jueves, 19 de noviembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (35)

…Tras el impactante estruendo que nadie podría borrar ya de su memoria, los gritos enardecidos por el pequeño escalón triunfal fueron lentamente confluyendo a la realidad que rodeaba aquella batería. Los pajes se precipitaron raudos y veloces entre el mar de viento interior en que se había convertido el conjunto de cañones desbocados de sus portas por la explosión, los hombres agonizantes manchados de vida con la arena enrojecida por su propia sangre y por las voces de mando sobre los sirvientes de cada cañón, acarreando pólvora y balerío para la recarga de éstos.

Tras la virada hacia el sur sobre la que recibieron la andanada de la primera corbeta que hubiera producido un letal resultado de haber tocado el timón, la almiranta engolfó sus velas ganando en su andar y sobre todo en poder presentar la banda de babor aprestada a la orden de fuego frente a la corbeta que quedaba en disputa al menos en las aguas cercanas. La maniobra corsaria había fracasado al menos parcialmente y con algo de acierto, aunque tardío, la única maniobra que le restaba la acometió.


- ¡Huyen! ¡Están enmendando el rumbo al este!
- ¡No escaparán! ¡Banda de babor a mi orden! ¡¡¡Fuego!!!

La orden se cumplió y otro golpe de pólvora sacudió al Estrella de Mar hacia el costado contrario, tras este la enorme humareda de gris claro que ocultaba el resultado se vio arrastrada por los benditos alisios hacia el sudoeste como si de un telón de corral de comedias tras el entremés diese paso a la siguiente función. El espectáculo era tambien de verdadero impacto visual consistente en un enjambre de palos, cables, escotas, velamen esparcidos, desparramados por cubierta cuando no ya flotando como parte de futuro pecio asi presentaban a la orgullosa corbeta que antes abría las aguas del océano gallarda contra nosotros. Mas parecía un pontón que del desarmo había pasado al abandono, mientras escoraba sin remisión hacia estribor por donde las balas a lumbre de agua había dejado suficientes vías de agua como para ser imposible su salvación. Neptuno desde algún lugar cercano con la propia calma de saberse siempre ganador seguramente esperaba cobrarse a su primer deudor. La suerte de aquella flotilla a modo de escuadra ciega por su propia suficiencia había sido dictada y sus jueces de mar en este caso habían dejado tal dictamen en clara ventaja hacia nuestros barcos, aunque como bien conocían todos en nada daba eso vida y holganza, pues era esto último sobre la previsión y la autocrítica en la propia actuación lo que hace que la balanza sobre el filo de la espada de o quite vida, traiga o aleje la victoria.




Don Carlos tras observar la cruel imagen de aquellos hombres, que tal cosa eran además de enemigos a los que la clara muerte cruel de la mar ya veía penetrando en sus entrañas sin otro recuerdo que el pobre testimonio dejado en alguna taberna de mancebía con una bolsa de doblones entre jarras de vino con las que olvidar que tal momento seguro llegaría, tomó la única decisión en hombre de ley y buenos escrúpulos. A pesar de la urgencia por dar alcance a la flota y apoyo a los que más al sur entablaban combate había de salvar a aquellas almas en el eterno trance de morir.


- ¡Teniente! ¡Situación de la corbeta apresada!


Tras comprobar el estado de la presa e informar a su comandante el rostro de este tornó brillante.

- ¡Capitán! ¡Han aparejado de fortuna la mayor y parecen tener la situación controlada! ¡Se mantienen al pairo en espera de órdenes!
- ¡Pues vaya vos y ordene al gaviero que transmita orden de recogida de los náufragos y se reuna tras ello con el resto de la flota! ¡Segundo!¡Enmendamos a suroeste hacía nuestra flota! ¡Teniente Grifol, baje a las baterías y que tengan listos los cañones para cualquier ocasión que aún no sabemos lo que nos pueden deparar estos perros de piel albina! ¡Informe de heridos!


