miércoles, 23 de septiembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (20)

… la misa terminó y los tres salieron en silencio hasta que maría lo rompió

- Ha sido una ceremonia sencilla pero en su esencia me ha traído recuerdos agrios y dulces, agrios pues hace poco tiempo mi marido Gaspar Fueyo fue tragado por la misma mar que bendijo el capellán de la iglesia, dulces por volver a ver su rostro en mi pensamiento.


- No soy marino, ni siquiera hijo de la mar, pero es este lugar algo sagrado el que representa la explicación y los porqués de mi vida tras aquellos momentos vividos. Como os dije, fue mi familia destrozada por aquella sentencia inhumana, que aunque salvara a mi hermano, llevada a la más terrible bancarrota a mi familia. No sólo perderíamos la presencia de Juan, sino que todos mis hermanos acabaría lejos de Sevilla para siempre menos yo. A mí me entregaron infante al convento de Santa Inés para servir a la clausura y con ello pagar mi manutención, amén de recibir de esta forma la mínima educación. Mientras todo eso ocurría, en Córdoba Isabel tuvo a su vástago de nombre Diego que sin piedad alguna por parte de sus “piadosas madres” fue enviado a Sevilla a la casa de Don Francisco por orden de él mismo. Isabel destrozada y a punto de perder el juicio entró en un estado de algo parecido a la catalepsia, nada sentía, nada le importaba. Pasó mas de dos años hasta que su recuperación ya patente permitió que la trajeran a Sevilla donde fue preparada para su ordenación en el convento. Mientras tanto su padre nada quiso saber de su hija.

- ¿Y qué fue de su hijo, Diego?

- No os apresuréis, Maria que todo llega. Antes os contaré cómo mi madre murió de tristeza, tal que una vela cuando la cera se consume y el pábilo exhala su humo definitivo en el silencio y sin molestar a nadie en su despedida. Mi padre resistió, creo que eran las veces en las que me visitaba cuando el levantaba el poco ánimo que mantenía en su interior, pero en pocos años la pobreza, las privaciones materiales y de espíritu lo fueron reduciendo a un cúmulo de dolores cada vez más numerosos que lo postraron en el jergón que aún tenía en su hogar. Isabel, aún no había sido ordenada y entre ella y yo la relación era cada vez de mayor calado. Sabía que una cosa podía hacer a pesar de ser ello lo más doloroso que saliera de sus manos, decidida escribió una carta a su padre en la que le exponía la situación de su antiguo amigo y le demandaba la piedad que no había tenido con ella.
- ¿Funcionó?

- Increiblemente si. Días después varios cofrades de la hermandad de la Virgen del Buen Aire fueron a recogerlo y, aunque mi padre no fuera hombre de mar, por la influencia de Don Francisco lo internaron en el Hospital. Así fue como mi padre sin salvarse, al menos tuvo una muerte más digna de la que le esperaba en la soledad de su hogar. De la mano de Isabel iba cada jueves y sábado a visitarlo hasta el último día en el que por la gracia de nuestro Señor tuve el privilegio de despedirme de él para siempre. Desde entonces acudo aquí todos los últimos jueves de cada mes para seguir de alguna forma en el recuerdo de mi padre.
- ¿Supo vuestro padre que Isabel tuvo a Diego?

- A pesar de la orden expresa de Don Francisco acerca de esto, en los últimos días de aquella agonía se lo revéle. Creo que fue una de sus últimas sonrisas espontáneas que me regaló. Aquél niño fue cuidado en casa de Don Francisco con el nombre de Diego y el apellido de uno de sus criados. Todo el mundo en Sevilla sabía de la ascendencia del mozo, aunque nada se dijera delante de su abuelo, que todos sabemos cómo la hipocresía es esa calle principal donde residen la mayoría de nuestros portales y ventanales como escribió el inmortal Quevedo. Así pasó el tiempo y de mozo entró a trabajar en uno de los arriendos de la casa de Alba como aprendiz de contador. Zagal listo y honrado enseguida ascendió y con los años acabó siendo propietario de un pequeño trozo de tierra que le cedió el contador del Duque a cambio de una renta. Con su capacidad unida a la suerte, que de todo es juez al final del esfuerzo, acabó siendo un miembro de la Universidad de Cargadores de Indias como comerciante y productor del buen vino de Jerez, pues consiguió hacerse con un buen pedazo de tierra fértil en viñas y aguas.

Al oir esto María sintió que todo aquel sufrimiento virtual, como río enredado por meandros interminablesal fin desembocaba en el deseo de su primer protector Juan Delgado. Tenían que encontrar a esa tal Diego
- ¡Alabado sea nuestro Señor, Don Agustín! Al final de los renglones torcidos la luz del buen final parece como una explosión de felicidad. ¿Cuándo podremos ver al hijo de Diego? ¡Tengo tanto que decirle y entregarle de su padre!

Con una sonrisa de placer y un suave gesto de su brazo Agustín le mostró a un hombre sentado hacía algunos minutos cerca de la orilla sobre una roca que las manos humanas habían dado forma de tosco banco de redondeados brazos por tantas manos que lo acariciaron en el transcurso milenario desde la Sevilla musulmana, la castellana hasta la imperial. Con pausa en su andar tras incorporarse se acercó a los tres.
- Con humildad me presentaré ante vuestras mercedes. Mi nombre es Diego García de Trujillo, hijo de Juan e Isabel a quienes no conocí en sus pieles, pero sí en las imágenes de mi segundo padre Agustín que ha hecho de mí lo que ahora ven. Hace ya años que supe de mis padres por su voz y desde entonces mi dolor nunca había podido sosegar por no saber nada de mi padre a quien como hijo me hubiera gustado estrecharlo en mis brazos. Ha pocos días Agustín me mandó llamar y creo que aún mi corazón no es capaz de dar crédito a los que mis ojos y oídos perciben frente a vuestras mercedes.

La imagen era la de un hombre entrado en la madurez, sus sobrepasados cincuenta años al sol gaditano habían pintado su piel un tono de bronce que junto a su semblante serio le daba aspecto de viejo cadí en la Sevilla Almohade. Hombre ya sin pelo en su cabeza, unos ojos de negro profundo escrutaban sin crueldad a María que lo miraba como si habría descubierto a Juan de nuevo. María, solo acertaba a enjuagarse unas lágrimas fruto de una emoción por aquél reencuentro inesperado con quien la sacó de su más profunda derrota tras la salida de Gijón, pues era la viva imagen de su padre.



- ¡Juan!… perdón, Don Diego permítame presentarme...



2 comentarios:

Lúcida dijo...

Inesperado... cada vez me está gustando más.

Menda. dijo...

Uf...al leer la parte de 'los renglones torcidos de Dios', me has hecho recordar algo. Para variar, buen hacer y una sublime forma de escribir.