando llegó al cerro sin pérdida alguna se encontró con sus dos hijos empapados e hipnotizados.



- ¡Miguel y Daniel! ¡Volved a casa, vuestro padre arribará pronto!



Sin mirar a su madre, Daniel apuntó con su brazo libre al punto donde de forma intermitente se distinguía el bajel de su padre. Sin dificultad pudo distinguir la vela a modo de tormentín en el estay de proa con sus colores azul y blanco que distinguía el barco de Gaspar de los demás. Como un embrujo de nuevo el silencio los cubrió y los dos niños de 8 y 5 años se aferraron a las piernas de la madre mientras grababan las imágenes de la lucha por la vida que se entablaba a menos de dos millas de donde ellos se encontraban. Una vida que era suya por la sangre y por la esperanza que los brazos de Gaspar infundían cuando los cogía y apretaba al despedir cada noche en sus jergones de paz y sueños.


Los malos presagios, quizá los que siempre acaban por cumplirse, lo hicieron de nuevo esta vez. Un golpe de mar se adelantó en su embate sumándose a la ola que lo mismo hacía de forma impune sobre el costado del barco. El palo, con el olor aún reciente a la savia que le dio la vida, partió arrastrando cables, batayolas y a quién encontrase en su camino de muerte. Un golpe como el de un rayo propio del temporal sacudió los tres corazones que palpitaban desbocados y al unísono sobre el Cerro. Por pocos que fueran los años de Miguel y Daniel, ambos sabían con la certeza de quien ya viste la sal en la piel que la nave sería ya pasto de los bajíos del Cabo de San Lorenzo. La madre con los niños aferrados a ella corrió hacia la playa donde otros familiares con hombres a bordo, marineros que habían logrado arribar con vida esperaban el fatal desenlace.


Nadie olvidó aquella terrible jornada en la pequeña villa marinera, donde una sola vida perdida significaba además del enorme dolor general una pérdida irrecuperable en el valor futuro de la comunidad. Tras los funerales y las condolencias que inundaron el aire que respiraban plagadas de muestras de solidaridad, la familia de los Fueyo Liebana volvió a la cruda realidad de las deudas contraídas por la compra del “Nuevo Cristo de las Luces”. No había recursos suficientes entre los cuatro muros de su hogar, los brazos de una mujer en aquella situación poco podrían hacer para pagar el volumen de tales deudas. Con la mediación del padre Román los acreedores, sobre todo Rufino el carpintero autor del difunto pesquero, accedieron a dar un año de demora en el pago de las deudas mientras María lograba encontrar una solución digna a su grave situación. Ahora tocaba replantear una vida que siendo siempre ruda, dura y sin piedad prometía otras metas que las fijadas hasta aquella Nochebuena del 1720.


Tras un año en el que María intentó trabajar, en el que consiguió alargar las jornadas a límites temporales que superaban los reales la situación no se aclaraba y los acreedores habían olvidado las promesas hechas frente al cuerpo inerte de Gaspar Fueyo y después ante el párroco de la villa como sumisos feligreses. Desde noviembre de 1721 Daniel había embarcado como marinero para todo a bordo de uno de los pesqueros de la villa. Era el último de la tripulación y eso le proporcionaba las migajas de las ganancias diarias, muchas veces míseras de inicio para todos aunque al menos podían comer sin desembolsar nada gracias a su trabajo a bordo.


Entró el nuevo año 1722, el frente de la miseria se presentaba cada vez más firme, extenso y con moral de victoria sobre las tres almas que malvivían con las fuerzas y el ánimo rayando las cotas más bajas de sus vidas. María sabía que tal mal de enorme trascendencia iba a requerir de decisiones de igual envergadura. Pasada la Epifanía resolvió pedir consejo a Don Román, el capellán era quien de alguna forma podría encaminar alguna luz en aquél tétrico y alargado túnel que parecía no tener fin. No esperaba nada para ella pues sentía que su felicidad residía ya en la propia de sus hijos y eso la reconfortaría hasta el fin de sus días, no deseaba más de la vida.


