martes, 22 de marzo de 2011

No habrá montaña mas alta... (101)


…tras la toma de la ciudad, partió  un aviso al puerto de Alicante para dar cuenta de la victoria mientras el Conde de  Montemar aprestaba los límites de la conquista para su defensa en espera del oportuno contragolpe, algo que más tarde o más temprano habría de darse.  Al día siguiente en el palacio del Bey se harían las oportunas celebraciones con  quienes desde la escuadra a boca de cañón y desde tierra a pie de mosquete se batieron  como bravos descendientes de los viejos tercios de otro siglo frente a  los seculares enemigos de una piel de toro que sin tales contendientes no hubiera sido jamás lo que había llegado a ser.

Pero antes de la fiesta preparada para  dar comienzo tras el paso del sol por su cenit quedaba un momento oscuro, gris y tenebroso que todos los ejércitos  en su proceder basado en la pura violencia con quien tenga frente a él,  cuando el  combate  finaliza  recoge sus pendones para ver quién cumplió como se esperaba de  él y quién fue  escaso en su valor, llegando por esto incluso a  poner en peligro a sus  hermanos de sangre frente al que enfrente mezclaba su ira entre la pólvora de su armamento contra ellos. Celebráronse los  consecuentes consejos de guerra, juicios sumarísimos tan breves como la segura bala que poco después acabaría por clavarse en el corazón de quien temió perderlo horas antes  por no saber que lo perdería después en un círculo mortal azuzado por el miedo, libre jinete  que cabalga sobre la apocalipsis del mismo ánimo de la humanidad.

Los muros del patio  del castillo de Mazalquivir fueron testigos mudos del cumplimento de la ley militar que decidió sesgar la vida de ocho hombres a quienes la victoria no daría  sobre la pena capital el  beneficio del perdón; Don José Carrillo de Albornoz, Conde de Montemar y marcial militar sin compasión no transigió en la conmutación de la pena. Así los seis fusileros que trataron de abandonar la loma sobre la que se encontraron sin apenas munición  al ver sus vidas  traspasadas de forma inminente por las lanzas de aquellos genízaros fanáticos y los dos granaderos que se amilanaron en la última carga sobre las defensas exteriores  bajo los muros del mismo castillo en el que  en ese instante iban a morir se aprestaban a expiar sus pecados por medio de la confesión ante  uno de los capellanes del ejército.

 Mientras, Daniel acababa de desembarcar de  la “Minerva” junto con su  compañero el teniente Cefontes. Sobre el adarve del castillo  los esperaba  el Capitán Herreros como   anfitrión en los festejos de la victoria al atardecer. Llegaron en el momento en que se leía la condena  para pasar después a  la  última confesión.

-          Bienvenidos  al castillo de Mazalquivir, Capitán Miguel Herreros a su servicio mientras  pisen tierra firme.
-          Gracias, Capitan. Teniente de navío Fueyo y mi oficial   el teniente Cefontes de la fragata “Minerva”. ¿Qué ocurre ahí abajo, capitán?
-          Se va a proceder a ejecutar la sentencia sobre ocho soldados que abandonaron su puesto en el  combate. La muerte como su  castigo y segura liberación.

La confesión, los lloros y de nuevo los miedos esta vez al verdadero final  ralentizaban la ejecución de la sentencia. Daniel no era partidario   de muertes banales sobre  las que no compartía tal salvo en el fragor del puro combate cuando es la sangre la que dirige  el corazón y  solo queda batirse por mil razones y ninguna  en aquel momento  de furia. Razones que seguramente  fueran  legales las que alli se daban pero que no las aceptaba como morales.

-          Con el debido respeto, mi capitán. Esos hombres aunque solo sea  por la victoria alcanzada,  serían más útiles en vida por la que ahora seguro sabrían defenderla apecho y espada.
-          Comandante. La vida es patrimonio de uno mismo y el alma con ella, que aunque la muevan Reyes u hombres con poder, el único responsable es uno mismo. Es uno quien decide donde la debe de  entregar. Nuestro señor tuvo claro donde hacerlo y cómo, nuestros tercios siempre lo  tuvieron y nadie pudo  con su honor hasta el final. Qué le queda a un hombre cuando  pierde la honra de batirse por algo que hace  que sea el pecho el que adorne al vestido como bien lo dijo otro bravo como Don Pedro Calderón. Vos mismo, ¿qué sería de vuestra nave si  frente a  nave  enemiga no vomitasen  furia y bravura contra ellos vuestros hombres? La muerte, el presidio y lo peor de todo, el deshonor sobre el alma y el pabellón  sobre el que descansa nuestra vida, nuestra ley y nuestra costumbre.

Daniel no era quien a contradecir tal  razón que en lo más profundo de sus sentimientos residía aferrada a la tradición vivida, pero la vida, los vientos de las  nuevas ideas lentamente acudían  en leves pero  continuas brisas tras la cerrazón de un reino  que trataba de mantener las  costumbres seculares.

-          Mi capitán. Razón lleváis y no seré yo quien os la quite, más habréis de tener en cuenta el beneficio del ejército con las manos de esos hombres en retaguardia como   servidores de presidio trabajando para nuestras armas, pagando su pena con  la eterna servidumbre al rey sirviendo allí donde fuera menester y pagando con el desprecio el daño que asi mismo y a sus compañeros hicieron. Sus vidas que para nosotros en nada fijamos su precio  para ellos son el más preciado tesoro que  sienten, elixir que solo nuestro señor ha de ser quien decida  quitarla. Hasta en el fragor de un combate penol a penol o en la carga de sus fusileros es Él quien da y quita mientras nosotros nos batimos sin pensar más que en evitar que su dedo  mortal nos  designe como  quien deba dejar  la lucha para ser juzgado por Él.

