domingo, 18 de julio de 2010

Recalada


Arribada, fondo ferro sobre la rada que me despidió hace ya varias singladuras. El sol aturdido por verse sorprendido comienza a calentar tras quince días oculto entre nubes de diversos espesores por los que en algún momento algo vergonzoso se atrevió a sonreír. Castillos de ensueño que el propio gris del cielo mezclado de verdes empapados daban semejante aparejo de fantasía.


Caminos repletos de calma por los que tensar la cadena vital que vuelva a dar giro a ruedas empantanadas en el barro de la resignación. No fue posible divisar el falso dragón mientras las lluvias arreciaban sobre el lago repleto de agua sin mas, pero si logré divisar el chapuzón de incontables monstruos imaginarios vomitados sin esfuerzo desde la propia mente para verlos despedazarse sobre la rocosa superficie del agua, donde mil ojos trataban de descubrir el invento mas rentable de aquella comarca desde los años 30 del pasado siglo.

Buenos vientos llevaron al navío desde Santander hacia los nortes fríos, pocas nubes nos dieron la oportunidad de cazar el viejo rayo verde antes de que el manto nos tragase en su tapiz negro algo roto, dejando traspasar miles de pequeños puntos de luz que demostraban la existencia de luz tras la oscuridad. Traté de atravesar con mis humildes ojos algunos de aquellos agujeros en el negro manto pero no me fue posible descubrir el otro lado, asi que disfruté del entramado  de sus infinitos puntos luminosos entre la negrura eterna. 


Mientras, de vez en cuando la blanca y metálica proa del “Cap Finisterre” hendía el redondeado filo de su proa en las frías aguas del golfo de Vizcaya a la espera de doblar el maltratado faro de la Isla de Quessant. Su golpe sobre la estructura acababa por morir en medio de mis cuadernas como costillas protectoras de un corazón que deseaba volar entre  sus faros rodeados de mar, para dejarse llevar por las corrientes que a mas de algún navío dio con su quilla entre rocas que, por presentes y conocidas, no dejarían nunca de ser traidoras.

Viejo castillo, portal de la entrada a la Isla de Skye. Por muchos conocido como la morada de Connor Mac Leod en la película de Los Inmortales. Unos minutos donde pensar cómo hace trescientos años, 300 compatriotas resistían  a la espera de una flota  con apoyos que desde España darían la partida por abierta frente a nuestros inmemoriales adversarios britanos. Como siempre había una excusa, esta vez eran los jacobitas y sus aspiraciones al trono inglés, pero eso daba igual el caso era hacer daño al enemigo como ellos hicieron en nuestra casa con mayor éxito entre Borbones y Austrias. Fotos de las ruinas del castillo reconstruido hace no más de 100 años me mostraron que debió ser una lucha entre quienes se veían fuertes con sus tres fragatas al cañón y los nuestros que resistían en el castillo a la espera de una ayuda, que la caprichosa mar al sur de Stornoway tuvo a bien dar la victoria a los britanos obligando a los nuestros a volver por ser imposible superar a quien si así lo desea es del todo inalcanzable. Honra a los 43 que sobrevivieron  junto a los 257 que perecieron tan lejanos a su tierra por los deseos de reyes y magnos poderes que poco tenían en su haber y tanto en su debe para con sus ciudadanos.

La lluvia continuaba con su efecto purificador, sus gotas de calma sobre una tierra hermana de lagos y riachuelos inesperados bajo la misma hierba como vestido de esta hacían de cada día una experiencia diferente de lo que unas vacaciones pueden ser, cuando es a Helio- al que se busca para calentar pieles y sentidos.

Hecha ya la travesía, navegado lo deseado aunque por poco espacio sentido, pero al fin navegado, he aquí mi nave de nuevo con su ferro en la rada de esta ciudad desde la que volver a zarpar en cuanto sean las bodegas repletas de ánimo y rebosante el tanque del tiempo como combustible infinito.



Mareas arrastrando viejos troncos

con sus pieles limpias por la mar

de cortezas que ni el eterno fuego podría quemar

abandonadas como razones que olvidar.

Tifón llamando a embarcar

sobre caminos perdidos

en lugares imposibles de encontrar

sin rendirse a la eterna batalla por olvidar.

Corazones que pudren por recordar

cuando es la mar lo que espera por surcar

como vida libre de estorbo, nueva por recorrer

sin otras señas que tu mano, el timón

y la fuerza del deseo por cumplir.

 
 
 
Nuestro corcel  listo para partir

2 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Mejor contado imposible. Mejor vivido también.
Te dejo un abrazo.
Alicia

galilea dijo...

Maravilloso y evocador castillo.

Me alegra que hayas vuelto cargado de hermosas vivencias para convertirlas en rica prosa.

Un abrazo.