sábado, 30 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta... (10)

…Diez jornadas habían transcurrido desde que Plasencia los dejó más al norte. La villa de Santiponce a una legua escasa de Sevilla daba cobijo a la caravana de mercaderes del textil y la seda que buscaban Sevilla tras casi cien leguas de duro caminar por la meseta sur de la nueva España borbónica. En la cuna de Trajano decidieron recuperar las fuerzas y el resuello de hombres y animales antes de encauzar la entrada a Sevilla.

La guerra hacía pocos años que había terminado, el poderío naval de las Españas estaba resentido por tanto golpe fraterno apoyado de las interesadas amistades de los Francos y Britanos con Austriacos entre ambos. Aún y así el rescoldo incombustible del hemisferio hermano como imán permanente volvía a dar alas a la verdadera razón de reino. Razón que no era otra que la mar y su dominio a pesar de tantas espaldas dadas desde la misma corte. Gracias a gentes como Don Bernardo Tinajero como primigenio puntal y otros que llegarían después se dieron de nuevo alas a los aparejos aún en puro quebranto y de nuevo los mares volvieron a cantar sus versos en el cadencioso verbo castellano por cada uno de los meridianos en los que una brizna de viento osara soplar.


La situación de María y sus dos criaturas, que para ella así los sentía aunque ya ellos se veían como duros bergantes de camino capaces de embestir cualquier situación por brava que fuera, había cambiado gracias a Francisca e Inés. Mediante sus presiones ante Pedro lograron que este los aceptase. Pedro León no era hombre de gran sensibilidad, quizá la vida corrida desde que vieron sus ojos y puedo entenderla no le dio oportunidad de ser de otra forma. El trabajo sin descanso y un padre de dureza implacable eran lo que había forjado su carácter. Con poco tacto se encaró con María, mujer que ante lo dulce así era ella y ante lo frontal de la misma estampa era su respuesta. Aquella entrevista no dio grandes resultados. En realidad eso era lo que parecía pues entre ambos algo surgió como minúscula chispa de fuego. Sin acabar la conversación y con las espaldas dadas, los ojos inexistentes en esta parte humana parecían mantener miradas fijas entre ambos.



Fue la decisión de ambas hermanas lo que aparentemente logró el acuerdo aunque algo inexplicable fuera lo que realmente cerró el trato. Algo que cualquier alma sabe lo que es aunque este narrador no sepa expresarlo con la debida soltura. El pacto quedó cerrado como un contrato hasta tocar tierra americana en donde María sería una criada al servicio de los León incluyendo en este a sus hijos como parte inseparable. El pago quedaba establecido en un escudo de a dos por semana, la manutención y el pasaje hasta la Villa Rica de la Vera Cruz en el Virreinato de Nueva España o tierra católica bajo la soberanía de Su majestad Don Felipe V de España.



Este cambio de la situación propició que el contacto entre María y Pedro León se incrementase pues parte de las labores que sus hermanas tenían como cometido ahora pasaba a ejercerlas ella. Pedro poco a poco, casi de forma imperceptible se acercaba más al carro donde viajaban las tres mujeres. Era esa clase de reacciones que aunque se nieguen, el inconsciente de la voluntad ingobernable que todos llevamos en nuestro interior acaba por doblegar las mas férrea de las decisiones.



No era Santiponce villa de gran porte por lo que acamparon en sus cercanías y así descansaron varios días hasta enfilar Sevilla con decisión el primero de octubre de aquél año de 1722. La legua fue un recorrido parecido al de quien desfila triunfante por el logro de la meta tras el esfuerzo realizado. Silencios solo interrumpidos por muestras de asombro según las siluetas de la catedral, la Torre del Oro, la Giralda y los cada vez más numerosos transeúntes en el trayecto mostraban lo que era una verdadera metrópoli


Y entre las casas que formaban Triana la luz de sus gentes metidos en tantas industrias como oficios y mercados elevaron las sensaciones de María y sus hijos que recordaban los relatos de Juan Delgado a luz de la lumbre días atrás. Casi todo se mantenía como él lo había relatado. Doblando la senda que a Sevilla los llevaba apareció un tumulto de carros, bestias y personas en medio de un griterío aún lejano pero perfectamente audible.


- ¡El puente de Barcas!


El grito de quien comandaba la caravana junto a un gesto de parada hizo que el corazón de María se acelerase de forma inmediata, debía de cumplir su promesa y leer la carta que el “pater” le había entregado con el deseo de que lo hiciera junto al puente que medio siglo antes vio partir a su alma derrotada hacia el norte de la Españas de donde sus huesos ya nunca regresarían jamás.

- Don Pedro, si me permitís y como observo que aún quedarán largas horas antes de cruzar el puente me adelantaré unos minutos hacia el puente para cumplir una promesa que juré cumplir.
- No tengáis cuidado; que Francisca e Inés vigilen a vuestro hijos. Pero permitid que os acompañe y guarde mientras cumplís lo prometido, algo que en verdad honra a quien lo hace.

La mirada de Pedro mezcla de la seriedad de un general y el de un fiel mastín por quién parecía sentirse se cruzó con la de otra mezcla de sorpresa y placer encubierto por una agitada búsqueda de la misiva en su equipaje.



Quedaron los niños con sus ya casi tías mientras al principio a caballo y más tarde a pie entre el gentío que deseaban acceder a la ciudad se plantaron en el pequeño malecón que rodeaba la cabeza del puente a este lado del Guadalquivir. Con el puente a su izquierda y el suave sonido del fluir del río María extrajo el sobre abultado que le había entregado Juan Delgado que ya parecía decir:




Querida María:

Cuando esto leas por frente a ti verás la Sevilla de mis recuerdos. En ella fui hombre y sueño vivo de los mayores proyectos que en el alma de un joven puedan caber. Pero como ya sabrás si has leído mi larga historia era aquella una sociedad de almas recelosas de quien deseaba lo imposible y creía en ello. Sociedad de envidiosos "destilantes" de humores como verdadera sangre letal, acusadores ante mi de ser un loco entre tanto cuerdo, de abrir esperanza entre los que ya no esperaban nada más que la misma vida como esta fuera. Pero sobre todo de amar con inocencia y pasión y de ser correspondido por quién destinada estaba a otras regalías en la sociedad donde la clase era la marca y el sello de destino vital de cada quién.

Encontrarás en esta misiva un anillo y un colgante con la imagen de San Telmo y la fecha de 1673, año en el que mi hijo vería como yo lo vi el cielo sevillano, con los nombres Juan e Isabel, su madre, Isabel de Mallaina y Trujillo. Sé que mientras el Castillo de San Jorge, que tan cerca de ti tendrás al leer esta carta, esperaba a mi cuerpo maltrecho para ser rematado, a ella sólo le quedaba tener nuestro hijo y desaparecer de la vida terrenal para pagar su pecado entre las rejas de alguna de las órdenes que daban forma a los edificios más señoriales de la ciudad.


María sólo te pido que sepas de mi amada Isabel y le des cuenta de mi, que encuentres a la criatura que llevará mi sangre y le entregues este colgante mientras le relatas la vida de su padre. Sé que harás lo que en tu voluntad humana y en tu ánimo celestial quepa que es infinito. No me quedan muchos amaneceres más, quizá cuando esto leas mi espíritu te ronde y te ampare; ha sido mi vida un cúmulo de cimas alcanzadas y descubiertas en las que la verdad revelada no es más distinta a la encontrada en el amor sincero que profesé por mi dulce Isabel.


Que el Señor os guarde a ti y a tus hijos y que en el otro lado de este mundo inmenso os devuelva la vida lo que en este os quitó.


Juan Delgado, Santa Cristina de Lena
5 de agosto de 1772.”






Casi sin terminar las últimas letras de la carta del pater unos tenebrosos tambores anunciaban el paso de los condenados que cruzaban su destino desde el castillo de San Jorge al quemadero de San Diego a través del Puente de Barcas. Desde la orilla tan sólo se podáin distinguir la cruz que abría el paso sobre el puente y los ruidos entremezclados de los caballos y las cadenas de bestias y condenados escoltados por otras cuyos hábitos y almas del mismo color portaban. María se derrumbó junto a Pedro con la imagen de Juan Delgado entre aquel espectáculo de injusticia y dolor…

jueves, 28 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta...(9)

…Los meteoros fueron amables y propios de un verano que tornaba a su fin durante la ascensión a la meseta castellana. A partir del coronamiento y conforme se internaban en la extensa llanura la visión se fue ampliando hasta limitar y dibujar una línea de horizonte hermana a la de la propia mar océana que los aguardaba más al sur. El caminar fue calmo y sin sobresaltos, María cedió su yegua a uno de los pastores que a cambio enseñó el arte de su manejo a sus hijos. Mientras, ella se acomodó en uno de los carromatos que avanzaba junto al resto de la expedición camino de mejores temperaturas invernales.




Así pudo leer aquellos legajos que Juan Delgado le regaló como si fuera aquél su deseo postrero. Poco a poco fue conociendo la historia que acabó por llevar al anciano a las tierras cantábricas desde la rica y pujante Sevilla. Una historia de pasiones sin freno, de generosidad al límite de lo humano entre lances por un honor que sin perderlo había desaparecido como vil robo. Encontraron sus ojos en los impulsos ansiosos por devorar la historia las pequeñas motas amoratadas por la tinta disuelta en agua y sal, tal y como le avisó el anciano. En alguna de estas motas lágrimas nuevas de quien ahora las leía decidieron descansar para siempre con las antiguas.


Pasaron los días; León, Zamora y Salamanca se anunciaron, se presentaron y les dejaron sin siquiera darse a conocer, pues la ruta tan solo las rozaba de forma accidental. Más de setenta leguas distaban hasta Sevilla, la velocidad de los pastores era en exceso lenta y en previsión de los tiempos decidieron que se adelantarían en cuanto encontrasen alguna caravana que se dirigiese hacia la ciudad del Guadalquivir. Varias jornadas después la suerte les condujo a la caravana de mercaderes de seda y textiles que apuraban la compra y venta de los mismos en el mercado de Plasencia a unas doce leguas al sur de Salamanca en pleno Camino Real de la Plata.





