Medio brazo que ofrezco, medio solo, pues se que lo merezco. Donde dejar en tierra el malo con el buen sueño, para vivir sin espera por ello de algún premio, pues sea la mar en su capricho la que bese mi nave o la golpee sin de mi recibir un dicho. SENTIR, VIVIR,LUCHAR,DORMIR... NAVEGAR, TAN SOLO ESO.
Polvo en el viento
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Polvo en el Viento,
atrapando la luz en eterno movimiento,
filtrando lo malo por lo bueno
que al astro lo abandona irredento.
Viento, viento, viento.
Os...
Hace 12 años
Me explico
Si, como dices que algunos decían, el tiempo es un mar, y, entre el nacer y el morir, vivir es un navegar,
no hay duda: cuando zarpé para esta navegación en el barco de mi vida se metió un polizón.
Y ya lo ves: yo marcándole el rumbo a la embarcación y él - que es también yo-, a escondidas desviándome el timón.
Lejos, casi sin percibir su silueta en la línea del horizonte, con lentitud a la vez que la tenacidad y firmeza que decidió intercambiar el hombre cuando se quedó con el acero y el vapor frente a la vela engolfada de viento, ganaba millas aquel vapor con el ansia de la recalada al fin entre las puntas del puerto mas bello del mundo.
Cuarenta y dos días de tortuosa travesía desde el lejano Valparaíso en el Pacífico con rumbo a casa, obviando el Canal de Panamá, hace ya algunos años abierto; doblando el paso frente al Cabo de Hornos, sin escalas, rompiendo y venciendo a cada golpe de hélice y remache a los implacables 40 Bramantes hasta ganar el Océano Atlántico desde el Sur.
En su interior las almas hundidas, atrapadas y refugiadas en cada corzaón como infantes temerosos gobernaban el vapor. Corazones repletos de sal y carbón, mezcla antinatural que parecía aullar a cada golpe de ola sobre cada uno de sus remaches. Los cuerpos, inertes al paso lento y cadencioso del calendario cual pena de prisión en la que se marca la teórica llegada temporal de la liberación. Hecho que no está sino en las mentes de cada quien y no en las opciones que parece darnos un mayor espacio o una mayor cantidad de dinero.
Al fin el Cabo Espartel ya doblado quedaba lejano por la aleta de estribor y, con pocas horas avante a los 10 nudos escasos que su máquina de tres expansiones, cansada, curtida en miles de millas, dando su orgulloso penacho negro de carbonero a la vista de quien se pusiera a su través, se haría ver seguramente desde la mismísima torre de Tavira.
Sobre esa imagen de brega, de pundonor sobre la sempiterna lucha entre el hombre y la mar, donde la soledad te puede hundir si así la dejas reinar, donde la ilusión tras lo sufrido te hace olvidar lo pasado, cual madre tras el parto al ver el logro imposible, fue cuando ya el Castillo de San Sebastián se avistaba a los ojos del serviola y se soñaba el Cádiz del Pópulo, sus gentes y sus lugares innombrables; pero también fué cuando un sonido estridente, repetitivo, machacón como lo es la vulgaridad vestida de rutina comenzó, en cada uno de esos pitidos, a borrar, como si de una cámara a la inversa, a trazos esa imagen de triunfo y cambiar en cada trazo por la de cuatro paredes tan solo alegradas por algún cuadro con sal en sus mensajes y la luz brumosa que trataba de ganar sobre la madrugada espacio hasta entrar en la ya nombrada vulgar habitación.
Las 6:30 de la mañana. El viejo mundo, el real se había desvanecido mientras la rutina de la vida falsa, la que necesita justificación, volvió como tantos días a la misma hora. En la semioscuridad, aun con trazos de sal y olor a aceite sucio de las máquinas, el mundo descomunal en su poder destructor se posó en medio sin otra opción que embarcarse para dejar que su nave sin timón me llevase hacia el Hades de donde huir en la primera oportunidad.
A pesar de la derrota, en pocos minutos mi mente ya sabía que solo había que mantener la calma, todo era cuestión de tiempo, la singladura terminarían con el Ocaso. Si era capaz de aguantar como el viejo Ulises frente a la sirenas, saldría con vida un día más y la arribada del Vapor Corona sería un hecho en Cadiz. Resistir, esa es la palabra, obviar las sirenas vestidas de brillos, de ambiciones que sin más con su peso al fondo te llevarán en cuanto te aferres a su ser. Resistencia a los malos sentimientos donde el deseo ennegrecido te oscurezca la vista sin poder distinguir el horizonte donde avistar los que de verdad existe y no es en ese inframundo donde lo encontrarás.
La travesía sin timón, aferrado al palo, amarrado a él como Ulises para no caer en mil y un motivos por los que perderlo todo, va pasando y el sol toca a su fin. Su verdadera hermana, tortuosa y algo mentirosa lo releva dejando que el ocaso nos permita huir de la condena.
