lunes, 12 de diciembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (125)


…la puerta  como el papel rasgado  cedió a tanta sed de pasión contenida por  Daniel.   Sin máscaras, sin telas que  cerrasen el paso al tacto de piel con piel, los labios, las manos de  ambos barajaban  pieles como quien trata de encontrar el escondite  perfecto de algún  corsario al servicio de los límites y la paciente contrición.  Cobarde tal monarca no apareció mientras la marea de pasión inundaba aquellas costas de  pasión incontenible.


Nombres inconclusos susurrados casi imperceptibles y diluidos entre los abrazos que  los hacían uno a  esos dos corazones a los que ya nada importaba  fueron dando paso a la luz que brota de la oscuridad  sin astro rey ni luna acobardada por  no dar la talla ante   el nuevo universo de furia y pasión, destello corto e intenso en el que todo era sobrante salvo su fieros deseos por invadir al otro.

El ocaso en su paz rota parecía observar   como un escenario  contempla humilde lo que otros representan, en este caso sin papel, sin apuntador que marcarse el ritmo y el discurso de algo que salía sin más de las almas  de ambos. Un primer golpe de mano como cabeza de playa sobre la tierra del puro amor dio paso a la calma  que permitió a ambos observarse, cruzar las miradas tras la acción como combate vital. Caricias, conversación, tratar de comprender lo sucedido desde la visión de un hombre cargado de obligaciones autoimpuestas desde su  interior que  como puede quiere hacerlo y  sorber mas de aquel manantial de felicidad intensa  como regalo inesperado.

-          Daniel,  me habéis dado lo que no  sabría expresar con palabras. Vuestra fuerza lo ha hecho todo en mi interior olvidado por  la tristeza de la soledad y la lejanía de mi hogar materno. Abrazadme, os lo ruego

Daniel la cogió con suavidad pero serena contundencia, sintiendo sus líneas de agua contra él como  verdadero certificado de realidad  de aquellos momentos. No hubo palabras tras el  interminable silencio acompasado por su respiración; de nuevo los besos   alumbraron la oscuridad de la estancia y  con ellos las mil  y una caricias que  devolvieron el combate  sobre la paz de  sus  sentimientos.

La noche se retiraba entregada y rendida por  lo  vivido, la tenue penumbra del alba parecía querer entrar de manera oblicua  a través de la ventana que miraba por encima de la puerta de La Caleta  sobre los mares donde todo era más sencillo y tantas veces  intenso. Daniel, realmente derrotado en fuerzas como si del abordaje de dos navíos de rey enemigo se tratase, pero  alistado en ánimo por lo vivido como triunfo  ya estaba despierto contemplando  de manera alterna por un lado la mar que besaba en  generosa pleamar las rocas de la Caleta y  por otro la piel  desnuda semioculta entre los pliegues de  las mantas   sobre el lecho que ni siquiera había tenido la capacidad ni el interés de observar  durante la brava noche de furia sin cuartel.  Mientras observaba con   la extraña sensación de la plenitud el cuerpo de  su amada y  memorizaba  su fragancia  de mujer verdadera la penumbra como ariete dio paso al verdadero  amanecer y con él  Dora Macleod  al fin despertó de su  caprichoso letargo.

-          Buenos días, Princesa de estos vientos  que no se siquiera de donde provienen con tanta furia.
-          Con tales palabras  no sé qué deciros, capitán Fueyo. Venid, ayudadme a incorporarme y tratemos de reponer las fuerzas perdidas. Seguro que  encontraremos con que saciar  el apetito de la nueva mañana.

Daniel se acercó y la recogió entre sus brazos hasta llevarla en volandas a la vista del Océano  naciente entre las rocas de La Caleta y  sin final en el  imaginario sur. En aquél momento un bergantín arribaba desde el sureste hacia  la rada gaditana, parecía  cargado hasta los topes.

-          Mirad, Dora. Un pequeño bergantín cargado hasta los topes. Seguro que  viene de Nápoles o Siracusa cargado de  mercancías con las que  dar vida a quienes lo sirven. Lo que daría por pisar sus baos, por avistar desde la  galleta  las costas de cualquier parte.
-          No os aflijáis, capitán, que estoy seguro  que buen navío os coronará vuestra Armada antes de que lo podáis imaginar. Y mientras, ¿no os sirven estos brazos como  palos a los que aferrar las velas  de vuestros sueños?

Como navío cargado de la mejor pólvora del rey os siento ahora mismo y  cual corsario no tendréis opción a este abordaje  frente al que nada podrán hacer vuestros tiradores, ni  siquiera las tres cubiertas vomitando fuego, pues  solo queda ya el que os dará este corsario sin temor.

Con aquella arenga la furia de nuevo  volvió a  hacer de la estancia  un temporal   en el que   cualquier alma deseosa de  piel, corazón, de vida  frente a su propia vida no dudaría en   partir la quilla de su nave. Nada de lo que pudiera servir de desayuno hizo falta aquella bendita mañana en los apetitos del Daniel Fueyo.

Por el otro lado de esta historia, el teniente Cefontes  bien pronto se apercibió de la calidad  humana de  la  compañera que le tornó a él en ciernes en aquél tácito reparto de féminas.  Tras algunos escarceos entre banales conversaciones le dio  a Segisfredo Cefontes por sospechar de la actitud tan próxima en   aquella primera cita real. No casaba tal actitud con dama  de la  contenida y católica Irlanda, por lo que tomó ciertas medidas que en muy poco tiempo acabaron por desbaratar lo que a primera vista había parecido un prometedor encuentro. Se despidieron y con la mosca detrás de la oreja   nuestro Teniente  tornó sus entorchados de marino por los de  policiaco sabueso. La mañana le alcanzó cerca de la posada “La candelaria” sin idea alguna de lo que   representaba la dama Irlandesa en el Cádiz cosmopolita en el que gastaba aquellos días. Pero la presencia de Doña Ana, la casera del hospedaje, mujer entrada en años y por ello de seguro con  posibilidad de recabar mayor información entre sus conocidos le llevaron a  apuntar con la mira de sus cañones  sobre la marchita dama que no se lo esperaba…



1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Pues...
¡Cuánta pasión!
Distinto a los demás. Ya te lo dije.
Felicitaciones. ¿Vos cómo andás? Hace mucho nada sé de tu vida.
Alicia