sábado, 30 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta... (10)

…Diez jornadas habían transcurrido desde que Plasencia los dejó más al norte. La villa de Santiponce a una legua escasa de Sevilla daba cobijo a la caravana de mercaderes del textil y la seda que buscaban Sevilla tras casi cien leguas de duro caminar por la meseta sur de la nueva España borbónica. En la cuna de Trajano decidieron recuperar las fuerzas y el resuello de hombres y animales antes de encauzar la entrada a Sevilla.

La guerra hacía pocos años que había terminado, el poderío naval de las Españas estaba resentido por tanto golpe fraterno apoyado de las interesadas amistades de los Francos y Britanos con Austriacos entre ambos. Aún y así el rescoldo incombustible del hemisferio hermano como imán permanente volvía a dar alas a la verdadera razón de reino. Razón que no era otra que la mar y su dominio a pesar de tantas espaldas dadas desde la misma corte. Gracias a gentes como Don Bernardo Tinajero como primigenio puntal y otros que llegarían después se dieron de nuevo alas a los aparejos aún en puro quebranto y de nuevo los mares volvieron a cantar sus versos en el cadencioso verbo castellano por cada uno de los meridianos en los que una brizna de viento osara soplar.


La situación de María y sus dos criaturas, que para ella así los sentía aunque ya ellos se veían como duros bergantes de camino capaces de embestir cualquier situación por brava que fuera, había cambiado gracias a Francisca e Inés. Mediante sus presiones ante Pedro lograron que este los aceptase. Pedro León no era hombre de gran sensibilidad, quizá la vida corrida desde que vieron sus ojos y puedo entenderla no le dio oportunidad de ser de otra forma. El trabajo sin descanso y un padre de dureza implacable eran lo que había forjado su carácter. Con poco tacto se encaró con María, mujer que ante lo dulce así era ella y ante lo frontal de la misma estampa era su respuesta. Aquella entrevista no dio grandes resultados. En realidad eso era lo que parecía pues entre ambos algo surgió como minúscula chispa de fuego. Sin acabar la conversación y con las espaldas dadas, los ojos inexistentes en esta parte humana parecían mantener miradas fijas entre ambos.



Fue la decisión de ambas hermanas lo que aparentemente logró el acuerdo aunque algo inexplicable fuera lo que realmente cerró el trato. Algo que cualquier alma sabe lo que es aunque este narrador no sepa expresarlo con la debida soltura. El pacto quedó cerrado como un contrato hasta tocar tierra americana en donde María sería una criada al servicio de los León incluyendo en este a sus hijos como parte inseparable. El pago quedaba establecido en un escudo de a dos por semana, la manutención y el pasaje hasta la Villa Rica de la Vera Cruz en el Virreinato de Nueva España o tierra católica bajo la soberanía de Su majestad Don Felipe V de España.



Este cambio de la situación propició que el contacto entre María y Pedro León se incrementase pues parte de las labores que sus hermanas tenían como cometido ahora pasaba a ejercerlas ella. Pedro poco a poco, casi de forma imperceptible se acercaba más al carro donde viajaban las tres mujeres. Era esa clase de reacciones que aunque se nieguen, el inconsciente de la voluntad ingobernable que todos llevamos en nuestro interior acaba por doblegar las mas férrea de las decisiones.



No era Santiponce villa de gran porte por lo que acamparon en sus cercanías y así descansaron varios días hasta enfilar Sevilla con decisión el primero de octubre de aquél año de 1722. La legua fue un recorrido parecido al de quien desfila triunfante por el logro de la meta tras el esfuerzo realizado. Silencios solo interrumpidos por muestras de asombro según las siluetas de la catedral, la Torre del Oro, la Giralda y los cada vez más numerosos transeúntes en el trayecto mostraban lo que era una verdadera metrópoli


Y entre las casas que formaban Triana la luz de sus gentes metidos en tantas industrias como oficios y mercados elevaron las sensaciones de María y sus hijos que recordaban los relatos de Juan Delgado a luz de la lumbre días atrás. Casi todo se mantenía como él lo había relatado. Doblando la senda que a Sevilla los llevaba apareció un tumulto de carros, bestias y personas en medio de un griterío aún lejano pero perfectamente audible.


- ¡El puente de Barcas!


El grito de quien comandaba la caravana junto a un gesto de parada hizo que el corazón de María se acelerase de forma inmediata, debía de cumplir su promesa y leer la carta que el “pater” le había entregado con el deseo de que lo hiciera junto al puente que medio siglo antes vio partir a su alma derrotada hacia el norte de la Españas de donde sus huesos ya nunca regresarían jamás.

- Don Pedro, si me permitís y como observo que aún quedarán largas horas antes de cruzar el puente me adelantaré unos minutos hacia el puente para cumplir una promesa que juré cumplir.
- No tengáis cuidado; que Francisca e Inés vigilen a vuestro hijos. Pero permitid que os acompañe y guarde mientras cumplís lo prometido, algo que en verdad honra a quien lo hace.