El capitán Herreros, no deseaba discutir por  quienes consideraba escoria de  su ejército y ejemplo sobre el miedo que dar a quienes dudasen en la próxima carga a mayor gloria del Rey, por  lo que  en un gesto de enfado  hizo callar a Daniel mientras daba orden de listos para la ejecución.  El capellán como pudo bendijo y perdonó los pecados en vida de aquellos infelices mientras el sargento a su lado vendaba uno a uno los ojos desorbitados de  los condenados. Un grito claro y conciso fue el ultimo sonido humano que  estos pudieron escuchar tras el que una detonación marcó el principio de su  muerte y el fin de  una vida lejos de sus familias que nunca sabrían el por qué de su falta.

Tras aquella  conversación brutalmente interrumpida el Capitán Herreros los acompañó hasta el palacio del Bey donde se celebraría  el festejo  más propio de corte de virrey que de villa recién conquistada. La noche llevó a a cada uno a su puesto quedando Daniel y Segisfredo a bordo de la Minerva con las barrigas repletas de  viandas y buenos vinos. Las campanadas del cambio de guardia en el fondeo de la rada los  despertaron de su silencio frente a la luna rielando sobre la bahía.  No era la muerte en su más violenta expresión lo que les  causaba a esas alturas dolor o desazón, sino el arbitrio de los hombres en medio de la calma  sobre la vida de quienes han perdido su capacidad de defenderse. ¿Era aquello cobardía vestida de pomposa dignidad? ¿Acaso merece alguien morir en algún momento de la vida a manos de otro si no peligra la vida de este? Ambos se despidieron, el descanso merecido tras la batalla junto a los festejos más políticos habían agotado  a aquellos dos bravos y  al argelinos no  habían dicho todo aún…


domingo, 13 de marzo de 2011

No habrá montaña mas alta... (100)


…mientras  a bordo de la fragata  todos los ojos mantenían la vista sobre velas o posibles  motivos por las que dar aviso a la  escuadra, esta mantenía con mucho esfuerzo el orden y la marcha pues los vientos contrarios la mantenían   frente a las costas murcianas  con el Cabo de Palos como baluarte frente a ese maldito viento. Siete días fueron necesarios aguardar con la impaciencia de quienes se ven encerrados  con armas y bagajes entre las cuadernas de   navío, aunque sea del mismo Rey católico. Tras casi una semana de semejantes  vientos, estos rolaron dando la escuadra  con su proa enfilada hacia el objetivo. El 25 de junio de 1732 avistaron las costas argelinas dando con el ferro frente al enemigo   y a distancia de sus cañones el 28 de de ese mes. El bloqueo naval había comenzado, la hora y el día del combate  aún estaba por decidir.

Nuevo consejo a bordo del “Santiago” donde se estableció el plan de ataque, los objetivos eran primero  ganar terreno  para el desembarco, tomar el castillo de Mazalquivir para caer   sobre la ciudad de Orán. Para ello el apoyo de la artillería naval era vital. El jefe de los ejércitos sarracenos era un traídor  de nombre español al que el bey lo había nombrado  eso además de pacha.

-            Bien caballeros,  demos la bienvenida al general del ejército embarcado, su excelencia el Conde de Montemar Don José Carrillo   que habrá de batirse el cobre  sobre tierra con sus tropas.
-          Gracias caballeros. Tenemos enfrente al  Duque de Ripperdá que algo sabe de nuestros ejércitos y nuestra manera de combatir, por lo que se defenderán como quienes nada tiene ya que perder. Mi intención es  la desembarcar en la playa de Las Aguadas que esta aquí, a legua y media del castillo de Mazalquivir. Estaremos así a salvo de su artillería aunque  su caballería seguro nos aguarda. Por ello antes  y durante el desembarco desde sus naves  habrán de  batir el castillo como si deseáramos acometerlos de frente. Así  hasta lograr la cabeza de playa que es necesario ganar al enemigo. Deberán estar atentos a nuestras señales pues seguramente necesitaremos de su apoyo artillero en cuanto  se den cuenta del engaño.
-          Gracias, general. Mantendremos el fuego como indica  sobre el castillo a la espera de su señal, mientras las fragatas y las galeotas darán cobertura a las lanchas de desembarco.  Permanezcan listos   en sus navíos a la señal de esta nave. Los comandantes de las fragatas mantengan las acciones de aviso y prevención sobre  la escuadra hasta el inicio del desembarco. Que nuestro Señor nos de fuerza y la Virgen del Rosario nos brinde la gloria de la victoria a nuestras Armas.

Al alba del 29 de junio el primer desembarco se cumplió mientras la escuadra en su núcleo principal bombardeaba el castillo. 3.000 granaderos lograron  tomar la cabeza de playa con  el fuego de 1.000 jinetes   turcos, árabes y genízaros abrasando sus  cuerpos, algo que casi aborta el  ataque del mismo Conde de Montemar al frente de sus hombres de vanguardia.   El  duque de Ripperdá había  emboscado a sus hombres más al interior  con la intención de  cerrarlos en una bolsa donde aniquilar a sus antiguos compatriotas, pero la jugada no fue buena.  

La furia de la caballería mora fue  aniquilada  con la ayuda de la artillería naval, tras esto el Conde de Montemar ordenó el asalto  y la captura de una loma donde sabían que había una fuente y  fortificó la posición  para poder   mantener la comunicación con la nave insignia de la escuadra desde ese punto elevado. Tras esto  mas de 500 lanchas en  tres columnas comenzaron a desembarcar artillería, hombres y pertrechos para la ofensiva  principal. Desembarcaron  20.000 hombres que en formación cuadrilonga prepararon la ofensiva de un castillo que se veía ya desbordado por las salvas de artillería hispanas. La caballeria mora, ya recuperada de la sorpresa y del error de su posición   junto con  su infantería en casi 20.000 hombres contratacaron sobre la loma donde  se mantenían  una brigada de fusileros que  en la lucha se vieron obligados a retroceder por falta de munición, el conde envió dieciséis  compañías con las que detener el ataque furioso  de los moros  azuzados en el ánimo por la parcial retirada de los fusileros. Contuvieron la brecha echándolos   a sus primeras posiciones. Asi, ya en combate abierto y con escasa cobertura naval por no  dañar a los propios  españoles desde la escuadra el conde ganó las murallas del castillo paso a paso y  tiro a tiro de fusil.



