viernes, 26 de febrero de 2010

No queda sino batirnos



¡Maldito seáis destino aciago que asi me tengáis!

Vos no sois mas que quien os hizo que así os pese fui yo

por nacer vivo y con ganas de tal verbo en aguas romper.



Maldita sea la negra bola que viejos corsarios de muerte

traen sin otra maldad que su propia verdad

por batallar contra la cruda realidad resistente

sitiada, aferrada y maniatada.

Pero firme desde el viejo fuerte

que por su vida no caerá sin antes dar paso a la muerte.




Maldigo vuestras condiciones míseras por linsonjeras

pues la Verdad, con su aliada la real Voluntad habrán de triunfar.

Aunque la pica en coste y servicio

sea tan grande como la vieja hermana puesta en Flandes.




No haréis de mi, jodido Destino, un viejo héroe abatido,

vive el cielo que antes del motín sin bandera

pierdo en la contienda la vida entera,

Que siendo en buena lid, buen combate presento

mas a traición la vida contra la que mi pecho se plante

No será ya más que un viejo lamento.



Muerte sin vida es la propia vida de la muerte.

Vacío sereno y sin otro camino que el viejo pozo

amargo por el arrojo de mil piedras

ahítas por demandar tantos deseos conscientes

seco lo ha dejado, atrapado en su fútil deseo de ser gratuito gozo.



"Donde no hay justicia es un peligro tener razón." 
 (Francisco de Quevedo y Villegas)

miércoles, 24 de febrero de 2010

Última carta. El Viejo Dragón vuelve a la mar...



Ya parecen como si las hubiera vivido desde el mismo alumbramiento. Viejas islas de Sawabi o los siete hermanos. Os dejo en calma, pues sobre mi buque con nombre propio de los viejos mares donde el sol siempre esta brotando, vomitando el fuego propio de Dragón a través de su guardacalor metálico que contenía los 21.000 caballos entre pistones, bielas forzando tal potencia sobre el rotundo eje ya rendido a su sino de ver la vida en 360º navego. Como digo el Sea Dragon recobrada su vida, daba con el ancla de estribor firme en el escobén de la misma banda.

Un golpe del tifón como saludo a quien me acogió estas días en los que el ánimo de mi nave no estaba para partidas o retornos, fue todo lo que mi exterior hizo por despedir a las islas que cuidaban el acceso o la salida al enorme Indico donde, tras un intermedio que tedioso se plantaba entre ansias llamado Golfo de Adén, al fin la mar abierta y sin límites se plantó ante mis ojos casi tan salados como el agua donde la quilla de mi corazón surcaba sin escatimar en consumos o autonomías, que eterno es el combustible de la libertad cuando esta reside en el interior de los viejos corazones por muy jóvenes que estos pretendan sentir.

Maldivas, Lanquedivas, vieja ciudad de Cochin o puerto aciago de Bombay, donde en otros tiempos algún hermano de mar perdió su vida, que no su alma, entre fuegos y explosiones mordientes sobre su piel sin derecho a recuperarla. Sol implacable que la toldilla orgullosa y aliada entre mil parches y reparaciones sobre si misma, cerraba el paso de sus temibles rayos que en semejantes latitudes a cualquier piel podrían destruir.

Calma en la mar, calma en el corazón y de tal guisa la resistencia ceja ante lo que de lo contrario de tenacidad traspasara sin permiso necesario a necia tozudez. Como digo, como siento, la nave va y se regocija ante vientos de mil orígenes que le saben a nada cuando el mismo sabe a dónde desea llevar su alma, como en claro y meridiano sentido un viejo filósofo germano escribió, solo hay vientos buenos para quien sabe a donde quiere llegar.

Sol, viento, mar y tierras lejanas imaginadas pero sin deseo alguno por pisar sus orillas. Imaginarlas es bastante pues es la misma mar la que trasmite su sabor lejano y de idílico sentido. Recuerdos de derivas al sur de Cabo Dondra, casi tres singladuras sin gobierno hasta sacar al viejo Dragón de su letargo entre dolores y  continuos temores para  poner proa hacia Malaca cruzando el Golfo de Bengala de nombre fantastico, al que las imágenes leidas  dejan a uno clavado entre los versos de la pura prosa de Conrad. La temporada de lluvias nos quiere coger en sus  cortinas opacas de aguas y malos  vientos, pretendiendo hacer de todo ello grises a  los tiempos, más sin miedo atravesaremos y por más que mar encapille nuestro buque, la nave saldrá.

El viejo Dragón vuelve a la mar mientras el polvo del viento huye a otro lugar…



Sueños tronando sobre el desierto de arenas
trenzadas entre mil cables como tentáculos
cerrados a la espera de la explosión temida,
liberación brusca desde el ínfimo hueco
en el que por tanto tiempo penó guardada.


Puente de interminables brazos sensibles por humanos
aferrado a la tierra que lo sostiene ignorante
que del mundo inverso sobre el que como arcano soportaba
él era el sostén sin sentir por tal tropel en risas y algaradas.



Vieja escota de paciente y oriental tempo
con su roto y gastado as de guía
que al puente aferrado lo mantenía.
Desciende tu alma libre sin conocer su destino
sobre tal valle lejano al que siempre temiste caer.



Tiempo agrio por lo sentido,
luto por lo perdido entre lo ganado,
pues la gota en la lluvia es como el rio en la mar,
lo malo es mínima veta en la mina del bien.



Así el recuerdo aturde lo negro del mal
devolviendo lo humano, lo sentido, lo vivido…



Donde lo Bueno será lo que siempre permanecerá.

jueves, 18 de febrero de 2010

No habrá montaña mas alta... (52)


"Mientras  esperan mis huesos en una de las islas de los siete hermanos, Islas de sawabi para los que allí habitan, vuelvo con la venia de los que esto leen a relatar lo que había quedado interrumpido entre la separación los dos hermanos. El uno a borodo de la flota del tesoro hacia Portobelo, mientras su hermano menor esperaba en Cartagena las buenas nuevas de Pedro león y Fabíán que en Magangue encontraron tierra de pormisión aunque  con un ligero entreverado de malos sentimientos  junto a orgullos desmedidos.

Como les digo, con vuestra venia mis respetados y deseados lectores continua con esta  historia..."

…Don Beltrán de Garralda no era un colono más de aquellos que arribaban a las verdaderas tierras de promisión que en aquellos años fueron las tierras de Nueva Granada, desde Puerto Cabello, Santa Marta y la misma Cartagena con ganas de labrarse un futuro vedado en la vieja España de la vieja Europa donde los viejos modos mantenían los estratos de la sociedad petrificados como viejo magma frio e inmóvil. Don Beltrán llegó desde el sur, desde Santa Fé y antes desde el puerto de El Callao donde no pudo hacerse el sitio que él a sí mismo se consideraba merecedor por ser caballero e hidalgo español sin más honra que esa, con la que quizá centurias atrás hubiera sido más que suficiente su ascenso a las alturas sociales de la pequeña sociedad del virreinato, pero en los albores del siglo XVIII con la nueva dinastía deseosa de dar alas a un ave Fénix que no encontraba cielo que surcar, hacía falta algo más que un apellido de teórica ilustre ascendencia para medrar en la España del otro hemisferio.