La mirada de Pedro mezcla de la seriedad de un general y el de un fiel mastín por quién parecía sentirse se cruzó con la de otra mezcla de sorpresa y placer encubierto por una agitada búsqueda de la misiva en su equipaje.



Quedaron los niños con sus ya casi tías mientras al principio a caballo y más tarde a pie entre el gentío que deseaban acceder a la ciudad se plantaron en el pequeño malecón que rodeaba la cabeza del puente a este lado del Guadalquivir. Con el puente a su izquierda y el suave sonido del fluir del río María extrajo el sobre abultado que le había entregado Juan Delgado que ya parecía decir:




Querida María:

Cuando esto leas por frente a ti verás la Sevilla de mis recuerdos. En ella fui hombre y sueño vivo de los mayores proyectos que en el alma de un joven puedan caber. Pero como ya sabrás si has leído mi larga historia era aquella una sociedad de almas recelosas de quien deseaba lo imposible y creía en ello. Sociedad de envidiosos "destilantes" de humores como verdadera sangre letal, acusadores ante mi de ser un loco entre tanto cuerdo, de abrir esperanza entre los que ya no esperaban nada más que la misma vida como esta fuera. Pero sobre todo de amar con inocencia y pasión y de ser correspondido por quién destinada estaba a otras regalías en la sociedad donde la clase era la marca y el sello de destino vital de cada quién.

Encontrarás en esta misiva un anillo y un colgante con la imagen de San Telmo y la fecha de 1673, año en el que mi hijo vería como yo lo vi el cielo sevillano, con los nombres Juan e Isabel, su madre, Isabel de Mallaina y Trujillo. Sé que mientras el Castillo de San Jorge, que tan cerca de ti tendrás al leer esta carta, esperaba a mi cuerpo maltrecho para ser rematado, a ella sólo le quedaba tener nuestro hijo y desaparecer de la vida terrenal para pagar su pecado entre las rejas de alguna de las órdenes que daban forma a los edificios más señoriales de la ciudad.


María sólo te pido que sepas de mi amada Isabel y le des cuenta de mi, que encuentres a la criatura que llevará mi sangre y le entregues este colgante mientras le relatas la vida de su padre. Sé que harás lo que en tu voluntad humana y en tu ánimo celestial quepa que es infinito. No me quedan muchos amaneceres más, quizá cuando esto leas mi espíritu te ronde y te ampare; ha sido mi vida un cúmulo de cimas alcanzadas y descubiertas en las que la verdad revelada no es más distinta a la encontrada en el amor sincero que profesé por mi dulce Isabel.


Que el Señor os guarde a ti y a tus hijos y que en el otro lado de este mundo inmenso os devuelva la vida lo que en este os quitó.


Juan Delgado, Santa Cristina de Lena
5 de agosto de 1772.”






Casi sin terminar las últimas letras de la carta del pater unos tenebrosos tambores anunciaban el paso de los condenados que cruzaban su destino desde el castillo de San Jorge al quemadero de San Diego a través del Puente de Barcas. Desde la orilla tan sólo se podáin distinguir la cruz que abría el paso sobre el puente y los ruidos entremezclados de los caballos y las cadenas de bestias y condenados escoltados por otras cuyos hábitos y almas del mismo color portaban. María se derrumbó junto a Pedro con la imagen de Juan Delgado entre aquel espectáculo de injusticia y dolor…

6 comentarios:

Menda dijo...

Qué delicioso es tu manejo de la historia y los sentimientos........

Lúcida dijo...

Amarga y dulce, de esos sabores que enganchan.

JoseVi dijo...

Santo Dios... cada vez me sorprendes mas con tus relatos :)

Yo he dado un humilde salto en mi vida mi ventura, se nota que participe en la recreacion de la batalla de Almansa el 25 de abril de 2009. Nos cayo una tormenta encima, teniamos cañones, que solo hechaban polvora pero como rezumbaban en el aire buuuuuaaaaaaaaaaaaaa XD. Me he equivocado de epoca, me cai al barro, me deje morir 3 veces el sabado y la lluvia encima y la polvora quemada XD. Relampagos por encima jajajajaja. Ello hizo que el acto del sabado fuera muy corto, pero se repitio el domingo. Cruzamos aceros en las lineas enemigas,ahi me sirvio l esgrima. Luchamos desde el bando borbonico como un oficial frances.

Este fin de semana a Logroño a recrear una batalla de Carlos V contra los franceses yme pagan 100€ por dia y gastos pagados XD. De domingo a jueves en Logroño XD.

Un abrazo :)

Alicia María Abatilli dijo...

Quizás sea así, no habrá montaña más alta,pero siempre es bueno seguir intentándolo, leer tus relatos es una forma de alcanzarla.
Excelente lo que escribes.
Un abrazo fraternal.
Alicia

Armida Leticia dijo...

En verdad, que se está muy bien aquí, disfrutando de una fina lectura, muy enriquecedora.

Saludos desde México.

galilea dijo...

Un placer leerte siempre.

Todo invita aquí a la lectura, hasta la música.

Felicidades.

:)