Hacía ya varias leguas que los pastores habían abandonado el camino para recogerse cada uno en sus tierras de pasto a la espera de la nueva estación en la que repetir de nuevo la senda desandando lo andado. Por respeto y lealtad a Juan Delgado designaron de todos ellos a dos pastores que acompañasen a María y sus hijos hasta que lograsen integrarse en algún grupo que se dirigiera a Sevilla y Plasencia de la Extremadura fue el lugar donde aquello se logró.



No era casualidad que las gentes a las que María se unieran fueran del gremio de los telares y los textiles pues con pastores de ganado lanar como eran sus guías no les era difícil contactar con tales grupos. El grupo era uno de tantos que se beneficiaba del monopolio del comercio con las Indias por parte del reino de España. Una situación que a pesar de los momentos críticos en los que había quedado el reino tras la cruel guerra de Sucesión, mantenía prácticamente un muy elevado porcentaje del comercio textil entre otros gremios más en manos españolas. Tan sólo el contrabando de los britanos y holandeses y el "navío de permiso" concedido de forma legal desde Utrech a los britanos hacían que este volumen no fuera total.




María y sus hijos fueron integrados junto a los carros de un grupo de mercaderes que provenían de las tierras de Cuenca, tierra de textiles, paños, burieles y bordados. Todos eran hombres salvo dos mujeres de una edad pareja a la de la propia María que en buena hermandad la acogieron en su carro mientras Daniel y el pequeño Miguel ya dominaban el arte ecuestre sobre las dos yeguas de porte señorial, propio de quien fuera anterior dueño y alto servidor de Dios en el viejo reino asturiano. Así, los niños con la facilidad que posee la infancia en tales menesteres se hicieron con la aceptación y confianza de los hombres de aquella parte de la caravana. Al fin y al cabo eran los más pequeños de todo el peculiar séquito que caminaba en dirección sur.



Francisca e Inés eran los nombres de las dos mujeres, cuya tez morena como el barniz de maquillaje de un sol recio castellano se concentraba en los ojos de un marrón claro y brillante por la juventud insultante que competía con la propia de María, aunque para ella el sosiego de los golpes vitales sufridos hacia de la tres parecer la mayor. Con el andar, el comer y el compartir lecho alrededor de hogueras nocturnas fue sencillo unirse entre confesiones de respectivas historias en el tránsito desde Plasencia hasta la Mérida romana, árabe y castellana.


- Ahora que hemos alcanzado confianza, pues así lo percibo entre las leguas recorridas a vuestro lado os he de contar algo más de lo que aún no os he confiado y que me atormenta conforme la distancia a nuestro destino se reduce. Mi objetivo, el mío y el de mis dos criaturas no es otro que el de partir a las Indias en busca de lo que se me ha negado en mi propia tierra.
- ¡Dios sea alabado! María, nosotras, junto con nuestro hermano mayor, Pedro, también deseamos arribar al Nuevo Mundo. En Beteta, que tal nombre lleva nuestro pueblo y su comarca, se hace complicado cumplir el sueño de crecer como mercader sin dueño o señor que ahogue tu ilusión. Es nuestro motivo, bueno el de mi hermano y nosotras con él establecer nuestra industria y saber de los paños en la Nueva España o donde nos lo permita el Virrey. Dicen que desde Veracruz es posible encontrar tierras de pasto y cultivo y con ayuda de Dios y de nuestra fe podemos hacer una realidad de un deseo. Pero, ¿qué razón os lleva a temer tal intención?


Con algo de temor y la voz entrecortada acabó por relatar lo que tuvo que pasar en sus últimos meses

- Por esto que os relato, es mi vida casi la del que huye aunque no tenga pecado ni culpa. Es por ello también que no tengo permiso de autoridad alguna para embarcar en navío del rey y me encuentro con el temor por no saber cómo conseguir tal prebenda real.




Nuevos sollozos comenzaban a brotar cuando los brazos femeninos de Francisca e Inés ahuyentaron tales demonios del ánimo. Mientras, las voces de los niños trajeron consigo aire fresco con qué liberar tal atmósfera pobre y de pura asfixia para que las palabras unidas a los verdaderos sentimientos no cayeran en el saco roto de la frustración. Las hermanas sabían que aquello tenía solución y esta se encontraba en su hermano mayor, Pedro, hombre siempre pendiente de la mercancía que una vez María y los niños quedaron embarcados bajo su responsabilidad en Plasencia, los olvidó en los brazos seguros de sus hermanas...

martes, 26 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta... (8)

… La claridad con calma pero sin pausa alguna fue dominando los ya cansinos tonos grises de los cielos que acogotaban el viejo reino de Asturias, dando paso a momentos de verdadera sensación de libertad en un azul que hermanaba el cielo liberado con la mar eterna. La primavera echó el resto y dio ratos de cálidas veladas frente a la chimenea. Mientras, Juan Delgado en una segunda vida regalada por la providencia, les intentaba describir como era la Sevilla grandiosa que él abandonó alrededor del año de 1672. Las miradas de los niños creaban el estímulo perfecto para que el anciano no deseara terminar cada esquina de su historia. Conforme el verano se aproximaba el calor dio el paso franco para disfrutar de cortos paseos desde la cabaña hasta la Capilla de Santa Cristina. Desde el verde promontorio la vista era grandiosa en cualquier dirección. Al sur, un muro de roca parecía crecer a cada mirada lanzada como una amenaza silenciosa contra su determinación. Eran aquellos momentos cuando María perdía su aplomo pensando lo que habría de aguardarle tras la línea quebrada que ocultaba su destino.











Los pastores y las buenas gentes bien enseñadas por el capellán acogieron a la familia con la discreción que siempre demandaba Juan Delgado para todo, pero con la dulce sensación de sentir tal situación como la de un regalo cuasi póstumo para aquel hombre santo para ellos al que todos conocieron con la misma sotana y casi las mismas arrugas, como si hubiera sido siempre parte del viejo paisaje agreste, húmedo y fértil de aquellas tierras. Al fin y al cabo era la persona más vieja de la comarca y la más cargada de bondad.



Agosto entró por derecho tras el mes de julio soleado y vistoso dando paso a las vísperas de una marcha que comenzaba a hacerse por necesaria desgarradora. Hasta entonces nadie había preguntado por ellos ni se habían detectado partidas en su búsqueda. Seguramente Don Román tragaría su dolor y rabia por pecado cometido y con los días de paso darían otro objetivo a semejante gañán de la mentira. De tal manera llegó la fiesta de la Virgen y con ella las despedidas.


- María, hijos míos, el día esta ya aquí. Como veis todo acaba por arribar sin más acción que la pura espera. Mañana habréis de partir hacia vuestro destino; por ello antes del alba os uniréis a los pastores que retornan por las cañadas al sur del viejo reino de León. No habréis de temer mientras con ellos caminéis pues son personas de ley, hermanos míos que me han demostrado en mil y una ocasiones lo que significa la lealtad y el sentido del compromiso. Una vez cerca de la villa de Salamanca os pondrán de camino a Sevilla a través de la Cañada Real de la Plata y continuar así hasta la Sevilla que me vio nacer.


Los tres, casi como uno sólo con sus manos aferradas entre sí a duras penas cerraban el paso a las lágrimas por lo vivido y conocido




- Pater, así lo haremos y con la ayuda de Dios a Sevilla arribaremos sin dilación. Mis hijos y yo, con mi marido que desde la mar nos siente, no sabremos jamás calibrar lo que vos nos habéis dado en estos maravillosos días. Sus relatos de la gallarda Sevilla, sus fiestas, duelos a espada y bullicios a golpe de espuela tras noches de taberna nos ha hecho sentir ya como de tal ciudad en la que vos nacisteis. No sé qué mas os puedo decir salvo daros de nuevo las gracias.


Los tres, cada uno en su tamaño coparon la minúscula corpulencia para fundirse en un abrazo de carne, agua y sal amalgamado todo ello con el puro amor que resulta del franco agradecimiento.


- ¡Basta, basta, por Dios! Vais a lograr lo que no ha conseguido el correr de años, el frio y la soledad. Mis gracias os doy a los tres por hacerme posible revivir mis orígenes y justificar esta extraña espera antes de morir, algo que no comprendían mis entendederas pues no conozco a nadie de mi edad que se mantenga con vida. Ahora se porque nuestro señor tuvo a bien darme algo más de fuerza que a los demás, que todo ha de llevar su porque entre los viejos renglones torcidos de nuestro Señor. Pero volvamos a casa que agosto ya es preludio del frío y hay que dejar todo listo para la partida.


Así en silencio dejaron los soportales de la capilla donde aún quedaba algún romero reacio a terminar el festejo. El andar, aun siendo tan lento como el que iniciaron en los inicios de aquella primavera tenebrosa por los augurios, se sentía sin esfuerzo y en un estado de verdadero trance por los motivos. Ya dentro Juan Delgado se retiró a su pequeño camastro separado de la sala común por un rudo cortinaje de lana basta. Hasta la anochecida el Pater no salió de su pequeño reducto de intimidad. Los niños dormitaban y María se mantenía despierta y pensativa junto al equipaje listo y con la mirada perdida en la hoguera que aún en agosto se hacía necesaria cuando el sol abandonaba el cielo. Con algo de torpeza pero sin ruido Juan Delgado sorprendió a María con un pequeño susto que la sacó de sus tribulaciones frente al reto del siguiente día.


- María, perdón por asustarla, no era esta mi intención.


El pater se sentó junto a ella como tantas veladas ya pasadas


- Mi querida María, has sido como una hija que pude haber tenido y no sé si tendré allí donde vais. Me habéis devuelto a mis viejas raíces, mis viejos sueños que ya tenía olvidados. Sueños que por sentirlos por bien cuando aquí llegue, tan pronto como me fue posible dejé escrito en este viejo rollo de pergaminos que no estoy seguro de su estado y su facilidad para su lectura. No solo se debe a la calidad del pergamino y la tinta que era lo mejor que pude encontrar, también encontrarás trazos de letras difuminadas por algo que no son más que mis propias lágrimas, hasta que se secaron mis ojos de tanto leer para no olvidar.