 La caída del castillo fue entonces la fruta madura  que se sirve sin esfuerzo, las tropas de este, desmoralizadas por la derrota de sus ejércitos  rindieron el castillo al Conde que los perdonó a cambio de su palabra de no luchar contra las armas del rey  en los siguientes seis meses y su marcha de los límites de la ciudad. Eran 97 hombres los que esto prometieron y a los que el conde permitió marchar. A cambio los 138 cañones y siete morteros pasaron como buen botín a las manos de nuestros soldados. La bandera del Rey Don Felipe fue izada sobre  el castillo, los gritos de júbilo y hurras por la victoria retumbaron  como condenas en la ciudad de donde el bey no quiso esperar  a ningún acuerdo o pacto mientras mantenía la resistencia de la ciudad con todos los ejércitos que entraban  a la protección de sus murallas para vender cara su derrota. Se fue dejando la moral de estos hombres en la misma medida que la del mismo bey. La noche entraba y los combates cesaron.

La mañana del 30 de 1732 abrió la luz con la ciudad cercada por las tropas a la espera de orden de ataque, era un acto suicida para quien observase  desde la alcazaba de la ciudad. Mas de mil embarcaciones desde los orgullosos navíos hasta las lanchas, que humildes  y en esos momentos varadas sobre la playa de las Aguadas donde comenzó la ofensiva poblaban la rada desde Orán al este y Mazalquivir al oeste. Casi 30.000 hombres, artillería propia y  ganada al enemigo apuntando a cada almena,  a cada  edificio. Morir no podía ser el objetivo y los sarracenos lo sabían, sabían que rehacerse sería el  justo pago para devolver la derrota.

Las puertas de la ciudad se abrieron y tres hombres, uno de aspecto europeo salieron con la bandera de parlamento. El europeo era el cónsul francés que comunicó al conde la huida de los soldados, del bey y que la ciudad  se rendía.

Y tras las comprobaciones  el 5 de julio de 1732 con 38 muertos y 150 heridos por parte de las fuerzas hispanas el Conde Montemar izó el pabellón Hispano sobre la punta más alta de la Alcazaba entre nuevos hurras y salvas  desde la escuadra en la bahía. Orán volvía de nuevo  a ser  de España. Ahora habría que  mantenerlo y tratar de  aprestar las defensas pues  era seguro que los argelinos no se resignarían a tal destino…


jueves, 10 de marzo de 2011

No habrá montaña mas alta... (99)


Abrazos  en el reencuentro de dos amigos que se sentían hermanos de mar.  Aquél 1 de junio el círculo de nuevo volvió a cerrar sus trazos  anudando los destinos de  esos dos hombres sobre la madera  silenciosa,   pulida  testigo de  combates, encuentros y muertes  entre derrotas y victorias de sus  humanos servidores. No tuvieron más  que la noche  y el  siguiente día para celebrar y compartir sus historias vividas  desde su separación meses atrás. Segisfredo fue  sincero en sus sentimientos relatándole  su  estado y el de su  amada Mª Jesús a la que sentía  como ya  perdida en la villa y corte sin  que el destino tuviera a bien  brindarle la chanza  de encontrarse con su piel de nuevo  tan cerca como para permitirse el  lujo verdadero de  seguir a su corazón  abandonando la razón  como motor de su destino.


Daniel le  devolvió a la realidad de su destino a bordo, donde todo estaba supeditado y  dirigido a la partida para combatir al   turco  enmascarado de pirata argelino.

-          Mi querido teniente, estamos a una orden de partida  por parte de nuestro teniente general Don Francisco de Cornejo y  su segundo en el “Santiago”, Don Blas de Lezo. Llevamos una formidable escuadra  con una dotación que no podrá rechazar el moro si es que se atreve.  Te necesito para poner orden a bordo, no puedo ni debo descabalgar de  su puesto a  mi segundo a bordo, Don José Cienfuegos y por eso quiero que te hagas con  la artillería y todo lo que signifique pura guerra a  boca de cañón y si se tercia un buen  combate a toca penoles  serás tú mi  aguerrido quien lleve la voz cantante, que tengo a un encopetado  teniente de fragata, futuro duque de no sé qué  orilla de rio, al que he acogotado con que deberá  hacer lo que no  sabría hacer ni  con la mitad de la guardia real  sobre  el enemigo. Hazte con semejante  grande de España y me lo cuentas después.
-          Vaya como me lo pones. Aunque creo que saldremos  bien de esta con semejante liebre de los mares. Salvo por el padre de Mª Jesús  que me  proporcionó todo lo necesario para  hacer del “Santa Rosa”  el bergantín mas lustroso de toda la Real Armada, creo que tienes  a la “Minerva” para recibir a su majestad católica en plena coronación.
-          Cosas del duque este que buenos  caudales  e influencias tiene y con un poco de miedo  desde  este que te  habla hace que fluyan cabos, pintura, velamen y hasta pan de oro para las balaustradas y barandales. Pero bueno  dejemos al futuro duque y  preparemos el  trabajo que quiero  una dotación propia de plantar cara al inglés sin más temor que  el de morir antes de  clavar andanada a lumbre de agua y  no poder ver como se hunde   su gallardete britano  frente a nuestra amura de babor o estribor…

La conversación fluyo por  infinitos derroteros de  mar, amor y guerra con la libertad y la confianza que dos verdaderos amigos pueden llegar a portar como contrapeso y  benigno lastre que hace de sus naves  buenos artificios en el arte de la navegación sobre el océano vital.  

