martes, 22 de noviembre de 2011

No habrá montaña mas alta... (122)


…Con un ligero control en la ingesta de aquellos caldos más gordos  que  elegantes por lo que se presentaba por la proa, acudieron al palacio de los Lasquetti. Alcanzada la calle Santa María, la puerta con su aire a la Toscana italiana los recibía con el escudo familiar presidiendo el dintel dando paso al hogar  de aquella familia venida a  la ciudad al olor del dinero que proporciona el comercio. Y es que la ciudad de Cádiz que trataba ya de traspasar la población de 50.000 almas  dedicadas al comercio,  era un  lugar donde la fiesta y los lujos cada vez sobresalían mas entre sus teatros, cafés y su ambiente en verdad cosmopolita en detrimento de la Sevilla otrora poderosa gestora de la Casa de Contratación arrebatada por la  primera.

-          ¿A qué se debe la fiesta, Antúnez?
-          Al parecer unos potentados  de la compañía guipuzcoana de Caracas  han llegado de Puerto Cabello y el  anfitrión los quiere  agasajar con  una buena bienvenida.
-          Esa gente es la que se mueve con el cacao si no recuerdo mal. Hace algunos años fondeamos  con la Flota de  Galeones en su rada que bien lleva ese nombre de Puerto Cabello.
-          ¿Y cuál es la razón, capitán Fueyo?    
-          Pues es algo tan simple como que con “una simple hebra de cabello se podrá amarrar una nave  sin riesgo a perderse en  los escollos que dibujan semejante rada”. Y doy fe que la vez que allí arribé la sensación de paz y calma segura fue total.

La fiesta ya  se estaba viviendo en el interior del palacio pues nuestros tres hombres a duras penas se abrían paso entre el gentío que abarrotaba el patio interior  de planta cuadrada entre columnas recias y de buen diseño a la italiana. Al fin,  con  no poco esfuerzo  el teniente Antúnez encontró a su medio primo aferrado  a la mesa donde  el ponche, el jerez y las  viandas temblaban sintiéndose perdidas a su merced. Luis Peláez  era un hombre bajito y algo rechoncho al que  las gotas del sudor  vencidas por la gravedad se confundían con las del ponche que alcanzaba a trasegar su gaznate como una definición en mucho de su forma de trabajo en la Casa de Contratación. Allí como contador y escribiente "engrasaba"  lo que en algo beneficiaba a su gaznate esta vez en forma de bolso y a pesar de su imagen algo despreciable sus “beneficiarios” tenían a bien invitarle a sus fiestas. Estaba claro que no era él uno de los hombres   objeto de atracción por tanta dama  al puro ejercicio de abanicarse mientras observaban,  tal que “goletas en facha”, sobre quien dejar sus velas aferradas para  largar tras  ese objetivo maroma con la que descansar,   dejando  que  otros vientos soplasen por ellas. Pero para eso llegaron caballeros de la Real Armada de buen porte y mejores intenciones.

-          ¡Luis! ¡Aquí, Antúnez!

Un golpe  de manos y un gesto hacia las provisiones sobre la mesa fue el saludo de Peláez mientras Antúnez le presentaba a Segisfredo y Daniel. El brillo de los dorados del uniforme ya había movilizado  miradas y  gestos del género opuesto, con lo que  la noche parecía prometer.

-          Amigo Daniel, creo que  esta fiesta promete y no debemos desaprovechar lo que la Diosa Fortuna tiene a bien  ofrecer en su generosa disposición.
-          Segis, estoy contigo pero no vamos a  entablar combate al primer filibote que se presente por mucho que cargue dorados en sus amuras. Tomemos un poco de ponche y  disfrutemos con la vista  en calma antes de  marcar rumbos. Y no olvides que mañana estamos al alba en la Isla de León con todos los botones o te pasaré por la primera quilla que encuentre astillada.
-          Vale, vale. Me quedo con lo primero y con lo último, pero en cuestiones de abordaje y  fajarse penol a penol  el mando es mío, ¿estamos? Y ahora brindemos. ¡Por nosotros!
-          ¡¡¡Por nosotros!!!