Fracasados sus intentos en ambas villa, a duras penas logró del gobernador de Santa Fe una vieja encomienda ya en desuso por la que establecer “hacienda agrícola e ingenio textil” entre las tierras de Santa Fe y Cartagena con el objeto de atraer y crear nuevos lugares donde fundar villas y crear riquezas para el reino y sus súbditos. Don Beltrán no era hombre instruido ni despierto para tal misión, cosas que compensaba, si de tal forma se puede expresar tal argumento, con su enérgica y despótica forma de gobernar almas y haciendas a su servicio. Tal cosa fue lo único que pudo encontrar de “útil” en su carácter el gobernador de Santa Fe, que con él y tras él endosó a un visionario jesuita de nombre Benigno Arriaga; personaje de fanático carácter que comenzaba a “molestar” entre las conciencias de las gentes de la alta sociedad criolla y peninsular que allí controlaban la ciudad y sus territorios.

El gobernador mataba de esta guisa dos pájaros de un tiro de mosquete, y en verdad que podemos pensar que el beneficio para sí era también potencialmente válido para quien topase Don Beltrán más al norte, pues Benigno Arriaga era digno miembro de la orden religioso militar, y no se iba a amilanar ante cualquier desmán contra los hijos de esa tierra tantas veces maltratados por quienes decían ser sus protectores. Así, el orgulloso Beltrán de Garralda partió con su séquito humilde y sumiso hacia el norte del todavía virreinato del Perú mientras su enhiesta espalda apuntaba a los cielos que trataban de apartarse de tal señal. Su pelo tan rojo como la ira profunda que destilaba su mirada, piel blanca más propia de hijo de flamenco, castigada por el sol inclemente sin exclusiones de clase, firme una mano a las riendas y otra al rebenque con el que castigar a la vieja usanza los “errores” de sus encomendados, dibujaba la punta de lanza del séquito acompañado del guía que comenzaba su marcha, mientras el jesuita cerraba tal comitiva tal y como lo dispuso el gobernador.

Benigno Arriaga era un jesuita que tras casi diez años en las misiones más al sur, junto al rio Paraná, fue expulsado diríamos que de forma amable por sus superiores de la orden al haber provocado enfrentamientos indeseados con terratenientes que tal cosa buscaban sin éxito, pues hasta que Benigno Arriaga no se tomó la justicia por su mano confundiéndola con la de Dios nada habían logrado sobre la Misión de San Ignacio Miní o pequeña. Fue gracias a que, tras tantos años de sufrimientos provocados por los bandeirantes que llegaban en hordas impías desde Sao Paulo, lograban mantener un estricto orden militar en las reducciones jesuíticas como consiguieron mantener a raya a semejante coalición de terratenientes y bandeirantes. En cuanto la situación quedo estable decidieron enviar a Benigno al sur siguiendo el rio Paraná hasta dar con la estancia recién fundada por la orden en San Nicolás donde se haría con el duro trabajo de mantener la granja que daba el sostén al colegió de La Inmaculada de la misma orden. Fanático y sobre todo tan orgulloso como Don Beltrán de Garralda, no tuvo más remedio que aceptar tal destino de primer envite, mas en cuanto el Paraná le permitió perder la vista de la reducción fue su destino y decisión el de ganarle leguas al sur y con su innegable y particular modo de verter el bien donde tan falto se hallaba fue ganándose una nueva vida que su hábito de jesuita y la lejanía con los poderes de su orden le permitió hacerle un sitio respetable en su camino por encontrar la que consideraba su divina misión, que en el reflejo de Don Beltrán había dado por encontrar.

Así pues, el gobernador de Santa Fé, quitábase un problema doble enviado una doble andanada a la inocente hasta entonces villa de Magangue. Fue en esta villa donde Don Beltrán se estableció mientras encontraba los terrenos que estimaba de su propiedad y que nadie supo oponer argumento cuando así lo hizo público. Tan solo Don Arturo acudió a marcar terrenos y libertades sobre los terratenientes que habían sido avisados por el párroco Don Ramiro. Viejo vicario de Cristo que veía peligrar el inestable equilibrio mantenido en aquella sociedad verdaderamente desigual en su trato, aunque para su momento histórico defendible con solo hacer una leve comparación saltando el viejo Caribe y topando los pies de cualquiera en las tierras del mismo rey Jorge II de Inglaterra.

Don Ramiro recogió con fraterna camaradería al jesuita con el que deseaba hacer buena compaña y elevar las condiciones morales y materiales de sus feligreses pero Benigno Arriaga no casaba con los deseos de su temporal protector y en pocas semanas el temporal se desató sin lugar a refugio. Benigno dejó a Don Ramiro en su pequeña parroquia con el temor de saber que no es bueno entrar por el frente al poderoso pues es causa futura de dolor segura y de cien el ciento sobre el débil. Benigno Arriaga comenzó la construcción de un pequeño edificio a modo de monasterio de reducidas dimensiones y en verdad basto en su pulimento. Más bien asemejaban sus muros y techumbre a refugio de bestias con la suciedad y el cochambre propio de tales lugares. Pero su forma pasional de defender la igualdad de los hombres, su tenaz y fanática voluntad alcanzó a reclutar a muchos de los indios que en verdad tenían razones para asumir los postulados por sus desgracias y sufrimientos “otorgados” por quienes decían encomendar su guarda y bienestar. Don Arturo dejó hacia casi una año en tal estado que no predecían nada que a buen puerto llevara almas, ilusiones y en definitiva vidas…



lunes, 15 de febrero de 2010

5ª carta. En Sawabi


Viejos desiertos que grandes bocanadas de agua imaginaria tuvieron a bien otorgarme mientras desbrozaba tus sueños reales vividos entre los jerifes frente a enemigos como el turco, este real, o a tu hermano europeo oculto tras su vieja y falsa cara de civilizado sobrado de deseos por hacer “lo mismo” en los demás, eso sí, sin perder el "ápice", que siempre mantiene distinto lo que nunca deseaban que fuera igual.

Así os dejé a Feysal y a los tuyos en la lucha por unir la dicotomía entre la lealtad a unas reglas establecidas y esa misma hacia el ser interior que no es más que el propio yo con sus sueños y sus esperanzas. Mientras tanto la lluvia seca de la realidad impuesta iba calando sin sentir entre los poros de esta piel cuarteada y desgastada por lo pasado, por lo vivido y por lo machaconamente recordado en cada instante que la guardia del momento, agotada en su vigilar, daba paso a las mesnadas del pasado sobre sus ponzoñosas cabalgaduras de resentimientos y herrumbrosas heridas. Con tus trajes prestados en los que me pude hacer pasar de árabe dedicado al comercio neutral me fue sencillo alcanzar la ciudad santa. Desde esta, un transporte me dio el paso franco hasta Jedda, donde con los respetos mantenidos a fuego, en completa tensión sobre la visión del señor imaginario de los que allí acudían ahítos de lo que tantas almas llaman fe a lo que significa no querer saber la verdad, me planté en su puerto donde aguardaba mi navío en labores de carga escondido tras su rutinaria actividad para permitir mi acceso sin sospechas de los guardianes, AK-48 en mano, que flanqueaban la escala real por la que subir a bordo.

Sin graves problemas logré presentarme en el viejo carguero de nombre puro de mar exótica y oriental, Sea Dragon llevaban las amuras y su popa, contrastando su exótico nombre con el origen legal de mi hogar flotante, pues Panamá era este aunque el frescor de la pintura permitía aún distinguir el anterior nombre que no era otro que Cádiz, tampoco este era oriental, pero si algo más cercano al corazón que con ritmo suave bombeaba en mi interior. Cargados hasta los topes de contendores, nos esperaba el estrecho de Bab-Al Mandab por el que salir a mar abierto previo permiso de quienes reinan en su inicio, personajes a los que mejor no nombrar por si se daban por llamados y mil cadenas sin piedad cayesen entonces sobre nuestras ansias de libertad sentida.

