lunes, 19 de marzo de 2012

La cima de los vientos. 19/III/1812





Gracias a ellos, y a su ejemplo.

Lejos esta esa cima de los vientos donde la rosa completa se crece y nace para repartir sus esencias por la piel terrestre o marina sin frenos ni ambigüedades. Tan lejos que los que en España, en Cádiz hace ya 200 años como punta de lanza de la libertad, la pujanza y las ganas de progreso liberaron los sueños de españoles aún de ambos hemisferios. Vientos, los unos de rancio real y ultracatólico sermón, los otros de liberal aún sin ese nombre de verdad, algunos desde los más lejanos puntos del imperio hispánico como Morales Duarez del Perú, o Ramos Arizpe de Mexico, Lequerica del Ecuador, Leiva de Chile, todos ellos quienes, mas avanzados los tiempos llevarían a sus futuros países la esencia en forma de viento de libertad. 

Carta magna redactada entre los cañones de un ejército fruto de otra revolución que en su deseo de dominio trató de hacerse con un país en sus horas más bajas, donde una monarquía hija de sus propios vicios y esclava de sus propias decisiones lo había dejado en la más absoluta ignominia, humillación y capacidad de responder ante quienes ya no daba mas de sí. Mientras, la “Grande Armee” arrasaba con lo que encontraba, robando y deshaciendo lo que en el futuro pudiera servir de pilar para poder recuperar el pulso del país. Quizá las ideas que portaban sus pensadores hubieran ganado otro espacio en aquellos años si no hubieran llevado el fusil y la bayoneta tras la pólvora de sus cañones, quizá de otra forma el clero absolutista de la mano de los capellanes de la más rancia furia hispana no hubieran logrado aunar tantos paisanos con ellos para degollar y matar gabachos bajo la bendición del buen dios.

Mientras en ese barco varado frente al océano, amarrado a tierra por el castillo de la Cortadura, la población, de infinitos orígenes se mantenía frente al francés; 20.000 soldados españoles, británicos y portugueses frente a 25.000 soldados franceses. Hoy, hace 200 años en el oratorio de San Felipe Nerí se promulgó nuestra primera constitución regada de festejos y celebraciones en medio de una invasión, asediados, sin otra ayuda que las naves cargadas que arribaban de sus compatriotas del otro hemisferio que acudían llamados por esa en aquél instante cima de los vientos donde poder sentir los soplidos del cuadrante que pudiera ser sin sentir censura, miedo o condena.

Pero la cima de los vientos poco a poco se fue haciendo más inexpugnable. Llegó el Rey prisionero, “El deseado”, alguien que bien podría haber sido pasto del plomo francés para bien de todos. Pero igual que nos trajeron vientos de libertad en cada batalla el francés, también se llevaron tesoros y nos devolvieron la máxima expresión del atraso y la oscuridad. La Carta quedó en la cima sin poder acceder a ella. Este preboste, sin otro destino que hundir aún más a su sociedad, remató su inmerecida estancia en el mundo de los vivos generando junto a su hermano Carlos casi medio siglo de vida de un país sin esperanza; todo por ostentar el poder, viejo motivo que quien lo tiene o lo roza ya no puede dejar.

Y se sucedieron, hijas de la misma madre, algunas más liberales, otras más cerca de la caverna. El siglo se fue ya sin el sueño de los 104 que lo firmaron aquel 19 de marzo. Así, lo que se planteaba como la meta por rozar lo alcanzado por otros países que con ello iban a la vanguardia se hundió en las tinieblas del siglo pasado en el que solo después de una larga travesía en un desierto de sangre y silencio apareció algo que triunfó entre el desengaño de lo pasado, el miedo por lo que pudiera pasar y la esperanza por lo que pasará. Sin grandes celebraciones aún sigue a pesar de que los hijos y nietos de quienes la promulgaron poco a poco la van hundiendo en el valle del desengaño por su propia ambición, falta de respeto por quienes la sustentan y por nuestra propia inacción. 

Fue la Carta de 1812 la cuna de nuestra soberanía como pueblo y a sangre y fuego la apagaron quienes ostentaban el poder. Es la carta de 1978 la que nos devolvió de nuevo la soberanía y somos ahora nosotros mismos quienes la dejamos morir de sed por falta de acción sobre tantos motivos por los que podríamos barrer a quienes con su “marchamo” democrático como coartada se libran de nosotros para beneficiarse desde tantos lugares y despachos sin recato.

 Aunque sea difícil, no renunciemos a nuestros sueños. Sigamos el ejemplo de quienes en medio del mayor desastre de un país supieron sacar lo mejor de cada uno y abrir la espita de lo inimaginable en aquellos momentos, algo como esto. 

“Art. 1. La Nación Española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. 
Art. 2. La Nación Española es libre e independiente, y no es, ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona. 
Art. 3. La Soberanía reside esencialmente en la Nación, y por lo mismo pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales. 
Art. 4. La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad, y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen. 
Art. 8. También está obligado todo Español, sin distinción alguna, a contribuir en proporción de sus haberes para los gastos del Estado. 
Art. 15. La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey. 
Art. 16. La potestad de hacer ejecutar las leyes reside en el Rey. 
Art. 17. La potestad de aplicar las leyes en las causas civiles y criminales reside en los tribunales establecidos por la ley. 
Art. 366. En todos los pueblos de la Monarquía se establecerán escuelas de primeras letras, en las que se enseñará a los niños a leer, escribir y contar, y el catecismo de la religión católica, que comprenderá también una breve exposición de las obligaciones civiles”.



1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

¿Qué hubiera sucedido si esta Carta se respetase como los hombres que la crearon la soñaron?
En fin...
Un abrazo, amigo.
Alicia