domingo, 31 de enero de 2010

2ª carta desde Muanda.


Dejamos Cabo Blanco a cientos de millas tras de este cuerpo metálico que poco a poco  gracias a la calma que ofrece el Atlántico cuanto más cerca de paralelo ecuatorial ha ido renovando su cara, primero pintando su obra muerta que es la que  cualquiera  puede ver a simple vista y dejando para la varada que habrá de llegar mas tarde o mas temprano, la recuperación de la viva que bajo las aguas del océano mantiene entre sus formas y las leyes de Arquímedes este buque a flote y en suave andar.


Tras abandonar la rada con sus viejas imágenes que ahora figuran como un pequeño álbum de recuerdos sobre el puro pensamiento, fue en pocas jornadas clara la virada al sur verdadero, pues a este alma que transfigura en metálico buque le piden sus momentos recuperar las viejas rutas perdidas, aunque estas por una sola vez hubieran sido trazadas y recorridas. Fue así como la virada desde el rumbo oeste dio la proa hacia el sur hasta alcanzar la vista de Cabo Palmas en la primera tierra liberta de Africa, punta que anuncia el fin de esa barriga africana conformada a la inversa, dando paso a la profundas selvas en tierra, mientras nos  vamos encontrando pequeñas islas con nombre hispano o portugués.

Arbitrarios dioses con forma humana, a los que cualquiera en fuera el  que fuere el momento decide rezar para su venia obtener, provocaron quizá una terrible tormenta que de mal paso en su inicio dio postrer escala en el interior de este gastado corazón para quedarse. Debo reconocer en el fondo  de  mis adentros  que con cada relámpago de sentimiento, vomitaba su destello vida y aire fresco sobre mi que en esos momentos de ahogo sentía. Y es que cuando la luna no alumbra y la noche es tan cerrada como lo alcanza a ser en medio de una mar serena y sin tal astro, es cuando un relámpago se recibe como agua de oasis tras dura paso por el desierto sahariano.

De tal manera el buque daba sus nudos con natural rutina y sin interrupción. Cuantos más días ganaba con la tormenta pegada a  la popa como verdadero talismán, mejor y de mayor andar era la marcha y, un domingo como el de hoy otra punta se nos presentó por la proa. Su nombre era Padrao, otro viejo cabo si así quisiera llamarlo que con  varios destellos desde su faro nos saludó. A su vera el rio Congo nos esperaba con su caudal cargado de tantas historias guardadas  bajo sus aguas, turbias, revueltas aun en la calma de saber su final como gran vena de un mundo para pasar a ser un poco más del agua que sola entre la multitud hermana esperaría a ser tocada por los rayos del viejo sol , ascendida y empujada por otro también anciano dios hasta dejarla en algún lugar que nunca podría saber hasta estar practicamente en él, tal como tantas veces pasa  en esta vida que nos alienta .

Largué el ferro frente la interminable playa de Banana con Muanda por la amura de babor repleta de pequeños barcos, ágiles y al mismo tiempo frágiles que sin otro deseo dedicaban su vida a la pesca y algún que otro porte sin legal permiso. Un vistazo a su enorme boca líquida me devolvió otros sueños vividos allá en el mismo 90 del pasado siglo mientras el calor cargado de humedad o, expresado de otra forma, el agua caliente flotando en ese aire salvaje por su fluir libre se pegó a mi piel aún fría por la vida acondicionada a un termostato vital instalado desde no se sabe que tiempo para de tal forma limitar los  estados extremos, los fríos y los calores que tanto mal pueden acabar por producir en esa salud ordenada a la que nos empeñamos en adaptar nuestra piel animal.

Aclimatado a su clima, húmedo, con la piel pegada a la camisa y el pantalón sin saber hasta dónde llegaba mi sudor y acababa la humedad propia de aquel  clima me atreví a desembarcar a bordo de los mismos cayucos sobre los que nunca osé  pisar veinte años atrás por el perenne miedo a lo que se desconoce. Como linternas, sus sonrisas me acompañaron hasta Banana donde sin más me perdí entre sus arrabales.  En realidad no había más que eso, arrabales en un poblado que no aspiraba a más. Mi andar molestaba la quietud del lugar, loros de mil colores asustados saltaban de los frondosos árboles saludando con guturales sonidos de bienvenida. Parecía entenderles, quería entenderles cómo me  decía que llevaban esperando por alguien que cuadraba en gran parte con mi descripción.



Miré hacía el océano que sentí me miraba también, su horizonte se interrumpía  dibujando la silueta traslúcida de mi barco que al fin y al cabo difuminaba su cuerpo por ser yo mismo el que  miraba sobre mi propia imagen. La calma mantenía sin tacha todo en el orden que deseaba, solo aturdida y azuzada quizá por algún loro estridente que nada entendía y echaba a volar. Decidí caminar hasta la  margen del río, quizá  encontrase alguna  señal que me llevara al interior de aquella tierra sin moverme de allí.

Me senté apoyado sobre una vieja excavadora oxidada y dormidad bajo el barro contra el que murió luchando en el río y en este lugar donde la soledad se confunde con la calma mantengo mi buque fondeado a la espera de buscar la nueva etapa que defina la derrota de mi embarcación.

Frente al Rio Congo, (Zaire). 31 de enero de 2010

3 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Esa derrota que será un eterno comienzo. Como la vida misma.
Quienes somos amigos de la soledad aprendimos rápido a levantarnos.
Abrazos.
Alicia

Armida Leticia dijo...

Saludos desde México, como ya lo he escrito antes, es un placer pasar por aquí.

Desde México, un saludo.

fimolu@libero.it dijo...

la mia es una navigazione diferente ma di porto in porto ci siamo ritrovati con mucha felicidad!!!!
Fiora Mosese y Lucia (Tonga 1992)