Maniobras, duros entrenamientos hicieron de la Minerva un  buen referente de aquella escuadra que se aprestaba a zarpar  en pocos días  hacia el sur del Mediterráneo.  Como así tenía que ser, el 12 de junio 
de 1732   desde el navío del teniente general Don Francisco Cornejo se llamó a consejo a los comandantes de navíos, fragatas y galeras  al navío “Santiago”, pues Don Francisco era en verdad el jefe de la escuadra, mas era  consciente que  la figura de su segundo en la escuadra, Don Blas de Lezo, era quien en verdad llevaba el liderazgo de aquella empresa en lo tocante a tema naval.     

La cámara del comandante del  navío “Santiago” era amplia aunque en aquellos instantes no cabía un alfiler, se encontraban reunidos los comandantes de las galeras, bombardas, galeotas, los doce navíos y por supuesto los de las fragatas, donde orgulloso aunque comedido  se mantenía algo retrasado  nuestro Daniel. El consejo de comandantes fue como  se esperaba un perfecto decálogo de  responsabilidades a cada uno de los  capitanes en sus diferentes navíos según sus portes y sus  capacidades. Llego el turno a Daniel y como bien sabía por mandar lo más  parecido a la mar pura vestida sobre madera con forma de nave su misión sería la de largar velas  y volar sobre las rastreras a la búsqueda de enemigo o  de aviso de  combate, pura confusión con la mar mientras  la tensión de sus bocas de fuego mantenían en porte seguro y orgulloso ante cualquiera que pretendiera detenerla. El sueño verdadero de marino con  deseo  real de serlo. Don Francisco Cornejo como deseando remarcar quien era el jefe de escuadra tras las órdenes navales  dadas por Don Blas de Lezo  largó el discurso propio de militar  antes de un combate que aún podría demorar lo que los vientos y los dioses de la mar  decidieran interponer. Palabras que acabaron tal que así:

-          …caballeros, nuestro segundo jefe de escuadra les ha dejado claro sus respectivos cometidos,  a estos  soy yo como su supremo comandante el que les dice que ha llegado el momento de demostrar nuestro valor como miembros de la  Real Armada. Confío en que todos los que aquí estamos combatiremos con honor frente a semejantes bastardos hijos del turco amamantados por  el oro robado a nuestros compatriotas en la mar y en nuestra propia tierra. Por todo eso, por  nuestro Rey y  bajo su bandera  aniquilaremos ese nido y los ganaremos para nuestro  reino. Luchad con orgullo y honor  a proa siempre de vuestros hombres sin  siquiera mostrar las arrugas del miedo que  detengan a  quienes por jefes os consideran. ¡Viva el rey!

Con el viva a la Real Armada  todo el mundo retornó a su navío  quedando alistados y a la espera de la señal de partida desde la nave almirante.

Al fin  tras la señal de partida con la pleamar del siguiente día 15de junio de 1732 la escuadra, enorme y orgullosa levó anclas con destino a Orán y su castillo de Mazalquivir donde plantar el valor y la pólvora del rey en las mismas perneras del bey argelino. Con algunas horas de adelanto  y cumpliendo las órdenes dadas en el consejo la “Minerva” zarpó para  patrullar  el cuadrante sur sureste varias leguas avante de la escuadra en busca de espía o enemigo que pretendiera dar aviso   o cortar el paso con insolencia suicida a semejante muestra de poderío naval y militar. Un  viento contrario del sur suroeste  parecía combatir contra la escuadra, no pudiendo con la “Minerva”, que  aproada al sur sureste, con su través plantado a este viento daba los  casi siete nudos pintando una estela propia de estrella fugaz con la felicidad dibujada en la sonrisa  de infante de su comandante. La batalla aún estaba por arribar…


sábado, 26 de febrero de 2011

No habrá montaña mas alta... (98)


…la propuesta fue aceptada. Como no podría ser de otra manera, Don Blas de Lezo asintió contar con  el teniente de fragata Segisfredo Cefontes en su  escuadra. Sabía de su  bravura y determinación probada en  el  combate frente a varios jabeques argelinos justo en el momento que su escuadra  se aproximaba en la  derrota hacia Génova.  Sin  perder minuto dio orden de  redactar la petición de traslado  del  teniente Cefontes a la Capitanía del departamento  marítimo de Cádiz de donde dependía, para que esta saliese en el primer correo o aviso que  aquel destino llevase. Daniel en su ansia, a duras penas dominada por su responsabilidad, estaba dispuesto a llevarlo él mismo a  la Isla de León donde  coger de la perilla a su amigo y compañero de armas para traérselo a  bordo de “la Minerva”.

Fue el  esperado 25 de abril  cuando el aviso  “Fortuna” partió hacia su destino gaditano cuando  Daniel comenzó a desdoblar su mente entre las actividades navales  sobre su fragata fondeada y la espera por la posible llegada de su  compañero a bordo de chalupa, esquife o falúa del general  que abarloase sobre el costado de su reino flotante. Además de la petición  hecha sobre  el teniente Cefontes, también solicitó poder hacer  ensayos de mar y guerra  en mar abierta, solicitud que también fue ratificada por su  general.

Durante una semana fueron muchos los trabajos, ajustes en la jarcía, corrección  sobre el aparejo incluso leves variaciones sobre la inclinación de los mástiles que le dieron a la “Minerva” el punto de  agresividad  frente a casi todos los vientos que deseaba  su comandante. Los dos “rebajados” de alféreces a guardiamarinas, ayudados  directamente por el mismo Daniel se pudieron firmes en sus cometidos y  junto al condestable fueron ganándole tiempo a cada intervalo entre cada salva. Aquella fragata   mejoraba en su  rendimiento con los días y con la brega de cada hombre sobre su cometido.