Nuestro dragón marino, viejo cascarón que en otros tiempos portó el nombre de recia virgen aragonesa en su matrícula, daba los 20 nudos sobre un Mar llamado Rojo, que en realidad llevaba el azul celeste como tinte en sus infinitas gotas moteadas por intermitentes trazos de blanco que el pincel de los vientos gustaba de trazar desde los sures libertarios encañonandos sus soplidos a través del estrecho 600 millas mas al sur. Años atrás superaba los 25 nudos sin pudor con la temeridad de la juventud y la inexperiencia que te regala la convicción adornada por el ideal y la ilusión. Ahora aquellos 20 nudos eran muchos nudos, pues aunque los antiguos 25 pudiera dar nunca lo hará ya porque  es el trayecto lo que en verdad importa y la llegada tan solo es el final.

Amanecer del siguiente día y el estrecho  se mostraba claro sobre la proa, como siempre en semejante embudo natural, decenas de hermanos en ambos sentidos trataban de alcanzar los unos la libertad de no tener límites y los otros la seguridad de sentirlos próximos a sus costados como referencia y freno con el que sus dudas neutralizar. Con precaución tomamos el canal mayor, que es el que al oeste se encuentra besando sus aguas el África de los desiertos, donde cuentan las leyendas sagradas o populares que reinaba la mujer que embelesó a Salomón. Otros niegan esto y la ubican al este, es esto algo que no me importa pues es mi imaginación la que gobierna y creo imaginar en sus costas africanas a esa mujer que como tantas supo encontrar en el hombre lo que el mismo no es capaz de distinguir sin más.

Aire húmedo, aire cálido que en andanadas nos anunciaba el inminente Indico, el enorme mar de cuadrantes ignorados con la única opción que la de atravesarlos para detenernos sin objeto establecido en cualquier isla, playa, puerto, o simplemente para vivir entre sus olas y sus vientos la propia experiencia de vivir sin otra espera y meta que tal momento infinito.

Un golpe de viento, una corriente inesperada y mi dragón marino se vio frenado en su acompasado andar con rumbo sur justo al encarar el estrecho, se podían distinguir a la perfección los destellos de los faros y balizas de tráfico a ambas bandas del buque que inesperadamente se detuvo. El zumbido de las máquinas dejó de sonar, la arrancada del dragón marino fue poco a poco perdiendo su poder y quedamos a merced del viento, las corrientes y el viejo arbitrio de nuestro señor y divino Dios Poseidón. Desorientado por la parada inesperada, disperso por no saber qué decisión habría de ser la correcta y con el temor de tomar en aquél momento la que fuera fatal barco y alma fuimos poco a poco abatiendo hacía un pequeño grupo de islotes e islas sin otra vida que la que los pescadores les otorgaban como lugar de descanso en las largas jornadas de su trabajo.

En la carta dos nombres las definían, Sawabi era uno de ellos, mas el que a mí me dio razones para hacer de aquel lugar un apostadero donde dejar mi buque y el ánimo fondeado durante algún tiempo hasta que las corrientes y vientos ahora paralizados volvieran a su natural fluir no era otro nombre que las islas de los siete hermanos. Con pericia y percibiendo quizá algún que otro auxilio desde el juguetón Eolo y sus vientos logramos, mi barco largar su ferro a sotavento en la isla mayor y mi ánimo guardarse sobre la misma ladera a sotavento desde la que ver las blancas arenas de las playas y las montañas brillantes al sol del Djibouti en el que esperar nuevos vientos y mejores corrientes para continuar esta partida por el momento interrumpida.



Islas Sawabi (de los siete hermanos). 15 de febrero de 2010.

jueves, 11 de febrero de 2010

A tí,

A ti,

Soñoliento mortal de actitud escuchante

mientras el tiempo solitario transcurre

como gacela en volandas del viento frio y cortante.

Tú que abres los ojos para cerrarlos de nuevo

entre los silencios abruptos como regios acantilados

erguidos frente a desafiantes mares rebosantes de ruido.



Vivimos sin otro sentido que el de rendirnos

para avanzar sobre el escombro vertido

tras la leve, casi ingrávida interna conflagración.



A ti,

Que tímido te acercas sin atreverte a llamar

por los umbrales de puertas que sin dintel abarcan tu vida

hollando caminos tortuosos que en su rectitud anodina

no dejan mas salida que la de retornar

a la vieja curva cerrada,

dueña siempre del secreto

de quien conoce lo que sabe

mientras circunspecta espera del arbitrario azar

alcances tu correcta decisión.



A ti que buscas,

Miradas de ojos que no ven,

pasos de quienes desean parar,

gritos que te permitan escuchar.

A ti que pretendes sortear

el Dolor entre ríos de incomprensión

mientras la nave se aleja lenta y grave.

Gris desde su amura,

señalando el oeste por su proa incapaz

por no saber lo que ya intuye

en las viejas nubes que perennes abrigan

con sus lágrimas la decisión tomada sin más.



A ti, simplemente a ti.

lunes, 8 de febrero de 2010

4ª carta. Entre Tebuk y Aqaba

Viejo teniente que viviste mil y una situaciones en las que mantenerte en tus trece mientras en tu interior tantas veces tu lealtad se sabía en cuestión por tu propia conciencia. Seguir con quien empeñaste tus ilusiones y que con el debido respeto su bandera besaste dejando jeroglíficos, ruinas y restos de gloriosas civilizaciones tras de ti, por creer en algo aún más grande, o seguir, sin perder tal honor, abanderando el camino de otros en su propia libertad contra poderosas naciones que, como niños malos ante pastelería sin guardián, la tarta entera deseaban engullir.

Creyendo en ti lograste que los demás creyeran primero en ti y tras ello en sí mismos, la batalla quedaba por ganar pero la guerra ya era un trofeo que llevaba tu nombre. Creyendo en que lo justo era luchar por lo que uno sentía como bueno  en aquél desierto de la Arabia aún no saudí, decidiste cruzarlo frente a los gestos de quienes, aferrados a lo escrito, nunca habrían gastado una sola gota de su preciado sudor en forzar a su camello sobre tal erial hacia el inhumado y solitario norte donde esperaba lo que no se podía saber si no se afrontaba.

Pero quien te conoce no necesita nada más que eso pues desde ese instante ya cree en ti. Podría llamarse Feysal, podría ser el jerife de cualquier pequeña tribu enemiga de otra. Da igual, tu poder desconocido en ti mismo te llevará en volandas y donde había mil ya solo habrá uno. Como en aquella cabalgada donde le enseñaste a Auda mientras tenaces contra el viento ganabais al fin los Kaseim de Sirhán  con sus colinas de tamariscos, las paradojas entre la tribu y la ciudad, la fraternidad del grupo del desierto en contraste con el aislamiento y la vida competitiva de las ciudades tan pobladas y aparentemente tan poco propensas a la soledad. Allí de manera simple y clara en medio de la soledad solo compartida por arenas golpeando tu rostro intentando tapar el enrojecido crepúsculo la unión se siente  sin pensar.


Como negar la mayor cuando alguien dice lo que ha vivido, por eso bien me enseñaste en tu decir, “En un triunfo seguro no puede haber honor alguno, pero puede sacarse mucho de una derrota segura”. Palabras como Omnipotencia o Infinito a las que diste el valor de los verdaderos adversarios por estar dentro de uno mismo y, por tal circunstancia, con el permiso de poderles plantar cara aunque la derrota estuviera grabada a fuego en tu propia piel. Es a veces la derrota la mejor forma de vencer al miedo y de encontrar razones para seguir. Victorias habrá muchas, pero serán sobre cosas a las que uno puede vencer pues su altura será siempre menor aunque tantas veces nos parecieran inalcanzables. Son las derrotas sobre metas invencibles las que nos dan las razones para sentir nuestra alma más joven que nuestro cuerpo siempre y en todo lugar. Ejercitando la libertad, no haciendo lo que está en nuestro mano por poder hacerlo, pues perderíamos la vida tras dominar lo que en realidad ya teníamos dominado.

Mil proyectos y otro milenio de sueños vertidos por el manantial de la imaginación humana que nos da las alas para comenzar un movimiento, una salida o zarpar  desde el puerto de algún recogido lugar. Ideas, sueños y proyectos que sólo de tal manantial han de valer la pena, boca de agua mágica alimentada por el saber, la tradición, el escuchar y la reflexión. Manantial de ideas propias que rehusen a las impuestas por tantas virtuales fuentes del saber falso y mezquino que tan sólo buscan engarzar tu Voluntad con sus intereses para transformar a esta en servidora en el aborrecible régimen de la esclavitud moral. Ideas de gentes que son pequeñas, mentes confinadas entre altas paredes que de seguro conocieran cada adoquín de tales muros. Como tú hablabas de ti mismo así me gustaría hacer de mi pudiendo decir que yo mismo podría saber en qué cantera habían sido talladas tales adoquines y hasta el salario del cantero. Piedras rechazables por saber uno mismo donde encontrar rocas de mil tipos, colores y texturas siempre útiles para servir a un propósito al que con su Voluntad, con su actitud llevarían en su proa la guía segura para el alcanzar el propósito de la ejecución.

Cualquiera de nosotros llevamos en nuestro interior un haz de poderes con el que enfocar y marcar nuestro destino escrito en las estrellas que nos miran cada noche despiertas, atentas a nuestro devenir y siempre sorprendidas por la misma inseguridad que a ellas las mantiene inmóviles a nuestros ojos. Solo se me ocurre decir que adelante por lo que nos queda que no es más que el infinito inabarcable y por ello interminable que nos dará para siempre razones por las que seguir.

“…Nos agradaba estar juntos a causa de la amplitud de los lugares abiertos, del sabor de los fuertes vientos, de la luz del sol de las esperanzas por las que trabajábamos. El frescor matinal del mundo que iba a nacer nos embriagaba. Nos sentíamos excitados por ideas inexpresables y nebulosas, pero por las que valía la pena luchar. Vivíamos muchas vidas en aquellas turbulentas campañas sin cuidarnos nunca de nosotros mismos; sin embargo, cuando llegamos al final y el nuevo mundo amaneció, los hombres viejos reaparecieron y tomaron nuestra victoria para rehacerla a imagen del mundo antiguo que ellos conocían. La juventud podía ganar, pero no había aprendido a conservar, y resultaba lamentablemente débil ante la vejez…”               
                                   T.E. Lawrence



A 100 Km. De Tebuk en dirección a Aqaba. 8 de febrero de 2010

sábado, 6 de febrero de 2010

3ª carta. Muanda - Azores - Filadelfia


Más de 2.500 millas me separan de Filadelfia y sus campanas. Viejo bronce que cantó a fuego vivo por la libertad de quienes lograron sentirse así sin necesidad de bendición paterna por britana y poderosa que esta fuera. Fáciles parecieron las millas desde Muanda al otro lado del paralelo ecuatorial donde viejas sensaciones con suavidad se fueron encastrando de nuevo entre los pliegues de mi alma,  poco a poco perdiendo el tacto de pergamino para ganar humedad y frescor con cada golpe de mar que se ha ido abrazando a mi barco en cada jornada de navegación.

Pero la calma disfrazada entre golpes de mar y soplidos irredentos de los sempiternos alisios se percibe ya pronta a fugarse con algún viento casquivano que, con falsas promesas logró engatusarla para ya nunca volver a llamarse así. Así surgieron vientos de poniente desde el viejo reino del oeste, poderoso como su contrario, tal y como el viejo Conrad decía que eran y son dos, el rey de los vientos de este y su enemigo del oeste, mientras los principitos del norte y sur nada podrían jamás con ellos en su pequeñez de miras y deseos. Vientos del oeste que rudos y feroces con el frio propio recogido del Ártico mezclados de las humedades recogidas en su periplo por el océano, como hordas salvajes en bocanadas de aire se plantaban ante mi proa reduciendo la marcha, logrando retener el objeto de camino que no es otro que ganar millas sobre la partida con la misma decisión.


Viento que en su rugir arrastró al fin a la mar haciendo de la mar tendida un juguete de la mar de viento en verdad esta de peligro y prevención. La Vida no va en la llegada sino en la travesía tras la partida y con tal argumento el pálpito de mi gastado corazón dio por moderar en su cadencia para como junco permitir que la furia se calmase a si misma entre huracán y tornado, entre espuma y roción  inundando al mismo tiempo  mis ojos que, como verdadero puente de gobierno mantenían guardia y atención sin otra espera que la calma mientras continuaba sin demora la navegación, quizá insegura, quizá temblorosa pero al fin y al cabo camino vital que sin millas por ganar deseaba recuperar al menos la correcta orientación.

Duros golpes de mar, silenciosos y expectantes  en su pasivo golpear, ayudados por un viento continuo y tan falso como virtual que no es otra cosa que creer en lo que le parece bien al que allí no está. Golpes que retumbando sobre un corazón arrastrando en su andar al enorme barco como cuerpo completo sin el que era imposible su navegar iban dañando el cuerpo de mi nave, temblores desde el interior que a las grúas como manos hacia vibrar por verse faltos de mar sobre la que navegar. Maniobraba cada diez horas para dejar en facha la nave y así poder los daños calibrar, maniobra que sentía vacía sin otra nave aliada que confirme lo que uno mismo podía valorar. En silencio los golpes de la misma mar pasivos continuaban en su lento golpear, mientras su viento cada tiempo más flojo se percibía en fuerza y verdadero soplar.

Señales de otros barcos en auxilio escuchaba en mi  equipo de transmisión más mi propia vida a flote debía de mantener y tan sólo su escucha y recepción era posible. Mientras tanto, tubos, máquinas, regalas, escalas, y mil cosas más que brillantes habían hecho de mi nave ser orgullo en mil puertos, era devorado por la furia del viejo mar de la incomprensión. A cada maniobra para salir sobre la piel de mi metálico cuerpo y ver,  que suele ser también sentir, los daños un punzón corría más cerca del corazón sin poder hacer ya otra cosa que mantener rumbo destino y avanzar lo posible en la posición. Claras parecían las condiciones  para conservar a salvo el rumbo con la vida clavada sobre la máquina para mantener gobierno sobre la embarcación. Mientras la mar, pacífica tantas lunas en otras latitudes con buenos soles y mejores puertos de abrigo, no cedía en su esfuerzo tenaz y sin valor,  de silencioso  combate sin otro aliado que un viento que moría en la propia extenuación de saber baldío tal esfuerzo por detener para siempre a mi embarcación.

Sobre el alerón de babor, mi alerón, sobre el que tantas veces soñé con ese mar cálido en el que poder humedecer mi piel, mantenía absorto la mirada sobre la naturaleza trasformada en su propio ser. Había que seguir, había que aguantar y sufrir. Todo por sobrevivir.



Océano Atlántico, 40º 16´N  32º 54´W, 6 de febrero de 2010

domingo, 31 de enero de 2010

2ª carta desde Muanda.


