sábado, 9 de enero de 2010

No habrá montaña mas alta... (50)


…Tuvo el combate dos partes en verdad claras por su meridiana diferencia, en la primera los flamencos a pié firme y por sus vidas y haciendas a bordo plantaron cara la venta de su derrota. También desde sus vergas los tiros de mosquete intentaron diezmar a los nuestros cuando a tiro se encontraron y tras el postrer asalto sobre la fragata. Esto no duró demasiado pues el mayor porte de nuestro navío daba superioridad a nuestros infantes que redujeron la capacidad de los contrarios hasta obligarlos a retornar sobre cubierta donde la lucha se mantenía cruel y violenta sin tregua posible. Los unos por saberse superiores en número y ánimo, los otros por no perder sus vidas y con ellas el ánimo de supervivencia que a ellas se aferraba.


Daniel había abordado la fragata sobre la toldilla de popa junto con varios marineros bajo el mando del sargento Alonso Serrano como jefe de ese flanco del trozo de abordaje. El objetivo no era otro que el control del timón y sus defensores. No fue esto cuestión de gran envergadura, pues el fragor del combate y el grueso de los defensores se encontraban sobre el combés, donde la sangre ya empapaba la cubierta que indolente ante la carnicería entremezclada sus humores sin hacer asco alguno de la que provenía de hispanos con la que lo hacía de flamencos, que esa es la realidad a la que mil velos vestidos de acero o de viejas creencias no podrán nunca ocultar a quien desee ver sin pudor que es el puro pensamiento humano el que fabrica las diferencias, odios y estertores de violencia por defenderse de quien es un igual.

Sangre sobre filos que abrían brechas en carnes curtidas por la lucha fueron abriendo paso entre las filas numantinas holandesas. Resquicio que se derrumbó como inmensa apertura cuando desde la “Adriana Catalina” se pudo confirmar el hecho terrible del abandono de sus hermanas en la real necesidad por la propia supervivencia.

- ¡¡¡Huyen!!! ¡Las tres fragatas escapan!

Así era, sabedoras de su inferioridad para salir vencedoras vieron la ocasión propicia con la maniobra sobre su hermana para tatar de zafarse del bloqueo del navío “Catalán” y ganar millas mar adentro hasta desparecer de la vista de la flota. Con riesgo y sin otra opción, arrumbaron sin pensar en varar o dejar parte de sus cuadernas en algún traidor bajío de la bahía  sobre la desembocadura del Sinú que formaba un pequeño delta al que allí llamaban de Tinajones. La capitana volvió a perseguirlas hasta donde su prudencia le contuvo dando algunos cañonazos sin excesiva convicción sobre las que huían.

Mientras sobre la “Adriana Catalina” la resistencia comenzó a reducirse hasta que su capitán viendo la pérdida inútil de vidas entregó su sable dando por asumida su derrota. Nueva era la victoria en la flota de Don Carlos, aunque este con su habitual avidez por no dejar nada que pudiera ser suyo no devolvió gesto alguno de celebración, que una sobre cuatro sabía a poco en su paladar. Una vez entregada la fragata el Sargento Serrano con cinco hombres entre los que se encontraba Daniel encaminó sus pasos hacia la cámara del comandante con este a su lado abatido por lo que sabía le esperaba entre las rejas del castillo de San Felipe de Barajas, y es que el contrabando se pagaba con la máxima pena sin lugar a retracto.

Era la cámara pequeña y repleta estaba de mercancías dejando una mísera mesa para los instrumentos de navegación y las cartas, que con rapidez hizo enviar el sargento al “Estrella de Mar” por si en ellas se podía descubrir escondite en isla o islote donde cazar sin misericordia a las que escaparon.

- Bien cargados iban vuestras mercedes. Mucha ganancia pretendías obtener con semejante género aunque esta vez las cosas han salido traviesas. ¡Venga bajemos ya a los sollados que todavía tendremos sorpresas que encontrar. ¿No es así, capitán?

- Señor, bien decís, que buena cantidad de oro es la que llevábamos en el pique de proa, quedaos con ello y dejadme escapar. Solo se yo como acceder a este sin hundir la nave.

Los ojos del sargento iluminados por la vieja avaricia dieron alas a las esperanzas del capitán holandés. El sargento entraba por males mientras el ánimo del holandés se abría por sueños de libertad. Las voces se tornaron en crueles susurros

- Si es verdad lo que decís, podréis escapar por el castillo de proa, más si esto es una treta sois hombre muerto.

Un hilillo de sangre manaba del gaznate del comandante de la fragata en respuesta de la presión con la que el sargento apretaba su sable contra éste

- ¡Vosotros, subid a cubierta y ayudad con los cautivos, yo seguiré con el holandés hasta las sentinas!

- Pero, sargento, podría tener problemas y …

- ¡Fuera de aquí! ¡Problemas serás los que tú tengas cuando menos lo esperes como no subas y cumplas mi orden! ¡¡¡Arriba de una vez!!!

De un golpe ninguno miró atrás mientras el sargento con el holandés se fueron hacía proa a través del sollado tan oscuro como pintaban los presagios de cualquiera que razonase sin el brillo del oro turbando la mente.

El pique de proa tal como debía se encontraba perfectamente sellado que tal función tenía por si un golpe mal dado abría una letal vía en tal lugar. Esto lo convertía en perfecto escondite para tesoro o envío de riguroso secreto.

- Muy bien holandés del infierno, tienes menos de cinco minutos para abrir por donde tus retorcidos instintos te lleven y sacar ese oro o te juro que aquí quedarás tu junto a tus hígados que antes te los habré sacado por mentiroso.

- Pero necesito una palanca para poder retirar la plancha que veis a estribor de la encajonada.

Le tendió una barra de hierro terminada en un filo que a duras penas mantenía una recta entre los brotes de óxido y mugre de brea con agua aceitosa.

- Aquí tienes lo que pides y mucho cuidado con bromas de las que puedas arrepentirte


Comenzó a separar la plancha con una sospechosa lentitud disfrazada de esfuerzo. El ansia por saber y ver el brillo del tesoro prometido derrumbó la poca serenidad que residía en los sesos del sargento abalanzándose sobre el holandés para empujar sobre la plancha. Frio como el hielo con un juego estudiado trabó el cuello del sargento entre la barra y su pecho apretando hasta descoyuntar como fuera el cuello de su apoyo. El sargento era terco como su avaricia y no se dejaba, pero el aire si falta, la vida comienza a consumirse y poco a poco la batalla iba decantando sobre el holandés, hasta que una detonación detuvo el tiempo de los contendientes.

Antes de que la tensión de uno se esfumara y el aire del otro retornase con la vida de nuevo Daniel  arrojaba la barra sobre la sentina y el teniente Grifol de una patada separaba a los dos contendientes. El holandés, víctima de su deseo había caído para siempre y el Sargento Serrano víctima del suyo colgaría antes del alba sobre la verga del trinquete. La batalla había acabado con una víctima más de las esperadas y un traidor por avaricia inesperada...


2 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Debo confesarte,Josu, que muchas veces debo llegar hasta el diccionario para abrirme al significado de algunas palabras que utilizas, además de buscar cada post cómo sigue la historia voy aprendiendo poco a poco como por ejemplo la palabra sentina y de allí lo de "sentinazo", cada tanto deberíamos hacerlo con nosotros mismos, con lo malo que anda quedando dentro.
Un abrazo, amigo mío.
Alicia

Lúcida dijo...

Poderoso caballero...