martes, 10 de marzo de 2009

Viejas historias sobre cuentos reales (1)

El aguacero continuaba sin tregua sobre la cubierta del “Gorbea Mendi”. Agua lanzada  desde un cielo negro, profundo, sin estrellas, que arreciaba sin esperas por el resuello de los que cambiaban su guardia a bordo del buque. Desde el suelo líquido la conjunción del viento helado y cargado de los viejos deseos de su hacedor por tumbar lo que se irguiera sobre su reino, con la mar tendida y de paciente cadencia que arrastraba su letal fuerza desde el Gran Sol baqueteaban el “Gorbea” sobre sus costados plagados de remaches forjados entre fuego sudor. La amura de estribor encapillaba quintales de agua mientras los imbornales de cualquier banda de aquel orgulloso mercante se afanaban como verdaderas bocas marinas a librar de semejante masa líquida las cubiertas de éste.

Abril de 1915, en pleno Golfo de Vizcaya cuarenta y tres hombres mantenían los hilos de su existencia tensos a la espera de un destino en el que el filo de la muerte pasara de largo. Las flamantes máquinas de vapor bombeaban el vivo fluido entre sus émbolos de diferentes tamaños. Los más de 100 metros de eslora de metal recién forjado en el corazón del Bilbao naviero e industrial luchaban por mantener entre sus límites las casi 10.000 toneladas que desplazaba en aquél momento. Mares inciertos los de cualquier latitud cuando los elementos se conjuraban en la misma dirección.


Alejandro, con los mismos años que el siglo aún imberbe como el joven que hombre ya se consideraba, pretendía mantener la falsa serenidad que preludia el miedo antes de explosionar como las bombas que en ese instante lo estarían haciendo enfrente de cualquier trinchera entre Bélgica y Luxemburgo. Embarcado por necesidad, huérfano y sin recursos su destino acertó a pasar cerca de su desgracia como no podía ser de otra forma en mitad del muelle de Lequeitio. La guerra dio un vuelco a la economía española, la demanda de materias primas de los contendientes provocó que cualquier nave con posibilidad de flotar fuera objeto de flete. Esto hizo que muchos hombres embarcasen, pero hacían falta más… y allí encontró el destino a Alejandro.


Su gran sueño era ser  el mecánico de aquellos prototipos que a veces llegaban al pueblo, alcanzar la capacidad de descubrir el secreto de su corazón ruidoso y torpe era el deseo de su incipiente juventud. Pero una cosa son los deseos y los sueños que uno recrea en su imaginario y otra es la maldita realidad de miseria y necesidad. Así, aquél hombre se acercó a Alejandro

- ¡Muchacho!
- ¿Es a mí, señor?

No era aquél personaje un portento del buen vestir, ni la estampa de hombre de fiar, pero un hombre  vistiendo sombrero en su cabeza, con un reloj de bolsillo con cadena dorada alumbrando el raído chaleco hacía que a cualquiera de los mozos que deambulaban por el muelle de pequeña villa marinera la imagen los deslumbrase.

- ¡Si, tú! ¡Dime! ¿sabes leer?

Con el orgullo de ser un privilegiado entre la miseria cultural circundante en cualquier aldea de la Europa de principios de siglo, Alejandro contestó

- ¡Pues claro, señor!¡ Además sumo y resto sin equivocarme!
- Bien, pásate por la cofradía esta tarde. Quizá tenga algo que te interese…

Y se pasó, de esto hacía ya bastantes meses, ahora era el marmitón del “Gorbea”. Comía caliente, dormía caliente, al final de cada viaje encontraba dinero en su bolsillo, no mucho pero era alguien. No había vuelto a Lequeitio desde que embarcó. De sus padres no se había despedido pues ya no estaban allí, del resto de su familia prometió volver a verlos cuando fuera “alguien”.


