lunes, 10 de noviembre de 2008

Entre Alarcos y Las Navas (16)

…Palencia recibió a Tello con los cerrojos sellados. La noche no daba paso a extraños en la ciudad, aunque este fuera un brazo de Don Alfonso. Tello, agotado por dentro y por fuera, con su caballo reventado, exhausto el animal por cumplir los deseos de su amo porveyó una sola elección, buscaría una zona protegida de extrañas sorpresas nocturnas y tomaría el descanso que le concediera el astro rey hasta su nuevo alumbramiento. Era una medida forzosa pero, como buenos renglones torcidos del Señor, darían a Tello la calma y el espacio para asentar sus deseos junto a sus posibilidades. A pocas varas del camino real, una loma casi como mota de vigilancia se elevaba sobre los campos de trigo, que la luna tiznaba de mortecino color blanco. Varios olivos de seguro milenarios le ayudarían a ocultarse entre ellos y dejar segura la cabalgadura, mientras el sueño le invadiera de forma imparable.



El sosiego alcanzó antes de lo que pensaba su hirviente cabeza. Su caballo muy pronto encontró la hierba que llevarse al hocico; el sonido de aquel fiel animal engullendo la hierba, junto con su cuerpo tendido sobre la capa bajo aquél olivo que permitía adivinar estrellas entre su ramaje, lo llevó a la reflexión de aquella locura iniciada poco después de rayar el alba en Burgos. La calma anunció a la razón sobre su pensar, no era él hombre para desposar con Berenguela, princesa de Castilla, instrumento de reyes para manipular políticas y reinos a su antojo. Enemigos que por un báculo se transformaban en amigos eternos. Política bastarda que gobernaba el mundo y que el que esto escribe puede confirmar que así continúa en esta época de imperios, de Austrias, Oranges y Valois.
Lágrimas en solitario, tan sólo presente estaban la luna y sus damas de compañía las estrellas, que en silencio contemplaban aquella rotura de la fe infantil en el amor real. Amor que era verdadero pero que nunca sería real. Sus brazos eran de Castilla y por ende del Rey, su corazón era suyo y por ende de Berenguela; aquél sería ya su credo, su religión. Castilla por delante, Berenguela en su alma hasta el fin. Parecía entonces sonreír la luna lectora de los pensamientos nocturnos, astro que tantas vidas y tantos sueños vio romperse unos y lograrse otros en sus millares de noches veladas a corazones sedientos de amor, lujuria, de promesas eternas en vanos cumplimientos. Aquella noche un varón se hizo hombre sin dañarse a sí, ni a quien amaba, hízose con dolor pero sin consecuencias.
Un relincho de aquél fiel y bello animal lo devolvió a la realidad de la fresca noche en aquel verano castellano de 1197. Se levantó y salió fuera del frondoso ramaje que tejían aquellos olivos. Enorme el tapiz casi blanco sobre un negro proceloso que saludaba a su vista. A su derecha se distinguían las sombras de Palencia alumbrada por la luna casi llena. Un golpe a su espalda lo sacó del trance, era su caballo que golpeaba suave el hocico en su espalda.
- Bramante, mi fiel caballo. Mala es la vida que te doy, mas tú resistes fiel ante mis impulsos. La vida es dura para ambos pero los dos hacemos uno frente a quién planta acero al Rey. Mi vida te debo, mañana como dioses entraremos en Palencia, al rey veremos y lo que este escrito, eso se cumplirá.
Lentamente se acercó al olivar, ató a Bramante y se echó a descansar. No hizo falta arrullo ni nana que durmiese al hombre calzado ya como tal.
Tímidos golpes de suave luz del alba que daban noticia de la inminencia arribada de los pétreos rayos de sol castellano. Abiertos los ojos a un nuevo día con su nueva perspectiva, solo quedaba enfrentarse a esta en el verdadero campo de la justa; no era este otro que la mirada de Berenguela. No perdió un tiempo que ya empezaba a cabalgar, ensilló a Bramante y puso las riendas sobre el camino real hacia Palencia. La luz del nuevo día, su escudo con las armas de caballero del rey le dieron paso hasta el castillo donde los reyes habían plantado sus reales.

Sin más y con la debida anunciación al rey se presentó ante él y su curia reunida en la torre del homenaje. Frente a una enorme chimenea, que crepitaba como bruja sobre hoguera, los hombres del rey discutían sobre legajos junto a varios escribanos de nariz judía como casi todos los que esa profesión se dedicaban. Tello rodilla en tierra se presentó ante Don Alfonso.
- ¡Majestad, Don Tello Pérez de Carrión para serviros a vos y a Castilla!
- ¡Don Tello, sed bienvenidos!¡Levantaos y contadme qué os trae hasta aquí! Os hacía en Plasencia junto a Don Diego.
- Majestad, os traigo mensaje con urgencia desde allí. La situación ha menguado en el núemro de enfrentamientos con los leoneses. Parece que se retiran sin que sepamos con certeza la razón. Mi señor, Don Diego os solicita autorización para acometer el asedio a Coria.
- Caballeros, escuchen lo que nos trae nuestro valeroso Don Tello. Las huestes de León han aflojado la tensión en la Extremadura. El pacto está funcionando. Don Tello, habéis de saber que se están debatiendo las partidas y contrapartidas para llevar a buen fin el casamiento de mi buena hija Berenguela con mi sobrino Alfonso de León. Por lo que me decís los efectos ya se aprecian en las zonas más belicosas entre nuestros dos reinos.
Las miradas y los gestos de aprobación de aquella, para mi entonces camada de víboras que hacían la guerra con corazones ajenos a sus pechos, me resultaron despreciables y dignos de arrojarse a la misma hoguera en la que calentaban sus pobres vidas. Don Alfonso se dirigió a mi.
- Don Tello, tomaos un oportuno descanso y partid tras él a dar el aviso de que la paz con León se acerca. Mantened la guardia pero no actuéis salvo en defensa propia, haced acopio de provisiones mientras dure la calma, que nunca se sabe si tendremos boda o romperemos con el pacto. Id, pues, descansad y partid antes de la noche. Que nuestro Señor os bendiga a Don Diego a vuestros hombres y a vos.

Con presteza Tello abandonó aquella estancia donde se cocían los barruntos de chamanes y brujos de la política regia. No deseaba descansar sino encontrarse aunque sea sin palabras con ella. Buscó sin preguntar y al fin supo de ella, estaba junto a su madre, la reina Leonor; oraban en la iglesia de San Lázaro. Humilde casa de Dios, herencia de Don Rodrigo Díaz, brazo primigenio de Castilla, lugar por ello doblemente sagrado. Una pequeña guardia custodiaba sus puertas robustas y austeras en ornamentos que le cerraron el paso.
- ¡Alto! ¡¿Quién sois!?
- ¡Don Tello Pérez de Carrión, caballero del Rey! Vengo a ver a su majestad Doña Leonor con mensaje de Don Alfonso! ¡Dejadme pasar!

En aquella pugna se encontraban cuando las puertas tornaron de oscura madera a luz real.
- ¡Tello! Vos aquí…

2 comentarios:

Lúcida dijo...

El encuentro... impaciente espero la próxima entrega.

Alicia María Abatilli dijo...

Quizás el misterio encontrá su lugar, su cobijo, buscará la verdad quedarse en este encuentro.
Un abrazo.
Alicia