Escuchando
el romper de su proa sobre la mar tendida, mientras la música leve desde el
tambucho trata de sobreponerse sobre el
rasgar de la mar como tela infinita sin remiendo que la cubra.
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25/IX/13 |
Reposando
al vaivén, al balanceo, al cabeceo de nuestro Audaz con mi testa sobre el
candelero mientras la de Diego lo mismo emula sobre mi sin serlo; al tanto, Hernán
ajustando su brazo sobre la caña, enfilando
al deslumbrar ya marchito de un sol que trata de huir mientras nosotros
nos vemos grandes, nos sentimos capaces de alcanzar.
Al viejo
sol vestido como ese sueño de ser libre por un instante infinito donde la paz
del desapego a tantos muertos vestidos de pegas, problemas, losas, miedos,
rencores y deudas de ánimo nos recubra de su pátina incolora que refulge sin
tiempo, sin control, sin poder atraparla, pues será la recalada y el
amarre el que nos devuelva sobre sus nidos ocultos entre cada recodo de acera,
muesca de asfalto o de tierra sin mal aparente.
Contemplando
viejas pinturas bajo la tenue luz de una
linterna vestida del saber que siempre alumbra
y por tanto deslumbra sin la vista perder. Miles de años sobre piedras
que nunca nos demostrarán su significado, pero si nos enseñarán que nada es
eterno aunque permanezca quedo y guardado
entre arrullos de agua perdida, que nunca es la misma, que nada sabe la
que escuchas de la que otros escucharon, aunque parezca que lo mismo son.
Sintiendo que es el instante fecundo entre pieles,
sonrisas, abrazos y verdades absolutas sin más duración que ese segundo para
ser ya el recuerdo al que acudir en cada golpe mal dado por el Destino
crudo sin memoria ni futuro. Para ser con lo que avantear siempre en cada
átomo temporal consecutivo.
Sintiendo,
cómo la mar en espuma convierte
gracias
al viento que a tu estrella enfurece
y a nuestras alas las gobierna y crece
llevando
en volandas, anulando a la muerte.
Sonriendo,
sobre el Audaz al que la mar acuna
mientras,
escota, obenque y driza gimen en danza
por un
viento sin madre, sin destino ni andanza
que acaricia
pieles, llevando las tres almas en una.
Y la
mar por un día descubre su manto
postrándose sin golpear, ni pedir su pacto
entre hombre,
nave y muerte de facto.
Nos
deja suspirar por alcanzar ese sol ya escaso
estrella
que creyéndose imperio en el orto
no es
mas que derrota vestida de rojo en el ocaso.
Juntos, no hay mar que no se allane |