martes, 12 de enero de 2010

No habrámontaña mas alta... (51)



…las tres fragatas sin esperar a perder el dibujo su estela desparecieron con sus proas al rojo vivo por zafarse de la captura. La fragata apresada de nombre Adriana Catalina y sus servidores en igual condición fue enviada con tripulación de préstamo hasta Cartagena escoltadas por la Pingüe Volante que para desgracia de algunos los retornaría de nuevo a sus puestos en el “Estrella del Mar”. Mientras tanto, Daniel era felicitado por su actitud en salvar a su Sargento que tan torcido resultó ser al final en su resultado. Dada la cercanía de Cartagena Don Carlos tomó la decisión de enviarlo a la ciudad para ser allí ajusticiado por las autoridades de marina allí presentes. De esta forma la verga del trinquete se vio libre de portar un reo a la vista de todos, que más vistosas son velas engolfadas que muertos por muy reos de conducta fueran.


Con el alba del siguiente día y ya de manera definitiva con la capitana dando el rumbo oeste puro, la flota encaminó sus naves hacia la villa de Portobelo que esperaba su llegada con ansia gracias al “aviso” que había partido desde Cartagena hacia ya tres días devorando las casi 200 millas que separaban las dos orillas del mismo continente en menos de un par de singladuras. Poco a poco todo iba reencontrándose con la normalidad de la pura travesía por mar.

Mas al este, ya en Tierra Firme otra expedición, de menor porte pero no por ello con menos esperanzas entre sus componentes ya había dejado los primeros manglares que los recibieron tras vadear Pasacaballos en la misma rada de Cartagena. Tras tres días de intensa lucha contra la vegetación victoriosa sobre los caminos forzosos que trataban de imponer los habitantes de Tierra Firme sobre ella, alcanzaron el villorrio de San Juan Nepomuceno en plena selva. Habían sido diez leguas nada mas, faltaban más de veinte hasta sentir la cercanía de Magangue como se empeñaba Don Arturo en nombrar el pueblo al que iban y que de momento llevaba el nombre de Magangüey de Baracoa. En pocos años será Magangue su definitivo nombre, pero eso es de un futuro que habrá de llegar y no estamos en semejante tarea.

Dejaron San Juan con nuevos bríos tras dos jornadas de descanso en una pequeña casucha que intentaba ser fonda de viajeros. A caballo de las recias caballerías orgullo de Don Arturo siguieron el Arroyo del Palo en dirección este, aunque aceptando sumisos los sinuosos meandros que como la misma vida obligaba a serpentear para mantener en línea recta el sentido final de la existencia. Don Arturo cabalgando o a pie cuando esto era necesario mantenía su ánimo radiante pues una nueva luz se abría en su camino y era eso una razón más para seguir palpando la vida como él mismo la concebía.

- ¡Don Fabián! Si no tengo mal entendido vos sois originario de la Isla de Tenerife.

- Así es Don Arturo, de un pequeño pueblo al sur del Teide. ¿por qué lo preguntáis?

- Porque mientras permanezcáis en esta tierra no creo que echéis de menos vuestra tierra. Hay aquí muchos paisanos de vuestro mismo origen y os aseguro que cuando alcancemos el cauce del Rio Magdalena y Magangue nos reciba, un buen presagio será lo que le golpee a vos en vuestra mirada.




Con gesto de sorpresa y sobre todo de incredulidad continuaron el andar hacia el cauce del rio mientras Fabián con su carácter sufrido y reacio a mas ilusiones que las que por claras mas parezcieran realidades, decidió esperar a ver lo que encontrarse al llegar a Magangué. Después de casi ocho leguas recorridas con aplomo en otras dos jornadas, que en recta no hubieran sido más que la mitad, la vista les presentó aquella enorme vía de agua, que parecía desangrar las montañas lejanas de aquella parte del virreinato sin posible final.

- ¡El rio Magdalena ante nosotros, caballeros! Verdadero camino real que nos llevará hasta Magangué con la venia de nuestro Señor.

- Es enorme, pero ¿Cómo subiremos rio arriba? Llevamos caballerías y no distingo nave que pueda embarcarlas a ellas y a nosotros.

- Don Pedro, siempre en la intendencia lleváis vuestros pensamientos, en esta ocasión no habréis de preocuparos. Una parte de mis hombres retornarán con las caballerías a Cartagena, mientras con la otra nos dirigiremos hacia una enorme ciénaga que se comunica con el rio de forma subterránea, que desde aquí hasta el mismo Magangué podremos ver multitud de lagunas, ciénagas y humedales. Allí dispongo de una barcaza bien escondida que nos dará la manera de hacernos rio arriba hasta alcanzar Magangué.

Casi 12 leguas fueron las que debieron ganar contra la suave corriente del río sobre la barcaza que a pesar de su aspecto deslucido por el tiempo y la humedad en la que se había visto durante largo tiempo, un lavado de cara, acertados refuerzos y ajustes de carpintería puso de nuevo su quilla plana como la vieja castilla de Pedro León sobre el cauce. Cuatro días de duro bregar contra corriente y cuatro noches de descanso en las húmedas orillas dieron su fruto hasta alcanzar la ciudad de Magangué.

- ¡Al fin señores, Magangué nos aguarda!

Casi sin ganas de celebración por el cansancio del mal dormir, en silencio vararon sobre la orilla los tres hombres, junto al séquito de criados de Don Arturo que bajaron el equipaje. Tan solo deseaban tomar respiro y descansar en algún jergón que caritativos dejara algún lugareño, pero Don Arturo era hombre de recursos y con un gesto y una escueta frase puso en marcha estos.

- ¡Domingo, sin dilación busca a Don Ramiro! ¡Entrégale este sobre mientras nosotros aseguramos la barcaza!

Domingo, uno de los seis hombres que componían el séquito de los criados que habían venido con los tres hombres, corrió raudo hacia la pequeña iglesia que se distinguía a poca distancia de donde se encontraban. Pocos minutos después, un hombre que claramente vestía de religioso se acercaba a pasos cortos pero muy rápidos con los brazos unas veces en alto y otras cerrando estos sobre su pecho a modo de abrazo casi convulsivo. Casi se desploma sobre el embarrado suelo mezcla de tierra y río en el que esperaba Don Arturo orgullosos de saberse bien recibido.

- ¡Loado sea el Señor por dejarme veros una vez más, Don Arturo! ¡¿Cuánto hace que nos vimos la última vez, seis mese?!

- Un año mi querido capellán, una año que los tiempos corren para todos sin demora y con más prisa para vos y para mí que nos cuesta dejar que lo haga. ¡Pero, cuénteme, Don Ramiro! Cuénteme cómo le ha tratado la vida estos meses mientras vamos llevando el equipaje a sitio más seco.

La mirada del capellán se fue oscureciendo conforme intentaba comenzar a vocalizar. Don Arturo se percató.

- No me digáis mas, Beltrán de Garralda sigue en sus trece

- Peor, Don Arturo, peor…



2 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Esa mirada lo decía todo, Arturo sabía de miradas oscuras.
Que nos llevan al próximo capítulo.
Un abrazo.
Alicia

Lúcida dijo...

Una nueva historia... pinta bien