miércoles, 11 de marzo de 2009

Viejas Historias sobre Cuentos Reales (2)

…Lo enorme vencido por lo minúsculo, la derrota asumida convertida en victoria trascendente. Toneladas de agua helada, mezcla de espuma fruto de la violenta pugna por el predominio de sal sobre la masa líquida barrieron el cuerpo mimetizado en la forma de la bita soldada a la cubierta. El oscuro túnel mental producido por el golpe solo le permitió escuchar su nombre por vez primera de boca de un oficial del barco mientras la escotilla sellaba su nexo con la vida. La luz real desapareció, los ojos cerrados abrieron su propia radiación en la que las imágenes se confundían entre sonrisas perdidas sobre el rompeolas al lado del viejo muelle junto a sus primeros pasos sobre la escala real, al mismo tiempo retornaban sensaciones de orgullo mezclado de tensa espera por lo que el cura de la vieja iglesia de La Asunción les había prometido a los que nobles fueran y amenazado a los que rompiesen el pacto con Dios. Esperaba, esperaba…

- ¡Muchacho, despierta! ¡Luis, traiga más mantas y caldo caliente para este bravo!
Don Pedro, quizá con la culpa de haber sido el portero en aquella escena casi mortal se desvivía por reanimar a Alejandro. Cuando la embestida marina pasó de largo no duró un segundo en el que él mismo junto con dos marineros se lanzaron sobre lo que creían ya los restos mortales de Alejandro. Con presteza desataron la maroma de su cintura y arrastraron el cuerpo aún inconsciente al interior del “Gorbea”. Don Pedro no paraba de golpear con nerviosismo sobre los carrillos del joven resucitado. Al fin los ojos entreabrieron sus párpados, el brillo vital de la juventud permanecía. Los gritos de Don Pedro quedaron grabados en los oídos de todos los que allí estaban para la eternidad.

- ¡A su camastro, no perdáis de vista su estado! ¡Por él saldremos de esta!

Con las mismas, giró sobre sus pasos y rápido como los rayos que golpeaban la atmósfera del Golfo desapareció en dirección al puente junto al capitán. El día de nuevo venció a la madrugada, pero la mar continua en sus trece y su compañero el viento no amainaba. La luz diurna a pesar de la situación estable en lo terrible parecía dar serenidad a los hombres. Al menos podían ver el ejército al que se enfrentaban de cara y quien más o quien menos sabía de aquel tipo de combate. Don Ramón, el capitán, se mantenía en pie a base de cafés y rociones que diluían la cafeína en su tazón metálico salando un elixir al sólo le pedía tensión en sus reflejos. Salvo para comunicarse con la sala de máquinas no se había movido un paso del alerón de babor desde donde se sentía seguro, aunque hubiera momentos en los que el extremo de este acariciase la superficie antes de volver a adrizarse con el resto de la nave. La imagen serena de Don Ramón y el “run – run” de las tres expansiones tragando y escupiendo vapor eran las cuentas del rosario al que rezaban los hombres, viejos y jóvenes sin distingos ni creencias, pues bien dice la tradición que “quién no sabe rezar, métase en la mar”.


Antes de servir la comida del segundo ya estaba Alejandro con el paño en el hombro sirviendo la comida al oficial. Las miradas sobre él habían cambiado, un día antes era un imberbe rapaz que olía a tierra y leche materna, en aquél momento era uno más de ellos, iba ya en su mismo barco y sabían que podían contar con él como tal. Seguía siendo el marmitón, el que pelaba patatas, recogía y limpiaba, pero ya tenía nombre y clase de mar. Antes de las doce en la que comería el resto de la tripulación que no estuviere de guardia un grito interrumpió el desorden ordenado que provoca un temporal a bordo.


- ¡Buque por babor! ¡Pide auxilio!

Como uno, quién no mantenía su guardia se asomó a cubierta por la banda indicada. Un mercante algo más pequeño que el “Gorbea” se distinguía entre los valles y montañas inquietos que trataban de engullirlo. Desde la magistral alguien se afanaba en dar aviso por señales luminosas de la situación y la necesidad de auxilio. La actividad comenzó hervir como el agua de la caldera que vomitaba vapor a la máquina dos cubiertas más abajo. Don Ramón ya había abandonado su sempiterno puesto sobre el alerón y llamaba a Don Manuel el jefe de máquinas para organizar la maniobra. Había que dar caza al hermano antes de que la mar lo devorase por fin.


Media hora más tarde la maniobra estaba lista para iniciarse. Por medio de las misma señales luminosas y la de una bengala que fracasó en su intento de mantenerse en lo alto de aquel infierno celestial se le confirmó la operación de salvamento. Las señales desde el otro buque se redujeron a las de una simple baliza para mantener visible la posición.

La mar tendida golpeaba del noroeste junto al maldito viento, la distancia sería de una milla escasa que era la visibilidad que había en aquellos momentos. Había que darlo todo, sería la milla corrida más larga de las que habría dado el “Gorbea” en su corta vida.

- ¡Maquina, viramos dos cuartas a babor! ¡Mar por estribor sin piedad!

La virada fue sencilla pues los dioses ayudaban al “Gorbea” a tomar ese rumbo, sabedores que podían llevarse dos piezas por el mismo esfuerzo. En aquella enfilada el “Gorbea” cobró mayor arrancada, la mar recibida por la amura de estribor se había convertido en cadenciosos golpes furiosos que maltrataban el costado de estribor con todos los boletos del concurso vital para dejar la nave quilla arriba. Don Ramón confiaba en ganar la milla antes de que saliese el número de su boleto.

La velocidad ganada los puso en menos de treinta minutos a dos cables como había previsto Don Ramón antes de perder la nave.



- ¡Viramos dos cuartas al norte! ¡Media máquina hasta nueva orden!




Los dos buques estaban ahora próximos, el “Gorbea” mantenía su velocidad a la par de la deriva del buque de nombre desconocido. Menos de dos cables permitían observar a los hombres de otro buque enfundados algunos en blancos chalecos salvavidas gritando por sus vidas. Desde el puente que miraba de frente al costado de babor del “Gorbea” las señales dejaban claro que abandonaban el buque y pedía ayudad para embarcarse en el “Gorbea”. Por más de tres veces se les ofreció ayuda para salvar la nave, reparar la avería o incluso aguantar con ellos la galerna y dar remolque hasta el puerto más próximo, la negativa fue toda la respuesta que llegó del capitán del buque. Alejandro, como los demás se mantenía expectante entre todos para actuar a la orden de Don Ramón. Los golpes de mar eran asumibles con gobierno y serenidad en el interior de cada hombre y del buque, pero en un barco a la deriva y con las vías de agua de la desesperación inundando la moral en el fondo de cada alma la respuesta no daba lugar a dudas.



- ¡Don Pedro, prepare el rescate! ¡Atención en máquina!



Cada minuto que pasaba era un metro más de ventaja en la carrera con Poseidón y su ansia por devorar metal humano…

3 comentarios:

Armida Leticia dijo...

Te dejo un saludo desde México. Espero lo que sigue de la historia aquí relatada...

Menda dijo...

Uf, menuda historia.....seguiré atentamente el desenlace, tenlo por seguro.

Lúcida dijo...

Seguiremos alerta.

Besos.