domingo, 7 de noviembre de 2010

No habrá montaña mas alta...(92)


…Cortinas de lluvia formando capas onduladas dibujando esas mismas ondas sobre el pavimento inundado fueron las bambalinas que aguardaban a abrirse bajo su paso. Los caballos empapados detuvieron su andar con la portezuela de la calesa cubierta justo enfrente de la puerta robusta de aquella mansión pétrea al puro estilo de la región donde se encontraba. Muros que simulaban murallas terminadas en pequeñas torres con su esfera de granito grisáceo al final, dando a la pequeña mansión el aspecto de los grandes pazos que dominaban los viejos siete reinos gallegos como muestra del poder que aún se mantenía y pugnaba contra el poder real aunque fuera de mínima palabra. Nadie sabía en el interior de la casa la sorpresa representada en la figura del comandante del “Santa Rosa”.

- Capitán, la lluvia nos persigue y nos recibe. Solo espero que dentro las chimeneas le den su merecido a humedades y fríos mortales que arquean huesos sin piedad. Lástima de uniforme que se le va a empapar, aunque estoy seguro que bien sabréis vos de tal cuestión, pues para eso es el de un oficial de mar.

No atendía Segisfredo Cefontes al tono y estado de su uniforme, sino a lo que la puerta como cabo por doblar presentaría  frente a su desarbolada nave de ánimo por la tensión del reencuentro inesperado.

- Don Antonio, demos avante pues. Que su familia espera sin saberlo.

La seriedad del teniente al hacer el cometario dejó en silencio el camino hasta la puerta donde ya el servicio mantenía la puerta entreabierta para dar paso a don Antonio y el teniente Cefontes. El calor golpeó sin éxito los rostros húmedos de los dos hombres como fieles reflejos de la humedad encastrada y que en aquellos climas tardaba más de lo esperado en retirarse. Doblaron el acogedor vestíbulo presidido en su frontal con una escalera casi escalinata que daba paso a las estancias superiores. Como digo doblaron sus pasos a la derecha donde una enorme chimenea mantenía alejado el frio entre verdaderos muebles más propios de la corte que de una pequeña villa cercana a un futuro Arsenal del Rey. En aquél salón una mujer sentada, leyendo seguramente algún libro en lengua de britanos, recibió a Segisfredo con gesto de sorpresa casi anulando la excitación de Don Antonio. Segisfredo percibió con claridad que la señora Dogherty estaba al corriente de alguna forma de lo que hubo entre Segisfredo y Mª Jesús varios meses atrás. Pero la cortesía, la falsedad propia de las buenas costumbres y lo que nuestro buen Quevedo definía en sus Sueños como la calle principal por la que nos movemos las almas mantuvo la tensión contenida y el encuentro fue todo lo podían esperar las normas y el decoro de una sociedad de principios del XVIII.

- ¡Teniente Cefontes! No esperábamos semejante visita a nuestra humilde casa. Perdonad el estado de desorden, si hubiéramos sabido de su presencia habríamos preparado un recibimiento como el que merece un marino de la Real Armada. ¡Luisa, vaya a avisar a las niñas que tenemos visita!

- No os preocupe tal cosa Señora, que tampoco yo esperaba encontrar a vuestro marido en medio de este arsenal. Por vuestra casa os ruego no os avergüence lo que es del todo una verdadera mansión en su elegancia y puedo decirle sin ser adulador que podría llegar el mismo virrey y no ser necesario mejorar su presencia.

- ¡Bueno, bueno! Dejemos los cumplidos. Tenemos aquí a nuestro salvador frente a esos malnacidos argelinos y le debemos el agasajo propio de nuestra clase. Sentaos por favor y contadnos ahora el motivo de vuestra estancia en este puerto tan al norte de vuestra base. Me habéis adelantado algo en el trayecto pero no me importaría volver a escucharlo con detalle y sin prisa. Mientras comenzáis creo que con un poco de este orujo hermano del cazalla murciano estoy seguro que daremos jaque al fin a tanto frío grabado sobre la osamenta.