Los golpes cada vez eran mayores, cuando no eran los muros líquidos desde el noroeste era el mismo “Gorbea” que castigaba su quilla sobre la mar en caída libre. En el momento que el pantoque plano pretendía hacerse sitio en la masa líquida con todo el peso de las diez mil toneladas, la sensación de que el fin del mundo había llegado se reflejaba en las miradas de los hombres. Nadie dormía, era como si la guardia de aquella noche fuera cosa de toda la tripulación; nadie quería dormir, nadie se atrevía a desafiar al destino faltándole al respeto del miedo y lo esperaban cada uno en su puesto.


De pronto, Don Pedro, el segundo de cubierta, bajó al oficio de la marinería. El rostro desencajado de aquel hombre de tez blanca, sus bigotes en otros momentos bien lustrosos y acicalado miraban ahora al suelo empapados sus rizos de agua y sal, la gorra no era tal sino un paño pegado a la cabeza. Al menos la voz seguía siendo la que debía ser

- ¡Un hombre al castillo de proa! ¡El ancla de babor está a punto de destrincarse!

El silencio se apoderó de todos, nadie deseaba salir de aquella protección de hierro y cristal.

- ¡Maldita sea, un hombre a proa conmigo! ¡Tú, chaval!

Alejandro sintió su dedo clavado en el corazón como el filo de la bayoneta enemiga en medio de alguna trinchera europea. Se levantó y acompañado de los ojos agradecidos de los demás, marineros, padres de familia o simples hombres más útiles que él en otra ocasión se alejó tras la estela de agua que marcaba la cubierta por donde pisaba Don Pedro.


Se puso el traje de agua y se ató una de las maromas; así por lo menos si caía al agua que su cadáver no se perdiese.  Salieron por la escotilla de babor protegidos de los golpes de mar que castigaban la otra banda. Desde el puente alumbraban con dos linternas que más se acercaban a velas entre tanta oscuridad y mar encrespada. No era necesaria tal iluminación pues ambos conocían el recorrido con los ojos cerrados; primero y protegidos mínimamente por la bodega de proa fueron acercándose al castillo de proa. La protección se redujo más tarde a las bitas que jalonaban la cubierta. Al fin lograron alcanzar la escala de babor que les llevó hasta la maquinilla del ancla donde el cepo de esta casi se había salido amenazando con librar ancla y cadena a través del escobén.

Trincaron con varios cáncamos no solo el ancla que peligraba sino también la que no peligraba en la otra banda, el temporal no amainaba y el “Gorbea” a duras penas lograba capear semejante paliza. Mantener arrancada y gobierno era el objetivo, sobrevivir en definitiva a los embates de la furia de los dioses eternos del océano, dueños y señores ahora y siempre de las vidas que sobre su lecho se aventuran a vivir.


Giraron sobre sus pasos, arrastrados sobre cubierta de bita en bita hasta alcanzar de nuevo el pequeño refugio de la bodega de proa, deshacer el camino andado parecía  más sencillo. Don Pedro alcanzó la escotilla el primero mientras Alejandro aun tenía cinco o seis metros hasta alcanzarla. De pronto una sensación de vacío, de caída libre en los estómagos de las cuarenta y tres almas precedió al golpe mortal de la proa contra la raíz de una enorme masa de agua que parecía iba a tragarlos.


- ¡Alejandrooo!

No dio tiempo a más, Don Pedro cerró la escotilla antes de el agua inundara el interior del “Gorbea”. Alejandro trato de fundirse a la bita sobre la que esperaba de un momento a otro el golpe final…






5 comentarios:

Menda dijo...

Me ha encantado la historia. Tal vez te guste esto:
http://www.correillolapalma.com/

hatoros dijo...

COMO SER SEGUIDOR. ME ENTUSIASMAS,MACHOTE

hatoros dijo...

¿POR QUÉ EN ESPAÑA NO TENEMOS YA GENTE QUE MANDE COMO BLAS DE LEZO?
porque a los politicos y a la gente en general se les ha olvidado el honor que es lo más dificil de la honra. Y como ya no hay honra, así nos va.

alba* dijo...

Hola, buenas tardes, yo solo pasaba por aquí y no quise irme sin dejar huella de mi paso.

alba*

Lúcida dijo...

Me encantan tus relatos del mar, y además cada vez tengo que buscar menos palabras en el diccionario jejeje

Deseando estoy saber más de Alejandro.