- Pater…
- Maria, no soy un Pater como tal nombre define al hombre que lo es. Mi vida hasta dejar Sevilla fue la de un joven que quiso hacer trampas al Destino, pero el Destino no se dejó y me castigó con el olvido. Pero no deseo relatar tal historia que es algo triste y larga. Solo te ruego que durante las largas jornadas hasta mi Sevilla leas lo que allí escribí y antes de pasar el puente de Triana abras este sobre, nunca antes. Lo que hagas entonces tan solo será fruto de tu conciencia y para mi será siempre lo justo.

Le entregó los pergaminos enrollados con un cordel y el sobre lacrado. Con suavidad le besó la frente y se retiró a su camastro en silencio. María, muda y agotada por aquella ultima confesión por la conversación se durmió allí mismo con el fuego apurando sus llamas en el último y agónico tocón que ya se agotaba.









El alba abrió las carnes de unos y otros en la despedida. En silencio comenzaron la cabalgada hacia Sevilla. Campomanes y el duro puerto de Pajares asomaban con los primeros rayos del día...

sábado, 23 de mayo de 2009

Cádiz Imaginario



Hace ya vientos que los zapatos abandonaron su andar
retirados por la sincera pérdida del humor que acarrea la mentira
en mañanas que aturden cuando ciega su vista una arenga perecedera
sin vergüenza, de la propia o ajena, todo sea por la plaza tomar.

Sin más espera que la de un puñado de razones cual barniz bastardo
que coloquen su mentira como verdad ambulante ante sus propios reflejos.
Banderas sin lucha y entrega, flameantes sin brillo ni reflejo de sueños,
pues no hay sentido cuando el combate es ya televisado a horario prefijado.

Vagan los viejos caballeros de lanza en astillero y adarga antigua,
tozudos en su fe pues aún portan los sueños sobre su galgo corredor,
alrededor de paredes derruidas aún dibujantes del castillo del pundonor
abatido por las balas negras vomitadas desde cañones de gris indoloro.

Buscando sin encontrar un bosque oculto siempre por si mismo
mil peones deambulan como olas bravas cuando el viento lo exige
arrumbando su propia fuerza sin dudar en el coma profundo
que es dar alas a quien busca su vuelo como burdo narciso.

Doblé el cabo de Poca Esperanza, mas no arrié mi bandera.
Guardé las lágrimas bajo la vieja carta de nombre vulgar
que en otro tiempo aliento dio a una nación enferma y casi sin vida.
Y así me dormí con un sueño brotando en silencio:
el de un viejo Cádiz imaginario de nuevo resistente y libertario.




… Titulo I
De la nación Española y Los españoles
Capítulo I
De la nación Española

Artículo 2
“La Nación Española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.”...

...ni partido político, ni grupo de comunicación, ni prelado con mitra y/o báculo, ni progre salvador de tu infantil ignorancia, ni de retro que ora por tu alma perdida, ni de cejas con mirada vacía y palabras cada día mas huecas, ni de barba canosa con ex ministro de defensa bajo sus alas como cobarde sin techo, ni de...

(Cadiz, 1812)




miércoles, 20 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta (7)

Deciamos ayer...
- ¿Os encontráis bien, señora?
María tornó su rostro hacia el lugar de donde provenía aquella voz suave y algo envuelta en tos. Un hombre, encorvado y de raída sotana arrastraba su espalda cargada por los años mientras apoyaba sus pasos en un bastón de dura madera de roble. Sus temores pareció borrar aquél hombre de un soplo cuando sus miradas se hicieron visibles en la cercanía. La limpieza de aquello ojos y la paz que su semblante transmitía alcanzó a liberar en aquellos momentos el corazón de María…

...y de tal guisa continuamos

…María se incorporó del apolillado reclinatorio mientras el viejo capellán la seguía con la mirada. El vaho que exhalaban sus bocas se podía adivinar entre la semioscuridad lograda por las tres velas que a duras penas mantenían su terreno frente a la oscuridad recelosa de mostrar los tesoros de aquella capilla milenaria.


Atribulada por la sorpresa de la aparición del “pater”, pero serena al cruzar su mirada con la de él hizo ademán de plantar sus cansadas rodillas frente al encorvado hombre de Dios.

- No lo hagáis, mujer. No os veo en condiciones de poder levantaros después y yo sé lo que eso significa. Prestadme vuestro brazo y acompañad este cuerpo ya rendido a calentar su osamenta ante los rayos que parece van a horadar al fin tanta nube de nieve y hielo.




María cogió su brazo sintiendo la fuerza viva que desprendía el antebrazo nervudo de hueso y piel. Salieron frente al sol que parecía brillar sin fuerza. Daniel jugaba con Miguel mientras las caballerías se daban un festín sobre los prados cercanos a la capilla de Santa Cristina. Se sentaron sin que niños y animales apercibieran su presencia.


- Mujer y dos niños, buenos caballos, todos alejados del Camino Real. Algo me dice que vuestra merced tiene problemas.
María lo miró, su semblante volvió a tranquilizar la ansiedad alimentada por el miedo, pero no se atrevió a pronunciar palabra. Tan sólo bajo la mirada al empedrado suelo que dibujaba el soportal de la capilla. Su ánimo rayaba el límite de aquellas piedras engastadas, no sentía nada y en aquél instante no le importaba casi nada.
- Mi nombre es Juan Delgado, llevo en esta pequeña parroquia más de cincuenta años cuando me trajeron unos vientos malnacidos en algún corazón pobre de amor y espíritu desde la lejana Sevilla donde vieron la luz mis huesos. Por razones que ya no importan me quisieron castigar dejándome en esta bendita tierra sin saber que los castigos no se logran si sólo te cambian de paraíso. Mujer, no os aflijáis mas delante de este anciano. Nada os hará, podéis estar segura y lo que os azuce el alma de tal manera no puede ser tan fuerte como esas dos almas que corren entre risas y relinchos.

María no retuvo mas sus compuertas ante tanto empuje y desbordó la tensión contenida desde que abandonó la villa de Gijón relatándole al “Pater” sus peripecias, sus desgracias y su meta en aquél momento de apariencia inalcanzable.
- María. No me cabe la menor duda que vuestro corazón es noble y leal. Percibo en vos la fiereza y la decisión más propia de varón en estos mundos en los que nos movemos, algo que desde luego se hace necesario si esa meta soñáis alcanzar. Y mi credo, que nuestro señor guarde por siempre, me dice que ese sueño por el vos lucháis ha de ser no sólo por vos sino por esos corazones en crecimiento que os deben llevar como verdaderas alas del propio Dédalo.
- Pero, Padre. ¿Con qué mimbres hemos de lograrlo si lo que nos persigue es la vieja historia humana de la arbitrariedad sobre los semejantes más débiles y del sueño sólo concedido a los elegidos por los poderosos?
- Con los que tú misma recojas bajo la atenta mirada de nuestro Señor. Ahora deja de lamentar esa suerte que no conoces en verdad su verdadero valor y llama a tus hijos. Acompañadme a mi humilde morada muy cerca de aquí donde podréis descansar y recuperar vuestra calma.


En un lento andar el Pater, Maria, sus hijos y las caballerías encaminaron sus pasos hacia la vieja cabaña del capellán.
La vista no era muy reconfortante desde fuera pues mas se parecía a un pequeño refugio de pastores. Se adivinaba una pequeña construcción de madera de recio roble abundante en los alrededores pegada a una enorme roca granítica. Ataron los caballos bajo un roto tendejón al que arrojaron paja fresca con la que entretendrían sus estómagos y entraron al hogar del buen cura. La sorpresa fue total al encontrar un enorme salón con varias estancias hacia el interior de la roca. No costó mucho avivar las brasas de la chimenea mientras, entretanto, los niños ya habían recorrido todos los huecos que dibujaban su interior. Juan Delgado sonrío ante la mirada de sorpresa de María.
- A todo el mundo que por aquí pasa le ocurre lo mismo. Cuando llegué a La Pola de Lena hace ya medio siglo el viejo cura que allí administraba las almas de los lugareños me expulsó a este sitio con la orden de orar por todos tal y como en la orden manuscrita del obispo de Sevilla decía, haciendo la vida propia de los antiguos eremitas que poblaban las tierras de la vieja Castilla mil años atrás para la "forja de mi arrepentimiento y logro de un seguro perdón por mi gran pecado". Esta roca fue el hogar hasta que los años y la muerte de aquel hombre enterraron con él su sentencia. Poco a poco, con la ayuda de las buenas gentes del lugar construí este hogar donde el cobijo es la norma y el calor la medicina. Las gentes me quieren y ayudan, yo hago lo mismo y el actual capellán de La Pola no hace ascos a quien le aligera de los problemas dejándole libre el cepillo y la misa de domingo.
- No sé cómo podré pagar lo que nos ofrecéis, padre. Le prometo que no seremos una carga para vos y en cuanto recuperemos el resuello perdido nos haremos al camino para ganar la Meseta.
- Si sabéis cómo se ha de pagar tal cosa que no es otra que haciendo lo mismo ante quién lo necesitare. Respecto a lo que decís sobre abandonar este lugar, vos y vuestros hijos os quedaréis aquí al menos hasta que abra el verano en ciernes. Hasta que la caravana de esos a quienes casi dejáis vuestro primogénito que de seguro embarcarán en la Flota de La Nueva España dejen el camino libre, pues a vos no os conviene tal encuentro. Valdrá por ello mas disfrutar de un verano en este lugar y partir tras la festividad de nuestra Señora para así lograr embarcar en la Flota de los Galeones que parte hacia Cartagena.


María, abrumada por aquél regalo de alguien que vestía los mismos ropajes que el que había dejado en Gijón se arrojó a los pies del anciano, rompiendo a llorar sin palabras que superasen tal expresión.

- ¡Gracias, padre, gracias!...




lunes, 18 de mayo de 2009

Frente al Cabo de Poca Esperanza...

Frente al Cabo de Poca Esperanza...






Quién dijo de correr cuando no tenías piernas.
Quién lloraba entre gritos silenciosos sobre la infame traición
de fatales mentiras cruzadas por carnes sin magro pudendas.
No fuiste tú, no fui yo, quizá fue él quien rompió el fuego al cañón.