Dejamos Cabo Blanco a cientos de millas tras de este cuerpo metálico que poco a poco  gracias a la calma que ofrece el Atlántico cuanto más cerca de paralelo ecuatorial ha ido renovando su cara, primero pintando su obra muerta que es la que  cualquiera  puede ver a simple vista y dejando para la varada que habrá de llegar mas tarde o mas temprano, la recuperación de la viva que bajo las aguas del océano mantiene entre sus formas y las leyes de Arquímedes este buque a flote y en suave andar.


Tras abandonar la rada con sus viejas imágenes que ahora figuran como un pequeño álbum de recuerdos sobre el puro pensamiento, fue en pocas jornadas clara la virada al sur verdadero, pues a este alma que transfigura en metálico buque le piden sus momentos recuperar las viejas rutas perdidas, aunque estas por una sola vez hubieran sido trazadas y recorridas. Fue así como la virada desde el rumbo oeste dio la proa hacia el sur hasta alcanzar la vista de Cabo Palmas en la primera tierra liberta de Africa, punta que anuncia el fin de esa barriga africana conformada a la inversa, dando paso a la profundas selvas en tierra, mientras nos  vamos encontrando pequeñas islas con nombre hispano o portugués.

Arbitrarios dioses con forma humana, a los que cualquiera en fuera el  que fuere el momento decide rezar para su venia obtener, provocaron quizá una terrible tormenta que de mal paso en su inicio dio postrer escala en el interior de este gastado corazón para quedarse. Debo reconocer en el fondo  de  mis adentros  que con cada relámpago de sentimiento, vomitaba su destello vida y aire fresco sobre mi que en esos momentos de ahogo sentía. Y es que cuando la luna no alumbra y la noche es tan cerrada como lo alcanza a ser en medio de una mar serena y sin tal astro, es cuando un relámpago se recibe como agua de oasis tras dura paso por el desierto sahariano.

De tal manera el buque daba sus nudos con natural rutina y sin interrupción. Cuantos más días ganaba con la tormenta pegada a  la popa como verdadero talismán, mejor y de mayor andar era la marcha y, un domingo como el de hoy otra punta se nos presentó por la proa. Su nombre era Padrao, otro viejo cabo si así quisiera llamarlo que con  varios destellos desde su faro nos saludó. A su vera el rio Congo nos esperaba con su caudal cargado de tantas historias guardadas  bajo sus aguas, turbias, revueltas aun en la calma de saber su final como gran vena de un mundo para pasar a ser un poco más del agua que sola entre la multitud hermana esperaría a ser tocada por los rayos del viejo sol , ascendida y empujada por otro también anciano dios hasta dejarla en algún lugar que nunca podría saber hasta estar practicamente en él, tal como tantas veces pasa  en esta vida que nos alienta .

Largué el ferro frente la interminable playa de Banana con Muanda por la amura de babor repleta de pequeños barcos, ágiles y al mismo tiempo frágiles que sin otro deseo dedicaban su vida a la pesca y algún que otro porte sin legal permiso. Un vistazo a su enorme boca líquida me devolvió otros sueños vividos allá en el mismo 90 del pasado siglo mientras el calor cargado de humedad o, expresado de otra forma, el agua caliente flotando en ese aire salvaje por su fluir libre se pegó a mi piel aún fría por la vida acondicionada a un termostato vital instalado desde no se sabe que tiempo para de tal forma limitar los  estados extremos, los fríos y los calores que tanto mal pueden acabar por producir en esa salud ordenada a la que nos empeñamos en adaptar nuestra piel animal.

Aclimatado a su clima, húmedo, con la piel pegada a la camisa y el pantalón sin saber hasta dónde llegaba mi sudor y acababa la humedad propia de aquel  clima me atreví a desembarcar a bordo de los mismos cayucos sobre los que nunca osé  pisar veinte años atrás por el perenne miedo a lo que se desconoce. Como linternas, sus sonrisas me acompañaron hasta Banana donde sin más me perdí entre sus arrabales.  En realidad no había más que eso, arrabales en un poblado que no aspiraba a más. Mi andar molestaba la quietud del lugar, loros de mil colores asustados saltaban de los frondosos árboles saludando con guturales sonidos de bienvenida. Parecía entenderles, quería entenderles cómo me  decía que llevaban esperando por alguien que cuadraba en gran parte con mi descripción.



Miré hacía el océano que sentí me miraba también, su horizonte se interrumpía  dibujando la silueta traslúcida de mi barco que al fin y al cabo difuminaba su cuerpo por ser yo mismo el que  miraba sobre mi propia imagen. La calma mantenía sin tacha todo en el orden que deseaba, solo aturdida y azuzada quizá por algún loro estridente que nada entendía y echaba a volar. Decidí caminar hasta la  margen del río, quizá  encontrase alguna  señal que me llevara al interior de aquella tierra sin moverme de allí.

Me senté apoyado sobre una vieja excavadora oxidada y dormidad bajo el barro contra el que murió luchando en el río y en este lugar donde la soledad se confunde con la calma mantengo mi buque fondeado a la espera de buscar la nueva etapa que defina la derrota de mi embarcación.

Frente al Rio Congo, (Zaire). 31 de enero de 2010

domingo, 24 de enero de 2010

Carta desde Cabo Blanco


Escribo estas letras desde el puente de  este gastado corazón mientras  esperan sus cuadernas la creciente que  libere su casco varado sin más.



"Es tu Corazón magnético como la magistral, cuyo rumbo magnético es el que siempre te hace arrumbar en función del imán que tu vida ponga por punto de referencia. Mas del norte magnético has de llevar siempre a la carta la corrección, pues siempre tendremos un rumbo magnético que es necesario transformar en verdadero dando al norte magnético la realidad del geográfico, que siempre tal cosa tus mayores indicaron como norma de irrenunciable cumplimiento, aunque pocos fueron los que llevaron tal cosa a la derrota vital de su evolución, confundiendo la atracción con la verdadera elección.


Deberás ser sabedor que sin tal corrección es de claridad meridiana que mil bajíos, retrasos, accidentes y errores en las recaladas llevarán la nave de tu vida a una posible colisión, o hundimiento, o varada sin otra solución que aceptar nueva corrección, esta mil veces mayor que la que de ley tu ánimo antes de zarpar debió considerar en aquel glorioso instante en el que interponías la estela de tu nave entre tu popa y las gradas paternales, mientras dejabas tal astillero orgullos como el brillante navío que mil olas habría de partir y encapillar.

Escribo esta carta desde este primer gran cabo que doblaste con la ilusión embarcada en la mirada, orgulloso alternabas la vista al cabo por la de la proa de tu nave sin comprobar cómo al costado contrario las naves amontonadas encharcadas entre arena y sal sus quillas, al principio allí recalaron rozando y al final ya clavadas en su fondo, quedaron ya para siempre en la vieja bahía en la que un cartel que todos conocían la anunciaban como las de las dos “erres” que llevan la rutina mezclada con resignación.

Tras él pasaron cien cabos que  doblaste frente a duros temporales, venciendo corrientes sin más que la fuerza del que es humano y lleva determinación en el convencimiento de su actuar. Recios temporales de viento y mar, pesadas encalmadas donde la niebla no te dejó más que la espera para volver a navegar. Siempre lograste sacar rumbo y posición para poder continuar sin siquiera permitirte una singladura donde lanzar el ferro sobre guardada rada que te permitiese la vida recomponer mientras reparabas y remendabas el gastado corazón.