La habitación vuelve a su silencio, los ojos se cierran a este universo baldío para abrirse al azul del Atlántico frente a los Baluartes de San Carlos y La Candelaria donde largar el ferro. Una mujer desde el Baluarte de San Carlos agita su pañuelo tratando de hacerse ver, de hacer saber a su sueño que ella está allí deseando fundir sus brazos en la espalda de este sintiendo el corazón hermanado al fin con el de él.
El tifón vomita varias veces vapor retumbando por toda la bahía, mientras, con un bote arriado desde el Corona a boga de combate como si galera del rey se tratase, recogieron a la dama a la que embarcaron sin demora.
Varios días después, tras el descanso de la tripulación, avituallados de todo lo que sirve para mantener vida y navegación, en un silencio tan sólo alterado por los golpes que cada grillete daba sobre el escobén de babor al virar el ancla, el Corona viró en demanda del sur donde ganar millas y seguir viendo la vida sin más espera que la de la buena mar entre olas de buen compás.
El pitido comenzó como cada 6:30, daba igual, como cada 6:30. la verdadera vida volvería al ocaso de ese periodo irreal...
Arriban ya las diez de la noche, un viento fresco constante del este mantiene la proa firme con rumbo norte en una larga navegación al través del viento. Han sido ya casi 16 horas desde que zarpamos con la madrugada moribunda en brazos de un cielo plomizo que ya se adivinaba nublado y sin promesa de mejora. Zarpamos en ese silencio que une y hace de todo un hecho cómplice para lo malo y sobre todo para lo bueno. El Audaz dejaba lentamente los brazos de piedra que delimitaban en sus extremos las puntas del puerto deportivo. Mientras, ella, apoyada sobre el incómodo compás que trataba de dejarse ver en su pobre luz, fumaba aspirando suave el que parecía el último cigarro cerca de su terruño, viejo engaño del corazón del que no podemos desprendernos por más que lo intentemos. A cada calada, un intenso, pero fugaz destello mostraba el arder del tabaco cerca de sus labios.
Las amarras ya largadas, esta vez recogidas y estibadas en el arcón de popa, pues no habría tornaviaje en mucho tiempo. El motor, viejo en su ser y en su ronroneo machacón, también dijo adiós junto a nuestras miradas sobre los faros rojo y verde que ya dejaban su silueta a popa de nuestro navío. Sobre la banda de estribor podíamos distinguir el cerro que protege a la ciudad resaltado por las farolas que lo dibujaban ya en el contraste de la luz naciente.
Un Gregal húmedo, terciado más al este nos obligó a abrir la proa al norte en demanda de millas de agua entre nosotros y el cabo Torres. Al fin y al cabo no teníamos clara la derrota definitiva y ganar esas millas al norte siempre nos daría más viento con el que avanzar y más seguridad frente a un golpe de mala fortuna. Cuál debería ser el rumbo a tomar, ¿este u oeste?
A estas horas seguimos manteniendo este rumbo por no tener clara la partida, por las mil dudas de una decisión.
Dudas sobre la derrota a seguir, pues mientras esta existe en mil opciones, cada una en su forma, el escoger una es la via de anular la febril duda. Asi, en tanto se mantiene firme, invade la razón y bloquea la decisión, la vida sigue pasando, avanzando a nuestro lado sin remisión sin dejarnos vivirla. Sin darnos cuenta creemos que todo se detiene, que nada se mueve, cuando es ese Destino, oculto forjado por mil batallas perdidas o ganadas, por ese carácter el que en verdad mantiene el rumbo de nuestras esencias. Un destino que puede ser feliz, atroz, tanto como el resultado de nuestra decisión.
¿Qué hacer? ¿Tratar de controlar tu existencia? ¿Dejarte llevar sin esfuerzo? Hagas lo hagas seguirá habiendo mil factores que determinen el fallo final, los que con tu actitud te hundan o te magnifiquen.
¿Retar al Destino? Esa debe de ser la opción, aunque por una rendija te atrevas a sospechar que todo pueda estar ya decidido.
Mientras lo retas, mientras combates contra la indecisión y el hastío, o por el contrario contra las consecuencias de la decisión, te sabes tú, te sientes tú en todos los momentos de esa travesía, en cada singladura de mar llana o maretón de proa.
Buscas en el Horizonte la referencia, el faro con el marcar tu posición en ese mundo solitario, pero solo hay el mismo referente en derredor; sólo dispones de tu propia nave, tu propia Vida con la que dar ese golpe mas o menos violento, que cargue sobre la amura elegida la mar y la empuje superandola hacia ese destino. Será entonces cuando, sonriente desde el corazón hasta la tripas desde donde nace la pura decisión, vueles con el sentido empapado en tu piel y con la Vida prometiendo mas Vida en medio de tu apuesta por seguir avanteando.