Caños entre veredas de pasos ya por vividos olvidados,
obstáculos que atoran el viejo camino marcado por la costumbre
con el destino del propio desánimo sólo roto por una mano a los dados
que corten de un tajo la costumbre como frágil vida de estambre.

Desdichas que se vuelcan quilla arriba sol en ristre
olas que imaginan calvarios donde arriar tu bandera
tinta en gotas rayando el papel con verso triste.

Sueños que se van cuando vuelven tras su enésima derrota
ocultos bajo las luces mudas frente a un silencio rancio y soltero
que a nadie desea, que de nadie procede, pero que a todos agarrota.





...arrié mi bandera.

domingo, 10 de mayo de 2009

Horas Perdidas.

(Crónica de un sentir bajo la común terciana que nos invade)

Eliminar formato de la selección

Es como el sueño en el viejo verano de las noches perdidas
peleando entre luces ciegas plenas de un falso resplandor.
Son las vidas falsas,
como estolas en negro que flamean al ser recordadas
sobre un viento humano por terrible y asimismo trepanador.

Ciega sordera embutida entre su inerte deformidad,
grosero dibujo que solo provoca la desidia de lo nunca comenzado
por ser fruto de vidas anidadas entre mil lazos aprisionados con maldad
por siempre noqueadas entre lamentos sobre lo inacabado.

Vuelven los vientos perpetuos por el recuerdo de su propia melancolía
en fiebres tercianas que retraen la respiración libre de quien la desea;
que aturden miradas mientras renacen viejas frustraciones ya sin salida.


Cierras las ventanas mientras apagas las luces sin conseguirlo bajo tu mente.
Sólo queda aislarse, esconder y esperar a que se detenga la tensa calma,
para así dejar que los fantasmas reales retomen su hogar mas al este.
Para que al fin retornen el Deseo, la Ilusión y la Vida como el verdadero frente
que sin tregua, duda o temor planten de nuevo su bandera vehemente

sobre la bendita torre de tu Alma.







domingo, 3 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta (6)


…Un nordeste de pura primavera hacia volar sobre la mar al pequeño falucho en el que Daniel bregaba junto a sus compañeros de faena por extraer de la red abarrotada los jureles que subastarían en la pequeña rula del muelle cuando arribasen a Gijón. Juan Somoza, el patrón del falucho, concluyó que aquella última izada de jurel copaba la capacidad de su embarcación por lo que ordenó proa a casa. El corazón de Daniel volcó sobre sí mismo, estaba a punto de iniciar la acción más arriesgada desde que su vida consciente en medio de la realidad había comenzado a dar cuenta y registrar cada evento ocurrido.

Con el nordeste por el través de estribor el falucho volaba sobre la mar tendida del noroeste tozuda y fiel como siempre, que de forma cadenciosa golpeaba la madera del casco por las amuras. Faltaban al menos una hora para doblar el cabo de San Lorenzo y no menos de otra más haría falta para completar las escasas dos millas y media entre este y el muelle de Cimadevilla. La fácil navegación permitió a Daniel observar la costa cercana a la ciudad que lo vio nacer. Ese invierno y la primavera vivida hasta entonces habían sido extremadamente lluviosos por lo que la rasa costera parecía un verdadero manto de verde brillante hasta los acantilados, que con su gris claro daban la transición del vegetal terrestre al líquido y saldado elemento.


Doblado el cabo de San Lorenzo, la bahía del mismo nombre mostraba la villa en su extremo derecho hacía la que se distinguían acudir hombres y mujeres desde la desembocadura del rio Piles por el otro lado con sus carros y animales de carga vaminar lentamente sobre la playa que unía ambos extremos. Los cañones defensivos que vigilaban desde el Cerro de Santa Catalina sintió Daniel que saludaron a sus ojos como anunciándole futuros venideros junto a semejantes almas metálicas, sin poder saber en qué lugar del mundo tales bocas de fuego harían compañía a sus impulsos.
- ¡Subasta!

La campana de la rula hacía ya tiempo que sonaba llamando al los comerciantes a esta, pues había pescado recién entrado de la mar. Una vez descargado Juan Somoza dio vía libre a Daniel para que marchara a ayudar a su madre. Daniel con gesto rápido dejó el falucho y echó a correr a través de Cimadevilla, era este el camino más corto para llegar a su hogar en la otra parte de la villa donde tenían su hogar cerca de la capilla de San Bernardo en pleno barrio de Bajodevilla. Casi en lo más alto se detuvo para observar a los que en los últimos meses habían sido sus hermanos de mar. Podía oir sus voces desde su pequeña atalaya al lado de la capilla de San Pedro, el mástil del falucho con su balanceo parecía despedirse también de sus ojos. Daniel se giró y frente a la imagen de la capilla se santiguó y rezó un Padrenuestro como le había enseñado su madre.

El puerto de Gijón en el XVIII



Aquella parada le hizo darse cuenta de forma consciente la verdad de lo que significaba todo, la separación para siempre de todo lo que había significado su vida. Como si de un adulto ya se tratase, Daniel decidió recorrer el camino a su casa de una manera más sosegada como deseando quedarse con cada lugar y cada rostro que cruzara para así guardar en el registro de su memoria sus orígenes, los lugares que estaba a punto de abandonar para siempre. Bajo la mirada severa de la vieja torre del reloj donde se hacinaban los criminales de la villa un escalofrío le recorrió el cuerpo como si se viera pronto dentro por lo que iban a hacer. Corrió, casi sin mirar volvió a santiguarse al pasar al lado de la Iglesia parroquial sobre la muralla que la defendía de los embates de la eterna mar junto a la bahía alumbrando su mirada. El palacio de los Jove Hevia con su piedra desgastada por la misma perenne y paciente mar que todo lo cubría en aquella villa le dio paso a la calle donde vivía.
Con tensión, tribulación, emoción, sentimientos encontrados teniendo enfrente el viejo miedo al fracaso fueron pasando las horas frente a la lumbre, entretenidos a ratos con las preguntas inocentes de Miguel, cuidando y limpiando las dos yeguas que los debían abrir paso a la ansiada libertad que no se avistaba entre las angosturas provocadas por las propias desgracias y por las almas de algun desgraciado que pregonaba lo que tras de su sotana no era capaz de cumplir. Al fin dieron las once de la noche en el campanario de San Pedro.
En el más absoluto sigilo, con la noche traidora como aliada abandonaron la villa a través de los humedales que daban paso al camino real a Oviedo. Cabalgaron sin descanso, Daniel con cuero de varias bolsas para el trasporte de cargas había construido una pequeña mochila a medida del cuerpo de su hermano pequeño, y así lo llevaban a turnos su madre y él. En cuanto vadearon el Rio Cutis pasaron al trote hasta perder por fin sensación virtual de retención sobre su casa. Cabalgaron las cuatro leguas y lograron pasar la capital del viejo reino astur hasta despertarles el alba entre ésta y Mieres.
Así, descansando al abrigo de miradas indiscretas y algún que otro escudo que logró aplacar voces ligeras alcanzaron la vieja capilla de Santa Cristina de Lena. Exhaustos y sin aliento se refugiaron bajo los soportales de madera que sus muros sostenían. Los cielos no traían buen presagio, bolsas de grises abotonados sobre un continuo manto de blanco crudo, todos ellos cargados de agua que aún en nieve se podrían transformar paralizaron sus voluntades y miradas. Mientras tanto, las cabalgaduras recuperaban el resuello sobre la hierba fresca que rodeaba a la capilla casi milenaria.


- Miguel, cuida de tu hermano mientras entro a rezar.


María penetró en el pequeño recinto que se adivinaba entre la penumbra, la humedad interior atenazó sus articulaciones aferrando más, si ello fuera posible, la capa que portaba sobre su agotado cuerpo. Un viejo reclinatorio parecía esperar sus rodillas frente a la imagen de la Virgen y el Cristo. Se arrodilló, aunque fuera mas como si se derrumbara frente a las imágenes divinas con sus ya desgastados colores milenarios rompiendo a llorar en medio de aquel silencio casi sepulcral. Sus ánimos, recios ante su propio futuro, se desmoronaban cuando observaba sus hijos y la ascensión que aguardaba pocas leguas más al sur. ¿Debía continuar o rendirse? Un verdadero dilema en su ánimo paralizaba su voluntad. Entre sollozos buscaba frente a su dios la forma de hallar el camino.
- ¿Os encontráis bien, señora?
María tornó su rostro hacia el lugar de donde provenía aquella voz suave y algo envuelta en tos. Un hombre, encorvado y de raída sotana arrastraba su espalda cargada por los años mientras apoyaba sus pasos en un bastón de dura madera de roble. Sus temores pareció borrar de un soplo cuando sus miradas se hicieron visibles en la cercanía. La limpieza de aquello ojos y la paz que su semblante transmitía alcanzó a liberar en aquellos momentos el corazón de María…

Santa Cristina de Lena

domingo, 26 de abril de 2009

No habra montaña más Alta (5)


…con la tensión de la decisión ya sin posible marcha atrás, pues tras de sí quedaba lo dicho ante Mauro, María a golpe de espuela hacia galopar a la vieja caballería prestada como si de una carga de la aún reciente guerra de Sucesión contra enemigo del rey verdadero se tratase. Mantenía la mirada fija en el camino que la llevaba a Gijón, las manos aferradas al cuero de las riendas y su mente en todo lo que iba a marcar las próximas jornadas, confiaba en la discreción del carpintero de ribera y sabía que aún podría ganar un tiempo antes de salir para siempre de la villa que le dio primera luz.

Atardecía cuando devolvió el animal a su dueño. Daniel esperaba ansioso a su madre mientras Miguel, aún ajeno al intenso momento que flotaba entre los tres hacía barcos con trozos de la leña que aguardaba su trasmutación en lumbre, luz y calor. Empapada por la serena y fina lluvia que nunca deja de caer en aquellas latitudes irrumpió casi a la misma velocidad que había ganado la villa a lomos del caballo.

