lunes, 26 de julio de 2010

No habrá montaña mas alta...(73)



…Mientras Elvira quedaba en la parte serena del jardín observando el inesperado desorden, Daniel tan rápido como pudo se plantó a la vera de Segisfredo. La estampa era algo cómica si no fuera porque el brillo de los metales envainados amenazaba con demostrar tal reflejo sin vaina que lo impidiera. Antes de que Segisfredo lograse golpear el rostro algo acomodado de un teniente de fragata que parecía ser con quien estaba el litigio, Daniel detuvo el puño de su segundo justo al  inicio del disparo y lo logró retirar mientras trataba de ganar espacio entre ambos. Entre tanto, desde la otra parte, Don Antonio ayudado por dos de sus lacayos logró hacer lo mismo con precisión hasta calmar en lo posible los ánimos presentes.

- ¡Cálmense caballeros, por Dios! ¡No es este lugar ni es momento de refriegas propias de gentes de mala catadura!

Con la furia coloreando la frente de rojo sangre, Segisfredo se dejó llevar como navío tocado en aparejo al remolque de Daniel hacía el extremo del jardín, mientras Don Antonio hacía lo propio con el rival al que por su aspecto no debió ser muy dificultoso su remolque, pues era mas el plumaje vistoso lo que rezumaba indignación que verdaderas ganas de entablar combate alguno. Una vez controlado el entuerto aún sin conocer el motivo, Daniel acudió presto a presentar sus excusas a Don Antonio y despedirse cargadas sus alforjas de vergüenza por la actitud de su segundo.

- Don Antonio, le pido disculpas en mi nombre y en el de mi segundo oficial por lo ocurrido, desconozco las razones y le aseguro que tal afrenta a su generosidad será castigada una vez subamos a bordo de mi nave. Le ruego nos disculpe y permita abandonar la velada que de tan grosera forma hemos alterado. Presente mis respetos su señora y sus dos hijas.

- Está bien, no se azore por tal  desorden Capitán. Es mía la responsabilidad por confiar en una hija que creí ya adulta en esto de la sociedad y sus cortejos. Ahora dejemos que las aguas apacigüen y tengamos el fin de fiesta esperado. No habéis de abandonar la velada, mas si consideráis oportuno tal acción, no os lo reprocharé.

Con todo se despidieron caballerosamente, Segisfredo ya mas calmado tras el lance causado se dejó llevar con Daniel mientras ambos observaban a Mª Jesús que acompañada de madre y hermana entraba con las lágrimas en el rostro en el edificio principal.

Un silencio ensordecedor golpeaba las sienes de Segisfredo que poco a poco iba entrando en sus cauces.

- Te pido perdón, Daniel. No se como me podido poner de tal manera, ha sido…

- ¡Has sido un imbécil! ¡No se que mierda te pasó por esa cabeza poblada de pelo sin domesticar! ¡El gran conquistador que se pierde por una niña sin criar! ¡¿Acaso te olvidas quién eres y lo que representa tu uniforme?!

- No… no lo olvido, pero no se que me paso. Sus ojos que parecían escuchar y ese petimetre que entró a faltar…

- Ese petimetre, de seguro será algún consentido de la maldita corte que bien vivirá mientras tú estés comiendo olas por espuma y tensando aparejo sin escota. Solo somos oficiales de un bergantín y que mucho debemos por tal privilegio. Deja a esa mujer que embelese a quien pueda pagar el fielato debido a su padre, que así es la vida y así debemos acatar por nuestro propio oficio. ¡¿Está claro?!

- Meridianamente, capitán.

- Pues en cuanto nos plantemos a bordo, quiero tener antes del alba el estado del “Santa Rosa” de quilla a perilla. Aparejo, provisiones, dotación, armamento, averías y todo lo que tenga o haya tenido algún contacto con sal marina. ¿Estamos? Después decidiré cuál será la pena a cumplir como oficial de un navío de su Majestad.

Daniel, encendido cada vez mas se diço cuenta y con esfuerzo golpeó el timón de su ánimo para así recobrar paulatinamente la calma que ganaba terreno conforme el aparejo se distinguía en la penumbra del puerto. Deseaba pasar su brazo sobre el hombre de su amigo, pero contuvo tal impulso que la amistad debe saber cuando ser duro con quien la tienes por su propio bien. Segisfredo mientras tanto continuaba cabizbajo sabedor de su falta como oficial, pero sobre todo por saberse tocado y hundido de la forma mas agridulce que un espíritu libre puede llegar a sentir.

Entretanto tras el disgusto, la fiesta continuaba en la hacienda de Don Antonio, mientras Mª Jesús lloraba desconsolada en los brazos de su hermana Elvira.

- Elvira, no se que voy a hacer. Siento eso que he leído tantas veces entre los renglones de tus libros sobre los amores y las desgracias de quien se siente así sin saber lo que le deparará el tiempo más inmediato. Solo con verle y escucharle una vez ya lo sentí, fue como si una gran abertura como infernal sumidero se tragase mi corazón, no se que mas órganos le acompaña mi querida hermana, pero debieron irse todos con él quedando vacío el pecho ante su sola mirada.



Elvira tan sólo trataba de consolar a su hermana, reina perenne y central protagonista de mil historias de amor relatadas por ella, algo que en aquellos momentos le hacía sentir culpable por ser ella la que sin darse cuenta alimentó semejante fuego de la pasión que de latente como una verdadera explosión acababa de trasformase en ardiente…

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Esa pasión que trasciende cada capítulo de este nuevo libro.
Alicia