miércoles, 20 de mayo de 2009

No habrá montaña mas alta (7)

Deciamos ayer...
- ¿Os encontráis bien, señora?
María tornó su rostro hacia el lugar de donde provenía aquella voz suave y algo envuelta en tos. Un hombre, encorvado y de raída sotana arrastraba su espalda cargada por los años mientras apoyaba sus pasos en un bastón de dura madera de roble. Sus temores pareció borrar aquél hombre de un soplo cuando sus miradas se hicieron visibles en la cercanía. La limpieza de aquello ojos y la paz que su semblante transmitía alcanzó a liberar en aquellos momentos el corazón de María…

...y de tal guisa continuamos

…María se incorporó del apolillado reclinatorio mientras el viejo capellán la seguía con la mirada. El vaho que exhalaban sus bocas se podía adivinar entre la semioscuridad lograda por las tres velas que a duras penas mantenían su terreno frente a la oscuridad recelosa de mostrar los tesoros de aquella capilla milenaria.


Atribulada por la sorpresa de la aparición del “pater”, pero serena al cruzar su mirada con la de él hizo ademán de plantar sus cansadas rodillas frente al encorvado hombre de Dios.

- No lo hagáis, mujer. No os veo en condiciones de poder levantaros después y yo sé lo que eso significa. Prestadme vuestro brazo y acompañad este cuerpo ya rendido a calentar su osamenta ante los rayos que parece van a horadar al fin tanta nube de nieve y hielo.




María cogió su brazo sintiendo la fuerza viva que desprendía el antebrazo nervudo de hueso y piel. Salieron frente al sol que parecía brillar sin fuerza. Daniel jugaba con Miguel mientras las caballerías se daban un festín sobre los prados cercanos a la capilla de Santa Cristina. Se sentaron sin que niños y animales apercibieran su presencia.


- Mujer y dos niños, buenos caballos, todos alejados del Camino Real. Algo me dice que vuestra merced tiene problemas.
María lo miró, su semblante volvió a tranquilizar la ansiedad alimentada por el miedo, pero no se atrevió a pronunciar palabra. Tan sólo bajo la mirada al empedrado suelo que dibujaba el soportal de la capilla. Su ánimo rayaba el límite de aquellas piedras engastadas, no sentía nada y en aquél instante no le importaba casi nada.
- Mi nombre es Juan Delgado, llevo en esta pequeña parroquia más de cincuenta años cuando me trajeron unos vientos malnacidos en algún corazón pobre de amor y espíritu desde la lejana Sevilla donde vieron la luz mis huesos. Por razones que ya no importan me quisieron castigar dejándome en esta bendita tierra sin saber que los castigos no se logran si sólo te cambian de paraíso. Mujer, no os aflijáis mas delante de este anciano. Nada os hará, podéis estar segura y lo que os azuce el alma de tal manera no puede ser tan fuerte como esas dos almas que corren entre risas y relinchos.

María no retuvo mas sus compuertas ante tanto empuje y desbordó la tensión contenida desde que abandonó la villa de Gijón relatándole al “Pater” sus peripecias, sus desgracias y su meta en aquél momento de apariencia inalcanzable.
- María. No me cabe la menor duda que vuestro corazón es noble y leal. Percibo en vos la fiereza y la decisión más propia de varón en estos mundos en los que nos movemos, algo que desde luego se hace necesario si esa meta soñáis alcanzar. Y mi credo, que nuestro señor guarde por siempre, me dice que ese sueño por el vos lucháis ha de ser no sólo por vos sino por esos corazones en crecimiento que os deben llevar como verdaderas alas del propio Dédalo.
- Pero, Padre. ¿Con qué mimbres hemos de lograrlo si lo que nos persigue es la vieja historia humana de la arbitrariedad sobre los semejantes más débiles y del sueño sólo concedido a los elegidos por los poderosos?
- Con los que tú misma recojas bajo la atenta mirada de nuestro Señor. Ahora deja de lamentar esa suerte que no conoces en verdad su verdadero valor y llama a tus hijos. Acompañadme a mi humilde morada muy cerca de aquí donde podréis descansar y recuperar vuestra calma.


En un lento andar el Pater, Maria, sus hijos y las caballerías encaminaron sus pasos hacia la vieja cabaña del capellán.
La vista no era muy reconfortante desde fuera pues mas se parecía a un pequeño refugio de pastores. Se adivinaba una pequeña construcción de madera de recio roble abundante en los alrededores pegada a una enorme roca granítica. Ataron los caballos bajo un roto tendejón al que arrojaron paja fresca con la que entretendrían sus estómagos y entraron al hogar del buen cura. La sorpresa fue total al encontrar un enorme salón con varias estancias hacia el interior de la roca. No costó mucho avivar las brasas de la chimenea mientras, entretanto, los niños ya habían recorrido todos los huecos que dibujaban su interior. Juan Delgado sonrío ante la mirada de sorpresa de María.
- A todo el mundo que por aquí pasa le ocurre lo mismo. Cuando llegué a La Pola de Lena hace ya medio siglo el viejo cura que allí administraba las almas de los lugareños me expulsó a este sitio con la orden de orar por todos tal y como en la orden manuscrita del obispo de Sevilla decía, haciendo la vida propia de los antiguos eremitas que poblaban las tierras de la vieja Castilla mil años atrás para la "forja de mi arrepentimiento y logro de un seguro perdón por mi gran pecado". Esta roca fue el hogar hasta que los años y la muerte de aquel hombre enterraron con él su sentencia. Poco a poco, con la ayuda de las buenas gentes del lugar construí este hogar donde el cobijo es la norma y el calor la medicina. Las gentes me quieren y ayudan, yo hago lo mismo y el actual capellán de La Pola no hace ascos a quien le aligera de los problemas dejándole libre el cepillo y la misa de domingo.
- No sé cómo podré pagar lo que nos ofrecéis, padre. Le prometo que no seremos una carga para vos y en cuanto recuperemos el resuello perdido nos haremos al camino para ganar la Meseta.
- Si sabéis cómo se ha de pagar tal cosa que no es otra que haciendo lo mismo ante quién lo necesitare. Respecto a lo que decís sobre abandonar este lugar, vos y vuestros hijos os quedaréis aquí al menos hasta que abra el verano en ciernes. Hasta que la caravana de esos a quienes casi dejáis vuestro primogénito que de seguro embarcarán en la Flota de La Nueva España dejen el camino libre, pues a vos no os conviene tal encuentro. Valdrá por ello mas disfrutar de un verano en este lugar y partir tras la festividad de nuestra Señora para así lograr embarcar en la Flota de los Galeones que parte hacia Cartagena.


María, abrumada por aquél regalo de alguien que vestía los mismos ropajes que el que había dejado en Gijón se arrojó a los pies del anciano, rompiendo a llorar sin palabras que superasen tal expresión.

- ¡Gracias, padre, gracias!...




3 comentarios:

Lúcida dijo...

Nunca se puede generalizar... aquí están los dos extremos.

Menda dijo...

(Me sigue fascinando la música).
Ahora en serio, aunque te lo haya dicho alguna vez........¿No sería cuestión de que publicases en algún lugar...digamos 'más serio' que blogger?. Sin menosprecio del blog, pero.....creo que tus escritos desprenden talento y buen hacer suficiente como para que te los publiquen seriamente.

lola dijo...

Hola Blas, me encanta esta historia
y me gusta leerte, todo lo que escribes es sensacional.

Saludos.