viernes, 17 de julio de 2009

No habrá montaña mas alta (15)


- Con la sarna imaginaria que ya un preso del rey porta sin más entre los grilletes del alguacil entró Juan a través de la puerta de hierro de la Cárcel Real, por ella atravesó los corredores hasta quedar en el rancho que se conoce como “Venta” donde quedaban los presos nuevos. No puedo aún imaginar aquél primer golpe real, que la mala vida sin consciencia aún por parte de Juan, le sacudió al verse entre la penumbra de antorchas sin casi lumbre rodeado de rufianes y maestros de la pendencia. Este corazón casi seco aún es capaz de arrugar su pequeña forma al imaginarlo. Pero no estaba lo malo por cumplido, pues al despuntar el día fue mi hermano conducido sin preámbulo o explicación mal dada al sótano, donde tras atravesar la galera vieja fue llevado por la galera nueva hacia el rancho llamado de Crujía donde quedan los futuros galeotes del Rey. Supimos tal cosa horas más tarde pues un escribano de la Cárcel escoltado por dos alguaciles acudió a nuestro hogar roto por tanto dolor sin explicación con un documento firmado por el Alcaide en el que se informaba de tal situación temporal y en la que se conminaba a presentar las alegaciones oportunas antes de tres días para su redención de tal pena por otra, o su confirmación y traslado a la villa de Cartagena en próxima cadena de galeotes. Mi padre no podía entender aquella desdicha y con las mismas acudió a la casa de don Francisco Mallaina. Fuimos con él mi hermano mayor Paulino y yo que nadie pudo impedir que presenciara todo. Tras varios llamados al fin la puerta se abrió, no intermedió criado alguno pues fue Don Francisco el que lo recibió y la conversación con el posible error que tantos años puedan provocar creo que transcurrió en estos derroteros...


Habían los tres alcanzado el mismo puente de Barcas y el sacristán la invitó a cruzar éste con él mientras intentaba reproducir aquella conversación



- Don Francisco, ha de creer vuestra merced en mi sinceridad cuando le juro por mi familia que desconozco el mal que ha hecho mi hijo Juan sobre vuestra vida o hacienda. Le suplico me abra los ojos a la verdad que me atormenta en esta espera inexplicable pues a mi hijo se lo llevan de galeote. ¡Sabéis vos que tal cosa es la pura muerte en vida! Os lo ruego mi respetado almirante, por nuestra amistad de años, os pido me expliquéis la razón de este terrible momento.


- ¡Basta, Don José! Nada tengo contra vos que sé de qué madera es vuestra persona mas no parece que vuestro hijo haya heredado tal señorío de vuestra merced. Ese gañán ha osado mancillar la honra de esta familia teniendo relación no sé hasta que punto de humillante propósito con mi hija Isabel. No sólo eso, sino que valiéndose de puros sortilegios propios de varón que a encantar hembras y beneficiarse de tal indigna forma se dedica, tengo a mi pequeña perdida en locuras falsas de amor por vuestro malnacido vástago. Quiera Dios que nada de lo que pueda arrepentirse haya sucedido entre ambos pues os prometo que en tal caso no llegará vuestro hijo a galera del Rey.
- Don Francisco, entiendo ahora vuestra furia y os ruego recapacitéis ante la situación de mi hijo que seguro nada más es cosa de juegos y chanzas de jóvenes en plena efervescencia y agitación. Vos habéis sido joven y sabéis como yo que ese gas que parece reventar bolsa que ose contenerlo al fin pierde el fuelle y retorna al éter de la pura racionalidad. Liberadle y os prometo que pagará su castigo tan lejos como puedan estar las islas Filipinas en la otra orilla del mar del Sur. Nunca más volveréis a saber de él.

José Delgado quedó en silencio, arrodillado con la mirada fija en la de su hasta aquél momento amigo Francisco Mallaina. Las palabras de José habían calado en el alma de aquél padre atormentado por la deshonra y humillación de su apellido.


- Decís que aún faltan tres días para que la condena se haga firme. Dos días necesitan mi mujer y las matronas para concluir si esto tiene remedio, en cuyo caso nada más deseo que desaparezca de aquí para siempre, mas si no hay remedio las galeras serán su destino. Vive Dios que tal cosa será. Ahora, Don Juan, marchad y esperadme frente a la Cárcel pasadas dos noches que allí le prometo dar contestación.

Con la derrota igualmente clavada del pecho, aunque esperanzado por la posibilidad de librar a Juan de las galeras se dejó llevar por mi hermano Paulino hasta la casa donde esperaba el resto de la familia entre novenas y llantos por mi hermano.


- Don Agustín aún no nos ha hablado casi de Isabel. ¿Dónde estaba ella?
- Calmaos señora que todo a su tiempo vendrá sin otra dilación, más me veo obligado a contaros los hechos como los tengo en mi dolorida memoria. Como os contaba regresamos a nuestro hogar donde la espera se hizo terrible. Mi padre enfermó de pena y angustia mientras mi señora madre, Doña Augusta, se refugió entre novenas y rosarios sin querer aceptar el destino de su hijo Agustín. Son pobres las imágenes que tengo de aquellos días en la casa pues mi hermano Paulino me mantuvo cuanto pudo disperso entre los muelles por los que ahora paseamos observando galeones, urcas, barcas y las terribles galeras que atormentaban en aquellos momentos a Juan desde la cárcel, despidiendo aquel hediondo perfume a putrefacción humana. Lo que ocurrió el día en que habían pactado Don Francisco y mi padre no puedo deciros de primera mano lo que fue, mas tengo algo que a vos, Inés de León, que lo habéis demandado os complacerá pues apareció en nuestra casa Isabel de forma inesperada y con total sorpresa. Yo tan sólo pude observar como entregaba una carta a mi madre con la angustia temblándole en las manos y los gestos de desaprobación por parte de mi madre sin éxito. Después se acerco a mí y me abrazó como si de su propio hijo se tratara entre lloros y lágrimas que quedaron sobre mi piel empapada por tal mezcla de agua y sal.


- ¿Qué decía aquella carta?
- Después de despedirse de mí salió apresuradamente y tan sólo pude escuchar el golpe de cascos al trote alejándose hacía el sur de la ciudad. Mi madre nerviosa como nunca la había visto mandó a mi hermano Paulino llamar a mi padre que partió precipitado hacía la calle Sierpes donde la renegrida cárcel está. Mientras, en la entrada de la cárcel Don Francisco iba a comunicar su fatal decisión a mi padre cuando la interrupción de mi hermano Paulino los hizo acudir de inmediato a nuestra casa acompañados de dos alguaciles del Alcaide en prevención de lo que desconocían encontrar. Fue allí donde mi madre Augusta le entregó la carta a Don Francisco que a cada renglón su ira superaba el color que la producía en el rostro…

2 comentarios:

Menda dijo...

¿Usted tiene agente literario?

Lúcida dijo...

Lo que daría por unos renglones más...