Brumas
necias, tozudas en su movimiento, nada que se moviera era avistado por los
hombres de su capitán. Don Diego de Córdoba, corsario al servicio de su
Majestad Católica. Corre el año del señor de 1739, la guerra al inglés prosigue
en todo el Caribe. Las previsiones de
los britanos no se venían dando como ellos preveían. Tras mas de cinco años de guerra el dominio del mar y sus acciones corsarias no
rentaban lo mismo que las del bando de nuestro capitán. Las flotas de su
Majestad Don Felipe estaban cada vez mas prestas, mejor dispuestas y sobre todo la acción corsaria sobre las
colonias del norte sufrían lo indecible para sacar alguna mercancía con un
mínimo seguridad hacía la Isla de
Albión.
Don
Diego, hombre ya bragado en mares y tormentas, en persecuciones sobre metas
inalcanzables con la misma fe del
converso, apostó con su bergantín
en ganarse el futuro al corso frente al inglés en esta maldita guerra de la
oreja de Jenkins. Que ya lo dijo el refrán “quien roba a un ladrón, cien años
de perdón”. Y si de ladrones hubiera que hablar, nada mejor que la raza britana
en su extensión con la b de botín en el lema de su escudo
Disponía
de un veterano Bergantín hecho para el comercio entre Cartagena, Puerto Cabello
y Cádiz. Vida dura con buenos
caudales en medio de riesgos y venturas
sobre la incierta mar, dama al punto caprichosa que como tal, nunca serías vencedor, sino
humilde superviviente sobre los cambiantes pliegues de su húmeda piel. Al
inicio de esta guerra entre rivales
oceánicos la oportunidad presentada fue clara y Don Diego invirtió parte de su pecunio en
afinar y alistar su bergantín como rápido corcel con el que trepar sobre los
panzudos mercantes britanos. Mercantes que
fuera cual fuera su bandera siempre llevarían su nave hasta los topes y
hasta en una persecución con clara derrota, jamás largarían una arroba de mercancía
la mar.
Armó
la nave de 12 cañones, 8 de 12 libras y
el 6 de 8 libras, ganó espacio en sus
bodegas para aumentar la dotación de
hombres, arnas y munición con seguridad, reforzando el aparejo, afirmó y
aseguró la jarcia firme y de labor, aumentó en altura ambos palos y con ello la
superficie vélica, todo ello en lo que le garantizara de seguridad a la navegación. Don Diego era un hombre
organizado, planificador y muy serio; ante semejante proyecto escogió a sus
hombres por su lealtad, sus ganas de cambiar de vida sobre su propio esfuerzo y
desventura, sus conocimientos y el paisanaje
que esto último une mucho en las adversidades, si añadimos que estas son causadas por paisanos
unidos por otras banderas.
Tres
años ganando barlovento a cualquier mercante britano, la mayor parte de las
veces vencedor, cargado de buenos botines y mercantes de todos los tamaños a
justipreciar en el comité de presas de Cartagena, otras no tan buenas
huyendo con alas y rastreras
desplegadas, chamuscados y doloridos, pero siempre libres, a Don Diego y sus
hombres aquella vida les había devuelto la propia y la razón por la que
estaban vivos que no es otra evitar la muerte
física o virtual que tantas veces , esta última, se nos cuela por no
resistirnos a la rutina trepanadora.
De un
soplo traidor, como un golpe de ola inesperado la bruma se abrió. El sol a
punto de alcanzar su máxima elevación
deslumbró ojos a babor y estribor sobre cubierta. Un
grumete fue el que lo avistó.
- - ¡Navío! ¡A dos cuartas sobre la amura de estribor!
Don
Diego, enfiló su largomira, mientras varios de sus hombres escalaron sobre los
flechastes para avistar con seguridad y distinguir la silueta aun lejana.
- - ¡Velas! ¡¡¡¿Es de los nuestros?!!!
Nadie
sabía responder. Aquello parecía algo desconocido.