Don Antonio, enérgico como siempre le presentó el buen trago de orujo con la botella a su vera, deseoso de escuchar historias que le hicieran olvidar tantos disgustos sobre los que mantenía su día a día en el Arsenal. Segisfredo comenzó a explicar las razones de su recalada en Ferrol tras reparar frente a Vigo y el duro trance vivido en medio del Océano. Las olas eran enormes, los gestos a la zaga de su tamaño iban parejos de la emoción de quién relata lo que de verdad siente o ha sentido. El barco estaba a punto de zozobrar con dos personas viéndolo casi como si el propio suelo del pazo llevara la escora del “Santa Rosa”, cuando un tremendo rayo de luz como puro fuego de San Telmo embutido en talle femenino deslumbró el temporal arrebatando los mares  su furia por calma y silencio sin lugar a retorno. Dos eran los talles y fue el de Elvira Mendoza el que rompió el encantamiento. El talle de quién relumbraba en la mirada del teniente  luchaba por mantener la estricta distancia y dignidad de prometida de un conde  frente al amor que se comprime mientars pelea por ser real.

- ¡Teniente Cefontes! ¡Qué alegre sorpresa vuestra persona en nuestro hogar! Pero por favor, continuad con ese relato al que no me perdonaré haberme perdido su inicio.

Segisfredo repuso su compostura y con el porte propio ante dama besó sus manos y esperó a que ambas se sentaran junto a su madre. Mª Jesús no podía ocultar su color en unas mejillas que meses atrás habían sentido los labios de quién trataba de evitar su mirada. Don Antonio, perdido en aquella niebla artificial fruto de su propia ingnorancia era el que mantenía al menos la normalidad con su jovialidad.

- Teniente. No continúe con el relato pues vamos a cenar en breve y seguro que mis hijas están deseando que nos relate lo pasado y sus nuevos rumbos a bordo del Santa Rosa. Ahora si no les molesta a las damas de esta casa me gustaría conversar con el teniente Cefontes, comandante de un bergantín al que le debemos atención.

Buen bergantín de nuevo, que dio tregua a miradas con sus cruces, como andanada de 36 libras de bala al rojo capaz de incendiar el más duro metal humano. Mientras el comedor se completaba y los olores a buen cordero se hacían con los rincones del hogar temporal de los Mendoza, Segisfredo y Don Antonio se encerraron en la biblioteca donde crepitaba otra hoguera de menor tamaño que la del salón. Don Antonio sentía que debía algo más que lo puro material por haberlos salvado en aquél combate al salir de Cartagena. En realidad le habían demostrado tanto Daniel Fueyo como Segisfredo que en la mar las banderas, los intereses tan frustrantes y rateros que perviven en tierra se reducen a la pura insignificancia cuando te mantienes sobre un suelo móvil de frágil maderas por el que un grupo de humanos con diferentes sueños reducen sin esfuerzo la existencia de estos al mismo ideal que es la unión frente a lo tenga a bien presentar su cara más terrible. Era consciente que eso no iba con él en los procelosos mares de la política en la que “bandeaba su nave”, pero lo que había aprendido le había “tocado” en su corazón.

Así llegaron en la conversación guiada y casi mantenida por Don Antonio al final más deseado por cualquier marino con el mando de un barco maltrecho y con escasas posibilidades de salir a flote.

- Teniente, como le digo. Vuestro bergantín tendrá a disposición los materiales necesarios para su correcta reparación ya sea por parte del Arsenal o de mis propios recursos si fuera necesario, pero vos y vuestra dotación merece volver a zarpar orgullosos con rumbo a Cádiz.

- Gracias, Don Antonio. No tengo palabras que puedan definir mas mis sentimientos hacia vos en este momento.

- No las tengáis. Veros a bordo sin pasar por las miserias y las limosnas de materiales que debían ser de obligada entrega es lo menos que puedo hacer por vos. ¡Un abrazo, teniente!

Un abrazo rotundo, sin palmadas que distorsionen los sentimientos a transmitir selló aquella reunión propia de alguna divinidad que caprichosa decidió posarse en el hombro de ese teniente, cuyo corazón se debatía en la contradicción de saber su respeto y a la vez su traición por el amor prohibido hacia su hija que en breve tendría cerca durante  la cena…




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