martes, 8 de diciembre de 2009

No habrá montaña mas alta... (41)


…El Comandante de la Furiosa embarcó tras su estancia en la urca donde había entregado la carta de Daniel a su madre que la leyó con intensidad mientras el teniente Grifol entregaba al hermano de Daniel un pequeño regalo, que al verlo el desenvuelto le hizo arrugar el ceño mínimamente. Era un trozo de imán de los que se empleaban para recargar el magnetismo de la aguja de marear. Tras el inicial enfado, pues era aquella una pieza vital de un navío y comprobar que  sólo era un pequeño trozo se abalanzó sobre los ojos de Miguel contándole primero para lo que servía y la importancia de aquél tesoro, para después seguir contándole las proezas de su hermano como artillero del Estrella del Mar al principio y piloto de la Furiosa después. Sus ojos, abiertos de tal manera que podrían ser capaces de captar el movimiento de planetas aún no descubiertos, le demostraron que en esa familia había espíritu puro de mar y brea capaz de calafatear el navío de los sueños que facultan a la realidad propia para poder hacerse a la mar.


La respuesta de María fue afirmativa y con ella el Teniente Grifol se despidió con destino a su corbeta donde preparar las maniobras de aguada y acopio de materiales para las reparaciones pendientes. Estaba seguro que su segundo Artime lo esperaba como esposa a marido que retrasa su arribo cuando el sol ya hacía horas de su retiro. Con la seguridad de los logrado pisó la cubierta de su  reino.

- ¡Nostromo! Llame a mi cámara primero a Don Francisco y entre usted con él.

- Si, capitán.

Mientras acudía digno a su cámara todo el mundo se detuvo un instante en sus labores para observar tal paso como queriendo descifrar las próximas órdenes y quiénes serían los que arribarían a tierra con el nostromo quien a un pito de su silbato puso de nuevo a todos a sus labores.

- Don Francisco, entréguele al nostromo las necesidades que hemos de lograr en tierra y vos baje a tierra en las dos lanchas para recabar agua y lo que Don Francisco haya estimado necesario. Llévese a nuestros soldados y repártalos entre las lanchas, no podemos permitir deserciones tal y como estamos de dotación. Y ahora, pónganse manos a la obra. ¡Ah! Se me olvidaba deciros que pasado mañana 11 de febrero debemos tener lista la nave para zarpar con la marea del 12. ¡Vamos, que no tenemos mucho tiempo! Y la verdad que tampoco mucho caudal. Mirad Don Francisco  lo que me han entregado desde la almiranta, que sepáis que ha sido gracias a vos y el trabajo de la tripulación por devolver la vida a este amasijo de maderas y jarcia. Nostromo, al salir haga venir al pilotín Daniel Fueyo.

Salió Don Francisco ufano por lo escuchado y con mas bríos por hacer a su corbeta, que así ya la percibía, como la más rápida de aquella flota, mientras el nostromo hacía llegar a Daniel de la banda de estribor donde ayudaba al maestre a asegurar los trincajes de dos cañones que se presentaban inseguros tras un golpe de mar recibido pocas jornadas antes de arribar a Puerto Cabello.

- A las ordenes de vos, Capitán

- Dejad el ceremonial y cerrad la puerta, Daniel

Nervioso, pues sabía que con él venía la respuesta de su madre cerró la puerta y se giró cuasi estático, rígido por los nervios que lo atenazaban. Miguel Grifol lo calmó y con suavidad le pidió que sentara.

- Venga muchacho, que no se diga que tras lo pasado ahora tengas temblores por lo que venga. Toma, echa un trago de este aguardiente, es el mismo  que tomaste de la misma cazoleta antes del combate así que no creo que tu madre se vaya a escandalizar por servírtelo en vaso de vidrio como a paisano. Apunta esto que estas viendo entre tus papeles, pues no creo que vuelvas a ver que un oficial de rango superior sirva a un “piloto de meritaje” en trance de ser guardiamarina

Los ojos se encendieron, las piernas se relajaron y un profuso trago caló por el gaznate de Daniel.

- Tranquilo, Daniel. Antes de nada decirte que tu madre se encuentra bien, fueron ellos los atacados y apresados por los piratas pero nadie de tu familia resultó herido. Habrás de explicarme el motivo de robar magnetita para tu hermano, algo que se castiga con severas penas a bordo de nave del rey. Pero bueno dejemos eso para cuando seas alférez y te debas a reglamento. Tu madre demostró de qué está hecha y te dio su bendición. Me pidió que te dejara bajar a tierra en Cartagena para despedirte de ella y de tu hermano cosa a la que accedí. Por todo esto y a partir de ahora quedas a bajo mi responsabilidad hasta que arribemos a Cádiz e ingreses para formarte como lo hice yo. Acaba tu trago y vuelve al trabajo en el que estabas mientras me dedico a este ingrato trabajo de papeles y caudales que debería hacer un contador de los que tantas veces maldecimos a bordo y que tan bien me vendría para llevar a buen fin los pocos caudales de que disponemos.

No le dio tiempo al aguardiente a evaporarse en el eufórico ambiente de aquella cámara cuando tras beberlo de un trago y con las “gracias por todo, capitán” casi escupidas por la prisa que da la emoción incontenida salió por la puerta dispuesto a dejar el barco mejor que si fuera el segundo Artime.

El día 11 llegó y todos los navíos de la flota confirmaron su apresto para partir en la mañana del 12 de febrero. La Furiosa llevaba orden de partir tras la Tenaz abriendo la ruta hacía Cartagena aprovechando su mayor velocidad y aprendiendo  así el nuevo oficio que en verdad tendrían como naves de “aviso” y patrulleras en la Armada de Barlovento donde seguramente quedarían asignadas tras el  veredicto del tribunal de presas. El viaje fue tranquilo y sin contratiempos, podemos decir que como única alteración en la navegación de la corta travesía fue la unión de dos pinazas mercantes que saliendo de Santa Marta se unieron al convoy en busca de protección ante los sempiternos piratas.

Por fin, al rayar el sol en su punto máximo del día 17 de febrero del año de nuestro Señor de 1723 Punta Canoa fue dejando a la vista la imponente presencia de una de las ciudades más importantes de la que España podía sentirse con orgullo parte de su creación. De nombre púnico y de tal carácter se erigía orgullosa entre la playa de Boquilla, pasando por Bocagrande, cegada al paso de naves y terminando en Bocachica por donde cualquier navío de buena o mala ley habría de pasar ante los castillos de San José y San Luis dispuestos ambos a destruirse destruyendo al que osara penetrar en su bahía interior como verdadero mar de tranquilidad, algo que hombres con el orgullo ciego y el desprecio por quien enfrente combatía tuvieron que pagar sin retraso en su cobro…



2 comentarios:

Alicia María Abatilli dijo...

Te leo y descubro que hablas de vos, aunque pareceria que no es así, "su bahía interior como verdadero mar de tranquilidad", en ese mar que amas y que regresas siempre que puedes, con las palabras, con la ilusión, con tus días de plenitud.
Un abrazo.
Alicia

Menda. dijo...

Dice la wikipedia que: 'De Cartagena salían las mayores riquezas que la Corona Española precisaba para el mantenimiento de aquella gigantesca empresa conquistadora, por rutas marítimas que terminaban en los puertos españoles de Cartagena, Cádiz y Sevilla.'. De vez en cuando es estupendo repasar un poco de Historia.