No hizo falta  mucha espera al abrigo de muelle.  Un, como se diría décadas más adelante, petimetre de tres al cuarto al que con el propio pavoneo le bastaba para sentirse ahíto de valor se presentó  bien acompañado por   dos bellas  damas de finas líneas cual fragatas del rey.

-          Caballeros, permítame presentarme. Soy Alfonso de Marcos, heredero del título de Vizconde de Azcárraga y amigo de  la familia Lasquetti. Por medio de su amigo don Luis Peláez me he  enterado que  vuestras personas han participado en la gloriosa jornada de Orán.  Estaríamos encantados  tanto mi persona como mis invitadas en escuchar sus relatos que seguro serán de  excelso interés. Pero perdonen mi descortesía y  déjenme presentarles a mis dos acompañantes mientras pido  que nos acerquen una de esas bandejas que tan caras se muestran hoy de ver entre tanto gentío.

El futuro vizconde no aportaba nada en si mismo salvo la compañía, pero por tal visión a sus costados valía la pena  el cansino ejercicio de escuchar su engolada conversación.

-          Con gusto les presentaré. A mi siniestra Temperance Connoly y a mi diestra Dora Macleod. No se confundan vuestras mercedes por su aspecto y   acento en su hablar  que son buenas católicas de la ancestral Irlanda de la que tuvieron que huir  entre otros peregrinos por papistas como les pretenden insultar esos britanos hijos de infierno.

Casi sin  código de señales sobre el tope de la mayor cada uno enfiló sus mejores deseos sobre una. Daniel aturdido por la habitual falta de  maniobra  en estos casos besó la mano tendida de Dora Macleod mientras  que al teniente Cefontes solo le faltó la orden de fuego frente a los ojos verdes de Temperance. Al fin lograron  hacerse con una bandeja  repleta de pequeños y deliciosos bocados  fríos que junto a  una buena reserva en  jerez les permitió sentarse  en una mesa aun libre entre dos columnas de aquel patio repleto de voces, deseos, miradas  y ganas de progresar  entre sonrisas  conspiradoras.

-          Con la venía de nuestro comandante Fueyo, me permitiré relatar  como vencimos  y capturamos el navío del Bey de Argel,  que es don Daniel demasiado modesto para  dar a la gesta el  cuerpo que vuestra bellas mercedes  merecen sentir.
-          Adelante teniente, le escucharé y si fuera necesario le corregiré.

Con un todo entre broma y competición las historias corrieron como corría el jerez y el ponche, poco a poco la sensaciones mejoraban en calidez y  ganas de recíprocas de  continuar juntos.  Dora era una mujer alta para la altura acostumbrada en las mujeres  conocidas por Daniel. Su mirada azul, profunda y serena parecía esconder y al mismo tiempo retar a quien sobre esta penetrase  a encontrar el tesoro de su misterio. El cabello, trenzado en  un  rubio propio del sol  cercano al frío norte, deslumbraba  hasta en el fondo  de los deseos indefinidos de Daniel que, sin ser capaz de ordenar enfilación al aparejo de sus deseos ante semejante hermosura, se mantenía  paralizado  a la espera que siempre acaba por desesperar.




Mientras, Temperance pura  e insuperable combinación del pelirrojo de sus cabellos  con en el verde de su mirada, miraba embelesada los gestos y la elocuencia quizá con alguna exageración del Teniente que  poco a poco y sin temblor iba tejiendo la  maniobra de abordaje  sobre una piel que ya casi podía sentir sin siquiera imaginar. La música comenzó, el patio se  abrió como si emergiese de un sótano al apartarse los invitados. Entre todo aquel preludio de vendavales el petimetre se quedaba mudo y sonriente mientras indolente observaba como el teniente Cefontes sacaba  a su presa al baile, entre tanto el capitán Fueyo a duras penas y casi con la ayuda  casi invisible de su “victima” logró salir al  escenario donde ya  terminaba de tocarse la zarabanda y el minueto daba para  disfrutar de la noche inesperada…


1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Y el baile marcó el comienzo de algo importante.
Lo veremos en el próximo capítulo, Josu.
¿Cómo estás?
Un beso.
Alicia