La escuadra   era un espectáculo  de verdadera admiración incluso para quien estuviera acostumbrado a semejante  derroche naval, doce navíos de línea, dos fragatas, dos bombardas, siete galeras, dieciocho galeotas, múltiples naves auxiliares y de transporte donde completar el embarque de 30.000 hombres, 108 cañones y setenta morteros como parte del ejercito que debía de combatir al bey  turco y sus piratas desde Orán hasta su fortaleza en el castillo de Mazalquivir.  Finalizó el mes de mayo con la escuadra aprestada  únicamente  a la espera de la orden de zarpar y  encarar semejante jornada contra el turco.

Segisfredo no daba señales de su llegada y los ánimos de su amigo  habían alcanzado el límite inferior  que supone asumir que no   alcanzaría a embarcar antes de la partida. Pero ganemos algunas leguas al oeste hasta alcanzar la ciudad  gaditana y retrocedamos nuestros cronómetros hasta la fecha de arribada del bergantín  “Santa Rosa”, remozado gracias al “mecenazgo” del padre de Mª Jesús, su amada y al mismo tiempo perdida  en el mismo sentimiento, tras la casi zozobra de su nave en la travesía desde La Habana. Tras largar el ferro en la rada gaditana, sus trabajo se centraron casi exclusivamente en informar a las autoridades de los sucesos de la travesía, los daños, las justificaciones por los retrasos que aunque fueran para bien de la Real Armada en el cuerpo del bergantín siempre  habrá en cada mesa con tintero  un  funcionario  de corta visión y de natural leguleyo que  exija daños por los retrasos sin  aceptar otras razones que las ya preestablecidas en sus  legajos.

Nuestro teniente  se sumergió entre informes y legajos que  acababan por desmoralizar su ánimo y adormecer el  alma de  marino que  con los días parecía abandonarlo a bordo del “Santa Rosa” mientras su cuerpo terrestre encaraba la capitanía. La tristeza  poco a poco disfrazada de melancólica estación lo invadía  vestida de mujer, de esa mujer que en aquellos momentos era de otro hombre, oscuro y sin  voluntad propia,  adujado a los  caudales de su familia que lo mismo pretendería con Mª Jesús. Imaginaba mil y una estampas con dolor  Segisfredo. En su imagen que la melancolía idealizaba gracias al aderezo del amor  veía  a su amada como mujer sufridora  a la que una llamada, una carta, un mensaje a uña de caballo de  correo  clandestino bastaría para abandonar lo que de verdad era su ser para sentir lo que creía  realmente  que era su destino. Murió el mes de abril y veía Segisfredo que  una nueva misión  de aviso o correo   sería encomendada a su bergantín ain tener la certeza de ser él quien  fuera el que tal misisón llevara cuando en el paseo  matutino  escuchó la salva  de aviso de la entrada de otro bergantín como el suyo, no tan brioso y marinero que lo que  uno siente propio siempre será   más que lo que  enfrente trate de reflejarse. Leyó su nombre en el espejo de popa bajo la pequeña balconada, “Fortuna, buen nombre para  traer buen designio a quien  lo merezca” pensó. Pero no se atrevió en su tristeza a  imaginar que fuera él mismo merecedor de tal designio.

La primera semana de mayo fue convocado y se le transmitió que  debía ceder el mando de su bergantín  el  15 de mayo para partir  a las órdenes del teniente de navío Don Daniel Fueyo a bordo de la fragata “Minerva” antes de su partida  desde el puerto de Alicante. Su sorpresa fue una pura contradicción, tristeza por dejar el mando de su nave y a la dotación con la que   compartió el final  cercano de la vida sobre quintales de agua y huracanes de furioso viento, pero al mismo tiempo sabía que su comandante era su amigo Daniel y que donde él fuera sabía que seguro habría oportunidades de  alcanzar gloria  en el juego de la vida frente al enemigo cualquiera que este fuera. Tras la despedida de su dotación y la entrega del mando se traslado a bordo de otro correo que  comunicaba en aquel momento con la base naval de Cartagena, para desde allí en carruaje alcanzar la villa de Alicante.

Podría repetir  mil veces más la imagen de la rada  levantina plagada por la escuadra que dejó a Segisfredo Cefontes sin  el habla y sin la calma que poco a poco había ido perdiendo  por el camino real. Sin encomendarse a moro o cristiano con mando en aquella plaza se hizo llevar por chalupa civil a boga de ariete hasta la amura de estribor de la “Minerva”, preciosa fragata con las portas de aquella banda abiertas al cielo mientras  la dotación artillera continuaba con  las continuas maniobras de carga y descarga de los cañones. “No hay duda, es Daniel quien  está  a bordo” pensó sonriéndose hacia “sus adentros”   al ver la brega constante a la que acostumbraba su amigo allí donde plantaba sus galones.

-          ¡¡¡Chalupa por la banda de estribor!!! ¡¡¡Alguien desea subir a bordo!!!

Fue como si una andanada de la misma pólvora lo lanzara  como bala  de su cámara cuando Daniel  se presentó en el combés para  comprobar si  la suerte había regresado.

-          ¡¿Quién va, sargento?!

-          Teniente de fragata, Segisfredo Cefontes. ¡Permiso para subir a bordo!...



martes, 22 de febrero de 2011

No habra montaña mas alta... (97)


… Orgulloso con el nombramiento se presentó ante el segundo, en aquél momento al mando de la fragata por la enfermedad del  vigente comandante Don  Ricardo de La Hoz que lo esperaba  con  el debido protocolo al pie de la escala de la “Minerva”. Tras los  preceptivos reconocimientos de firmas y sellos el teniente de fragata  Don  José Cienfuegos  se cuadró como segundo ante su nuevo comandante. Daniel  mantuvo la distancia pues no conocía a quien debía mandar y de quién debía depender su éxito o fracaso, que sería  al fin y a la postre el de toda  la dotación.


