martes, 7 de abril de 2009

No habrá montaña mas alta... (4)

…El rostro de Don Román se abrió entre las propias arrugas que da la sonrisa del objetivo alcanzado aunque fuera aún parcial. Mientras, los ojos de María comenzaban la segunda parte de su plan. De alguna manera que solo una mujer sabe hacer, estos comenzaron a brillar de forma especial mientras la sonrisa completaba el cerco a la débil fortaleza de un castillo forjado en la falsedad.


- Mi respetado padre, vos habéis sido para mi quien ha mantenido mi vida con el aliento de poder avanzar. No sé aún como agradecer tal esfuerzo de caridad y bondad cristiana que habéis demostrado.
- No os apuréis, señora. Estoy seguro que el tiempo nos dará las claves a tal cuestión. Ahora habréis de preparar a vuestro hijo para la salida antes del final del presente mes de abril, que la flota de Nueva España partirá el 2 de junio de Sevilla.
- Así lo haré padre, mas de alguna forma desearía pagar al carpintero la enorme deuda que mantiene mi familia con él y abonar como no podría ser de otra manera una importante donación a nuestra parroquia. Quizá mientras la familia que se llevará a mi amado hijo paga la suma aún desconocida por mi podría vos en su generosa actitud adelantar la cantidad y así saldar por mi semejante castigo que aflige mi ánimo. Yo os lo agradecería de manera apropiada a vuestra posición y así podría también dar a mi hijo un equipaje que aunque humilde fuera decente y acorde al nombre de nuestra familia.


Miradas que fulminan, pensamientos que aturden convicciones hasta llevar la ofensiva aparentemente débil en mortal claudicación por la propia debilidad. Don Román sucumbió a sus deseos que traducían aquellas andanadas sobre sus propias aspiraciones. Sin dudas y con ansia corrió al cepillo de la iglesia, pues débil era pero no tanto como para arriesgar lo suyo propio. Con una mezcla de sonrisa y sensación de falso realengo sobre María le extendió una bolsa repleta de escudos y reales de vellón, que con gesto de sumisión y humildad María recogió mientras se podían escuchar el batir de la mar sobre el muro que protegía la iglesia de San Pedro del mar Cantábrico.

Se despidieron, él con la mirada puesta en el pronto desahogo de sus instintos zafios y sin alma propia de servidor de Dios, ella con la tensión de saber que había que moverse deprisa antes de que se descubriera la treta.



Amainaba el temporal de viento aunque las olas aun levantaban los suficientes codos como para encerrar a la pequeña flota en puerto. En casa de los Fueyo y Liébana la actividad era frenética el lunes. Con una caballería prestada por un vecino, Maria dejó a sus hijos en la casa mientras ascendía la cuesta de Albandi en dirección a la villa de Candás donde residía Mauro, su mayor acreedor. Mauro era un hombre ya entrado en años, quizá el armazón que se distinguía en la ribera sobre los puntales de su astillero fuera ya el ultimo barco que brotase de sus manos. A pesar de la deuda pendiente tenía una vida amable por su vieja trayectoria de buen constructor y la falta de hijos la suplía entre los que de madera creaba y la dulzura de su esposa Nieves, dejando así que los granos de arena de su reloj vital fueran dibujando su ya corto palpitar. Con sorpresa por ser María la que allí se plantaba a caballo entre vientos y chubascos la recibió y se llevó de forma apresurada al pequeño tinglado que tenía junto a la grada de su barco en construcción.



- Doña María, cómo vos por aquí. Si es la deuda la que os preocupa no tengáis temor que soy conocedor de…
- Mauro, mi respetado Mauro, no tengo tiempo de vuestra comprensión aunque la valoro como lo que en verdad es por ser de vos de quien viene. Mi llegada aquí y de tal responde a lo que si me permitís os relataré.


María le relató la situación de ahogo que con sus artimañas de falso y rastrero santurrón había ido tejiendo el párroco, un verdadero estratega en la consecución de la carroña tras la muerte de su presa. Mauro sin asombro por conocido Don Román no dejó tal relato de alterar su ánimo. María continuó.

- Mauro, me marcho de Gijón, pero creo que lo haré para siempre. Mis hijos y yo partiremos en cuanto dejemos en paz nuestras deudas y la verdadera, tanto en escudos como en lealtad, la tenemos con vos, Mauro. Gaspar, que en paz descanse, así lo habría deseado y por ello pongo en vuestras manos este documento donde os entrego todo lo que tenemos que no es otra cosa que nuestro hogar cuyo valor excede el valor material del “Nuevo Cristo de las Luces” y nunca compensará la lealtad y confianza puesta por vos en nuestra castigada familia. Por ello cuando resuelvan las autoridades del Rey en nuestra persecución os ruego el último favor de demostrar que tal deuda despareció con tal venta y por tal razón nada nos debe de perseguir. Si logramos nuestro empeño y la fortuna nos alcanza quizá las pequeñas deudas que dejemos pueda entonces devolver en mano y con honor a los que en tal estado mantendré.
- Doña María, gracias no es palabra que merezcáis, sino adelante. Podéis confiar que así será y me encargaré con el dinero que vale tal casa que todas las deudas sean pagadas. Cuidaros de Don Román que no es esa hiena con poder de Dios quien se deje engañar tan fácilmente. Antes de partir esperad que he de entregaros algo que os podrá ayudar en el viaje.


Mauro revolvió entre las herramientas hasta encontrar tres cosas que acercó a las manos de la valiente mujer.


- Tomad, no es mucho lo que os doy pero si puede ser de utilidad: este cuchillo de los que consigo de tarde en tarde que me traigan de la comarca de Taramundi; con él y vuestra mano decidida podréis salir de algún inesperado apuro. Dad este pequeño cofre a Daniel, en él se esconde una brújula que le ayudará a mantener su rumbo ahora que enfilado lo tiene. Dad también este libro a Miguel, bendito rapaz, estoy seguro que con él podrá descubrir las matemáticas y con ella la navegación que de ellas vive.

María lo abrazó inundada por el orgullo sentido sobre sus hijos de boca del viejo carpintero. Con la misma urgencia que llegó partió hacía Gijón donde había que poner en marcha la huida.

- Mauro, os prometo por el honor de nuestra familia que allí donde se establezcan nuestros reales tendréis noticias. Pero si no es en este mundo juro por el Dios al que no le tiembla el pulso por vernos sufrir que en los cielos os veré.

Con el orgullo y la determinación arrastró su ánimo el galopar del caballo. Mauro podía descansar en paz. Entre los tres objetos había trasmitido lo que cualquier padre desearía hacer a su familia. Conocimiento, criterio y poder de decisión.



Dinero en la bolsa, deudas saldadas y deseos de progresar; ya solo aguardaba Sevilla.






2 comentarios:

Lúcida dijo...

los sigo de cerca... los espro en Sevilla.

lola dijo...

Me gustó tu relato, y sobre todo la astucia de Doña María, la bondad de Don Mauro y desde luego me disgusta ese personaje, el párroco, igual a muchos que se conocen por sus malas prácticas y corruptelas hoy en día.

Abrazos y esperemos como termina esta aventura.