miércoles, 4 de abril de 2012

De faros y mares (II)




Ya avistamos la  luz en forma de propia cadencia que nos  dio la razón por la que se parten los mares, por la que se vive sin vivir tantas veces. Alcanzar algo que en breve se habrá de abandonar. Sin embargo la felicidad por el logro alcanzado, la meta, el  roce con la solidez, la estable permanencia de la tierra sobre su lugar sin ambages, sobre la que aún extraño te encontrarás triunfante y siquiera libre un poco tras  tanto tiempo sobre tu propia libertad encadenada al inmenso océano que es la vida sin límites,  esa felicidad de la que ya eres consciente sabes que  será corta y  por  inolvidable  la deseas porque la dejarás para volver a  buscar de nuevo lo mismo sin otra solución humana.

Faro de Torres, Gijón
El faro te avisó, tu corazón palpita ya mientras el olor   que el terral te lleva hace que  los pulmones  no deseen otra cosa mientras la sonrisa entre tus  hermanos  no pide nada más, quizá una cerveza apoyado  sobre la banda que mira la línea de costa al oscurecer libres de guardia.  Las luces de lo que “allí hay” te incitan a pensar en las vidas que  dibujan sus brillos constantes mientras otro destello este  ya de no tanto alcance llama tu atención. Lo ves allí, elevado  sobre el acantilado ocultando el brazo de piedras y hormigón que promete calma y descanso.

Luz que previene de lo bueno que es una rada donde tomar respiro, donde largar el ferro o amarrar firme a los norays  ahítos de cabos con mil dueños. Luz que previene de  su fielato por  lo bueno. Acompañada de sus pequeñas hijas en rojo y verde marcando las normas si así deseas recalar entre sus brazos serenos.  Donde habrás de renunciar a marcar el rumbo  frente a la furia del mar y aceptar su ley  por la calma a ganar. Donde sí  una vez decides  aproar a su  destello sabrás que abandonar desde ese instante el rumbo significa zozobrar.

Mientras, con la cerveza observas como  va virando  tu nave y cada vez de forma mas suave  aproxima su proa   para dejar por estribor el orgulloso faro que, desde su pedestal de roca cortante, nos permite  el paso  cual señor de su castillo nocturno. Tu nave vibra, no es su forma natural, no abre espuma sobre mares sin esquinas, ahora debe de contener su fuerza para  lograr  atravesar el  angosto paso marcado por las hijas de este en colores  rojo y verde y eso lo hace sufrir y temblar  la cubierta de acero sobre tus propios pies. Los deseos, las ganas de ver se  confunden en sonrisas de corta duración. La maniobra se acerca, las maquinillas ya con vapor vivo  esperan  para aferrar el  corazón libre a su prisión temporal consentida.  Dos pequeños esclavos de la tierra, sin más orgullo de falso contenido como es el que  sean los  que empujen tu nave aparecen y tratan de contener el impulso innato de libertad para  encajarte sobre un muelle.

El olor a  hierro, a crudo, a agua dulce manchada de mineral y maltratada por las rodaduras te demuestra que ya  has regresado. El viento sopla más débil que hace seis horas cuando ya avistabas el puerto y la cima donde el faro imponía su  derrota. Huele a tierra y el frescor no es el mismo, pero  deseas tenerlo entre tus pulmones por un tiempo sin compromisos, sin promesas, como una gota de  la mar infinita  sobre la que vives.

Viejo Faro de Cabo Blanco, Nohuadibou
“Listo de máquinas”, “listo de papeles”, toca salir y descubrir si las arenas del desierto que has ido observando son tan finas como parecían a bordo desde la lejanía, si los destellos de los semáforos o el tráfico que se adivinaba  a través de los prismáticos  parecen  lo que te imaginabas, si lo que prometían las imágenes de la televisión  que ya podías ver horas antes  eran tan reales como lo que estabas a punto de sentir al bajar del taxi en el centro. Mientras el faro y sus hijos continuaban  en su cadencia, marcando el paso franco para quien deseara dejar por un momento la libertad del viento y la mar en soledad.

Faros entrada a Delaware.
Y las horas fueron pasando, cabo Blanco era de tal color, pero no daba para más, el centro de la ciudad  no era más distinto del anterior núcleo urbano y sus gentes  al fin y al cabo tan extrañas como las que te encontraste en último lugar, los anuncios  de la televisión  no demostraron nada y siguieron siendo anuncios. La mañana siguiente el faro estaba mudo, los 7.000 metros cúbicos  que vomitaban las turbobombas de crudo a la terminal  poco a poco  elevaban la pared metálica de los costados de tu  nave, su obra viva ganaba en  tamaño frente a la muerta. La hora estaba ya cerca mientras el atardecer llamaba al giro de la candela y los destellos como en los últimos cien años ya  anunciaban el reinado compartido con la luna del faro y sus hijas.

La escala real retirada, maquinas a punto,  vapor vivo en la válvula presto a vapulear la turbina sin  piedad. Los mismos esclavos que lo encajaron ahora sin sonrisa nos desencajan y como el polvo de un viento fantasma nos acompañan hacia el canal marcado  a golpe de luz para  buscar otra meta, otro faro donde recalar para volver a encontrar lo mismo o quizá no, pero eso da igual pues la meta es solo parte de la razón, la vida  consiste en abrirse paso entre la soledad de la mar  convencido y sin mas miedo que el siguiente faro se apague al vernos arribar…



1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

"otro faro donde recalar para volver a encontrar lo mismo",
pero yo encuentro siempre algo distinto, siempre, al leerte.