- - Capitán, no lleva velas, despide un humo negro
como si quemara algo, podría ser un ballenero desarbolado, aunque no es lo
normal por estas latitudes. Parece aproximarse aunque no puedo decir qué lo
mueve.
Don
Diego observaba y escuchaba sintiendo pues era lo mismo que podía deducir él.
-Toque a zafarrancho. Que los hombres estén
preparados pero que no se aprecie nada.
Ice la bandera de nuestro rey. La artillería lista pero las portas cerradas.
- - ¡A la orden, capitán!
No
existía terror o miedo, pero si sorpresa
y la ansiedad por no saber la forma de encarar semejante actuación. El navío no
tenia forma de tal y su tamaño era más de
diez veces el de su bergantín, un tubo enorme despedía humo propio de
hoguera de tierra, y la velocidad de mantenía.
En menos de una hora estarían bordo con bordo sin poder evitarlo.
La
hora pasó tan deprisa como la navegación de aquella cosa. Tanto avante el uno
del otro y de vuelta encontrada se divisaron. Desde una prominencia de la
extraña nave un hombre saludo con normalidad al bergantín y Don Diego no hizo
otra cosa que corresponder mientras la dotación mantenía los gatillos y las
mechas a un grito de la voz de fuego para su disparo, sin imaginar la respuesta
de aquel monstruo. Nada sucedió y como se acercó, así se fue alejando. El
silencio dio paso a murmullo alimentado por la inacabable superstición que todo lo explicaba
entre retazos de santos y monstruos de la antigüedad. Don Diego tomo una
decisión. Sobre el castillo de popa convocó a sus hombres y con todos ellos en
pie en el combés

-
-¡A la maniobra!
La
calma fue poco a poco ganando el espacio perdido, con rumbo Sur sureste el Bergantín ganaba millas con un buen viento por su aleta de estribor. Fu a la vista de la
isla Blanquilla cuando la mar empezó a cambiar de humor, desde los cielos
podría atisbarse que el temporal entraba en ciernes.
- - ¡Nostromo! ¡Prepare el aparejo de capa!
- - Ya esta, capitán, hace dos horas que está listo. Mandare aferrar de mayor y
mesana. Esto apunta a momentos inolvidables. Tendremos para contar en nuestra
próxima escala al calor de una buena botella de ron.

El
alba rayó aunque no se pudiera apreciar, pues la negrura de los cielos se
mantenía. Sobre el mediodía comenzó a descargar la lluvia, siempre reparadora y
mensajera del fin de las hostilidades. La mar pasó lentamente de sus enormes
crestas y valles a una mar tendida gruesa
con un viento cada vez más suave
que acabó por dejar a la dama caprichosa
en un estado de relajada marejada a marejadilla. Comprobados daños, los cuales
no fueron de envergadura, trataron de posicionarse.
- - Capitán hemos corrido el temporal más de 150
millas al este durante la noche. A estribor tenemos las Bocas del Dragón.
- -¡La Isla Trinidad!. Piloto, enfile para atravesarlo y larguemos
el ferro a sotavento de la Isla de Patos.
- -¡A la orden, capitán!
A Así
con el leve, cada vez viento mas flojo, convertido en brisa del noroeste el
Bergantín enfiló las Bocas del Dragón.
Tras entrar y bordear la alargada pero pequeña isla por el oeste decidieron fondear en la primera ensenada al
atardecer. La sorpresa fue mayúscula, el
extraño navío sin aparejo estaba allí, su humo lo delataba. Rápidamente abandonaron la entrada de la bocana, al parecer sin ser avistados.
- - ¡¡¡Zafarrancho!!! ¡¡¡Todos los hombres a sus
puestos!!! ¡Piloto, maniobre para mantenernos al pairo, ocultos hasta que
anochezca!
La decisión de Don Diego estaba clara,
había que acometer los propios miedos sobre su origen. Morir con él o salir
vencedores, quien sabe si cargados de riquezas. Esa noche sabría de su destino…
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