Tras despedir a Daniel antes de que el alba abriese el día, María rezó como siempre en los que rogaba que cuidasen los cielos de su hijo frente a la madrastra títere del cruel Poseidón sobre la se jugaría el sustento. Una “señora” que ya le había robado a su marido y en un capricho de su fatal destino podría robarle a su primogénito también. La luz del amanecer la sorprendió en las tareas de la casa, tras desayunar en silencio abandonó la casa y con el pequeño Miguel a punto de cumplir los siete años encaminó sus pasos a la iglesia de San Pedro.


La iglesia firme sobre la roca que frenaba los embates del Cantábrico dándole la espalda como queriendo demostrar su querencia al hombre y el desprecio a la furia inhumana de los elementos esperaba a María con los pórticos abiertos. En silencio atravesó con aprensión las imágenes colgadas de los exvotos con las formas de las naves que salvaron sus cuadernas y las vidas de los hombres que las tripulaban en alguna situación de peligro mortal. Nunca le gustaron, pero desde la muerte a pocas millas de aquel lugar de su Gaspar dejó de creer en tales “hechizos” en que se convirtieron para ella, aunque nunca se atreviera a nombrarlos de tal manera a voz real.




Don Román se encontraba gesticulando de manera aviesa al monaguillo que intentaba recoger algún objeto que yacía roto en el suelo cuando notó la presencia de María y Miguel.


- Buenos días Doña María. Tan pronto y ya en la casa de Dios. ¿Se os ofrece algo?


- Don Román vengo a pediros consejo


- No faltaba más. Acompañadme a la sacristía. ¡Dámaso, quédate con Miguelín y cuídalo mientras hablo con su madre!...

viernes, 20 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (y fin)

…La comida trascurrió en calma, en la mesa del capitán y los “primeros” los esfuerzos por hacer grato el retorno a la realidad no lograban fructificar en el ánimo del marino alemán. Después de varios días era la primera comida en la que no era necesario fijar las sillas al suelo y era posible mantener una conversación sin estar pendiente de la cubertería ni objeto no sujeto al barco. Los golpes eran ya los normales en aquellas latitudes, ahora ya solo era cuestión de no toparse con algún submarino de su majestad el Kaiser alemán al que enseñarle los papeles falsos de una carga destinada a sus archienemigos de la pérfida Albión.


Alejandro continuó con sus labores, pues el marino alemán parecía haber asumido la lluvia letal de la verdad entre sus ruinas. La mar gruesa paso a fuerte marejada, algo que para la latitud y la época del año podría sentirse como una encalmada. Poco a poco la tripulación se recogió en su rutina diaria, sus guardias, la vigilancia ante el ocasional enemigo metálico silencioso como verdadero lobo en medio de un bosque del Pirineo, y es que los submarinos alemanes en su ansia de bloqueo al inglés no daban navío por neutral. La cocina trasegaba olores a cada rincón metálico de aquella pequeña aldea sobre el desierto líquido que es la mar durante semanas y meses entre sol, nubes, estrellas, viento, luna y la dura brega contra la siguiente ola.

La guardia del segundo es casi siempre la más tranquila en cualquier buque mercante, pues transcurre entre las 12 y las 16 que son las horas posteriores a la comida y en la que la luz del día tranquiliza y asegura algo más la navegación. Sobre las 14 horas Alejandro con sus labores de marmitón cumplidas y su pensamiento girando a mayor velocidad que las propias emboladas de aquellas tres expansiones que impulsaban al “Gorbea” decidió salir a cubierta para enfriar sus tribulaciones. La escotilla a popa desde la cocina daba salida libre frente a la bodega nº 2, el tiempo había mejorado, aunque el viento y la humedad se clavaban como astillas en los huesos. Los cinco nudos de rumbo noroeste en plena navegación “a la capa” concedían un ritmo suave y cadencioso a los balances del buque. Poco a poco logró subir al castillo de popa y acomodarse entre las maromas de la maquinilla de la maniobra de estribor.