- ¿Todo bien, Madre?
- Si, Daniel. Tu padre sabía bien con quién hablaba cuando decidía hacerlo. Mauro ha cumplido como esperábamos sin siquiera ser menester demandar nada. Pero hablaremos de todo ello con más tiempo cuando estemos fuera de la influencia de Don Román.
- Madre, preparé algo de sopa y Miguel solo esperaba veros antes de acostarse.
- Miguel, mi pequeño…

Con la misma determinación con la que había devorado la legua a caballo así era la sensibilidad con la que acunó mientras dio alas a los sueños de Miguel para que le guardasen hasta la mañana siguiente. Una hora después, ya sentados en la tosca mesa y con la lumbre en clara agonía por seguir crepitando, Daniel y su madre cenaban con calma la sopa que había hecho éste en ausencia de su madre.

- Hijo, mañana saldrás como cualquier día a la pesca. Mientras, yo me haré con dos caballerías. Para ello Miguel y yo saldremos tras de ti en dirección a Contrueces. En la Casa de Novenas justo al lado de la Iglesia de Santa María los criados del obispo guardan las caballerías del prelado. Hay más de quince caballos que sólo usa su eminencia cuando viene en el verano a disfrutar del clima. Sé que trafican con mil cosas esa gente que hace y deshace de aquella casa durante el resto del año. No pondrán reparos a unos cuantos escudos lustrosos y de lo que inventen ante el obispo será cosa de entre ellos y nuestro Señor.

- Madre, os pueden denunciar y seréis pasto de los corchetes de la Inquisición.
- Daniel, lo que estamos haciendo no tiene marcha atrás. ¿Recuerdas cuantas veces nos contó tu padre la de la quema de naves de Cortés y lo que siginificó en las almas de los que aquello vieron desde la playa? Pues esto es algo así, no hay más que seguir hacia adelante pase lo que pase. Lo que hay a la espalda solo es miseria sobre infierno en tierra. Pero sigamos con el plan de mañana; cuando arribes a tierra ven a casa sin demora pero sin llamar a sospechas de nadie. Mientras yo tendré listo equipaje que será ligero y en cuanto la noche se cierre sobre Gijón cogeremos el camino real a Oviedo para continuar en dirección a Castilla.
- Madre, habremos de hacer las leguas hasta al menos las faldas de las montañas. Son casi 15 leguas y no podremos hacerlas sin descansar, pensad en Miguel que no creo que pueda soportar semejante camino sin descanso.
- Tienes razón y habrá que detenerse con sigilo y precaución. Creo que será preferible en las aldeas más pequeñas que encontremos al final de cada día al principio y en la oscuridad del bosque cuando acometamos la ascensión. Hemos de evitar Oviedo, Mieres y La Pola de Lena. Alcanzaremos la meseta por el Puerto de Pajares por el que transitan menos viajeros, pues los comerciantes utilizana el de Ventana. Me preocupa el deshielo y las lluvias, pero hemos de salir de aquí sin demoras pues mas me quita el sueño Don Román y la reacción ante su presa perdida.
Daniel escuchaba a su madre sorprendido de lo que escuchaba, de la decisión y claridad de las ideas inundabas con su entusiasmo y determinación. Cada frase le hacía sentirse más seguro y feliz. Quizá no alcanzasen Sevilla, ni siquiera la meseta, pero el camino a la meta estaba claro, los ánimos y la moral en lo alto gracias a la mujer que después de la vida le seguía dando cosas tan importantes como esperanza y deseos de continuar entre ilusiones por algo mejor.
Un abrazo eterno y enorme entre madre e hijo sin otro testigo que la lumbre ya convertida en brasas fue lo que siguió a aquella frugal cena de alimeto y de pura gula en ilusión y sentimiento. Se retiraron a descansar, María continuó horas más tarde preparando el liviano equipaje pues el insomnio provocado por la tensión le impedía dar algún respiro a la consciencia. Daniel cayó rendido junto al cuerpo de Miguel que ya rendía sus deseos a Morfeo desde hacía horas.

La hora de levantar alcanzó a María escribiendo cartas a los seres que respetaba de la villa y contornos. Despertó a Daniel con un desayuno especial para su situación, con gestos y miradas sin palabras muchas veces innecesarias se despidieron hasta la arribada de su hijo tras la jornada de pesca. Terminó de escribir la última carta y las envolvió todas en un pequeño hatillo que mandaría enviar Mauro con el lechero que salía en pocos minutos a recoger la leche de las aldeas que unían la Villa con el Cabo de Peñas. Días después sabría el carpintero hacerlas llegar a cada destino sin problema alguno.

- Miguel, hijo son las cuatro de la mañana toca levantarse
El pobre infante no estaba acostumbrado a semejantes horarios y no reaccionó. Fue el olor de la leche caliente y el pan recién hecho lo que le aportó las razones claras y de peso para conectarse con la vida activa y abandonar temporalmente los sueños infinitos. Ya con las primeras luces Maria y Miguel enfilaron sus pasos hacia Contrueces por el pedregroso camino de Ceares. La mañana recién nacida los envolvía en su silencio sólo interrumpido por las hojas de los robles, álamos, abedules que se revolvían al golpe de cada vendaval procedente del viejo recio y tradicional nordeste procedente del Golfo de Vizcaya.


Intentando pasar desapercibidos como peregrinos al salir de los límites de la villa se vistieron con trapos y mantos más propios de tal vida con muchas leguas en sus andares. Así acercaron sus miedos al portón de la casa de Novenas donde con dinero y la buena mano de María dos caballos le fueron entregados. Más de mitad del dinero que tenía para todo el viaje que aún no había comenzado había quedado en las manos de aquella gente, pura deshonra y oprobio de lo que tanto postulan cuando llega la hora del diezmo ante el obispo.


María cambió el camino de entrada a la Villa y en dos horas había llegado con los caballos a su casa cerca de la capilla de San Bernardo. Una vez bien seguros en la planta baja de su casa continuó con su proceder normal hasta que llegara Daniel de la dura jornada de pesca. En todo aquél tiempo de idas y venidas María le relató a Miguel en el lenguaje más propio del infante lo que harían esa noche, algo que el niño se tomó como una gran aventura de las que sus cortos recuerdos le llevaban a los cuentos de su padre algún día de mal tiempo en el que quedaba en casa con ellos.

La tarde se hacía larga embutida en la ansiosa espera por partir…

miércoles, 22 de abril de 2009

Un Cuento para San Jorge, una rosa para Vos

Es esta una historia en la que otros personajes otros eran los partícipes desde centurias rebasadas cruelmente por el dios Cronos. Quizá la música que siempre me ayuda interponiendo su neblina invisible entre lo que pugna por ser real y lo que en verdad se merece convertir en digna realidad haya ayudado a cambiar el espacio y el tiempo junto a los personajes, no lo sabré nunca. No me entretengo y comienzo este pequeño cuento relato.

No puedo aún definir el momento en que tales hechos acontecieron, pero si relatar que grandes males para el sueño y la razón ocurrieron en semejantes fechas. Extraños vericuetos de la fortuna trajeron así al mismo tiempo el mal a la tierra que pisamos aunque fuera por el poco tiempo que dura el velatorio, pues los sueños entre su disertos conformados por la tinta dieron alas a sus respectivas inmortalidades.

En esta historia, que los sueños permitieron a este mortal ver desde un enorme estrado de madrea y metal apoyado sobre las nubes que se mantenía sobre el lugar, ocurrieron las cosas tal y como pretendo repetir. Otro sentido será el que vuestras mercedes den a lo que lean que no seré yo quien les obligue a tener fe en su significado si a mi mismo tantas veces me acaba por faltar.

La nube me llevaba unas veces sobre un lago de medianas medidas, pues si salvásemos la zona pantanosa repleta de juncos y vegetación más propia del trópico que del desierto circundante, el agua libre no formaría un cuadrado algo amorfo de dos por tres kilómetros, otras veces era capaz de acercarme a una colina donde se apelotonaban las casas como en una loca carrera por alcanzar un enorme castillo de orgullosas torres que lo conformaban en un hexágono alrededor de la imponente torre del homenaje, precioso trabajo de arquitectura cerrada en su parte más elevada por una cúpula dorada sobre la que las gotas de agua robadas a las nubes enviaban destellos al confín del condado que suponía era señor quien en tal castillo morase.




Con un poder que nadie me había mostrado, pero que brotaba de alguna parte me vi trasportado al salón del trono del aquél conde. Un hombre en actitud sollozante intentaba mantener su dignidad al parecer perdida. Con mis nuevos poderes acerqué mis oídos a la conversación que parecía mantener tal compungido conde con el otro personaje más bien salido de las crónicas del mismo rey Arturo y su mago Merlín.
- Excelencia, no turbéis mas vuestro ánimo. Comprendo que habéis de ser ejemplar como cabeza de vuestro condado que sois, mas el pueblo sabrá comprender vuestro sufrimiento y salvará a vuestra hija.

El conde lo miró con incredulidad
- Vos que habéis sido elevado a tal rango por Realidad, ministra que dirige mi gobierno, decís tal cosa sin encogeros la conciencia. Soy su señor, debo dar muestra de tal cosa o o perderé su confianza.
- Perdón Excelencia, a veces olvido quien es mi mentora. Es la admiración por vos lo que me hace perder la verdadera razón de mi cargo.
- No importa. Ahora llamad a mi hija
El consejero del conde se acercó al camarlengo que se encontraba en una prudente distancia de aquellos dos hombres y de forma suave pero determinante le ordenó ir en busca de Imaginación, la hija única e insustituible del Conde.