Pero al final lo hiciste, causalidad o premeditación, fue el mismo cabo que primero doblaste con nombre sonoro a lejana distancia; rodeado de las arenas que desde el desierto sahariano recalan sobre él antes de saltar y perderse en el proceloso Atlántico que, arbitrario, las hará viajar hasta alguna playa de turístico perfil donde descansar otros mil años más. Descubriste al fin aquella rada que en la primera ocasión tras doblar el cabo no quisiste reparar. Miles de naves como vidas, o de vidas como naves ancladas sobre sí mismas, borneando según los vientos y las corrientes, sin otro deseo que el óxido en su lento avanzar tardase un día más en abrir vía de agua dando así por finalizada una vida que por muy anodina no deseaban perder.

Un golpe inesperado, sin avisar, por la aleta de babor llevó a tu nave sobre la duna que aun escondía su amenaza, varando sin más sobre ella. Sin saber cómo librarse de lo que en si mismo llevabas sin saberlo desde tantos días atrás tu nave no pudo salir. La bajamar de la vida que todo lo manifiesta, sus blancas arenas te mostró. El ánimo, como alma de quien condenado se siente, se oscureció hundiendo la mente en recuerdos y pensamientos que por no haberse tomado en valor antes, grave dolor causaban ahora.

Pero aún el óxido de la resignación no había alcanzado los costados de tu nave y había que hacer acuse de recibo de las circunstancias para tomar con la misma determinación tal situación ya corregida y con creces aumentada por antaño obviar la realidad en minúscula, que es la que hace de la otra verdadera con sus mayúsculas el horizonte al que mirar.

Tras mucho reflexionar, solo quedaba una cosa por intentar y no era otra que deslastrar culpas, pecados, malos tragos y momentos que olvidar, odios y venganzas, obligaciones creadas por una ficticia moral y así todo lo que había falseado el gobierno de tu embarcación hasta hacerla varar. El peso de tu nave casi en su mitad quedó tras ese duro esfuerzo y solo había que esperar a la creciente próxima que en pocas horas debía llegar.

Como prisionero que sin creerlo encontró el túnel por el que escapar, tu nave sintió la brisa de la libertad que se percibe cuando crees en ella y sacudes de tu pensamiento las ficticias cadenas de la decadente sociedad. Las suaves olas comenzaron a besar tu casco y lentamente fueron haciendo vibrar el cuerpo inerte sobre la arena hasta que con suaves balanceos el barco se sintió libre del fondo arenoso. Todo fue uno y mientras ciabas para después dar avante las naves que anodinas borneaban en su presidio autoimpuesto, emocionadas por ello, hicieron sonar sus sirenas como tifones mientras la popa de tu barco enfilaba mar abierta hacia el oeste con la corrección ya para siempre oportuna sobre la magistral y su magnético rumbo que de lo contrario podría volver a hacerte zozobrar. Cuatrocientas millas en sur suroeste hacían recalada en Cabo Verde, otras cuatrocientas con nor noroeste la misma con las Canarias, no era ese el momento, rumbo limpio hacia el oeste en solitario y sin más que sentir la libertad de elegir sin más…

 
 
Cabo Blanco, (Mauritania), a 24 de enero de 2010

miércoles, 20 de enero de 2010

De cuando el Sol deseaba temblar...

A veces el mismo Sol, desde su centro inmanente a la órbita sobre las que sus adoradores giramos, desea temblar sin que ninguna estrella por fugaz al pasarse a miles de años luz le pretenda afear la conducta. A veces sus erupciones tan científicas y naturales las preferiría en gritos y desahogos porque sí, porque él es así. Pero tantas veces como esas se decide a tratar de brillar lo máximo posible y dar al giro de tantos planetas sobre si un sentido agradable y cálido.



Mientras, desde este planeta que sin dudar mira hacía él sin buscar un porqué, sin saber si debería darle la espalda, se lo espera como siempre y se enfurruña cuando una masa de nubes planta sus reales aerosoles entre nuestro astro y su piel y ojos. Sin plantearse desde aquí otra esperanza que la de que el tiempo cambie o el viento se lleve semejante inconveniente. Entretanto el Sol observa y percibe que su calor, su luz y su calidez provocadora de buenos ánimos y mejores deseos es tan vital que reprime el grito y tensa su hirviente piel para que nadie sienta sus internos temblores.

Pero el tiempo que sin intermisión corre para todos también lo hace a diferente escala sobre el Sol dándolo cada vez argumentos de mayor peso para esperar de sus acólitos una brizna de comprensión y poder expandir sus pesares además de repartir sus alegranzas. Deseando ser esa Polar, o Merak, o cualquiera de las que brillan serenas en Casiopea, poder compartir la anónima oscuridad donde los ojos de quienes ahora sólo demandan entonces solo lo buscarían para su deleite visual, el astro busca sin tregua la manera de que el mundo gire doblemente para así alcanzar el otro lado de la vida.

Un día más el horizonte verdadero le busca y lo desnuda en infinitos paralelos que juntos suman los 360º vistiéndolo con el viejo batín que todos conocen como Alba y que uno a uno lo devuelven a la realidad de la que nunca renegó.

Desde su imaginación agitada en la propia y vital ebullición asume que tantos planetas a su alrededor significan, justifican su real situación, provocando que algunos de sus rayos que a lo alto apuntaban cimbreen como sacudidos por un fabuloso viento interestelar hasta quebrar y ser de nuevo absorbidos por la epidermis, que ácidamente algunos llamaron corona al tratar de hacer de él un verdadero rey cuando su deseo era ser mortal y que tal cosa al oído le contara alguna voz temporal.

Años después de tal relato, quizá millones, que del tiempo nadie sabe lo que este puede durar y ser capaz pues hasta del infinito capaz es de hacer un instante simplemente ser, un centauro con recio cabalgar y de gesto adusto ante él se detuvo. Con él, cercana a sus pies cuatro estrellas en forma de cruz venían con este.

- Gran estrella eres, pureza y calidez llevan tus rayos hacia quien te ve, quien te siente y quien te adora. Calor también das a quienes en falso te desprecian, mas observo que tu semblante no es de un príncipe sino el de quien ha perdido razón por ser lo que ya es.

- No sé de quién llegan tales verbos, pero a fe de mi vida que han dado en el núcleo ardiente de mi interior…

- ¡Mirad hacia abajo, que es desde aquí desde donde os hablo! El centauro no es sino mi montura aunque por la postura así no lo parezca. Somos cuatro hermanas que desde lejos te observamos y desde allí decidimos darte la luz que pareces para ti no disponer.

- Y ¿cuál sería mi buen hacer ante este mal sentir si a bien tenéis en mí confiar?

- Simpleza y sentido propio en el actuar, tan solo eso, unidas a tu propio ser. Que tal cosa te llevará a poder compartir luz con tus acólitos y soledad para ti con la propia libertad de sentir.





Sin más el centauro con el bufido propio de bestia de mal genio se llevó a sus cuatro confidentes mientras con pequeños brillos se despedían  estas del confundido astro. No pasó mucho tiempo, quizá el necesario para que una semilla germine, quizá la necesaria preparación para tal golpe de timón. Como digo un tiempo después, sin escala posible a definir, el sol se apagó, los planetas giraban, se encendió nuevamente y continuaban girando. Poco a poco se fue apagando y la vida continuaba. Quizá aquellos planetas no lo necesitaban, se preguntaba, quizá habrían respetado su decisión. Aún debería pasar el tiempo para logra tal respuesta, pero la luz que de él brotaba era ahora cálida como antes, reparadora como antes, pero además era real y en verdad radiante por sentirla como suya además de los demás.