Desde aquella posición, al abrigo del viento, podía contemplar la estela del “Gorbea”, tal que una recta de color blanco que se hubiera pintado sobre montañas respetando su relieve y sentir al mismo tiempo el latir del mercante bajo sus pies, donde sus hermanos vomitaban a paladas el carbón sobre las dos bocas que lo devoraban, mientras de forma mágica convertían el agua en puro vapor como sangre de un corazón que imprime su pulso para impulsar el resto del cuerpo. ¿Habría tomado la decisión correcta cuando abandonó el pueblo? ¿Era esa la vida que soñaba para él y quién con él se arrojara al devenir futuro?

De pronto una mano vigorosa le cogió el hombro. Era el Capitán Imre, su rostro mostraba un aspecto más sosegado; tenía la sien arrugada y la frente plagada de surcos morenos del mismo sol, algo que demostraba que aquellos ojos azules habían visto muchas millas hasta aquél día. Con la seguridad de quién se siente parte de ese mundo se apoyó en la regala que cerraba la popa del “Gorbea” justo frente a Alejandro con una media sonrisa que reconfortó el corazón de Alejandro.

- Muchacho, te llamas…
- Alejandro, Alejandro Idoeta. Soy el marmitón del “Gorbea”…
- Tranquilo, Alejandro, sé quién eres. Eres quién me ha sacado de semejante sima de oscuras premoniciones. Quería darte la gracias personalmente, el mayordomo me ha dicho que habías salido a cubierta así que me ha venido tras tus pasos. Gracias otra vez.
- No hay por qué darlas, capitán.
- ¡Capitán! Qué bien suena eso, pero ya no lo soy. Ya nunca podre decir tal cosa. Abandoné mi nave.
- Capitán… Señor Imre, usted no la abandonó, nosotros lo sacamos contra su voluntad.

Aquél hombre lo miró con gesto condescendiente, pero su gesto cambió y fue ensombreciendo aquellos ojos azules. Un golpe algo más de través de alguna ola retrasada roció su cara de gotas como queriendo disimular las gotas hermanas que brotaban de sus ojos.

- Hijo, vosotros salvasteis mi vida pero yo había muerto por el miedo hacia varias horas. La muerte de mi compañero Erich, el jefe de máquinas, con quién compartí toda una vida, contemplar su gesto inanimado bajo la chumacera destrozada por la explosión me bloqueó. Nada me importaba ya en aquellos momentos. Los hombres al principio me miraban esperando una orden, pero no fui capaz de articular palabra. Subí al puente y me rendí sobre la rueda del timón. Solo deseaba que una ola me tragase. Los hombres decidieron tomar la iniciativa y os encontraron. Por más que vuestro capitán intentó convencerme no quise aceptar vuestro remolque, ya nada me importaba salvo descansar al fin con mi hermano Erich bajo las aguas del Golfo. Ahora que veo las cosas dentro de mi propia consciencia, que las siento como hombre y marino que soy deseo que sea la tierra quien me trague en alguna mísera esquina donde purgar este pecado en el que caí. Algo a lo que nunca le concedí importancia, que no es otra cosa que desfallecer en el verdadero momento de tu vida, cuando has de decidir lo que de verdad importa ante ti y ante tus semejantes con los que compartes las horas del día y la noche y están a tu merced.

Alejandro lo escuchaba como el alumno frente al catedrático de la mayor universidad del mundo que es la pura Vida.

- Estas últimas horas te he sentido cerca de mi pobre existencia y entre tanto dolor por perder lo más querido después de las vidas de mis hombres quisiera dar por lo menos fe de lo que he aprendido en tantos años de vida en la mar. Alejandro, por lo que he sentido en tu presencia eres hombre decidido y a pesar de las dudas que intentan vencer tu coraza aún frágil estoy seguro que te protegerá de lo que te espera. Con tu decisión si continúas en esta forma de vida me juego la poca vida que pretendo a que partirás mares y llevarás muchas vidas, tantas como desees. Se siempre tan leal y cumplidor como lo has sido ante mí y el final de cada singladura te será favorable siempre, pase lo que pase. Cuando la vida te apure como esa ola que parece insalvable piensa que si la afrontas con calma y aplomo la salvarás sobre ella misma. No te rindas como yo lo hice y nunca perderás lo que más deseas. Recuerda, hijo, hagas lo que hagas, empeñes lo que empeñes mantén tu ánimo y pasión por la supervivencia, te salvarás y salvarás a quién contigo se amarre.

