sábado, 31 de enero de 2009

Entre Alarcos y Las Navas (35)

… El oscuro chamizo no merecía el nombre de hogar; la puerta era el único contacto con el exterior, desde donde una escasa luz conseguía atravesar los muros del palacio del Sid. El intenso olor que exhalaban sin descanso las bestias que compartían el patio con ellos y la cercana guardia obligaban a mantener con esfuerzo la capacidad de respirar sin oler tales secreciones. Tello se sentó en el pequeño tablón cubierto de paja húmeda que debía de hacer las veces de asiento y camastro; frente a él se apreciaba una esquina con sus paredes tiznadas del negro que suele dejar el humo al buscar la salida al exterior. Nada de aquello importaba, sólo saber de Zahía y preparar la huída de semejante encierro.

Y Zahía llegó, casi rayaba el alba reflejada en aquella bahía que se dejaba cortejar por el Mediterráneo en un eterno agasajo mutuo sin espera alguna por su final.

- ¡Zahía! ¡Al fin! ¡¿Estás bien?! ¡¿Te han hecho algo?! ¡Habla, dime algo!

Ella lo miró con gesto de sencillez y paz, como si esperara aquellas preguntas aceleradas por parte de Tello. Ni siquiera se dio cuenta del aspecto y olor que tenían su nuevo hogar. Se abrazó a él


- Tello, mi amor. No sufras, estoy sana y salva. Nada me han hecho aquellas mujeres presas entre sus riquezas y lujos. Me han tratado como a una reina, me han bañado, peinado, embadurnado de afeites de mil olores y hasta sabores. Nunca me había sentido así. ¿Qué sucede, Tello? Te escucho.

Tello poco a poco fue contando todo a Zahía palabra por palabra, a excepción de las que se referían a las bellas mujeres que aturdieron su entendimiento. Ella no necesitó llegar al final de la historia e interrumpió a Tello

- Tello, hemos de escapar, si aquí quedamos tú serás hombre muerto más pronto que tarde y mi vida se encamina a convertirse en mero cuerpo para disfrute de semejante hombre de viles y descarnados apetitos.

Ella comenzó a llorar, en aquél momento se convenció Tello de no desvelar el destino fatal de su padre, no era momento. Había que levantar la moral y el ánimo. Buscarían la forma de escapar y había que comenzar antes de que el primer rayo verdadero de aquella misma mañana tocase los muros del castillo. Tello había visto el estado de los lugartenientes del Sid. La vida regalada encontrada por aquellos almohades procedentes del duro desierto africano los había ido degenerando el carácter, tal y como antes lo había logrado con los almorávides tras derrotar a los Taifas. Tello era consciente de ello y no había tiempo que perder. Estaba casi seguro que las órdenes respecto a ellos sobre su confinamiento aún no habrían llegado a la guardia. El chambelán bastante tenía en aquellos momentos con cuidar de su señor y despertar a los seguro mal encarados lugartenientes, capitanes y resto de la curia almohade.


- No perdamos más tiempo, Zahía. Sígueme , vamos a salir de aquí.
- Tello, ven.


Antes de salir, Zahía besó a Tello con la fuerza de quién puede perder lo que mas ama además de su vida. Con mucha parsimonia y moderación en los gestos, fueron aproximándose a las caballerías que perfumaban aquél patio. A menos de cincuenta varas se encontraba la entrada del palacio que daba paso a las viejas murallas de la Alcazaba. Desde allí salir podía ser cosa fácil ladera abajo hasta la misma ciudad, sólo había que llegar allí y para ello hacía falta un caballo. Había dos soldados cuidando las caballerías y tres más que dormitaban sobre la misma puerta del palacio. Aquella relajación militar le daba la razón a Tello, los mandos estaban “durmiendo” el pasado "estruendo" de comida y alcohol y ellos aprovechaban para aflojar la dura vida de la guardia a la intemperie.