Dio orden a su segundo de  convocar a todos los oficiales en su cámara en una hora y de formar a toda la dotación al rayar el mediodía para pasar revista y  presentarse ante ellos. Mientras ese tiempo  ganaba minutos  se hizo acompañar por el nostromo  para   hacerse en esa hora, aunque fuera de forma sucinta,  con  el universo sobre el que debía de reinar,  de sufrir y  sentir  como si de mujer desposada se tratase, saber sus gustos ante  la mar tendida, sus querencias, sus vientos favorables y sus debilidades ante ellos, su furia supuesta vestida de cañones y fusilería, en definitiva conocerla para servirla y que  como tal, ella le diera sus mas granados momentos de pasión en la mar y en la guerra.

La reunión fue  de casi una hora en la que conoció a sus nuevos compañeros de  singladura. Su segundo José Cienfuegos era un teniente de fragata al que la edad madura marcaba ya como  punto y final de su carrera  aquella nave, se le podría describir como un  hombre rayando la cincuentena, de facciones duras y agrias por las frustraciones de su corta escalada en tan largo tiempo donde las guerras y las oportunidades frente a mares y sobre todo enemigos no le brindaron el momento donde medrar  a mayores mandos y prebendas. Partidario de la regla dura  en cuanto  a la obediencia y el cumplimiento de las ordenanzas, veía Daniel en él  un posible  problema a reconducir para adaptarse a su concepto del mando y del liderazgo a bordo de  navío de guerra, donde la disciplina es  vital pero la fe en su comandante por méritos alejados al miedo ha de ser el pilar de la victoria frente a mares y enemigos.  Además de Don José,   el oficial del siguiente rango era un imberbe en apariencia teniente de fragata que mas bien parecía el  dueño de algún condado al que habían enviado a hacer méritos breves en aquél puesto para  que, con el debido informe de sus superiores,  al instante  y a uña de caballo  partir a la Villa y Corte donde le esperaba su verdadero nombramiento con el que vivir y  dormitar  durante el resto de sus días a expensas de la sangre de los mismos que ahora eran sus  compañeros de armas. Con una reverencia teatral y no exenta de algún gracejo animal de excelso plumaje saludó a Daniel.

-          Teniente de Fragata Don Ginés de la Cuadra y Pinzales del Rio, futuro duque de  Ribera. A las órdenes de vuestra señoría.

Dos jóvenes Alféreces de fragata con gesto de contención ante tanta petulancia le hicieron recordar a Daniel el orden y la debida  escala del respeto entre mandos. Y tras recibir el saludo del “conde” se dirigió a los dos jóvenes marinos

-           Y vuestras mercedes. ¿Han embarcado de dulce o son  de nuestra Armada?

Ambos eran  como gemelos cortados del mismo patrón,  delgados  y de piel morena con el temblor en la mirada ante la  voz de quien para ellos ha de ser su verdadero dios en la tierra saludaron a Daniel Fueyo mientras traban de articular sus nombres.

-          Alférez de fragata, Gonzalo Arrieta.
-          Alférez de Fragata, David Mainar.
-          Bien,  pocos somos los que aquí nos encontramos para marinar esta  gacela de la mar que así debemos llegar a sentir a nuestra fragata. Pero somos suficientes para hacerla  mejorar en su  velocidad,  en su maniobrabilidad y  no olvidemos el manejo de los 34 cañones que como almas de fuego han de hacer temblar  casi sin esperas  entre cada andanada a esos sarracenos hijos del mismo infierno.

La reunión se tornó  al rumbo de seriedad que deseaba el comandante.

-          Por ello quiero  que tras  el pase de revista y mi presentación ante la dotación completa de la fragata  se repartirán vuestras mercedes las siguientes responsabilidades. Vos Don  José quiero que  con el carpintero, el calafate,  el farolero y los maestros de que dispongamos en nuestra embarcación un estadillo completo de situación. Debemos buscar  ganar grados  navegando contra el viento y encontrar las ventajas ocultas de esta nave, que no duden las tienen pero como buena dama las esconderá y solo será quien a darlas a quienes  con ella se esmere. Además deseo  mejorar  y ajustar los pesos de esta nave, la percibo algo aproada  y podríamos ganar algún nudo si  cambiamos o movemos su  estiba. Vos, Don Ginés, lo quiero junto con el contador valorando el estado de nuestro armamento para el abordaje, pólvora y balerío. Estoy seguro que si estimáis la falta o necesidad de   algo que pueda seros de utilidad en el futuro cuando seáis quien llevéis el peso del abordaje ante semejantes salvajes que no temen a su propia vida, sea ahora cuando aportéis vuestro peso junto al contador en  el arsenal, estoy seguro de  que  el futuro arrojo y buen nombre os dará ahora valentía para  obtener lo que no  queda  para el resto de la flota. Y a vuestras mercedes  mis jóvenes guardiamarinas traídos como alféreces os  doy la mejor de las misiones. Quiero esas 34 bocas de fuego  en perfecto estado para cuando zarpemos a vomitar fuego  y practicar sobre blancos a flote. Trabajarán junto al condestable al mando de las brigadas de artillería, repetirán todas las maniobras, carga, descarga y fuego  de forma simulada mientras obtengo los permisos para salir a  ma abierta hasta lograr reducir los tiempos entre cada andanada a menos de 3 minutos. Una vez zarpemos para practicar  mar adentro  sobre navegación y guerra quiero ver como hacen rugir a sus artilleros hasta fundir las bocas de esos cañones  que hoy bien  gárgolas de catedral que  armas de su majestad. Quizá entonces me convenzan de que son  oficiales de  la Real Armada y no caballeros guardiamarinas. Ahora  vayan y reúnan  a la dotación que debo pasar revista para  que después cada uno  se haga cargo de su respectiva misión.