El teniente se apuró con las órdenes dadas, mientras la corbeta enfilaba lentamente el rumbo hacia los restos de su antigua hermana ya moribunda sobre la que sus hombres peleaban aferrados a la supervivencia. Orgullosa y con leves daños en su popa además de algún boquete a la altura de la 1ª batería, la Almiranta comenzó a ganar en su andar y con creciente valor fue dejando cables de distancia entre el lugar del combate y su propio casco.


La actividad en las baterías seguía siendo frenética aunque más ordenada, los carpinteros ayudados por la tripulación que no estuviera sirviendo al cañón procedieron a tapar los balazos recibidos, mientras los que a estos menesteres no se encontraban limpiaban las cubiertas para después volver a regarla de arena limpia, que avante la proa de su navío hacia otro combate al que enfilaba su roda. El cabo artillero que dirigía al grupo de Daniel fue sustituido por el cabo de mar, que era su natural sustituto en caso de tal gravedad. Desde las entrañas del navío arribaban las voces agonizantes mezcladas entre gritos cargados en el dolor y en demanda de socorro de los heridos.


Por médica anestesia a los afortunados les suministraban láudano, pero a los que no tenían la bellaca “suerte” de caer al inicio de los combates era el mismo aguardiente que antes los emborrachaba el que aturdiera sus sentidos, mientras la única técnica médica aplicable a bordo se presentaba en forma de filo dentado que daba y quitaba vida con el irracional precio de su propia extremidad.


Daniel deseaba saber de su cabo artillero y de otros tantos compañeros que como él cayeron entre astillas y metal. Su deseo era llegarse a ellos, pero la mirada del cabo de mar lo detuvo.


- ¡Chaval! ¡Has combatido bien para ser tu primera batalla, pero esto es un navío del Rey y ese cañón será tu vida hasta que el comandante no te libere! ¡Mantén el espeque donde manda la cureña y espera como los demás!


Daniel se contuvo como su cabo ordenó y mantuvo el espeque sobre la cureña mientras con la mirada perdida parecía observar el cuadro de mar que en puro movimiento se dibujaba entre los cuatro lados de la porta abierta, donde la boca del cañón en su centro hacía de batuta de un concierto de sangre y sal con el ritmo del puro vaivén con las olas como público siempre tenso y atento a la humana función.

El Estrella del Mar daba buena cuenta de la distancia entre él y la flota atacada mientras la corbeta ya recogía y engrilletaba a cada uno de los piratas supervivientes para estibarlos como puros fardos de deshecho en los pañoles de popa hasta ver su destino final. Mientras, en el grueso de la flota la situación no era buena pues otras dos naves, corbeta y bergantín, en un principio protegida su incursión por sus tres hermanas habían mantenido en jaque al otro navío de la flota, que por su escasa movilidad y la protección debida al convoy tan sólo podía realizar maniobra defensivas que siempre redundan en la pérdida de alguna parte del todo a proteger. Así estaba cuando la fragata se aproximaba al convoy para equilibrar la balanza. Con más de una milla por tomar contacto de esta al convoy los piratas ya habían abordado la Urca donde viajaban Miguel, María, Pedro y los demás, llevándola como presa tras el bergantín, mientras la corbeta abandonaba la maniobra de diversión sobre el navío “Catalán” para ir sobre la fragata y proteger su presa. Daniel nada sabía aún de todo aquello…


3 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Necesidad de la autocrítica, de la previsión (como escribes en este post) y de la belleza en tus palabras.
Te dejo un abrazo.
Alicia

Menda. dijo...

Mi querido y admirado Blas: Por causas ajenas a mi voluntad, llevo un par de días perdida sin tiempo para comentaros. Veo que no habéis perdido un ápice de elegancia y buen hacer con vuestros escritos.

Rubricado y sellado con lacre y un anillo del todo a 1 €: Vuestra más ferviente admiradora:

MENDA.

lola dijo...

Hola Blas, como siempre disfruto de tan bellas historias, eres muy talentoso.

Buen inicio de semana. Abrazos.