Para quien lo desee,
para quien lo comprenda,
para tí.

domingo, 17 de enero de 2010

De rios, lluvias y neblinas


Ríos como mares entre mares enormes como océanos,

vidas que fluyen sin retornos posibles al origen añorado,

sueños partidos en la fe invertida por el mítico “El Dorado”.

Ríos mostrando que llegaremos al límite si en verdad amamos.



Cae la lluvia firme, apagando soles de viejas emociones,

que bajo el puente como neblina leve y traslúcida se refugian

mientras esperan temblando que mil gotas de dolor

terminen en su impío golpear tantas veces alcanzando

a la vida detener, la paz anular, las ilusiones romper.





Bajo ella el rio fluye, brotando del Alfa sin el Omega conocer,

sereno, con el leve arrullo de la paz inherente en su interior.

Ruido que no cesa, gotas que mueren sobre semejante caudal

demostrando que nada son si las dejas partir,

que nada serán y así quedarán como parte del rio que sigue sin más

con el destino tejido por el mismo en su finito avanzar.



Suave, serena y en paz la neblina leve se decide al fin,

como tal se siente y como tal se sumerge sin dolor

entre las aguas hermanas del rio reparador

que es la propia vida en su recorrer sin pudor

los meandros, remansos, rápidos y cascadas

formando la vida como rio liberador.

 

martes, 12 de enero de 2010

No habrámontaña mas alta... (51)



…las tres fragatas sin esperar a perder el dibujo su estela desparecieron con sus proas al rojo vivo por zafarse de la captura. La fragata apresada de nombre Adriana Catalina y sus servidores en igual condición fue enviada con tripulación de préstamo hasta Cartagena escoltadas por la Pingüe Volante que para desgracia de algunos los retornaría de nuevo a sus puestos en el “Estrella del Mar”. Mientras tanto, Daniel era felicitado por su actitud en salvar a su Sargento que tan torcido resultó ser al final en su resultado. Dada la cercanía de Cartagena Don Carlos tomó la decisión de enviarlo a la ciudad para ser allí ajusticiado por las autoridades de marina allí presentes. De esta forma la verga del trinquete se vio libre de portar un reo a la vista de todos, que más vistosas son velas engolfadas que muertos por muy reos de conducta fueran.


Con el alba del siguiente día y ya de manera definitiva con la capitana dando el rumbo oeste puro, la flota encaminó sus naves hacia la villa de Portobelo que esperaba su llegada con ansia gracias al “aviso” que había partido desde Cartagena hacia ya tres días devorando las casi 200 millas que separaban las dos orillas del mismo continente en menos de un par de singladuras. Poco a poco todo iba reencontrándose con la normalidad de la pura travesía por mar.

Mas al este, ya en Tierra Firme otra expedición, de menor porte pero no por ello con menos esperanzas entre sus componentes ya había dejado los primeros manglares que los recibieron tras vadear Pasacaballos en la misma rada de Cartagena. Tras tres días de intensa lucha contra la vegetación victoriosa sobre los caminos forzosos que trataban de imponer los habitantes de Tierra Firme sobre ella, alcanzaron el villorrio de San Juan Nepomuceno en plena selva. Habían sido diez leguas nada mas, faltaban más de veinte hasta sentir la cercanía de Magangue como se empeñaba Don Arturo en nombrar el pueblo al que iban y que de momento llevaba el nombre de Magangüey de Baracoa. En pocos años será Magangue su definitivo nombre, pero eso es de un futuro que habrá de llegar y no estamos en semejante tarea.

Dejaron San Juan con nuevos bríos tras dos jornadas de descanso en una pequeña casucha que intentaba ser fonda de viajeros. A caballo de las recias caballerías orgullo de Don Arturo siguieron el Arroyo del Palo en dirección este, aunque aceptando sumisos los sinuosos meandros que como la misma vida obligaba a serpentear para mantener en línea recta el sentido final de la existencia. Don Arturo cabalgando o a pie cuando esto era necesario mantenía su ánimo radiante pues una nueva luz se abría en su camino y era eso una razón más para seguir palpando la vida como él mismo la concebía.

- ¡Don Fabián! Si no tengo mal entendido vos sois originario de la Isla de Tenerife.

- Así es Don Arturo, de un pequeño pueblo al sur del Teide. ¿por qué lo preguntáis?

- Porque mientras permanezcáis en esta tierra no creo que echéis de menos vuestra tierra. Hay aquí muchos paisanos de vuestro mismo origen y os aseguro que cuando alcancemos el cauce del Rio Magdalena y Magangue nos reciba, un buen presagio será lo que le golpee a vos en vuestra mirada.




Con gesto de sorpresa y sobre todo de incredulidad continuaron el andar hacia el cauce del rio mientras Fabián con su carácter sufrido y reacio a mas ilusiones que las que por claras mas parezcieran realidades, decidió esperar a ver lo que encontrarse al llegar a Magangué. Después de casi ocho leguas recorridas con aplomo en otras dos jornadas, que en recta no hubieran sido más que la mitad, la vista les presentó aquella enorme vía de agua, que parecía desangrar las montañas lejanas de aquella parte del virreinato sin posible final.

- ¡El rio Magdalena ante nosotros, caballeros! Verdadero camino real que nos llevará hasta Magangué con la venia de nuestro Señor.

- Es enorme, pero ¿Cómo subiremos rio arriba? Llevamos caballerías y no distingo nave que pueda embarcarlas a ellas y a nosotros.

- Don Pedro, siempre en la intendencia lleváis vuestros pensamientos, en esta ocasión no habréis de preocuparos. Una parte de mis hombres retornarán con las caballerías a Cartagena, mientras con la otra nos dirigiremos hacia una enorme ciénaga que se comunica con el rio de forma subterránea, que desde aquí hasta el mismo Magangué podremos ver multitud de lagunas, ciénagas y humedales. Allí dispongo de una barcaza bien escondida que nos dará la manera de hacernos rio arriba hasta alcanzar Magangué.

Casi 12 leguas fueron las que debieron ganar contra la suave corriente del río sobre la barcaza que a pesar de su aspecto deslucido por el tiempo y la humedad en la que se había visto durante largo tiempo, un lavado de cara, acertados refuerzos y ajustes de carpintería puso de nuevo su quilla plana como la vieja castilla de Pedro León sobre el cauce. Cuatro días de duro bregar contra corriente y cuatro noches de descanso en las húmedas orillas dieron su fruto hasta alcanzar la ciudad de Magangué.

- ¡Al fin señores, Magangué nos aguarda!

Casi sin ganas de celebración por el cansancio del mal dormir, en silencio vararon sobre la orilla los tres hombres, junto al séquito de criados de Don Arturo que bajaron el equipaje. Tan solo deseaban tomar respiro y descansar en algún jergón que caritativos dejara algún lugareño, pero Don Arturo era hombre de recursos y con un gesto y una escueta frase puso en marcha estos.

- ¡Domingo, sin dilación busca a Don Ramiro! ¡Entrégale este sobre mientras nosotros aseguramos la barcaza!

Domingo, uno de los seis hombres que componían el séquito de los criados que habían venido con los tres hombres, corrió raudo hacia la pequeña iglesia que se distinguía a poca distancia de donde se encontraban. Pocos minutos después, un hombre que claramente vestía de religioso se acercaba a pasos cortos pero muy rápidos con los brazos unas veces en alto y otras cerrando estos sobre su pecho a modo de abrazo casi convulsivo. Casi se desploma sobre el embarrado suelo mezcla de tierra y río en el que esperaba Don Arturo orgullosos de saberse bien recibido.

- ¡Loado sea el Señor por dejarme veros una vez más, Don Arturo! ¡¿Cuánto hace que nos vimos la última vez, seis mese?!