Quedó en silencio mientras miraba la ola que desde la amura de estribor recorría el costado hasta dejarse caer otra vez a su madre salada sobre la aleta de la misma banda. Alejandro se acercó a él y sin atreverse a abrazarlo le tendió la mano; el Capitán del “Fremont” con las lágrimas sin disimulo en pugna contra las gotas advenedizas de los rociones sobre su mismo rostro lo abrazó con la fuerza de un oso. Aquella vivencia marcaría a Alejandro para siempre.


La hora de la cena estaba próxima, había que trabajar. La marcha del “Gorbea-Mendi” aumentaba gracias a la mejoría del tiempo y Cardiff se presentaba más próximo… con el permiso de los sumergibles que acechaban cualquier parte de aquél Golfo de Vizcaya.





Tarjeta de identificación de Alejandro en 1916 a bordo del "Plencia" en el Reino Unido

Esta vieja historia como bien dice el título es un cuento real. Una vida contada en capítulos que los ansiosos oídos de un niño con 10 años escuchaban junto con otras mas. Mi abuelo de nombre Alejandro, marino, pastor, contrabandista, soldado, empresario, cocinero, pero sobre todo marino, tantas veces como miradas mantuvo frente a la vida.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (4)

…El último en subir a bordo fue como no podía ser de otra forma Don Pedro. Con el bote asegurado en el pescante de babor, Don Ramón comenzó la maniobra de alejamiento de aquel lugar de ejecución sumaria. Realmente el buque no partía de muelle alguno, ni siquiera desde la cubierta se recogía maroma alguna recién liberada del noray en el muelle. El “Gorbea” comenzó a vibrar de forma más tozuda en su interno corazón de metal y vapor mientras desde fuera la mar enfurecida multiplicaba sus golpes de amura barriendo en cada encapillada la solitaria cubierta invadida de la sal y agua vencida ya por el metal de humana forja.

- ¡Alejandro, muchacho! ¡Cuida del herido y procura lo que necesite como hicimos contigo! ¡Quedas liberado de tus responsabilidades!
Con aquella orden Don Pedro subió raudo al puente para tomar el mando de su guardia. Don Ramón con la seriedad propia de un hombre hecho ya a su circunstancia de pequeña deidad sobre la nave destilaba el amargor de ver la desgracia que a nadie que de la mar viva pueda soportar ni siquiera observar. El “Fremont” como un pelele manoseado sin piedad ni descanso por las manadas de olas que acudían en grupos de forma cobarde, cada vez bandeaba de forma más lenta sus costados. Como si de un hermano se tratase, el “Gorbea” no lograba despegarse de aquél espectáculo mortal, era como si esperase la mano de Don Ramón y detrás de esta el cabo de la vida para su hermano de metal.




