sábado, 13 de marzo de 2010

No habrá montaña mas alta... (54)


- ¡Don Benigno Arriaga! ¡¿Dáis vuestro permiso para entrar?!

- ¡Esperad junto a la puerta! Bajaré yo mismo en un momento.

Con la tensión por tener como compañía al mayoral de Don Beltrán de sobra conocido a pesar de corto tiempo en Magangue, Don Arturo esperaba la aparición del jesuita con la incógnita de las reacciones que se suscitasen entre ambos en aquél momento colosos como torres repletas de orgullo. Al poco tiempo, un chirrido desagradable sacudió el corazón de Don Arturo, poniendo en guardia al mayoral con una mano en su pistolón y la otra en el sable aún amarrado al cinto.

La puerta parecía no querer abrirse aferrándose  como uñas  de gato que araña el suelo, mientras se desencajaba con dificultad del dintel donde debía haber un cierre, que parecía más bien ser el tronco macheteado a prisa y corriendo para hacer de puntal entre el suelo y la puerta. Dos hombres fueron los que se plantaron frente a Don Arturo y el mayoral, uno el jesuita, enjuto y fiero en su mirada de ojos saltones y encendidos por la ira confundida de iluminación celestial, una cruz de plata servía de divina defensa junto a los santos evangelios, junto a él, con casi una cabeza más en altura, uno de los esclavos de Don Beltrán armado de una escopeta trabucada y el omnipresente sable en cada mano; su mirada superaba en furia y odio la del jesuita, pues era su vida la que estaba en juego y no tenía previsto ponerla de nuevo en venta.

No más de una vara de distancia habría entre ellos, el olor a sangre y sudor, las miradas clavadas en las opuestas marcaban la negociación. Don Arturo con rechazo y desprecio que ambas posturas le causaban por sus medios y maneras tomó fuerzas de su inagotable interior para hacer andar aquella nave sin forma.

- Padre, permítame rogarle que deponga tal actitud tan poco propia de un hombre de Dios como vuestra en verdad es  vuestra merced. Estos hombres son propiedad de Don Beltrán y si no accedéis a su entrega de forma pacífica, las leyes del reino les conceden el derecho de tomar las acciones que estimen oportunas. Vos sabéis que vuestra resistencia será tan solo un esfuerzo realmente baldío tanto para el propósito que os mueve como para las esperanzas de los hombres que os acompañan en esta locura

- ¿Locura? ¿os atrevéis a llamar a esto locura? No puedo creer que consideréis una locura que estos hombres como bien los llamáis y no esclavos propiedad de nadie como pretenden las humanas leyes escritas con prolífica beatitud y maldad propia del mismo Belcebú, luchen por ser libres de elegir su Destino antes de entregar su alma al supremo hacedor. ¿No fue nuestro señor Jesús el que se enfrentó al vacío de la muerte sin más que su fe y venciendo a la esclavitud mundana? No habrá más salida a esta situación que la de la consecución de la libertad de los hombres que han decidido resistir ante la mansedumbre y el adocenamiento de otros sin más.

Las cosas estaban tan claras como complicadas, pues no iba a ser Don Beltrán hombre de ceder y menos ante lo que consideraba suyo y que la sociedad vigente bendecía con mezquina hipocresía. Había que ganar tiempo.

- No pretendo quitaros razones que bien cargado parece que portáis el zurrón de vuestra conciencia. Dadme un poco de tiempo antes de cerrar este diálogo pues intentaré buscar una solución que perjudique en lo menos a todos los que aquí estamos.

- Sea así pues. Por nuestra parte nos guardamos en nuestro pequeño recinto que aunque pequeño, pobre y cerrado en sus cuatro muros, en su interior la Libertad rebosa en altura hasta tocar el cielo al que mas tarde o más temprano habremos de llamar para dar cuentas por lo que aquí hayamos hecho.

El jesuita tan digno como su convicción le mantenía se giró llevando al liberto con él, manteniendo este último su mirada en la del mayoral que antes que la fe del jesuita el confiaba en la de sus reflejos ante cualquier sorpresa traicionera de éste. Mientras, Don Arturo, con el rostro de la preocupación y la mente bullendo como lava en volcán a punto de romper, bajaba intentando encontrar la idea, el arreglo que llevara a todos a una inestable calma que generarse más tiempo, pues en el fondo sabía que aquellos dos espíritus tan parejos como Don Beltrán y el jesuita nunca llegarían a una entente, pacto, acuerdo de convivencia que en verdad llevara la paz de donde nunca debía haberse ido. Beltrán de Garralda esperaba, mientras en el rostro del mayoral se percibía el placer de saber que pronto la “caza mayor” iba a comenzar.

- ¿Y bien, Don Arturo? ¿Buenas o malas nuevas traéis?

- Nada traigo si lo que deseáis es todo. El jesuita Arriaga esta dispuesto a morir en un inútil deseo de resistir, mas eso también os traerá a vos y vuestra gente daños y quién sabe si la propia muerte.

- ¿De esa chusma? ¿por quién los toma?

- No se engañe, son hombres que nada tiene que perder y saben que si caen en sus manos pueden sufrir lo inimaginable antes de perder definitivamente la vida…

Mientras esto decía observaba al mayoral con gesto acusador por ser quién en su enfermiza razón parecía disfrutar de todo aquello

- Por ello morirán matando y quién sabe si uno de los que caen es usted mismo, el Señor no lo quiera.

El negrero Garralda pareció entender la argucia que por real no era sino un intento de negociar. Negocio que al final iba a repercutir en el bolsillo de Don Arturo pues no parecía haber otro camino. Comprar él los esclavos de Don Beltrán enterrando la guerra con plata, aunque no sabía de la reacción del jesuita pues no eran aquellos sus términos innegociables.

- Pues si hay que matarlos de hambre, así será sin dilación.

- Don Beltrán permítame proponerle la compra de sus hombres a un precio razonable, al fin y al cabo necesito brazos para mi hacienda que voy a poner en marcha si todo va bien y podemos  de tal guisa beneficiarnos todos de semejante situación. Vos obtenéis una plusvalía de estos hombres a los que habríais de mantener una costosa vigilancia y yo puedo comenzar con mi proyecto. Os prometo que pagaré bien

La oferta era tentadora aunque había que poner precio

- El valor de dos esclavos de iguales características en el mercado de Portobelo, puestos y a mi servicio aquí.

Bastardo era el negocio sobre almas con vida propia, pero era la vía y no quedaba otra opción.

- Acepto.

La tensión como si de un golpe bajo fuera, hizo que el rictus del mayoral se transfigurase al del animal carroñero frustrado por perder presa fácil. No parecía dispuesto a quedarse a solas con el deseo sin lograr alcanzarlo en dolor y sangre…

1 comentario:

Alicia María Abatilli dijo...

Una novela que se descubre capítulo a capítulo.
Como el placer de llegar alto muy alto y mirar el paisaje desde allí.
Abrazos.
Alicia