domingo, 3 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta (6)


…Un nordeste de pura primavera hacia volar sobre la mar al pequeño falucho en el que Daniel bregaba junto a sus compañeros de faena por extraer de la red abarrotada los jureles que subastarían en la pequeña rula del muelle cuando arribasen a Gijón. Juan Somoza, el patrón del falucho, concluyó que aquella última izada de jurel copaba la capacidad de su embarcación por lo que ordenó proa a casa. El corazón de Daniel volcó sobre sí mismo, estaba a punto de iniciar la acción más arriesgada desde que su vida consciente en medio de la realidad había comenzado a dar cuenta y registrar cada evento ocurrido.

Con el nordeste por el través de estribor el falucho volaba sobre la mar tendida del noroeste tozuda y fiel como siempre, que de forma cadenciosa golpeaba la madera del casco por las amuras. Faltaban al menos una hora para doblar el cabo de San Lorenzo y no menos de otra más haría falta para completar las escasas dos millas y media entre este y el muelle de Cimadevilla. La fácil navegación permitió a Daniel observar la costa cercana a la ciudad que lo vio nacer. Ese invierno y la primavera vivida hasta entonces habían sido extremadamente lluviosos por lo que la rasa costera parecía un verdadero manto de verde brillante hasta los acantilados, que con su gris claro daban la transición del vegetal terrestre al líquido y saldado elemento.


Doblado el cabo de San Lorenzo, la bahía del mismo nombre mostraba la villa en su extremo derecho hacía la que se distinguían acudir hombres y mujeres desde la desembocadura del rio Piles por el otro lado con sus carros y animales de carga vaminar lentamente sobre la playa que unía ambos extremos. Los cañones defensivos que vigilaban desde el Cerro de Santa Catalina sintió Daniel que saludaron a sus ojos como anunciándole futuros venideros junto a semejantes almas metálicas, sin poder saber en qué lugar del mundo tales bocas de fuego harían compañía a sus impulsos.
- ¡Subasta!

La campana de la rula hacía ya tiempo que sonaba llamando al los comerciantes a esta, pues había pescado recién entrado de la mar. Una vez descargado Juan Somoza dio vía libre a Daniel para que marchara a ayudar a su madre. Daniel con gesto rápido dejó el falucho y echó a correr a través de Cimadevilla, era este el camino más corto para llegar a su hogar en la otra parte de la villa donde tenían su hogar cerca de la capilla de San Bernardo en pleno barrio de Bajodevilla. Casi en lo más alto se detuvo para observar a los que en los últimos meses habían sido sus hermanos de mar. Podía oir sus voces desde su pequeña atalaya al lado de la capilla de San Pedro, el mástil del falucho con su balanceo parecía despedirse también de sus ojos. Daniel se giró y frente a la imagen de la capilla se santiguó y rezó un Padrenuestro como le había enseñado su madre.

El puerto de Gijón en el XVIII



Aquella parada le hizo darse cuenta de forma consciente la verdad de lo que significaba todo, la separación para siempre de todo lo que había significado su vida. Como si de un adulto ya se tratase, Daniel decidió recorrer el camino a su casa de una manera más sosegada como deseando quedarse con cada lugar y cada rostro que cruzara para así guardar en el registro de su memoria sus orígenes, los lugares que estaba a punto de abandonar para siempre. Bajo la mirada severa de la vieja torre del reloj donde se hacinaban los criminales de la villa un escalofrío le recorrió el cuerpo como si se viera pronto dentro por lo que iban a hacer. Corrió, casi sin mirar volvió a santiguarse al pasar al lado de la Iglesia parroquial sobre la muralla que la defendía de los embates de la eterna mar junto a la bahía alumbrando su mirada. El palacio de los Jove Hevia con su piedra desgastada por la misma perenne y paciente mar que todo lo cubría en aquella villa le dio paso a la calle donde vivía.
Con tensión, tribulación, emoción, sentimientos encontrados teniendo enfrente el viejo miedo al fracaso fueron pasando las horas frente a la lumbre, entretenidos a ratos con las preguntas inocentes de Miguel, cuidando y limpiando las dos yeguas que los debían abrir paso a la ansiada libertad que no se avistaba entre las angosturas provocadas por las propias desgracias y por las almas de algun desgraciado que pregonaba lo que tras de su sotana no era capaz de cumplir. Al fin dieron las once de la noche en el campanario de San Pedro.
En el más absoluto sigilo, con la noche traidora como aliada abandonaron la villa a través de los humedales que daban paso al camino real a Oviedo. Cabalgaron sin descanso, Daniel con cuero de varias bolsas para el trasporte de cargas había construido una pequeña mochila a medida del cuerpo de su hermano pequeño, y así lo llevaban a turnos su madre y él. En cuanto vadearon el Rio Cutis pasaron al trote hasta perder por fin sensación virtual de retención sobre su casa. Cabalgaron las cuatro leguas y lograron pasar la capital del viejo reino astur hasta despertarles el alba entre ésta y Mieres.
Así, descansando al abrigo de miradas indiscretas y algún que otro escudo que logró aplacar voces ligeras alcanzaron la vieja capilla de Santa Cristina de Lena. Exhaustos y sin aliento se refugiaron bajo los soportales de madera que sus muros sostenían. Los cielos no traían buen presagio, bolsas de grises abotonados sobre un continuo manto de blanco crudo, todos ellos cargados de agua que aún en nieve se podrían transformar paralizaron sus voluntades y miradas. Mientras tanto, las cabalgaduras recuperaban el resuello sobre la hierba fresca que rodeaba a la capilla casi milenaria.


- Miguel, cuida de tu hermano mientras entro a rezar.


María penetró en el pequeño recinto que se adivinaba entre la penumbra, la humedad interior atenazó sus articulaciones aferrando más, si ello fuera posible, la capa que portaba sobre su agotado cuerpo. Un viejo reclinatorio parecía esperar sus rodillas frente a la imagen de la Virgen y el Cristo. Se arrodilló, aunque fuera mas como si se derrumbara frente a las imágenes divinas con sus ya desgastados colores milenarios rompiendo a llorar en medio de aquel silencio casi sepulcral. Sus ánimos, recios ante su propio futuro, se desmoronaban cuando observaba sus hijos y la ascensión que aguardaba pocas leguas más al sur. ¿Debía continuar o rendirse? Un verdadero dilema en su ánimo paralizaba su voluntad. Entre sollozos buscaba frente a su dios la forma de hallar el camino.
- ¿Os encontráis bien, señora?
María tornó su rostro hacia el lugar de donde provenía aquella voz suave y algo envuelta en tos. Un hombre, encorvado y de raída sotana arrastraba su espalda cargada por los años mientras apoyaba sus pasos en un bastón de dura madera de roble. Sus temores pareció borrar de un soplo cuando sus miradas se hicieron visibles en la cercanía. La limpieza de aquello ojos y la paz que su semblante transmitía alcanzó a liberar en aquellos momentos el corazón de María…

Santa Cristina de Lena

4 comentarios:

Lúcida dijo...

Hasta los mas valientes y luchadores tienen un momento de debilidad.

Menda dijo...

Por favor............qué maravilla......casi me he sentido como María en la penumbra fresca....he aspirado ese olor y esa paz.......y la música que acompaña tantísimo.........

galilea dijo...

¡Qué maravilla!

Disfrutar del relato, meterse en él y dejarse llevar por la música.

Muy gratificante, de verdad.

felicidades. :)

saludos!

Anónimo dijo...

La mar dará a cada hombre su esperanza.

M.Remius/C.Colón