 No hubo palabras, ni siquiera   deseos de buena suerte. Daniel deseaba mantener la tensión  de sus mandos para transmitirla a la tripulación. Habría tiempo de  festejos y  divertimento en cuanto zarparan a practicar  mar avante de la rada de Alicante. Ahora deseaba a todo el mundo tenso y con un miedo aparente por la actitud de su nuevo comandante. Sabedor de que  disponía de un mediocre “estado mayor” en su   barco se dispuso a  ejecutar su segundo paso  en cuanto  terminase su  revista y presentación ante  sus hombres.

Tras el acto donde mantuvo su firmeza con la intención descrita igualmente con sus oficiales mandó disponer del esquife con el que llegarse a  el cuartel donde su general seguía tratando de   afinar mas su escuadra y la futura estiba de la infantería que habría de  morder  en la pernera del Bey donde mas habría de doler a semejante nido de piratería.

-          ¡Vos aquí de nuevo, Teniente! Ya os  agota el tiempo embarcado. Hablad  rápido pues he de ir al cuartel del ejército para  reunirme con su  general.

Daniel  tenía claras sus intenciones y sabía que  con el beneplácito del General la respuesta positiva a su petición sería segura, quedando únicamente a expensas de encontrar el mensaje  a su receptor, factor  de probabilidades bajas en aquellos momentos pero la que se aferraba para dar a su nave el punto de combatividad que consideraba  le faltaría…  

domingo, 20 de febrero de 2011

No habrá montaña mas alta... (96)


…Fueron cinco singladuras sin amargas interrupciones en las que poder  largar sin cuidado “las rastreras” y ganar  distancia sin topar de vuelta encontrada britano con el que batirse el cobre, si eso no fuera una inútil   gesta con tributo de sangre por parte de sus hombres. Al final de la travesía el  21 de abril de 1732   el bergantín correo largaba el ferro frente a la capital del departamento marítimo de Cádiz. Mientras, su casi hermano  Daniel Fueyo no tenía casi tiempo nada mas que para  pensar en los preparativos  de la jornada  militar  de castigo  sobre el sur de aquel Mediterráneo  donde la piratería campaba  por sus fueros alimentándose de los caudales ajenos, quedando marcado el objetivo  en la ciudad de Orán. En aquella ocasión se disponía de  plata suficiente con lo que se recuperó en Génova y eso daba para pólvora y balerío, pertrechos y avíos con los que  zarpar con orgullo sobre  el bey argelino. En tal actividad frenética se había enfrascado Daniel marcando continuos ejercicios a los comandantes de los navíos y a sus hombres para su acoplamiento a la artillería en la meta lograr reducir la cadencia  de las andanadas, manteniendo a las dotaciones en verdadero festín de actividad.

El ánimo de Daniel no era el que había sospechado mantener cuando se embarcó junto a Don Blas de Lezo. Al inicio de  aquella aventura sus cometidos eran los de un secretario del general  que debía hacerse con el control de la   gestión naval en aspectos de marinería descargando a nuestro  gran marino de tales  trabajos en la confianza de éste. Pero la suerte,  como  amante sorprendente puede besarte cuando menos lo esperas regalándote con lo que siempre hubieras deseado. Esa dama esquiva que a veces  también trasforma su halo en grisáceo hado destruyendo sueños e ilusiones  con un leve roce de su mágica capa.

Su destino cambiaría como las nubes de poniente en un buen temporal, huyendo por cobardes y alumbrando  verdaderas luces con los colores del triunfo de la mar. Daniel acudió presto a la llamada de su general aquella mañana del 23 de abril de 1732, con San Jorge como patrón protector de su destino.

-          ¡A la orden de vuestra señoría, mi general!
-          Tranquilizaos Teniente Fueyo, que no está aquí mas generalato que el que os llevó  desde Cádiz y no soy de semejantes tratos si no hay público al que agasajar con  tales teatros. Sentaos  y bebed un poco de estos   caldos que ayudad al tránsito este que cada día pesa más lograr.

Daniel aún extrañado por la llamada  tan de urgencia y  sin previas noticias se sentó y con la confianza que ya mantenía con su general escanció  el orujo recio suficiente para levantarlo del asiento en el que  obediente había  largado sus posaderas.

-          No sabéis el motivo por el que estáis aquí pero cuando os lo  relate comprobaréis que ha merecido la pena tantos días de legajos,  documentos, burócratas y enviados de  delegados de virreyes de  su majestad que Dios guarde vivo muchos años.

Aquél lenguaje y su desparpajo   para con él le auguraba el buen humor del general y sobre todo que lo que iba a  largar como andanada de su  boca  no iba a ser daño sino bien.

-          Bueno, teniente de Navío Fueyo vos sois hombre joven y ya bragado en algún que otro   combate con britano e incluso  sarraceno,  en fin y para que distinguir nacionalidades, que ambos piratas son. Sabéis de nuestros preparativos contra el bey  en Orán casi mejor que yo. Pues bien. Buena es la estrella para vos y mala para el capitán Don Ricardo de la Hoz a bordo de la “Minerva”. Nuestro recio capitán se ha dejado capturar por las traicioneras y  resistentes fiebres tercianas. Hombre algo mayor  para ese puesto se nos queda  varado en esta villa donde seguro buenas y caritativas damas le prodigarán en cuidados que por lo que entendido tengo buenos caudales porta  su apellido y eso  ayuda al mimo y los buenos  sentimientos.

La mirada de Daniel de nuevo en poco tiempo volvió a brillar  como soles del alba mediterránea, no hacía  casi el año en el que el “Santa Rosa”, al mando  actual del teniente Cefontes  le había sido concedido cuando en menos de un minuto que le parecía el siglo algo mayor  podría  serle concedido.