Pocos minutos después, un brillo a duras penas constreñido entre el encorsetado vestido de Imaginación deslumbró a todos los que esperaban en la gran estancia central del castillo, la chimenea parecía dejar de crepitar y reducirse a pequeñas brasas sobre las que se escondían las llamas por no atreverse a competir contra semejante fuerza de luz vital.
- Imaginación, luz de mi alma, espíritu liberto que hasta hoy has sido el flujo de mi sangre, el ritmo claro en los pálpitos de este corazón que de jovial pasará a anciano por los designios y el trato al que me vi obligado cientos de años atrás con el fiero dragón del lago. Ha llegado la hora de entregaros a su poder de interminable apetito. Bien sabía que esto podría pasar cuando acepté el trato con el viejo dragón de infecto nombre, más nunca pude asimilar que llegaría el momento de entregarte a ti, Imaginación, hija de mis deseos a la maldita Rutina, dragón de aviesos deseos y letales efectos.
- Padre, no seáis vos como los que nunca vieron la verdad de la felicidad. Cumpliré los designios de Realidad que esto predijo sin nadie escuchar; mientras esto sucede utilizad lo que habéis aprendido de mi y un reflejo de mi logrará abatiros de vuestra pérdida. Imaginad un salvador, un brazo que cercene esa cabeza y todo volverá como se fue. Padre…

Imaginación abrazó al conde y en pocos minutos después de la despedida la comitiva se alejó a través del desértico paisaje que separaba la colina de la laguna donde Rutina esperaba con la calma de quien se sabe vencedor. Mientras, el conde tratando de sobreponerse intentó seguir el consejo de su ya perdida hija cuando una voz de trazos robustos a la vez que femeninos le interrumpió

- Sabías que esto sucedería, nada se puede mantener si no se pelea por ello.
- ¡Déjame, Realidad! ¡Qué sabes tú de lo que significaba Imaginación para mi vida!
- Imaginación era la sal de tu vida y sería la de cualquiera que deseara escapar de esta montaña rodeada de desiertos que significa tu vida. Imaginación es lo que debes salvar y ella te dio la clave, solo has de seguir sus pasos.
Con la dignidad que su cargo le otorgaba Realidad abandonó el salón principal para subir a su atalaya como tantas veces, desde donde poder comprobar la equivalencia de lo que pensaba con lo que veía. El conde apoyado en el pétreo marco de la ventana ojival que daba en la dirección del lago comenzó a esforzarse por imaginar, tal y como le dijo su hija…
De pronto una polvareda avisaba de uno o varios jinetes al galope que se aproximaban al castillo. Poco tiempo después era un jinete que sin detenerse acabó por presentarse ante el conde en el patio de armas.

- ¿Quién sois vos y a que debemos vuestra llegada?
- Excelencia, permitidme que no os diga mi nombre de momento. Se que habéis entregado a vuestra hija al terrible dragón que os amenaza desde largo tiempo en el lago. Por esto me comprometo a devolveros a vuestra hija, matar al dragón y deciros después mi nombre.
- ¿No pedís nada a cambio?
- Si, la mano de vuestra hija.

El silencio no fue de larga andadura, pues el conde sabía que aquella era su opción.
- Tenéis mi palabra y mi bendición. Vuestra será la mano de mi hija si sana y salva la traéis a mi lado, aunque tras los esponsales os quedaréis para siempre en mis tierras.
- Así será, excelencia. Y como no hay otra manera de alcanzar tal dicha me despido de vos y vuestro pueblo hasta mi vuelta con vuestra hija.
Sin más aquel extraño caballero a lomos de un corcel tan blanco como la nieve partió dejando polvo de arena y deseos de éxito. No era mucha la distancia con el lago, quizá dos leguas, por lo que poco antes de percibir el olor a aguas estancadas de aquél lago al que ningún río alimentaba se encontró con la comitiva que acababa de dejar a la hija del Conde. Sin parase ante ellos apretó las espuelas y entre relinchos y polvo dejó boquiabiertos a éstos.

Rutina esperaba mirando y disfrutando del brillo inagotable que Imaginación desbordaba a pesar de su estado. No había para Rutina triunfo mayor que devorar a Imaginación, había esperado mucho tiempo devorando doncellas del viejo condado sabiendo que al final acabaría por devorar a la hija del Conde; devorar a Imaginación y con ella el castillo y las almas que en él habitaran caería al fin bajo su control.
Pero no todo iba a ser tan sencillo. El caballero, espada en alto, aprovechando el reflejo de la luz que Imaginación no podía evitar irradiar deslumbró a Rutina que nada de esto esperaba, con un salto que cualquier caballo no lograría ni en los sueños del propio Cid Campeador logró clavar la espada en el cuello del dragón, que desbocado por la herida mortal inesperada caía inerme sin poder bufar por la sangre que inundaba su garganta.
Sin un segundo de descanso, ya en tierra con decisión aupó a Imaginación en la grupa del caballo para salir al galope hacia el castillo. El triunfo había sido total, la libertad como viento del desierto entraba a raudales desde las dunas que circundaban aquél escenario. Faltaba cerrar el círculo con el Conde.

A las mismas puertas del castillo el Conde esperaba con ansia colegial la llegada del caballero con su hija. Entre vítores y aplausos la mínima comitiva cubierta del polvo arenoso descabalgó. Imaginación abrazo a su padre que aún no daba crédito a lo que sus ojos percibían.
- Excelencia, como prometí os traigo a vuestra hija y el dragón ya no amenazará más pero aún queda daros mi nombre y el de mi corcel.
- Antes de que lo hagáis mi bendición tenéis y concedida la mano de mi hija si esta tiene a bien amaros.
- Excelencia, os agradezco vuestra palabra. Mi nombre es Amor, el de mi corcel Amistad…
- Lo veis, padre, os lo dije, tan sólo teníais que esforzaros con lo aprendido de mí. Así lo hicisteis y no hubo rutina que sobreviviera a tal determinación.



Imaginación en sus mil formas venció a Rutina, como San Jorge lo hizo con el dragón.

lunes, 20 de abril de 2009

La nave y el sueño arribaron ya...

Hay veces que la emoción turba a la razón, hay otras en las que los nervios le atenazan a uno cegando la visión de otros lugares tan cercanos en ese momento como la propia piel bloquenado hasta su propia imaginación de forma temporal.

Así deben de estar los sentidos del que esto escribe, pues al fin un sueño tan lejano en apariencia como increíble en su consecución ha decidido posarse sobre mi ánimo estos últimos días. He escrito, escribo y escribiré; desde este pequeño balcón forjado de electricidad y argamasado con la imaginación plasmada en mis letras que ha sido, es y espero que siga siendo mi pequeño libro abierto para mi propia ilusión y para lograr repartir un poco de ella sobre quien desee entrar en él.

Pero hoy, 20 de Abril de 2009, es un día muy especial para todo esto que os cuento, un día en el que al fin os puedo mostrar un libro nacido de tantos golpes de estos mismos dedos sobre el sufrido teclado que he podido editar y poner a la venta. Siempre a pesar de las editoriales al uso que, como no podía ser de otra manera, cumplen de forma básica el patrón de “si no tienes padrinos no te bautizas”, o sea que si no estás consagrado o no “rozas” tu vida con partido al uso en el gobierno de la taifa local que te “de un empujón” no te queda más remedio que soñar. Más, como bien dejó escrito uno de los soñadores por excelencia y que desde que mi padre me lo presentó cuando aún los sueños y la realidad comparten los mismos minutos no dejé ya de admirar de forma permanente: "Todos los hombres sueñan, pero no igualmente. Los que sueñan por la noche en los polvorientos rincones de sus mentes despiertan de día para encontrarse con que todo era vanidad; pero los soñadores del día son hombres peligrosos, porque pueden realizar sus sueños con los ojos abiertos, HACERLOS POSIBLES." (Thomas Edward Lawrence)


No me importa si vendo uno, diez o diez mil; esto es algo que este momento de sueño real supera con creces cualquier cifra u éxito similar en una hipotética venta, es algo tan simple y tan magno como el hecho de sentir que algo creado por ti mismo pueda tocarse, que puedas coincidir con sus tapas sobre las manos de alguien desconocido en el mismo tren en el que acudes al trabajo cada día y tu corazón plapite de satisfacción y orgullo por la meta imaginaria convertida en orilla de Nuevo Mundo.


Don Martín de Oca, el personaje principal de esta novela sin imaginar su futuro lo soñó desde que su razón pudo hacerlo y sin creérselo en semejante realidad soñada se encontró sin mas que por su propia actitud ante la vida. Islas por encontrar, pasiones por abordar, lealtades que probar; la búsqueda del triunfo sobre el filo de la derrota.



Como él, a pesar de tantos árboles que tapaban el bosque yo también soñé tantas veces despierto semejante situación. Es este un momento de la vida que necesito grabarlo cada instante, uno de esos instantes de un segundo, un día o un mes en el que uno cree que no es capaz de saber si su estado es el de la pura consciencia o el de la dulce inconsciencia del sueño a media vela.
(Disponible en www.bubok.com)
Gracias a todos los que desde vuestra ventana cercana o lejana habéis provocado y provocáis sin más mis ansias de contar historias, unas mejores, otras menos, pero siempre historias que lo son cuando salen del mismo sueño real de sentirlas.
GRACIAS

viernes, 10 de abril de 2009

Si Vas a Esparta...

Nada hay como la victoria de la conciencia sobre el miedo y la debilidad ante la decisión.



“Si vas a Esparta, di que cumpliendo la ley hemos caído”


Pero caer quizá solo sea un efecto de la palabras, pues la épica de los sentimientos que algunos trocarán en demagogia hace que tal caída cunda elevada en ejemplo sobre la confianza del hombre en el propio ser humano, devolviendo con creces la aparente derrota como semilla de victoria.




¿Nadie recuerda ya a aquél joven chino frente al tanque de su propio ejército? ¿Dónde estarán él y su familia? ¿En qué pilar de los cimientos del estadio olímpico venerado por el mundo entero descansaran sus heridas silentes? No creo que haya reino de los cielos capaz de dar cabida a semejante voluntad de carne y hueso, pero sí que la hay en nuestros humildes corazones capaces de las mayores gestas frente al Todo que es la vida y la Nada que es la muerte enfrentadas entre si.


Cumpliendo la Ley, la verdadera, la que traspasa fronteras y banderas, la que intimida a dictadores y demócratas de nuevo cuño, ¿Cuántos más habrán caído en bravo silencio? ¿Cuántos más están cayendo ahora quizá a nuestro lado en pequeños combates frente a algún reyezuelo parapetado tras su rictus de jefecillo en otro lado del dintel de la puerta de su despacho con imaginaria figura de trono real?