Con un gesto detuvo a Zahía a pocas varas de él, mientras se acercaba al soldado que cepillaba uno de los caballos que se encontraban pegados a la pared, tapados por otros que piafaban por sentir las caricias del cepillo. En un rápido movimiento, sin apenas ruido y con la ventaja de no existir sospecha por parte del soldado Tello rompió el cuello a aquél infeliz hombre que seguramente no merecía tal fin. El otro soldado no se había percatado de la acción; Tello no se permitió segundo alguno, había que actuar.


- ¡Soldado! ¡Aquí, rápido, tu compañero está inconsciente!
El soldado corrió a su llamada sin manifestar sospecha. No le dio tiempo a mas, quizá llegó a descubrir el cuello roto de su compañero cuando ya el filo del alfanje en manos de Tello rebanó su cuello, más nunca los sabremos. Un gesto desde Tello a Zahía, que esperaba semi rígida más atrás, y como uno solo los dos montaron la yegua que parecía la más robusta que las demás. Antes de que la guardia del portón que daba acceso al segundo recinto desde el que escapar ladera bajo se diese cuenta de la situación, Tello con Zahía pegada a su espalda atravesaron esta como el mismo rayo de furia que tiempo después mandaría cortar las cabezas de aquellos infelices como castigo por la huida.

Bajaban ladera abajo hacía la ciudad buscando un camino de salida cuando ya sonaban los cuernos de alarma, e incluso alguna flecha silbaba sesgando al aire cercano a aquellas dos almas ciegas aferradas a los cuerpos que pugnaban por mantenerse con vida en aquella frenética huida. Entre miradas de sorpresa y temor de los transeúntes lograron salir sin grandes problemas de la ciudad en dirección oeste. Los caminos a Málaga serían peligrosos, estarían en poco tiempo plagados de patrullas y las posibilidades de alcanzar su destino se veían pocas o ninguna. Tello, sin dar respiro a su yegua, se internó hacía el norte donde las montañas aún suaves que anunciaban las Alpujarras más lejos parecían ofrecer una mayor seguridad en aquellos momentos.

Poco a poco las arboledas fueron aumentando en su espesura. La frondosidad calmó sus miedos y redujeron la marcha a un ligero trote en dirección a la Sierra de Gádor donde podrían recuperar el resuello producido por el miedo y la carrera. Quizá los dioses de ambos, conmovidos caprichosamente por aquellas dos almas unieron sus poderes divinos cerrando de nubes bajas las suaves cumbres de las lomas por las que cabalgaban derrotados Tello y Zahía. Al fin, en la ladera norte de una de las lomas una pequeña cueva se presentó a ellos como regalo del mismo cielo que les había obsequiado con las nubes. Había restos humanos fuera y rastros de ganadería secor que indicaban su antigüedad.

- Descansaremos aquí., Zahía. Mientras reconozco la cueva lleva a la yegua a aquello pastos, se lo ha ganado.
Zahía casi no tuvo que esforzarse en tal acción, pues la propia hambre del animal la llevó hasta el pequeño césped, algo ralo, donde recuperar las energías de semejante cabalgada. Tello, al poco salió con una sonrisa leve en su rostro cansado.

- Zahía, es un refugio de los pastores de estas tierras. Lleva tiempo deshabitado y no creo que en esta época vuelvan por aquí. Descansaremos esta noche y partiremos mañana hacía Málaga.




Se abrazaron, tratando de transmitirse el uno al otro sus miedos y alivios al mismo tiempo mientras la yegua, ajena a cualquier peligro degustaba semejante manjar vegetal sin mas. Durmieron aquella noche sin otro calor que el propio de sus cuerpos unidos sobre la hojarasca que hacía las veces de lecho y el de la yegua, a la que Tello decidió mantener oculta con ellos por precaución. El amanecer sería otra prueba dura, había que lograr alcanzar Málaga donde se encontrarían con Abu Zacarías, el nombre mágico sobre el que reposaban todas sus esperanzas de supervivencia…

2 comentarios:

Lúcida dijo...

No sé porqué me ha sorprendido imaginar a Tello matando a los soldados.

Besos

DianNa_ dijo...

Siempre es un placer leer tus relatos, niño.

Deseo pases una feliz semana.

Besos