domingo, 24 de octubre de 2010

El tablero de la vida


Ya hace mas de un día que terminó la partida. Fue en un pueblo cercano a Cimavilla donde vivo. Acudí a él como miembro suplente del equipo de ajedrez  en el que  juega mi hijo mayor. Faltó uno de los  que debían estar en la  partida y  allí me presenté a rememorar viejos momentos en los que  con mas brío y demasiada ansia mis manos desplazaban piezas,  que ese mismo ansia las acabaría  lanzando  al abismo para sin más   ser “devoradas” por el enemigo menos ansioso y mas calmado en sus movimientos. Como digo, eran tres almas  candentes sin falta de forja, pues  bastaban sus  pocos años para mantener hirvientes sus impulsos  con las que  chocaban insultantes las canas que, este  que esto escribe portaba donde  la naturaleza determinó mantener cabellera. Así, los cuatro jinetes íbamos a mantener el duelo contra otros cuatro idénticos caballeros frente a un tablero de 64 casillas y 32 figuras milenarias.


La jornada terminó con dos victorias para ellos y dos para los nuestros, en mi caso fue derrota el resultado.  Algo negativo en principio que se vio compensado de forma enorme y  revelador por ver la mirada de felicidad  de un infante al haber vencido a un “viejo”, el que  con la seriedad de tal infundía ya  respeto y hasta la casi segura derrota por ello asumida por el niño. Todo tiene algo positivo, siempre. Pero bueno, lo que deseo contar no ees tanto eso como que  la derrota  me volvió a demostrar cosas que todos sabemos pero no queremos aceptar, empezando por uno mismo que incluso escribiendo esto, desde su fuero interno es consciente de saberse igual de reacio en tantas ocasiones a hacerlo.

Brevemente  la jugada  del niño fue un ataque con su dama sobre el rey con dos peones suyos flanqueando a ésta. Yo defendí a mi rey con mi Dama y  tras un movimiento de la suya en craso error, mi objeto y mirada  se mantenía más centrado en atacar el suyo sin observar que  podía herir de muerte su ataque y su futuro   comiéndome la dama; pero no fue así y seguí   adelante con mis planes  de ataque, salvó su dama y me remató a este canoso como a un verdadero colegial. Tenía la respuesta frente a mí, la salida a la posible derrota pero no la quise ver en el momento crítico y perdí.

Cuantas veces tienes la respuesta a tus problemas frente a ti y no eres capaz de distinguir su silueta porque no lo deseas, mientras los que cerca de ti están porque te quieren o por que te observan simplemente, lo ven sin más. Unos lo ven y callan porque no desean tu bien o desean que el mal sea tu compañero, otros te lo dicen pero no los escuchas verdaderamente porque supondría tal cosa el cambio que añoras pero como humano temes. El paso  que te liberará, que te abrirá horizontes ignorados sobre caminos imaginados  que en cierta manera a veces deseas seguir imaginando cuando, con un leve paso sobre el imaginario Rubicón este hará que la temible frase del César, “Alea jacta est”, te libere de tus miedos interiores, te devuelva la calma  que tus cuadernas habían olvidado mientras la sangre de la tensión por el combate del exterior, la  acción  sobre los vientos humanos  a los que llevar hacia tus velas vuelva a tener el sentido de la vida.

Quizá simplemente no lo ves porque  no deseas hacerlo, pues siempre ha estado contigo ese minúsculo reloj  que llevamos encastrado entre las calderas humeantes de nuestro corazón que nos marca el ritmo y la acción, y solo será cuando en él la hora sea la convenida, cuando se mostrará la respuesta y con esta la orden de cruzarlo. De seguro que será brillante y clara, sencilla en sus formas, serena y sin estridencias, simplemente será dar el paso que tenga a bien nuestra voluntad dar.

Somos humanos y como tales contrarios a los cambios, temerosos de ellos desde la política, pasando por el trabajo hasta en la misma familia. Todo lo que supone cambio supone nuevos retos que  no sabemos  lo que conllevarán mientras que las miserias conocidas por serlo ya son hasta llevaderas, sintiéndolas como  parte de la propia familia. Mil razones para no ver  sobre ti lo que otros ven tan claro.  Una tarde de ajedrez, dos contrincantes sobre un tablero y varios espectadores; Como el título de una película: "La vida sobre el tablero", tú actuando como tú mismo, el Destino interpretado por tu contrincante,  tus   seres queridos en cualquier nivel interpretados por los espectadores y la Vida en el papel principal  sobre el tablero inmemorial con sus 64 casillas. ¿Perdí la partida? Técnicamente sí,  mas creo que gane en su reflexión mientras aguardaba al resto de mis compañeros.


Igual en la próxima logro  dar mate al Destino, de momento seguiré practicando.

Besos, abrazos a todos,  estoy deseando volver a esta vuestra casa

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Darle mate al Destino, sí sería interesante, aquí también resultaría simpático, convidarlo con mate a Don Destino.
Un abrazo.
Alicia