Han pasado, como ya he dicho, mas de 16 horas navegando con un rumbo fijo al norte sin tener en el haber de la decisión el rumbo definitivo
En ese tiempo ha habido momentos de conversación y de sueños inconclusos sobre lo que hacer, lo que arriesgar y lo poder asumir como pérdida. Emociones por el salto valiente sin retorno aparente, pues siempre se vuelve a la raiz de tu árbol, como las hojas cuando las arranca el viento de sus ramas y caen. La noche ya ha entrado hace horas, la visión intermitente del cielo cuando las nubes acierta a liberar un pequeño trozo con semejante manto estrellado mostrando que tras la oscuridad siempre hay un resquicio de luz. Nos miramos a los ojos y al fin entiendo todo lo que dicen.
Aprieto con firmeza la caña del timón. Sonrío y de un golpe sereno la virada esta decidida, 270º, estribor. Ella sin palabras ajusta la mayor y el génova abriendola para recoger ese gregal que ahora comienza a dar alas hacia un oeste que no sabemos lo que deparará millas avante, como las decisiones de cada momento. Acciones humanas que siempre son las mejores de cada instante y serán los demás motivos, factores y deseos los que puedan convertirla en un éxito o un fracaso siempre con el permiso de nuestra tenacidad.
Navegamos a un largo, comenzamos a hacer guardias con la serenidad de la decisión soberana, la propia responsabilidad, la fe en uno mismo. La felicidad revoloteando en la yema de los dedos...
Que esto es un paseo, como los de antes, que no hay mas mostalgia que la de perderse...
El tiempo que no es dado es el móvil de nuestro destino, la piedra que nos retiene mientras sin saber cómo nos arroja al vacío del ansia por alcanzar las metas antes de que caiga irremisible y se detenga sin otro tiempo que el vacío infinito. El tiempo que pretendemos retener, sentirnos soberanos en su misma intensidad. Sabernos partícipes de cada instante como el mejor a cada golpe de segundero.
Ese espacio invisible solo visible con cada amanecer, con cada estrella que, quizá ya sin luz vemos brotar en un rayo fugaz sabedores de que podría haberlo hecho cuando siquiera algún navío del rey arribase inseguro a costas ignotas allende los mares. Un tiempo vestido como el viento de apariencia; donde si vuelas con él, feliz a favor, no lo sientes mientras disfrutas de tu recio navegar impulsado por este, donde, si es en tu contra el soplar, todo es un penar en agonía por no avanzar, al igual que cuando el sufrir, el nervioso esperar por lo que o quien no arriba a ti, hace que el tiempo no pase y se haga sentir duro y sin piedad.
En él vivimos embarcados sobre la aventura vital de nuestra propia nave. Su fuerza, su velocidad, sus entrañas siempre serán fruto del derrotero de nuestros propios designios en los que marcar el rumbo verdadero sobre el que partir sus olas, elevarse sobre ellas en pugna y sin retorno, combatiendo y sufriendo durante su lento ascenso, para planear sin sentir este al bajar sin esfuerzo la loma cargada de segundos sin determinar, en los que sin darse uno cuenta la rueda del reloj imaginario recorre su seguro sentido sin los frenos conscientes del anterior ascenso.
Tiempo recorrido que si no se disfruta de forma consciente no queda en mas que un recuerdo. Un simple hito al que aferrarse en las escaladas contra sus propios segundos.
Vendaval limitado para cada nave vital en su infinito verdadero para sí mismo. Viejo usurero que deja repartir al arbitrio de razones injustificadas por todos. Solo disfrazadas por falsos profetas de mitra y báculo que pretenden dictaminar este en base a un totem vestido de dios magnífico y todopoderoso al que darle reflejo humano, cuando el verdad ese dios sólo podría ser él mismo, tal que deidad inaccesible e incomprensible para nuestras débiles mentes. Débiles y temerosas como lo fueron los viejos marinos de siglos atrás sobre lona y madera donde la superstición y los rezos para que el Buen Aire protegiese la nave y sus deudores, igual ahora y siempre con este verdadero dios que es el tiempo al que le pedimos clemencia y sabiduría para poder disfrutar de cada minúsculo átomo de su grandeza como el mejor, sea este como sea, duela o desfallezca de felicidad nuestro ánimo en su instante.
Es el tiempo el que parece huir cuando somo nosotros los que lo hacemos del fin que nos tiene concedido en su crédito. Acabamos por olvidar la verdad del verdadero motivo del viaje sobre ese océano que no es otro que la misma acción de hacerlo y disfrutar cada instante.
Lágrimas por no haber vivido lo pasado, suspiros por desear vivir lo que está por llegra mientras la vida vestida de tiempo pasa.