No pasó siquiera una hora con la oscuridad entrando por el este cuando llegó el último golpe, el definitivo; la proa no levantó más su otrora orgulloso mascarón y lentamente, ajeno al oleaje victorioso, la popa fue elevándose sobre la furia de viento y mar. El codaste enseñaba ya la hélice que consiguió reflejar algo del brillo de un sol oculto y en retirada que tuvo el detalle de alumbrar el estertor del “Fremont”. Cada vez más elevado sobre la proa como queriendo demostrar su hidalguía de caballero de la mar se despidió de quienes miraban aquel mensaje perpetuo de lucha y entrega. Un estruendo llegó hasta el Gorbea traído por el viento como un adiós, la crujía dejó de ser una línea, el Fremont se desgarraba mientras su chimenea desaparecía arrastrada por otra ola ebria de protagonismo en medio de aquel festín.
Todos los hombres en silencio miraban aquella estampa. Desde el puente calados hasta los huesos Don Ramón y tras él todos los demás se descubrieron. Don Pedro de manera solemne entre aquella confusión abrió vapor al tifón y un bufido rompió el silencio de cada uno que rezaban como sus padres les habían enseñado por las almas de los que allí quedaban ya sepultados para siempre. Alejandro consiguió reanimar al Capitán Imre que forcejeando se libró de las mantas hasta lanzarse a cubierta. Alejandro como pudo se abalanzó sobre él deteniendo aquella carrera suicida en la misma regala del Gorbea. Fue otro golpe mas sobre el Capitán, seguía vivo frente a su nave de la que solo pudo ver como la popa con el nombre del buque que dejaba la superficie entre burbujas, espuma y remolinos que desaparecerían en minutos de la superficie.
Abatido, derrotado y cautivo de su propia desgracia se dejó llevar hacía el comedor de oficiales donde Alejandro lo acomodó en el butacón de Don Ramón mientras el mayordomo le ofreció un caldo caliente cargado de aguardiente para aliviar de manera artificiosa semejante dolor natural. Estaba agotado después de todo y rindió su ánimo al fin. Con cuidado lo acomodaron en el camarote del práctico con Alejandro siempre a su lado como si de su padre se tratase.

Entre ruidos tan distintos como el run- run de la máquina propulsora o el del viento silbar junto a los estallidos de la mar contra el Gorbea, era un silencio dominador el que rodeaba el largo combate del hombre y el metal contra la naturaleza en estado puro. La noche trascurrió sin más pena ni más gloria que la continuidad de rumbo noroeste intentando capear la situación. Alejandro renunció a despertar al capitán y veló sus sueños tan reales como algunos gritos entre sudores. Fue una larga noche prolija en tensiones, sentimientos de compasión y mucha, mucha reflexión, quizá excesiva para un joven de quince años.

El alba anunciaba el hastío de los dioses que parecían querer anunciar su despedida por el oeste, entre sus divinas manos llevaban la pieza cobrada sin posibilidad de devolución y eso les parecía una buena razón para retirarse hasta la siguiente ocasión. El capitán Imre se despertó agitado sobre las ocho de la mañana, buscaba su camarote, el pupitre donde esperaba la carta de navegación con un ansia y fuerza imposibles de detener. Mientras gritaba Alejandro pidiendo ayuda como pudo lo contuvo hasta que justo al llegar uno de los marineros de guardia aquél alma atormentada cayó la fin en la cuenta de su nueva situación.

Así salieron del camarote para acudir al puente donde Gustav Imre como capitán del Fremont en un español con rudo acento germánico agradeció a todos y en especial a Don Ramón los esfuerzos y riesgos corridos para salvar a su tripulación. Quiso saber cuál era el rumbo y destino del “Gorbea”


- Sr. Imre, llevamos rumbo noroeste , nuestra posición es 46º 41’ N y 5º 27´ W. Arribaremos a Cardiff en Gales si este maldito temporal lo permite y los submarinos del Kaiser tiene a bien hacer la vista gorda a nuestra carga y destino.
- Graciás, capitán. Sabe usted que la bandera de nuestro buque era alemana…
Aquél "era" sonó con desgarro
- Si Don Gustav. No ha de preocuparse, en el caso de que no les permitiese abandonar la Gran Bretaña les ofrezco hacer el viaje de regreso a España a bordo del Gorbea para poder retornar a su país desde el nuestro.
- Muchas gracias por semejante ofrecimiento, en cuanto vea a mi tripulación les comentaré su ofrecimiento y le daré respuesta. ¿Puedo quedarme en el alerón, Capitán?
- ¡Por supuesto! ¡Alejandro, prepara dos cafés bien calientes para dos capitanes de la marina mercante!
Alejandro corrió al oficio a cumplir la orden mientras Don Ramón con su porte digno acompañaba a su colega de semblante abatido y andar cansino.

Mientras ambos hombres contemplaban la superficie de una mar con síntomas de cansancio Alejandro quedó apoyado sobre la regala que cerraba el puente hacia proa, justo al lado del timonel y de Don Pedro que le daba órdenes procurando mantener el rumbo. Pensar era lo que hacía mientras miraba la fina proa que rebanaba cada ola a cada rato más floja en fuerza. De vez en cuando algún roción desde la misma proa al romper le escupía sobre el rostro y lo sacaba del ensimismamiento en el que se bañaba su ser de forma intermitente desde que se toparon con el “Fremont”.



- Alejandro, muchacho. Cuídate de los rociones que vas a enfermar y después de lo pasado sería el colmo de la singladura. Anda, baja a ayudar en la cocina, te haré llamar cuando te necesitemos. Te has portado como un hombre, como un hombre de mar que es lo que se busca entre babor y estribor.
- Gracias, Don Pedro.

Con aquella medalla honorífica de más valor que el oro del mismo rey Don Alfonso bajó tres cubiertas más abajo saltando de dos en dos los estrechos escalones metálicos que lo separaban de su verdadero oficio. Las mas de 300 millas que restaban por la proa serían seguro un desfile triunfal por muchas patatas que debiera pelar…

sábado, 14 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (3)

…faltaban pocas horas para el final de la luz escasa que lograba fugarse tras el reino gris metálico que ocultaba un sol sin poder en aquellos momentos. El Gorbea comenzaba la maniobra de rescate antes de que la oscuridad se aliase con el temporal. Don Ramón decidió arriesgar a una parte de sus hombres para valorar la posibilidad de salvar el buque. Así en el bote de babor, al abrigo de los golpes que llegaban a la amura de estribor, una vez arriado embarcaron ocho marineros junto a Don Pedro. Alejandro se presentó voluntario al lado de Don Pedro y este no se atrevió a negarle el espontáneo impulso, como si una razón moral lo anulase frente a su mirada embarcando con los demás.

- Alejandro, irás de proel. Asegúrate de que el cabo que nos da la vida desde nuestro barco se mantiene limpio y sin problemas y caza el que arrojen desde el otro barco.
- Asó lo haré, Don Pedro.


Como el ratón de barco que ya era se acomodó a proa del bote, a un lado el bichero y al otro un remo más corto por lo que hiciera falta acometer. A una señal del oficial deshicieron las trincas que los unían al pescante en la cubierta principal y los ocho remos comenzaron su duro bregar contra viento y olas para devorar en el menor tiempo posible los menos de dos cables de separación entre ambos buques. Los trajes de agua no eran capaces de mantener a raya los miles de litros que bañaban a aquellos diez héroes que enfilaban el buque en peligro. Mientras bogaban, el viento no conseguía acallar los gritos de Don Pedro para marcar la boga y ser capaces de mantener cada ascenso sobre la loma de agua y sal para seguidamente caer sobre un tobogán que parecía morir en los infiernos abisales del océano.

El pánico es algo tan humano que es capaz de anular cualquier atisbo de tal adjetivo cuando reina sobre almas y mentes. A menos de medio cable de distancia los gritos de socorro se percibían sin ninguna moderación. Un cabo arrojado desde el “Fremont”, que ahora sí se podía leer desde una de sus amuras sirvió para abarloarse con cierta contención a su costado. Desde su cubierta los hombres comenzaban una frenética lucha por el abandono sin orden. Una explosión corta como el disparo de un revolver hizo girar las cabezas a todos los hombres hacía el puente, desde donde un hombre comenzó a gritar en alemán algo que parecía ser órdenes sobre lo que quedaba de lo que había sido su tripulación. Entre tanto Don Pedro, seguido de seis marineros subieron a bordo por una escala de gato. Mientras, Alejandro junto con los dos hombres que quedaban en el bote mantenían este a una distancia prudencial del costado del “Fremont” sin soltar con el bichero la conexión con este.

