lunes, 8 de agosto de 2011

No sabia que la primavera durara un segundo


Un segundo  en el que dar una bordada sin temor al golpe de  vela que lleve por el viento  de babor a estribor la botavara.  Un segundo en el que la estela se dibuja como el arco burbujeante por el que el sentido se torna  de sur a norte, de este a oeste, en silencio  sin demora, en ese segundo que es el tiempo infinito de la decisión clara, sencilla con la que puedes destruir lo que parecía tan firme. Como la estacha del velero firme al pantalán hasta que  la gaza de forma  simple en un segundo se libera de su cornamusa dando  el deseo  al barco por su propio ser sin filásticas, ni almas  firmes de cabos engañosos que  con un motivo por  hilo lo mantiene entre aguas  mansas.



Un segundo en el que  arranca tu alma  sobre montañas de aspecto recio pero ya de túneles horadadas por el mismo espíritu de superación que  hacen lo difícil ya sencillo. Pisar el acelerador o  dar el giro sobre sus propias ruedas, solo un segundo en el que las razones se agolpan en  cuadrillas en  delincuentes armados de filos cortantes dispuestos a matarse  por ganar su  reino en la mente de quien se  afana por saber lo que se ha de  hacer. Mafias en forma de argumentos crecidas por sentimientos, o por viejos recuerdos, quizá por  ambiciones desmedidas o por el deseo de recuperar lo que nunca se tuvo.  Todo en un segundo que se hace eterno cada vez que se plantee en el camino de la decisión  huir del mismo cruce o  cruzarse de nuevo por la misma  etapa que siempre rompe entre  desgarros da igual  los ojos  si las intenciones son las mismas.

Rebelión en ese segundo en el que victorioso acabas por fenecer para caer en el siguiente, en el que la luz de alguna estrella, sin tu saber a pesar de sentirlo, aliada con la cuadrilla de razones derrotada en el segundo anterior vuelve a resurgir atormentándote sin perdón ni piedad. Tratas de golpear tu cabeza, el  lugar donde habita el pensamiento que no se detiene porque tú no lo detienes. Deseas saberte cuerdo y por serlo te sientes mal, maldices lo que deseas por saber que el siguiente segundo será cuando tengas claro el error que ya vislumbras, dejando aún así que tu deseo te lleve a donde tus ojos  ya te avisan del  peligro; y el segundo sin fin te acaba por derrotar  mientras  tus neumáticos dan ese giro empujados por  los casi 200 caballos bramando en forma de V  alegres por tener a donde ir sin rival que  pueda enseñar su trasera mientras la estrella sobre su morro apunta firme hacia el sur.

Un segundo, un minuto, un año que  en su pasar convierte lo increíble en imaginable hasta llegar a ser real como explosión retardada de lo deseado o temido. Pero, qué puede uno hacer con lo que  seguramente nunca pudo haber pensado. Nada, simplemente capear o disfrutar de semejante temporal, resistir sus golpes duros, volar al máximo en las millas corridas  al grito de la satisfacción hasta    la siguiente ola que  en su ascenso frene  tus ánimos, para volverlos a dar velocidad  de nuevo como  el viejo vaivén de la relación entre quien se quiere  sin saber por qué ni cómo.

Un segundo y el cielo es el suelo, húmedo y verde si la lluvia de la felicidad pretende regarlo con su bendición, frío, duro y helado si  el desdén de la  tristeza impuesta hace que la melancolía se transforme directamente en bilis sobre la piel solitaria ávida por recuerdos o nuevas situaciones que nunca podrán regresar. Pero entonces, ¿cuál de los dos cielos durará más? ¿El cielo  que en el suelo es cielo o el cielo hecho infierno en el suelo? Nunca lo sabrás, parecerá que es el infierno  el que más dura, todos lo piensan, pero ese segundo de tiempo será siempre tuyo y su eternidad será mayor cuanto más cerca de tu cielo se encuentre pues nunca lo podrás olvidar.

El segundo que llegará tras el que ya pasó no se siquiera donde me encontrará, pero si hay algo meridianamente claro es que lo hará, llegará y solo deseo que me pille vivo, sobre la mar, en la carretera o con quien  lo quiera compartir sin más, sin estridencias, sin esperanzas, sin  elementos que lo desvirtúen convirtiendo en uno mas de un andamio  junto a otros hermanos como él del tiempo, hipotecados en  alguna locura sin futuro que  no es otra cosa que  buscar el fin sin disfrutar de los medios.


Por un segundo, toda una vida
por una vida, el pálpito de un segundo.



No hay comentarios: