miércoles, 28 de enero de 2009

Entre Alarcos y Las Navas (34)

… Con las mejores galas que podían portar sobre sus cuerpos, Elian, Tello y el resto de la dotación del Mazal se presentaron ante el palacio del Sid. La presencia de una mujer se recibió como algo inesperado a pesar de su conocimiento y mas, por la propia honra que tenían aquellos árabes en su hospitalidad se obligaron a recibirla; junto a uno de los eunucos de este la encaminaron hacia el harén del Sid en tanto durase la celebración. Tello y Zahía se separaron en aquella puerta esperando volver a encontrarse antes de que el alba, con su llegada, otro destino hubiera determinado.



Tello había conocido y acudido a ciertas celebraciones a las que el califa en Marrakech, deseoso de mostrar su grandeza ante ellos, le había invitado. Eran fiestas locales, por el cambio de estación o por algún nombramiento menor; en definitiva nunca había acudido a una fiesta musulmana en la que él fuera una parte de los homenajeados. Antes de entrar a una enorme jaima que presidía el centro de los jardines del palacio, Tello hubo de pasar ante las picas de los escoltas reales cuyos filos terminaban sobre las cabezas inertes, pero aun calientes de los horas antes temibles piratas que casi acaban con su vida. El espectáculo de visión realmente grotesca, no era sino un método más de demostrar el poder implacable que cada emir, califa o visir ante quienes desafiaban su poder, fuera súbdito o extranjero, cristiano o musulmán, pues el poder no entiende más que de su propia supervivencia.


La entrada a la jaima fue el instante convertido en un golpe de olores almizclados al que sin interrupción ninguna inundo el oído por una ola suave de músicas agradables que parecían partir de un dúo de laúdes tañidos por sendas bellas mujeres. Entre los cojines más propios de palacio, que de una jaima en medio del puro desierto del que procedían aquellos hombres, un hombre acompañado a su diestra por una pipa de menta y algunos aditamentos mas disueltos que alimentaba sus pulmones los observaba entrar con estudiada indiferencia. Era el mismo Sid, Adbenacid Hussein, el que los esperaba rodeado de su curia más o menos bien alimentada y deseosa de permanecer en tal estado al abrigo de su orondo volumen.


Precedidos por el chambelán de aquella corte mitad palaciega, mitad tribu del desierto, fueron presentados ante el Sid. Él, a su vez, rehusó ser presentado y en un acto de vanidad y esfuerzo extremo se incorporó frente a Tello y Elián para hacerlo; una vez recuperado el resuello tras semejante esfuerzo hizo su número un tanto artificioso en un vano intento de causar admiración,


- Alá sea con vosotros, infieles. Quiera Él que seáis bienvenidos a mi celebración por la captura de semejantes piratas, que ya no serán sino pasto de mis perros. Yo, Adbenacid Hussein, hijo y nieto de los Hussein, descendientes de los que cuidaron al profeta en su huida a Medina, Sid de las tierras de Almería, tierra recuperada a los cristianos. Desde este reino creciente como la luna tras su renacimiento os doy también la bienvenida a vosotros y vuestros hombres.


Con un gesto los conminó a sentarse cercanos a él y con dos palmadas dio la señal de iniciar la celebración. Aquellos ángeles con cuerpo de mujer dejaron de tañer los laudes convirtiéndose en perfectas estatuas de mármol oscuro, para dar paso a las viandas y los vinos que cual tribu del desierto, como no hace muchos años vinieran todos los que allí se presentaban, se aprestaron y de seguido lanzaron a desgarrar en trozos aquellos carneros apetitosos para comer, como si este fuera el último que quedase entre La Meca y Medina.


Los vinos, perdición del hombre para el buen musulmán, comenzaron su labor de confusión en el interior de las conciencias de aquellos hombres. Poco a poco los cuerpos de todos fueron encontrando acomodo entre los cojines que se prodigaban en la jaima. El Sid, bebió y comió como el señor de todos aquellos seres se consideraba, aún así su serenidad contrastaba con la del mismo Ganim totalmente ebrio, hombre orgulloso el día pasado como bravo cazador de piratas sobre la mar y esa noche borracho vulgar. Tello, expectante y precavido fue bebiendo un vaso de vino por cada tres que bebían sus compañeros de celebración. Otra palmada del Sid y la jaima se convirtió en un puro espectáculo de lujuria engalanada por diez mujeres bailarinas de una hermosura equiparable a la de las las bellas huríes que quizá alguno de ellos ya estarían viendo en su inmensa digestión entre alcoholes y grasa de carnero. Quizá fuera Salomé la que semejantes bailes y movimientos de cintura, pecho y caderas inventó, mas aquellas mujeres en nada podrían envidiarla en la sensualidad de sus movimientos realzados entre los brillos reflejados desde su piel por el sudor de aquél bendito esfuerzo; hipnóticas las intermitentes miradas entre los invitados y el anfitrión que incitaban a apetitos desmedidos rayando la condenación eterna entre una música que encerraba la fórmula justa para encadenar deseo y pasión en cualquier mortal que las mirase importando nada el sexo de sus ojos. Quién no estuviera ya dormitando el pecado de la gula no podría hacerlo ya.


Tello no daba crédito a lo que veía y lo que la mayoría se perdía en sus delirios de comida y bebida. En parte también entendía la orgía de gula que precedió a semejante tentación, pues de tal manera no quedaban allí mas ojos que y los del rey ya pasmado por el exceso hedonista de su vida diaria y los suyos a punto de huir de su cuerpo para guardarse entre cualquier pliegue de cualquier postura en no importaba qué mujer de aquel decálogo de maravillas de la creación. Este, entre tanto exceso deseaba conversar con Tello, al que como superviviente lo consideraba digno de sus palabras.


- Mi buen hebreo, no conozco vuestro verdadero nombre pues es el que mi chmabelán dijo uno falso a todas luces.
- Majestad, yo…
- Callad, no interrumpáis mi charla si no deseáis acompañar a los que os han precedido antes de entrar en mi jaima. Y bien, no me gusta la mentira y menos de un hombre que por lo que me han informado es todo un guerrero, acostumbrado a entablar combate sin recelo frente a enemigo que plantase cara. No conozco judío ninguno que haya en todo nuestro imperio y en lo que resta de leguas a la bendita Damasco que emplee sus brazos en aceros y filos mortales, que son raza mas del comercio y la usura. Adelante pues, decid vuestro verdadero nombre. No temáis, alguien que ha logrado y ayudado a apresar a los malditos piratas es alguien con quién este que a vos habla es deudor. Nada os haré, pero hablad.
Otras dos palmadas y aquellas bellas mujeres se fueron, volviendo las que al principio vio Tello a tañer sus laúdes. Tello pensaba deprisa
- Como deseéis, majestad. Mi nombre es Conrado González de Luna, soy caballero cristiano del Reino de Aragón. Mi nave en ruta hacia la Roma Papal sufrió un ataque de piratas del que salimos como pudimos, con averías y muy maltrechos. A esto se añadió un temporal que arrastró nuestra nave hacia Berbería destruyendo la nave contra las rocas frente al puerto de Djiljelli. Mi hermana y yo logramos salvarnos y con el dinero que rescatamos logramos que nos llevaran varias caravanas de mercaderes judíos hasta Oran desde donde embarcamos en el Mazal que vos podéis ver en el puerto.


Sin haberse preparado creía haber conseguido ser convincente.


- Interesante, así que cristiano y de Aragón. Pues estáis de suerte porque se buscan a dos fugitivos, un hombre cristiano como vos del reino castellano y una judía que huyó con él desde Marrakech. Según me informaron en el correo desde Marrakech, a su padre, como perro traidor de nuestro Califa a quien Ala tenga con vida muchas lunas, hace ya muchas noches que solo quedan los huesos limpios, devorados por los perros callejeros de Marrakech. De momento me vale vuestra explicación, mas habréis de consentir en ser mis huéspedes hasta que logre aclarar semejante historia. ¡Brindemos! Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de alguien que entretuviera mis largos días de gobernante en este vulgar reino. Daría mi brazo izquierdo por Granada.


Las cosas no estaban tan claras y limpias como soñaba Tello, había que ganar tiempo y escapar a la menor ocasión. Debía primero sacar a Zahía de aquel lugar donde podía ser pasto de las macilentas carnes de aquel ser obeso y falto de vigor, pero poderoso y vil.


- Os agradezco vuestra invitación. Solo desearía que mi hermana y yo pudiéramos vivir durante el tiempo que nos regaléis con vuestra hospitalidad juntos en algún lugar que os parezca adecuado a nosotros. Podéis contar con mis conocimientos en el arte de la guerra , espero que comprendáis que mi grado de caballero necesita de mujer que cuide y mantenga decente mi apariencia. Qué mejor que alguien de mi propia sangre.



El gesto del Sid denostaba irritación, mas decidió otorgar el favor, al menos de momento.


- Está bien, viviréis en los cuartos del servicio, cerca de la guardia hasta que yo decida cambiar tal deseo. ¡Chambelan!


El camarlengo se acerco al Sid del que recibió las instrucciones sobre Tello y Zahía. Acto seguido Tello siguió a este después de despedirse de su inesperado carcelero. Ahora solo esperaba ver a Zahía y buscar la rendija de su libertad…

2 comentarios:

lola dijo...

Hola Blas, esperemos que los protagonistas salgan airosos de tan grave situación.

Un abrazo fuerte.

Lúcida dijo...

Parecía menos listo el Sid...