Don Pedro ofreció ayuda al capitán del Buque de nombre Gustav Imre a lo que este le comunico que las calderas habían reventado llevándose por delante a seis de sus hombres y no había posibilidades de poner en marcha la nave. Insistió Don Pedro en darle remolque, intentar salvar la nave y alcanzar el puerto más próximo cuando amainase el duro temporal. Nada servía al Capitán Imre. Le rogó que salvara a sus hombres y le dejara en su barco para descansar al fin con él. Don Pedro con un gesto de incomprensión y derrota mandó el mensaje al “Gorbea” para la recogida de los náufragos y el abandono del buque. Tras recibir la confirmación de la recepción del mensaje procedió a organizar la evacuación con el bote. Mientras se traspasó a la tripulación, el se dedicó a recoger los diarios de a bordo y se atrevió a bajar a la sala de máquinas por si quedase alguien malherido o con vida atrapado entre la maquinaria, el Capitán del “Fremont” una vez consciente de que sus hombres saldrían con vida por lo menos al otro buque se abandonó sobre el timón descubierto en el puente.

Casi dos horas fueron necesarias para trasladar a los hombres al “Gorbea” mientras, a bordo del Fremont los golpes de mar se cebaban sobre aquel moribundo dinosaurio de metal. Olas como manadas de lobos hambrientos y seguros de la pieza disfrutaban haciendo de su agonía un divertimento diabólico. Parecían tener conciencia, era como si hubieran olvidado al “Gorbea” que mantenía la amura de estribor sobre aquellas asesinas de agua y sal; un círculo de blanca espuma cerraba la huida del “Fremont”, las bordas se turnaban para rozar la superficie del agua en cada golpe como si en la siguiente fuera la quilla la que mostrase el resultado de aquella tortura con su dorsal al aire.


No encontró a nadie con vida entre los amasijos de acero y carbón. Con mucha dificultad subió hasta el puente donde un fantasma con el corazón aún humano se dejaba morir sobre la rueda de un timón que no viraría ya nunca más. Esta vez los golpes para darle vida y sacarle del encantamiento que surge de la derrota asumida y la espera del fin no lograron hacerle revivir. El bote había abarloado al “Fremont” por última vez y esta vez fue Alejandro, junto con dos marineros los que alcanzaron la cubierta en busca de Don Pedro. Éste los vio y de un potente silbido los trajo en volandas al puente donde despegaron al Capitán de su barco para llevarlo a salvo. En ese momento revivió, se aferró a la muerte como un loco que renuncia a la cura real. Don Pedro no lo dudó y de un golpe seco y certero le anuló el sentido para sacarlo de allí.

Esta vez la muerte, siempre cercana en los últimos días de navegación, la pudo percibir Alejandro en toda su extensión pero sin ser esta vez él mas candidato que el resto de sus compañeros. Pudo sentir algo que pocos hombres han hecho en toda una vida, sentir sus pasos sobre un suelo metálico que pronto dejaría de ser tal cosa para convertirse en la historia oculta y perdida de quienes sobre él contaron los días para llegar a casa, sobre los que escribieron cartas de amor cargadas de nostalgia por la separación consentida, sentir sus pisadas sobre un suelo en el que almas ilusionadas soñaron alguna vez con el ascenso a un rango mayor en su carrera, suelo metálico de un mundo que desaparecería devorado por la insaciable mar que paciente siempre espera que sus hijastros la alimenten.

Como un drakar funerario, Gustav Imre ocupaba el espacio central del bote tapado por dos trajes de agua. No hacía falta marcar la boga, los hombres lo hacían en silencio solo roto por las explosiones de la espuma sobre el bote en mil gotas de agua. Detrás quedaba el “Fremont” como un infante a punto de ser engullido por la incólume mar océana. Alejandro desde su pequeño castillo de proa observaba la pequeñez del orgullo humano frente a los elementos que forjan la vida de un plantea que en aquél instante percibía como verdadero ser vivo…