miércoles, 10 de noviembre de 2010

No habrá montaña mas alta...(93)


… la cena fue propia de grandes anfitriones; sin aparente esfuerzo crearon un clima cálido que rodeó a Segisfredo como una espesa bruma ante sirenas en forma de sueños reales que podrían hacer zozobrar semejante equilibrio inestable de ánimos. Entre tanta calma algodonada una mujer trataba de dar distancia mediante la altivez propia de princesa aunque a lo que iba a llegar fuera a duquesa con el futuro enlace con Ramiro de Marchena, próximo conde de Monleón cuando su padre tuviera a bien dejar este mundo perdido de convencionalismos y etiquetas vanas. La lluvia golpeaba en aquellos momentos con fuerza las cubiertas de pizarra arrullando los silencios breves entre cada acción relatada y subsiguiente pregunta interpelada por Elvira, o don Antonio o su señora esposa, pero nunca por Mª Jesús.

- Debió sufrir enormemente vos y vuestra dotación tantos días sin más resuello que la oración cuando nada mas quedaba.

- Así de dura es la vida en la mar donde como dice la frase tan sabia, que el que por ella anda aprende seguro a rezar. Duros los días sin un hueco de luz a través de nubes como el metal escupiendo agua sobre el viento que nos devolvía tales gotas como picas en medio de una carga de infantería. Sin poder calcular posición alguna con el miedo de vernos sin más destripados sobre las costas afiladas de Portugal. Pero esa intensidad nos da lo que deseamos, las ganas de valorar la vida y disfrutarla sobre una pequeña cubierta de madera donde todo se hace tan sencillo como eso, sin mas quimeras por las que soñar que los buenos recuerdos dejados o los que de alguna manera soñamos los volveremos a encontrar.

Trataba de no hacerlo pero lo hacía mirando en furtivas andanadas el rostro de Mª Jesús, que con cada palabra parecía suavizar su semblante por el de la mujer que Segisfredo encontró la primera vez. Fue agradable disfrutar de la calidez de una familia atendiendo a un hombre solo, cada vez más solitario por el doble rasero de la bala que se quiere y se sabe ya  sin poder alcanzar. La hora de marchar como todo lo que tiene un comienzo alcanzó con su señal a los presentes por lo que con la misma cadencia y el mismo trato de anfitriones acompañaron a Segisfredo hasta el vestíbulo donde las mujeres despedirían al teniente. Mary Dogherty fue la primera a la que siguió Elvira con su tacto y calidez, mientras todos observaban la despedida de Mª Jesús esta se dejó besar la mano de la que como verdadero prestidigitador dejó caer un pequeño rollo de pergamino no más grande que el de su propio meñique al que con maestría logró alojar entre las mangas grandes del chaquetón de paño marinero que portaba Segisfredo. Los nervios quisieron aflorar en ambos pero al final cada cual con sus propias artes los retuvieron entre el armazón propio que carenaba sus corazones. Don Antonio acompañaría a su invitado hasta el “Santa Rosa”.

- Don Antonio, os agradezco vuestra gentil invitación y sobre todo el empuje que habéis comprometido para la reparación de mi bergantín.

- ¡Que no es suyo, teniente pues también lo siento como mío y por supuesto de su majestad a quien Dios guarde! ¡ja, ja! ¡Teniente Cefontes, vos cumplisteis, dejadme hacerlo a mí!

Se despidieron en medio de una tregua de la incesante lluvia. Segisfredo con los pasos acelerados por alcanzar su cámara a bordo de aún a flote bergantín se lanzó en pos de la plancha de embarque mientras acariciaba con sus manos el diminuto rollo que tanto prometía sin más razón que la propia sinrazón de la pasión. Saludos y permisos de rigor, la noche tan tranquila como húmeda al abrigo de semejante fortaleza natural  que formaba la ria daba alas a leer aquello mil veces sentado en el catre de su cámara a la que llegaban  los destellos de algún fanal que alcanzaban a cruzar los ventanales  confiriendo prestancia a la popa de cualquier navío, fuera el tamaño que fuera.

“Segisfredo: os amo como os amé desde que os encontré frente a mis ojos. No tengo tiempo, pues me lo han robado ya para siempre. En pocas semanas me casaré y despareceré de vuestra vida aunque vos nunca lo haréis de la mía, os lo juro por los mártires sagrados sobre los que me enseñaron a rezar en mi niñez. Dejadme veros antes de que todo se cumpla. Solo veros y oíros en quietud y silencio por última vez.

Si aceptáis  el encuentro mandad a mi padre nota de falta de algún material a nuestra casa por error. De lo demás solo habéis de dejarme actuar a mí. Vuestra. Mª Jesús”

No creía lo que leía, por más que seis veces fueron sus lecturas y a pesar de la ingesta de casi media frasca de orujo que le diera razón para entender lo que vivía, solo soñaba en todo lo que alguien turbado por el sentido más amenazante en el corazón de hombre sereno podía hacer. Sentir su piel y su sabor, la voz en suave susurro con el calor del aliento de la mujer prohibida entre sus brazos sin más que lo que la vida en ese instante le otorgase, sin mayor planteamiento, sin preguntar el por qué cuando no hace falta respuesta sino la pura acción cubierta al ciento por la pasión generada por el sentimiento que aturde a la razón venciendo el corazón.

Pasó la noche sin dormir entre bandazos imaginarios sobre su nave nunca tan quieta en las últimas semanas amarrada en el muelle de desarmo. En cuanto la hora se mostró aceptable para el envío del mensajero a Don Antonio, partió este hacia su mansión. La suerte estaba echada y solo deseaba ver pasar el tiempo que se hace eterno cuando lo que esperas con ansia desconoces cuándo aparecerá.

El día corría como el viento empuja por la aleta a corbeta ligera, la febril actividad sobre el “Santa Rosa” dio alas a los pensamientos tormentosos de Segisfredo que le permitió olvidar por instantes la cita sin fecha pendiente. Al fin el bergantín estaba listo para enseñar su quilla al sol gallego y con la ayuda de Don Antonio en menos de una decena de jornadas la quilla de nuevo rasgaría triunfante los mares que mantenían unidos ambos hemisferios hispanos. La tarde cerraba su toldilla de sol mientras todo el mundo tomaba su respiro sobre la penumbra incipiente al abrigo de unas buenas viandas también suministradas por quien como daga Segisfredo sabía que iba a traicionar.

Y la daga en forma de infante mensajero alcanzó el muelle donde un escueto escrito le decía el lugar y hora donde poder encontrarse. Algo que decía:

“Esta noche tras las once campanas habrá una luz en la granja tras el pazo. MJ”


Todo el mundo respiraba y se preparaba para la jornada dura del día siguiente sobre el bergantín en su varada. Segisfredo había varado ya su corazón dejando al aire su derrota consentida…



1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Pobre Segisfredo, nadie puede varar su corazón, creo que es un momento de quietud.
Como el propio.
Alicia