Cayeron en las Termópilas, Leónidas mordió el polvo con dolor pero quizá también dulzura. Jerjes venció al fin tras la resistencia fiera de los 300 leales a sus principios, Salamina llegó después, la segunda Guerra Médica tornaba casi a su fin en menos de un año tras el sacrificio de las Termópilas. Leónidas en su ya Esparta imaginaria no sabría nunca el resultado de su sacrificio pero, ¿importaba eso? Aquel bravo chino que se plantó ante el tanque no sé yo de su final, aún hoy no vencieron sus motivos ¿y eso importa? Definitivamente, No. Ellos vencieron al miedo y murieron seguro con dolor, pero sin miedo y sin la tortura propia de la contradicción que algunos llaman remordimiento.


Su Ley verdadera sigue vigente, seguirá vigente mientras haya quien crea en la lealtad humana y no canina, en la conciencia humana sin aditivos perversos. Es esa ley la que debemos sacar de nuestro interior y grabar en nuestra bandera de comportamiento. Bandera que en un largo lema pueda decir











LIBERTAD DE SER Y ESTAR






LIBERTAD DE PODER PENSAR Y COMPARTIR TALES DESTELLOS







LIBERTAD DE EQUIVOCAR EL SENTIDO








LIBERTAD DE RECTIFICAR










LIBERTAD

martes, 7 de abril de 2009

No habrá montaña mas alta... (4)

…El rostro de Don Román se abrió entre las propias arrugas que da la sonrisa del objetivo alcanzado aunque fuera aún parcial. Mientras, los ojos de María comenzaban la segunda parte de su plan. De alguna manera que solo una mujer sabe hacer, estos comenzaron a brillar de forma especial mientras la sonrisa completaba el cerco a la débil fortaleza de un castillo forjado en la falsedad.


- Mi respetado padre, vos habéis sido para mi quien ha mantenido mi vida con el aliento de poder avanzar. No sé aún como agradecer tal esfuerzo de caridad y bondad cristiana que habéis demostrado.
- No os apuréis, señora. Estoy seguro que el tiempo nos dará las claves a tal cuestión. Ahora habréis de preparar a vuestro hijo para la salida antes del final del presente mes de abril, que la flota de Nueva España partirá el 2 de junio de Sevilla.
- Así lo haré padre, mas de alguna forma desearía pagar al carpintero la enorme deuda que mantiene mi familia con él y abonar como no podría ser de otra manera una importante donación a nuestra parroquia. Quizá mientras la familia que se llevará a mi amado hijo paga la suma aún desconocida por mi podría vos en su generosa actitud adelantar la cantidad y así saldar por mi semejante castigo que aflige mi ánimo. Yo os lo agradecería de manera apropiada a vuestra posición y así podría también dar a mi hijo un equipaje que aunque humilde fuera decente y acorde al nombre de nuestra familia.


Miradas que fulminan, pensamientos que aturden convicciones hasta llevar la ofensiva aparentemente débil en mortal claudicación por la propia debilidad. Don Román sucumbió a sus deseos que traducían aquellas andanadas sobre sus propias aspiraciones. Sin dudas y con ansia corrió al cepillo de la iglesia, pues débil era pero no tanto como para arriesgar lo suyo propio. Con una mezcla de sonrisa y sensación de falso realengo sobre María le extendió una bolsa repleta de escudos y reales de vellón, que con gesto de sumisión y humildad María recogió mientras se podían escuchar el batir de la mar sobre el muro que protegía la iglesia de San Pedro del mar Cantábrico.

Se despidieron, él con la mirada puesta en el pronto desahogo de sus instintos zafios y sin alma propia de servidor de Dios, ella con la tensión de saber que había que moverse deprisa antes de que se descubriera la treta.



Amainaba el temporal de viento aunque las olas aun levantaban los suficientes codos como para encerrar a la pequeña flota en puerto. En casa de los Fueyo y Liébana la actividad era frenética el lunes. Con una caballería prestada por un vecino, Maria dejó a sus hijos en la casa mientras ascendía la cuesta de Albandi en dirección a la villa de Candás donde residía Mauro, su mayor acreedor. Mauro era un hombre ya entrado en años, quizá el armazón que se distinguía en la ribera sobre los puntales de su astillero fuera ya el ultimo barco que brotase de sus manos. A pesar de la deuda pendiente tenía una vida amable por su vieja trayectoria de buen constructor y la falta de hijos la suplía entre los que de madera creaba y la dulzura de su esposa Nieves, dejando así que los granos de arena de su reloj vital fueran dibujando su ya corto palpitar. Con sorpresa por ser María la que allí se plantaba a caballo entre vientos y chubascos la recibió y se llevó de forma apresurada al pequeño tinglado que tenía junto a la grada de su barco en construcción.



- Doña María, cómo vos por aquí. Si es la deuda la que os preocupa no tengáis temor que soy conocedor de…
- Mauro, mi respetado Mauro, no tengo tiempo de vuestra comprensión aunque la valoro como lo que en verdad es por ser de vos de quien viene. Mi llegada aquí y de tal responde a lo que si me permitís os relataré.


María le relató la situación de ahogo que con sus artimañas de falso y rastrero santurrón había ido tejiendo el párroco, un verdadero estratega en la consecución de la carroña tras la muerte de su presa. Mauro sin asombro por conocido Don Román no dejó tal relato de alterar su ánimo. María continuó.

- Mauro, me marcho de Gijón, pero creo que lo haré para siempre. Mis hijos y yo partiremos en cuanto dejemos en paz nuestras deudas y la verdadera, tanto en escudos como en lealtad, la tenemos con vos, Mauro. Gaspar, que en paz descanse, así lo habría deseado y por ello pongo en vuestras manos este documento donde os entrego todo lo que tenemos que no es otra cosa que nuestro hogar cuyo valor excede el valor material del “Nuevo Cristo de las Luces” y nunca compensará la lealtad y confianza puesta por vos en nuestra castigada familia. Por ello cuando resuelvan las autoridades del Rey en nuestra persecución os ruego el último favor de demostrar que tal deuda despareció con tal venta y por tal razón nada nos debe de perseguir. Si logramos nuestro empeño y la fortuna nos alcanza quizá las pequeñas deudas que dejemos pueda entonces devolver en mano y con honor a los que en tal estado mantendré.
- Doña María, gracias no es palabra que merezcáis, sino adelante. Podéis confiar que así será y me encargaré con el dinero que vale tal casa que todas las deudas sean pagadas. Cuidaros de Don Román que no es esa hiena con poder de Dios quien se deje engañar tan fácilmente. Antes de partir esperad que he de entregaros algo que os podrá ayudar en el viaje.


Mauro revolvió entre las herramientas hasta encontrar tres cosas que acercó a las manos de la valiente mujer.


- Tomad, no es mucho lo que os doy pero si puede ser de utilidad: este cuchillo de los que consigo de tarde en tarde que me traigan de la comarca de Taramundi; con él y vuestra mano decidida podréis salir de algún inesperado apuro. Dad este pequeño cofre a Daniel, en él se esconde una brújula que le ayudará a mantener su rumbo ahora que enfilado lo tiene. Dad también este libro a Miguel, bendito rapaz, estoy seguro que con él podrá descubrir las matemáticas y con ella la navegación que de ellas vive.

María lo abrazó inundada por el orgullo sentido sobre sus hijos de boca del viejo carpintero. Con la misma urgencia que llegó partió hacía Gijón donde había que poner en marcha la huida.

- Mauro, os prometo por el honor de nuestra familia que allí donde se establezcan nuestros reales tendréis noticias. Pero si no es en este mundo juro por el Dios al que no le tiembla el pulso por vernos sufrir que en los cielos os veré.

Con el orgullo y la determinación arrastró su ánimo el galopar del caballo. Mauro podía descansar en paz. Entre los tres objetos había trasmitido lo que cualquier padre desearía hacer a su familia. Conocimiento, criterio y poder de decisión.



Dinero en la bolsa, deudas saldadas y deseos de progresar; ya solo aguardaba Sevilla.






sábado, 4 de abril de 2009

No habrá montaña mas alta... (3)

… Pasaron días como años en las sensaciones internas de Maria. Mientras, Daniel continuaba su brega millas al norte de Gijón y el pequeño Miguel poco a poco aprendía las letras y los números de la mano de su madre,entre las miles tareas propias y a otra gente,con más fortuna que su madre hacía para sacar adelante aquella situación de pura extenuación. El viernes la diosa Meteo en conjunción con el sempiterno Poseidón cerraron las puertas a su reino y la pequeña flota pesquera hubo de permanecer abrigada bajo la mirada del cerro gijonés. Daniel volvió al tiempo que Maria y Miguel desayunaban con los primeros albores del día.






- Buenos días, madre. La mar hoy no da respiro. Nos quedamos. Don Mariano me ha dado la mañana de descanso, me dijo que tras la comida he de estar a bordo para ayudar en las reparaciones del aparejo. ¡Miguelin, acaba pronto el desayuno que te llevo al Cabo a buscar piratas!



Miguel se abalanzó sobre el tazón de leche, pueso había otra razón mas apasionante en su vida que se hermano lo llevase a lugares donde pisar la raya que inicia la mar que en aquellos tiempos y aún ahora simbolizan la raya con la imaginación. María terció con seriedad ante aquellas dos almas repletas de ilusión.

- Daniel, deja a tu hermano que antes haga sus ejercicios de lectura y escritura y después podréis iros. Además, necesito hablar contigo mientras tu hermano cumple con sus responsabilidades. Anda ven, vamos a mi habitación mientras tanto.

Miguel y Daniel se miraron con gestos de incomprensión. En silencio Daniel siguió a su madre a la habitación donde cerró tras su entrada la tosca puerta de roble algo descuidada en los últimos tiempos. María le relató a Daniel la situación que él en parte ya conocía pues no en vano había dejado sus estudios por ganar un jornal que aportar a la extrema situación. Fue la realidad final la que lo golpeó de manera contundente y las posibilidades las que lo tumbaron sobre un imaginario campo de combate.