- Un año mi querido capellán, una año que los tiempos corren para todos sin demora y con más prisa para vos y para mí que nos cuesta dejar que lo haga. ¡Pero, cuénteme, Don Ramiro! Cuénteme cómo le ha tratado la vida estos meses mientras vamos llevando el equipaje a sitio más seco.

La mirada del capellán se fue oscureciendo conforme intentaba comenzar a vocalizar. Don Arturo se percató.

- No me digáis mas, Beltrán de Garralda sigue en sus trece

- Peor, Don Arturo, peor…



sábado, 9 de enero de 2010

No habrá montaña mas alta... (50)


…Tuvo el combate dos partes en verdad claras por su meridiana diferencia, en la primera los flamencos a pié firme y por sus vidas y haciendas a bordo plantaron cara la venta de su derrota. También desde sus vergas los tiros de mosquete intentaron diezmar a los nuestros cuando a tiro se encontraron y tras el postrer asalto sobre la fragata. Esto no duró demasiado pues el mayor porte de nuestro navío daba superioridad a nuestros infantes que redujeron la capacidad de los contrarios hasta obligarlos a retornar sobre cubierta donde la lucha se mantenía cruel y violenta sin tregua posible. Los unos por saberse superiores en número y ánimo, los otros por no perder sus vidas y con ellas el ánimo de supervivencia que a ellas se aferraba.


Daniel había abordado la fragata sobre la toldilla de popa junto con varios marineros bajo el mando del sargento Alonso Serrano como jefe de ese flanco del trozo de abordaje. El objetivo no era otro que el control del timón y sus defensores. No fue esto cuestión de gran envergadura, pues el fragor del combate y el grueso de los defensores se encontraban sobre el combés, donde la sangre ya empapaba la cubierta que indolente ante la carnicería entremezclada sus humores sin hacer asco alguno de la que provenía de hispanos con la que lo hacía de flamencos, que esa es la realidad a la que mil velos vestidos de acero o de viejas creencias no podrán nunca ocultar a quien desee ver sin pudor que es el puro pensamiento humano el que fabrica las diferencias, odios y estertores de violencia por defenderse de quien es un igual.

Sangre sobre filos que abrían brechas en carnes curtidas por la lucha fueron abriendo paso entre las filas numantinas holandesas. Resquicio que se derrumbó como inmensa apertura cuando desde la “Adriana Catalina” se pudo confirmar el hecho terrible del abandono de sus hermanas en la real necesidad por la propia supervivencia.

- ¡¡¡Huyen!!! ¡Las tres fragatas escapan!

Así era, sabedoras de su inferioridad para salir vencedoras vieron la ocasión propicia con la maniobra sobre su hermana para tatar de zafarse del bloqueo del navío “Catalán” y ganar millas mar adentro hasta desparecer de la vista de la flota. Con riesgo y sin otra opción, arrumbaron sin pensar en varar o dejar parte de sus cuadernas en algún traidor bajío de la bahía  sobre la desembocadura del Sinú que formaba un pequeño delta al que allí llamaban de Tinajones. La capitana volvió a perseguirlas hasta donde su prudencia le contuvo dando algunos cañonazos sin excesiva convicción sobre las que huían.

Mientras sobre la “Adriana Catalina” la resistencia comenzó a reducirse hasta que su capitán viendo la pérdida inútil de vidas entregó su sable dando por asumida su derrota. Nueva era la victoria en la flota de Don Carlos, aunque este con su habitual avidez por no dejar nada que pudiera ser suyo no devolvió gesto alguno de celebración, que una sobre cuatro sabía a poco en su paladar. Una vez entregada la fragata el Sargento Serrano con cinco hombres entre los que se encontraba Daniel encaminó sus pasos hacia la cámara del comandante con este a su lado abatido por lo que sabía le esperaba entre las rejas del castillo de San Felipe de Barajas, y es que el contrabando se pagaba con la máxima pena sin lugar a retracto.

Era la cámara pequeña y repleta estaba de mercancías dejando una mísera mesa para los instrumentos de navegación y las cartas, que con rapidez hizo enviar el sargento al “Estrella de Mar” por si en ellas se podía descubrir escondite en isla o islote donde cazar sin misericordia a las que escaparon.

- Bien cargados iban vuestras mercedes. Mucha ganancia pretendías obtener con semejante género aunque esta vez las cosas han salido traviesas. ¡Venga bajemos ya a los sollados que todavía tendremos sorpresas que encontrar. ¿No es así, capitán?

- Señor, bien decís, que buena cantidad de oro es la que llevábamos en el pique de proa, quedaos con ello y dejadme escapar. Solo se yo como acceder a este sin hundir la nave.

Los ojos del sargento iluminados por la vieja avaricia dieron alas a las esperanzas del capitán holandés. El sargento entraba por males mientras el ánimo del holandés se abría por sueños de libertad. Las voces se tornaron en crueles susurros

- Si es verdad lo que decís, podréis escapar por el castillo de proa, más si esto es una treta sois hombre muerto.

Un hilillo de sangre manaba del gaznate del comandante de la fragata en respuesta de la presión con la que el sargento apretaba su sable contra éste

- ¡Vosotros, subid a cubierta y ayudad con los cautivos, yo seguiré con el holandés hasta las sentinas!

- Pero, sargento, podría tener problemas y …

- ¡Fuera de aquí! ¡Problemas serás los que tú tengas cuando menos lo esperes como no subas y cumplas mi orden! ¡¡¡Arriba de una vez!!!

De un golpe ninguno miró atrás mientras el sargento con el holandés se fueron hacía proa a través del sollado tan oscuro como pintaban los presagios de cualquiera que razonase sin el brillo del oro turbando la mente.

El pique de proa tal como debía se encontraba perfectamente sellado que tal función tenía por si un golpe mal dado abría una letal vía en tal lugar. Esto lo convertía en perfecto escondite para tesoro o envío de riguroso secreto.

- Muy bien holandés del infierno, tienes menos de cinco minutos para abrir por donde tus retorcidos instintos te lleven y sacar ese oro o te juro que aquí quedarás tu junto a tus hígados que antes te los habré sacado por mentiroso.

- Pero necesito una palanca para poder retirar la plancha que veis a estribor de la encajonada.

Le tendió una barra de hierro terminada en un filo que a duras penas mantenía una recta entre los brotes de óxido y mugre de brea con agua aceitosa.

- Aquí tienes lo que pides y mucho cuidado con bromas de las que puedas arrepentirte


Comenzó a separar la plancha con una sospechosa lentitud disfrazada de esfuerzo. El ansia por saber y ver el brillo del tesoro prometido derrumbó la poca serenidad que residía en los sesos del sargento abalanzándose sobre el holandés para empujar sobre la plancha. Frio como el hielo con un juego estudiado trabó el cuello del sargento entre la barra y su pecho apretando hasta descoyuntar como fuera el cuello de su apoyo. El sargento era terco como su avaricia y no se dejaba, pero el aire si falta, la vida comienza a consumirse y poco a poco la batalla iba decantando sobre el holandés, hasta que una detonación detuvo el tiempo de los contendientes.

Antes de que la tensión de uno se esfumara y el aire del otro retornase con la vida de nuevo Daniel  arrojaba la barra sobre la sentina y el teniente Grifol de una patada separaba a los dos contendientes. El holandés, víctima de su deseo había caído para siempre y el Sargento Serrano víctima del suyo colgaría antes del alba sobre la verga del trinquete. La batalla había acabado con una víctima más de las esperadas y un traidor por avaricia inesperada...