-          Teniente, seréis vos quien mande la fragata “Minerva”, preciosa gacela con sus 34 cañones con los que abrasar   pirata sea de quien sea su nación por la gloria de nuestro señor Don Felipe el V. A pesar de que es una orden de este vuestro general os preguntaré si os place tal competencia.
-          Mi general, con el debido respeto, es el sueño  completo de quien desee hacer carrera en la mar. Decidme  el momento de embarque y toma de posesión que solo deseo conocer mi nave, mis hombres y  hacer de   esa fragata con nombre de diosa la más rápida y letal que  combata en la próxima jornada contra el  bey.
-          Bien, bien, tal cosa era lo que deseaba escuchar  de la sangre  de un  joven oficial de la Real Armada. Y por tal cosa que en ningún momento dudé brindemos con este duro aguardiente que valdría mas como  combustible de botellas incendiarias  antes de cada abordaje. ¡Salud, teniente!
-          ¡Salud, mi general!

Bebieron, y charlaron que los vapores espirituosos abren las vías de la conversación  hasta los límites que marquen su concentración siendo el general hombre hablador y cercano aun más de lo que habitualmente era a quien todos conocían como Capitán Toni. Casi una  hora después  zarpó  vivo como el viento de poniente en el Estrecho a por su nombramiento para tomar posesión  de  su nuevo reino flotante. La “Minerva” 34 cañones de una fragata que conocía pero no sabía mucho mas de ella, solo  le quemaban los pensamientos pensando en ella como verdadera mujer a la que leer cada cuaderna, cada bao, cada  cabo y escota  hasta hacerse con ella  y ser uno, sentir como ella, domarla y hacerla volar sobre las furiosas olas de mar y guerra que ya se prometía entre sus sueños  vivos.

 Hubo de esperar a la mañana siguiente para reconocer las líneas y el porte propio de la fragata entre dos navíos de los que ni siquiera  importaban sus nombres mientras se acercaba a borod de un viejo lanchón del puerto.

-          ¡¡¡Ahí está!!! 


jueves, 10 de febrero de 2011

Hoy es el futuro...


Y lo es sin más, sin estridencias, lo ha sido siempre, ayer lo era cuando era hoy, mañana lo será cuando sea hoy. Cambian las personas pero tú no cambias porque sigues ahí dentro de ti mismo, mirándote sin comprender a veces el “porque” de mil cosas, de cien situaciones, de algún instante  que valdría haber no  vivido . Viejas canciones te llevan a momentos vividos  en los que  crees haberlos disfrutado, pero en realidad solo son cortinas de humo que difuminan lo que has de hacer ahora y no te atreves mientras te cubres  con la manta de los recuerdos.

Las calles están desiertas, la gente tiene que trabajar, las estrellas permanecen sobre su negrura demostrando que siguen ahí mientras se ríen observándote calcular lo que tendrás encima  mañana o pasado o el mes que viene, o lo que no hiciste hace dos semanas cuando debieras haber hecho esto y lo otro. Tantas cosas como las que encierran este círculo  de palabras tan sabio como antiguo que dice: “ Hay tres cosas que no pueden volver atrás: la flecha lanzada, la palabra pronunciada y la oportunidad perdida."

Mientras las piensas en pasado quedarán las del instante que se acumularán  sin  duda en el  saco de las penas de ese futuro que acabará en pasado sin demora.
Palabras que pronunciar  a cada instante que los sentimientos  broten con quien a tu lado tengas sin miedo a  que descubran lo que quien te quiere ya sabe. Palabras que te harán libre y te liberarán aunque lo dudes mil veces,  que mil veces serán razones que cargarán el pasado.

Oportunidades perdidas, esas habrán pasado y no tienen posible  arreglo. Has de estar atento a las siguientes a las que no debes dar paso hasta no hacerte con un poco de su esencia y  cuando  la sientas tuya, aferrarte a sus bridas mientras cabalgas sobre los mares abiertos que se postren ante ti  humildes en su orgullo por saberte decidido y sin temor a  ser encapillado por quintales del agua de la decepción.

Flechas lanzadas que ya no volverán. Sana las heridas de quienes hayan sido objeto de sus picas, no dejes heridas que siempre  regresarán a tu corazón de forma implacable como   el retorno del mal causado.


Hoy es el futuro, porque el futuro es el puro presente  donde las vidas se  sienten y no se esperan ni se recuerdan. Hoy es el comienzo  y fin de ese instante que podrás alargar tanto como sepas olvidar ese pasado  que no tiene nada de particular entre los de la inmensidad humanidad. Cuídate, disfruta, pelea por lo que quieres,  atrapa lo que deseas mientras lo regalas  según te alcanza a tus manos. Acaricia mientras besas los minutos  como si pudieras camelar su estancia y retener su marcha. Abraza  lo que te de calor y siéntelo mientras este  atraviesa tu piel, no esperes a recordarlo, no lo fotografíes, vívelo.

Tu tesoro es  el instante, tu tesoro es hoy, tu corazón lo sabe, díselo a tu razón, aunque ella tenga una reputación que cuidar y seguro que  por tal excusa no se dejará convencer. Te dirá que eso está mal, que mires a tu alrededor,  te convencerá la primera vez que años lleva contigo, la segunda el miedo comenzará a mostrarse en sus argumentos y en la tercera caerá como fruta madura aliándose con ese corazón que habrá de ser bravo frente a palabras como pasado y futuro.

  Siente ahora




A quienes me permiten compartir sus instantes frente a una pinta,  frente a las olas, a bordo de los pelufos, junto al puente colgante, con un tio Joroba bien picante, entre riberas y riojas, sobre la bicicleta y de mil formas mas.  

Gracias y a por más