- Madre, no podemos separarnos bajo ninguna razón. Somos los tres un vínculo indestructible por el que nuestro padre murió a pocas millas de esta habitación. Hemos de apurar todas las posibilidades que él mismo nos presente desde donde su alma nos observe.
- Estoy de acuerdo contigo, Daniel. Pero por más que tal cosa llevo haciendo en los últimos doce meses no encuentro ya manera de pagar las deudas y Mauro, el carpintero del "Nuevo Cristo de las Luces" no cederá un día más en su derecho a cobrar las deudas por el barco



Un silencio cubrió la modesta estancia en otros momentos ardiente, llena de risas y ternura. Daniel mantenía la mirada a través de la ventana que dejaba distinguir el horizonte del mar entre las oleadas de agua dulce que baldeaban los vidrios desde el cielo. María lloraba en silencio mientras tanto.


- ¡Basta, Madre! Saldremos de esta, tu eres nuestro capitán, nuestro motivo y faro por el que continuar y eso habremos de hacer. He oído que salen dos flotas a América cada año de boca de nostromo Julián. La flota de La Nueva España debe de salir a primeros de junio y aún saldrá la de Los galeones en septiembre. Madre tenemos que encontrar el permiso y salir de este agujero que se traga hasta a él mismo. Huyamos al otro hemisferio, Julián dice que ha oído que la luz inunda los rincones que aquí los tupen sotanas y mosquetes…
- ¡Daniel! ¡No digas eso nunca más, ni aquí dentro, ni en la peligrosa calle.
- Perdón Madre. Más has de darme la razón, debemos dejar nuestra villa, nuestra tierra y buscar futuros reales dibujados en nuestra fe que será la que nos de vida. Padre lo haría, estoy seguro. Yo he aprendido del arte de marear y puedo aprender mas mientras represento que lo sé, con ello el viaje podría ser menos gravoso para los tres.
El gesto de maría se tornó decidido, la ternura había trastocado su suave tez por la de alguien con un motivo vital y casi sagrado.

- Daniel, tengo que contestar a Don Román que si de esto tuviera noticia nos cortaría las tenues alas que acabamos de dibujar. Mantén esto en puro secreto y mientras preparamos la salida déjame hacer la parte que mas recelo exige, pues de la Santa Madre Iglesia hablamos y sus acólitos por sobremanera.

Pactaron el silencio por método con el pequeño Miguel y la operación ya comenzaba su ejecución. Daniel prepararía pertrechos y acopio de información que sus pocos años aunque ágiles ya en el entendimiento bien recrecido por la miseria como compañera lograría completar. María, mientras tanto encaminaría sus pasos a la boca de un lobo con bonete y ansias de dominio secular.

Así pasó el sábado en el que los malos vientos cargados de hielo del puro norte glacial junto con grises, casi negras, olas golpeaban los acantilados del cerro como baluarte de una ciudad que miraba al mar como fuente de vida y libertad. El domingo llegó y tras la misa Doña María que como tal acudía la sacristía encontró su ánimo con el de Don Román, sotana negra, ojos de avaricia y manos retorcidas por la lujuria débilmente contenida.
- Le esperaba, Doña María. Por favor siéntese y hablemos de los que nos espera por resolver.

La voz del párroco era la de quién se sabía portador de los ases de la baraja. La partida había de comenzar.

- Gracias, padre. He reflexionado sobre nuestra situación y considerado su oferta de enviar a mi hijo con la familia Aller y Suardíaz como la salida a los sufrimientos por los que estamos pasando en mi familia…

martes, 31 de marzo de 2009

No habra montaña mas alta... (2)

…La sacristía quizá fuera el lugar más frío de aquella iglesia. No se encontraba en ella más que el mueble para colgar las escasas casullas pegado a una de las gruesas paredes, en el centro dominaba una mesa tosca de roble a la que le hacían cerco tres sillas de diferentes facturas. Sobre la mesa un crucifijo de plata de mejor acabado que todo lo descrito antes presidía aquella espartana estancia. Don Román la invitó a sentarse mientras el rebuscaba la casulla para los oficios de primera hora de la mañana.

- ¿Y bien Doña María? Usted dirá lo que desea conversar.
María, roja de vergüenza por el trago que sentía que debía pasar ante aquél hombre de doble rasero comenzó sin dilación.
- Padre, mi familia no puede más, con las demoras en los pagos he conseguido juntar algo de dinero gracias a los trabajos que usted en su infinita bondad ha logrado que las gentes me ofrecieran. Hace pocos meses que tuve que sacar a Daniel de las “lecciones” para ganar algo de jornal en lo que creo que puede darle futuro que no es otra cosa que la pesca. Aún así no podré pagar las deudas contraídas por mi difunto marido que en paz descanse y vengo a rogarle ayuda de cualquier tipo ya no para mi persona sino la de mis hijos que merecen un futuro mejor…
No pudo más, la angustia le cerró la voz entre sollozos.
- Doña María, bien se de vuestra situación que tanto me aflige, máxime por haber conocido a Gaspar, fiel entre los fieles, trabajador y hombre emprendedor como falta nos hace en estas Asturias tan faltas de hombres así. He ido analizado las posibilidades y creo que tendría para tus hijos salidas válidas y prometedoras si comparamos la situación que ahora corréis. Vuestro hijo menor, Miguel, creo que sería un buen religioso en cualquiera de las órdenes a las que desde aquí podría recomendar para su ordenación.

Los ojos de María interrumpieron tal ofrenda seguramente cargada de nefando interés por parte de Don Román, pues todo el mundo sabía que aquello era ingresar a su pequeño como esclavo en un mundo donde las clases se multiplicaban por mil.

- Con el debido respeto a vos, padre, creo que Miguel bien puede esperar por tener tal destino…
- Bien, bien pero en verdad que no habéis de encontrar muchas posibilidades donde elegir tal y como se ciernen vuestros destinos, pormto los pagos se harán efectivos y vuestra casa será lo primero que perdáis. Hay otra posibilidad para vuestro hijo Daniel que con sus diez años podría aprovechar. La familia de los Aller y Suardíaz viajarán el mes de Abril hacía Sevilla, pues cumplimentan el despacho del Rey como séquito administrativo del Virrey partiendo con destino a La Habana. Necesitan un criado y qué mejor que alguien conocido y paisano de ellos. Sé que son buena gente y darían una oportunidad en el otro hemisferio a vuestro hijo. La manutención un mínimo sueldo para él y una válida compensación que podríamos compartir la Iglesia y vos por cederle a vuestro hijo.


Aquella oferta le dolía aunque en menor medida y si la compensación tras el descuento del párroco saldaba sus deudas al menos daría una oportunidad a su otro hijo.

- Padre, os doy las gracias por vuestros encomiables esfuerzos. Si me permitis tras la celebración del domingo os daré respuesta de esa última propuesta cuando sepa si tal compensación salda mis deudas y el dolor de mi hijo por la separación es humanamente asumible por él.

Se despidieron y con la dignidad de quién fue alguien en la villa, María salió de la Iglesia de San Pedro con Miguel de la mano dando pequeños saltos de alegría por el tiempo de juego extra que tuvo aquella mañana de regalo con el monaguillo de Don Román.

Cuando todo esto comenzaba a marcar las vidas a fuego vivo sobre el alma de María la mar mantenía las manos de Daniel entre las redes entretejidas empapado mientras un buen banco de jureles entraba por la borda para dar un golpe de riqueza corta pero gratificante a todos los que luchaban entre las olas del Cantábrico.

- ¡La jornada esta lista! ¡Rumbo a Gijón, sin demora!

La voz del patrón era clara, mientras unos arranchaban el aparejo de pesca, otros estibaban aquel tesoro aún vivo y los restantes enfilaban al proa contra el cerro de Santa Catalina. Daniel estaba orgulloso, no esperaba mucho de la ganancia pero sabía que sería más de lo que había conseguido en las singladuras pasadas. A pesar de la panza repleta de jurel, el pesquero cazaba el viento como fragata cazadora y la protección del Cerro enseguida los obligó a sacar los remos para abarloar el pesquero junto al pequeño cabañón a modo de rula donde sacar la pesca.

Pocas horas después Daniel con el atardecer empuñando la cortina de estrellas que daba carpetazo al día entraba en el hogar donde le esperaban María y su hermano Miguel frente a un fuego sobre el que el caldero hirviendo y oliendo a laurel abría las ganas de comer a un muerto.

- Hola Madre. Hoy ha sido un gran día. Hicimos la pesca del mes. Parecíamos hundir con tanto jurel. Don Mariano me entregó lo pactado y diez escudos.

Con orgullo vació la bolsa con cinco monedas de dos escudos. La efigie de Don Felipe el quinto parecían sonreír en medio de la escena. María orgullosa por él los recogió en silencio y con un gesto los sentó alrededor de la mesa. Aquella noche la sopa sería el preludio de dos jureles frescos y de un sabor que no podrían envidiar la cocina del Palacio Real.

- Daniel, el domingo es el cumpleaños de Miguel y haremos una fiesta especial gracias a tu esfuerzo.

Miguel lo celebró golpeando la cuchara de madera sobre la mesa mientras María besaba a Daniel. Hacía muchos meses que no sentían el calor familiar junto a la sensación de bienestar y aquella era la primera vez desde tanto tiempo. Terminaron de cenar, ella los besó y Daniel se llevó a Miguel a la cama mientras le iba contando contaba el gigantesco tamaño de las olas y la red cargada de jureles contra la que se hizo tantos cortes en las manos. Ella los miraba y se retorcía de dolor al imaginar verlos separados.

¿Qué hacer? ¿Perder la casa, perder la salud sin lograr progresar, aunque uno de los dos fuera? Ella se sentía joven, sus 28 años y la fuerza del maldito destino hasta ahora escrito por los dioses la habían devuelto las ganas de empujar contra todo por sus hijos y por ella. Don Román deseaba sacar el dinero y algo más de ella, pues mujer era y aquello ya presentía desde hacía algún tiempo. Perdido a Daniel quizá salvaría la situación o quizá la miseria golpease con más dureza y no quedase más vida que la leída tras las pupilas del párroco.



“Quedan seis días hasta el domingo en el que habré de dar una respuesta a Don Ramón, son seis y en esos días lograré encontrar la respuesta como digna esposa de Gaspar Fueyo soy”